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LA MARIPOSA Y LA REBELION (novela breve) en REVISTA POLITICA INTOLERANCIAUNO.

LA MARIPOSA Y LA REBELION (novela breve)

A veinte años de todo lo contado, de la pequeña historia de mi generación horrorizada, pienso que será de todos ellos en esta “ciudad que no es la misma, que no es la que quisimos compartir…”. A mi generación, la del los ‘80: A Fabiola ya muerta, a los poetas Alejandro P. y Sergio M.,a Marcelo M. que me regaló una marraqueta en una noche de hambre, a Daniela que sufría en su radiante belleza, a la Negra frente al mar, a Isolda que me acompañó a trasladar las maletas, a Andrea y Peter en La Florida, a Paty luchando frente al soldado, a Evelyn, a Carmen con los juguetes metálicos de Felipe, a Pablo en su bicicleta y charlas en las plazas, a Ricardo en el barrio obrero, a Jorge en una noche en San Miguel, a Myriam en su refrescante austeridad, a Mario, Edgardo, Ricardo y Rodrigo pendiendo de una rosa blindada, a Juan Luis y a Jécar y a todos los democráticos populares, es decir a todos mis hermanos de la vida y de la muerte.


“Enderézate, y préstale atención a lo que digo, porque yo estoy cantando por la voz de mis amigos”.
Santiago del Nuevo Extremo

¿Qué puedes tú, maldito, contra el aire
Qué puedes tú, maldito, contra todo
lo que florece y surge y calla y mira,
y me espera y te juzga?
Pablo Neruda,

Ya que la fe que tú has puesto, no se juega,
no se transa, ni por un solo momento,
es fogata que corre en tus venas,
es quizás tiempo gastado, es un sol que llevas dentro, primero y sin segundo, del amanecer de tu alma.
Eduardo Gatti


1.- Voló la puerta del palacio


La conocí en la Universidad cerca del mar. Y entre cerros, breas y volantines, como decía el Gitano, caminando con su crucecita al pecho. Cuando invitamos al cura a la asamblea en el puerto, ella acomodaba las sillas, ponía los micrófonos, agitaba las manos como dos delfines blancos, mandaba, obedecía, organizaba, se secaba la boca, se arremangaba la camisa de hombre, se enredaba entre la gente como la serpiente al árbol, ella era simplemente, Araceli.
Hoy hace ya 20 años de eso, sentado en este sofá que me punza la espalda, leo parte de una carta suya que encontré entre algunos papeles viejos: “Amada y recordada hija: ¿Te gustó el muñeco que te hice y te mandé la última vez? ¿Haz escuchado el casette que te envié? ¿Leíste el cuento que te hice? Hijita, aunque sé que no voy a tener respuesta a mis cartas, igual te voy a seguir escribiendo, pues así me sentiré más cerca tuyo. A veces cuando camino por las calles o me siento en alguna plaza, me entretengo mirando a los niños y niñas que podrían ser como tú, me gusta verlos cómo juegan y cuando están con sus padres me digo que ya llegará el momento, que ya estaré con mi hija conversando…” [2]

Ella me besaba como en el capítulo 7 de Rayuela, en la plaza de las palmeras, frente al edificio en ruinas. Ruinas de viejos con sus carnes hediendo a sangre de viejos, ruinas amargas de viejos vinagres.

Entre los balcones desprendiéndose de las fachadas y Araceli y sus ojos marchitándose al sol, la marcha de los obreros y estudiantes, más de cinco mil entre banderas de luto y esperanza, mientras canta Serrano ahora en esta pieza, veinte años después: “(…) y ahora dime qué te han de ofrecer, las tardes perdidas, tu sangre en mi piel (…), las ganas de llorar. Y ahora dime, qué te van a dar, la paz en tu vientre, el fondo del mar (…) la brasa encendida, las ganas de matar…”
Y que tengo unas ganas locas de loca de cortarme las manos, me decía Danielita, que quiero sacarme estas uñas a mordiscones y hervir mi carne en la olla del olvido. Soy la bruja del cuento, soy el lobo, soy la novia del francotirador, soy una maraca llena de hijos curtidos por el sol del norte, soy una muchacha roja, a veces, sólo a veces, hermosa.

“Amada y recordada hija: ¿Cómo estás?, quedé preocupada, porque supe que te habías enfermado y me sentí mal al no poder estar contigo, pero siempre estoy pendiente de lo que te pasa y pensando en cómo estás, aunque no siempre sepa las cosas muy a tiempo…”

Cronopio, hijo del tiempo, ángel de los acantilados, loco de repre, poeta y político-militar, recorría los patios interiores, repartiendo papelitos con frases del Libro de Manuel. En la última jornada de protesta, sobre los rieles del tren, los esbirros disparaban directo a la cabeza, lentes negros, ternos negros, bigotitos negros de aprendiz de Nazi. Y Cronopio saltaba delirante, por amor al arte, por amor a sus hermanitos, por amor a sí mismo, Cronopio, entre sus papelitos.

Cuando era pequeño, escuchaba a su madre cantar a Los Cuatro de Chile, sonando en una vieja victrola y escuchaba a su Madre, doña Cronopio, tararear la Oración Para que No Me Olvides. La victrola: “Yo me pondré a vivir en cada rosa y en cada lirio que tus ojos miren y en todo trino cantaré tu nombre, para que no me olvides”[3]. La Madre: “Y al contemplar llorando las estrellas, se te llena el alma de imposibles, es que mi soledad viene a besarte para que no me olvides”. Y Cronopito y su Madre y la victrola y todo ese Chile: “Yo pintare de rosa el horizonte y pintaré de azul los alelíes y doraré de luna tus cabellos, para que no me olvides”.

Durante la semana, el jazz del puerto en la casa del chamico. Tum,tum tum, tum,tum tum tum tum. Los músicos riendo frente a las ventanas, fumando esa hierba anticipatoria, esa especie de semilla de negritud y Danielita, Cronopio y Araceli mirándose las manos, los ojos de uno y otro, las comisuras de esos labios de bocas de mimos, tristes como la esperanza, feas como las noches de esta larga noche.

Al otro día nos juntaríamos todos en la plaza de los perros, y había que preparar las herramientas y atar cables, literalmente. Entonces Luis cantaba esa canción que era nuestro himno, esas palabras que nos punzaban el corazón rebelde y nos revolvían las ideas: “La verdad, es que no quiero mantener mi nombre atado, a los días y a los hombres que me vieron derrotado…”[4]

Araceli tomaba su crucecita, la mitad de su crucecita, me miraba entonces llena de presentimiento, llena de ataúd, la pobre, llena de cites y novios esperándola en la puerta. Cronopio y Daniela entrelazados, desnudándose en la terraza del viento norte, ansiosos, naufragando en el terror y la transpiración helada, y Luis rasgando su voz…“demos el salto al amor de la mano de tu compañera (…), simplemente, las verdades se van haciendo una sola y es valiente quien las dice, más valiente en estas horas...

Cronopio escucha a su madre, en aquella tarde del terremoto del 70: “Si dormida caminas dulcemente por un mundo de diáfanos jardines, piensa en mi corazón que por ti sueña, para que no me olvides”.

BBBUMMM, BUMMMMM. Voló la puerta del palacio y el jotoso ya caminaba a través, conejeando por el plan, la ropa, desrropada, caía al tarro de la basura, la mochila, desmochilada, en una vereda invernal, donde la puta del puerto lo miraba desde aquel balcón y lo esperaba calentita en las sábanas de la traición… Los Blops se escuchaban allá lejos “nos hablaron una vez cuando niños, cuando la vida se muestra entera, que el futuro que cuando grandes, ahí murieron ya los momentos…”

Miras por la ventana del baño, escuchando la voz de Jorge “…komo otra piel, komo otro sabor, komo otros abrazos, otro olor, no habrá otros latidos, no habrá otros orgasmos, no habrá otras promesas, ni otro calor…”[5] Te bañas desganado, debes tomar la micro, ir a clases, escuchar al Conde Rodolfo, abstracto, desmemoriado, irreal, encerrado, encapsulado, paranoico, transformando a Melville en una Caja de Pandora, de funciones, sintagmas, paradigmas, hablante, narrador, personajes, ideas, metáforas de metáforas… “…aprendiendo de nuevo, despertando en mi cama, no habrá otra espalda, la almohada sudada, sea dentro de un taxi, kaminando en la kalle, o dejando que queme el soool.”

Debes escucharlos, a todos ellos y ellas, mediocres y espeluznantes esbirros de la mentira, maestros de la escolástica de la escolástica, “kómo puedo comer, kómo puedo escribir, kómo puedo sufrir, escapar o mentir, si lo único cierto, y lo único claro, es tu firme y salvaje y bendito amor”… señores de la ley y el orden, intelectuales de medio pelo, aprendices de erudiciones banales, “…al olor de tu sangre, al sabor de tu cuello, al dolor de tu llanto, al color de tu voz, moriría mañana, moriría en éxtasis moriría en el fondo del éxtasis…”. Tienes que llegar temprano, a esa rara y discordante primera hora y escucharlos, irremediablemente escucharlos.
Pero quieres romper con aquello, romper con la dualidad, sin embargo no puedes escapar, romper con un mundillo que se te impone a rajatabla, desde hace tanto, tanto tiempo, acaso desde tu nacimiento o acaso antes. Por una parte la realidad con r mayúscula, esa realidad que quema cuerpos, que degüella cuerpos, que hace explotar cuerpos, que descuerpa cuerpos, que desaparece cuerpos, que viola perramente cuerpos, que ratonea vaginalmente cuerpos, que excrementa cuerpos, que parrillea eléctricamente cuerpos, oh esa bendita realidad real, hija del santificado cristianismo occidental, ordenado y mercantil, linda realidad real. Y entonces tú en la kalle, en la kalle, en la kalle, perverso y cochino rojo, prisionero rojillo, con tu lenguaje que no cabe en la academia de los demonios y sigues en esa ducha helada, escuchando a Jorge “…hoy me voy a tomar un taxi a quien sabe donde, y así poder olvidar…, es que es demasiado, es demasiado triste, no puedes escapar…

Niña, voy a escapar, me iré hasta quien sabe donde, si existe algún lugar…” Danielita, esta tarde “dame tu mano y cojeré, con mi voz, mil mariposas, dame tu voz y alcanzaré, para ti, mil mariposas, mil mariposas, mil mariposas”[6].



2.- La mente envuelta en corvos


¿Te acuerdas amiga de aquella mañana de los tanques y del crucificado? En la avenida la gente, la muchedumbre agolpada contra sí misma, tristemente rabiosa, horrorosa la mente envuelta en corvos hundiéndose en las gargantas de nuestros amigos, José Manuel, Manuel, Santiago. Habíamos salido de los barrios, de todos los barrios, casi sin distinción, del Sur, del Norte, del Centro, caminando descuerados los pies, las manos limpias, las frentes marchitándose como en el tango. Gritábamos, llorábamos, masticando el aire, aguernicándonos, hombre y mujer, jóvenes, muchos jóvenes y niños, las mujeres con carteles de pobre cartón de cajas de alimentos inexistentes y ese tanque y esa hilera de tanques por la Avenida de Las Delicias. Entonces un hombre, sólo un hombre solo, mirando fijamente el cañón, parándose frente al tanque con los brazos en cruz, deteniendo al tanque, parando en seco al tanque, aquel hombre, en el día de los corvos acerados fue para todos nosotros, nuestro crucificado.

En estas malditas horas, “amada y recordada hija… y te escribo así, porque he sabido que eres inteligente y que ya sabes leer. Quiero que sepas que te echo de menos y que te sigo amando. Nada llena ese huequito que dejaste al no poder tenerte conmigo. Sólo tengo tu recuerdo, tus risas, y tu linda carita que siempre veo en las fotos que guardo de ti”.

Mario, el Chico y Ricardo, en el viejo camión, Cronopio sacó una foto en blanco y negro con su cámara Práktica de la RDA. Nadie sabía que esa era la última foto, antes de que cambiara todo. Ellos eran los amorosos blindados. Blindaron como en la canción una rosa. Porque todos sabían que una rosa, es una rosa, es una rosa y sabían además que era necesario llenarse de placas de acero para sobrevivir. Todos y cada uno, cuál mas cuál menos, resistían la bestialidad de aquellos tiempos. Ricardo, en su barrio obrero, de vientos y casas bajas, Mario en el viejo barrio Matta o caminando por Conchalí o por Lo Hermida, el Chico en su locura tierna reventando a un malparido, ese tal Karol, en una esquina de algún barrio alto. Qué es de ellos hoy. El Chico murió aplastado por un camión, Mario y Ricardo deambulan entre sustancias viscosas, entre cielos de mermelada, entre las oficiales instituciones y los barrios de siempre. ¿Y Cronopio? Acusado de soñar demasiado, sueña aún demasiado. Espera y construye, como una hormiga en invierno, acaso vendrán los tiempos en que se encuentren todos y todas en las veredas del pueblo, en las calles del pueblo dormido.

Una llamada, una urgente llamada de un desconocido a las seis de la mañana. Atraparon a Karencita. Y tú a pocas cuadras de allí, con el entretecho llenos de maletas. Fotos y más fotos, cartas y más cartas, un diablo y un uniforme. Cavar una pequeña trinchera como en la primera guerra, emplasticar los documentos, las imágenes borrosas de los falsos enfrentamientos, aquella mujer mutilada por ráfagas de invierno, manuscritos diálogos entre los viejos dirigentes del interior y del exterior. (¿Había realmente un exterior y un interior? ¿Estaban afuera lo de afuera y adentro los de adentro o acaso estaban adentro los de afuera y afuera los de este Chilito que se caía a pedazos y que había que reconstruir como aquel puzzle de La Gioconda con su sonrisa cómplice y llena de deseo?).

Transpirabas nervioso, los helicópteros rondaban el barrio, los lentes negros se acercaban poco a poco, la puerta temblaba al son de Radetzky, el teléfono intervenido se autollamaba, la pala entrando y saliendo, el fuego en las poblaciones, los bombazos y las ráfagas llenas esquirlas en tu pobre corazón, el padre, preguntando qué árbol plantarías, la madre en el centro escapando del guanaco, las hermanas girando en una playa abandonada con los artesanos de la pobreza, el amigo homosexual, travestido y herido en su culo de poblador callampa y el pintor colgado de un árbol y el árbol colgando del techo del cielo, y todo de repente, todo aquello enterrado, oleado y sacramentado, enterrado, enterrado y ya.

Todo listo de una vez, un cigarro, sentarse en la escalinata, mirar el techo de la casa y escuchar una canción de la radio recordando a la Mariposa del Puerto: “¿No piensas tú, cariño mío, cuando todo el tiempo era nuestro, cuando teníamos el aire de los que siempre vencen…?[7]



3.- Éramos en fin, paja molida


Danielita se levantó esa mañana sin un pie, sin una teta y con manos y con cabeza y con brazos y con un libro de Alfonso Alcalde a sus pies y con la gata a sus pies y con el llanto a sus pies. Realmente no se levantó, sólo despertó para leer un bello poema de Alcalde: “Mi dolor mide un metro de dolor,/un cajón de zapatos, un racimo de sombras, /de delantales y bagatelas, un sinfín/ de tramos y grampas y azulejos/estampidos de algodón, alpiste/para bueyes y jumentos, lunas perentorias/criaturas abandonadas en un torniquete a media noche./ Mi dolor viaja sin parir, fundado en terciopelo,/registrado bajo vidrio, embetunado por la sal,/erguido a cuchillazo limpio./ Mi dolor es tan grande que da risa.

En la pieza del lado Cronopio y la Negrita se amaban escuchando a Sandra Mianovich y mirando el mar. La noche anterior habían jugado en los columpios de la plaza, recordando esa niñez setentera de la llegada a la Luna por la radio en onda corta, de Neruda recibiendo el Nóbel, del Presidente Allende hablando en la ONU, de Música Libre y la Jeannette cantando yo soy rebelde, porque el mundo me ha hecho así, mira hijo, ven, ven a ver al Presidente, el primero en hablar en la comunidad internacional, mira cómo lo aplauden, mira hijo… único canal con Tevito saltando de contento y Las Calles de San Francisco y Barnabás Collins y su eterno amor todo sufrido…

Sufriente como el amor de Cronopio y la Negrita en la plaza frente al mar, un amor violento, un amor pulento, como diría Álvaro ahora, un amor de carne y alma sudada entre los pliegues de la carne, un amor vaginal y fálico… “haz que yo sepa pronto tu mundo interior”…, un amor sin romance, sin promesas ni futuros, pero amor al fin, con manos y piernas y dedos en los culos y langüetazos y chupones de media tarde y noche,… “hazme parar el tiempo que mueve a los dos”…, un amor de arena pegada a la espalda y roqueríos que te llagan los pies y tus muslos de yegua herida, un amor de relinche y risa y ahogo y respirarte en tu boca el aire de tu boca y de tus orgasmos eyaculando un agua mas agua que esta agua de mar que nos rocía enteros y nos calienta y enfría a la vez, “quiero que sea un respiro, este mutuo amor, para que nunca muera y darnos aun más..., el amor de la Negrita y el Cronopio, una amor ochentero para adentro, a mano entera y sin permiso, mientras la Bestia se chupa los dedos de sangre y tripas de las muchachitas muertas de Villa Grimaldi.

Esa tarde en San Miguel, viento y botillerías clandestinas, y en la fuente de soda, paremos a tomarnos un vinito con chirimoya dijo Ricardo.

Los hijos de la Bestia ya rondaban mucho antes del vinito, mucho antes de la recogida de los fierros, mucho antes de la reunión y antes de la constitución semi oficial del grupo y muchísimo antes quizás de la elección individual de cada uno de los miembros de su irrenunciable convicción a luchar contra la Bestia. Así que dicho de otro modo, en pleno vinito con chirimoyas, el grupo formado por Ricardo, Rodrigo, el Chofer y un advenedizo amigo alcohólico, fue violentamente detenido, allanado, y encontrado lo de rigor, secuestrado y enterrado en las mazmorras de la Bestia. Días y noches de parrilla y picana para ser puestos a disposición de la Fiscalía Militar, apresados en la Penitenciaría de Santiago y puestos a la sombra durante al menos 2 años en que se crea o no, pudieron leer, estudiar y descansar de todo lo anterior.

“La micro en sombras, parece volar, en la ventana duerme la ciudad y el beso tuyo que alcancé a esconder, besa la niebla de este amanecer, amándote, amándote.”[8]

Cronopio dejó sola a Negrita y a Daniela, conversando acaso, y se fue directo a la casa del poeta esquizofrénico. Alejandro lo esperaba en el cerro Las Cañas. ¿Alguien conoce en Valparaíso el cerro Las Cañas? El poeta, el arco y la lira. Que me habla a través de sus textos manuscritos: “Sucintamente, te percibes/ solo, tomando pílsener,/ sorbiendo torpemente, probando/ sintéticos trozos plásticos./ Sueñas terremotos; pesadillas/ silencian temas prohibidos: /solemnes tentaciones, persecuciones/ sensacionales, televiendo pum-punes,/ succionando tetas prostituídas/ sonajeando traseros -prominencias-,/ sobacos, trenzas, púbises;/ separando tristes piernas/ sorprendiendo /triturando/ poseyendo/ suponiendo trepanaciones perversas: sádicas torturas,/ profanaciones.”[9]

Con Alejandro leyendo su poesía y la de Lira y teoría literaria de la putrefacta y su mujer y su hijo en la pieza adyacente, oscura, humedecida por lágrimas de sal. Bajando corriendo al plan a tomarnos unas pílsener, / sorbiendo torpemente, probando/ sintéticos trozos plásticos. / Chocando con el cielo rojo desmoronado y un aguacero frágil y un amanecer sobre el miedo, mientras el viento recorría las veredas secas y nuestros pasos se encontraban y saltaban sobre el frío y la misma puta vieja nos buscaba y barata se nos ofrecía en la noche invernal.

“Hija, para la mamá no fue fácil tomar la decisión de dejarte con los abuelos, sufrí y sufro mucho. Quisiera estar contigo, cuidarte como lo hice desde antes que nacieras hasta que tuviste casi tres años; pero luego la mamá tuvo que hacer, espero que entiendas, que me quieras y me recuerdes”.

A veces se juntaban todos y todas, Cronopio, claro está, Araceli, Danielita, la Negrita, Mario, Ricardo, el Chico, Rodrigo, el Chofer, Alejandro y otras y otros, las bailarinas modernas, el indio, la Flaca, el Pablo, la otra Flaca, el Loco, el Cínico Sergio, la Loca, los cabros de la pobla, el Tuerto, la Carmen, el Ricardo, la otra Negra, la Brasilera y tantos y tantas, allá arriba en el cerro, haciendo un revival posmoderno, medio reviente, medio al peo de una Piedra Roja más parecido a un ladrillo rojo fiscal de un estado que se caía a pedazos.

Los del arte, los políticos, los milicos políticos, los volaos, los esotéricos, los clasemedieros, los popularicos, los negros, los rubios, los trigueños, las minitas del ojo, del peda, de valpo, los artesanos, los cesantes, los clandestinos, los públicos, comunachos, mirachos, socios, los mapu, los fulano, los mengano, los sutano, cristianos, ateos, los olorositos, los hediondo a pata, los rebeldes, los paranoicos, los autoritarios, los anarco, los mapuche, los mestizos, los huinca, los locos, los cuerdos, los estalinistas, los trotskistas, los blindados, los rosados, estudiantado de economía, de marxismo leninismo, de tarot y numerología, colocolinos, chunchos, todos arriba del cerro, llegando en Fitos 600, Citrolas, bicicletas, a pata, en micro, a deo, llegando digamos que llegando, llegando a quedarse en una mediagua de tapas, entremedio de los yuyos, del pastizal quemado por el sol, con el sol pegando en la frente y el costado, tomando pisco, vino blanco en un melón, fumando yerba, cidrines, anfetas, cigarros Life amargos como la hiel amarga, leyendo a Rojas, a Ginsberg, a Lenin, escuchando a Los Jaivas, a Fulano, a los Electro, a Sumo, sobretodo a los Electro y a Sumo, “mejor no hablar de ciertas cosas, salta en mi cama la mexicana”, a los Inti en el año decisivo, todos sabíamos que algo pasaría ese año, decisivamente ese año, tomando un sol seco alcohólico, “en el horizonte de mi mente se ha escondido el sol, como un recuerdo que me llega de su corazón, ella no existe más, ella es una nube que el viento conquistó”[10]. Entonces el Chico, bendito loco lindo, leía delirante el poema de Rojas a Miguel y el Aullido y el Oh maestro, de la Caída de América “chúpame la verga, maestro” del bendito judío neoyorquino” y los ojos azules de aquella Lucía y el gato blanco en sus brazos y la luna alumbrándola una y otra vez y todos comiendo quequito de yerba y fumando y las tumbadoras del miedo y las “ suaves caricias, tiernos desvelos, y Lucía para todos era es una nube que un beso ardiente derritió, y para todos ella ya no existía más y en el horizonte de la mente de todos y todas se escondía el sol y las Cordillera de los Andes era entonces un macizo negro y los cuervos graznaban sobre las cabezas de los lindos y lindas muchachas y el poeta Alejandro recitaba al endemoniado de turno, el que se quemó su mejilla y decía que era una santa, “te acuerdas chileno del primer abandono cuando niño, te acuerdas chilena del segundo a los veinte años”.[11] El abandono a los veinte años y la Bestia como un Padre del Infierno mirando todo omnisciente, la Bestia castigándonos una y otra vez y todos nosotros aullando una y otra vez, malditas noches, malditas fiestas, malditas huidas, malditos dedos en los malditos culos de las bailarinas modernas, maldita música del desgarro y malditas las tumbadoras y malditas las guitarras y maldita la yerba y maldito los cidrines y malditos todos nosotros desesperanzados y desesperados y tristes y violentos y sanguinarios y ensangrentados y maldito lo maldito y la guitarra eléctrica que se enreda en tu pelo y malditos los populáricos que se caían de las graderías del Caupolicán y maldito indio empalado y maldito el que lo empaló y nos empalaba por los siglo de los siglos. En el horizonte de nuestra mente se escondía el sol, pequeños niños ricos y pequeños niñas pobres, dominadas todos, en el nombre del Padre, de la Madre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Porque “éramos en fin paja molida/ sopa de tomate/ compases de Conchalí/ milagreros vírgenes y militares/ éramos del día/ y como siempre/ de los platos rotos/ no éramos la CUT la FECH/ y todo lo demás/ no éramos los Beatles ni Woodstock/ no éramos la muerte del caracol/ no éramos el Tugar-Tugar/ apenas Baila Domingo/ no éramos la irrupción del pito/ apenas sus herederos/ éramos la mejor comprobación/ de grandes canallas/ éramos en fin/ paja molida”[12].


4.- Paisito preñado de revuelta


“Amada y recordada hija: ¿Te gustó el muñeco que te hice y te mandé la última vez? ¿Haz escuchado el casette que te envié? ¿Leíste el cuento que te hice?”

Pablo escuchaba a Víctor Manuel, pensando en Araceli: “Aunque soy un pobre diablo, se despierta el día y echo a andar, invencible de morar, que difícil es buscar las paz, convivir venciendo a los demás, nuestra sociedad es un buen proyecto para el mal”.

Había pasado algún tiempo desde que la rebelión se organizaba en los territorios, en las canchas de tierra, en las ollas comunes, en las casas de los pobres y en las parroquias, en las trincheras periféricas y en los preuniversitarios populares y en los neumáticos derretidos, con bencina encerrada en botellas de Coca-Cola.

En las poblaciones del paisito, en “la esquina fría/ sacude humeante un susurro a orina, / pastelones orillando la basura, / (…) la niña de los deseos, / pechos planos, pubis lampiño, / la calle empuja sus piernas, / la calle erecta el sexo/ hasta la prostituida vagina infantil”[13]. Y en esta pobla, “la noche llueve perros,/ rincones,/ extraterrestres que mojados se escabullen entre la gente,/ líderes mundiales,/ emisoras,/ llueve, llueve, llueve,/ agua choca, salta,/ agua que no es de aquí y sin embargo cae,/ mojando lo que sea,/ lo que corresponda,/ lo que asome,/ lo que sea una cosa y no otra,/ (…) agua, llueve,/ todo está húmedo…”[14] Y Pablo que recorre en su bicicleta la pobla de basura húmeda y los cabros piteando en las esquinas del barrio y Pablo saludando y pedaleando una ruta distinta día a día por esas calles, recodos del silencio. “Silencio de calles vacías,/ silencio de campo santo,/ silencio de bocas,/ silencio de miradas,/ silencio en Santiago,/ cascos y metrallas/ 18 mil rostros de la Bestia/ que se llevan a un hermano/ para darle silencio eterno”.[15]

“Hija, para la mamá no fue fácil tomar la decisión de dejarte con los abuelos, sufrí y sufro mucho. Quisiera estar contigo, cuidarte como lo hice desde antes que nacieras…”

La cuestión era que el paisito estaba preñado de revuelta, revuelta la cama, revuelta la cabeza del pueblo, revuelta la casa propia y la del vecino, revuelta la idea, revuelta la materia, revuelta la dictadura, revuelto jaimito boca fruncida, revuelto sedicioso onofre y francisco neo javier, revuelta las entrañas de la Bestia y sus bestiecitas dinas y ceneíes, todo revuelto como una solo amasijo de ángeles y demonios y el furúnculo a punto de reventar, supurando revuelta roja y roja y negra, revuelta populachera, rabiosa de hambre, de frío rabiosa de puro pan y puro té, en las guatitas hinchadas de los pelusas del barrio.

El viento trae una música llorona, triste música llorona en la cama polvorienta de Pablo y Araceli, allí en las cabañitas de los curas en Punta de Tralca, arropados, entremezclados Pablo y Araceli “me levanté temprano, sin conocer la aurora, te acuerdas de ese día de mentiras, tu vida era tu vida, la mía otra historia y el mundo era testigo de los días…”[16]. La espalda de Araceli transpira, “me quieres desde lejos, te abrazo cuando vienes…hubiésemos vivido la historia de las gentes y nos habrían visto sonreír”. Las manos de Pablo recorriendo caderas y muslos heridos, quieto y agonizante frente a esa virgen frenética. Préstame tus manos mariposa, sumemos soledades, si viene algún amigo somos tres…Mariposita, sólo quiero saber quienes miran hacia donde miro yo…

“Amada y recordada hija: A veces cuando camino por las calles o me siento en alguna plaza, me entretengo mirando a los niños y niñas que podrían ser como tú, me gusta verlos cómo juegan y cuando están con sus padres me digo que ya llegará el momento, que ya estaré con mi hija conversando…” Amada y recordada hija, hoy soñé en este cerro, lleno de bombas de humo, que tu, mi hija, escribías que tus sueños volaban junto con él: Yo quiero tener una casita, pequeña y bonita, para vivir con vos, con una sonrisa en primavera, esperarte en la vereda, con un beso y una flor. Tú, mi hija ya grande, como yo ahorita: Yo quiero tener una casita sencilla y alegre para nosotros dos, compartiendo en armonía, cada instante de la vida, quiero. Soñé en este cerro lleno de amigos, que entre bombas de humo son hermanos, que tu tiempo de muñecas había terminado, que tú mi niña, ya eras libertad para el amor… y qué pena me dio, saber que pronto te irás, si hasta me parece verte, jugando en el tobogán. Y que escribías con las hojas amarillas en tus rodillas desnudas: Yo quiero tener una casita, pequeña y bonita, para vivir con él…[17]

La Negrita frente al mar, piensa que en este país, la gente está cansada de esperar, de vivir con los muertos y con los que les queda poco tiempo. Que los pobres sean sempiternamente poetas del dolor, que se rece por un dólar o por dos. Y piensa que en este país hay gente que pretende ser feliz, y que se va gestando cada día, una fuerza contenida, que sale a caminar…

La Negrita frente al mar, se pregunta entonces, adonde irán los que no pueden ver, los que una vez le prendieron fuego al sol, pero que ya comenzaban a hacernos bolsa la ilusión…[18]

Porque la cuestión era que el paisito también estaba preñado de ni chicha ni limoná, preñado de no estoy ni ahí y de cambio en orden y paz, en la cama, en la cabeza de los de abajo y en la idea de los de arriba, ni chicha ni limoná la materia, ni chicha ni limoná el socialismo, ni chicha ni limoná la falange, ni chicha ni limoná jaimito boca fruncida, ni chicha ni limoná sedicioso onofre y francisco neo javier, ni chicha ni limoná la Bestia y sus bestiecitas dinas y ceneíes, todo, entre medio morir saltando y ganas de parar la guevá de revuelta, partera de la historia y todos los lindos y lindas dominantes, democráticos y torturadores, democráticos y asesinos, democráticos y sediciosos, revueltos como un solo amasijo de ángeles y demonios y el furúnculo que no revienta, el furúnculo que no supura, los dominantes penicilina, los dominantes amoxicilina, los dominantes aspirina, aplastando de una vez por todas el dolor de cabeza de los de arriba, la revuelta roja y roja y negra, la revuelta populachera, rabiosa de hambre, de frío rabiosa de puro pan y puro té en las guatitas hinchadas de los pelusas del barrio.


5.- Nuestro NO y los mutilados


¿Te acuerdas amiga de aquella mañana en la avenida la gente, la muchedumbre agolpada contra sí misma, ahora alegre, convocada al NO, la mente envuelta en sueños de esperanza y de grandeza? Habíamos salido de los barrios, de todos los barrios, casi sin distinción, del Sur, del Norte, del Centro, caminando descuerados los pies, las manos limpias, las frentes en alto, las banderas flameando, con nuestro amor de la mano, en el corazón a la izquierda, gritábamos, cantábamos, reíamos masticando el aire, hombre y mujer, jóvenes, muchos jóvenes y niños y los obreros y los pobres del campo y los pobres de la ciudad, con carteles de pobre cartón de cajas de alimentos inexistentes y la música de Illapu y de Gervasio y de Congreso y de Los Prisioneros toda junta en el mismo escenario del pueblo, ya no fragmentada, ya no escuchada despacio en las catacumbas de las casas.

Era nuestro NO, el popular y hasta vencer, el de ni olvido ni perdón, el de nuestros derechos tan humanos, el de nuestros derechos tan sociales, el del amor al próximo prójimo y del odio a los Bestiales y esbirros, el de verdad, el que nos haría asaltar todo cielo, el que regalaría flores por la mañana y comida calentita y mantas por la noche, el del trabajo creativo y justo, aquel del futuro esplendor y no esta fotocopia infeliz del edén que nos venden en incómodas cuotas mensuales de dinero plástico y tasas de interés.

El 6 de Octubre Cronopio salió temprano, a mirar la Avenida vacía, llena de tarros de cerveza y botellas vacías. Los diarios anunciaban en grandes titulares el triunfo del pueblo. “Corrió solo y salió segundo” Cronopio lloraba de alegría, abrazaba al primer transeúnte, al segundo, al tercero, al carnicero y al de las verduras, al de los cigarros sueltos y al de pollo con papas fritas, al filudo y blanco vendedor de ataúdes de la esquina, y a la señora de las cebollas en escabeche y las ensaladas en bolsitas. Cronopio lloraba de alegría, esa alegría que había llegado en la misma fecha de la muerte de Miguel en Santa Fe, 14 años después. Cronopio compró el diario y un cigarro suelto que chupó y rechupó hasta al fondo, haciéndose doler la resaca de la noche de la espera frente a una radio a pilas. Se sentó en una banca de piedra, frente a la Avenida y comenzó a leer y a mirar las fotos una por una, con detalle infinito.

En las páginas policiales, un homicidio, una violación, un robo con arma blanca, una muerte alcohólica en la Posta Central y allí chiquitita la noticia, en una esquina perdida del diario, casi cayéndose de la página roja, leyó: “El 5 de Octubre al anochecer, en pleno cerro Ñielol de Temuco, se encontraron los cuerpos mutilados de Araceli equis equis y Pablo zeta zeta, presuntos terroristas del Movimiento Tres Letras. Según fuentes bien informadas, los individuos ya identificados, tenían como objetivo poner un artefacto de gran poder explosivo en el edificio de la Intendencia. Se presume que el mal manejo de la bomba la hizo explotar antes de tiempo y así ambos extremistas perecieron en el acto sin poder cumplir la deleznable tarea.”
Cronopio ahora lloraba, pero no era de alegría. Mariposa, mariposita linda, qué mierda te hicieron estos conchasdesumadre. Pablo, Pablo y tú bicicleta y tu música reventada en la vereda. Y las cartas a la niña y el amor de madrugada, cuando ella me besaba como en Rayuela en la plaza de las palmeras, frente al edificio en ruinas y entre los balcones desprendiéndose de las fachadas, me besaba, y sus ojos marchitándose al sol, me besaba, y la marcha de los obreros y estudiantes, más de cinco mil entre banderas de luto y esperanza. Y “las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.” [19]

Cronopio lloraba, mientras él junto a su Pablo, su lindo Pablo recorren en bicicleta la pobla de basura húmeda mientras los cabros pitean en las esquinas del barrio y el Pablo saluda alegre y pedalea y pedalea una ruta distinta día a día por esas calles de silencio. “Silencio de calles vacías,/ silencio de campo santo,/ silencio de bocas,/ silencio de miradas,/ silencio en Santiago,/ cascos y metrallas/ 18 mil rostros de la Bestia/ que se llevan a un hermano/ para darle eterno silencio”.

Cronopio caminó lento esa mañana, con rabia recordando la Marcha de la Bronca y de la Fe, de Los Abuelos de la Nada: “Bronca por que matan con descaro pero nunca nada queda claro, bronca porque está prohibido todo, hasta lo que haré lo de cualquier modo. Bronca porque no se paga fianza si nos encarcelan la esperanza”.

Y con el diario bajo el brazo y el pucho a medio terminar, miró por si venía algún auto por la Avenida sola, pateó la única piedra sola y vomitó sobre la única rosa roja sola del barrio.


6.- Todos mis hermanos de la vida y de la muerte


A veinte años de todo lo contado, de la pequeña historia de mi generación horrorizada, pienso que será de todos ellos en esta “ciudad que no es la misma, que no es la que quisimos compartir…”. Lloro un poco pero de los ojos para adentro. Este sillón me clava la espalda, pensando en Araceli, “mira niñita ay te voy a llevar a ver la luna brillando en el mar”, y veo a Alejandra por el ventanal, escuchando a Santiago del Nuevo extremo “ Cuenta, si es tan duro cargar en los hombros el peso de un día, y de noche, jugar el sudor de vertiente sedienta en amante reposo, dime si con esas proezas gigantes acortas la espera, si esperanza, te refresca, para armarte de un poco de sueños para el otro día”..Y veo el enorme nuevo mar que le he regalado, “mira hacia el cielo y olvida ese lánguido temor que fue permanente emoción” y sé que todo esto es una vuelta de mano al mundo de ayer. Araceli ya no está, ellos ya no están, todos han volado al espacio de las estrellas, todos se han convertido en el graznido de los cuervos, todos son espigas de oro brillando en un firmamento azul y negro.

Y yo le he dado una vuelta de mano al mundo de ayer. Todos ellos son Alejandra, todas ellas, son Alejandra, todas ellas son nuestros hijos e hijas, todos ellos son Alejandra. Eduardo que cuelga de un árbol en los cerros de un cerro. El Chico muerto en el basural de la vida, la Cecilia perdonada y su nuevo viejo amor, todos son Alejandra, la Chica esotérica y aquel verdadero Pedro, todos son Alejandra, la muchacha del número ocho y la pequeña niña muerta en Villa Alemana, y el que se fue para siempre deste paisito y los amigos con Sida, la que puso un café alternativo y los que se han quedado en el bosque de mermeladas, los que violaron a su mujer en una noche de niebla, los que se han quedado mirando el árbol del paraíso, todos son Alejandra. Los que como el desesperado, recibieron las ráfagas de metralla de la gope-demokracia, los que esperaron la alegría abrazándose eternamente en la Panamericana entre banderas, los rockeros que pateaban piedras, los poetas psicóticos y los poetas neuróticos, los que quisieron arribar y arribar después de años de miseria, todos son Alejandra. Los que fueron atropellados y desfigurados y destalonados, los que se neo liberalizaron, los que se creyeron bacanes por pertenecer al nuevo estado, los que se quedaron en el barrio y que siguieron austeros, todos, todos son Alejandra.

Y ahora miro el mar en esta playa de pisadas delgadas de gaviotas, mientras la mujer ríe y ríe junto con los hijos, con la risa de todos, con los dientes afilados de todos los muertos muertos y de todos los muertos vivos de ayer y de todos los que están por nacer y que serán los muertos del mañana. En fin, de todos los democráticos populares, es decir de todos mis hermanos de la vida y de la muerte.


Notas:

[1]Paul Valery. “El cementerio marino. Alianza.
[2] Carta de Araceli Romo, militante clandestina del MIR a su hija Marcelita. Década de los ’80, Chile.
[3] Los Cuatro de Chile.
[4] Santiago del Nuevo Extremo.
[5] Los Prisioneros.
[6] Presuntos Implicados.
[7] Franco Simone.
[8] Congreso.
[9] Rodrigo Lira.
[10] Los Jaivas.
[11] Raúl Zurita, de Canto a su Amor Desaparecido.
[12] Oscar Jofré, paráfrasis de El Caracol y Las Rosas, poesía poblacional, Peñalolén.
[13] Malú Urreola de La Esquina Fría, poesía poblacional, Conchalí.
[14] Malú Urreola de La Noche llueve Perros, poesía poblacional, Conchalí.
[15] Paráfrasis al poema Silencio de Hoy y Mañana de Ricardo.
[16] Santiago del Nuevo Extremo.
[17] Paráfrasis a una canción de Gervasio.
[18] Ibíd. 17.
[19] Julio Cortázar, Capítulo 7 de Rayuela.
Creado por fesalchain | 0 comentarios | 12/09/06 21:39

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