Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Inicios de mi vida como lector en Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Inicios de mi vida como lector
Historia de mis primeras prácticas lectoras
Inicios de mi vida como lector
Alvaro Marín Marín
Junio del 2005
Realmente no recuerdo cuál fue mi primera lectura; pudo suceder después de que mi madre me enseñó las primeras letras y mi padre se acercó a mí con un periódico en la mano para corroborar si tenía fundamento el alboroto doméstico: "¡Papá, ya se leer!".
Muchos agradecen su alfabetismo a la escuela primaria, yo se lo agradezco a mis padres. Mi padre era un hombre joven, fornido, sereno, que había terminado la secundaria para trabajar en el negocio de mi abuelo; así, se hizo adulto a los quince años y cuando conoció a mi madre a los veintiuno ya parecía un hombre mayor. Mi madre era una jovencita rubia y delgada de ojos verdes que estudió la secundaria y cursos llamados entonces de "comercio" en las Vizcaínas, hizo su normal básica en la Escuela Altamirano y empezó una especialidad en la Normal Superior de México. Su rápido noviazgo y temprano matrimonio con mi padre la alejó de una plaza docente en el sector público o privado, pero no le quitó el deseo de enseñar.
Se puede decir que yo fui el primer alumno "oficial" de la joven profesora. A los tres años de mi edad elaboró algunos materiales didácticos, como le habían enseñado en la Normal y, entre juego y juego, me enseñó a leer. El método era el tradicional: de saber el nombre de las vocales, pasé a pronunciarlas en combinación de las consonantes; comencé a unir sílabas sencillas y de allí salté a las frases, oraciones y párrafos enteros.
Todavía recuerdo la alegría y el orgullo que causaba a mi padre cuando, viajando en su coche en compañía de sus amigos o clientes, a mis cuatro años de edad comenzaba a leer en voz alta los anuncios de Coca Cola, Alka Seltzer, Pepsi, Vick Vaporrub, Ungüento seis, seis, seis (así lo pronunciaba) y otros, el efecto sorpresa era magnificado por el hecho de que fui un chiquillo bastante flaco y pequeño de estatura, lo que me hacía ver más joven de lo que en realidad era. Los adultos ajenos a nosotros reaccionaban con entusiasmo y sorpresa en ocasiones y, a veces, algunos sospechaban una especie de trampa, por lo que decían: "los anuncios son muy fáciles de recordar por sus colores y diseños, puede ser que este chiquillo no sepa leer y sólo los reconozca de esta manera"; por tanto, decidían ponerme a prueba aumentando el grado de dificultad y me preguntaban: "¿cómo se llama la calle por la que circulamos? Lee la placa azul que está en la esquina. Como esto nos había sucedido a mi padre y a mi en varias ocasiones, no nos tomaban por sorpresa sino al contrario, yo leía rápidamente el letrero y hasta la zona postal, con lo que nuestro triunfo era rotundo.
Una de las mayores dificultades que encontraron mis padres, tíos y abuelos en esa época para apoyar mi inclinación, era el poco material de lectura disponible para un chiquillo de cuatro o cinco años que deseaba leer con ansiedad, y lo demostraba leyendo las etiquetas de los frascos y paquetes, las instrucciones de la comida enlatada, las recetas de cocina de mi abuela, mi madre y mis tías. Mi padre resolvió salomónicamente el problema diciendo: el que de verdad sabe leer puede hacerlo con cualquier material y debe entenderlo todo, así que se suscribió a El Universal y me hacía leer una o dos páginas de tan enorme periódico a la hora del desayuno, que empezaba a las ocho de la mañana y terminaba cerca de las diez sin que yo probara bocado, porque me concentraba en la difícil tarea de descifrar un material verdaderamente complejo por su extensión y la cantidad de datos inicialmente incomprensibles que se me presentaban a la vista.
Era yo tan pequeño que colocaba el diario sobre la mesa familiar ocupando casi una quinta parte de su superficie, por lo que estorbaba a mi madre y hermanos en su desplazamiento. El principal problema era que todos debían escucharme y podían hacerme correcciones a mi pronunciación de las palabras más difíciles, lo que representaba un verdadero tormento para mis hermanos más pequeños. Para cerrar el ciclo diario de lecturas, mi padre llegaba a comer y a hacer la siesta a las cuatro de la tarde en punto, pues debía regresar a su negocio a más tardar a las seis. Llegaba con las Ultimas Noticias de Excélsior que era, a decir de él mismo, su diario favorito porque daba mucha información en pequeños artículos.
La norma vespertina era diferente: tenía yo que leer hasta que mi padre durmiera profundamente y no pudiera ya hacerme alguna corrección. Yo comenzaba a leer despacio con la intención de que el cansancio de la jornada y la abundante comida hicieran su parte en el sueño de mi progenitor pero, por un inexplicable mecanismo paterno, cuando yo me detenía, mi padre, que roncaba a pierna suelta, se despertaba para decirme: "sigue leyendo". Otro detalle sorprendente de mi padre era que, cuando yo deseaba hacer trampa y me saltaba párrafos enteros de un escrito demasiado largo a mi juicio, despertaba inmediatamente y me decía que había escuchado cosas sin sentido en sus sueños, por lo que debía comenzar desde el principio. Total, yo leía el periódico vespertino de cabo a rabo cuando menos dos veces seguidas y además tenía que explicarle a mi padre lo que había entendido y lo que no me quedaba claro, mientras él se lavaba la cara y enjuagaba la boca para regresar al trabajo.
Estas experiencias me dieron pronto una práctica tremenda de lectura en rapidez y comprensión, por lo que me aficioné a leer comics, cuentos o revistas de caricaturas de la siguiente manera: mi abuela María, la mamá de mi papá, acostumbraba llevarme todas las mañanas al mercado para comprar lo que comeríamos en la tarde. Como en la esquina de nuestra casa había un puesto de revistas me compraba una de a peso, ya bien fuera de Walt Disney, el Kalimán, la Pequeña Lulú o Memín que era mi favorito.
Lo malo era que a las dos calles ya había yo terminado con el cuentito famoso y mi abuela protestó porque, calculando la distancia desde nuestra casa hasta el mercado y de regreso, el costo de mi compañía le incrementaba sus gastos en seis pesos de revistas, que además se desperdiciarían porque no las deseaba yo volver a leer, mis hermanos y primos eran más pequeños y aún no dominaban la lectura, y a ninguno de nuestros parientes adultos le interesaban.
La solución a este dilema económico fue que inventamos un engaño para el pobre viejo encargado del puesto; le dijimos que vendía revistas viejas porque la mayoría ya las había leído incluso yo que era un niño muy pequeño. El vendedor insistía en que eran nuevas y me prestaba dos o tres para que las revisara. Al regreso del mercado ya las había yo leído gratis y hasta me daba el lujo de contárselas, con lo que le quitaba el gusto, pues él tardaba dos días leyendo un cuento.
El engaño nos duró poco porque una vez me enfermé de paperas y tuve que guardar cama varios días. Yo me aburría y envidiaba a mis primos y hermanos que correteaban por la casa y podían jugar en el patio y en el jardín hasta cansarse. Mi padre llegó con las obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer, el Cantar del Mío Cid, un libro de poesía medieval española donde aprendí "Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando... cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte tan callando, cómo después de acordado da dolor...", el Catecismo Holandés, el Corán y un libro ilustrado de las Mil y Una Noches, además de una versión juvenil del Quijote. Nunca más me volví a aburrir, jamás tuve deseos de salir al patio a correr detrás de mis hermanos o de una pelota, algo que aún ahora me parece lo más tonto y simplón del mundo.
Estos libros y algunos otros me recuerdan a mi padre contando sus anécdotas en voz alta, a mi madre que me curaba en silencio, a mi abuela que me traía postres a la cama, a mi abuelo en el patio acallando los gritos de mis hermanos y primos para que no me distrajeran con su escándalo de chiquillos inquietos. He leído cada uno de estos libros ocho o diez veces en mi vida. Tengo varias -no se si muchas- ediciones de El Quijote, obra que leo una vez al año y en cada ocasión me enseña algo nuevo.
En mis primeros años de adolescente comencé a comprar yo mismo los libros de mi preferencia. En la Librería del Cristal que se encontraba en medio de la Alameda, junto a Bellas Artes, vendían una Comedia Humana de Balzac en un formato de libros pequeños de pasta blanca con letras y filo rosa, que contenían dos novelas en cada volumen. Llegué a tener varios de ellos.
Me consternó Una doble familia. No concebía a un padre burgués maduro que se hacía de una amante joven, procreaba hijos con ella y la abandonaba a su suerte al descubrir que ella tenía un amante de su edad. No entendí por qué el padre se niega a dar una explicación a su hijo legítimo mientras que hunde en la miseria y el vicio a los otros. Yo tenía doce años y sólo conocía a mi padre y a mi abuelo, ambos hombres íntegros a carta cabal.
Al llegar a la secundaria y gracias a mis profesores comprendí -o creí hacerlo- lo que era la guerra de Vietnam. Mi tío que es arquitecto, comenzó a invitarme al cine debate de su Facultad en la UNAM, y a otro similar en la Secretaría del Patrimonio Nacional donde trabajaba. Con este sistema aprendí a buscar bibliografía, a redactar argumentos sencillos pero claros y a defender mis puntos de vista. Cursar el bachillerato en el CCH de Vallejo me politizó en cierto sentido. Leí los manuales de moda, tomé cursos de inglés, francés y alemán; viajé a Europa y a Norteamérica, recorrí todo México y caminé la ruta maya a pie, todo con la protección y cuidado amoroso de mis padres. Me bastó hacer una llamada en la noche desde Mérida hasta mi casa avisando que ya no tenía dinero y me sentía mal a mi regreso de Centro América, para que mi padre llegara sonriendo al otro día con ropa limpia y dos boletos de regreso a casa.
Mi papá decía en broma que tanto leer me iba a secar el seso como a don Alonso Quijano. No me volví un Quijote pero soy un profesor universitario y no imagino mi vida sin libros. Como dice Arreola, descubrí que el viaje más interesante era al fondo de mi mismo. Gracias papá, gracias mamá.
Creado por leon3135 | 0 comentarios | 27/02/05 21:53
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