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Pa$iones del Alma. Por Enrique Díaz López.

Compañero entrañable, amigo, te rendimos un pequeño homenaje, en memoria de lo que nos ofreciste: música, canto, cultura..Gracias. Pa$iones del Alma*.


Enrique Díaz López.


Haré una breve revisión teórica de los conceptos freudianos que emergen delos primeros trabajos publicados por el Maestro en los albores del Psicoanálisis. Trabajos que conciernen al desarrollo psicosexual en la infancia y que arrojan a la luz algunas de las piedras fundamentales de la Teoría Psicoanalítica.

Empezaremos esta breve revisión, no sin antes aclarar la inclusión forzosa de los aportes lacanianos en todo lo que concierne al vasto campo de la teoría. La Libido, concepto llevado y traído por todos los que de algún modo se han puesto en contacto con los vocablos y el argot propios de los textos freudianos, y a la vez tan poco comprendido desde la plenitud conceptual tan machacada por Lacan, es más que un simple desarrollo lineal de una “sexualidad” que avanza desde lo “inmaduro” hacia “lo maduro”, como frecuentemente se deja escuchar.

La Libido, energía que se ancla a lo real en un constante movimiento, sobre un terreno pletórico de accidentes y fallas, cuya viscosidad se adhiere al cuerpo, no de manera azarosa sino determinada, por un lado, de manera irremediablemente filogenética sobre aquellas regiones promotoras del avance neurológico-maduracional; y por el otro, en una suerte de movimiento dialéctico, animado por ciertos elementos especulares imaginarios, dados sobre una posición simbólica determinada.

No abordaré en este momento éste último problema, que se refiere a la puesta en marcha del mecanismo libidinal por efecto de la identificación imaginaria, solamente tomaré lo concerniente a la libido en cierta etapa de erotización de objeto, a saber: la etapa anal, por ser aquí precisamente, donde convergen las vicisitudes que moldean aquellos elementos que hacen del dinero, parte de los significantes de la cadena en que se apoya dicha energía para su materialización (sic) y representación psíquica.

La maduración neurológica que permite el control del esfínter anal culmina alrededor de los dos años, es decir, que el niño está preparado para la auto-regulación de las funciones de expulsión y retención intestinal, lo cual no garantiza que esto suceda debido a que existen otras condiciones de orden afectivo-familiar-social, que van a dejar su huella particular en cada sujeto, dependiendo de sus imbricaciones conjuntas.

El objeto a erotizar serían las heces, mediante las cuales el niño, aparte de sus funciones fisiológicas de regulación digestiva, algunas alternativas insospechadas hasta entonces, de manipulación y control de sus afectos en relación con sus objetos primarios y con su espacio vital. Las heces van a ser el elemento a través del cual el afecto se otorgará o se retirará –atesorándolo- lo que tendrá que estar en relación inversamente proporcional con la dosificación de la represión que emana de las normas y conductas sociales con respecto al orden, la limpieza, la pulcritud y en especial a la tolerancia de aquellas funciones tabú, en la que los “humores corporales” (como decían los antiguos) delaten los vestigios perversos de una estructura socio-familiar.

Un rasgo divalente define con mayor rigor los modos de esta fase, mejor dicho, de esta latitud, de estas coordenadas psíquicas; la retención es condición sine qua non para la expulsión, pero puede traducirse como un retraimiento del afecto, como un retiro del amor, y la expulsión como una forma de agresión y también de amor; el valor dado por la libidinización genera esta relación elemental.

Se desprende de aquí una fantasía, a manera de una fórmula que Freud ventila con su agudeza característica: la cloaca, esa fabulación imaginaria en la que, por un lado, la falta de elementos y de abstracción, y por otro el interés libidinal por el objeto parcial, hace traer a los niños a través del ano, por una suerte de amor en el desprendimiento de una parte del cuerpo: niño-heces-dinero. Regalo-tesoro, elementos significantes que como tales, girarán en la infinita espiral del deseo proyectándose hacia el futuro en una relación obsesivo compulsiva, estructurando un discurso, o en un discurso estructurante mejor dicho, que develará ese lúdico control narcisista acercándose por un efecto metonímico al significante dinero, re-actualizando los primitivos y parciales modos de construcción de objetos.

Vemos pues, que el futuro puede encontrarse en el pasado, que a su vez no es tan pasado, puesto que a cada momento se nos hace presente.

“.... el dinero debe ser considerado en primera línea como medio para la conservación individual y la adquisición de poderío, pero además en su valoración participan poderosos factores sexuales”. (La iniciación al tratamiento” Escritos técnicos, O.C. T II, pag. 1666 Freud, S.)


Al encuadre psicoanalítico lo define claramente Freud, como las condiciones óptimas para el desempeño de la labor de análisis en el campo de la transferencia, o sea que todo elemento del encuadre que varié de alguna forma, o que no sea claro, tiende a producir un cambio percibido como una resistencia transferencial, lo cual iría en contra del tratamiento, de ahí que los ortodoxos a veces se preocupen más del encuadre que del análisis de las formaciones del inconsciente.

Si bien es cierto que existen ciertas condiciones que administren (sic), reglamenten y definan el marco de referencia de la labor psicoanalítica, también es cierto que la práctica ha puesto en evidencia la falibilidad de un encuadre ortodoxo en el seno de una posición clasista desde donde se ejerce el psicoanálisis ¿O hay quién lo dude? Es muy difícil mantener el análisis alejado de ciertos entornos cotidianos, aunque esto trate de reducirse al máximo, por ejemplo: dentro de la comunidad “psi” es casi norma que el maestro sea por algún tiempo el analista y viceversa; los simposios, congresos, etc. son puntos de reunión y amistad, más de un caso de encuentros analista-paciente son inevitables, lo que no quiere decir que el trabajo sea imposible.

Es esto lo que se argumenta frecuentemente cuando un alumno pide a su maestro-analista ser su paciente, un tanto por adecuar el análisis a las condiciones de un pequeño grupo social, y otro por no perderse de un jugoso ingreso periódico; al fin y al cabo, esa red de ineludibles relaciones ex-análisis y las vicisitudes afectivas que la acompañen, son digeribles a la hora de la hora, sino, para qué estamos los analistas.

Hasta el cansancio y no sin una buena dosis de mitificación, se nos repitió en la academia la importancia de lo que se señalaba como el encuadre óptimo, es decir, mínimo tres sesiones de cuarenta y cinco minutos, espacio y tiempo definidos, en fin todo lo que ustedes ya saben. Una vigilancia obsesiva por parte de los supervisores, hacía parecer que el encuadre en su observancia produciría el fenómeno del campo psicoanalítico, cuando por otro lado, nos percatábamos de las infamias en las que caían los preceptores y las ayas en la práctica de sus propios análisis, haciendo sesiones de noventa minutos, una cada semana o cada quince días, dependiendo del viaje que tuviera fulano o perengano acá a Monterrey, para engañar la mayoría de las veces a un puñado de estudiantes ilusos, a quienes en espera de la gracia divina de la sabiduría, se les daba un revés en el bolsillo y una información refrita y trillada como cuenta-gotas.

“Dime con quién te analizas y te diré quién eres...”, es entonces que uno se cuestiona la validez de algunas instancias del encuadre ortodoxo, y se le piensa como un mero aspecto administrativo, el mismo Freud lo hizo. Se pueden dar todas las racionalizaciones posibles para salvar los obstáculos que pudieran impedir un trabajo analítico (claro, teniendo en cuenta las mínimas referencias de analizabilidad), pero ocurre algo curioso: hablando de dinero la cosa se pone color de hormiga, en este aspecto todo mundo le hace caso a Freud en “La iniciación del tratamiento”, cuando dice que “es bien sabido que la baratura de un tratamiento no contribuye a hacerlo más estimable a los enfermos...”, o se quedan con la conciencia tranquila, ya que nada más los ricos padecen de neurosis; “... la terapia analítica resulta casi inasequible a los pobres..... los hombres a quienes las duras necesidades de la vida imponen un rudo y constante trabajo sucumben menos fácil a la neurosis....”. Otros más sutiles persuaden al ¿paciente-cliente?, con la infalibilidad de la palabra freudiana: “.un gasto relativamente moderado (?) nunca puede significar nada frente a la salud y la capacidad funcional...”.

Bien sabido tenemos que Freud, dentro de todo su trabajo científico y toda su genialidad tenía, claro está, el sello propio de su condición histórico social; ciertas coordenadas ideológicas indubitablemente filtradas a través de su obra, lo cual le hace hablar de esa manera, en lo que se refiere, repito, a la vil administración del trabajo analítico, lo cual no es para sorprendernos. Sería despiadado que, aparte de legarnos la creación del Psicoanálisis en su triple aspecto: método, teoría y técnica, le exigiéramos un dechado de reflexiones sobre la ubicación de su discurso en la superestructura de la pirámide marxista. No olvidemos que el error es la puerta de la verdad, como dice Lacan, y que fueron precisamente estos, los que hicieron posible la apertura dialéctica de la que surge el Psicoanálisis en Freud y Lacan.

Nos toca a nosotros reubicar las condiciones de la práctica psicoanalítica, si bien es cierto que el manejo de la parte afectiva en lo que respecta a la paga es de suma importancia, también es cierto que se han venido dando una serie de concesiones y de plasticidad a otros elementos de no menor importancia y que responden a una forzosa adecuación de la práctica a un campo social determinado.

Salvo honrosas excepciones, como en todo, un número bastante minoritario de maestros del oficio son los que medianamente guardan un equilibrio con respecto de las necesidades y de la capacidad de solvencia de sus analizados, y son ellos precisamente los promotores de algunas generaciones de jóvenes profesionistas que andan por la misma línea; desgraciadamente, la mayoría sucumbe al encanto del estatus y hace exclusiva su práctica de dos o tres tipas neuróticas de las mejores colonias.

Hablando exclusivamente de quienes ejercen el Psicoanálisis, porque hay que diferenciar quién lo ejerce y quién no, dentro de los “quién no”, están obviamente la mayoría de los psiquiatras en primer término y con más pecado por ser los más arrogantes, esa fantasía que da el título de médico de estar en la antesala del cielo-, cabe recordar que el mismo Freud pone como primera objeción para el ejercicio de la disciplina el ser precisamente médico-, en segundo lugar, esa gran masa amorfa de los que se dicen psicólogos, cuya formación está marcada por el desconocimiento absoluto de una disciplina congruente que les dé las famosas respuestas existenciales de “qué somos...., qué hacemos..., a dónde vamos”.

Los únicos psicólogos que conozco y que al menos están intentando hacer con seriedad su trabajo, es porque de alguna manera se han descentrado de dicha formación academicista y son, como luego se dice, garbanzos de a kilo. A propósito de psicólogos, se encuentran las cosas más descabelladas, por ejemplo: en la sección amarilla, fulano de tal hace “Psicoanálisis, Análisis Transaccional, Análisis de la Conducta, Problemas Maritales, Terapia Sexual, Terapias de Grupo”, y ahí súmele todas las que haya escuchado.

Que tristeza el grado de caricaturización al que llegan algunos psicólogos en estas irreverentes fantasías de omnipotencia. Por último, los psicoanalistas de membrete, de los que no hay manera de saber si saben, excepto por lo que cobran, resulta de que en Monterrey hay quienes pagan hasta treinta mil pesos (equivalente actual [2005] a unos tres mil pesos) por sesión, aunque usted no lo crea, y el más moderado anda alrededor de los diez.

Lo único que me resta decir, es lo que alguna vez dijo mi amigo, el Dr. Santiago Ramírez**, con un dejo de ironía en ocasión de un impertinente crítico: “los psicoanalistas somos como las putas, entre más cobramos, más nos buscan”


Notas:

* El texto apareció en la Rev. Diálogo Universitario. , Vol 4, Nos. 5 y 6 Universidad de Monterrey.
**Psicoanalista mexicano, ya fallecido.

Enlaces: Aperturas Psicoanaliticas. GeoDescargas
Creado por larch | 0 comentarios | 10/08/05 01:17

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