Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Ejércitos e ideologías en la historia de México en Sociedad Mexicana, Universidades y Cultura
Ejércitos e ideologías en la historia de México
Describe los diferentes ejércitos y sus motivaciones de lucha en la historia nacional mexicana hasta fines del siglo XX
EJERCITOS E IDEOLOGIAS EN LA HISTORIA DE MEXICO
ALVARO MARIN MARIN
enero de 2005
En este trabajo pretendemos hacer un recuento de los principales ejércitos y las ideologías a las que han servido o en las que han encontrado una justificación o pretexto para actuar dentro de la sociedad mexicana, a lo largo de nuestra historia.
Nuestros lectores deben tener en cuenta que no pretende ser esta la historia unitaria del actual ejército federal mexicano, sino una reflexión sobre los diferentes grupos armados que han tenido un papel relevante en nuestro proceso histórico. Claro está que en su momento, haremos alusión al actual ejército federal, reconociendo la importancia que tiene dentro de nuestro sistema político, pero esto no significa que el ejército nacional contemporáneo, la marina o la fuerza aérea, o las respectivas Secretarías de Estado que se encargan de su organización y mando, tengan alguna relación con grupos armados del pasado -remoto o reciente- ni que sea nuestra intención o interés sugerir continuidades que no existen o relaciones improbables.
Para evitar confusiones es importante definir con claridad al menos dos de los principales conceptos que usaremos constantemente a lo largo de este ensayo: así, ejército significa para nosotros un grupo numeroso de hombres armados, que actúan bajo un mando unificado con intenciones de conseguir o mantener el control del aparato estatal.
Por otra parte, consideramos que ideología es una definición particular de la realidad que está conectada a un interés de poder concreto. Las ideologías se distinguen y diferencian porque, en un mismo universo general existen interpretaciones diversas que dependen de los diferentes intereses creados concretos. Cuando una ideología predomina y se impone a la sociedad, comienza a explicar y justificar la tradición, lo que significa legitimar las instituciones.
La relación entre ejércitos e ideologías no sólo en la historia nacional sino a nivel mundial se hace evidente si consideramos que: "El que tiene el palo más grande tiene mayores probabilidades de imponer sus definiciones de la realidad, lo que constituye una aseveración verdadera con respecto a cualquier colectividad más grande, aunque siempre queda la posibilidad de que algunos teorizadores políticamente desinteresados se convenzan mutuamente sin tener que recurrir a medios más groseros de persuasión". (Peter L. Berger y Thomas Luckmann, La construcción social de la realidad, Amorrortu Eds., Bs. As., 1986, p. 140).
Si iniciamos nuestra historia nacional como lo indica la tradición desde el pasado prehispánico, observaremos que ya los aztecas por mencionar el caso más conocido, poseían un ejército que servía tanto a los intereses expansionistas del grupo en el poder, como a los fines comerciales de los poderosos pochtecas a quienes precedían en cualquier expedición.
Es ampliamente sabido que la dirección del ejército meshica estaba a cargo de nobles caballeros tigre o águila aunque, posiblemente por la juventud de su organización político-militar, no era ésta una nobleza de casta y admitía de buen grado entre sus filas a los plebeyos que se distinguían por su valor y arrojo. Además, los soldados y mandos medios salían de entre los macehualli o gente del pueblo, vale decir, las capas trabajadoras de la sociedad.
No obstante, haber estado los aztecas y todos los demás pueblos prehispánicos en un grado de desarrollo tecnológico equivalente a la Edad de Piedra europea, como lo demuestran sus armas, instrumentos de trabajo y labranza, así como los objetos que usaban en su vida cotidiana, poseían una avanzada organización social, vivían en la ciudad más grande y compleja el mundo (al menos eso afirma Bernal Díaz del Castillo), y poseían una cultura sofisticada que casi llegó a tener alfabeto propio.
Por tanto no es sorprendente que esta confederación de pueblos poseyera un grupo armado con jerarquía, disciplina, abastecimiento, financiamiento permanente y una cierta logística que le permitían actuar en cualquier momento en favor de las políticas trazadas por sus autoridades.
Todavía en la actualidad, parece sorprender a muchos la idea de que un grupo reducido de aventureros españoles, lograra imponerse con cierta facilidad al ejército azteca, y dominara en un plazo de dos años a una sociedad tan grande y compleja. Ciertamente, lo que sucedió en México y algunas otras zonas de América Latina como el imperio Inca, fue que, si bien las sociedades tenían un alto grado de complejidad, no poseían mecanismos de sucesión política y mando militar flexibles, pues el poder se concentraba en gobernantes considerados dioses por sus súbditos, por lo que, quien tuviera la osadía de atacar al "dios", como sucedió con el Inca secuestrado por una turba de desalmados inescrupulosos, o con Moctezuma hecho prisionero por los hombres de Alvarado, podía hacerse dueño de la situación en poco tiempo y con relativa facilidad.
Los españoles derrotaron a los aztecas y otras tribus contemporáneas, no sólo por la superioridad de sus armas -como se afirma un poco a la ligera en muchos libros, sino también (y diríamos nosotros que principalmente a causa de) combatir sin respetar ninguna regla, ni tener ningún escrúpulo moral o principio ético. Esto lo demostraron desde el primer momento, pero se corroboró con la matanza de Cholula, en septiembre de 1519, donde fueron masacradas sin ningún miramiento más de tres mil personas desarmadas.
Continuó con la batalla de Otumba, siguió con el sitio de Tenochtitlán donde se rompieron los diques para mezclar el agua dulce con la salada, se arrojaron cadáveres a los depósitos de agua y dentro de la ciudad para infectar a los combatientes sanos; se propaló la viruela entre los indígenas a fin de apresurar su rendición, cometiéndose innumerables abusos contra la población civil.
Otras aportaciones europeas aparte de las arriba mencionadas, fueron el financiamiento privado de los ejércitos, la dirección de los mismos por generales-empresarios que con fondos propios o ajenos, de comerciantes, banqueros, corporaciones civiles, congregaciones religiosas o de accionistas medianos y pequeños se lanzaron a aventuras que veían y eran, empresas riesgosas donde se podía perder la vida, pero también existía la posibilidad de dejar de ser un simple criador de puercos, como Hernán Cortés en Cuba para, en poco tiempo, convertirse en un magnate.
Si bien los diferentes ejércitos hispánicos que conquistaron sobre estas bases los territorios en el México actual y muchas otras zonas en varios continentes, se justificaban con el supuesto de estar extendiendo la "verdadera religión" y traer la cultura a unos "salvajes" muy civilizados, justificación que hasta cierto punto es posible que ellos mismos creyeran, lo real es que actuaban como la vanguardia de un capitalismo comercial muy agresivo que se había gestado durante varios siglos atrás en el occidente de Europa.
No es raro, por tanto, que si bien se habla de un Imperio español en América con cierta propiedad, el financiamiento de muchas de estas aventuras haya estado a cargo de capitalistas alemanes como los Fugger o Fúcaros, italianos o belgas, con lo que bien podemos hablar de la conquista y colonización de América como de una empresa europeo-occidental, ya que no debe ignorarse el hecho de que el mismo emperador Carlos V hubiese nacido en los Países Bajos.
Una vez consolidada la denominación española sobre el territorio del actual México gracias al genocidio y la transculturación, a mediados del siglo XVI, tomó el poder la burocracia imperial, los ejércitos se disolvieron y se controló a los españoles con prebendas o promesas de ellas, y a los nativos con la ignorancia y el alcoholismo.
Durante los siglos XVII y XVIII, el poder español en México se enfrentó a dos problemas diversos que tuvieron que ser enfrentados con métodos militares: la colonización de los territorios norteños y la defensa de las costas atacadas por los otros pueblos europeos -principalmente Inglaterra- descontentos con un reparto del mundo en el que no habían sido considerados.
El problema de la colonización norteña parecía difícil pero con el tiempo fue irresoluble: las tribus indígenas que vivían más allá de Querétaro lograron preservar su independencia y libertad precisamente gracias a su atraso cultural y poco desarrollo socio-económico. A diferencia de las grandes civilizaciones de Mesoamérica, los chichimecas, apaches, comanches y demás tribus vivían en grupos relativamente pequeños, eran nómadas, aprovechaban todos los alimentos y recursos que les brindaba su medio ambiente; por ejemplo, los chichimecas andaban desnudos y comían gusanos y raíces, no respetaban a los españoles y los atacaban con métodos equivalentes a la guerra de guerrillas, es decir: en pequeñas partidas, esporádicamente y por sorpresa.
Así las cosas, los indígenas del norte no podían ser atacados en sus poblaciones, ni reducidos por hambre, ni ser dañados económicamente, mientras los españoles requerían ingentes recursos materiales y mucho dinero sólo para mantener su presencia en la zona. Además, el gobierno español no estaba bien dispuesto a financiar la defensa de los colonos, por lo que tuvieron que ser los más pudientes de entre ellos quienes sufragaran los costos, armaran a sus vecinos, organizaran las partidas y protegieran sus caravanas y poblaciones con un éxito relativo: la colonización española siguió adelante con muchos esfuerzos y gastos, pero no logró someter a los indios de manera definitiva.
Por lo que respecta a los ataques de otras potencias europeas, debemos recordar que si en un principio España estuvo a la cabeza de ellas, la modernización política y económica de países como Inglaterra y Holanda durante los siglos XVII y XVIII primero la pusieron a la defensiva y, finalmente la dejaron atrás, entre otras cosas a causa de los problemas generados por una estirpe de reyes cada vez más degenerados por los matrimonios entre consanguíneos o parientes muy próximos. No está de más recordar que Carlos V nació de la unión de Felipe el Hermoso y Juana la Loca; por lo que heredó una cierta tendencia a los padecimientos mentales que se manifestaron más claramente en las profundas depresiones de su hijo Felipe II, la incapacidad de Felipe III y Felipe IV, y finalmente la idiotez de Calos II, a quien por decencia le apodaron solamente el "Hechizado".
Como un país y un Imperio gobernado por débiles mentales no podía llegar muy lejos, la decadencia española en todos los órdenes fue pronunciada, evidente e irreversible, por lo que propiciaron los monopolios, la corrupción y el favoritismo. El comercio español entre México y Filipinas o con rumbo hacia Europa era protegido por flotas armadas, las costas se fortificaron y los principales puertos como el de Veracruz o Acapulco tuvieron permanente vigilancia, lo cual no impidió que fueran asaltados constantemente por piratas ingleses, holandeses o de otras nacionalidades que casi siempre contaban con el apoyo de sus gobiernos, como fue el caso de Francis Drake, nombrado "sir" por la reina en atención a las innumerables riquezas que había reunido en sus viajes de pillaje.
En el último tercio del siglo XVIII, la familia de los Austria dejó de gobernar España y fue substituida por la así llamada Casa de Borbón, cuyo monarca Carlos III, aprovechando su experiencia en el gobierno de Nápoles emprendió con éxito desigual una enorme serie de reformas en la península y las colonias. De entre ellas y por el tema que nos preocupa podemos destacar la orden que dió a su ministro don José de Gálvez de visitar la entonces llamada Nueva España para que viera las posibilidades de aumentar los ingresos fiscales y mejorar la seguridad del territorio.
José de Gálvez permaneció en la Nueva España entre 1765 y 1772, tiempo que aprovechó para crear la Comandancia General en el norte y el sistema administrativo de intendencias, lo que facilitó la militarización de los territorios al norte de Coahuila, donde se crearon pequeñas fortificaciones llamadas presidios, encargadas de mantener la presencia hispánica sobre esos territorios y contener de alguna manera los embates de los indígenas nómadas, cada vez más agresivos y atrevidos.
También, se militarizó la costa del Golfo de México a partir de 1762 cuando se supo que tropas inglesas habían tomado la Habana; dos años después llegó Juan de Villalba a la Nueva España con la orden de organizar un ejército permanente. Hasta ese momento, la dominación española sobre los territorios del México actual había recurrido a ejércitos privados, organizados, encabezados, armados y financiados por encomenderos, gobernadores o alcaldes mayores, quienes recurrían al apoyo de los vecinos europeos para enfrentar cualquier contingencia pasajera como un motín o una sublevación de indios.
Los comerciantes más ricos de la Ciudad de México por su parte, subsidiaban a artesanos voluntarios con armas y dinero en efectivo para que integraran el "Regimiento del Comercio" que cumplía más bien funciones ceremoniales o de protección al traslado hacia Veracruz de cargamentos de metales preciosos amonedados o no.
Sin embargo, un ejército permanente, sostenido sólo con las aportaciones ciudadanas voluntarias era un problema mayor que nadie se atrevía a resolver, por su alto costo y poca viabilidad en un continente generalmente en paz, cuando la evidencia demostraba que el origen de los conflictos y los principales teatros de la guerra se hallaban siempre en Europa. La burocracia peninsular pensó que bastaba mandar a la Nueva España oficiales de alto rango para que los habitantes locales se pusieran a sus órdenes, lo cual no sucedió, por lo que el débil Carlos IV puso en venta todos los rangos militares de mando como ya sucedía con los puestos burocráticos, las dignidades eclesiásticas, los títulos de nobleza, los honores universitarios y cualquier otra posición social que significara prestigio y poder.
Evidentemente, tales medidas generaron una corrupción que no acabamos de combatir con éxito hasta nuestros días, pues cuando alquien compra un puesto público, lo considera un patrimonio personal o familiar del cual puede usar y abusar a su antojo, sin importar los daños que se causen a la sociedad. En cuanto al ejército colonial, los terratenientes criollos comenzaron a comprar los rangos que estuvieran a su alcance (había diferentes precios -por supuesto- y se hicieron acompañar por sus sirvientes y peones; todos convenientemente vestidos y armados para facilitar el lucimiento personal de su patrón ante las damas y los funcionarios virreinales.
Don Julio Zárate en México a través de los siglos calcula que para 1808, en tiempos del Virrey Iturrigaray ya se había logrado levantar con éstos métodos un ejército de treinta a cuarenta mil soldados, aunque permanecían constantemente sobre las armas sólo quince mil. Es de suponer que, si bien el atractivo inicial de estas milicias era el prestigio y el lucimiento, los latifundistas pronto se dieron cuenta de las ventajas de aunar el poder militar al económico y social que ya poseían sobre sus peones y subordinados.
Algunos suponen maliciosamente que don José de Iturrigaray pretendía utilizar estas fuerzas armadas en su propio beneficio, pues, la invasión napoleónica a España podría haberle dado el pretexto para independizar la colonia a su cargo y hacerse nombrar monarca absolutista, solución contemplada de tiempo atrás por algunos ministros españoles como el Conde de Aranda, el de Florida Blanca y Godoy consejero del rey.
Lo mismo pensaron algunos comerciantes de la ciudad de México quienes, encabezados por Gabriel del Yermo asaltaron el Palacio Virreinal el 15 de septiembre de 1808 muy de madrugada y encadenaron a Iturrigaray, mandándolo preso en una jaula de hierro a España.
Así, fueron los colonialistas españoles quienes establecieron toda una serie de nefastas tradiciones militares que costó más de un siglo extirpar: la corrupción, la venta de rangos, el golpe de estado, el pronunciamiento, el caudillismo, el militarismo, la venalidad, etc.
Como sabemos, fue éste ejército de marginados y peones dirigidos por latifundistas oligárquicos, el que combatió a los ejércitos insurgentes de Hidalgo, Morelos, Mina y Guerrero compuestos por pequeños propietarios, esclavos, bajo clero y campesinos pobres. Cada una de estas organizaciones servía claramente a los intereses que representaba y actuaba en consecuencia: los ejércitos revolucionarios luchaban por un mejor reparto de la riqueza a través del reparto de la tierra, por la libertad personal, derechos civiles y políticos y mejores condiciones de vida, trabajo y salarios, como claramente lo indican los decretos de Hidalgo y los Sentimientos a la Nación de Morelos.
El ejército colonialista por su parte, aunque estaba compuesto mayoritariamente por hombres nacidos en la Nueva España, defendía los intereses de los europeos, de quienes recibía apoyo económico, dirección política y cobijo religioso, pues el alto clero no lo pensó dos veces para excomulgar a todos los revolucionarios independentistas.
Por fortuna para nosotros, en la época de la Independencia, el Imperio español pasó por la peor crisis de toda su historia, no sólo a causa de la invasión napoleónica, sino también debido a que las costumbres matrimoniales y de sucesión dinásticas no habían cambiado en absoluto: el rey Carlos III casó a su hijo Carlos IV con su prima de catorce años llamada Luisa María Teresa, princesa de Asturias, la cual demostró su carácter no sólo teniendo los amantes que se le dio la gana, sino además, empleándolos en Palacio con el consentimiento de su marido, como ocurrió con su favorito Manuel Godoy que rápidamente ascendió de simple guardaespaldas a Ministro y consejero del Emperador, como dice don Julio Zárate siguiendo los testimonios abundantes de ese sentido.
De este matrimonio entre tres, nació el príncipe Fernando VII, quien fue nombrado sucesor al trono Imperial por voluntad del favorito Godoy, tomó el poder e intentó actuar como monarca absolutista a la sombra de las armas inglesas que derrotaron a Napoleón en 1814, aceptando jurar la Constitución modernizante de Cádiz después de un golpe de Estado en 1820. Como este "rey" de pacotilla no garantizaba los intereses de los latifundistas novohispanos, entonces si decidieron independizarse y comenzaron a reunirse en la iglesia de "la Profesa" -de los jesuitas-, el oidor Matías Monteagudo, el Virrey Juan Ruiz de Apodaca, y el militar Agustín de Itubide, quienes serían directamente responsables de urdir y materializar la herencia más nefasta que nos pudo dejar la dominación española para los próximos treinta y cinco años: la asociación mafiosa de un clero peninsular corrupto con un ejército de terratenientes ambiciosos de mando, que no encontrarían ninguna oposición real de parte de una sociedad de vasallos que tardarían más de un siglo en volverse ciudadanos, de un Estado nacional que no podría configurarse rápidamente y de un Imperio que se disolvió en un mar de corrupción e inmoralidades.
Formalmente, México se independizó de España el 27 de septiembre de 1821, cuando entró en la capital el Ejército Trigarante, pero los españoles fueron desalojados de San Juan de Ulúa hasta 1825, algunos reaccionarios recalcitrantes fueron expulsados entre 1826 y 1828, España reconoció nuestra Independencia hasta 1836, pero el clero católico -predominantemente peninsular- siguió soñando con un imperio ecuménico hasta que los obispos se murieron de viejos, y los protestantes comenzaron a ganar adeptos.
El ejército que no puede llamarse "nacional" sino hasta la época de Juárez, demostró que servía para reprimir sublevaciones de indígenas en demanda de tierra; también sirvió para quitar el poder a los revolucionarios reformistas de 1833, pero perdió ante los texanos independentistas, no supo ganar la guerra "de los pasteles" y fue arrollado por el agresivo, moderno y bien ideologizado ejército norteamericano, que representaba los intereses de un capitalismo imperialista en expansión.
Como dice Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos, cuando el ejército de latifundistas apoyado por las sotanas fue derrotado y se rindió, el pueblo tomó la iniciativa: los pobres de la Ciudad de México, los panaderos, herreros, pequeños comerciantes, carniceros, los "pelados" como les llamaba despectivamente la oligarquía, se organizaron en guerrillas urbanas e hicieron frente al enemigo de mil formas.
Cuando los obispos cantaban "Te Deum" en honor de los invasores, de los bárbaros del norte, y casaban en la Catedral a las señoritas de las "mejores" (por significar las más ricas) familias, con los oficiales del ejército norteamericano, los "pelados" se obstinaban en matar a pedradas, a palos y puñaladas a los rubios conquistadores; no les temían, tampoco los admiraban ni deseaban convivir con ellos, sólo pensaban en preservar la integridad del territorio y la unidad de la Nación. Fue esto lo que verdaderamente atemorizó a la oligarquía y al alto clero: el pueblo mexicano estaba mostrando independencia de criterio, iniciativa propia y se organizaba militarmente en guerrillas urbanas antiimperialistas y en ejércitos campesinos que exigían la tierra y la justicia social con las armas en la mano.
Después de veintiséis años de independencia, había prendido en la masa del pueblo la idea nacional a pesar del militarismo y clericalismo reaccionarios, a pesar de las intervenciones extranjeras, la ignorancia y la miseria en que la oligarquía se obstinaba, con ayuda del clero, en mantener a la población. Las sotanas y las charreteras asustadas se apresuraron a pedir un tratado de paz a cualquier precio; aún al de perder dos y medio millones de kilómetros cuadrados, con tal de no ser desplazados por gente de otro origen que estuviera dispuesta a mejorar las
condiciones de vida del pueblo.
No todos reaccionaron cínicamente; hubo militares honorables que se suicidaron. Otros se retiraron a la vida privada. Pero la mayoría no quiso ceder a las demandas del pueblo reconociendo que las cosas habían cambiado. Todavía en 1853 el tristemente célebre general Lombardini se atrevió a nombrar al Arzobispo de México inspector general de la Educación Pública y, no contento con tal desatino, mandó a llamar al general Santa Anna a Colombia para que regresara a gobernar México por undécima y última ocasión.
Como no todas las sublevaciones tienen signo reaccionario, el Plan de Ayutla promovido por el coronel Florencio Villarreal, llevó al poder nada menos que a don Benito Juárez García quien, en su lucha contra los reaccionarios clericales y los extranjeros invasores, forjó al verdadero ejército nacional que pudo derrotar a los franceses en 1867, gracias al patriotismo, nacionalismo, antiimperialismo, lealtad a la figura presidencial y apoyo popular que no había mostrado tener ningún ejército anterior.
El Juárez triunfante comenzó por reducir a una tercera parte el enorme ejército que había tenido necesidad de levantar para defender ante el mundo nuestro derecho a subsistir como nación libre y soberana. Un ejército de generales-licenciados, de generales-poetas, de generales-historiadores y novelistas; un ejército en suma que no tenía ningún nexo con la nefasta herencia colonial que había tardado tanto en desaparecer.
Paradójicamente, si bien Porfirio Díaz fue un militar que llegó al poder mediante una sublevación, no fue un militarista, en el sentido de que redujo al ejército a su mínima expresión y lo utilizó políticamente para amedrentar a sus enemigos, al tiempo que lo debilitaba negándole presupuestos, formación, armamento, disciplina y organización moderna, ya que era perfectamente consciente de los peligros que representaría para su dominación y la estabilidad política de México el surgimiento de un caudillo carismático al frente de un ejército poderoso.
Así, a fines del porfiriato, los coroneles con mando directo de tropa cobraban el sueldo de plazas militares no cubiertas, robaban el presupuesto dedicado al mantenimiento de tropas y animales que sólo existían en el papel; los generales como Manuel Mondragón, cobraban por producir cartuchos que no explotaban, fabricaban cañones que no disparaban y monopolizaban la compra de armas con el exterior en connivencia con los más altos funcionarios del régimen, como era el caso del Secretario de Hacienda José Ives Limantour, socio y protector de Mondragón.
Los mandos medios, egresados del Colegio Militar porfirista (sin ninguna relación con el actual), podían hablar en francés, pero no conocían tácticas de guerra y se habían acostumbrado a figurar sólo decorativamente en los desfiles, porque treinta y cinco años de paz los habían convencido de que nunca serían necesarios sus servicios profesionales.
Respecto de las tropas, éstas seguían siendo reclutadas bajo el sistema de leva entre los indígenas y los marginados urbanos, por lo que consideraban un castigo su estancia en la milicia desertando a la primera oportunidad. Cuando había alguna sublevación campesina como la de los yaquis, mayos o indígenas del sureste, se aprovechaba la oportunidad para mandar a los jefes menos afectos al régimen como una forma de "castigarlos", en vez de utilizar a personas de criterio y experiencia, con lo que se propiciaban los abusos y masacres de los militares resentidos.
Con los antecedentes mencionados, no debe sorprendernos la renuncia de Díaz a la presidencia de la República en cuanto el ejército revolucionario maderista tomó un poblado tan de poca importancia como Ciudad Juárez en 1911. Simplemente Díaz no tenía nada que enfrentar a una rebelión de carácter nacional como la que ya se veía venir. Tan deleznable organismo vio su fin con los Tratados de Teoloyucan de 1914, que ordenaron su disolución.
Una vez desatada la guerra civil que se conoce con el nombre de Revolución Mexicana, aparecieron en el escenario nacional diversos ejércitos que respondían a los intereses de los grupos en pugna, como el ejército magonista organizado en Estados Unidos con "voluntarios" filibusteros, y asesores militares estadounidenses que invadió la Baja California con el pretexto de fundar en ella una supuesta "República Socialista", presidida por el actor Dick Ferris, quien tenía la intención de anexar ese territorio nacional a su país de origen, a ciencia y paciencia de Ricardo Flores Magón que lo apoyó políticamente en todo momento.
Otro ejército fue el maderista, éste si integrado por personalidades como Heriberto Jara, Francisco J. Mújica, Camerino Mendoza, Francisco Villa y Pascual Orozco, recios hombres de campo interesados en el progreso de México y el mejoramiento del nivel de vida de sus habitantes.
El Ejército Libertador del Sur, encabezado por Emiliano Zapata, estaba compuesto por campesinos indígenas y mestizos que se oponían rotundamente a la modernización capitalista del sur de México impuesta por el régimen porfirista, pero que no tenían una propuesta político-económica viable que pudiera servir como alternativa, y por eso fueron barridos de la política nacional. Como dice John Womack en su obra ya clásica: eran unos campesinos que lucharon porque no querían cambiar.
El Ejército Constitucionalista de Carranza, estaba formado por milicianos norteños que ganaban un salario mensual dos o tres veces superior al de un maestro de primaria, por lo que participaron profesionalmente en la lucha armada bajo las directrices políticas de caudillos como Obregón, Calles y algunos otros. Este organismo sirvió de base para la creación del actual Ejército Federal, aunque tuvo que ser profesionalizado mediante un proceso muy largo que empezó en 1920 con la fundación del actual Colegio Militar, el licenciamiento masivo de miles de campesinos armados, la eliminación física de caudillos y generales rebeldes y la creación de nuevas ordenanzas militares, escuelas especializadas y universidades de alto nivel que han dado al ejército prestigio por su respeto y lealtad a las instituciones.
Curiosamente, en el presente siglo hemos observado la aparición en nuestro país de dos ejércitos católicos compuestos mayoritariamente por campesinos indígenas muy pobres que fueron manipulados para ponerse al servicio de la alta jerarquía de la Iglesia romana. Nos estamos refiriendo por supuesto, a los grupos armados que se sublevaron entre 1925 y 1929 en el occidente de nuestro país bajo el mote de "los cristeros" por su grito de batalla "viva Cristo Rey".
Aunque en esa época no se vio a ningún obispo en el campo de batalla, están muy bien documentadas las relaciones de estos campesinos con la jerarquía, refugiada en la seguridad de un exilio dorado en los Estados Unidos, el gobierno norteamericano y las compañías petroleras empeñadas en derogar el artículo veintisiete constitucional.
El último ejército católico -no revolucionario por supuesto porque por definición sólo adquieren este adjetivo los ejércitos comunistas-, apareció en Chiapas en 1994 gracias a la voluntad y tenacidad de un señor obispo que pretendía poner en práctica toda una serie de ideas expresadas en documentos internos de la Iglesia en las últimas tres décadas. Este ejército católico fue organizado por "catequistas" del señor comandante y también obispo Samuel Ruiz (en la época colonial había obispos-virreyes-comandantes generales), con fondos de la diócesis de San Cristóbal de las Casas Chiapas, así como por aportaciones hechas por organizaciones no gubernamentales de Norteamérica y Europa Occidental.
Resulta evidente que es un ejército conservador y contrarrevolucionario, pues se opone a la modernización capitalista de esa región del país boicoteando la construcción de carreteras, de centros de salud comunitarios, a la instalación de servicios públicos para las comunidades y al control del Estado nacional.
Lo más peculiar de sus líderes es que, en contra de las mejores tradiciones bélicas de los ejércitos mexicanos de uno y otro signo a lo largo de la historia, éstos no se atreven a dar la cara ante la prensa y la sociedad [recordemos que Zapata era muy fotogénico y no se negaba a posar frente a las cámaras, además de que Francisco Villa firmó un contrato con Hollywood para la difusión cinematográfica de todas sus hazañas bélicas].
En cambio, éstos "guerrilleros" no se tientan el corazón para echar por delante a niños y mujeres indígenas con la intención de provocar al ejército mexicano para que reaccione violentamente mientras ellos ¿rezan? en la seguridad de sus refugios, a salvo de cualquier eventualidad.
También, es bastante paradójico que tratándose de un ejército que reivindica supuestamente los derechos indígenas, el EZLN esté encabezado por dos mestizos que ni chiapanecos son: el guanajuatense comandante y obispo Samuel Ruiz, quien usa a los indígenas que dice defender como carne de manifestación cada vez que los necesita; y el tamaulipeco sub comandante Guillén, el cual usa a los indígenas como carne de cañón y escenografía de sus manifiestos: en conclusión las tradicionales relaciones de subordinación indígena a mestizo persisten entre los habitantes de la selva y sus redentores ensotanados y encapuchados; los mestizos hablan y los indígenas permanecen en silencio. ¿Será cierto que lo que dicen los mestizos representa el sentir de los indígenas? Habrá que ver.
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Creado por leon3135 | 0 comentarios | 28/01/05 21:03
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