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Soy una marica típica 39: Plegarias atendidas en Llegan los 40 Glups
Soy una marica típica 39: Plegarias atendidas
Como llevaba tanto tiempo sin novio, tengo que reconocer que los primeros días estaba bastante descolocado con eso de recibir llamadas a diario y dormir acompañado la mitad de la semana. Como os he dicho, desde que estuve con el nazareno no había vuelto a estar con nadie y tengo que reconocer que se trataba de un planeta completamente diferente.
Después de la exitosa presentación de Santiago a mis amigos me tocaba a mí la subida al monte Calvario de los suyos. Por coincidencia o por fatalidad resultó que iba a ser su cumpleaños y pensó que lo mejor era hacer una pequeña fiesta para introducirme. En ese momento me alegré mucho de ser amigo de Germán porque de esa manera conocería al menos a alguien, pero Germán estaba ese sábado en París, of course.
Como sólo llevábamos diez días pensé que no había que pasarse con el regalo y le llevé un frasco de colonia, de Chanel claro, porque Aut Chanel aut nihil, como dice Nacho.
Me planté allí a una hora prudente para no ser de los últimos pero tampoco de los primeros y mientras subía en el ascensor del edificio de la calle Ayala donde vivía Santiago rogaba al cielo que por lo menos hubiera una persona conocida en la reunión. No sé si sabéis que Santa Teresa de Jesús dijo que había más lágrimas por plegarias atendidas que por plegarias sin atender. Y qué razón tenía; entiendo que la hiciesen santa. Por cierto algún día os hablaré de cómo acabó el brazo incorrupto.
Nada más a entrar, Santiago me empezó a presentar a sus estupendas amigas, y al cuarto o quinto par de besos alguien dijo: ¿Roberto? ¿Roberto Laumes? Me encanta tener un apellido tan raro, pero reconozco que puede ser una CRUX porque no se le olvida a nadie. La voz pertenecía a un chico muy delgado con un jersey a rombos que no me sonaba nada. ¿No te acuerdas de mí? Soy Álvaro, del instituto. Y entonces me acordé, me acordé perfectamente de Álvaro Marín, al que las mosqueperras odiábamos cordialmente en el instituto.
-No, no me acuerdo, mentí como la falsa monea. Del instituto no recuerdo casi nada.
-¿Pero cómo no te vas a acordar? Si hasta fuimos juntos en el viaje de fin de curso a Salamanca… Tú eras amigo de otros tres. ¿Cómo se llamaban? Espera… Germán, Ángel y el otro, que era el peor…
Cuando dijo lo de “que era el peor”, empecé a entender lo que iba a pasar y me entró el pánico. Álvaro seguía sin piedad hablando en voz alta:
-Ya me acuerdo. Se llamaba Nacho y erais como los cuatro fantásticos, muy modernitos y muy en la onda. Yo era entonces muy cutre, a lo mejor por eso me llamabais el cutrefacto.
Se me cortó la respiración y puse la mejor cara de idiota que pude. Todo el mundo me miraba, claro, pero afortunadamente Santiago estaba recibiendo gente. Me levanté y dije que me iba a poner una copa. En ese momento entra otro grupo y veo en él a ¡¡¡JOSÉ LUIS!!! José Luis era un novio mío de la facultad que era como una gitana teñida y que se gastaba una millonada en unos modelos imposibles que le quedaban de pena, un poco como Edwina en Absolutely Fabolous. Fue una historia muy breve porque el sexo era de Pesadilla en Helm Street, pero allí estaba, delante de mí, con unos bonitos pantalones color pistacho y una camisa horrorosísima de Versacce. Aquello era un poco como salir de Málaga y caer en Malagón, porque la ruptura con José Luis fue bastante traumática, para él, claro.
Cuando ya parecía que no podía pasar nada peor apareció uno con el que había hecho amago de follar en la PATOAVENTURA número 19. Sí, amigas, el que me hizo el play-back de Catering Zeta Jones en Chicago. Pensé que al fin y al cabo no me había portado tan mal con éste, pero aún así era una papeleta que estuviera allí.
Agarré la botella de Campari, el hielo y me puse una copazo de susto. Santiago me sonreía de vez en cuando y yo me decía: Terry, trágame.
Creado por hantipas | 0 comentarios | 02/01/07 01:05
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