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El mundo de Juan

Se trata de una sociedad, a la que, según Juan, debemos evolucionar gracias a que la técnica, en estos momentos, nos lo permite. Prólogo a la primera parte

Pretendo que se conozca otra sociedad como yo la he conocido. Al principio la creía utópica pero es alcanzable. He procurado no manifestar inclinación ni partidismo alguno. Que cada cual saque sus conclusiones. Otros vendrán, si es que vienen, para teorizar y filosofar de la validez de esta sociedad.
A lo largo de esta primera parte de la historia, no he mencionado mi nombre en ningún caso. No hace falta. Por la misma razón, tampoco nombro el mundo donde existe esta sociedad. Los nombres de los personajes están adjudicados a los equivalentes fonéticos de nuestro país. Las costumbres, formas de vida y maneras de pensar de esta sociedad que puedan parecer comunes a las nuestras, están reflejadas así para su mejor entendimiento.
Me consta que, Juan y su mundo, aportan algunas innovaciones técnicas a las personas que ellos consideran adecuadas. No quieren acelerar el proceso de nuestra evolución pero sí que están dispuestos a colaborar.


Dedico esta primera parte a toda la humanidad.


Gerhard Enkel



CAPÍTULO I

Le conocí en un día de octubre cuando empezaba a caer la tarde. Yo estaba entrenando al tenis en la pista del club. Practicaba el servicio en solitario porque mi habitual compañero me había fallado. Él me miraba a través de la valla algo desmadejado, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Le invité a jugar y accedió.
Pasó a la cancha con una bolsa menuda y empezó a sacar sus cosas. Pensé que le iba a tener que prestar una raqueta porque no veía que trajera nada parecido, pero se puso a dar vueltas al extremo de un utensilio de los que había sacado de la bolsa y poco a poco se convirtió en raqueta. A pesar de mí asombro no dije nada y después de colocarse en el campo contrario nos pusimos a pelotear.
Sus desplazamientos y movimientos eran lentos pero sus golpes con aquella raqueta tenían tal contundencia que yo me las veía mal para llegar a ellos. La pelota salía despedida como una bala sin casi ruido de impacto.
Después de hora y media de correr decidimos dejarlo y nos dirigimos a las duchas. Por el camino, pues los vestuarios estaban algo apartados de las pistas, no pude por menos y le pedí que me dejara observar su curiosa raqueta, la cual, había vuelto a reducir al tamaño de un bastón de sesenta centímetros. Hice girar a rosca la empuñadura y la pala se iba abriendo haciendo estirar una membrana con protuberancias repartidas por toda su superficie, anverso y reverso. Golpeé contra la palma de mi mano izquierda para comprobar la firmeza del golpe y observé la rigidez y al mismo tiempo la flexibilidad de la membrana. ¡En mi vida había visto cosa igual!
-¿Dónde has conseguido esto? – Le pregunté.
- No es de tu mundo – farfulló.
Hasta ese momento sólo había pronunciado palabras sueltas mientras jugábamos como: ¡bien!, ¡Vale!, ¡Toma!, Pero esa fue su primera frase y la verdad, no tenía una voz muy corriente. Le miré interrogante sin detener el paso y dije:
- ¿Cómo dices?
- Te parezco raro, ¿verdad?
- No - Le dije por educación, a pesar que en realidad me lo parecía.
- En realidad todos somos un poco raros. – Me contestó sin creérselo - Sólo son normales las personas que no se conocen porque en cuanto se conocen, se les empiezan a ver defectillos y es entonces cuando les llamamos raros. Pero en este caso, es cierto que soy raro. ¿Acaso has visto una raqueta igual?
- No, pero vamos, con las nuevas tecnologías que hay, podía ser el último grito en raquetas. Pero sí, la verdad es que es muy rara.
- No encontrarás nada parecido. Estos materiales todavía no los habéis descubierto, aunque os falta poco para ello. En realidad todo ha sido un pretexto para entablar conversación. Según vuestras costumbres no os fiáis de los extraños y para entrar en un círculo de amistades es necesario que alguien té presente. El deporte es una de las actividades más nobles que tenéis y de la que os podéis sentir orgullosos. Los títulos que otorga el deporte son válidos para entrar en cualquier círculo de vuestra sociedad, sea cual sea la condición o raza del deportista. Sin embargo, lo estáis corrompiendo y convirtiendo en asunto de riqueza.
Después de esta parrafada, yo no sabía si estirarme o encogerme, sentirme aplaudido como practicante de un deporte o rechazado por ser de un mundo así. Se me debió de quedar cara de lelo, de tal manera, que el sujeto en cuestión viendo el paso libre tiró para delante y dijo:
- Soy lo que vosotros llamáis historiador. He venido para aprender de vuestro mundo y corroborar así, todos o casi todos los pasos de nuestra historia. Para comprobar las diferentes teorías sobre las posibilidades de evolución de un mundo primitivo como el vuestro a un mundo altamente desarrollado como el nuestro...
El hombre, por llamarlo de alguna manera, siguió hablando pero yo ya no le oía. No sabía que pensar. Así como así, se me presentaba un fulano que me dice que es de otro mundo y se queda tan tranquilo. No se daba cuenta lo atónito que yo estaba. Claro, como se la iba a dar si, según él, no era de este mundo. Mis piernas, que no mí cerebro, nos llevaron mecánicamente hasta las duchas; y digo mis piernas porque las suyas sólo me seguían. Allí, dudé en quitarme la ropa ante un fulano que estaba grillado y de nuevo conecté mi oído, desconectando mis pensamientos.
-...Imagino, que estarás pensando que me he escapado de uno de esos sitios que llaman manicomios. Puedes estar tranquilo, en todo caso, tú mismo has comprobado que no soy un loco peligroso y que con seguirme la corriente basta. Dúchate sin temor que yo espero afuera. Nosotros no sudamos, como puedes comprobar, sin embargo, eliminamos toxinas y sales, vía intestinal, las cuales debemos reponer. Cuando acabes, si quieres, tomamos algo en ese bar que he visto al pasar.
-¡Ah! Bien, de acuerdo - Le contesté.
Mientras me duchaba, ya más relajado, analicé la situación y descarté la idea de marcharme sin decirle nada. Al fin y al cabo, como él decía, no me había dado motivos para temerle. Por otra parte hablaba con calma y lo que decía, aunque a mí me pareciera extraño, realmente no lo sería si fuera verdad. Ultimamente se estaban dando casos de contactos con seres de otros mundos. ¿Por qué no iba a ser este uno de ellos? Pero, ¿Que me pasara a mí? La verdad, siempre había creído que esas cosas les pasaban a otros. Acabé de ducharme y vestirme para lo cual me tomé mi tiempo a causa de estas divagaciones y salí más dispuesto y sereno, total, el extraño no medía más de metro y medio.
Me estaba esperando pacientemente paseando sobre la hierba del campo de fútbol. Cuando me vio, se acercó a mí y con una seña le indiqué desandar el camino hasta el bar que dejamos atrás. Lentamente, sin hablar, caminamos uno al lado del otro esperando que alguien rompiera el hielo. Llegamos al local, dimos las buenas tardes y pedí un café con leche. Mi compañero pidió agua y nos sentamos en una mesa de la terraza que, aunque hacía buena temperatura, por esas fechas estaba desierta. Cuando nos sirvieron, escanció agua en el vaso y sacó de un bolsillo un tubo parecido a los antiguos de aspirina y echó una pastilla. El agua se tornó de color azul verdoso al instante. Esperó unos segundos y bebió de un trago el contenido. Volvió a echar de la botella al vaso y esperó. Echó su reducido cuerpo hacia atrás apoyándose cómodamente en el respaldo de la silla y dijo:
- Son vitaminas y sales minerales. Un complejo vitamínico, como decís vosotros.
- Bueno... No vendréis a invadirnos, ¿verdad? – Pregunté sin saber por qué.
- Ni mucho menos. Nada nos mueve a ello. Hace muchos siglos que nosotros comprendimos la inutilidad de las guerras. A lo más que llegaríamos sería a un intercambio de culturas. Cambiando de tema y para empezar a instruirte, habrás observado que me expreso prácticamente como uno de vosotros. En mi odisea espacial he recabado cuantiosa información de vuestro léxico y costumbres, lo hemos procesado, y automáticamente cuando hablo en mi idioma, este aparato que tengo instalado en la boca habla por mí. Por eso notarás que mi voz es algo diferente sin saber exactamente en qué. Todo lo que ves en mí es un disfraz, un envoltorio para parecerme a vosotros y no tener problemas que puedan alterar mis estudios sobre vuestro planeta.
Llevo veinte años analizando el porqué tenéis una civilización tan poco evolucionada. Nosotros estamos mucho más avanzados con menos tiempo de vida que vosotros. Se podría decir que existe más diferencia que la que vosotros tenéis con respecto a las tribus del Amazonas. No me refiero al retraso tecnológico, que es tangible, sino al social. He llegado a conclusiones evidentes que te iré indicando poco a poco.
- ¿Tan retrasados estamos? – Pregunté perplejo.
- Pues sí. La primera de todas las causas de vuestro retraso social es que en nuestro mundo, no se dividió el planeta en continentes aislados como vuestro Pangea, por coincidir con los términos que utilizáis. De esa manera, vosotros, durante siglos, las costumbres, tabúes, religiones, razas, catástrofes, etc., fueron evolucionando de manera diferente y os resultó imposible comunicaros. Nuestro planeta, ligeramente más pequeño, no se dividió, se fue estrechando la tierra por el centro. Para que lo entiendas gráficamente, algo parecido a como están confeccionadas vuestras pelotas de tenis; una napa de la pelota es tierra firme y la otra agua. Pero siempre estuvimos comunicados y no hubo diferencias grandes de cultura. Ahora, gracias a los medios de comunicación actuales, vosotros lo estáis también y podéis avanzar. Por eso estoy aquí.
La segunda causa es que nuestra especie es distinta. Nosotros no somos mamíferos, somos ovíparos, lo cual es otra ventaja con respecto a vosotros. Que ¿por qué? Muy sencillo, un huevo se pone y deja a la hembra con las mismas posibilidades físicas que a los machos, sin problemas de embarazo. Problemas que tienen vuestras mujeres, acrecentados socialmente, en la competencia del mercado laboral y en cualquier tipo de competencia. Esa ha sido la principal causa de la diferencia evolutiva entre hombres y mujeres y de que la mujer tenga que luchar por sus derechos e igualdades. Lucha vana por otro lado, ya que estos objetivos no se consiguen luchando, sino que es necesario el momento y las circunstancias adecuadas para que estos cambios se produzcan. Pero ese tiempo está por llegar; mientras tanto, solamente se consigue agravar la situación.
- ¿Quieres decir que los esfuerzos que hace la gente por reivindicar sus derechos no sirven de nada?
- De muy poco si se hace a destiempo. De nada le sirve al hijo pedir al padre una cosa que este no le puede dar. De nada sirve arrancar la fruta del árbol si aún no está madura. Como de nada le sirvió a Leonardo de Vinci querer volar si todavía no estaba descubierto el motor de explosión ni los materiales plásticos. No es la fecha del calendario la que hace madurar el fruto sino la benignidad del tiempo con su lluvia y su sol. En cualquier caso, sólo hay que esperar...
- Lo lógico, - interrumpí, - es que si existe una injusticia, se luche contra ella, digo yo.
- Como dijo vuestro Erasmo de Rótterdam, “Más vale una paz desventajosa que la guerra más justa“. Las conquistas que se hacen en la paz, son las más firmes y duraderas. Consiguió más, Henry Ford, subiendo los salarios a sus empleados para convertirlos en clientes, que todos los movimientos obreros juntos. Su objetivo fue crear mercado y lo consiguió. Pero sin pretenderlo, también consiguió aumentar el nivel de vida de sus empleados. Poco a poco, los demás tuvieron que hacer lo mismo. Sin darse cuenta, copió de la naturaleza. El océano cede por evaporación sus aguas para que estas en forma de lluvia o nieve rieguen las montañas. Las montañas a su vez filtran el agua a los manantiales, estos forman los ríos que fertilizan las tierras y se vierten a los mares y estos a su vez a los océanos formando así el ciclo de equilibrio. Si el océano no cediera sus aguas, a él no llegaría nueva agua oxigenada, con lo que la suya se acabaría contaminando. El océano no va a ser ni más ni menos grande, tanto si cede como si no cede sus aguas, pero si cede, en sus aguas habrá vida y por él vivirán los demás. Con el capital ocurre lo mismo, no se consigue nada con que esté todo en un baúl, debe haber un lógico ciclo mercantil.
- Y ¿por qué no hacen eso todos los gobiernos?
- Lo hacen con cuentagotas y sin éxito. Paradójicamente, se enseña al pueblo la igualdad de derechos, pero luego no existe la posibilidad de ejercerlos, porque no existe la igualdad de oportunidades en una vigente filosofía de libre competencia. Los problemas que causan la gran mayoría de ciudadanos en precario, son más devastadores que el sufragio que se les otorga para que estén tranquilos y no den problemas, y, puesto que se les otorga por caridad, se acepta con humillación. Así dicho, es muy difícil que lo entiendas. Tendrías que conocer la historia de mi mundo. Pero eso será otro día que hoy ya se va haciendo tarde.
Echó de nuevo otra pastilla en el vaso.
- Pues sí, ya es tarde. – Respondí yo - ¿Y cuándo será ese día?
- No te preocupes, será ocasionalmente como hoy, pero será. Yo vendré por aquí un día que te falle el contrario y echaremos un partido. Muchas gracias por la invitación.
Después de decir esto se bebió el contenido del vaso, se levantó, me dio la mano, cogió sus bártulos y se marchó.
- ¡Oye! ¿Cómo te llamas? – Le pregunté alzando la voz, antes de perderle de vista.
- ¡Llámame Juan!

Me quedé un rato más en la terraza del bar. Su manera de hablar con tanta seguridad y reprobación me dejó obnubilado. ¿Qué se había creído ese? Pasaron bastantes días hasta que volví a verle. Ya pensaba que todo se había tratado de una tomadura de pelo o de un desquiciado de esos adulterados por el estudio que vivía en su mundo particular. No lo comenté con nadie por temor a la burla. De hecho ya tenía el asunto olvidado cuando otra tarde de esas espléndidas del mes de Noviembre, se presentó de la misma forma que la anterior. Jugamos, me duché y ya en la terraza con las mismas bebidas e idénticos rituales, me preguntó:
- Qué, ¿cómo has asimilado esta experiencia?
Estuvimos charlando tranquilamente. Yo le dije que no sabía a que atenerme y después le pregunté todo lo que mi curiosidad creía importante, por su nave, dónde vivía, su familia, cuánto tiempo estarían aquí, en fin, por todas aquellas cosas que queremos saber de los demás para hacernos una composición de lugar y situar a las personas en la casilla correspondiente. Como él mismo me hizo ver: “Todas aquellas preguntas que denotan desconfianza“. En cambio, él me preguntaba por puntos de vista, actitudes en la vida, mi estado de ánimo. Todas aquellas cosas que indicaban la posición más o menos satisfactoria ante la vida. Como su cara era inexpresiva, no sabía si aprobaba o no lo que yo le respondía, solamente podía saberlo por sus palabras. Acabó diciendo:
- Los animales son más felices que vosotros con todo lo elemental que sea su vida. Habéis equivocado el rumbo. Tecnológicamente estáis avanzando más rápidamente que socialmente y vuestros sentimientos están peleando entre lo que la tecnología requiere y lo que vuestra estructura orgánica precisa. En estas circunstancias padeceréis ciclos de involución, es decir, de retroceso social después del avance, hasta que el equilibrio, tecnología-persona, llegue. Pero no maldigáis a la tecnología, ella os sacará del aprieto, siempre y cuando sepáis en que momento del ciclo os encontréis. De nada sirvió la revolución bolchevique porque no reuníais las condiciones básicas para que ésta tuviera éxito. No puede impartirse por decreto, ni la igualdad ni nada, por bueno que esto parezca, La igualdad total no existe, por la sencilla razón de que no todos tenemos las mismas necesidades, como no debe existir igualdad en el trato de los hijos si estos requieren de cosas distintas. Aquello en que se es igual se debe poseer sin impartirlo, en ningún caso se debe conceder ni arrebatar, pero esto debe ser asumido por todos. La cuestión es: ¿De qué manera lo podéis asumir todos, sin que haya menosprecio de unas clases a otras? Esa y otras respuestas las encontrarías si visitaras nuestro mundo. Verías cómo vivimos nosotros, cómo se desenvuelve nuestra sociedad, sin violencia, ni desprecios, la armonía que hemos logrado; cómo hemos evitado la lucha estúpida por ser más que los demás; las envidias que esto conlleva; cómo hemos llegado a trabajar por gusto y no por obligación. Estáis a suficiente nivel tecnológico como para conseguirlo pero aún tendrán que pasar varias de vuestras generaciones. Unos trescientos años según mis cálculos... Tú verás... Si quieres, piénsalo y la próxima vez hacemos planes.
- Por qué no os encargáis vosotros de dirigir y formar esa sociedad que aúna tecnología y vida - le pregunté.
- Tenéis que ser vosotros mismos. – Me respondió - No admitiríais a nadie ajeno a vuestra misma condición, como no admitís a nadie que organice vuestras casas y vuestra vida privada. Cualquier problemilla sería insalvable. Como verás, me expreso como lo hacéis vosotros, así no hay malos entendidos.

Dicho esto, se levantó, me saludó y se despidió de mí hasta otro día en el que me fallara el contrario. Pasaron semanas sin verle. Se conoce que me estaba dando tiempo para pensarlo. Ciertamente lo había pensado. Unas veces lo admitía y otras lo desechaba, según el día que hubiera tenido. La idea de marcharme a otro planeta me parecía descabellada, incluso me pellizcaba para ver si estaba soñando. Por otra parte si le dijera que sí, vería en que acababa todo esto, si es que era una broma pesada de esas de la tele. Pero a qué ton me iban a gastar a mí una broma. Anduve observando a mis compañeros de trabajo por si alguno se le escapaba una mera insinuación del tema pero nada. Llegue a desear que me fallara el contrario por ver si aparecía, cosa que normalmente me hubiera disgustado. Es curioso como las circunstancias hacen que las mismas cosas sean diferentes. Por fin, mi contrario falló. Juan se presentó como siempre, mientras yo me entrenaba. Todas las situaciones se volvieron a repetir y una vez en el bar, pero esta vez dentro, porque en la terraza hacía frío, me inquirió:
-¿Lo has pensado ya?
- Pues... no sé que decirte -, dudé – le veo muchos problemas al asunto.
- Como ¿cuáles?
- Pues hombre – empecé, - el trabajo, las amistades, la familia. ¿Qué les voy a decir? ¿Que me marcho a otro planeta? Me tomarían por loco.
- Muy sencillo. Pides la excedencia por un año o dos en la empresa donde trabajas; les dices a tus amigos y familiares que te vas de viaje por el mismo tiempo y cuando vuelvas se lo cuentas si quieres.
- Ya. Pero tendré que escribirles, llamarles de vez en cuando – dije yo con cara de circunstancias.
- Bueno, tú escribes las cartas y ya se las haremos llegar – repuso él.
- Sí, y las llamadas.
- Pues lo mismo. Alguno habrá por aquí de los nuestros que pueda conectar–. Y añadió– Tú por esas cosas no te preocupes, nos sobran medios.
- No sé, no sé... Y si vuelvo antes de los dos años... sin trabajo... sin dinero. De que voy a vivir – refutaba yo, rascándome la marcha atrás.
- Mira. - Me dijo muy serio – Si no quieres venir, yo no te voy a obligar. Me he dirigido a ti, porque, como ya te he dicho, eres deportista, además eres soltero y a nadie tienes que dar cuentas puesto que vives sólo y hace años que no escribes una carta. Y si haces llamadas son para ahorrarte el visitar a tu familia. Pero si lo que te preocupa es el dinero... ¡Toma!
Juan metió la mano en un lateral de su bolsa y de ella sacó un fajo de billetes de quinientos euros que me extendió.
- No... Bueno... A ver si me entiendes. No es una cosa que se decida así como así, ten en cuenta que no se va a otros mundos todos los días. Además... no acabo de creérmelo.
- Ni te lo creerás nunca por más que lo pienses. Estas cosas se hacen sin pensar. Acaso es el pensamiento el que hace creer en Dios con todos sus grandes misterios o es la Fe movida por los sentimientos. Hay muchas cosas que tu sociedad dice, léase médicos, políticos, etc., que tú desconoces y sin embargo crees porque confías en ellos. Es el sentimiento de confianza el que hace creer, cosa que evidentemente tú no tienes en mí y que yo no te reprocho, pero eso es lo que tendrás que hacer, confiar en mí. Pon en una balanza lo que tienes y en otra lo que te ofrezco. Te doy este dinero a cambio de nada, sólo quiero que veas mi desinterés y lo único que persigo es calmar los miedos económicos que me has expuesto. Si tienes otros miedos dímelos y trataré de evitártelos.

No era fácil convencerle, más bien, me convenció a mí. Hablaba y hablaba y todos mis argumentos eran inútiles. Por fin, le dije que sí en uno de esos actos heroicos que se tienen en la vida y en los que se es, casi siempre, aunque no fue este el caso, un irresponsable.

CAPÍTULO II


Habíamos quedado en un lugar alejado de la ciudad. Hacía una noche primaveral aunque estabamos en invierno. Me desplacé al lugar al que llamábamos cerro de San Jerónimo en un taxi. Dada la larga ausencia que me esperaba, todas mis pertenencias, incluidos el coche y el piso, se las había encomendado a un amigo en la condición de que fueran suyas si no regresaba ni tenía noticias mías en el plazo de dos años el coche y de diez años el piso.
Ya me empezaba a arrepentir de la decisión tomada cuando Juan apareció por detrás de mí sin hacer ruido. Nos saludamos brevemente y me llevó por un sendero hasta unos matorrales que apartó dejando ver una piedra la cual desplazó para accionar un mando. Una superficie de unos dos metros cuadrados descendió con nosotros y los arbustos encima hasta una profundidad de tres metros. Al cabo de los cuales, se detuvo el descenso dando paso a unas escaleras que seguían descendiendo. Después nos introdujimos por varios pasillos hasta llegar a una gran sala repleta de aparatos y pantallas iluminadas. En la sala, había varias personas con el mismo aspecto que mi amigo Juan, unas sentadas, otras de pie y otras de acá para allá llevando y manipulando chismes.
Los que allí estaban, seguían a lo suyo como si yo no hubiera hecho acto de presencia. Juan se dirigió a ellos en unos sonidos extraños, después me llevó a otra sala en las que estaban agrupadas varias cabinas transparentes ligeramente inclinadas con respecto al suelo. Me indicó que me tumbara en una especie de mesa por donde después pasó en torno de mí un anillo. Acto seguido me dio a beber un líquido incoloro en un recipiente metálico al tiempo que me decía:
- Toma, bebe esto. Te hará entrar en un letargo para el viaje. Te hemos hecho un reconocimiento total de tu estado físico, anotando tus constantes vitales para en el caso de que estas se alteren restablecerlas a sus parámetros normales.
Lo bebí, y del viaje no sé nada.

Desperté con una placidez que no había sentido nunca al despertarme. Una claridad suave impedía que mis ojos notasen el cambio. Miré a mí alrededor y no vi a nadie. En ese momento empezaron a aparecer personas como las que había visto en la otra sala cuando entré, Juan entre ellas. Otra vez me hicieron pasar por el interior del anillo. Estuvieron mirando en unas pantallas y seguidamente me engarzaron en la oreja izquierda un aparato a modo de audífono del cual salía un delgado tubo que me imaginé sería el micrófono. Después Juan vino hacia mí y me dijo:
- Todo está normal en tu organismo, puedes estar tranquilo. Como has observado, te hemos puesto una réplica del aparato que yo tenía en vuestro mundo para que puedas desenvolverte tú solo y entiendas todo lo que decimos. Tu voz será modulada automáticamente a nuestros sonidos. A continuación te pondré un poco al corriente de todo lo que vayas viendo y te vaya sorprendiendo. Puedes hacer todas las preguntas que quieras sin ningún prejuicio. Vamos, te llevaré a dar una vuelta por ahí. ¡Ah! Quítate la ropa que aquí no te va a hacer falta.
Me levanté de la mesa del anillo y le seguí.
- Cuando crucemos ese arco y a partir de ahora, nos verás tal cual somos, sin el disfraz que hemos tenido la precaución de mantener para que no te asustaras al despertar del viaje.
- Entonces... ¿Ya estamos en tu mundo?- Pregunté yo.
- Así es. Ahora me voy a quitar el disfraz.
Se introdujo en una especie de cabina circular transparente a manera de ducha que empezó a destellar luces de diferentes colores. Poco a poco, Juan se iba transformando en otro ser.
Cuando salió de la cabina, su cuerpo era gris oscuro, cubierto con una especie de pelopluma muy fino. Sus medidas eran las mismas pero su forma completamente diferente. Los ojos redondos, de un solo color, siempre abiertos a causa del párpado transparente que se desplazaba horizontalmente. La cabeza algo ovalada con el cráneo hacia atrás. Las orejas eran como botones amarillos pegados que se movían con pequeñas palpitaciones. La boca era más bien como conchas anchas y poco salientes, también amarillas. En la concha superior estaban ubicados dos agujeros de medio centímetro con una membrana que se abría y cerraba al ritmo de su respiración. Las manos más o menos como las nuestras, sin pelo, pero con cuatro dedos y más finas. De los antebrazos le salía una especie de membrana de plumas largas que se prolongaba hasta el cuerpo a la altura de la cintura. No tenía sexo o por lo menos yo no lo veía camuflado entre el tupido vello. Los pies con tres dedos cortos delanteros y otro más fuerte que hacía de talón. No parecía tener grandes músculos, pero sí largos y marcados. La caja torácica estrecha pero dilatada hacia delante. En proporción las piernas eran más largas que los brazos y tenían más distancia de la rodilla a los pies que de esta al cuerpo. En conjunto era un hombre deforme pero no excesivamente.
Juan esperó mi atenta observación al tiempo que se giraba para que lo pudiera ver en toda su magnitud.
- ¿Te asusto? - Preguntó
- No mucho. He visto bichos peores. Por lo menos más peligrosos, con grandes dientes y garras.
- Me alegro de que te lo tomes así y como imagino que tendrás hambre, te llevaré a comer.
Salimos al exterior del edificio bordeándole por un pasillo que daba a unas escaleras para comunicarse con el otro piso y así tres veces hasta que llegamos a la planta baja. El paisaje me impresionó de tal manera que sentí de verdad que estaba en otro mundo. Aunque el cielo era azul como el nuestro, los edificios no tenían nada que ver con los que estaba acostumbrado a ver. Casi todos eran circulares en lugar de cuadrados, bajos en lugar de altos, elevados del suelo como a tres metros en vez de amarrados a él. Los tejados en forma de cúpulas o conos transparentes. Las paredes abiertas de arriba abajo por tramos a modo de grandes ventanales. Eran edificios de dos o tres alturas con balconcillo a todo alrededor de cada piso. El agua circulaba en canales por su propio carril. Unas veces paralelo a las calles, otras, cruzando por debajo de esta, otras por encima; limpia y transparente llena de peces de diversos colores. Sin postes de alumbrado, ni semáforos, ni ruidos, ni polución.
- Observarás que las casas son completamente diferentes a las vuestras – Dijo Juan, adivinando mis pensamientos – Tenéis al Sol como fuente de energía y la desaprovecháis quemando restos fósiles mal empleados. Nosotros hacemos girar la casa para que toda ella sea bañada por los rayos solares. Para ello, está levantada del suelo, apoyada en un pilar que sirve de eje de giro y rueda sobre los muros circulares que hay en la planta baja y que a la vez sirve de aparcamiento. Tú no aprecias que gira porque el giro es muy lento, pero existe. Cuatro veces diarias. Lo único que permanece fijo son las escaleras de acceso y los muros del parking. Así, aparte de que todos los vecinos disfrutan del mismo paisaje, toda la casa se calienta por igual. Una lección que nos dan las plantas. Se orientan al Sol, fuente de vida y salud. El movimiento en el interior de las casas es imperceptible. Al mismo tiempo impide que el sistema acomodaticio que tenemos los organismos, nos haga caer en la costumbre y por tanto en el aburrimiento, la apatía, el tedio… En suma, la monotonía que activa la perdida de interés en todo aquello que se hace frecuentemente. El giro de la casa, por ejemplo, hace que cada vez que salimos de ella, tengamos que reflexionar en que lugar está la salida. Lo ideal es no hacer sistemáticamente las cosas de manera mecánica, salvo aquellas en la que es necesario utilizar las neuronas para un mejor entendimiento como es el habla, el andar, tocar un instrumento y todos los movimientos psicomotrices. Pero no para decir lo mismo a diario ni para dar los mismos pasos. Muchos de vuestros accidentes de tráfico son provocados porque utilizáis el mismo vehículo, el mismo camino, las mismas horas, el mismo trabajo, la misma comida…
A medida que me iba hablando llegamos a la planta baja. Debajo del edificio como había dicho Juan había un pequeño parking donde estaban estacionados unos vehículos pequeños de dos plazas. Juan abrió el que estaba más cerca. Nos instalamos en su interior y pulsó sobre una pantalla en la que apareció una especie de plano esquemático. El vehículo comenzó a rodar él solo a pesar de que tenía volante y Juan no lo utilizaba.
- Estos coches como los llamáis vosotros, han eliminado la contaminación en las ciudades. También hay coches con otros combustibles, pero se utilizan en obras de ingeniería, minería, grandes transportes y en determinadas actividades, como por ejemplo el deporte.
- ¿Están prohibidos en la ciudad? - Pregunte yo.
- No es que se prohiban, es que no tiene sentido el utilizarlos en ella. Es como si me dijeras que por vuestras calles estuviera prohibido el elefante como medio de transporte. Naturalmente que no. Simplemente se cambian los enfoques de las cosas. Me explicaré: Vosotros construís las ciudades con calles largas y anchas porque las diseñáis enfocadas a las necesidades de los coches, no de sus habitantes. Empleáis gran parte del terreno en calzadas en lugar de jardines. Habéis hecho que el coche sea el motivo principal sobre el que se basan todas las cosas. Industria, economía, placer, lujo... Basar en un objeto, sea el que fuere, el sentido de vivir, es poco menos que antinatural. Es verdad que las distancias se hacen más cortas con un vehículo y que eso se traduce en tiempo y éste en dinero. La rapidez en el trabajo vosotros sólo la justificáis porque existe la competencia y es menester llegar los primeros. Si la competencia no existe, la rapidez no tiene razón de ser, salvo en los casos de vida o muerte. Hemos comprobado que la velocidad en cualquier faceta, acorta la vida o cuando menos la desvirtúa. Razón por la cual, hace que el enfoque sea distinto. Referente a las prohibiciones, nosotros sólo tenemos un acuerdo constitucional a respetar: la ausencia de propiedad, pero hasta sus últimas consecuencias. Nada es de nadie y todo es de todos. Por tanto, el dinero no existe. Ya iremos hablando de ello.
- ¿Puede utilizarlos aquel que le apetezca, sin llave, ni nada?
- Efectivamente. Es como si vosotros, en vuestro mundo, pudierais introducir por una ranura, la tarjeta de crédito magnética donde poder cargarte el gasto. Estos coches están al servicio del que los necesite. Son de la comunidad.
- Pero estos coches – Argüí yo - están expuestos al robo, maltrato, especulación, en fin a todo.
- Escucha. – Me dijo serenamente - Sólo hay tres razones para robar y aunque parezca que hay más, se basan en estas: Necesidad, enfermedad y negocio. La primera está clara. El que tiene necesidad se arriesga a ser castigado, como ocurre en vuestro mundo. La segunda también: aquel que por melomanía tiene el placer de robar porque quiere lo que no es suyo. Y la tercera: aquel que pretende lucrarse vendiendo lo robado. Si en cualquiera de los casos se elimina lo que hace que algo se convierta en robo, se elimina el problema. Es decir, si el coche no es de nadie o es de todos. Nadie roba lo que es suyo. ¿Qué necesidad hay de robar si es tuyo?, ¿A quién se roba si no es de nadie?, ¿A quién se vende si es de todos?
- ¿Y los gamberros? – Dije yo - Rompen sin motivo ni razón lo que es para el servicio de todos, incluso para su servicio.
- No es cierto, vuestros gamberros hacen esas cosas para manifestar su rebeldía a los sistemas que les excluyen. En general, los gamberros suelen ser jóvenes que todavía no participan de alguna manera en la sociedad. Siempre hay motivos o razones aunque estas estén equivocadas. Si los gamberros no son jóvenes es que son enfermos y no han encontrado a su edad algo que les dignifique. Por consiguiente, algo les falta para estar integrados en la sociedad y ser normales.
- En cualquier caso, ¿No es mejor para la comunidad utilizar los transportes colectivos? – Pregunté yo.
- Evidentemente, pero para los desplazamientos largos entre ciudades o pueblos. No en distancias cortas que incluso pueden estar fuera del obligado itinerario del transporte colectivo. Observa que hay muchas líneas de autobuses en vuestras ciudades que casi siempre van vacíos. El gasto necesario para proporcionar a una comunidad algo numerosa, una flota de vehículos de transporte colectivo, sería mucho mayor y menos práctica que la de abastecer de la flota necesaria de pequeños vehículos como este para ser utilizados a discreción.
- Eso no puede ser. – Dije yo – Se necesitaría un coche por persona para que en cualquier momento hubiera alguno disponible. En horas punta no habría coches para todos. No digo ya, si es un caso de emergencia y no tienes uno a mano. Aparte que la comodidad e independencia que da un coche particular no la tendrías con un número limitado de coches.
- Vamos a ver, - comenzó Juan - por puntos. Primero: Eso que dices que es necesario un coche por persona, no es correcto. No tienes más que subir en un helicóptero a una cierta altura en la que se divise una panorámica de cualquiera de vuestras ciudades y podrás comprobar que la mayor parte de los coches están aparcados y sólo unos pocos, en comparación, son los que están circulando. Segundo: En horas punta, problema que tenéis vosotros pero no nosotros y del que hablaremos luego, bien podéis abastecer del número adecuado de vehículos necesarios en esos casos, allá donde se fueran a utilizar. Es como si ahora mismo no hubiera habido un coche a nuestra disposición. En ese caso, yo habría llamado a la central que organiza el reparto de estos vehículos y en cinco o siete minutos nos habrían facilitado uno. Tercero: Comodidad e independencia la tendréis y mayor por la sencilla razón de que utilizas un vehículo sin tener las molestias que dan su atención y cuidado, mantenimiento, reparaciones, averías, garaje propio, problemas de aparcamiento ¿Cuántas veces tienes que dejar el coche lejos de donde quieres ir para luego volver a buscarlo y llevártelo a casa?, ¿Acaso no estoy más cómodo y libre con este sistema que me evita de todas las obligaciones que conlleva la propiedad de un coche? Por último, queda la emergencia. ¿No utilizáis las ambulancias en los casos de emergencia mejor que vuestros propios coches? Aquí habilitamos vehículos especiales para esos casos o para disminuidos físicos en mayor cantidad que vosotros.
- ¿Qué ibas a decir de las horas punta? – Pregunté yo, después de asentir repetidas veces con movimientos de cabeza a medida que él me iba exponiendo sus razones.
- Pues ese es otro tema del cual sois esclavos. Tenéis horas punta porque el sistema de trabajo así os lo impone. Días de fiesta, descanso establecido semanal, espectáculos masivos. Todo lo hacéis como si vuestro día tuviera ocho horas en lugar de veinticuatro, o como si la semana tuviera cinco días en lugar de siete, o como si hubiera dos días dedicados exclusivamente a la diversión o el descanso. En fin, habéis parcelado el tiempo haciendo coincidir fechas y horarios que provocan la conjunción de tareas y servicios en lo que llamáis horas punta.
- Pero eso es normal – Argüí yo – Es lógico que todo se planifique en el trabajo para conseguir mejores rendimientos. Que se reúna a la mayor cantidad de personas en un espectáculo para reducir el coste de la entrada. Que se viaje en grupo para economizar combustible. Hay espectáculos que solo se ofrecen una vez en la vida y que mucha gente quiere ver y no perdérselo. Una final de fútbol, un grupo musical en directo, una corrida de grandes maestros, son cosas que sólo puedes ver una vez en la vida y en ese momento.
- Es evidente que no tenemos la misma mentalidad – Sentenció Juan – Las masas son temibles aunque éstas sean de obispos. De hecho tenéis muchos problemas con ese tipo de espectáculos. Todo eso que ves normal, lo ves desde un prisma establecido como normal, cuando todo es obra de la especulación de los negociantes para conseguir riqueza, que es el objetivo que en general mueve a las personas de vuestro mundo. Existen medios para que esas cosas las puedan ver todo el mundo, bien es cierto que no en directo, aunque te aseguro que en muchos casos en directo se ven peor. Con nuestros medios podemos crear el ambiente del directo. Pero esa no es la cuestión. El espectáculo que se presenta como único, lo ha preparado así el empresario correspondiente para que sea único, y conociendo los gustos de la gente, reunir la mayor cantidad de dinero con el menor coste posible. Lo mismo ocurre con el trabajo, los viajes y cualquier otro tipo de negocio. Si no hubiera dinero de por medio, esos espectáculos masivos no existirían, y esa, y sólo esa, es la única razón de su existencia. Pero no confundas, de su existencia masiva, no de la existencia de espectáculos.
- Vienes a decir que todo se mueve por el dinero ¿No es cierto? – Dije yo.
- Exacto. Pero eso ya lo sabéis. Lo que no sabéis es como se puede mover el mundo sin él y a eso es a lo que has venido.
Juan hizo un alto en su conversación mientras el vehículo en el que nos desplazábamos se adentraba por las calles silenciosamente a una velocidad moderada pero lo suficientemente rápida. Las calles no tenían acera. Una raya amarilla pintada en el suelo era leída por los coches y delimitaba su zona de tránsito de la zona peatonal. Los habitantes cruzaban de una parte a otra por medio de pasarelas bellamente decoradas y profusamente distribuidas. En su parte alta y por las orillas del canal las gentes paseaban y charlaban por lo que yo pude entender con sus gestos y actitudes. Todo tipo de plantas asomaban y colgaban de las paredes y balcones de las casas llegando hasta el suelo y empalmando con las zonas ajardinadas que bordeaban las viviendas. Los jardines y vegetación formaban originales figuras de setos recortadas por gran número de lo que imaginé eran jardineros. Un habitante, joven por su aspecto, cruzó en grandes zancadas la calzada por donde circulaban los diferentes vehículos haciendo a estos reducir la velocidad.
- Ahí tienes un inconformista – Me explicó Juan – Ese heterodoxo nos descubrirá nuevas posibilidades más adelante cuando utilice sus capacidades en algo positivo. Gracias a ese tipo de personas avanza el mundo.
- Si no hay prohibiciones, tampoco habrá multas ¿No es cierto? – Pregunté al ver al heterodoxo.
- Efectivamente. Hacemos que sean las máquinas las que conduzcan. A ellas no se las puede multar. El que quiere correr va a circuitos especiales. Hubo un tiempo en que utilizábamos bicicletas con giróscopo para la gente joven. Evitábamos la caída de los usuarios pero no se evitaban los atropellos. La gente joven es muy vehemente. Bueno, hemos llegado.

CAPÍTULO III


El coche se había introducido debajo de una de las construcciones más grandes y adornadas parándose en el lugar de enganche de recarga más próximo. Descendimos de él y me limité a seguir a Juan que ascendió por las escaleras hasta el primer piso. De allí pasamos a un gran salón con mesas escalonadas en forma de espiral de cuyo centro partía otra espiral a diferente altura cruzándose con la anterior. De esta manera se aprovechaba todo el volumen sin parecer atosigante puesto que ninguna mesa impedía ver a la otra más allá. Las conversaciones no se mezclaban y a pesar de estar juntas, parecían estar separadas al no estar al mismo nivel. Las espirales se comunicaban y a la vez se sustentaban por escaleras por las que accedían los camareros y sirvientes evitándoles así todo el recorrido de las espirales.
Nos sentamos en una de las mesas y enseguida vinieron a atendernos varios camareros colocando recipientes y comida de diferentes clases que yo desconocía. Uno de ellos preguntó si queríamos conversación: Juan le dijo que no, que yo estaba en fase de iniciación pero que en días sucesivos sería lo que yo decidiera. Al cabo, nos dejaron solos y nos dispusimos a comer.
- Prueba de todo y come lo que más te guste, – dijo Juan.
Eché de menos los cubiertos y vi a Juan que se servía en unos pequeños cuencos que luego llevaba a la boca. Yo empecé por unas cosas verdes que parecían acelgas o espinacas. Después seguí con unas rojas y luego con unas amarillas. Todas estaban sosas pero comestibles. Probé el agua y los diferentes líquidos y no estaban malos. Cuando Juan me vio identificado con la comida, ya inclusive saboreando platos que me parecían ostras, me miró y dijo:
- No te hinches, no sabes si este tipo de comida será digestivo para ti.
- ¿No sabes que somos omnívoros? – Repliqué yo.
- Por supuesto, pero hay setas que os matan, por tanto, no seréis tan omnívoros.
Yo aflojé el pedal y tragué saliva con miedo. Miré a Juan inquisitivamente y le vi estremeciéndose mientras mi audífono producía un ruido extraño, a trompicones pero continuo.
- ¿Qué es eso, una risa?
- Pues sí. Es uno de los sonidos que no hemos traducido porque cada risa suena de una manera, al final se decidió que cualquier sonido vale. La prueba es que tú lo has interpretado bien. En lo referente a la comida, no temas, otros paisanos tuyos no se han muerto aunque algunos han tenido que adaptarse lentamente por problemas estomacales. Si bien es verdad, solían atracarse como si fuera la última comida de su vida o fuesen a pasar hambre hasta la siguiente.
Seguí comiendo tranquilamente puesto que yo no me consideraba un tragón y mi estomago nunca me había dado problemas, además, empezaba a sacarle el gusto a la comida. Mientras, Juan siguió:
- Todas estas personas que ves atendiéndonos, no son camareros, ni criados a nuestro servicio, pagadas por el dueño del restaurante. Ni los jardineros, ni personas que has visto a lo largo del trayecto hasta aquí, son obreros a sueldo. Como ya te he dicho, aquí no existe el dinero. Todos somos personas que nos ocupamos voluntariamente en aquello que mejor realizamos y más nos gratifica. Ni siquiera tenemos que pagar estos manjares que comemos. El dueño del restaurante no es tal dueño, es otro individuo más de la sociedad al que le gusta organizar y gestionar donde él piensa que con sus ideas puede aportar más. En este caso a la regencia del placer de comer. Por ejemplo: Una de sus ideas ha sido crear una ocupación más en la sociedad, lo que llamaríais en vuestro mundo, un puesto de trabajo. Consiste en tener una persona que nos distraiga mientras comemos, bien dándonos conversación contándonos las noticias del día, bien escuchando las nuestras. En fin, lo que llamáis vosotros un animador, pero no un animador general, que anime a toda la sala, sino individualmente. Aparte de que también hacen espectáculos en el escenario que reponen periódicamente. Ten en cuenta que hay mucha gente que come sola y no tiene con quien hablar. Esa es la persona que ha preguntado si queríamos conversación. Como puedes comprender, para esa ocupación, se necesitan una serie de cualidades que no todo el mundo tiene, como por ejemplo: cultura, don de gentes, caer bien, ser gracioso etc., y sobre todo, que le guste la relación con los demás. Naturalmente, como hay muchas mesas, son necesarias bastantes de estas personas aunque por pocas horas al día. Lógicamente, esta idea ha sido copiada y en algunos casos ampliada por el resto de restaurantes por lo que al regente en cuestión le sirve de incentivo en su trabajo, ya que demuestra la validez de su actividad y por consiguiente la utilidad de su servicio y su persona en la sociedad. Este individuo, del que hablamos, se realiza de la misma manera que las personas que dan conversación o entretienen a los comensales que lo demanden. Las actividades se basan en el servicio a los demás, no en su rentabilidad económica. En vuestro mundo, esta labor de atención personal con el cliente implicaría o precios prohibitivos o un sueldo a mayores que haría poco rentable el negocio, lo que supondría menos ingresos para el dueño. Razón por la cual, se sirve peor a la sociedad, pues se basa en el enriquecimiento particular por encima del colectivo. Solamente en vuestros restaurantes de lujo y por la noche montan un espectáculo pero no se puede ni comparar como animación a la que recibe cada uno particularmente. Una vez que se ha visto ya no se vuelve al mismo restaurante, por lo que al espectáculo se refiere.
- ¿Por qué razón este restaurante no está lleno o no hay gente esperando?
- Pues porque hay más restaurantes con las mismas características y cuando montamos en el vehículo que nos ha traído hasta aquí, pulsé la tecla restaurante y este era el más cercano con mesa libre. Los restaurantes, como los hospitales y demás establecimientos, están conectados a la red que dirige los coches o ambulancias y automáticamente son encaminados al sitio requerido más cercano. Es la mejor forma de repartir el trabajo evitando masificaciones, preferencias sin fundamento y monotonías para servidores y servidos.
Juan hizo una pausa esperando que yo preguntara. Yo no quería entrar en disquisiciones tan elevadas mientras comía, por tanto, salí del tema y pregunté:
- ¿Qué haremos después de comer?
- Veo, y tienes razón, que quieres saber lo qué comes y para ello necesitas la mente desocupada. Come tranquilamente y luego te llevaré a tu alojamiento donde podrás meditar todas estas cosas. De nada sirve comer si no se asimila lo comido, por eso mismo, de nada sirve vivir si no se asimila lo vivido. Ahora me evadiré un rato con un animador.
Acto seguido, Juan pulsó un botón y un sujeto vino a charlar con él de cosas que a mi se me escapaban. Gentes de otros mundos aún más atrasados que nosotros que les daban problemas, nuevos placeres, no sensoriales, que se estaban descubriendo, avances tecnológicos. La charla era distendida y el charlista debía ser muy gracioso pues Juan no paraba de reír. El resto de las mesas mantenían el mismo tono apacible que la nuestra. Al mismo tiempo que observaba esto, recordaba mis comidas en los restaurantes de mi mundo. La rapidez de la comida cuando acuciaba el trabajo. El apelotonamiento de las mesas en locales baratos. Los camareros sudando por atender más mesas de las que son capaces por la rentabilidad del puesto. Incluso en locales de lujo, la diferencia era notable con la que allí veía. Y todo sin dinero, al alcance de cualquiera.
Cuando Juan se apercibió de mi ensimismamiento con el entorno y que había terminado de comer, se levantó indicándome que hiciera lo mismo. Se despidió del animador agradeciendo su compañía e intercambiando un número de contacto para continuar relaciones. Salimos al exterior y sentí como que estabamos en otro sitio. Al entrar dejamos una calle y ahora estabamos frente al río. No era el mismo paisaje debido al lento giro que había tenido el edificio. Dimos un rodeo y Juan se introdujo en el primer vehículo a nuestro alcance. Pulsó la tecla correspondiente una vez que nos instalamos los dos y al cabo de unos segundos comenzó a rodar por sí mismo.
- Esta vez ¿Qué has pulsado?
- En nuestro lenguaje, más o menos, hotel o casa si lo prefieres. Para nosotros la casa no es nada más que un refugio, cobijo o reservado donde estar en soledad para hacer determinadas cosas en la intimidad, solos o en compañía. No es de ninguna manera, el hogar al que vosotros destináis gran parte de vuestras energías e inversión económica que legáis a vuestra descendencia. Estáis más preocupados de vuestros hijos que de vosotros mismos. Eso que podía entenderse como altruista y desinteresado, no es así, os auto engañáis si pensáis que lo hacéis por amor. Lo hacéis principalmente por evitar que otros se lleven lo que vosotros habéis conseguido con vuestro esfuerzo. Dejando vuestra propiedad a vuestros hijos es como se permaneciera con vosotros, ya que son sangre de vuestra sangre y carne de vuestra carne. Y si no, explícame los disgustos que os lleváis cuando vuestros descendientes lapidan vuestros ahorros. Si es de ellos, que hagan lo que quieran.
- Ya. – Contesté yo lacónicamente.
Fuimos a parar bajo un edificio color malva situado en el interior de la ciudad. Juan me condujo a la entreplanta donde abrió una puerta. La habitación era amplia, toda blanca y luminosa. Dos ventanas al exterior y un tragaluz alargado en el techo por el interior. El mobiliario escaso. Un diván, cama o similar en el centro. A tres de sus cuatro lados, mesas de diferentes alturas y dimensiones. En una de ellas, la más alta y larga, diferentes aparatos eléctricos en línea. Detrás de esta, un mostrador adosado a la pared con media docena de surtidores y pequeñas estanterías a los lados. Al rincón de su derecha y en paralelo con la pared, dos grandes tubos de cristal o plástico transparente, como de un metro de diámetro, desde el suelo al techo. En los rincones restantes de la cámara, otros tubos, de unos veinte centímetros, también de suelo a techo para la iluminación, con la parte frontal opaca. Sobre la otra mesa una pantalla de TV encastrada y haciendo ángulo con la mesa. Sobre la tercera mesa en la cabecera de la cama, unos cascos como los de música. Todas las esquinas de la habitación estaban redondeadas para evitar la acumulación de polvo y suciedad, al mismo tiempo que facilitaba la limpieza. Ninguna superficie con respecto a otra formaba ángulo recto.
- Aquí tienes tú lugar de recogimiento – Me dijo Juan – Una cama regulable en altura, una mesa donde escribir o ver por la pantalla lo que te interese, otra donde comer o desayunar, diferentes surtidores para tomar mezclas en los diferentes estados anímicos o vitamínicos. Ninguno con efectos secundarios. Dos cabinas de aseo, una de limpieza corporal, la otra de eliminación de detritus. Son autolimpiables, íntimas y perfectamente esterilizadas. Una cortina de agua impide ver a través de ellas al mismo tiempo que no dejan posar el más leve vestigio de vapores fecales. Los cascos son para dormir pero tú no los uses, no están adaptados a vosotros. Para cualquier necesidad que tengas, mete estos datos en la pantalla – Tecleó sobre la imagen - y alguien vendrá o te hará las preguntas correspondientes para solucionarte el problema. La cama tiene un manubrio que permite cambiar la trama de hilos que forman el lecho. Lo de arriba pasa abajo a través de peines y un proceso de esterilización. Nosotros dejamos pelos por todos sitios y lo cambiamos cada día. Supongo que irás descubriendo el funcionamiento de cada cosa, sino ya sabes, dale a la tecla. Vamos a hacer un ensayo.
Programó el aparato para preguntarle en mi idioma y me dijo: Escribe “casa” y una interrogante. Lo hice así y al instante toda una descripción del funcionamiento de la vivienda de principio a final iba apareciendo por la pantalla. Juan detuvo la demo y me mostró diferentes opciones de acceso a detalles y cosas que yo pudiera necesitar incluso ajenas al edificio. Después añadió:
- Con esto, teóricamente podrías desenvolverte sólo, no obstante, estaré contigo siempre que haga falta. Lo que queda de día, descubre lo que quieras pero ante todo piensa y decide que actividad te gustaría ejercer o desarrollar en el tiempo que vivas con nosotros. Recuerda que no se te pagará nada por ello ni se te exigirán resultados. Esa actividad debe, ante todo, satisfacer tus necesidades existenciales. No queremos gente amargada. No es una decisión fácil y por eso podrás cambiar de actividad siempre que quieras. Mañana pasaré a recogerte, antes te avisaré para que estés preparado. Para entrar y salir, tendrás que marcar 0601. A todos los efectos, esa será tu identificación para todo, para usar los coches y todo aquello que necesites utilizar por medio de claves. Incluso si me necesitas, escribe en el ordenador mi número personal que es este que te dejo escrito.- Tecleó el 12.205.715 en el propio ordenador y añadió. - Si no contesto, deja el mensaje.
Diciendo esto se marchó. Estuve fisgando en la pantalla y cuando me cansé, salí al patio interior a tomar el aire. Anduve por el perímetro interno del edificio y en uno de mis vistazos di un respingo. Alcancé a ver una figura familiar. Una mujer desnuda apoyada en la barandilla, sola, de espaldas a mí, en el otro extremo del pasillo. En ese momento, me di cuenta de que yo también estaba desnudo y sentí la vergüenza que hasta ese momento no había sentido. Me aseguré que así era porque mi visión falla de lejos y dudé bastante en acercarme o no. Por fin me dirigí hacia ella. Al aproximarme, la mujer se percató de mi presencia y me esperaba sonriente. Cuando llegué, yo adelanté la mano pero ella me dio un beso en ambas mejillas.
- ¡Hello!
- ¡Hola! – Dije yo desconectando el audífono.
- ¡Ah! Mejor en español, ¡Buenos días! – Canturreó.
- ¡Que sorpresa tan agradable! No veas el salto que me ha dado el corazón cuando te vi y pensé que no estaba sólo en este lugar. – Tuteé yo, porque era joven. -¿Cómo es que estás tú aquí?
- Pues me imagino que por la misma razón que estás tú. No sé si de conejillo de indias o de futuros mensajeros de su mundo, aunque más bien, empiezo a creer en lo segundo – Explicó la muchacha.
- ¿Llevas aquí mucho tiempo? – Le pregunté.
- Tan sólo seis semanas. He pasado la fase de desconfianza y estoy en la de integración. Se vive bien pero siento que me falta algo y la verdad, no sé el qué. Siento libertad, siento tranquilidad, no me encuentro sola, al contrario, todo es fácil de conseguir y tienes ayuda para todo. Casi se puede decir que esto es el paraíso. ¿Ves?, te estoy hablando como si te conociera de toda la vida, sin temor, ni desconfianza ante un extraño; cosa que en nuestro mundo es impensable. Bueno, ¿y tú? Cuéntame.
- Pues yo, ni siquiera he tenido tiempo de plantearme esas cuestiones. Vine hoy y estoy de novato por la vida. Todo me parece muy raro y confuso pero lo achaco a las diferencias entre nuestra especie y la suya. Se puede decir que estoy un poco borracho de novedades.
- Me imagino que mañana te darán ocupación. Si quieres, nos vemos cuando regreses. Yo vivo en el 0704. ¿Y tú?
- En el 0601.
- Pero ahora demos un paseo. Te vendrá bien despejarte.
Comenzamos a caminar. Ángela, que así se llamaba, era Limeña, morena y de labios carnosos, la mirada serena y franca. Su decisión a venir, desde que conoció al Juan correspondiente, se había demorado dos años. Su conciencia la impedía dejar allí familia sin posibles y no quería aceptar el dinero que la ofrecían. Ángela era valiente y decidida, pero con orgullo. Tardaron en convencerla pero al final claudicó. En Lima, había desempeñado multitud de trabajos. De unos, se tuvo que marchar por acoso sexual, de otros, por mejorar el salario. Su afán era situarse de bailarina. Por el día trabajaba y por las noches iba a clase. Curiosamente, la ocupación que había escogido aquí, fue bailar, pero no duró más de una semana. Siempre había pensado que bailar era su vida pero en un mundo en que su baile no era reconocido ni apreciado como tal, comprendió que en realidad no era bailar lo que buscaba, sino los aplausos y la farándula en que se movían los bailarines y actores. La fama que conseguían en ese mundillo por hacer algo que les encumbraba y daba valor a su profesión. Profesión, para la que creía haber nacido y le era fácil realizar. La danza o baile que aquí se practicaba, a ella le era imposible conseguir, dadas las características físicas de esta raza. Al principio, le molestó que no valoraran su trabajo y les despreció por su falta de sensibilidad. Más tarde, la hicieron reflexionar, y comprendió en pocos días, que en esa ocupación no iba a ser apreciada. Nos gusta hacer aquello por lo que se nos valora. Si no hay valoración se pierde el gusto. Le dijeron que la vida tiene sentido cuando la dedicas al servicio de los demás pero no tiene sentido si estos no precisan ese servicio. La actividad podía ser elegida pero al mismo tiempo debía ser aprovechada. Estaba claro que lo que escojamos como medio de vida, debe satisfacer, tanto al que lo realiza, como al que lo utiliza. No existe actividad gratificante si no existe utilidad de la actividad. Por eso la mayor parte de los jubilados de nuestro mundo se deprimen. Se siente inútil aquel que comprende que lo que hace no es necesario o aprovechable a los demás. No basta con que uno mismo disfrute haciéndolo, si luego no sirve para alguien más. Al jubilado en nuestro mundo se le premia con una pensión pero al mismo tiempo se le castiga, porque se le impide cobrar por un trabajo, ya que es la única manera que tiene de comprobar que lo que hace es útil. La actividad que Ángela eligió fue animadora, por aquello de que la gustaba hablar y a la gente de aquí le gustaba oír cosas nuevas de otros mundos. No se la ocurrió nada mejor.
Con estas reflexiones que me contaba Ángela fuimos caminando por los alrededores del lugar. Tenía que decir a Juan la actividad en la que debía ocuparme y pensaba cual podía ser lo que a mí me satisfacía más y al mismo tiempo pudiera interesar a los de este mundo. Cuando regresamos a nuestro edificio, la noche caía y empezaba a hacer fresco.
- Es ya tarde y aquí las noches son cortas, – explicó Ángela. – Esta gente necesita dormir poco y utiliza esta hora para hacer el amor. Son promiscuos y no adquieren compromisos por ello. Yo todavía estoy con la mentalidad de nuestra tierra pero creo que me durará poco. Será conveniente que hoy no les imitemos para que no pienses de mí lo que no debes. Tú también necesitas cambiar de mentalidad. ¿Qué te parece vernos mañana a esta hora?
- Perfecto – Dije yo.
Nos dimos un beso en ambas mejillas y nos dirigimos a nuestros respectivos dormitorios. Por el silencio de los pasillos, alcancé a oír ruidos y jadeos procedentes de claraboyas abiertas del piso inferior.


CAPÍTULO IV


A la mañana siguiente me despertaron unos golpes en la puerta. Había pasado la noche durmiendo a ratos y no sabía de donde venían los golpes. Cuando logré situarme, balbucí con voz carrasposa:
- Adelante.
- Buenos días – Dijo Juan jovialmente, adentrándose en el interior de la habitación - ¿Qué tal has dormido?
- Pues, no muy bien, la verdad. En total, no sé si habré dormido un par de horas. He estado toda la noche pensando que actividad es la que más me conviene y no me he resarcido del sueño.
- Y por fin ¿Qué has decidido? – Inquirió Juan.
- Pues, después de mucho cavilar, he pensado dedicarme a pintar. Es una afición que tengo desde pequeño y a la que no he podido dedicarme porque no daba para vivir. Según tú, es lo que debemos perseguir, hacer lo que realmente nos gusta sin ánimo de enriquecimiento.
- Efectivamente. Si tus necesidades están cubiertas, por lo menos disfrutarás con lo que haces. Bueno, vamos a ver donde puedes incorporarte.
Juan se puso a la pantalla, introdujo los datos necesarios y después de unos instantes apareció una lista que analizó tranquilamente. Al cabo dijo:
- En esta misma ciudad hay dos estudios con plazas libres. En caso de que no te satisfagan por la razón que sea, tendrías que trasladarte a veinte kilómetros más o menos. No habría ningún problema puesto que allí tendrías otro alojamiento similar. Si quieres, desayunas y te llevo a uno de ellos.
- De acuerdo, pero – Pregunté - ¿Es necesario trabajar en un estudio?, ¿No es posible andar por libre, como hacen los pintores en mi mundo?
- Por supuesto que sí. Pero verás, creo personalmente que primero debes integrarte en un grupo con el que intercambies conocimientos, estilos… bueno, todo aquello que tenga que ver con esa actividad, después, lo que quieras hacer será posible, pero lo primero es integrarse. No es conveniente para nadie, andar solo y a la deriva.
Desayuné unos zumos y caldos junto con unos productos que se hinchaban en los líquidos y se asemejaban al arroz inflado y que Juan me ayudó a preparar. Luego, como en ocasiones anteriores, utilizamos uno de los vehículos de la planta baja con el que nos dirigimos al estudio en cuestión.
- Ayer conocí a una mujer de mi raza. – Dije yo, mientras nos desplazábamos– Vive en el mismo edificio que yo. Me llevé una grata sorpresa. Cruzamos unas palabras y nos hemos citado para hoy.
- Te aconsejo que no te comprometas según vuestras costumbres – Dijo Juan muy serio- Cuando dos personas se encuentran en circunstancias como la vuestra, la unión, es casi forzosa con vuestras mentalidades. Las uniones particulares impiden la integración con el resto de la sociedad, coartan la libertad del individuo y por añadidura disminuye el desarrollo de la personalidad independiente. Cosa que para nosotros es la clave de nuestro desarrollo.
- ¿Me estás diciendo que la pareja es algo negativo? – Inquirí yo.
- Absolutamente, en las parejas que vosotros formáis… Perdón, casi absolutamente, puesto que no hay nada completamente positivo ni completamente negativo. Las parejas que vosotros formáis son exclusivistas. Está claro que en muchas ocasiones una persona puede completarse con otra si hay verdadera comunión entre ellas y esto puede servir de gran ayuda y mejora de las cualidades de cada uno. Pero, aparte de que no tiene porqué ser necesariamente del sexo contrario para lograr estas mejoras, las circunstancias de la unión pueden variar por muchos motivos, incluso por la simple evolución de las personas. Llegado ese momento, todos los lazos de unión deben ser desatados o en el peor de los casos rotos, sufriendo daños irreparables tanto ellos como los descendientes a los que no se les pide permiso para pertenecer a esa unión. En nuestro mundo existe la pareja, enfocada a lo que vosotros llamáis amistad, pero más íntima. No tenemos posesión del otro. Depende de lo que la pareja se quiera entregar; inclusive pueden existir varias parejas que se podrían llamar grupo de amigos. Hoy los forman unos y mañana otros, según la situación de cada uno. No existe ningún contrato ni obligación. No existe descendencia común, lo que les ataría de por vida. Si uno abandona, quedan otros amigos que mantienen viva la amistad.
- Entiendo con esto, que aquí no existe el matrimonio y por tanto la familia, ¿No es así?
- Exacto. El matrimonio y la familia es una necesidad de vuestra cultura. La familia es una propiedad y de las más arraigadas. Por eso la primáis y llamáis pomposamente célula de la sociedad. Nosotros damos primacía al individuo como célula de la sociedad. En ningún caso una familia que la forman varias personas puede ser llamada célula de la sociedad como hacéis vosotros. ¿Acaso, el que no tiene familia no forma parte de ella? A los dirigentes y empresarios de vuestros países les interesa la creación de familias porque al padre de familia se le tiene más sujeto que al soltero e independiente que no tiene responsabilidad ninguna con nadie. El padre de familia trabaja no ya por y para él, sino por y para todos los miembros de la familia con los que se ha creado una responsabilidad. Precisamente esa responsabilidad es la que nosotros evitamos. Cada cual es responsable de sí mismo y nadie tiene que soportar cargas ajenas que no esté dispuesto a llevar. ¿Por qué, en vuestro caso, un pobre hombre que tenga uno o más hijos enfermos por accidente o nacimiento o cosas peores, de cuya desgracia no sea en absoluto culpable, ha de estar toda su vida con esa carga que no ha elegido? O al contrario ¿Por qué un hijo tiene que soportar a unos padres viles, llenos de vicios que lo maltratan o cosas peores? Porque le ha destinado Dios esa cruz. ¡Por favor! Dios no se mete en esas cosas. Estaría lejos del legado del libre albedrío. Eso son tradiciones arcaicas que están basadas en la imagen del amor paterno filial como algo sacrosanto.
- Un autor vuestro llamado Tomás Moro, escribió un pequeño libro titulado “Utopía” en el que algo se adentraba en este camino de la ausencia de la propiedad. Iba bien encaminado, sin embargo, en el país, que según él, nadie tenía propiedades, la gente tenía familia. ¿Se contradecía porque la familia es una propiedad? Esa sociedad sin propiedades que describía Moro, no podía funcionar si tenía admitida la propiedad más arraigada. En el momento que un miembro de cualquier familia tuviera algún problema con el resto, toda la familia se uniría a él y dejarían de pertenecer a esa sociedad si fuera necesario. La ausencia de propiedad ha de ser completa. No debe haber muchas familias, ni muchos gobiernos, ni muchos países. Sólo debe existir la unidad en todas las áreas. Eso, sin ausencia de la propiedad hasta sus últimas consecuencias, es imposible. ¿Cómo no va a haber propiedad cuando se dice “mí esposa, mí hijo, mí hermano, etc.”? Está claro que el resto del mundo no es nada para ti y no tienen ninguna importancia. En cualquier caso, ¿quiénes son los miembros que componen la familia? ¿Padres, hijos, hermanos, primos, abuelos, tíos, hermanos de los abuelos, primos de los abuelos, el tío que se marchó y hace años que no hemos vuelto a saber de él, o solamente padres e hijos, o solamente la pareja cuando ésta no tiene hijos? Y si esa pareja se separa, ¿Dónde está la familia? Como ves, la familia es familia cuando se convive, de lo contrario no hay tal y sólo son parientes. Por tanto, aquel con quien convivas es familia aunque no sea pariente. Al fin y al cabo, todos venimos de la misma familia en el principio de los tiempos. Todos somos parientes, hermanos, lejanos, pero hermanos.
- Entonces los hijos ¿de quien son responsabilidad, quien los cuida y atiende?
- Puede que te parezca una aberración porque no estés preparado para ello pero los peores educadores de los hijos son los propios padres. Aquí los individuos entregan sus huevos. Se incuban todos juntos y una vez que salen del cascarón, son asignados a otros. Se realiza el cuidado de unos hijos por otros padres durante un tiempo determinado. Luego cambian de padres según las capacidades de estos para educar niños, jóvenes o adolescentes. Así los padres no tratan con discriminación a unos niños de otros porque pueden ser o no ser suyos. Al mismo tiempo los niños conocen otros padres, otras maneras de pensar, de vivir, de opinar, y por tanto, sin que los fanatismos o manías de algunos, anulen la personalidad de los adultos del mañana. No todos los padres son cuidadores. Para ello han de pasar una serie de pruebas. Vosotros, como antes nosotros, educáis a vuestros propios hijos sin tener preparación alguna. Así salen las cosas. Para ser educador o maestro se necesita un título y para ser padre, todo vale. Para nosotros ha sido más fácil llegar a esta situación puesto que no tenemos el problema del embarazo en nuestras hembras. Los huevos son llevados a incubadoras como en los tiempos en que tuvimos antiguas guerras para poder defendernos y donde todos los brazos hacían falta, quedándose incubando los menos fuertes fueran machos o hembras. Aprendimos la lección porque al recogerlos no conocíamos propios de extraños, puesto que habían salido del cascarón. Cierto es, que podían haberse marcado y así se hizo al principio, pero observamos que cuando todos los pollos salen del mismo nido, el sentimiento es de que todos son hermanos y las generaciones así constituidas funcionaron mejor debido a la impronta. Los padres cuidaban de todos por igual, por lo que optamos después de diversos ensayos por la sociedad establecida de esa manera.
- ¡Yo alucino! – Exclamé yo - ¿Pretendes que nosotros perdamos la satisfacción y el orgullo que sienten los padres de haber sacado los hijos adelante, de haber conseguido que ellos triunfen y alcancen posición, incluso que logren ser hombres ilustres?
- Yo no pretendo nada. Te digo que hay otras maneras y mejores de vivir y que está demostrado, puesto que existe, como es nuestra sociedad con respecto a la vuestra. Que queráis seguir por el camino que vais, es otra cuestión, aunque sé que no lo haréis. Os costará, incluso más que a nosotros, pero lo haréis; es inevitable por los pasos que vais dando. En cuanto a la satisfacción de los padres, te diré que no sé de qué se enorgullecen. ¿Acaso cuando concibieron el hijo lo diseñaron para que saliera inteligente o tarado? ¿Tuvieron ellos algo que ver en eso o es una lotería? Ni siquiera el propio niño tiene ese mérito. ¿Por qué os enorgullecéis de lo que sois, si todo ha sido producto de la casualidad? Incluso de haber nacido en un país o en otro, esos logros habrían sido distintos completamente por las facilidades o dificultades que existen en cada uno para lograrlo. Más aún, dentro del mismo país, de haber nacido en cuna humilde o en cuna real, o en pueblo o capital, las posibilidades son completamente diferentes y las posibilidades de llegar a lo alto muy distintas. El entorno condiciona y ni siquiera estando aparentemente en el mismo entorno, la situación es igual. Nosotros tenemos problemas para ofrecer las mismas posibilidades a nuestros ciudadanos y eso que nuestra sociedad es mucho más equitativa que la vuestra. Lógicamente, se destina más energía a empresas necesarias que a otro tipo de empresas. Aquí nadie se ufana por los logros conseguidos por la sencilla razón de que son conseguidos por todos y si hay alguno que aporta más, es que puede hacerlo por la razón que sea.
- En cualquier caso, algún mérito tendrán – Repuse yo.
- En definitiva y por poner un ejemplo, es como atribuir a los ríos el mérito de su caudal y limpieza, frente a otros menos limpios y caudalosos que son infectados y disminuidos por otras causas ajenas a ellos y de los cuales se aprovechan sin ningún miramiento ciudades y pueblos industriales por estar cerca de ellos.
- Pero entonces, si todos los padres no son cuidadores, es evidente que los que no lo son, no querrán tener hijos.
- Una cosa no tiene que ver con la otra. Puede que los que sirven para cuidadores no sirvan para tener hijos y a la inversa. El tener o no tener hijos es un privilegio que otorga el Estado como una donación al país, como también es en vuestro caso, aunque en vuestro mundo, es un derecho pintado de otra manera. Criar hijos para Dios, para la Patria, para la causa, en fin, para todo aquello en que se crea. En nuestro mundo se determina el número de ciudadanos, quién los debe tener y quién los debe cuidar. Nos multiplicamos mucho más rápidamente que vosotros y es necesario un control que evite males mayores. Más tarde o más temprano a vosotros os pasará igual. Hemos llegado a un nivel en el que no hay diferencia entre el donante de sangre, de semen, de órganos o de hijos. Nuestro pueblo es donante de todo lo que se pueda donar. Paradójicamente, gracias a nuestra tecnología, cada vez son menos necesarias las donaciones, pero preferimos que el pueblo participe por mantener el espíritu de unidad.
- A pesar de todo, no me gusta el futuro que se nos avecina – Dije yo tristemente- Es todo muy frío e impersonal, sin el cariño directo a tus seres queridos, sin poder elegir si tienes o no tienes hijos a quien amar.
- Te estás equivocando. El amor es desinteresado y de las personas que son capaces de amar se aprovechan los egoístas. Quien tenga capacidad de amar seguirá amando tanto en tú mundo como en el nuestro; pero en nuestro mundo estará más protegido. Se seguirá teniendo seres queridos, no es necesario que sean tuyos, es más no conviene que sean tuyos. En tu mundo tus hijos tampoco son tuyos. Ellos son libres de quererte u odiarte. Tan sólo tienen la obligación moral establecida por la tradición y las culturas. En cuanto a poder elegir, ¿acaso podéis elegir todo, donde vivir y con quien, donde trabajar y en qué? Algunos se tienen que conformar sin esposa, sin trabajo y por supuesto sin hijos, y no por eso deben ser, ni menos, ni más felices. Bueno, ya seguiremos con esto, que habrá ocasión.
Mientras Juan hacía de profesor y me daba estas clases, el vehículo, serpenteando por la ciudad, se había introducido en los bajos de un edificio acristalado. Bajamos del coche y subimos por una rampa hasta un gran recinto techado por una cúpula parabólica no muy alta y de la cual colgaban grandes tabiques como si el techo estuviera dividido en pequeñas habitaciones o salas en lugar del suelo. El suelo estaba formado por pequeñas rejillas de acero a través de la cual se veía correr el agua. Diseminados por el recinto, había unos veinte individuos enfundados en blusones blancos hasta los pies. Uno de ellos se acercó a nosotros.
- Buenos días.
- Buenos días – Contesto Juan – Aquí le traigo un nuevo colaborador.
Después de explicarle Juan la situación, el individuo, que dijo llamarse Andrés, me estuvo preguntando sobre mi experiencia profesional en la pintura para saber en que nivel me encontraba, aunque en cualquier caso, era evidente que allí tenía que partir de cero. Juan se despidió de nosotros diciendo que se pasaría por mi alojamiento al cabo de unos días.
Andrés me fue enseñando las instalaciones indicándome las diferentes técnicas y los diferentes utensilios. Los tabiques que colgaban del techo eran cabinas independientes que utilizaban para pintar a presión cuando ello lo requería. Para pintar en ellas, las hacían bajar hasta el suelo por medios hidráulicos. Me indicó alguna cabina en la que estaban trabajando sobre la cual aparecía una columna central que la sustentaba. Actuó los mandos de un pupitre adosado al suelo y comenzó a descender la cabina bajo la que nos encontrábamos. Una vez abajo, observé que también las paredes eran de la misma rejilla que el suelo que pisábamos. Adosados a ella, como pegados, sujetaban los cuadros de diferentes tamaños y materiales, madera, plásticos de color y transparentes, pero ninguno de lienzo. Andrés cogió una especie de pistola que colgaba de una manguera cuyo extremo pendía de la parte alta de la pared donde estaba uno de los cuadros. Comenzó a pintar con la mano derecha mientras con la izquierda pulsaba una botonera del tamaño de un teléfono móvil que permitía el cambio de colores y tamaño de chorro diferentes, incluso de vez en cuando, secaba con aire lo que iba pintando. En pocos minutos me explicó el manejo a medida que ejecutaba lo que iba diciendo. Finalmente, dejó todos los aparatos, se volvió hacia mí, que estaba boquiabierto mirando la obra y dijo:
- No es nada en concreto, solamente era una demostración para enseñarte el manejo. No obstante, como no es concreto bien puede ser el arte abstracto que tanto auge tuvo en su época.
- ¿Aquí también hubo arte abstracto? – Pregunté yo inocentemente.
- Pues sí. Creo recordar que cuando estuve en la escuela de historia del arte, el arte abstracto fue una etapa en todas las civilizaciones con más de seis milenios de vida. Las civilizaciones como la nuestra que, sin embargo, no pasa de cinco, ha superado esa fase, y ya ni siquiera se considera al arte como tal, en ninguna de sus facetas.
- No entiendo, ¿quiere decir que el arte no es arte?
- Quiero decir, que el arte es un apelativo pomposo de un trabajo como otro cualquiera al que sólo tenían acceso los poderosos y por eso lo encumbraron. El arte o sus obras, es lo que no está al alcance de cualquiera. Si lo estuviera dejaría de ser llamado arte. De la misma manera que si hubiera oro allá por donde pisas, no se habría considerado como metal precioso. Precisamente era precioso por lo escaso, al que sólo tienían acceso los poderosos. En nuestra civilización no existen los poderosos ni los indigentes, por tanto no existe el arte, sin embargo, siguen existiendo sus obras.
- Ahora lo entiendo menos, - repliqué yo.- Si sigue siendo escaso el oro, seguirá siendo considerado como metal precioso, haya o no haya poderosos.
- Me explicaré: Si algo necesita de otra cosa para que tenga importancia y esa cosa falta, la primera cosa no consigue tener dicha importancia. Por ejemplo: Una bailarina de tu mundo era considerada artista en tu mundo. Como aquí le falta el público de tu mundo, aquí deja de ser artista. Si el arte necesita de los poderosos para que exista y los poderosos no existen, el arte deja de existir. De hecho, el oro, principalmente tenía aplicación en joyas y en moneda. Como aquí no se usa, ni en una cosa, ni en otra, no es considerado precioso, sino escaso, como es escaso el uranio o el plutonio y estos no han sido nunca considerados preciosos.
- Pues si que me deja buen ánimo para pintar – Dije desolado.
- No te preocupes, tu pinta, así lo harás menos condicionado y lo harás mejor.


CAPÍTULO V


Andrés me asignó un lugar dentro del recinto junto con herramientas y materiales para poder trabajar. Me dieron un blusón blanco de los más grandes que, a pesar de todo, me llegaba a las rodillas.
- De momento ponte este blusón, ya pediremos otro de tu tamaño. Tu primer trabajo consistirá en pintar lo que se te ocurra hasta que te adaptes a los medios. Después te haremos los encargos que nos han pedido.
Me puse a probar sobre una tabla de unos cuarenta por cuarenta sin idea preconcebida. Un color, luego otro, el rostro de Angela se iba perfilando sobre la madera entre pinceladas, espatulazos y una especie de manguera pastelera. Lo que había empezado para ensayar, se había convertido en algo a conseguir. Cuando me quise dar cuenta, habían pasado dos horas y estaba rodeado de colegas cuchicheando detrás de mí. Me di la vuelta y les miré.
- Es una chica que acabo de conocer – Dije.
- Está muy bien – Me dijeron.
Uno de ellos se acercó con un bloc grande, provisto de una especie de caña impregnada y empezó a pintar con un dominio que para mí quisiera. Con rápidos movimientos de los cuales iba surgiendo nuevamente la cara de Angela, esbozó una variante del tema que hacía su mirada más vacía pero a la vez tierna. En conjunto, tendía a ser como ellos; con su cabeza apepinada y los ojos redondos pero intensos por lo oscuros.
A continuación otro y otro y otro, se animaron a dibujar su versión. Unos a color, otros monocromo y cada uno en la técnica que le cuadraba. Pude comprobar que las variantes de un tema eran infinitas y no precisamente la mía era la más acertada. Cuando acabaron de saciarse con Angela, juntaron todos los dibujos, llamaron a Andrés y le pidieron veredicto.
- Es normal que ante un tema no trillado, todos os afanéis por dominar y gastéis vuestras energías, pero, ¿habéis pensado si este tema tendrá aceptación en el mercado? Me refiero a nuestro mercado. Evidentemente en el mercado de ellos, - dijo señalándome, - sí lo habría, pero no creo que ocurra lo mismo en el nuestro.
- No te estamos preguntando por el mercado sino por el trabajo. - Dijo uno.
- De acuerdo, de acuerdo.- Repuso Andrés- No obstante, quiero recordar lo que con facilidad se olvida. En cuanto al trabajo, siempre es mejor, aquél que más se acerque a su finalidad. Ahora bien, ¿cuál es la finalidad?
- Agradar visualmente. –Dijo el mismo de antes.
- Expresar algo distinto de lo convencional. –Dijo otro.
- Facilitar la evasión del espíritu. – Añadió otro.
Así, todos dijeron lo que pensaban hasta que llegó el turno a mí y dije:
- Yo solamente me dejé llevar de mí estado emocional en ese momento y sólo quería satisfacerme a mí.
- Bien, está claro que él mismo es la finalidad, por tanto, en él está decidir cuál es el mejor. – Me señaló Andrés, y todos me miraron a mí preguntándome con la mirada. Yo me volví a mirar los cuadros pausadamente mientras notaba un silencio expectante a mi espalda. Después dije:
- La verdad es que cada uno tiene su gracia. Pero el que más me convence es este. – Y cogí una Angela de mirada evanescente, como el que huye de algo y no quiere verlo.
- ¿Porqué ese? – Preguntaron.
- Es el que más me llega, no tiene nada que ver con la maestría de la ejecución. Es la expresión que yo quiero retener de esa persona y la que prefiero recordar.
- Bien, - dijo Andrés -, pues ese es el mejor para él y si él hubiera sido nuestro cliente eso es lo que tendríamos que conseguir y la pregunta que tendríamos que hacerle es: ¿Qué es lo que quieres recordar de esa persona? – Y continuó, dirigiéndose a mí –Por lo poco que sé de vuestro mundo, creo que se deja al pintor plena libertad de hacer lo que quiera porque él es el artista. Aquí se le exige más, se le exige un objetivo. Muchas veces, en vuestro mundo, se elige esta profesión por lo cómoda y libre que es. Todo vale si consigues un nombre, aunque no tenga ningún valor. Se argumenta que al genio no se le comprende por estar adelantado a su tiempo.
- ¿Y donde queda la inspiración? – Pregunté – Si todo es un mero trabajo ¿Cuál es lo gratificante de él?
- El saber que lo que haces es requerido y aprovechado. La inspiración tiene que servir a ese mismo fin aparte de a una satisfacción personal. No es un mero trabajo es el trabajo que mejor realizas y más te satisface.
A continuación, me soltó una arenga que ni el mismo Juan me hubiera echado. Como si los dos estuvieran cortados por el mismo patrón.
- No se trata de hacer por hacer. Aquí, las fábricas se montan para producir aquello que se necesita y cuando se necesita. Aquellos puestos que son penosos se cubren con voluntarios que están dispuestos a trabajar por un tiempo. Voluntarios que acuden a los llamamientos que se hacen cuando hay déficit de estos. El pueblo siempre responde positivamente a estas necesidades. Vosotros siempre pensáis que nadie iba a querer hacer los trabajos sucios si no se pagan. Como si los trabajos sucios fueran los que mejor pagáis. Como si vosotros no tuvierais misioneros dispuestos a todo. ¿Acaso no conocéis el alistamiento voluntario en masa para ir a la guerra, motivado por el sentimiento patrio?, ¿Acaso también ignoráis todas las ONG en las que existen actividades ingratas las cuales no son remuneradas? La gente es capaz de partirse el pecho por una corona de laurel, como en las Olimpiadas de Atenas. No es necesario el dinero para que las personas se motiven.
Poco a poco, los demás compañeros fueron escurriendo el bulto y me dejaron sólo ante el peligro. No obstante, sin temor a meterme debajo de las patas de los caballos, le dije:
- Pero en las fábricas debe existir el apremio de la producción ¿Cómo solucionáis ese problema si en un momento dado los trabajadores no quieren trabajar?, ¿Cómo, si no hay competencia, se motiva la mejora de un producto? De todos es sabido que la competencia favorece el progreso.
- Parece, en la primera pregunta, que vosotros no tenéis ese tipo de problemas ¿Es que vosotros no tenéis huelgas en las que no podéis o debéis sustituir al personal por esquiroles? Nosotros, en cambio, llamaríamos a los siguientes voluntarios. Referente a la segunda pregunta, es cierto lo que dices de que la competencia favorece el progreso, pero es cierto en vuestro sistema económico. En nuestro sistema, no sólo no es necesario sino que además es contraproducente. Las soluciones de mejora vienen dadas porque se busca la mejora en un conjunto de necesidades, no en la necesidad de una empresa en particular. Los avances tecnológicos son analizados en su aportación global al país, no en la mejora económica de una empresa por conseguir más dividendos en detrimento de otras. La investigación es la que favorece el progreso y ten por seguro que nosotros investigamos más que vosotros. Disponemos de más gente para ello. La investigación requiere de mucho apoyo económico en sueldos altos y no todas las empresas de vuestro mundo se lo pueden permitir.
- Pero eso dificulta la creación de empresas y con ello la creación de puestos de trabajo. – Objeté yo.
- De ninguna manera. Las empresas en vuestro mundo no crean puestos de trabajo. Al contrario, los destruyen porque buscan fabricar el máximo con el mínimo coste, incluido el coste salarial. Si una empresa se crea para fabricar el mismo producto que otra fabrica ya, y esa, es suficiente para la producción que se precisa, la nueva empresa sólo podrá subsistir si vende el mismo producto más barato a base de reducir gastos como antes te he dicho. Generalmente se consigue con la reducción de salarios, y a costa también de que la otra empresa venda menos porque no se necesitan más productos que los que el mercado requiere. Por tanto, sólo puede haber más empresas si hay más mercado, y ese, el mercado, es el que crea los puestos de trabajo. Después, las empresas, al optimizar las producciones los van destruyendo.
- Pero, ¿quién, cómo y cuándo se decide lo que se debe fabricar? – Pregunté.
- Para eso existen diferentes comisiones especializadas que recopilan los datos necesarios, los cuales, introducimos en los ordenadores que analizan las diferentes opciones a seguir.
- ¿Me estás diciendo que os gobiernan las máquinas?
- ¡No! Estoy diciendo que utilizamos las máquinas para nuestro gobierno lo mismo que las utilizamos para diagnósticos médicos, para casos de justicia, para cálculos matemáticos y un sinfín de aplicaciones en las que la parcialidad, el estado de ánimo, la preparación defectuosa o inclusive el fallo humano hace que se cometan errores a los que las máquinas no están expuestos. Ten en cuenta que las máquinas no tienen influencias externas salvo la de los datos que introduzcas y a ellos se atienen. Si estos datos no son suficientes como para que pueda emitir un juicio, te piden más. Todo depende de la perfección del programa que tengan instalado. La experiencia que tenemos con casos analizados por máquinas y personas, es que las soluciones aportadas por las máquinas han dado mejores resultados porque han sopesado más datos y en menos tiempo.
- O sea, que dependéis de las máquinas–. Dije despectivamente.
- Lo cual no es ninguna deshonra. Prefiero depender de una máquina, que de un individuo al cual se puede sobornar en un caso de justicia, o puede fatigarse provocando un error irreparable si se trata de un médico. ¿Acaso no dependéis de una máquina cuando estáis conduciendo un vehículo? En cualquier caso, no olvides que las máquinas las hemos creado nosotros precisamente para trabajar en cosas que no hacemos tan bien como ellas y en trabajos penosos que nos queremos evitar. ¿A que viene ese desprecio por las máquinas? ¿Podrías volar tú sin un avión?
Quedé en silencio ante el razonamiento y no me atreví a seguir poniendo objeciones. Andrés observó mi rendición y dijo palmeándome en el hombro:
- Continúa practicando.
Me volví ante mi Ángela y seguí probando los diferentes utillajes variando los fondos. Así estuve varias horas sin que notara el paso del tiempo. Uno de los compañeros se me acercó para preguntarme si quería ir a comer con ellos. Accedí y me llevaron en un vehículo un poco más grande en el que cabíamos media docena. Comimos en un restaurante distinto del que comí con Juan pero no menos agradable. La comida fue larga y amena. Todos querían saber más de mi vida y virtudes. Yo procuré satisfacer a todos lo mejor que pude. A medida que les narraba la forma de vida en nuestro mundo, su extrañeza iba aumentando llegando incluso al escándalo y puede que a la incredulidad. No podían concebir nuestra forma de vida. Las diferencias sociales, la esclavitud de una persona supeditada a otra u otras, los compromisos familiares, el vivir constantemente en una ciudad y, peor aún, en una misma casa, siempre con los mismos vecinos sin conocer otros aspectos de la vida por no tener posibilidades. El tener que pasar toda la vida pretendiendo hacer fortuna para conseguir esas cosas, con lo que al final, quemas la existencia haciendo lo secundario para poder hacer lo primario si es que consigues la fortuna, a tiempo de poder disfrutarlo. Eso, si a la postre, no estás tan metido en el sistema del poder, que no puedas romper las cadenas de lo que te ha tenido tanto tiempo atado o te olvides de aquello que considerabas primario. En fin, acabé con la impresión de que les daba lástima y la sensación de parecerles tercermundista o peor. Tanto es así, que poco a poco iba omitiendo o camuflando cosas para impedir que esa impresión llegara al desprecio; pero fue aún peor, porque si algo les irritaba, era la falta de sinceridad y transparencia. Ellos no estaban acostumbrados a mentir porque no tenían necesidad como nosotros de vivir de la mentira. Sus vidas no corren el peligro que nosotros corremos si algo no nos sale bien, es más, para que los demás te puedan ayudar tienen que conocer la verdad y eso era lo que les irritaba, no conocer la verdad para poder ayudarte. Me dieron a entender que la ayuda mutua es para ellos el objetivo principal. Que lo que a ellos les proporcionaba tranquilidad era saber que estaban protegidos porque los demás, todos los demás, les ayudarían. No sólo la familia, teniendo a los demás en contra, como en nuestro caso.
Cuando acabamos la sobremesa había pasado tanto tiempo que ya no volvimos al estudio. Me dijeron que fuera con ellos a lo que llamaban “oxigenación”, o sea, hacer deporte. Fui con ellos a un edificio amplio de una planta donde se ubicaban diversas canchas. Me ofrecieron participar en algo y escogí lo que me pareció una pista de tenis. Uno se quedó conmigo mientras los demás se dispersaron cada uno a su actividad deportiva. Reconocí la raqueta de Juan cuando el compañero me alargó una similar. Me explicó el sistema de juego y comenzamos a jugar. La paliza que me dio fue sonada. Yo me sentía ridículo y le pedía disculpas a cada fallo mío. En uno de los cambios del partido y sentados en el banco, cansado de tanta disculpa me dijo:
- No tienes que disculparte de nada, pocos son los que me ganan, en realidad me ha sorprendido la ejecución de tus golpes, eso quiere decir que en tu mundo jugáis a esto. ¿No es cierto?
- Pues sí, y los que juegan tan bien como tú ganan mucho dinero.
- ¿Que ganan qué? – Se sorprendió el otro.
- Dinero. – Dije yo – Es moneda con la que se adquieren cosas.
- Ah, ya. Es eso que nos has estado contando tan raro y que aquí no utilizamos.
- Sí, pero con él, tú estarías muy considerado y serías más importante que los demás. Vivirías mejor que el resto porque tendrías de todo lo que se te antojara, la gente te envidiaría y serías agasajado y aplaudido por todos los sitios. – Al decir esto, me sentí mal, pues recordé el pasaje de la Biblia cuando el diablo tentó a Jesucristo ofreciéndole el mundo si le adoraba. No obstante, quería saber la reacción de mi interlocutor y continué. - Con el dinero se tiene de todo.
- Si se tiene de todo, - dijo - se tendrá de lo bueno y de lo malo. ¿Cómo evitáis tener de lo malo?
- Eso ya depende de cada uno. Ahí está el libre albedrío.
- Según eso, los que no tienen dinero, o sea, los pobres, al no tener de todo, no tienen libre albedrío. ¿No es así?
- Hombre, no exactamente, no tienen de todo pero tienen algo y cada uno tiene el libre albedrío que le proporcionan sus posibilidades. Bueno, no nos metamos en profundidades que no voy a saber salir de ellas.
- ¿Qué mundo es ese, que al que tiene de todo se le alaba y al que no tiene se le desprecia?, - continuó mi amigo a pesar de que yo no quería seguir - ¿No tienen bastante con tenerlo todo? No comprendo un mundo en el que hace falta tener eso que llamáis dinero para que se le valore al margen del valor de la persona. No se valora lo que se es, sino lo que se tiene. En cualquier caso, ¿quién es el dueño de las cosas para que estas se otorguen o se vendan? Alguien tuvo que ser el primero que dijera: “esto es mío”. ¿Quién fue ese? ¿Eh?, ¿quién fue?
- Reconozco que no sé quién fue. – contesté caminando hacia el otro lado de la pista para continuar jugando.
Acabamos el partido y tomamos unos refrescos reconstituyentes de una máquina expendedora con sólo apretar los pulsadores. Mientras bebíamos, charlamos sobre la técnica del juego largamente. Poco a poco le fui cogiendo un cierto aprecio al ver como trataba de enseñarme. Cuando terminamos de libar y charlar nos duchamos en las cabinas transparentes. Después, montamos en un coche con el que me llevó a casa y nos despedimos hasta la mañana siguiente.
A medida que iba subiendo vi como Angela me estaba esperando apoyada en la barandilla de su piso haciéndome señas para que subiera, cosa que hice sin vacilar.
- ¿Qué tal? ¿Todo bien? – Preguntó al mismo tiempo que me besaba en la mejilla.
- Para ser el primer día, no ha estado mal.
Me cogió de la mano mirándome con ojos tiernos y me introdujo en su casa.
Fue una noche inolvidable. Pocas mujeres había conocido en mi vida, dado mi carácter taciturno y poco propenso a las juergas. Todas ellas me ligaron a mí, no yo a ellas. No sé qué vieron en mí para ligarme. Quizás, un reto a mi falta de interés por ellas. Lo cierto es que duraron poco nuestras relaciones y me dejaron menos ganas, si cabe, de tener otras. A mi modo de ver y el de la mayoría de los hombres, la relación hombre/mujer, siempre ha sido un objetivo sexual, cosa que no coincide con el de las mujeres, que piensan que puede haber, simplemente, una relación amistosa. En el hombre existe el afán de posesión y en la mujer también, pero el acto sexual, implica al mismo tiempo, pertenencia y posesión y la mujer sólo quiere pertenecer cuando a su vez es poseedora, pero antes de sentir la posesión con el acto sexual, la debe sentir primeramente de otra manera; éste solo la culmina. Sin embargo, Angela, no tenía mi posesión, ni tampoco se sentía poseída. Quizás, su mayor estancia en este mundo de no-posesión, había hecho cambiar su mentalidad, o quizás, la situación particular en que nos encontrábamos la hacían ser menos exigente, o posiblemente, la ausencia de otros como yo, impedían esa exigencia. Lo cierto es que sus caricias me conmovieron profundamente, ninguno de los dos pretendía adueñarse del otro. Por ambas partes, solo había entrega sin pedir nada a cambio. Nos sentíamos solos en ese mundo y ello nos unía más, pero curiosamente, no nos sentíamos desprotegidos. Dormimos uno en brazos del otro con abandono de nuestras conciencias, como si las normas y convencionalismos que las gobernaban dejaran de existir. Eliminada la carga mental que soporta el subconsciente, el descanso es inmediato. Comprendí, que muchos de los sinsabores y penas que arrastramos en nuestra vida se deben a la carga de obligaciones sociales no asumidas por lo antinaturales que son.


CAPÍTULO VI


Pasaron cuatro semanas en los que Angela y yo utilizábamos un solo apartamento. Al cabo de las cuales, en el estudio me encargaron pintar unos paisajes que establecí con Andrés hacerlos del natural, para lo cual, me tuve que desplazar a Lugur, ciudad que estaba situada en la otra parte del mundo. Angela decidió acompañarme.
Mi desconocimiento del entorno me obligaba a viajar para captar del natural aquello que quería transmitir. Su tecnología, hacía innecesaria esta práctica con ellos, ya que usaban medios virtuales, en cabinas al efecto, con los que se ambientaban perfectamente y pintaban al instante. No así conmigo, con otra cultura y educación, el salto mental encontraba lagunas que era preciso cubrir con ayuda de la realidad. Además, favorecía mi conocimiento general de su mundo. Me dieron una serie de cámaras a manera de gafas en las que grabar todo aquello que necesitara, haciendo hincapié en que no desactivara los mandos de los captadores de olor, sonido, vibraciones, etc., etc., conectados con el ambiente y mi cuerpo a través de la piel. Me dieron instrucciones de su uso e hicimos unas pruebas que luego experimenté en dichas cabinas. Era como revivir lo vivido segundo a segundo. Allí estaba grabado, inclusive, mi estado de ánimo, mi nerviosismo. Ellos incluso me olían y me dijeron que se podía, con los medios adecuados, saber quién había hecho las tomas. Me dijeron que estos medios se usaban para otros muchos fines, incluido la medicina. El enfermo hacia tomas con muchos más captadores, cuya información pasaba a ser analizada por centrales de datos. El médico virtualizaba esas experiencias y las contrastaba con las máquinas para establecer el diagnóstico y su posterior tratamiento.
Los temas de los paisajes eran costeros. Playas tranquilas y lugares paradisíacos con objeto de decorar salas de hospitales, de relajación y masajes. Los cuadros tenían que inspirar tranquilidad, calma y sosiego. Debían ser colocados en los techos translúcidos que un juego de luces cambiantes simularían el paso del día a la noche en las diferentes estaciones. Esto serviría para una ambientación de entrada, después utilizarían el sistema virtual que yo grabaría. Al salir de esas sesiones, la paz del espíritu estaba garantizada.
Para desplazarnos, Angela y yo utilizamos un aparato volador de reducidas dimensiones comparado con los aviones de nuestro mundo, pero con capacidad suficiente para veinte pasajeros. El aparato volador no tenía alas, ni nada que se le pareciera. Era semiesférico, plano por su parte inferior y movido, por lo que me dijeron, por magnetismo. Hermético y silencioso, con la cúpula transparente desde el interior, no así desde el exterior. Giraba, en su desplazamiento, tan lentamente como las casas, aunque, aleatoriamente, lo hacía más rápido; imagino, que a requerimiento del piloto, que iba en la parte alta de la cúpula. A todo lo largo del círculo de la nave, a los cuales se accedía por un pasillo concéntrico, se situaban los asientos de los pasajeros que giraban a la voluntad del usuario. El resto, su parte central, para las máquinas o motores. En total, la nave tendría unos seis metros de diámetro y tres de altura.
A poco de acomodarnos en nuestros asientos, una pareja con niño, entabló conversación con nosotros preguntándonos dónde íbamos.
- A Lugur - contesté.
- ¡Ah, muy bonito! Estuvimos el año pasado en nuestro año de reflexión. No nos importaría volver. Quizás el año que viene. Este año tenemos la educación de éste. – Dijo señalando al niño.
- ¿Se llama Éste? – Preguntó Angela, que en su tierra ese tratamiento es despectivo, aunque yo, no pude por menos que reír y la pareja de asombrarse con sus ojos redondos como platos.
- No, todavía no tiene nombre. Lleváis poco tiempo aquí, ¿verdad? Nosotros no ponemos nombre a los niños. Los nombres nos lo ponemos uno mismo cuando estamos dispuestos a la “entrega”. El año próximo tendrá otros tutores y le llamarán de otra manera y así sucesivamente con lo que al final no sabría con cual quedarse. Los nombres en vuestro mundo, por lo que sé, sirven más que nada, como control e identificación ciudadana. Para establecer propiedades y herencias. Aquí, solamente los adultos tienen ganado el nombre. Los niños aún no se han ganado nada. Vosotros usáis apellido porque lo heredáis de vuestros padres. Nosotros no.
- Entonces, ¿cómo atiende?- Inquirió Angela.
- No hace falta tener un nombre para saber que se dirigen a uno o que están hablando de ti o contigo. Para eso están los pronombres como el que acabo de usar.
- ¿No os importa que el año que viene el niño esté con otros, después de haberle cogido cariño? – Formulé yo.
- Es lo mejor para él. Si permaneciera con nosotros más tiempo, echaría raíces que le atarían de por vida y se encontraría en deuda con nosotros. Tiene que ser libre y para ello no tiene que deber nada a nadie en concreto, sino a todos en general. Por eso no le ponemos nombre. Si se pone nombre a algo, inconscientemente, algo te une.
- ¿Y qué os quedará de todo esto a vosotros? – Añadí.
- Nosotros no pretendemos quedarnos con nada. No comprendemos, cómo vosotros, conscientes de que tenéis que morir, amasáis cosas como si fuerais a vivir eternamente. Siendo tan amantes de la riqueza, como sois, ¿No es pobreza tener solo un niño cuando podéis tener más? Nuestra función en la vida no es la de recibir sino la de dar. Recibe, el que no tiene, y da, el que tiene.
- Pero, si no tenéis nada ¿Qué es lo que dais? – Preguntó Angela.
- Evidentemente, a nosotros mismos. A éste, - y señaló al niño - nuestras enseñanzas, nuestra dedicación por un año, a otros por otro año. Cuando sean mayores, habrán conocido varias parejas y sus conclusiones estarán más documentadas. No conocerán, sólo, nuestras manías y forma de vivir y ellos elegirán la que mejor crean.
- Creo que yo daría más de mí, si fuera mi propio hijo – Refutó Angela.
- Seguro. Pero, por lo que nos consta, no quiere decir que sea lo mejor para él. Ni siquiera para ti. Estás regando una rosa cuando, si te sobra, puedes regar el rosal. Además, ¿qué mérito tiene eso?, ¿qué mérito tiene trabajar para sí mismo? ¡Te pasaría como a los Lulúes!
-¿Quiénes son los Lulúes?
- Una secta cuya doctrina era el egoísmo. Desapareció hace años.
- ¿En qué se basaba su egoísmo? – Pregunté yo.
- Pues en vivir solamente para ellos, sus caprichos, sus juegos, sus diversiones, sus fiestas. Nunca colaboraban en nada. Cuando tenían hijos nos los entregaban para seguir con sus placeres. Vivían sólo para ellos. Duró poco. Cuando pasó el tiempo se encontraron vacíos y tuvimos que ayudarles. Hoy son los que se encargan de disuadir a los jóvenes que presentan ramalazos de egoísmo y son los que mejor lo hacen. Tienen un lema para ellos: “Lo que queda de ti, son tus obras”.
El niño estuvo mirándonos un buen rato como las vacas al tren mientras su “padre” nos hablaba, luego se puso a mariposear alrededor nuestro y a tocarnos. Después de un tiempo prudencial en que su tutor le permitió la investigación lo agarró y lo sentó. A partir de ese momento dejo de departir con nosotros. Parece ser que debía dedicarse al niño.
El viaje no duró ni media hora pero eso bastó para encontrarnos en las antípodas del planeta. A Ángela y a mí, no nos dio tiempo ni a charlar de nuestras cosas sino a breves comentarios del entorno; paisaje y paisanaje incluido, tales como las pequeñas dimensiones del aeropuerto y la ausencia de equipaje que estos seres llevaban. Cosa en parte lógica pues no usaban ropa. Nosotros mismos dejamos de usarla a excepción de una especie de cubretodo cuando refrescaba: una prenda de abrigo que ellos usaban en invierno. Estaba hecha de su propio pelopluma sobre una base elástica que se adaptaba al cuerpo. Dejamos la nave y un coche, que puso en marcha Ángela, nos llevó a la casa que teníamos asignada a las afueras de un pueblo.
Para hacernos una composición del lugar fuimos a pasear por los alrededores hasta la hora de comer. En ese paseo estabamos cuando Ángela me espetó:
- Creo que a estos niños les falta cariño. El cariño de unos padres auténticos.
Me quedé pensando. En un principio le iba a dar la razón, después, preferí plantear una duda y contesté:
- ¿Tú crees? Esta gente parece que no lo echa en falta.
- ¡Hombre, por favor! El cariño de una madre es insustituible.
- ¿Qué quieres que te diga? Hay cosas que parecen buenas y luego no lo son. Estoy en una fase de incertidumbre que no me atrevo a inclinarme hacia ningún lado. Por hacer de abogado del diablo, te diré, que el excesivo cariño se convierte a veces en una protección que imprime indefensión y anula la capacidad de lucha del individuo. De hecho, los huérfanos son personas tan estables y humanas como los demás, incluso más preparadas para la vida en común y con menos prejuicios. Dime si no, ¿Qué pueden aprender los hijos de los padres y los padres de los hijos, después de tantos años, que no hayan aprendido en unos pocos? Es necesario que amplíen horizontes y tú les retendrás queriéndoles tener bajo tus alas, solo por la razón de que son sangre de tu sangre. Lo que se genera son obligaciones y compromisos de conciencia que posiblemente no favorezcan al individuo.
- ¡Por Dios! Parece que estoy oyendo a uno de ellos. – Exclamó Ángela.
- Siento darte esa impresión, pero reconoce que de todos los animales, el ser humano es el único que está pendiente de sus hijos hasta que muere. Que esto sea bueno o malo, no lo sé. Quizá sea fruto de nuestra mentalidad de propiedad, como dicen ellos. Lo que sí sé, es que los animales son naturales y no les mueve ni cultura, ni conciencia, ni ningún tipo de interés que les fuerce a hacer eso como nos pasa a nosotros. Incluso sé, que animales que viven en manadas, consideran a sus hijos como a los demás de la manada, como esta gente hace.
- No nos comparemos con los animales. De los animales hay que aprender aquello que nos interese, no todo. Como esta gente dice, los animales no tienen miedo a la muerte ni a la vejez porque no son conscientes de ello, mientras que nosotros lo tenemos en cuenta, queramos o no…
- Por eso mismo – Interrumpí - Y buscamos soluciones a esos temores. Lo que no sabemos es si la solución que hemos adoptado es la mejor. Yo, por lo menos, lo estoy empezando a poner en duda dado que la sociedad que tenemos es bastante injusta. Parece que esta gente ha encontrado otra.
- ¿Y tú crees que esta sociedad la íbamos a admitir nosotros?
- No lo sé. Por lo que me ha dicho Juan, ellos han tenido que evolucionar y me asegura que nosotros también lo haremos. Lo que me intriga es ¿cómo? Pero fíjate: Ahora vamos desnudos. ¿Tú crees que iremos así en nuestro mundo alguna vez? Si alguien nos lo propusiera, le diríamos que no. Sin embargo, hay gente en nuestro mundo que no le importaría, de hecho, existen playas nudistas…
- Sí, pero sólo en las playas. – Cortó Ángela.
- Y en las ciudades no, porque no les dejan – Rematé yo – Más bien, creo que es un problema cultural. Los salvajes van desnudos y en su cultura no tienen vergüenza como la tenemos nosotros. A lo mejor, también es un problema de propiedad, puede que sea que no queremos compartir nuestra mujer o nuestro marido. Pero no me discutirás que es menos natural nuestro comportamiento.
- Sí, pero volviendo al principio, incluso esos salvajes que van desnudos, sus hijos son sus hijos.
- En una aldea de pocos miembros, no sé hasta qué punto son todos responsables de ellos o son considerados hijos de todos. Incluso puede que todos sean familia. En fin, lo que quiero decir, es que la evolución pasa por unas fases que en un momento determinado, el comportamiento de un pueblo puede que esté justificado, pero en otro momento puede que haya que seguir evolucionando y no mantener las tradiciones, sólo por ser tradiciones. Quizás nuestro paso siguiente sea este que estamos viendo aquí. Yo no lo descarto.
Ángela guardo silencio. No sé si estaba o no de acuerdo, más bien, creo que no. Seguimos paseando sin intercambiar palabra un buen trecho. La temperatura era agradable, el olor del mar cercano me recordaba mi mundo. Continuamos andando por una vereda entre árboles bajos hasta llegar a la orilla del agua. Me coloqué las gafas y activé todos los mecanismos. Enfoqué el agua, la arboleda que dejamos atrás, un acantilado situado a nuestra izquierda y el pequeño pueblo que estaba a la derecha pegado al mar. Fuimos caminando hasta el pueblo tomando vistas. Mientras tomaba las vistas del pueblo, algo se me hacía raro aparte de las construcciones propias del lugar. Me quité las gafas y pensé que podía ser.
- ¿Qué pasa? – Pregunto Ángela.
- ¿No notas que falta algo en ese pueblo?
Ángela miró, hizo un gesto de no saber a que me refería y contesto negativamente.
- ¡Ah, ya sé! – Exclamé yo, cuando me di cuenta que al pintar un pueblo lo que trataba de encuadrar era lo que allí faltaba - ¡Falta la iglesia, la torre de la iglesia!
- Claro, aquí no hay iglesias, Solamente, en pocas ciudades, quedan algunos edificios antiguos que fueron iglesias pero los usan para teatros. En los pueblos nuevos, como parece que es éste, no tienen.
- ¡Ah! ¿Lo sabías?
- Es una de las buenas cosas que tiene el ser animadora. Yo les cuento y ellos me cuentan.
- Evidentemente, no son nada religiosos – Insinué.
- Bueno, a su manera. Digamos que no necesitan de templos para serlo. Parece ser, que en su época tuvieron quien les manipulaba y dirigía religiosamente. Por lo visto, - dijo sarcásticamente -, ahora son ya todos muy buenos y al no tener a quién convertir se les acabó el negocio.
- No creo que sea por eso – dije riendo.
- Más o menos, - añadió, ya más seriamente - En realidad, el motivo de las iglesias es que hay ricos y pobres, no malos y buenos. Como aquí no existen ricos, ni pobres ¡Tú me dirás!
- ¡Es alucinante!, ¡Qué manera de resumir! Aunque, – reflexioné - pensándolo bien, parece lógico a primera vista. Nunca lo había visto tan simple. Pero entonces, ¿en qué creen, quién les orienta en sus dudas existenciales?
- Lo preguntas como si siempre hubiera habido Iglesias y ministros de ellas. En tiempos de los griegos ya había filósofos sin iglesia que enseñaban al pueblo.
- Tienes razón. Bueno, pero ¿en qué creen?
- Por lo que me han explicado, me parece, que en un Dios muy pobre. Algo así como un ser superior que, desde luego, no se mete en sus cosas para nada y al que no le echan la culpa de sus desgracias como hacemos nosotros continuamente. Le reconocen como ser superior pero no le ruegan, ni le piden nada. Dicen, que si Él ayudara ¿Cuál sería nuestro mérito? Reconocen, que Él ha hecho las cosas tan bien, que no necesita retocarlas. Que pedirle que cambie las cosas por nuestros ruegos es como decirle que las ha hecho mal.
- ¡Hombre! Pues así, en principio, no me parecen argumentos malos. ¿A que te refieres con lo de Dios pobre?
- Pues, que si Dios es amor, como a mí siempre me han enseñado, no le veo el amor por ningún sitio.
- También nos han enseñado que hay que amar al prójimo y yo tampoco lo veo. Sin embargo, estos parece que sí lo cultivan.
- En cualquier caso ¿Para qué queremos un Dios, si no nos sirve para nada? – Inquirió Ángela enfadada.
Ante el enfado de Ángela opté por el silencio. Seguimos avanzando hacia el pueblo y entramos en él por una de sus calles más anchas. Un cartel con signos extraños, sustentado sobre dos columnas situadas a ambos extremos de la calzada parecía indicar su nombre. Las casas blancas, las calles sinuosas, los canales transparentes, los jardines bien cuidados, floridos y exuberantes, la gente paseando al Sol tranquila y apaciblemente… Todo en conjunto, daba sensación de calma y sosiego. Según nos cruzábamos con los parroquianos intercambiábamos saludos de bienvenida a Lugur. Una cosa más nos resultaba extraña. Los habitantes eran ancianos o adolescentes. No se veía gente de edad intermedia. Algún adolescente aislado pero no ancianos aislados. Éstos siempre estaban acompañados de adolescentes prestándoles ayuda o conversación. Ya distinguíamos los jóvenes de los viejos por su porte, por el color cano de su pelopluma, sus movimientos lentos o ágiles, en fin, no hacia falta hablar con ellos para saber su edad.
Hice varias tomas del pueblo con las gafas durante un par de horas. Cansados, nos dirigimos a un restaurante que identificamos por los signos que formaban sus luces aunque éstas estaban apagadas. El local estaba vacío. Quizá era pronto. Nos sentamos en una de las mesas cercanas a una de las ventanas que daba al mar. Esperamos hasta que comprendimos que era autoservicio. Todas las viandas estaban expuestas en un enorme mostrador. Nos servimos nosotros mismos y cuando llegamos a los postres empezó a entrar poco a poco la gente. Los ancianos se sentaban y los jóvenes los servían y luego comían con ellos en agradable conversación. Aguantamos un buen rato comentando nuestras impresiones sin que nadie se dirigiera a nosotros. Al cabo, nos levantamos y nos dirigimos al mar.


CAPÍTULO VII


La playa era blanca. El mar, como balsa de aceite parecía una piscina enorme. Tumbonas con gente tendida, cubierta de barro y expuestas al Sol. Bañistas nadando cerca de la orilla. Pequeñas embarcaciones alrededor de un embarcadero circular a cuyo círculo se accedía por un entarimado recto que partía de tierra. Absortos en el paisaje, dimos un respingo cuando alguien a nuestra izquierda nos dijo: - Buenas tardes. ¿Os pensáis bañar?
Era Juan. Se había desplazado a Lugur en nuestra búsqueda. Andrés le informó de nuestra situación y allí nos estaba esperando dando por seguro que nos vería en algún momento. Le presenté a Ángela, a la cual ya conocía por referencias. Después de los rituales de presentación nos ofreció un paseo en barca al que accedimos. Nos encaminamos hacia el muelle y subimos en una de las pequeñas embarcaciones que estaban amarradas. Juan pulso un botón y la barca se elevó del agua unos veinte centímetros por medio de una hélice espiral hasta quedar apoyada en una especie de esquíes situados a ambos lados de la hélice y cuya longitud era más o menos la envergadura de la nave. La hélice tomaba inclinación con respecto a la vertical y esto imprimía el desplazamiento de la nave tanto de marcha adelante como de marcha atrás. Para el desplazamiento lateral giraban los esquíes y la barca, friccionando con el eje de la hélice hasta noventa grados como máximo. Cuando la barca alcanzaba la posición deseada dejaba de friccionar y ésta salía adelante o atrás según estuviera inclinada la hélice. El movimiento conjuntado de estos elementos impedía que la trayectoria de la curva, al cambiar la barca de dirección, fuera muy amplia, llegando incluso a la brusquedad haciendo tocar con el agua la parte elevada de la embarcación. Los jóvenes disfrutaban mucho con esta manera de conducir e inclusive buscaban el encontronazo con otras embarcaciones. Lógicamente estas barcas eran de un material elástico, circulares, como un gran neumático con presión de aire o lo que fuera. Para sentarse, un banco corrido situado alrededor de un eje grueso de plástico que sobresalía un metro del suelo firme de la embarcación. A este eje, se colgaban cuerdas como de nylon a las que se aferraban. A pesar de todo, se soltaban y caían. Juan no usó de estas maniobras en cuanto oyó los grititos de Ángela al subir, pero las observábamos en los demás y fue suficiente para pasarlo bien.
En el poco tiempo que llevaba en ese mundo había sacado la errónea conclusión de que era aburrido. Que la gente sólo se ocupaba de trabajar. No sé, acostumbrado en el mío a oír noticias de catástrofes, crímenes, calamidades, problemas sociales, laborales, raciales y todo el lío de cosas con las que diariamente tienes que convivir. Hasta la más simple de hacer colas para conseguir una localidad en el cine, los atascos de circulación, discusiones con los vecinos por un quítame allá esas pajas, las prisas, las penurias de llegar a fin de mes y no te alcanza para comprar algo. En fin, todas esas pequeñas cosas que molestan pero que te hacen sentir vivo porque estás continuamente luchando para vivir, allí no existían. Era todo tan tranquilo, tan normal, tan sin problemas, que al mismo tiempo de parecer un paraíso, daba la impresión de vivir como vegetales, de ser tedioso y monótono, como que al no tener problemas, la gente no tuviera necesidad de divertirse para escapar de los problemas como nos ocurre a nosotros. Sin embargo, allí les estaba viendo divertirse y gozar de la vida. Tanto es así, que dije en voz alta: - ¡Menos mal, que veo algo divertido! – Juan rió mí observación y noté como empezaba a desenfundar sus argumentos para arremeter los míos.
- Bien ¿Por dónde empiezo? – Vaciló.
- Je, je. Por el principio. – Ironicé, con la consabida respuesta.
- Sí. Veamos. Diversión… ¿Qué es diversión? Seguro que cada cual tiene una respuesta distinta aunque parezca tan elemental. Tiene que ver con el carácter de cada uno, sus conocimientos, sus gustos, en fin, muchas cosas. Por tanto, lo lógico es pensar que no hay una única manera de divertirse. Existen, más o menos, unas fórmulas generales para provocar la risa y esta es una de ellas. – Dijo señalando a los que se estaban embistiendo como si fueran autos de choque. – Las caídas ajenas, suelen hacer gracia cuanto más aparatosas sean, no así, las propias. Es evidente, que para soportar estos movimientos bruscos es necesario ser joven o estar preparado físicamente, de lo contrario podrías tener algún percance serio, lo cual quiere decir, que los viejos no tienen muchas opciones a este tipo de juego si no es el de mirar. ¿Significa esto, que los viejos no pueden divertirse? Naturalmente que no. El que tú no veas frecuentemente algo divertido, como te acabas de expresar, es por que estás acostumbrado a una serie de estímulos en tu mundo, a los cuales estás habituado y que aquí tu organismo echará en falta hasta que se acomode. En vuestro mundo vivís siempre al acecho, en estado de alerta, preocupados y temerosos. Lo llamáis estrés. Eso os produce una excitación que aquí no tenemos y por eso os parece aburrido. La mayor parte de vuestra energía la gastáis en esa excitación. Es una de las razones de vuestra corta vida. Está demostrado.
- Sin embargo, he oído, que algo de estrés es conveniente tener. – Opiné yo.
- En efecto, el de la propia actividad que estás ejerciendo, no más.
- A propósito de viejos. – Intervino Ángela. – Parece que en este lugar están todos reunidos.
- No todos, pero sí unos cuantos. Hay otros lugares como este a los que se viene en edad avanzada. Cuando llegamos a una edad en la que necesitamos ayuda de los demás. La actividad más importante que nos queda, es transmitir nuestra experiencia al tiempo que recibimos esa ayuda. Por eso, son los jóvenes quienes nos atienden y los que se aprovechan de nuestras experiencias y enseñanzas durante un año o el que crean necesario. Digamos, que para ellos es una escuela con cantidad de maestros. El problema surge, cuando alguno de los jóvenes o de los viejos, queda descolgado de los demás por la razón que sea.
- ¡Ah! Menos mal. – Manifestó Ángela, añadiendo con sorna. - Ya creía que vosotros no teníais problemas. Estas son las residencias de ancianos.
- Por supuesto que los tenemos y bienvenidos sean. Gracias a ellos tenemos algo que hacer. De lo contrario, ¿qué pintaríamos aquí? Una de las razones por las que estamos en este mundo es la de resolver problemas. El mundo en que vivimos cambia y nosotros debemos cambiar con él. Por eso debemos resolver problemas continuamente. La diferencia está, en que a vosotros los problemas os incomodan, ya que perseguís otras cosas. Uno de nuestros enorgullecimientos es tener en nuestro haber, gran cantidad de problemas resueltos con nuestro nombre. Todas las soluciones a problemas, se registran. Vosotros lo patentáis para sacar beneficios. Nosotros lo ponemos a libre disposición. En todas las materias hay problemas resueltos con el nombre de su autor. No solamente los inventos técnicos. Si se da más importancia a unos que a otros la evolución se desequilibra, marginando lo social y humano por lo científico, que, precisamente, es lo que os pasa a vosotros. Quizá os hayáis preguntado: ¿cuál es la forma de valorarnos? Bien, pues esa es una forma. La cantidad de soluciones en nuestro haber, que se hayan llevado a la práctica en más de tres ocasiones, cualquiera que sea el tipo de solución. La mayoría tenemos cientos de ellas y ese es el número de la clasificación. Por ejemplo: yo tengo el 1240; o sea que he aportado 1240 soluciones que se han utilizado más de tres veces. El hecho de haberse aprovechado nuestras ideas nos sirve de satisfacción personal. Nuestras obras reconocidas es lo que nos gratifica.
- ¡Mira! Eso no está mal. – Reconoció Ángela.
- Ángela. – Dijo Juan, en plan de Páter. – A pesar de lo que creas, vosotros también estáis resolviendo problemas continuamente ¿No es de vuestro mundo la frase de: “El que no tiene problemas se los busca”? Eso es precisamente porque el ser pensante, por su idiosincrasia, tiene que estar siempre ocupando la mente en resolver algo, alimentando el cerebro. La diferencia está, en que queréis vender vuestras ideas, y si no, las ocultáis para que nadie se aproveche de ellas, por eso tenéis tantos secretos de fabricación y hacéis espionaje industrial. Para vosotros, una buena idea significa dinero. Para nosotros, un reconocimiento. La ventaja de nuestro sistema sobre el vuestro es clara. La sociedad se desarrolla más rápido y equilibradamente.
La embarcación se iba adentrando en el mar suavemente mientras Juan nos hablaba. La calma chicha, me empujó a colocarme de nuevo las gafas. Lentamente volvimos a la costa y empezamos a oír el bullicio de los jóvenes y sus encontronazos.
- ¿Cómo dosifica la gente el tiempo de diversión? – Preguntó Ángela al volver a verlos – Normalmente prefiere uno divertirse que trabajar.
- Olvidas que para nosotros la palabra trabajo no existe, es ocupación. Realmente, siempre nos estamos divirtiendo. Ten en cuenta que de todo se cansa uno; hasta de reír. ¿Por qué vas a limitar un tiempo de esto o un tiempo de lo otro? Habrás observado que la gente no usa relojes ¿Para qué?, si no existen horarios. Todo está abierto siempre. No hay turnos de trabajo. Si algo no puede quedar desatendido, la gente se pone de acuerdo. Si surge alguna urgencia, nos comunicamos inmediatamente y habrá colaboradores al instante. Por ejemplo: vosotros cerráis una tienda y el resto de la gente, si quiere algo, tiene que esperar al día siguiente. Si al día siguiente la gente se acumula, el trabajo os desborda y no lo podéis atender y luego hay ocasiones en las que no tenéis nada que hacer y, sin embargo, debéis estar allí. Eso a nosotros no nos pasa. El tiempo lo usamos como dato de dimensión en operaciones que lo requiere, no como ligadura de nuestra vida. Vosotros tenéis puesto un precio por hora a la vuestra. Es absurdo. Vendéis vuestra existencia por horas. Jubiláis a la gente por una fecha igual para todos, como si todos estuvieran en las mismas circunstancias de energía y salud.
- Si, como dices, de todo se cansa uno, de cualquier ocupación también.- Refuté.
- Claro, por eso tenemos varias ocupaciones. Como vosotros, que tenéis el trabajo obligado, el que os da de comer y el otro u otros con el que os divertís. En casa estamos muy poco, lo necesario para descansar o para aquel que necesite, por lo que sea, intimidad o recogimiento. Bueno. Yo me voy a dar un baño. Si queréis, nos vemos en la cena, ahí enfrente - dijo cambiando de tercio y señalando al local en el qu