Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
La seño Ciudad de México... en Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
La seño Ciudad de México...
Historia literaria de la capital de México
La seño ciudad de México...
Por Alvaro Marín Marín, abril 2005
La ciudad de México es un organismo vivo, en plenitud de funciones que ha crecido como una sobreposición de momentos históricos y significados culturales; no sólo de materiales constructivos como las piedras, los tabiques o el adobe. Para muchos de los chilangos es un ser de sexo femenino que nos seduce, atrae y subyuga al punto de quedar atrapados en sus encantos, como lo haría una mujer.
La antigua Tenustitlán descrita por Bernal Díaz tenía casi dos siglos de existencia, con gran vitalidad estaba incorporando a su traza a la ciudad gemela de Tlatelolco; los europeos al conquistar y colonizar el Imperio azteca, negaron la cultura indígena, tratando de borrar cualquier vestigio de su pasado esplendor, por lo que la capital colonial se construyó encima de la azteca con los mismos materiales y albañiles pero con otro sentido. Fue este el principio del mestizaje, cuya prueba material más fehaciente podemos observar en la esquina sur del actual Museo de la Ciudad de México: una cabeza de Quetzalcóatl de aproximadamente un metro cúbico sirve de cimiento a un edificio de estilo barroco.
La mezcla de razas y culturas cambio la cara de esa chica indígena en una belleza mestiza, finamente representada en la imagen de la virgen de Guadalupe, producida a pocos años de la conquista hispana. La derruida ciudad lacustre azteca y remodelada capital de la Nueva España, por tres siglos creció lentamente, sobrepasando la traza original de los conquistadores hacia los cuatro puntos cardinales.
Quienes refundaron la ciudad y generaron la nueva/vieja México / Tenochtitlán no olvidaron los principios feudales europeos de que cada casta debía tener una ubicación espacial que denotara su status social; de este modo, los españoles erigieron sus viviendas, escuelas, conventos e iglesias hacia el sur / poniente de la cuadrícula urbana, mientras los indios y castas, así como algunos mestizos pobres, fueron autorizados a ¿vivir? ¿sobrevivir?, hacia el nororiente.
La joven / vieja ciudad mestiza / colonial fue católica intolerante, moralista, chismosa y mitotera. Edificios espectaculares hicieron sentir a la gente común el poder de la Iglesia y su alianza con el Estado colonialista.
Esta chica cada vez más mexicana se hizo segura y coqueta; participó en todos los eventos religiosos, públicos y privados. No le fueron ajenos el paseo del Pendón, ni las manifestaciones y alborotos de los estudiantes universitarios, quienes se enfrentaban armados a la tropa Imperial, parapetándose en sus colegios.
La ciudad era una mujer tan bella y serena en su lecho lacustre, que cuando las tropas insurgentes del Padre Hidalgo la contemplaron a lo lejos, desde los miradores de Cuajimalpa, se sintieron avergonzados, como el mirón que es sorprendido en su falta, por lo que decidieron dejarla en su tranquilo abandono dando vuelta hacia otros lugares.
Con la independencia la ciudad siguió su ritmo de vida, marcado por los toques de campana de Catedral y los clarines de las tropas del palacio antes virreinal y ahora presidencial.
El presidente Juárez en 1867, demolió conventos y abrió calles para que la ciudad centrada en los intereses religiosos se orientara a los mundanos. La otrora muchacha mestiza se transformó en una jovencita poco instruida pero convencida de sus ideas liberales, que la obligaban a negar y destruir el pasado para poder delinearse un futuro hasta entonces inexistente.
Porfirio Díaz entronizó la dictadura y el comercio e hizo de Plateros su escaparate. Con la oligarquía porfirista, la ciudad se convirtió en una mujer adulta adicta a la moda francesa; se puso a dieta, abandonó la costumbre de tomar chocolate batido y bizcochos a media tarde, trajo de París vestidos de cintura estrecha y grandes crinolinas, calzó zapatos de seda como le había enseñado la desdichada Carlota Amalia, y salió a pasear con coquetería a la sombra de quitasoles hechos a mano por artesanos europeos.
Con el triunfo de la Revolución un nuevo personaje social aparece en escena: el pueblo. Siempre había existido, pero la revolución y sus artistas son los primeros en involucrarlo en la vida política y cultural. De un día para otro, el pueblo llano fue pintado en los murales de los edificios públicos, se le mencionó innumerables veces en los discursos de los políticos y fue invitado a participar en actos multitudinarios para los que se crearon edificios ex profeso como el Estadio Nacional, actual parque del Seguro Social. Los sombrerudos de huarache y calzón de manta invadieron todas las zonas de esta ciudad que azorada, como las meseras del Sanborns de los azulejos atendiendo a los hambrientos zapatistas, veía la necesidad urgente de democratizarse.
La ciudad posrevolucionaria se endureció, reconoció su raíz plebeya, populachera; dejó a un lado los modales refinados y la ropa importada. Salieron a relucir por sus calles los vestidos chillantes y multicolores de las nuevas ricas que se confundían con su servidumbre. Los regímenes posrevolucionarios hicieron crecer a la capital como nunca antes en su historia. Lo que no había pasado en cuatrocientos años, ocurrió en cuarenta. La ciudad se extendió horizontalmente, anexando poblados de muy antigua tradición como Tacuba, Tacubaya, San Angel, Santa Anita, Iztacalco, Coyoacán y Xochimilco. La delgada y sonriente señorita porfiriana comenzó a transformarse en una cada vez más gruesa matrona con hijos innumerables.
La capital tranquila, pacífica, segura, compuesta de comunidades donde la gente se conocía y respetaba; donde los niños podían jugar sin ser molestados por pervertidos, y los adultos estacionaban sus coches en las calles, a veces con los vidrios abajo, abiertos y con las llaves puestas, ya no existe. La modernidad capitalista llegó para quedarse. Implica el cambio y la transformación constantes; ya no hay cosas sagradas, inamovibles o intocables. Todo lo sólido se desvanece en el aire.
A partir de los años setenta del siglo pasado, nuestra ciudad sufrió el desgarramiento de los ejes viales: el gobierno en turno abría paso a su majestad el automóvil a través de un tejido urbano trabajosamente construido por generaciones de mexicanos. Barrios enteros fueron devastados; cientos de viviendas destruidas en nombre del progreso; una situación que ya Goethe había representado muy bien en su Fausto cuando narra el fin de dos ancianos, quienes vivían plácidamente en una cabaña rodeada de unos cuantos árboles a la orilla del mar. En nombre del progreso su propiedad es arrasada para construir un faro.
Los ricos mexicanos se sienten amenazados por sus compatriotas de menores recursos. Han abandonado la ciudad y voluntariamente se han recluido en reservaciones con todas las características de campos de concentración: guardias armados, perros de ataque patrullando el perímetro, retenes a la entrada y salida, vigilancia las veinticuatro horas; cámaras de televisión enfocadas sobre los lugares de uso común, bardas altas, cercas electrificadas. Ocultan su riqueza y sus familias en lomas, cañadas, hondonadas. Se consuelan pensando que sus habitáculos son “exclusivos”, olvidando que la tal palabrita significa excluyente, no vital.
Precisamente, el sentido de vitalidad y convivencia se ha perdido. La ciudad ya no es más una comunidad que comparte valores, fiestas, eventos colectivos con las puertas abiertas, repicando las campanas y lanzando cohetes al aire. Los tenderos se enclaustran tras gruesos barrotes, los taxistas se enjaulan, los viajeros en el metro se amenazan al menor roce.
Poseemos una tradición cultural muy densa y antigua, somos una nación en crecimiento, nuestra población es joven, creativa, aprende rápido; pero necesitamos proporcionar a nuestros muchachos y muchachas valores que den sentido a sus vidas.
La fina y menuda jovencita afrancesada que habíamos heredado del porfiriato, se transformó en la gran seño... gorda comedora de tacos de fritangas, en la señito... fodonga con la que estamos casados todos, que nos maltrata, nos grita y nos quita el sueño; pero de la que estamos perdidamente enamorados y nos hace suspirar: nuestra gran megalópolis la Ciudad de México; ahora más que nunca la Ciudad de la Esperanza.
Creado por leon3135 | 0 comentarios | 27/02/05 21:45
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