Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Hidalgo en Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Hidalgo
Analiza dos puntos de vista diferentes sobre Hidalgo
Dos visiones diferentes de un mismo héroe: el Hidalgo de Mancisidor y el de Rafael Ramos Pedrueza[1]
Por Alvaro Marín Marín, julio de 2001
Presentación
En este ensayo comparo las versiones historiográficas sobre don Miguel Hidalgo y Costilla de José Mancisidor Ortiz y Rafael Ramos Pedrueza. La selección de los autores y sus obras pudiera ser tan arbitraria como cualquier otra pero, mi justificación es la siguiente: ambos fueron conocidos como historiadores socialistas activos en las décadas de los años veinte a cincuenta del siglo pasado.
En el libro de Jorge Gurría Lacroix y Miguel León Portilla, Las humanidades en México, 1950 – 1975, dentro del capítulo “La investigación histórica”, se califica como historiadores marxistas a José Mancisidor, Rafael Ramos Pedrueza, Hernán Villalobos Lope, Luis Chávez Orozco, Miguel Otón de Mendizábal, Vicente Lombardo Toledano y Jesús Silva Herzog.
Alberto del Castillo Troncoso, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, también cree que Teja Zabre y Ramos Pedrueza son marxistas[2], sin embargo, la Doctora Andrea Sánchez Quintanar dice que Mancisidor y Ramos Pedrueza son “socialistas” en su libro: Tres socialistas frente a la Revolución Mexicana...México, CONACULTA, 1994.
En mi tesis de Maestría demostré que Mancisidor no fue un historiador marxista ni socialista, sino anarquista en sus ideas y estridentista en su expresión literaria, por lo que ahora pretendo comparar un fragmento de su obra con el trabajo de otro escritor al que se le asignaron epítetos similares, pero del que sospecho tampoco llena los requisitos para ser considerado así.
El procedimiento que seguiré en mi análisis es el de mencionar la biografía de Mancisidor en breve; exponer a continuación sus conceptos sobre el señor cura Hidalgo, resaltando lo que me parezca original o distintivo; haré lo mismo con Rafael Ramos Pedrueza y sus libros. En la conclusión destacaré tanto la perspectiva que ambos escritores dan de este personaje de nuestra historia, como de la forma en que lo trabajaron, subrayando sus conceptos y modos de argumentación.
Definiciones Básicas
Las definiciones básicas de este trabajo son tan problemáticas y complejas que no pretendo resolverlas aquí de modo definitivo; por tanto, sólo expresaré mi muy particular punto de vista con todos los riesgos que esto implica.
Historiografía: "Puede ahora precisarse que la historiografía es un tipo de representación de acontecimientos humanos del pasado (acontecimientos reales) por medio del lenguaje escrito, y cuya naturaleza se define por la forma en que se integran en ella la temporalidad y la narratividad, lo que resulta en una simbolización de la temporalidad. Dicha representación consiste en la configuración de totalidades significantes a partir de eventos dispersos. Es pertinente señalar entonces que en el quehacer del historiador hay un nivel de interpretación (de los testimonios) mediante la cual otorga una significación a los eventos dispersos; éstos, al ser relacionados y configurados en totalidades significantes, dan lugar a una representación del pasado por medio del lenguaje escrito. En este sentido, sería justificado hablar de cambios de interpretación cuando el historiador se acerca a los textos que hablan de un acontecimiento con una actitud interrogadora distinta a la de otros historiadores de otras épocas."[3].
Historiador: cuando afirmo que José Mancisidor Ortiz y Rafael Ramos Pedrueza son
historiadores me refiero a lo siguiente: son historiadores porque representan acontecimientos humanos del pasado por medio del lenguaje escrito, integrando en ellos la temporalidad y la narratividad. Algunas personas dudan de que Mancisidor y Ramos sean historiadores por el hecho de que también escribieron novelas, cuentos, obras de teatro, libros de viaje, argumentos cinematográficos e hicieron trabajo periodístico; pero, el Maestro Rico Moreno cita a Ricoeur, para quien "el relato de ficción y el relato histórico se complementan necesariamente para llevar al lenguaje la condición histórica del ser humano."[4] Agregando un poco más adelante: "De acuerdo con White, Ricoeur no elimina la diferencia entre literatura e historiografía, sólo la desvanece."[5]
De cualquier manera, Mancisidor y Ramos Pedrueza no hacen sino continuar una tradición muy arraigada entre nuestros hombres de letras que lo mismo escribían historia que literatura, como lo demuestran las trayectorias de Vicente Riva Palacio y don Justo Sierra, por citar dos casos ilustres del siglo XIX.
Intelectual: Los intelectuales son personas creativas, que buscan la verdad o, al menos una verdad, participan de modo activo en política, practican la creación literaria o histórica, tratan de influir sobre el público mediante sus obras y son intérpretes y comentaristas de la cultura de su momento.
Roderic A. Camp define al intelectual como: " "Un intelectual es un individuo que crea, evalúa, analiza o presenta símbolos, valores, ideas e interpretaciones trascendentales a un auditorio amplio de manera regular". [6]
Marxista: seguidor de las ideas de Carlos Marx y su doctrina. En sus Tesis sobre Feuerbach, (1845) Marx que había cambiado del radicalismo político de la izquierda hegeliana a lo que él llamó el comunismo y, posteriormente socialismo científico, declaró que el problema de la verdad absoluta es no sólo teórico, sino también práctico, pues la realidad y poder del pensamiento deben ser demostrados en la práctica, interpretando y cambiando al mundo. En su Crítica de la economía política (1859), Marx denominó a su método empírico, para marcar su distancia con el espiritualismo abstracto, pero continuó criticando el empiricismo puro diciendo que había que poner de cabeza a Hegel.
Nunca consideró a la dialéctica como el único e infalible método del pensamiento científico al cual debieran subordinarse todos los hechos del conocimiento empírico. Reprochó a Feuerbach haber abandonado no sólo el idealismo sino también la dialéctica de la historia, lo que según Marx, significaba renunciar a la exactitud científica.
Marx aplicó su teoría principalmente a la vida económica y social. A pesar de sus diferencias de fondo con Hegel, continuó de acuerdo con él en el sentido de que la realidad es un proceso, que la vida contiene en sí misma sus contradicciones y que tan pronto como las contradicciones cesen, la vida acabaría.
La característica fundamental de la doctrina marxista no es su teoría de la concentración de la riqueza en manos de unos pocos capitalistas poderosos, o la crítica de la explotación del hombre por el hombre. Estos aspectos están tomados casi literalmente de Saint Simón, Sismondi y Constantin Pecqueur. Tampoco su conocida teoría de la lucha de clases, que fue plagiada de los historiadores franceses de su tiempo, o la teoría de la plusvalía, copiada de los economistas ingleses.
Donde realmente domina la unidad de su pensamiento es en la concepción de la historia, de acuerdo con la cual, las formas de la producción económica determinan la formación de la sociedad humana y la conciencia de sus miembros de tal modo que las ideas, valores morales, principios estéticos, conceptos políticos y sociales, sistemas educativos y religiosos, son concebidos como productos de la situación económica.
En tanto que la superestructura ideológica permanece de acuerdo con las condiciones de la producción económica, la civilización está sana. Pero, cuando las condiciones cambian más rápidamente que la superestructura, la crisis cultural es inevitable y, cuando el pueblo, incapaz de entender las leyes de la historia se resiste a los cambios dictados por ésta, la revolución deviene necesariamente.
En su principal trabajo: Das Kapital (1867 y subsecuentes), Marx desarrolló su filosofía aplicándola a la vida económica de entonces. Demostró por un análisis socio-histórico de la economía, que lo que él llamaba la burguesía había cumplido su tarea histórica con grandes logros evidentes en todos los campos, pero que ya no era capaz de adaptarse a los cambiantes condiciones de la producción y debería dejarle el sitio al proletariado.
Marx trató de observar los fenómenos como un cambio incesante; la vida como un movimiento continuo de crecimiento y destrucción, de modo que todo cambia y nada permanece; así, Marx era reacio a decir de su amigo y colega Engels, a ofrecer definiciones fijas e invariables. De este modo, en sus últimos años, Marx fue más y más renuente a definir conceptos. Marx buscó las causas y fines del proceso histórico, el cual asume que los hombres, mientras producen los medios de su existencia material, establecen relaciones determinadas entre ellos por su posición en la sociedad.[7]
Socialista: denuncia las desigualdades sociales y se muestra partidario de las doctrinas igualitarias de Saint Simon, Fourier y Owen, a partir de 1945 aparecen en Europa los partidos socialdemócratas que sólo desean perfeccionar el sistema social capitalista teniendo como base estas ideas.
Estridentismo: Movimiento literario que inició en México a fines de 1921 con una hoja denominada Actual, que firmó Manuel Maples Arce; quien conminaba a "torcerle el cuello" al doctor Enrique González Martínez, arremetía también contra el patriotismo, la religiosidad y el orden citadino. Los estridentistas resaltaban el valor de la tecnología de vanguardia, entonces representada por las comunicaciones telegráficas, las locomotoras y los barcos trasatlánticos. Ejemplo clásico de novela estridentista es La señorita etcétera, de Arqueles Vela.
Los estridentistas se caracterizaron en sus manifestaciones artísticas y en su conducta pública cotidiana, por su tendencia a causar escándalo, a mostrar su rebeldía frente a los convencionalismos sociales, a llamar la atención a toda costa, así como a burlarse de la autoridad establecida, lo que les acarreó no pocos problemas.
El Segundo Manifiesto Estridentista apareció en Puebla el 1o. de enero de 1923, firmado por Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Moisés Mendoza, Miguel N. Lira y Salazar Medina.[8]. Aliados de los escritores estridentistas fueron los pintores Ramón Alva de la Canal y Leopoldo Méndez, así como el escultor Germán Cueto. Cuando Manuel Maples Arce trabajó en Veracruz como secretario de gobierno, invitó a colaborar con él a sus amigos estridentistas de México y Puebla, quienes se instalaron en Jalapa desde 1925, cambiándole el nombre por Estridentópolis. Aprovecharon sus puestos públicos para relanzar su movimiento literario a nivel nacional y hacer política partidista.
Anarquismo: Teoría política elaborada en sus inicios por los escritores rusos Mijail Bakunin, Pedro Kropotkin y León Tolstoi, la cual tuvo una extraordinaria recepción en el siglo XIX en países como Francia, Italia y España, donde pronto aparecieron autores locales que hicieron sus propias aportaciones como Malatesta, Malato, Eliesee Reclus, Proudhon, Anselmo Lorenzo, Ricardo Mella, José Prat, José Sánchez Rosa, Sebastián Suñé, Soledad Gustavo y Federico Urales.
El anarquismo es difícil de definir por su tendencia a apoyar cualquier reivindicación popular sin rigideces doctrinarias, así como por su repulsa a los intelectuales y sus disputas escolásticas; es en suma, una corriente política que se caracterizó en buena medida por ser más una actitud que una doctrina, en la que los gestos y símbolos son a veces más importantes que las palabras.[9]
Posiblemente a causa de las formas de lucha política de los narodniki o populistas rusos, grupo muy inclinado al terrorismo, afín a los anarquistas de otras naciones, los gobiernos y los particulares se hicieron a la idea de que todos los anarquistas deseaban la desaparición violenta del Estado, y que anarquía y anarquismo eran sinónimo de caos, desorden, violencia. Este concepto unilateral quedó grabado hondamente en el sentir popular y aún ahora parece vigente; sin embargo, cuando se le repite no se mencionan los principios éticos, estéticos y filosóficos de los anarquistas, citando sus fuentes o cuando menos la opinión de uno de ellos.
Con la intención de salir del lugar común, cito ahora a un anarquista sudamericano contemporáneo, quien compara los conceptos sobre anarquismo tomados de los diccionarios, con los conceptos propios de un militante anarquista culto:
Dicen los diccionarios:
Anarquía: Falta de todo gobierno en un Estado // Sentido figurado: desorden, confusión por ausencia o flaqueza de la autoridad pública. // Por extensión: desconcierto, incoherencia, barullo en cosas necesitadas de ordenación.
Anarquismo: Conjunto de doctrinas de los anarquistas. // Conducta política destructora de la autoridad y subversiva del orden social.// Sociología y Política: Doctrina económica, jurídica y política que preconiza una absoluta libertad del individuo y la supresión de la propiedad privada y del Estado.
Anarquista: Persona que profesa el anarquismo o desea o promueve la anarquía.
Dicen los Anarquistas:
Anarquista: Creador de la moral humana del respeto y de la tolerancia, sin la cual no es posible la convivencia armoniosa entre las criaturas.
Anarquía: Orden basado en un noble sentimiento fraternal. Voluntad consciente de no ejercer dominio sobre otro. Respeto al hombre como personalidad humana en desarrollo.
Anarquismo: Conjunto de pensamientos y de sentimientos por los que se considera a todas las unidades humanas merecedoras de respeto en su personal libertad. // No doctrina económica, no doctrina jurídica, no doctrina política, no doctrina que debe ser codificable y de obligatoria observancia (No existiendo código que obligue, no son necesarios la justicia ni el juez, pues nadie tendrá que interpretar leyes que no serán dictadas). // La propiedad será asociada cuando formen los hombres sociedad para su tenencia, explotación o disfrute; individual cuando al individuo no le satisfagan la forma colectiva ni la asociada de los asociacionistas.
// La forma de propiedad no es obstáculo para la existencia de relaciones cordiales entre anarquistas, que se basan en la recíproca tolerancia y en el mutuo respeto. // Entre anarquistas fueren y mantengan el sistema de propiedad que sea, se desconoce la explotación del hombre por el hombre, pero también del hombre por la sociedad. // Moral. El dominio de si es una de las principales virtudes.[10]
El anarquismo se basa en un individualismo extremo, radical defensor de la libertad; entendida ésta como el derecho de cada ser humano a actuar conforme a los dictados de su conciencia y voluntad, por creer que cada personalidad es única e insustituible.
La justicia para los anarquistas se identifica con el principio de igualdad o reciprocidad de derechos entre los individuos. “Los resultados de todo nuestro recorrido por la idea de naturaleza no pueden, pues, ser más clásicos: existen unas “leyes naturales”, un orden eterno y con validez universal, a la vez científica y moral, cuya perturbación es causa de males de todo tipo. ...Los atributos del orden natural (o de la anarquía) son fáciles de descubrir: igualdad, libertad, solidaridad, fuerza, armonía y, por consiguiente, ausencia de autoridad.”[11] El anarquismo participa en la gran corriente racionalizadora y secularizante que se había iniciado en la Edad Media y culminó con la Ilustración; cree en la razón y apoya la difusión de la ciencia en todos los campos de la sociedad, porque con ellas se liberará al ser humano del trabajo y se superará el “reinado de la necesidad.[12] El cientificismo anarquista supone la unidad fundamental de todas las ramas del saber y de toda la realidad, por lo que es muy parecido a una especie de “positivismo de izquierda” que confía en resolver los problemas sociales mediante la aplicación de las leyes físicas. Además, tanto los libertarios como la “ciencia”, persiguen la “felicidad humana”.[13]
El anarquista español J. Prat desea una revolución futura que hará surgir al “hombre nuevo”, una especie de obrero culto y con iniciativa que José Mancisidor creyó encontrar en su primer viaje a la Unión Soviética. Como para los libertarios la cultura es la base de la revolución, porque tiene la virtud de resolver pacíficamente la cuestión social, su obtención por las masas populares es un logro y un objetivo por si mismo. No es por tanto difícil de entender que muchos anarquistas siguieran la profesión docente como otra manera de extender sus ideas entre las nuevas generaciones. Muchos anarquistas consideraron que la pluma era la mejor arma para el combate político y la lucha social; en esto coincidían con Mancisidor y Ramos Pedrueza quienes a lo largo de toda su vida participaron en diversas empresas culturales.
El arte para los anarquistas debe ser realista, por conectarse con la realidad social de la que surge; sus temas “populares”, no lleno de personajes “nobiliarios”, y el tratamiento debe ser ”auténtico”, no falseado para halagar a la clase dominante. Se habla de un arte fuerte y viril, en contraposición al arte de los cenáculos y a los libros para especialistas. Los escritores y los artistas plásticos se sintieron atraídos por las tesis ácratas a causa de la rebeldía emocional que transmitían, el individualismo exaltado que defienden, la libertad que proclaman y la defensa de “lo popular” en sentido de espontáneo y auténtico.[14] "La cultura anárquica no puede ser otra cosa que la bella y humana cultura del amor."[15] Otro principio libertario heredado del optimismo racionalista del siglo XVIII, es la confianza en el progreso ilimitado del ser humano mediante el avance técnico y el perfeccionamiento moral. Los anarquistas creían, al igual que los ilustrados, que el avance de la humanidad consiste en el triunfo progresivo de la razón y la libertad sobre la ignorancia, los prejuicios, el egoísmo y la tiranía.[16]
El progreso para los anarquistas es obtener cada vez más ilustración, más libertades y más goces. Creen por tanto en el progreso y en la superioridad del presente sobre el pasado, por el “natural” desarrollo humano en sentido ascendente. De este modo coinciden con el pensamiento ilustrado, al equiparar el “estado de naturaleza”, con lo racional o eterno que de ninguna manera se contrapone al progreso, sino que lo estimula y orienta.[17] La ciencia y la revolución se unen y complementan en el pensamiento libertario, al pugnar ambas por un orden social perfecto que hay que descubrir al modo medieval. “Los anarquistas comulgaban con la creencia, actualmente apropiada por grupos tecnócratas conservadores, en el progreso científico unilineal y en sus efectos políticos beneficiosos, porque, al aumentar los bienes materiales, produce automáticamente la libertad y la felicidad.”[18]
El progreso anarquista es ideal, lineal, armónico e inevitable aunque no mecánico ni determinista, sino producto de la voluntad y actividad humanas; por lo que la evolución histórica, según estos principios presenta tres etapas:
1.- Surgimiento de nuevas ideas producto del genio individual;
2.- Rebelión minoritaria aplastada inútilmente por el poder;
3.- Sublevación y triunfo de las masas.
En la mejor tradición ilustrada, los anarquistas consideran a la imprenta como “la redentora de la humanidad”.[19] Los anarquistas se planteaban como objetivo construir una sociedad “mejor” (tomando como modelo y base la suya en el momento en que escribían) con lo que hacían la crítica moral a las instituciones políticas y religiosas vigentes, por lo cual buscaron una alternativa en la moral reflexiva utilitaria, que los satisfizo por su materialismo básico, su racionalismo optimista, su evolucionismo y su confianza en la expansión de la personalidad dentro del organismo social, como puede observarse en las obras de Fourier, Proudhon, Spencer y Kropotkin.
Importante principio moral anarquista es el vitalismo, o la defensa de la satisfacción de las necesidades orgánicas como base de la conducta moral: cuanto daña a la vida es inmoral, lo que contribuye a ella es moral. De este modo se justifica a la revolución social como el “gran acto moral”, porque defiende la libertad y la dignidad humanas.
Los anarquistas también idealizan las bondades del trabajo y la solidaridad humana básica. Alvarez Junco distingue dos ramas de la moral libertaria: la solidaria, de la que tomamos los enunciados anteriores, y la puritana, de clara inspiración cristiana, que denuncia la hipocresía de las clases dominantes por no respetar los principios morales que declaran tener.[20] En esta vertiente parece ubicarse la moralidad de Mancisidor.
Dice Giménez: "No tiene necesidad alguna el anarquista de conquistar a nadie; pero si tiene necesidad de conquistarse a sí, y de conquistarse todos los días, porque el ambiente conspira constantemente contra él, contra su libertad, contra la belleza de su personalidad y de su vida. Por eso su esfuerzo debe ser continuado para poder hacer cada vez más rica, bella y libre su personalidad, manteniéndose siempre en la hombría, que es jardín en el que se cultiva la bondad, y no bajando nunca a la animalidad, que es matorral en donde se crían todos los vicios."[21]
Respecto de la acusación que se hace a los anarquistas de ser enemigos jurados de la propiedad privada y de buscar la desaparición del Estado por métodos violentos, Giménez nos explica: "¿La propiedad? ¡Bah! No es problema. Porque cuando nadie trabaje para nadie, el acaparador de la riqueza desaparece, como ha de desaparecer el gobierno cuando nadie haga caso a los que aprendieron cuatro cosas en las universidades y por ese sólo hecho pretenden gobernar a los hombres."[22]
En México el anarquismo prosperó a partir de su implantación por el griego Plotino Rhodakanaty, que fue el autor del primer texto anarquista escrito en nuestro país, la famosa Cartilla Socialista, publicada el mismo año en que llegó.[23] Al mismo tiempo, enseñó su doctrina a los primigenios anarquistas nacionales como Francisco Zalacosta, Santiago Villanueva y Hermenegildo Villavicencio.[24] Publicó numerosos artículos en periódicos obreros como El Socialista y El Hijo del Trabajo, escribió en 1864 el ensayo titulado Neopanteísmo y diez años después un periódico filosófico llamado El Craneoscopio. Las ideas de Rhodakanaty eran afines a las de Proudhon y Bakunin, además de anticiparse a Kropotkin. Aunque el griego regresó a Europa en 1886, sus alumnos mexicanos organizaron la Sociedad Agrícola Oriental y la Escuela del Rayo y el Socialismo, mediante las cuales adoctrinaron en las ideas ácratas a los campesinos del oriente de la capital del país. Su importancia no fue menor ni pasajera; ahora la colonia más grande de América Latina se llama Agrícola Oriental, está ubicada en la delegación de Iztacalco y dos de sus escuelas, una primaria y otra secundaria, llevan el nombre de José Mancisidor Ortiz.
Desde Chalco y Texcoco, las ideas ácratas nacionalizadas se extendieron en los medios campesinos de Puebla, Hidalgo y Veracruz, tanto a través de manifiestos como por el ejemplo de la acción directa agrarista, tan cara a los libertarios que invadían haciendas como una forma de lucha campesina contra la oligarquía. López Chávez fue aprehendido y fusilado en 1869, pero su ejemplo quedó vivo en la mente de los campesinos del centro del país, que lo revivieron de nuevo con motivo de la sublevación zapatista de 1910. El mismo lema, presuntamente zapatista de Tierra y Libertad era el nombre de un periódico anarquista español que se publicaba alrededor de 1889, distribuyéndose por toda Europa.[25]
Para concluir señalaré que el anarquismo tuvo entre otras más de sus contradicciones la tendencia a un cierto “obrerismo” como salida “políticamente correcta” a sus principios éticos favorables al trabajo, al hombre nuevo y a la reforma social. Sin embargo, los partidarios de las manos callosas no quedaron muy satisfechos, pues en los diferentes congresos ácratas se dio una definición tan amplia de lo que significaba ser “obrero”, como un productor de objetos socialmente necesarios, que cabían en ella con toda comodidad los artistas, intelectuales, aristócratas o terratenientes. Esto fue posible gracias a que el anarquismo dejó de ser una ideología obrera para convertirse en una concepción moral, dirigida a todas las clases sociales.
En su obra, Alvarez Junco hace un magnífico cotejo entre las ideas del marxismo leninista o bolchevique y los principios libertarios[26], los presentamos ahora en forma de tabla: ANARQUISMO MARXISMO
Objetivos
Rebelión: destruye la autoridad
Revolución: disuelve las clases sociales
Motivaciones
Idealistas, libertad
factores materiales
Doctrina
No existe, es un impulso de rebeldía
Dogmatismo, jerarquización
Sujetos
hombres rebeldes, individuos
clase obrera, vanguardia consciente
Mejora social
Por evolución
Violentamente
I.- José Mancisidor
José Mancisidor Ortiz nació en la ciudad de Veracruz el 20 de abril de 1894, en una humilde vecindad ubicada en el Paseo de los Cocos, quinto de once hijos de José Tomás Mancisidor Oyarzábal y Catalina Ortiz Alpuche. Miembro de una familia pobre y muy numerosa, el pequeño José vivió su infancia en un ambiente de pescadores de chinchorro, prostitutas, bailarinas de cantina, fogoneros, ladrones, vendedores de “chueco”, y todo ese variopinto humano que tan bien retrata Alberto Leduc en su cuento “Fragatita”[27].
Mancisidor recuerda su azarosa infancia y se pregunta:
¿Fui niño alguna vez? Mi niñez y mi juventud han sido una sola. Se confunden y se enlazan con los recuerdos de estos barrios populosos en los que desde niño me gané la vida. Fui voceador de periódicos, recadero, parador de chueco y derecho y guía de turistas por los lugares peligrosos de la ciudad. Entre estos marineros y pescadores sin amor al dinero. Con ellos me inicié en la vida[28].
Cumplidos sus trece años, José Mancisidor fue obligado por su padre a trabajar de ayudante en un cine para, dos años más tarde, laborar como almacenista en los muelles.
Con la primaria terminada a tiempo, Mancisidor había dedicado tres años al trabajo y a socializar, por lo que la presión familiar lo inclinó a estudiar para mecánico naval en la Escuela de Maestranza de la Secretaría de Marina. En 1914, cuando Mancisidor cursaba el tercer año de un oficio de cuatro, la invasión estadounidense a la ciudad y puerto de Veracruz lo determinó a tomas las armas primero para defender su ciudad y, después, para participar en la revolución mexicana dentro de las tropas al mando del general Cándido Aguilar. Ya encuadrado dentro de las tropas de Aguilar y bajo el mando de Heriberto Jara Corona, tocó a Mancisidor entrar de nuevo al puerto para recibirlo de las manos de los invasores en retirada. Participó luego en las campañas de Veracruz, Puebla y Chalco del lado constitucionalista. En 1917 se casó con la señorita Dolores Varela con quien tuvo cinco hijos.
Alejado de la milicia, fue síndico municipal en la ciudad de Jalapa y después diputado local para el trienio 1926 – 1929. Participó en las sublevaciones de Arnulfo R. Gómez y la escobarista, enemistándose con el núcleo de poder sonorense, por lo que tuvo que buscar acomodo en la burocracia local a partir de 1931, y luego en la docencia.
Colaboró en el grupo “Simiente”, el grupo “Noviembre” y en la revista Ruta en sus diferentes etapas. Presidente fundador de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), asistió al Congreso de Escritores de Nueva York en 1935, visitó la Unión Soviética al año siguiente y viajó a España en 1937, para participar en el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia. Visitó la Habana en 1938 y a Washington en 1939, como delegado educativo del gobierno mexicano, ya que era director de secundarias diurnas desde hacía dos años.
Con la política de unidad nacional implantada por el presidente Ávila Camacho, los funcionarios de lenguaje radical dentro de la SEP tuvieron que abandonar sus cargos, después de una fuerte y agresiva campaña en Excélsior[29]. Entre 1941 y hasta su muerte en 1956, Mancisidor ejerció la docencia en la Secundaria para señoritas número ocho, la Universidad Obrera de México, la Escuela Nacional de Maestros y la Normal Superior.
Publicó a lo largo de su vida numerosos artículos en revistas y periódicos, cuentos, novelas, obras de teatro, guiones de cine y libros de corte histórico. Entre sus obras más destacadas podemos mencionar Así cayeron los héroes (1927), Carranza y su política internacional (1929), La Asonada (1931), La ciudad roja (1932), En la rosa de los vientos (1941), Historia de las luchas sociales en México (1943), Hidalgo y la cuestión agraria (1944), Miguel Hidalgo constructor de una patria (1944), El mundo de la infancia y adolescencia de Juárez (1951), Frontera junto al mar (1953), Me lo dijo María Káimlova (1956), Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica (1956), Se llamaba Catalina (1958), y se le atribuye como obra publicada después de su muerte la Historia de la Revolución Mexicana (1958), que ya argumenté en mi tesis de Maestría por qué no creo sea suya.
II.- El Hidalgo de José Mancisidor
Voy a analizar el Hidalgo que describe Mancisidor en sus obras: Hidalgo y la cuestión agraria (1944) tomo V, Miguel Hidalgo constructor de una patria (1944) tomo VI, Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, (1956) tomo VI, publicadas dentro de sus obras completas por el gobierno del Estado de Veracruz en Jalapa, 1980. Todas mis citas se refieren a esta edición por lo que sólo mencionaré la página.
El primer autor que cita Mancisidor en su obra es al Maestro Justo Sierra, de quien toma la idea de que la Independencia de México equivalía a la emancipación del indio. Cambia sin embargo el método expositivo y del conciliador tono positivista de la Evolución Política del Pueblo Mexicano, pasa al lenguaje estridentista que se había apropiado desde hacía unos tres lustros para afirmar:
...el Padre Hidalgo se refiere, de manera muy especial, a la triste condición de la gran masa indígena integrada por campesinos esclavizados, por verdaderos siervos de la tierra, encadenados durante tres tremendos siglos a la inicua explotación de los conquistadores.[30]
Mancisidor cree que la visión de político y reformador social del cura Hidalgo sería ampliada más tarde por el cura Morelos, también interesado en la mejoría social y económica de los campesinos. El decreto de Hidalgo publicado en Guadalajara el 5 de diciembre de 1810 parece seguir esta intención cuando dota a los campesinos de tierras y prohíbe los arrendamientos, con lo que según Mancisidor, se levantaba la bandera agraria en la lucha por la independencia. Termina este breve trabajo con los decretos de los obispos Abad y Queipo y Juan Cruz contra Hidalgo, así como con el decreto de Guadalajara que viene en último término.
Parece que este primer trabajo fue sólo un esbozo del Miguel Hidalgo, constructor de una Patria que ya es más voluminoso y razonado. Empieza la presentación polemizando contra algunos historiadores contemporáneos (1944) a quienes no menciona por nombre, y que dice quieren reducir la valía de Hidalgo “a proporciones mínimas”[31], comparándolo con Morelos en quien encuentran mayores cualidades y virtudes de todo tipo. También polemiza con Alamán desmintiendo la afirmación de éste en el sentido de que Hidalgo deseaba convertirse en monarca de México y aclara que el padre del cura Hidalgo sólo se casó dos veces, la segunda con motivo de haber quedado viudo, después del luto de rigor; no cuatro como maliciosamente afirma Alamán.[32]
El capítulo I inicia con una introducción literaria que ambienta la llegada del padre del cura Hidalgo a la Hacienda de Corralero como nuevo administrador. También presenta a la familia de su mujer y a ésta como una joven de dieciocho años soñadora y enamorada que se casa en poco tiempo con un hombre de treinta y siete “sediento de tranquilidad, de paz y reposo”[33].
Mancisidor parece contradecirse en breve lapso pues menciona tres matrimonios de don Cristóbal por diferentes causas, y decide “dejarlo en paz”, para iniciar la biografía de Miguel Hidalgo. Dice que cursó sus primeras letras en la hacienda natal y viajó a los catorce años a Valladolid para estudiar en el Colegio de San Nicolás, de cuya vida estudiantil sólo enuncia el sobrenombre que adquirió Hidalgo allí: “el zorro”. Además de graduarse como Bachiller en Artes a los diecisiete años y en Teología a los veinte.
Comenta Mancisidor que Hidalgo fue alumno de Francisco Javier Clavijero, de quien recibió “sus luces, su aliento emprendedor y su afán de renovación”[34]. El talento del joven sacerdote se manifestó en su texto sobre el verdadero método de estudiar teología, que escribió en respuesta a un concurso eclesiástico.
Relata Mancisidor que en su casa de San Felipe, el señor cura Hidalgo realizaba tertulias en donde recibía de buen grado a gente de todas las clases sociales, con lo que pretende demostrar sus inclinaciones democráticas, las cuales corrobora por la tendencia del sacerdote a apoyar la educación del pueblo[35].
Mancisidor usa técnicas teatrales en esta obra sobre Hidalgo, pues le inventa diálogos con los que supuestamente adoctrinaba a los jóvenes militares que pasaban por su casa[36]. Lo mismo hace cuando da noticia del viaje de Allende y Aldama para informarle sobre el descubrimiento de su conjura antihispana, al tiempo que agrega refranes chuscos para ambientar la situación, cambiando a farsa el tono de estos momentos, que habían sido descritos por otros autores como una epopeya:
“-Apéate y descansa –le dijo-, te traerán de cenar.
No tengo mucha gana, y menos cuando el pescuezo está en riesgo del mecate – afirmó Aldama echándose abajo del caballo que resoplaba fatigado.”[37]
Respecto de las intenciones de Hidalgo al poner en marcha la sublevación de Independencia, Mancisidor afirma:
“Pero Hidalgo no aspiraba a emprender en contra del régimen colonial una lucha militar, sino la de todo un pueblo, ebrio de pan y de justicia, por esos conceptos que sacudían al mundo ofreciendo igualdad entre los hombres, fraternidad humana y, sobre todo, libertad.”[38]
Para reforzar su narración sobre el cura Hidalgo, Mancisidor inserta sus decretos y alegatos que publicó en respuesta a la propaganda colonialista. Además, aprovecha su primer trabajo sobre éste héroe y vuelve sobre el problema de la tierra y su devolución a los indios decretada en Guadalajara, lo que le permite afirmar que “Hidalgo era un verdadero y auténtico caudillo popular, arraigado a la gran masa desposeída de la Nueva España”[39]. Aquí podemos observar otro rasgo anarquista de Mancisidor, ya que los ácratas eran “campesinistas”, mientras que de manera muy simple podemos afirmar que los marxistas son “industrialistas” o, cuando menos “obreristas”.
Mancisidor sigue adelante y es ameno, pues inserta panfletos rimados que se usaban para denigrar al enemigo en la guerra de Independencia, dando ejemplos de una muy primitiva contienda ideológica, con los recursos tecnológicos de entonces: los papeles impresos[40].
Mancisidor no endiosa al héroe, al contrario, le reconoce sus limitaciones, como cuando afirma: “No fue Hidalgo, en la empresa que se echara a cuestas, un genio militar; le faltaría, cierto es, audacia e inspiración, pero suplirá sus fallas con entusiasmo y decisión nada comunes”[41].
Sin decir de dónde toma la anécdota, Mancisidor repite la historia del Pípila con un diálogo muy natural como si hubiese estado presente:
“-Pípila, la patria necesita de tu valor. ¿Te atreverías a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga?
-Sí mi general – fue a respuesta.
- ¿Y de qué modo intentas tan peligrosa tentativa?
-De uno muy sencillo y fácil: que me traigan una losa que me cubra la espalda, una reata y una mecha.”[42]
Un poco más adelante entrecomilla, aunque no dice de dónde sacó la cita, un párrafo donde se insiste en llamar a Hidalgo humilde, jefe demócrata, que vivía en cuartos pequeños y dormía sobre pobres catres, para acto seguido, escribir que hubo quienes calumniaran al cura “afirmando que era dado a la lisonja y al lujo”[43].
Respecto de la finta sobre la ciudad de México desde Cuajimalpa, y la consiguiente retirada hacia Querétaro, Mancisidor opina que fue motivada por los movimientos amenazadores de Calleja y Flon, y señala la tirantez con Allende que resultó de esta decisión[44].
Poco después, Mancisidor ya se atreverá a hablar del rencor de Allende hacia el sacerdote, al tiempo que cita una carta donde Allende presume que Hidalgo intentará hacerse de caudales en Guadalajara y escapar por el Puerto de San Blas[45].
Mancisidor dice que después de esta misiva, Hidalgo recibió bien a Allende y no le guardó rencor, además de que justifica todos los errores militares incluso el de Puente de Calderón, atribuyéndolos a la falta de experiencia militar. Califica la lucha insurgente como una “cruzada”[46].
Manifiesta Mancisidor sus dotes de novelista cuando narra la fiesta de cumpleaños de Chepita Castro, la esposa del gobernador insurgente de Coahuila, Señor Aranda; dice que el coronel Elizondo entró con violencia a su casa y le obligó a firmar una invitación a Hidalgo, con lo que afirma se preparaba una emboscada y una traición. Muy en su línea estridentista, califica las causas de Elizondo de “mezquinas”, “negra acción”, “vergonzosa la forma de realizarla”, pretextos “ruines y cobardes”[47].
Mancisidor se detiene en detalles acerca de la prisión de Hidalgo y las rimas que dedicó a sus carceleros, dramatiza el proceso y describe incluso la degradación del héroe de modo teatral: “La escena es impresionante y quienes la presencian, apuran el dolor y la amargura de su impotencia. Sólo Hidalgo, tan lleno de dignidad, permanece sereno, casi indiferente, convencido de que lo que ha hecho está más allá de las leyes y reglamentos de los hombres. Porque lo que a él ha guiado, no ha sido la ley escrita, sino el derecho inmanente de los pueblos de ser libres y dueños, ellos mismos, de su propio destino. Por eso, en medio de tanto rostro atribulado, y tantos ojos llorosos, se endereza como un representante de la justicia eterna, invencible y magnífico en la hora de su muerte que no era, para su conciencia cristiana, sino la hora de su vida.”[48]
Momentos después de su muerte, “Hidalgo no era ya más que un montón inerte de huesos y de carne, sobre el que habría de germinar, sin embargo, la Independencia de un pueblo, y los ideales de democracia y libertad que animaran, en sus horas oscuras o luminosas, su agitada y dramática existencia.”[49]
En Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, publicado por primera vez en 1956 y después en el tomo VI de sus obras completas, Mancisidor continúa el trabajo sobre Hidalgo, porque esto parece, si observamos el método constructivo y la narración: un mismo trabajo que va creciendo poco a poco conforme su autor lee más sobre el tema, recopila mejores materiales y refina su texto.
En la retórica de Mancisidor, Hidalgo es “el intelectual”, Morelos “el genio”, y Guerrero “el carácter”. Sobre estas bases, el autor tendrá mucho mayor cuidado que en las publicaciones anteriores, y enfatizará más la formación intelectual y la trayectoria académica de Hidalgo; así citará los colegios a los que asistió y los libros de texto que tuvo que estudiar.
Como justificación del apodo de “el zorro” que el cura llevó toda su juventud, Mancisidor enfatiza que era “taimado”, dueño de una viva imaginación, ágil de mente, burlón e irónico pero nunca frívolo[50]. Presenta al primer conflicto de Hidalgo que lo puso frente a la inquisición como una “travesura”, a la que se fueron agregando los testimonios de muchos que lo habían escuchado salirse de la ortodoxia católica, lo cual era peligro y hasta mortal en esa época.
Mancisidor mejora mucho pues profundiza más en las aportaciones de Clavijero, el jansenismo, el texto de Serry, Díaz de Gamarra y el texto sobre teología que escribió el joven cura, el cual le hizo ganar doce medallas de plata, como elementos transformadores de la cultura de la época[51].
No obstante lo anterior, Mancisidor no cambia la caracterización del sacerdote como un hombre democrático que no distinguía las clases sociales y recibía a todos en su casa apodada “la Francia Chiquita”[52]; también lo ubica como un indigenista, promotor de la industria nacional[53], insiste en calificarlo como “sencillo cura”[54], cuando todos sabemos que era un intelectual de primer nivel, habla de él como “el humilde cura de dolores”[55], sin mencionar que poseía varias haciendas muy productivas y gran capital.
A fines del siglo XVIII y principios del XIX, según Mancisidor, gravitaba sobre la población que carecía de tierras, “el Estado feudal español” “con todos sus horrores”, por lo que Hidalgo pugnaba por restituir las tierras a “sus dueños verdaderos”[56].
En este capítulo sexto de su obra Mancisidor utiliza por primera vez una retórica que pudiera parecer marxista, pues menciona las luchas de las clase dominantes, privilegios feudales, Estado feudal, sociedades por acciones, tiranía del capital[57].
Cita de nuevo Mancisidor la anécdota del Pípila, pero ahora si menciona que la tomó del Cuadro Histórico... de Carlos María de Bustamante, de donde me imagino la sacaron todos. Insiste Mancisidor en que Allende amenazó e injurió al sacerdote pero que éste lo perdonó. Allende no simpatizaba a Mancisidor pues le atribuye deseos de venganza sobre Hidalgo e “incapacidad para ver la Independencia como un hecho popular”[58].
Compara a Hidalgo con el mitológico Anteo que sacaba fuerzas de su contacto con la tierra, el cura se fortalecía con el contacto del pueblo. Resume su programa político en cuatro palabras: patria, nación mexicana, independencia y libertad[59].
Sin duda este último escrito sobre Hidalgo es el mejor, aunque no desperdicia los materiales utilizados antes y repite incluso frases hechas de los anteriores, como cuando arrancan la cabeza del héroe y su cuerpo es “iluminado apenas por un sol pálido y sin calor”[60].
III.- Conclusiones sobre Mancisidor y su Hidalgo
Mancisidor utiliza una retórica anarquista en sus dos primeros escritos sobre Hidalgo pues los escribió en 1944, y no dominaba el lenguaje marxista, ni simpatizaba con el socialismo o el comunismo, entre otras cosas porque el carácter de este historiador era independiente y enemigo de los autoritarismos, opuesto en todo a la rigidez doctrinaria de un Partido Comunista Mexicano seguidor del Stalinismo.
Esta no es una especulación, desde 1940 Mancisidor había marcado distancia de los comunistas y polemizado públicamente con ellos; así afirma en su libro Síntesis histórica de la lucha social en México, que incluso fue traducido al ruso y publicado en la URSS: “Tal parecía, después de escuchar este lenguaje, que la revolución proletaria estaba en puerta, cuando en realidad, lo que saltaba a la vista era la falta de madurez política de los dirigentes comunistas para aplicar la teoría revolucionaria a las condiciones históricas que en México prevalecían”[61]. Poco más adelante agregaba: “Como se puede ver, el programa del Partido Comunista en México, como las medidas de realización, no podían ser más simplistas.”[62] No he leído a ningún comunista militante que diga de sus colegas que son simplistas y les falta madurez política.
Evidentemente Mancisidor no fue comunista ni socialista y si al final de su vida (recordemos que murió en 1956) utilizó algunas frases de la retórica marxista, sólo fue en un capítulo de un libro entero, el que posiblemente escribió de manera separada y luego intercaló a la hora de publicar el texto, cosa nada rara en la forma de trabajar de los editores y autores.
Mancisidor es un moralista ácrata debido a que defiende “el buen nombre” de la familia Hidalgo reduciendo el número de los matrimonios del padre de Miguel de cuatro a dos o tres, como si uno más o menos fuera relevante en la valoración del ambiente en que creció el héroe. También muestra su moralismo al mantener intocada su vida privada, que sospecho no conocía, para centrarse en su currículum.
La caracterización de Hidalgo no es nueva y parece limitarse a repetir o subrayar los estereotipos ya conocidos sobre el cura: astuto, indigenista, luchador por la tierra para los indígenas, demócrata, promotor de la cultura popular y la industria nacional.
La parte increíble de esta caracterización radica en insistir en que Hidalgo era un sencillo y humilde cura cuando llegó a Rector del Colegio de San Nicolás y era dueño de varias Haciendas.
Supongo que esta falsificación de Mancisidor no se debe a su ignorancia, sino a su deseo de hacer a Hidalgo aún más aceptable a los ojos de los niños y jóvenes estudiantes de las escuelas oficiales, que Mancisidor consideraba su “clientela natural”, como profesor y funcionario de la SEP que fue.
IV.- Rafael Ramos Pedrueza
Nació en la ciudad de México en 1897[63], posiblemente con estudios elementales, se hizo profesor autodidacta de primaria. Político profesional oficialista, fue diputado federal en la XXIX legislatura, identificado con el bloque obregonista[64]; en 1922 inició un viaje de estudios culturales a varios países de Europa, comisionado por la Secretaría de Educación Pública[65] de reciente creación. Parece que vivió cuando menos seis meses en Rusia y observó, en la medida de lo posible (no se sabe que hablara ruso), los cambios políticos y sociales que entonces ocurrían con gran rapidez.
La estancia de Ramos Pedrueza en Rusia coincidió con la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas aún bajo la dirección de Lenin, el cual murió en 1924[66], pero también pudo observar la lucha por el poder de los viejos bolcheviques contra Stalin y su grupo, finalmente ganadores de la confrontación.
Después de 1924 y hasta 1926, Ramos Pedrueza fue embajador de México en Ecuador[67], representando al gobierno de Plutarco Elías Calles. A su regreso a México, impartió clases de geografía económica e historia de México en la UNAM, así como de literatura en el Conservatorio Nacional[68].
Con los apuntes tomados durante su estancia en la URSS, Ramos Pedrueza publicó, probablemente con sus propios recursos, en 1929, un libro titulado La estrella Roja. Doce años de vida soviética [69], que leyó frente a un grupo de amigos periodistas, políticos e intelectuales en una reunión publicitada por el diario La Prensa, el 17 de diciembre de 1928[70]. Esta primera edición contó con el aval político del colectivo El Machete en una carta fechada el 6 de abril de 1929[71].
Quizá haya sido este el primer libro escrito en español por un intelectual mexicano sobre la URSS y los problemas que enfrentaba en ese momento. Era valioso por ser una visión mexicana, tomada directamente de la realidad por un simpatizante de este régimen, además de que sirvió de guía y estímulo a muchos otros mexicanos radicales, anarquistas, estridentistas, socialistas y comunistas, deseosos de saber, mediante fuentes confiables, lo que estaba pasando al otro lado del mundo. Supongo que Mancisidor fue uno de los primeros beneficiados con esta información.
Ramos Pedrueza publicó también: Excelsitud del arte, Estudios sociales, históricos y literarios, La lucha de clases a través de la historia de México, Sugerencias revolucionarias para la enseñanza de la historia, Emiliano Zapata y el agrarismo nacional, José María Morelos y Pavón, precursor del socialismo en México, y Javier Mina, representativo de la lucha clasista en Europa y América. murió en la capital del país en 1943[72].
V.- El Hidalgo de Rafael Ramos Pedrueza
En 1923, Ramos Pedrueza publicó un libro titulado Estudios históricos, sociales y literarios, en México, D. F. sin pie de imprenta, por lo que presumo es una edición personal, en un momento en que el autor era diputado federal y disponía de recursos. Recopila su primer cuadernillo nombrado Excelsitud del arte, así como textos varios sobre temas de historia, problemas sociales, discursos parlamentarios y de política callejera, artículos aparecidos en diferentes periódicos y revistas desde 1908 hasta la fecha mencionada arriba.
Aquí encontramos un antes y un después, la marca es el viaje a la URSS de 1922. Los escritos políticos y sociales previos presentan un lenguaje liberal poco radicalizado, aunque diferente del positivista imperante; en lo literario, Ramos Pedrueza no se salva de la lírica romántica en boga, incluyendo los temas espirituales, espiritistas y misteriosos en general. A sus veintiún años, el joven Rafael Ramos Pedrueza era un buen chico malo, romántico, rebelde, radical, inquieto, en busca de expresión y tribuna. Cinco años después, convertido en político profesional, legislador obregonista, recién llegado de su viaje a la URSS, ya había encontrado sus temas y mejorado su lenguaje, radicalizándolo según la retórica rusa oficial con capitalismos, imperialismos, explotación del pueblo y revolución francesa, dispersos convenientemente a lo largo de su discurso, pero sin llegar al marxismo, pues dudo que conociera las obras de Marx, publicadas apenas en México en 1960, muchos años después de su muerte[73].
En este libro que realmente reúne sus dos primeras obras, incluye un texto de junio de 1908, aparecido originalmente en El Mundo Ilustrado, uno de sus primeros escritos literarios de tema histórico relacionados directamente con Hidalgo: “Atotonilco el Grande”, donde con un estilo arcaizante similar al de don Luis González Obregón, destaca lo más viejo y primitivo de esa población para casi al terminar, esbozar un contrapunto de su aparente tranquilidad con “la heroica guerrilla de los primeros insurgentes, acercándose velozmente...”[74] No menciona explícitamente a Hidalgo pero sabemos que nuestro héroe tomo en ese pueblo el estandarte de la Virgen María.
En agosto de 1915, Ramos Pedrueza escribió un opúsculo denominado “Evocaciones Heroicas” y menciona a Hidalgo en segundo lugar después de Cuauhtémoc, imagino que por establecer un orden cronológico, pues acto seguido trabaja a Mina, otro de sus héroes favoritos y sospecho, por el que mayor inclinación sintió, pues le dedicó un libro completo[75], lo que no hizo con Hidalgo.
Califica al grito de Dolores como un “don del cielo a la tierra mexicana; es un instante y una eternidad”[76]. Además de retrata al cura Hidalgo como un “anciano”[77], lo que es inexacto e injusto pues el héroe tenía cincuenta y siete años cuando convocó a la sublevación de Independencia; dice que su acción reflejó las angustias del pueblo, las imprecaciones de los de abajo, así como “la música vigorosa de la nacionalidad recién nacida”[78]. Describe a su imagen como una “figura venerable; la más venerable de nuestra historia; es patriarcal y paternal; el patriarca de la guerra de Independencia y el padre legítimo de la patria mexicana”[79].
Defiende al héroe contra los escritores que lo han criticado por lanzarse a la guerra sin un plan, califica de sublime su decisión y dice de él que era “idea y acción, pensamiento que redime y brazo que combate; bandera que simboliza el ideal y espada que lo defiende”[80]; aunque vuelve a mencionarlo como un viejo para exaltarlo doblemente al afirmar que “olvidándose de sus años...”[81] fue a la lucha con un plan confuso pero generoso.
De la retirada frente a la capital del Virreinato, Rafael Ramos Pedrueza no se compromete a elaborar una hipótesis explicativa, simplemente menciona una disyuntiva entre un error militar o “el temor de la espantosa anarquía que pudo imperar”[82].
Como conclusión, Ramos Pedrueza acepta que Hidalgo cometió errores, cayó en debilidades al tolerar asesinatos y saqueos, además de que no fue un gran militar. Sin embargo a su favor dice:
“...fue el primer ciudadano mexicano; fue un verdadero apóstol de la libertad, fue un fecundo redentor de oprimidos; fue un sacerdote de Cristo y de la Independencia; ¡fue héroe y mártir¡ de su alma y de su sangre, brotó la nación mexicana.
“Hidalgo no es solamente un héroe nuestro; es héroe universal; fue el primer ciudadano en el nuevo mundo, que abolió la esclavitud; por sólo éste hecho es inmortal su memoria.”[83]
En su siguiente obra[84], que dedica a “los maestros y estudiantes antiimperialistas”[85], sumamente exitosa, publicada en veinticinco mil ejemplares en su segunda edición, en plena época de la “educación socialista”, como texto de apoyo a los maestros de educación básica y media de la República, con el aval de un político moscovita que “aprecia la tentativa de mostrar la Historia de México desde el punto de vista marxista”[86], de José Mancisidor quien publicó su encomio en la edición de diciembre de 1934 de su revista Ruta, así como de numerosos profesores y directivos de educación secundaria, todos consignados en las primeras páginas del libro, el cura Hidalgo sólo es mencionado en seis páginas de doscientas noventa, en ellas se resalta su reparto de la tierra entre los indios, se le ubica como precursor del Departamento Agrario[87] y se cita en apoyo de esta idea la obra de Luis Castillo Ledón, Hidalgo, la vida del héroe.
Se dice también que “realizó reivindicaciones justas a favor de las masas explotadas”[88], pues repartió plata y alimentos tomados de los almacenes imperiales; se juzga rápida aunque positivamente su desempeño político – social, haciendo caso omiso al aspecto militar, muy trabajado por otros historiadores. Termina este tema subrayando que fue Morelos quien inició el culto a la personalidad de Hidalgo.[89]
VI.- Conclusiones sobre Rafael Ramos Pedrueza y su Hidalgo
Al parecer, Hidalgo no fue un héroe favorito de Rafael Ramos Pedrueza, pues le dedicó alrededor de doce páginas en toda su obra, cuando escribió un libro sobre Morelos y otro sobre Mina. Incluso en el artículo sobre Atotonilco... escrito en 1908 ni siquiera lo menciona expresamente, en tanto que el artículo de 1915 titulado “Hidalgo”, está lleno de frases hechas tomadas de la retórica liberal – positivista, propia de las festividades patrias y no agrega nada nuevo. El último intento, publicado en 1936, resalta su aportación al reparto agrario, poniéndolo como precursor de una oficina burocrática de entonces. Ramos escribía con mayor malicia para un público cautivo de la educación socialista, por lo que su retórica era propia de ese momento, al tiempo que ganaba lectores, encubría su desconocimiento y desinterés por este héroe, al que deja atrás en unas cuantas páginas para subrayar la importancia de Morelos, este si de su interés.
VII.- Mancisidor y Ramos Pedrueza
Me atrevo a imaginar que por ser anterior, la obra de Ramos Pedrueza (1936) pudo generar en Mancisidor el interés por tratar este tema (1944, 1944 y 1956), el cual presentaba algunas fallas de origen [90] según don José.
Por otra parte, conozco con cierto detalle la trayectoria vital y profesional de Mancisidor y hasta donde tengo entendido, Ramos Pedrueza no tuvo amistad ni relación de trabajo con él, lo que no quiere decir que no estuvieran al tanto de sus respectivas publicaciones por haber sido contemporáneos y funcionarios del Estado en diversas épocas, además de escribir sobre temas y revisar problemas afines.
Simplemente creo que pertenecían a equipos de trabajo diferentes y no tuvieron oportunidad ni interés en acercarse, posiblemente por sus diferencias culturales y políticas, pues José Mancisidor fue un anarquista con lenguaje estridentista, alejado por la fuerza del poder, mientras Rafael Ramos Pedrueza fue un político oficialista.
En lo que parecen coincidir ambos es en la idea de que el cura Hidalgo era una figura histórica difícil de tratar. Desde que la educación socialista radicalizó las propuestas educativas y con ellas a los profesores y estudiantes, parecía muy complicado mencionar que el Padre de la Patria había sido un sacerdote culto, miembro de la elite de la Nueva España, con propiedades vastas y rentas abundantes.
Sin embargo cada uno resolvió el problema a su modo: José Mancisidor falsificó la historia y elaboró la imagen de un hombre demócrata, promotor de la educación, además de simple y humilde cura. Por lo que respecta a sus principios y retórica, durante toda su vida José Mancisidor respetó y conservó los principios anarquistas y mantuvo hasta el final de sus días un estilo estridentista, como lo corroboró poco antes de morir don Germán List Arzubide, al mencionar a Mancisidor entre la nómina de los más notables estridentistas.[91]
Rafael Ramos Pedrueza no simpatizó con el cura Hidalgo y lo descartó como tema de sus escritos en la medida de lo posible, atribuyendo mayor importancia a Morelos, este si de origen popular, este si cura de aldea, y a Francisco Javier Mina.
Rafael Ramos Pedrueza utiliza un lenguaje radical pero no marxista desde mi punto de vista, pues al parecer desconocía esta doctrina en tanto los libros fundamentales del materialismo histórico o marxismo se publicaron en español en la década de los años sesenta del siglo XX, mucho tiempo después de publicadas por primera vez las obras aquí analizadas. Lo que posiblemente ocurrió es que Rafael Ramos usó un lenguaje stalinista aprendido de la propaganda soviética, de la que si tuvo conocimiento de primera mano durante su viaje de seis meses por la URSS. En ese momento de nuestra historia, México pasaba por la llamada educación socialista por lo que estaba de moda escribir y hablar de lucha de clases, enfrentamiento clasista, etcétera; aunque fuera de contexto y sin ninguna relación con la realidad nacional.
Cuadro comparativo de las visiones de Hidalgo de Mancisidor y Ramos Pedrueza
Características principales
Mancisidor
Ramos Pedrueza
Importancia que le da el autor
Máxima, escribe un opúsculo y dos libros, además de conmemorar sus aniversarios en los periódicos y revistas donde colaboraba
Mínima, escribió cuando mucho doce páginas
Documentación o bibliografía
Creciente y variada en la medida de lo posible
Inexistente o mínima sólo cita a un autor
Lenguaje y estilo retórico
Anarquista y estridentista
Liberal y radical stalinista, no marxista
Forma de narrar
Amena, chusca, teatral, didáctica, moralizante, edificante
Superficial, apresurada, retórica patriotera, grandilocuente
Conocimiento del personaje
Creciente, el autor se siente obligado a estudiarlo para presentar sus facetas positivas a los estudiantes y público en general
Elemental, se recurre a frases hechas que pudieron tomarse de las celebraciones oficiales de la época
Datos aportados
Nada nuevos pero se trata de contextualizar al héroe de tal manera que se inicia su biografía con la llegada de su padre soltero a su nuevo empleo de administrador, se plantea incluso el carácter de su madre
Nulos, sólo se mencionan dos o tres hechos sumamente conocidos del héroe, asequibles incluso mediante tradición oral
Objetivos del autor
Presentar al héroe como un individuo especial y muy importante al estilo de Carlyle
Ubicar a Hidalgo como un personaje necesario pero prescindible
Caracterización del sacerdote
Astuto, taimado, dueño de una gran imaginación, creativo, burlón, irónico, ágil de mente, irreverente, democrático, travieso, indigenista, promotor de la industria nacional y la educación popular, sencillo y humilde cura
Anciano, venerable, patriarcal, paternal, padre de la Patria
Complejidad narrativa
Menciona las relaciones conflictivas del héroe con otros personajes que lo siguieron en un principio y después marcaron su distancia, como Allende, a quien sin embargo perdonó y apoyó mostrando la grandeza de su espíritu y la pureza de sus intenciones.
Se sigue a Hidalgo muy de cerca hasta su trágico fin
Narración plana, lineal y poco interesante, Hidalgo parece un personaje secundario sin trascendencia
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[1] Trabajo preparado para su lectura inicial en el Seminario de Independencia Nacional, coordinado por el Doctor Tarsicio García Díaz, en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Cultural, Ciudad Universitaria, 04510, Coyoacán, México, D. F., julio de 2001.[]
2 según afirma en su artículo publicado en: Iztapalapa, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, año 22, número 51, julio - diciembre de 2001, p. 225 – 238.[]
3 Javier Rico Moreno, Pasado y Futuro en la historiografía de la Revolución Mexicana, México, CONACULTA/INAH/UAM Azcapotzalco, 2000, p. 54 – 55.[]
4 Javier Rico Moreno, Pasado y futuro en la historiografía de la Revolución Mexicana, México, CONACULTA/INAH/UAM Azcapotzalco, 2000, p. 51.
[]
5Idem. P. 52
[]
6 Roderic A. Camp, Los intelectuales y el Estado en el México del siglo XX, México, FCE, 1995, p. 61.
[]
7 Todo lo referente a Marx y el marxismo lo tomé no literalmente y abreviado del texto Treasury of World Philosophy, Edited by Dagobert R. Runes, Littlefield, Adams & Co., Paterson, New Jersey, 1959, p. 789 – 791.[]
8Luis Mario Schneider, El estridentismo, México 1921-1927, Introducción, recopilación y bibliografía de Luis Mario Schneider, México, UNAM, 1985, p. 15.
[9] Giménez Igualada, Anarquismo, México, B. Costa Amic, 1968, p. 10.
[10] Miguel Giménez Igualada, Anarquismo, México, B. Costa Amic, 1968, p. 8-9.
[11] José Alvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868 – 1910), Madrid, siglo XXI de España Editores S.A., segunda aedición corregida 1991, p. 61.[]
12 Ídem., p. 68[]
13 José Alvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868 – 1910), Madrid, siglo XXI de España Editores S.A., segunda edición corregida 1991., p. 69.[]
14 Ídem., pp. 81-85.
[15] Miguel Giménez Igualada, Anarquismo, México, B. Costa Amic, 1968, p. 56
[16] José Alvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868 – 1910), Madrid, siglo XXI de España Editores S.A., segunda edición corregida 1991, p. 94.[]
17 José Alvarez Junco, Op. Cit., p. 97.[]
18 Ídem., p. 99.[]
19 José Alvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868 – 1910), Madrid, siglo XXI de España Editores S.A., segunda edición corregida 1991, p. 103. []
20 José Alvarez Junco, Op. Cit., pp. 115-133.
[21] Miguel Giménez Igualada, Anarquismo, México, B. Costa Amic, 1968, p. 146 - 147.[]
22Miguel Giménez Igualada, Anarquismo, México, B. Costa Amic, 1968, p. 201.
[23] John M. Hart, El anarquismo y la clase obrera mexicana, 1860-1931, México, Siglo XXI Editores, tercera edición, 1988, p. 30. []
24 Idem., p. 41.[]
25 José Alvarez Junco, La ideología política del anarquismo español, Madrid, Siglo XXI Editores, segunda edición corregida, enero de 1991, p. 612. []
26 José Alvarez Junco, Op. Cit., p. 409.
[27] Alberto Leduc, Fragatita y otros cuentos, México, Editorial Cal y Arena, 1984.[]
28 José Mancisidor, En la rosa de los vientos, La novela de la Revolución Mexicana, tomo II, México, Editorial Aguilar, 1988, p. 585.[]
29 Excélsior, 24, 25 y 26 de septiembre de 1941, Jueves de Excélsior, 2 de octubre de 1941.[]
30 José Mancisidor Ortiz, Hidalgo y la cuestión agraria, Obras Completas, Tomo V, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 12.[]
31 José Mancisidor Ortiz, Miguel Hidalgo, constructor de una Patria, Obras Completas, tomo VI, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 10.[]
32 José Mancisidor Ortiz,op. cit., p. 13.[]
33Idem., p. 19.[]
34Ibidem., p. 26.[]
35 José Mancisidor Ortiz, Op. Cit., p. 33.[]
36 Idem., p. 63.[]
37 Ibidem., p. 75. []
38 Vid. Supra., p. 79.[]
39 José Mancisidor Ortiz, Miguel Hidalgo, constructor de una Patria, Obras Completas, tomo VI, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 96.[]
40 José Mancisidor Ortiz, Miguel Hidalgo, constructor de una Patria, Obras Completas, tomo VI, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 100 – 101.[]
41 José Mancisidor Ortiz, Op. Cit., p. 103.[]
42 Idem., p. 106.[]
43 Ibidem., p. 107.[]
44 Op. Cit., p. 110 – 111.[]
45 José Mancisidor Ortiz, Miguel Hidalgo, constructor de una Patria, Obras Completas, tomo VI, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 113.[]
46 Idem., p. 116.[]
47 José Mancisidor Ortiz, Miguel Hidalgo, constructor de una Patria, Obras Completas, tomo VI, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1980, p. 122.[]
48 Idem., p. 140.[]
49 Ibidem., p. 143.[]
50 José Mancisidor Ortiz, Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, Obras Completas, tomo VI, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1980, p. 121 – 122.[]
51 Idem., p. 126 – 132.[]
52 Ibidem., p. 133.[]
53 Op. Cit., p. 136.[]
54 José Mancisidor Ortiz, Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, Obras Completas, tomo VI, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1980, p. 157.[]
55 Idem., p. 170.[]
56 José Mancisidor Ortiz, Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, Obras Completas, tomo VI, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1980, p. 192 – 193.[]
57 Idem., p. 195 – 199.[]
58 Ibidem., p. 237.[]
59 Op. Cit., p. 240.[]
60 José Mancisidor Ortiz, Hidalgo, Morelos, Guerrero. Trilogía histórica, Obras Completas, tomo VI, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1980, p. 264.[]
61José Mancisidor Ortiz, Síntesis histórica de la lucha social en México, Obras Completas, tomo VI, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 1980, p. 68.[]
62 Idem., p. 69.[]
63 José Rogelio Alvarez, Enciclopedia de México, tomo XI, p. 122, México, 1978.[]
64 Alberto del Castillo Troncoso, “Alfonso Teja Zabre y Rafael Ramos Pedrueza: dos interpretaciones marxistas en la década de los treinta”, en Iztapalapa, revista de Ciencias Sociales y Humanidades, año 22, número 51, julio diciembre de 2001, p. 227.[]
65 Carmen Castañeda en Alberto del Castillo, Op. Cit., p. 227.[]
66 Georges Haupt y Jean – Jacques Marie, Los bolcheviques, México, Editorial Era, 1972, p. 57.[]
67 Alberto del Castillo Troncoso, “Alfonso Teja Zabre y Rafael Ramos Pedrueza: dos interpretaciones marxistas en la década de los treinta”, en Iztapalapa, revista de Ciencias Sociales y Humanidades, año 22, número 51, julio diciembre de 2001, p. 228. []
68 Humberto Musacchio, Gran Diccionario Enciclopédico de México Visual, tomo IV, R-Z, p. 1684, México, Andrés León Editor, 1994.[]
69 Rafael Ramos Pedrueza, La estrella Roja. Doce años de vida soviética, México, s.p.i., 1929.[]
70 Vid Supra, p. 5 – 6.[]
71 Idem., p. 6 – 7.[]
72 Humberto Musacchio, Gran Diccionario Enciclopédico de México Visual, tomo IV, R-Z, p. 1684, México, Andrés León Editor, 1994.
[]
73 Andrea Sánchez Quintanar, Tres socialistas frente a la Revolución Mexicana. José Mancisidor, Rafael Ramos Pedrueza, Alfonso Teja Zabre, México, CONACULTA, 1994, p. 31.[]
74 Rafael Ramos Pedrueza, “Atotonilco el Grande”, en Estudios históricos, sociales y literarios, México, D.F., 1923, s.p.i., p. 249.[]
75 Rafael Ramos Pedrueza, Francisco Javier Mina. Combatiente clasista en Europa y América, con prólogo del Doctor Félix Gordon Ordas, Embajador de España en México, México, s.p.i., 1937.[]
76 Rafael Ramos Pedrueza, “Hidalgo”, en Estudios históricos, sociales y literarios, México, D.F., 1923, s.p.i., p. 35.
[]
77 Rafael Ramos Pedrueza, Op. Cit., p. 35.
[]
78 Idem.[]
79 Rafael Ramos Pedrueza, “Hidalgo”, en Estudios históricos, sociales y literarios, México, D.F., 1923, s.p.i., p. 36.[]
80 Idem.[]
81 Ibidem.[]
82 Rafael Ramos Pedrueza, “Hidalgo”, en Estudios históricos, sociales y literarios, México, D.F., 1923, s.p.i., p. 37.[]
83 Idem.[]
84 Rafael Ramos Pedrueza, La lucha de clases a través de la historia de México. Un ensayo marxista, tomo I, Segunda edición corregida y aumentada, México, Secretaría de Educación Pública /Talleres Gráficos de la Nación, 1936.[]
85 Idem.[]
86 Rafael Ramos Pedrueza, La lucha de clases a través de la historia de México. Un ensayo marxista, tomo I, Segunda edición corregida y aumentada, México, Secretaría de Educación Pública /Talleres Gráficos de la Nación, 1936.[]
87 Rafael Ramos Pedrueza, La lucha de clases a través de la historia de México. Un ensayo marxista, tomo I, p. 85.[]
88 Idem., p. 86.[]
89 Ibidem., p. 89.[]
90 Rafael Ramos Pedrueza, La lucha de clases a través de la historia de México. Un ensayo marxista, tomo I, Segunda edición corregida y aumentada, México, Secretaría de Educación Pública /Talleres Gráficos de la Nación, 1936, p. 11.[]
91 Elda Maceda, “Germán List Arzubide, noventa y nueve años de poesía. Se le rindió un homenaje en Bellas Artes”, en El Universal, Sección Cultural, editor Paco Ignacio Taibo 1, México, D.F., jueves 5 de junio de 1997, p. 1.
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Hidalgo
Creado por leon3135 | 0 comentarios | 26/01/05 22:18
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