REVISTA POLITICA INTOLERANCIAUNO.
NOVELA EL MODULO. AUTOR FESAL CHAIN en REVISTA POLITICA INTOLERANCIAUNO.
NOVELA EL MODULO. AUTOR FESAL CHAIN
Fesal Chaín nació en Santiago de Chile a mediados de la década de los ´60. Perteneciente a la paradojal generación de los ´80, que puso en jaque al horror, y que sin embargo, fue expropiada en su pertenencia al nuevo orden.
El Módulo
por Fesal Chaín
A Fernanda y Elías, mis hijos.
A todos los presos, especialmente a aquellos de su propia cabeza atormentada.
A la que pondrá su lengua como una flecha roja, allí donde mi corazón polvoriento golpea.
Fesal Chaín nació en Santiago de Chile a mediados de la década de los ´60. Perteneciente a la paradojal generación de los ´80, que puso en jaque al horror, y que sin embargo, fue expropiada en su pertenencia al nuevo orden.
Chaín escribe desde hace mucho y descree de la edición como parte consustancial al narrador. Mas bien recoge la tradición de una cierta literatura que “se mantiene entre el ser y el no ser, suspendida ante el deseo durante años, cultivando la duda, de tal modo que una obra, siempre reexaminada y refundida, adquiera poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma de uno mismo” .
Así que vaya pues esta Novela, que más que cosa acabada es cosa abandonada.
De cada uno de estos días negros como viejos hierros,
y abiertos por el sol como grandes bueyes rojos,
y apenas sostenidos por el aire y por los sueños,
y desaparecidos irremediablemente y de pronto,
nada ha substituido mis perturbados orígenes,
y las desiguales medidas que circulan en mi corazón
allí se fraguan de día y de noche, solitariamente,
y abarcan desordenadas y tristes cantidades.
Así, pues, como un vigía tornado insensible y ciego,
incrédulo y condenado a un doloroso acecho,
frente a la pared en que cada día del tiempo se une,
mis rostros diferentes se arriman y encadenan
como grandes flores pálidas y pesadas
tenazmente substituidas y difuntas.
Pablo Neruda
Sistema Sombrío,
de Residencia en la Tierra.
Uno
La pieza era de dos por tres o algo así, una pequeña ventana cubierta por una cortina de inox clavada desde afuera, para no mirar. Un camarote a cada lado, en el extremo izquierdo hacia la puerta de entrada un water y un lavatorio. Frente a él una mesa adosada a la pared. Esa era mi celda.
Cada vez que miraba el módulo, me acordaba de la exhaustiva descripción de Musil en su cuento La culminación del amor: “El cuarto todo pendía de este fino sentimiento, apenas real y, no obstante, tan perceptible, como de un eje que temblara ligeramente, (…) los objetos a su alrededor contenían el aliento, la luz de junto a la pared se coagulaba en encajes dorados, …todo guardaba silencio y esperaba y estaba allí por ellos, …el tiempo, que corre por el mundo como un hilo centelleante sin fin, parecía ir ahora por en medio de este cuarto, por entre estos(…) seres, y parecía haberse detenido de súbito y ponerse rígido, totalmente rígido, quieto, centelleante,…y las cosas se aproximaban un poco entre sí” .
El módulo,…lo compartía con un soldado raso que se había robado un arma desde la bodega de su regimiento y la había cambiado por cocaína, él, se consideraba un héroe, quería estar en Punta Peuco. El otro, un viejo afeminado, un aristócrata que nunca había aprendido a trabajar y que se especializó en estafas de poca monta, él, se consideraba un playboy y su prima la Mimí, lo esperaba llena de encajes, en el barrio El Bosque.
Cuando el viejo se comió la carne del pelao, este le pegó hasta molerle la cabeza con su bota contra el suelo, mientras yo miraba como quien mira llover.
Me había llegado un libro de Parra con su firma, y leía aquel poema en que el hombre había asesinado a una mujer. Y me puse a escribir un libro, una novela en esta cárcel. Este libro, en esta cárcel.
Mi amigo era el Mandíbula de Metal, siempre se portó bien conmigo, siempre me regalaba cigarros y tenía una mirada cariñosa, como entendiendo que yo era un advenedizo en este mundo, en el cual él, era un pasajero que se va y retorna eternamente. Metal, por una ráfaga de metralla cuando hacía su trabajo. Era un sicario.
Una tarde yo me reía de un viejo chico que se olía las puntas de los dedos de las manos y el Mandíbula me empujó al baño y me hizo callar. Me contó que ese era uno de los secretarios personales de Pablo Escobar Gaviria.
El alemán-chileno, el del labio leporino, era un Ingeniero con Doctorado en la Universidad de Berlín, tenía unos 40 años. Su mirada estaba llena de rabia de jovenzuelo triste, como Al Este del Paraíso. Cada vez que jugaba baby, se empezaba a poner colorado y repartía combos y patadas a todos, incluso a los propios compañeros. El primer domingo que salió con libertad vigilada, llevaba cheques falsos para comprar regalos a sus hijos y a su mujer.
El libro debe ser un collage, un puzzle, una composición fragmentada de partes de novelas, cuentos, poemas, ensayos, sumas, restas, divisiones, potencias, logaritmos, raíces cuadradas y cúbicas, canciones. El libro debe ser una caja de herramientas, para que tú, tú o tú tomes lo que quieras, lo que debas, lo que puedas. El libro debe ser, puede ser, podrá ser lo que tú quieras tomar. Y me puse a escribir un libro, una novela en esta cárcel. Este libro, en esta cárcel.
Estábamos Mandíbula de Metal y yo en un escenario frente a mucha gente y leíamos textos en voz alta. Sentados en un círculo de arena, con las piernas hacia arriba, leyendo a Lyotard. En un momento caí del escenario, y me tomaron aquellos jóvenes, me pusieron un casco con un gancho arriba y me adosaron a una cadena gruesa, mientras abajo se paseaba un perro de presa aullando y me elevaron a otro escenario, me vistieron con una chaqueta de cuero negro y con calzoncillos de cuero negro, y al mismo tiempo engrasaban una especie de pene de fierro y yo les preguntaba si me iban a penetrar con eso, ellos se rieron y me dijeron que no y que yo debía empujar con mi propio pene un timbre de goma que al tocarlo encendía una vela, lo hice siete veces y siete veces se encendió la vela y entonces me aplaudieron y me dieron un trofeo y salí caminando junto a Metal, al que le pregunté si había demostrado miedo y él me dijo que sí un poco, pero que era natural.
Yo estaba muy feliz, todo había sido una especie de broma sádica que terminaba en un juego bastante dulce y hermanable. Era como un rito iniciático, yo después en broma decía a ver, a ver, donde está Metal, el famoso Metal, el único pero único Metal, porque con la ropa me parecía a él.
Que porqué estoy aquí. No tiene la más mínima importancia. Ustedes están allí, haciendo su vida buena y útil. Se han portado bien, bien, bien. Felicitaciones muchachos y muchachas. Yo al parecer, me he portado como para estar acá. Mutua correspondencia. Siempre que uso esta frase, mutua correspondencia, me acuerdo de un poema de Armando Rubio. Distancia: “Indiferencia del mundo/y de las cosas/hacia mí; /indiferencia mía/hacia el mundo y las cosas: / mutua correspondencia.”
Pero nos parecemos tú y yo a la nieve. Ustedes por ejemplo, han tenido penas. De esas penas que caminan solas, como ya independientes de uno. Penas que parecen derrumbes de habitaciones, o estrépitos de hijos cayéndose al mar, o desgarros de vestidos de mujeres amadas. Ustedes han tenido esas penas. Y han tenido aún más penas que esas, como andar en silla de ruedas o no sentir el abrazo de nadie ningún día en ninguna parte. O perder una batalla, una guerra sin darla y ver desaparecer a tu padre y a tu madre, mientras tu abuela trata de taparte los ojos, de cerrártelos artificialmente con un paño de cocina, mientras a tus padres se los llevan a las catacumbas. O penas que son resúmenes de penas, más bien recordatorios/ofertorios de penas, como dormir en patios húmedos, con el pellejo amarillento, rodeado de cojeras y toses, durmiendo en el techo del cielo, entre frazadas negras, de catres fríos como mesas sin pan.
Llevaba ya bastante en este módulo y era verano y tuve una pena. Y le escribí a la que hace tanto tiempo había sido mi mujer: “Estoy aquí amor mío, y las ventanas de la pieza tienen barrotes en cruz. Estoy aquí escuchando los gritos del joven alcohólico-sicótico, en la mesa del almuerzo. Estoy aquí, y sé que no fui aquel que quise ‘que no hice nunca el temporal’ que te había prometido. Estoy aquí recordando a mi hija, serena, mientras tu estás en la arena con los ojos al cielo, y mi hijo construye un castillo con un desconocido”.
Eso le escribí aquel día de verano, mientras miraba por la ventana a lo lejos, y me imaginaba un árbol seco sin jardín y un gusano arrastrándose, bajo el sol, sin los amantes. Y me imaginaba una vereda gris, atravesada por raíces y las espinas del arbusto y las estaciones del camino de cristo a la cruz. Cristo aquí es un icono pop. Lo traen los evangélicos. Y siempre hacen la lectura de Nicodemo. Que es necesario nacer de nuevo, pero sin nacer de nuevo. Los asesinos, los violadores, los ladrones, los estafadores, los torturadores, hacen círculos alrededor de los canutos y bailan el baile de los que sobran. Y lloran, y se autoflagelan y se ríen a veces, cuando se sienten iluminados por un calorcito divino, que los acompaña en una soledad verdadera, en una soledad sola, es decir en una soledad de viejos crímenes carentes de razón.
Cuando salgo al patio a caminar, el Jimmy siempre anda con un volantín chupete, quiere hacerlo volar y subirse arriba para salir de allí. El Jimmy tiene SIDA y había violado a un niño de seis años en un baño de la cárcel. El niño venía de visita a ver a su papá. Y entonces, entremedio de todo canto, me subí al volantín del Jimmy y acostado sobre él, desnudo como Ícaro, recorrí Santiago y sobre el Parque Forestal observé detenido como un Cóndor, jugar a los niños alrededor de la fuente de Darío y a las madres solteras pasear su dulce perfume triste de fin de semana.
Bueno dejemos las tristezas. No solo de tristezas están hechos el hombre y la mujer. Al día siguiente, los gendarmes me tomaron del cuello, me desnudaron y me metieron a la jaula de los leones. Ellos me olfateaban como carne cruda que era y un gerente general generalísimo me miraba, y me tiraba comida de león junto a su bella esposa y sus hijos que reían como si yo fuera una jirafa o una oruga o un quantum en medio de una construcción lógica.
Mientras miraba al gerente general generalísimo, me acordaba de mi pueblo, el pueblo donde yo nací, allá en Acirralliv, de ese maldito bendito pueblo, cercano a Alamoc, tenía como Alamoc, un solo camino. El único camino del pueblo conducía al mar tan extenso, verde, verde caca de guagua, verde moco, verde pino, y el caballo sobre la mar y el barco en la montaña. Como en Fitzcarraldo. Cuando era joven, fui a ver Fitzcarraldo a un cine del centro. Dormitaba. Pero despertaba también y me encontré con ese barco sobre la montaña y a Kinski mirándolo con su vieja cara de muerto blanco. A mi lado estaba ella, después fuimos a darle al viejo pone y saca a una pieza pobre de Alameda, que su ventana daba a un prostíbulo y las putas nos hacían señas mientras culéabamos como perros.
El camino de Acirralliv siempre estaba lleno de semillas y cardenales y yo, me sentaba todas las tardes sobre la única piedra redonda y dejaba caer la cabeza y miraba al suelo, sólo/solo al suelo y cambiaba mi cigarro de dedo a dedo, de mano a mano y miraba nerviosamente el vuelo nervioso del único pájaro. Un pájaro de metal, un pájaro de inox, que mantenía una sonrisa sardónica sobre mi cuerpo inerte, sobre todo el cuerpo del pueblo inerte.
Y ahora aquí, un quantum en mitad de toda la jodida lógica de los gendarmes y de las visitas, con mi amor resquebrajado como un espejo.
Dos
“En el camino de los perros mi alma encontró a mi corazón. Destrozado, pero vivo, sucio, mal vestido y lleno de amor. En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie. Un camino que sólo recorren los poetas. Cuando ya no les queda nada por hacer. (…) Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar por las hormigas rojas y también por las hormigas negras, recorriendo las aldeas vacías: el espanto que se elevaba hasta tocar las estrellas. (…) Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos, el río del ser, el río del ser, el éxtasis que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas. Sumulistas y teólogos, adivinadores y salteadores de caminos emergieron como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica.
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. Sólo el amor y la memoria. No estos caminos y estas llanuras. No estos laberintos. Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón. Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo”.
Y supongamos que una novela es más que la narración interesante contextualizada o historiada de las miserias proletarias y pequeño burguesas, para que ustedes bien arrellanaditos o muertos de frío en una micro, lean y filosofen fácilmente, es decir para que eviten leer filosofía y piensen que piensan. Supongamos que una novela es más que una especie de duelo personal y resumen de miserias propias o recuerdos vagos, o bien supongamos que un libro es cualquier cosa menos lo que Borges o Kundera harían de un libro, o una inventiva supremamente libresca o un ensayo sobre la muerte del sentido, sobre la muerte, y la vida o su levedad y las distintas etapas platónicamente definidas de la vida, que es en realidad una fuga mas o menos interesante, dependiendo claro está, de la inteligencia del que recuerda. Qué mierda entonces es una novela. Es nada. Nada de nada. Bueno supongamos que podría ser un país, que ustedes habitan y que yo lo he escrito. Supongamos que es la suma, y aquí viene esto de las matemáticas, de los miedos, de los fracasos, de los amores, de los odios, de las hambres, de las músicas, de los libros, de las economías, de las carreteras, de los puentes, de los perros, de los ladridos y de la propaganda oficial. Toda esa suma dividida por las caminatas de un huésped lejano, que escucha el repiquetear de la lluvia sobre los techos ennegrecidos y todo esto, el resultado me explico, multiplicado por todas las iglesias, con sus respectivas cruces suspendidas, mientras una máquina por el cielo, una máquina de rodamientos y cadenas y de hélices engrasadas y brillantes, cuando una máquina por el cielo de la vida, por el cielo de la vida monumental y vigorosa se traslada.
Lloré mucho cuando Lessi viajó al frío del norte. Estrictamente se trasladó en una máquina de hacer leche, con cajitas de fósforos colgando de las alas y alerones. Se trasladó pensando en una mañana nueva, en la nueva Jerushalaim, en llegar a ser por fin la nueva novia engalanada. Yo lloraba por ella no por mí. Sabía que su asquerosa suciedad húmeda llenaría a la vieja Europa de más humedad y más suciedad y que la echarían de allí como la habían sacado de acá, a patadas en el culo como una vieja perra enferma. Ese era nuestro destino, yo le decía, que nos genociden día a día, que nos quemen nuestras rosadas carnecitas y nos escupan y nos hagan comer excrementos y musgos y luego nos culpen de sus derrotas. Pero Lessi viajo con su esperanza blanquecina de Kinski, buscando el amor de su vida perra. Yo lloraba por ella, y aún lloro por ella y moriré llorando por ella y cuando presienta mi último exangüe diástole sístole en este pecho de perro, pediré por Lessi, por sus hijos, por su dios, por su uñas que antes fueron escamas, por su sábado sagrado y por su clítoris, por su olor húmedo y su piel amarilla, por su pelo pajoso y su pies perfectos, por sus joyas que resplandecerán en el cielo semítico en el que nos encontraremos.
Ayer vino María, es la única que me visita realmente. Los otros vienen, ella me visita. Tuvimos una conversación realmente sensible y verdadera. Yo le dije que había estado pensando sobre esto de ser uno mismo. No esa diferencia a estas alturas del encierro, un tanto escolástica para mí de ser y estar. Ser y estar aquí, es lo mismo, lo mismo. Para ustedes también es lo mismo pero creen que es distinto por que son capaces de dicotomizar. Yo no puedo, no puedo, no puedo. Si me levanto soy y no hago nada. Así, acá ser es estar. Nos dividen o etapizan el ser, en numeración de reclusos, desayuno de reclusos, televisión de reclusos, paseo de reclusos, almuerzo de reclusos, reclusión de reclusos. Y no nos dividen el estar reclusos, no somos re-clu-sos somos siempre reclusos enteros. Ustedes se creen que son distintos según hacen. Porque hacen muchas cosas. Los viejos deben darse cuenta de que son sólo humanos indivisibles cuando ya no pueden hacer muchas cosas. Los reclusos somos viejos antes de tiempo, nos jubilaron socialmente.
Bueno, yo le decía a María que cuando estaba allá afuera me gustaban muchas cosas y le empecé a listar cosas, porque en eso soy un genio, en listar cosas, y ella se reía y lloraba y se desnudó por suerte.
Le conté en una especie de plano prefigurativo de mi persona, que afuera sentía una cierta tristeza y una leve angustia, un cierto extravío y la vida como un tenue velo de seda al viento. Y estaba seguro que me levantaría una mañana, muy viejo y que todo habría sido un devenir, nada más que un devenir, entre gobiernos, valores, precios, mujeres, niños, literatura, visualidades, mercancías, padres y madres, calles, ricos y pobres y tantas, tantas pequeñas cosas más.
Y que me daba miedo, mucho miedo el no ser capaz de imprimir aunque fuera en un timbre de agua mi vida en otra vida, mi corazón en otro corazón, mis caricias en otra piel y que esa misma piel, las sintiera con la profundidad de un amante, de un hermano, de un hijo, de un padre, de una madre y todo a la vez, con la profundidad del deseo y del placer, de una amistad que atraviesa los ojos con llamaradas, con la profundidad de toda esta esfera achatada en los polos, de su tierra, de su agua, de su fuego y que entonces yo fuera capaz de entregar un emocionar a esta mujer elegida, como si pudiera entregarle todo mi dolor y adueñarme del suyo, hasta que temblara de alegría sentimental, de risa y llanto y sintiera el amor, mi amor, que lograra vencer su levedad y la mía.
Porque es cierto eso de la levedad de Kundera. Es decir que aquello que no se repite, como un eterno retorno, carece de toda pesadez, fuerza, importancia, que si viviéramos eternamente y se repitieran en nuestras vidas los acontecimientos, éstos llegarían a tener una importancia inusitada, desgarradora. Ya es terrible la muerte de un hijo, pero la muerte reiterada de un mismo hijo sería insoportable. Sin embargo hay algo de insoportabilidad en la levedad. Esa incapacidad del ser en aprehender los momentos, en siquiera recordarlos en la plenitud de lo vivido, en ni siquiera poderlos reproducir en su emocionalidad lacerante. Sin embargo, queremos que la novela, ésta o cualquiera, sea además otra cosa. No es en definitiva deseable reiterar una segunda parte de la insoportable levedad del ser, pero se me ocurre que pasar a través de la levedad es deseable, para llegar y pasar a través de una insoportabilidad mayor, la de la imposibilidad cognitiva del ser, la de la imposibilidad de la apropiación del dolor del otro. Esa deseable pero imposible apropiación, íntima, secreta, profunda, absoluta, del dolor del otro, y por ende, conocimiento solitario y único de ese dolor .
También le contaba a María que me gustaban y volví genialmente a listar: los objetos viejos y recogerlos en la calle y en la basura, los fierros, las antigüedades, las máquinas fotográficas, lo masculino en las mujeres y las mujeres un poco masculinas, las concentraciones políticas y las banderas flameando al viento, el día de las elecciones y cómo el pueblo se vestía elegante, con terno y vestidos floreados, escuchar radio AM., dormir sin sábanas y desnudo, ver TV. y no pensar en nada en la noche, las flores, comprar flores y regalárselas a la mujer elegida, aunque siempre me daba un poco de vergüenza hacerlo, por que pensaba que ese gesto ella lo encontraría un poco cursi. Que me gustaba conversar con las amigas y que ellas me miraran y ordenaran sus cuerpos en mis palabras, salir a comprar cigarros o parafina, prender la estufa y ponerle cáscaras de naranja, conversar con los viejos-viejos, la canción ‘Un día en la vida’ y todo el disco ‘El Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta’ de los Beatles, los objetos como obras de arte, amontonados, estropeándose con la lluvia y el viento, el amor por mis pocas cosas, la biblioteca como deserción. Fugarme del orden, sobre todo eso, fugarme del orden siempre. Especialmente cuando pertenece a otros. Pasear por los campos solitarios y por Cartagena en invierno lloviendo y con viento, pensar y poetizar, la sobriedad, el desapego, el retiro, tener poca ropa y tener pocas cosas y tener poco en general, la greda, las bolitas de piedra, los pájaros, las subametralladoras UZI y las subametralladoras intelectuales y el deseo nuevamente, el aire fresco, conversar, vivir, resistir, luchar.
Después que le dije todo eso a María, ella lloró y después se desnudó y me dijo que haces aquí, que haces aquí, que haces aquí y yo no supe que contestar a esa pregunta reiterada, pero si supe que tenía que hacer el amor con María y lo hice y sé que cuando salga de aquí me casaré con ella.
En algunas tardes, le explicaba a María que no sé exactamente lo que tengo que hacer con respecto a mí mismo. Pero preveo el próximo obstáculo que saltar, como en una de esas carreras de 400 metros con vallas, en las cuales bellos hombres negros como gacelas, forman un ángulo recto con sus piernas y mueven rítmicamente la cabeza de un lado a otro al final del viaje, a la vez que cortan con sus cuerpos de panteras negras la fina cuerda.
Había estado leyendo un librillo, que no va al caso nombrarlo y me había encontrado con un concepto tan hermoso. Que sentí me regalaba estrellas, esas que no soy capaz de ver aquí, que formarían grandes constelaciones, que me harían pensar en pequeñas preguntas, que en una de esas, se convertirían en respuestas tentativas. En respuestas de qué hacer con mi vida. Por que no se crean que porque uno esta encerrado, ha perdido la vida. Más bien lo que uno se da cuenta, es que lo único que uno tiene es su propia vida. Ustedes creerán que tienen la vida de los demás, porque no están solos como yo acá, pero eso es una ilusión. Nadie tiene la vida de otro. Si no es posible sujetar el dolor de los demás, menos posible es sujetar al otro en su totalidad. Si no es posible acoger, menos posible es controlar. De ahí el peligro de acoger y aceptar ser acogido.
La cuestión es que el librillo aquél hablaba de una suerte de oscilación del ser, y a mi me ha pasado siempre esto de la oscilación y es más bien lo único que me ha pasado. Por una parte ese monstruo dominador que existe en mí, lo fascistoide que me llena de una enorme voluntad de macropoder, de control asentado en un discurso hiper racional, mi pequeño gran drama psíquico agrediendo lo social. Por otra parte, sentirme la profundamente emocionada y amorosa romántica de los márgenes que desea develar un ahora bello y bueno y horizontal y erótico y múltiplemente diverso y desnudo para quien camine a mi lado. Una especie de travestismo del yo. Y nuevamente volver a ese maldito paranoico, discursivo desde el púlpito, del poder dictatorial y del dominio falocrático y la gloria.
María me escucha y siempre me dice lo mismo cuando le digo esto, que de qué me sirve saber que oscilo, en mis actuales condiciones. Y sé que a veces se lo repito una y otra visita y sé que a veces se me olvida que lo repito y María sabe que lo olvido. Bueno la pregunta de María es inteligente, apunta a ponerme en entredicho. Pero ¿Acaso no es lo mismo para los que están afuera? ¿De que les sirve conocerse si siempre están en las mismas condiciones, y probablemente conocerse no signifique cambiar un ápice esas condiciones? Tal vez se trata de cambiar el modo de vivir esas condiciones, tal vez se trata de ejercitarse nada más. Tal vez se trata de modelarse, para anular el módulo que te modula y modela.
Y de las condiciones más y de las condiciones menos salta y me dice, repite: te amo tanto, y yo: te amo tanto, me dice: te admiro y yo: te admiro María. Y ella me dice, repite: te necesito y yo: te necesito y pienso: (cuando te entrego todo mi ser soy muy feliz, sí María, sí, soy más feliz que cuando sólo pienso en mí y vivo en mí desde estos eternos días de este módulo que me modula, que me modela). Y me dice: repite: tu cuerpo entero, tu vagina, tu ano, tu voz, tus manos y tus piernas y tu olor dulce y ácido son lo más bello que jamás he conocido y conoceré nunca. Sí María, mi María, y pienso (tu belleza hace que mi alma ilumine mí cerebro y que mi cuerpo se haga partícipe de todas las partículas de este universo, de las cuales me siento profundamente conformado cuando estoy contigo). Y me dice, repite: deseo que me conozcas y me aceptes plenamente para poder conocerte y aceptarte plenamente y que esto perdure, por que no quiero pararme frente a ti pidiendo perdón por mis oscilaciones mentales tan dolorosas que se transforman en conductas tan evidentemente erráticas como el atiborrarte de palabras, expresiones de esta racionalidad tan racional mía que sé que ahuyenta y cansa tanto y me hace parecer extremadamente ansioso. Porque no quiero angustiarte y consecuentemente temerte aún más y angustiarme contigo y que entonces nos separemos irremediablemente sin haber descubierto ambos de qué tipo de boda suave y de qué tipo de absoluto rigor nos habla este tiempo, en este módulo del horror lindo. (Sí María, sí María, sí).
Y pienso que cuando salga de aquí me gustará verla trabajar mientras cocino para ella. Que me gustará lamer sus antenitas detectoras de mis rupturas interiores, y me gustará su formalidad de secretaria de empresa, estructuradita y construida en la semana. Y también me gustará su figura un poco loca, desestructurada y deconstruida cuando se emborrache algunos fines de semana. Me gustará aún más, que me diga lo que piensa sobre mí y que no tenga mala fe consciente o inconsciente conmigo. Me gustará permitirle que me califique por que siento que está calificada para calificarme. Y me gustará su coquetería porque su coquetería es bella y no es nunca soez y sé y me gustará decírselo que lo soez que ven en ella es nada mas que lo soez que los hombres que la ven, tienen en sí. Y me gustará mucho que cuando hable pronuncie las eses como zetas. Y que se ponga ese gorro café y los lentes porque la devela en los márgenes, con una distinta lindura esquiza. Y me encantará mirarla cuando camine japonesa con esa falda tubo y esas zapatillas gruesas tan disímiles a sus pasos de hormiga.
Tres
Y les recuerdo: El libro debe ser un collage, un puzzle, una composición fragmentada de partes de novelas, cuentos, poemas, ensayos, sumas, restas, divisiones, potencias, logaritmos, raíces cuadradas y cúbicas, canciones. El libro debe ser una caja de herramientas, para que tú, tú o tú tomes lo que quieras, lo que debas, lo que puedas. El libro debe ser, puede ser, podrá ser lo que tú quieras tomar.
“Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa. Qué error haber dicho el ello. En todas partes máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones. Una máquina-órgano empalma con una máquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta. El seno es una máquina que produce leche, y la boca, una máquina acoplada a aquella. La boca del anoréxico vacila entre una máquina de comer, una máquina anal, una máquina de hablar, una máquina de respirar (crisis de asma). De este modo todos ‘bricoleurs’; cada cual sus pequeñas máquinas. Una máquina órgano para una máquina energía, siempre flujos y cortes. (…) Todo forma máquinas. Máquinas celestes, las estrellas o el arco iris, máquinas alpestres, que se acoplan con las de su cuerpo. Ruido ininterrumpido de máquinas. (…) Ya no existe ni hombre ni naturaleza, únicamente el proceso que los produce a uno dentro del otro y acopla las máquinas. En todas partes, máquinas productoras o deseantes. (…)Comitiva del paseo del esquizo cuando los personajes (…) se deciden a salir. En primer lugar hemos de ver cómo su propio andar variado es asimismo una máquina minuciosa. Y luego la bicicleta: ¿qué relación existe entre la máquina bicicleta-bocina y la máquina madre-ano? ‘hablar de bicicletas y de bocinas, qué descanso. Por desgracia, no es de esto de lo que tengo que hablar ahora, sino de la que me dio a luz, por el ojo del culo si mal no recuerdo’ ”.
“Dulce amor monstruañoso/ de los mimos de mamá/ ¡Eh!/ Llama Dios a la Madre/ Para detener esta lucha” .
“Hoy ha muerto mamá o quizás ayer. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer” .
También leía este librillo de Camus. Y ustedes entonces se volverán a preguntar porqué estoy aquí. Bueno, a mi parecer, carece de toda importancia, no es más que un malentendido. Un malentendido, como cuando esa noche “soñé que me encontraba en un desierto y que hastiado de mí mismo, comenzaba a golpear a una mujer. Hacía un frío de los demonios; era necesario hacer algo, hacer fuego, hacer un poco de ejercicio, pero a mí me dolía la cabeza, me sentía fatigado, sólo quería dormir, quería morir. Mi traje estaba empapado de sangre y entre mis dedos se veían algunos cabellos. Los cabellos de mi pobre madre” .
Un malentendido. Como cuando me casé con aquella mujer y nos fuimos a vivir a una casona de adobe que sus muros transpiraban un oxido con olor a sangre. Una mañana salí desnudo con un cuchillo a matar a la rubia que sonreía detrás del espejo. La asesiné y limpié el cuchillo en sus pantalones que luego colgué en un patio de naranjos. Entonces corrí a nuestra casa de adobe y subí las escaleras y cerré la puerta fuerte y desperté otro con aquel portazo y mi mujer despertó otra con el mismo portazo y entonces un humo azul nos cubrió por completo y nos penetró por ambas bocas y nos llenó de angustia y de un amor cómplice. El mismo malentendido, de aquel filósofo francés que comenzó a estrangular a su almohada mientras dormía y resultó ser su mujer y salió corriendo dando alaridos por las calles de París.
Acirralliv tiene un volcán y un campanario y un tanto lejos pero cerca, muy cerca de mi mente, está la selva de Eñiquil. Era sólo una casa, y un solo camino, todo lo demás, campesinos pobres que compraban mate, azúcar y harina. Cerca, muy cerca, esta vez de verdad cerca, un aserradero, caídas de agua que se veían de la ventana de la cocina y rugidos de monjas y entretechos llenos de trigo sucio y arañas. Y Camrach llevando a su niño a la matanza, campesinos como ovejas en un camión, campesinos como ovejas en el barro pastoso, campesinos como ovejas desangradas en el barro pastoso, verde moco, verde caca de guagua, rojo sangre de narices, rojo menstruación, rojo mucosas, rojo cuerpos desollados, rojo sorgo, rojos culiaos, corderos rojos, corderos verdes, Camrach y primogénito, rugidos de monjas y ríos y ríos de ñiachi por Eñiquil. Un malentendido.
Un malentendido, nada más que un malentendido. El mismo que hicimos rodar y girar junto a Aerdna, cuando recién casados nos bañamos desnudos en el lago salado, el único lago salado del mundo, el lago Idub. La gente de allí decía que quien se baña en este lago y pide un deseo, se le cumple. A mí no se me cumplió el deseo. Puede que Aerdna haya pedido otro, que nos separásemos lo antes posible, que no nos amásemos más, si es que alguna vez lo hicimos. Que deseaba volver con él.
A las seis, el Dr. Pinchote siempre camina con su buzo café con las manos atrás, meditabundo y se acerca para pedirme cigarros y cada vez, cada vez le pregunto por que está aquí. Y el me mira y me contrapregunta si le he tocado el poto a su pendeja. Después me cuenta que la familia vecina hacía mucho ruido y que los había matado a todos por que lo tenían muy aburrido. Y sigue caminando a mi lado. Un dos, tres. Un, dos, tres, un dos, tres, vuelta. Mandíbula sabe que escribo una novela y me dice que lo nombre en ella. Que apenas salga el libro lo va a comprar y lo va a repartir en la población, a sus vecinos.
Ayer me vino a ver la putita. Ella me ama. Yo no. Se metió a la carpa y se bajó los pantalones y se puso así con su culito parado. Quería que yo le pegara y se lo metiera, todo al mismo tiempo. Es su manera de quererme, de decirme que no estoy solo, que se acuerda de mí. Con ella no puedo conversar, ni recordar, solo es meterla y sacarla y pegarle unas palmaditas que ella cree son tremendos golpes llenos de rabia. Yo no tengo rabia. Estábamos en lo mejor en esta carpita, cuando veo entrar un cuchillo por una de las paredes de la lona. Estaban peleando afuera y casi nos cae el filo encima.
Una novela. Podría ser la expresión del vacío. O la sincera declaración de ese amigo antiguo, que vive en un basural y lee en Busca del Tiempo Perdido de Proust. Uarag me dejó marcado en un librillo una frase que leo y releo para recordarlo: “En todo caso, yo creo que es un hecho que toda una categoría de hombres está sujeta a oscilaciones al nivel del ser. (…) Un alma atacada fisiológicamente. Es una terrible herencia. (…) Aquel que no conoce la depresión, que nunca siente que al alma la lastima el cuerpo, cuya debilidad la invade, es incapaz de advertir verdad alguna sobre el hombre; hay que pasar por debajo, hay que mirar el anverso; es necesario no poder moverse más, ni esperar, ni creer, para atestiguar. ”
La novela, como espíritu de una época de encierro sempiterno, de una época sin espera, ni creencias, de una época de silla de ruedas, de una época de oscilaciones entre el padre ojos azules penetrantes riéndose de los indios y la madre enferma en una casa de reposo sin ventanas, muriendo treinta años después degollada por quien cantará Nicodemo en este módulo, junto a Pinchote, el Jimmy, Mandíbula, la putita, María, Lessi y su hijos, una época hedonista, de deseos concebida, de placeres cubiertos.
La novela de una “época esencialmente trágica y que precisamente por esto nos negamos tantas veces a tomarla trágicamente. Época donde el cataclismo ya ha ocurrido, en la que nos encontramos en ruinas y empezamos débilmente a construir nuevos y pequeños lugares en que vivir, en la que comenzamos a tener nuevas y pequeñas esperanzas. Época de un camino difícil, abrupto, que no necesariamente conduce hacia el futuro. Pero tenemos que vivir, debemos vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído sobre nosotros.”
Cuatro
“En hoteles que parecían organismos vivos. En hoteles como el interior de un perro de laboratorio. Hundidos en la ceniza. El tipo aquel, semidesnudo, ponía la misma canción una y otra vez. Y una mujer, la proyección holográfica de una mujer, salía a la terraza a contemplar las pesadillas o las astillas. Nadie entendía nada. Todo fallaba: el sonido, la percepción de la imagen. Pesadillas o astillas empotradas en el cielo a las nueve de la noche. En hoteles que parecían organismos vivos de películas de terror. Como cuando uno sueña que mata a una persona que no acaba nunca de morir. O como aquel otro sueño: el del tipo que evita un atraco o una violación y golpea al atracador hasta arrojarlo al suelo y allí lo sigue golpeando y una voz (¿pero qué voz?) le pregunta al atracador cómo se llama y el atracador dice tu nombre y tú dejas de golpear y dices no puede ser, ese es mi nombre, y la voz (las voces) dicen que es una casualidad, pero tú en el fondo nunca has creído en las casualidades. Y dices: debemos de ser parientes, tú eres el hijo de alguno de mis tíos o de mis primos. Pero cuando lo levantas y lo miras, tan flaco, tan frágil, comprendes que también esa historia es mentira. Tú eres el atracador, el violador, el rufián inepto que rueda por las calles inútiles del sueño. Y entonces vuelves a los hoteles coleópteros, a los hoteles araña, a leer poesía junto al acantilado” .
“Exijo que la raza humana/deje de multiplicar su especie/ y se humille/ lo advierto./Y como castigo & recompensa/ por hacer este alegato sé/que renaceré/el último ser humano/ Todos los demás muertos y yo/ una anciana errando por la tierra/gimiendo en cuevas/durmiendo sobre harapos/ Y a veces charlo, a veces/rezo, a veces lloro, como guiso en mi pequeña cocina/del rincón/ ‘En cierto modo siempre lo supe’/digo/ Y una mañana no me levanto de los harapos.”
“Yo eso repetí & agoté/ el metro & perdí 2 centavos( Yo que fui multado/Para ser gallardo/ Y refinado/ ¡Ay!/ Yo que fui/ ¡Aúúú!/ El búho/ En la ventana/ ¡Ay de mí!, sé Dios que/ tenías planes mejores que ese/ así que cualquier plan que tengas para mí/extrema majestad/ Haz que sea corto/ breve/ Haz que sea enérgico/ llévame a casa a la Madre Eterna/ hoy/ A tu disposición de cualquier modo,/ (y hasta entonces)” .
“Un día estarás tumbado/ allí en un delicioso trance/y de pronto una caliente/brocha enjabonada te será/ aplicada en la cara/ -lo tomarás a mal/ -un día el/ empleado de la funeraria te afeitará” .
Anoche, con Mandíbula de Metal nos compramos una pieza de hotel con vista al mar. Salíamos al balcón a vomitar y el mar golpeaba las paredes de la pieza y me senté en la cama y comencé a escribir sobre mis rodillas, allí, rodeado de sal y humedad, la carta a María, la última carta a María, después que me dijo que ella sí sabía por qué yo estaba aquí, y que ya no vendría más.
“María, te amo como te amo y no de otra manera, pero ahora que me dejas perra, preferiría de una vez que surgieras muerta de cal y vino, hélice voraz, en la pieza de este hotel. Que de una vez, surgieras muerta, espejismo de flecha, sombra enhiesta como vena negra. Que en definitiva, surgieras muerta como babosa sangre de rieles, como la vagina de metal que eres, como las piernas de agua voraz y la extraña visitadora de mordedura refleja de cal y vino que eres, en esta guarida funesta de la estación duradera. María surge muerta ya, salpicando fustigando la ventana, como el mar golpeando, la única puerta de la pieza este hotel. María te amo, cómo te amo”.
Bueno, el módulo es un módulo y no un camino único, ni lleva al mar, ni lleva al volcán, ni lleva a la selva, ni lleva a los saltos de agua, ni a los campesinos, ni al Forestal, ni al cielo, ni a los basurales, ni a los sueños, ni al entendimiento, ni a las jaulas, ni a los leones, ni a los gendarmes, ni al patio de los arriendos, ni a Alamoc, ni al padre, ni a la madre. El módulo no conduce, sólo modula, modela.
Al día siguiente, los gendarmes me tomaron del cuello, me desnudaron y me metieron a la pieza y me tendieron en la camilla. La enfermera me olfateaba como carne cruda que era y un médico me miraba y me limpiaba el brazo con un algodón con alcohol frío.
Cuando sentí la aguja fina atravesándome la carne, observé detenidamente que todos estaban a mí alrededor y que reían como si yo fuera una jirafa o una oruga o un quantum en medio de una construcción lógica.
Mientras los miraba desde abajo, y sus caras daban vuelta alrededor, me acordaba de mi pueblo, el pueblo donde yo nací, allá en Acirralliv, ese maldito bendito pueblo, cercano a Alamoc, que tenía como Alamoc, un solo camino.
Y ahora aquí, un quantum en medio de toda la jodida lógica de todos, de los médicos y las enfermeras y los gendarmes y las visitas y con mi amor resquebrajado como un espejo.
“Una estela de enfermeras emprenden el regreso a casa. Protegido/ por mis polaroid las observo ir y volver. / Ellas están protegidas por el crepúsculo. /Una estela de enfermeras y una estela de alacranes. / Van y vienen. / ¿A las siete de la tarde?/ ¿A las ocho/de la tarde?/A veces alguna levanta la mano y me saluda.”
Y justo ahora me han dado unas tremendas ganas geniales de listar. Nada más, genialmente listar, maravillosas descripciones, conceptos, pensamientos sueltos que se tocan apenas y se repelen un poco, reflexiones anticanónicas, diálogos socráticos, escritos oscuros. Pero ya nada tiene importancia, aunque nada tuvo nunca ninguna importancia, puesto que todo ha sido siempre un gran malentendido. Como cuando le declaré al juez mi sueño parriano y me miró con asco y me dijo que yo no tenía diploma.
El último destello de luz fue un flash, un haz de luz que me atravesó este cerebro adolorido que me punza, aquí, justo aquí…
Y“vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta. / Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho/Decían que no estaba bien de la cabeza/tomé trenes y barcos, recorrí las tierra de los justos/en la hora más temprana y con la gente más humilde…/ (…) Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas/extranjeras…/ (…) fragmentos tal vez sí…Fragmentos, /sílabas quemantes.”
Dormito y despierto entonces y el último destello de luz, aquel haz de luz que me atraviesa, se devuelve desde mis circunvoluciones adoloridas a la máscara del juez de turno, cerdo, padre de cerdos y me punza, aquí, justo aquí… Y siendo sincero, señor cerdo juez, mi señor, no entiendo.
Aquel haz de luz que me atraviesa, se devuelve y veo entonces a Mi Señor, a Mi Señor, Mi Señor, ¿Por qué María dice que saber es abandonar? Mi Señor, atiéndeme, escúchame, ¿Porqué Lessi huele a mi olor, pero su holocausto no es el mío? Mi Señor, acógeme Señor, ¿Por qué mi abogado me ha dicho esta mañana oscura, que jamás repita que “sin duda quería mucho a mi madre, pero eso no quiere decir nada para mí” ? Señor, Señor, Mi Señor, ¿Por qué “nada ha substituido mis perturbados orígenes, y mis rostros diferentes se arriman en esta camilla y se encadenan a estos rostros, como grandes flores pálidas y pesadas tenazmente substituidas y difuntas” ? Señor, Mi Señor, ámame y explícame ¿Por qué todos los seres normales han deseado más o menos, la muerte de aquellos a quienes aman?” .
Y nuevamente aquel haz de luz que me atraviesa, se devuelve y veo entonces…
A la “mujer (…) construir el acantilado. / No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como/ Los párpados heridos del dios, el niño premeditado/ De nuestra playa infinita. / (…) Cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré/Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil/Que es seguir luchando, a tu ojos me fiaré” . Mi Señor , mi señor no me abandones, porque soy tu Esposa no te escondas, y no me dejes con gemido” Señor, Mi Señor, Mi Señor…
(El condenado fue ejecutado con una inyección letal, el día 8 de noviembre del año 2044 del Señor, al cumplir 78 años de edad. Estuvo encarcelado en los módulos de Alta Seguridad de la Penitenciaria de Santiago durante 7 años, período que duró el proceso judicial. Su agonía, sin sufrimientos, fue de exactos 7 minutos a partir de la inoculación de la droga.)
FIN
Creado por fesalchain | 0 comentarios | 15/11/05 21:29
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