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Notas sobre lo Grupal y lo Politico. Por Horacio Foladori. en www.psicosocial.geomundos.com

Notas sobre lo Grupal y lo Politico. Por Horacio Foladori.

La problemática del poder puede ser resuelta en el marco grupal, jamás lo será en el contexto institucional. La jerarquía permanente se opone al intercambio de roles que sucede en el grupo. Por ello es que la institución es mucho más frágil que el grupo. Cuando en la institución se manifiesta la nec NOTAS SOBRE LO GRUPAL Y LO POLITICO (*)

Horacio Foladori*

Es conveniente prevenir al lector acerca de las notas que a continuación se esbozan: reúnen apuntes que como tales carecen de una elaboración pormenorizada y sistemática. Se trata de un conglomerado de ideas, un poco en bruto, que pueden mostrar más que elaboraciones definitivas líneas de reflexión; tal vez con algunas conclusiones muy primarias. Señalamos esto por dos motivos.

El primero es justificar un cierto desorden del material que no puede permanecer al margen de contradicciones. El segundo es difundir efectos de algunos “diálogos” como para promover en otros grupos nuevas incursiones sobre el tema que desarrollen críticamente algunas de estas ideas.

1. Pensar lo grupal. ¿Acaso es posible sin otros? La naturaleza del pensar no puede definirse si no es a partir de su origen social. Pensar es dialogar con otros, intercambiar impresiones, hacerse cargo de una fantasía, al menos, que sea común. Pensar es reflexionar para otro. No es posible pensar sólo, mi discurso siempre tiene un destinatario, y su posibilidad de producción depende de que se evoque a otros. Bauleo señalaba el año pasado en Buenos Aires: “Un compañero traía aquí que lo grupal no puede ser pensado fuera de lo grupal, es decir, si queremos atender grupalmente en distintos lugares no sirve mandar un coordinador, éste tendría que pertenecer a un cierto grupal”.

Está claro, la producción es interna al grupo. Aunque yo sería más radical, creo que lo grupal no puede ser pensado (individualmente), creo que el pensar es en esencial grupal, se me ocurre que no hay posibilidad de pensamiento aislado de un determinado contexto grupal. Hace algunos años nos preguntábamos sobre el origen de ese discurso que llamábamos “hablar como los sobrinos del Pato Donald”. Es en lo grupal donde descubro -por los efectos- que otro comparte conmigo y yo con él una cierta idea, que es tan idéntica a ambos que podemos expresarla incluso con la misma sintaxis. Yo me interrumpo y él sigue, completa la idea. Indudablemente, subyace una fantasía común, pero adquiere tal grado de concretud que nuestro discurso se vuelve uno, se empalma perfectamente.

Pensar es siempre un acto social, cuando escribo también dialogo con algún interlocutor. Escribo, hablo para alguien. Por eso es que en el grupo se nos ocurren cosas, ideas nuevas, en la medida en que las fantasías van delineándose en estos intercambios. Por ello es que no se trata de que haya que pensar “lo grupal”. Pensar lo grupal es ese emergente de una dialéctica que me incluye. Por ello el grupo es lo creativo en el entendido de que es el lugar donde ocurren cosas nuevas de las cuales-individualmente-nos vamos haciendo cargo, poniéndose nombre de autor.

La autoría es el nombre que le pongo a un trozo de discurso en virtud de quien lo expresa. Nada indica que coincida con quien lo produce. Cuando discuto con diversos “autores” ellos se presentifican conformando un grupo al cual pertenezco. Por ello es que es posible descubrir otros sentidos de lo dicho, por este juego de involucramiento en ese producto compartido.

En este sentido, creo que habría que pensar en una nueva metapsicología, un modelo que rompa con el esquematismo de una estructura intrapsíquica y de otra interpersonal, que no aporta mayormente, por cuanto simplemente describe lo observable: un individuo que se comunica e intercambia con otro.

Cuando Freud en “El chiste” se plantea que el chiste es una formación esencialmente social, que está construido para ser contado, que involucra a tres individuos que cumplen distintas funciones en una estructura global que los trasciende, está planteando una nueva metapsicología. Uno se lo cuenta a otro y un tercero ríe, señala Freud, por lo que no se comprende el primero sin el segundo, la risa es parte del chiste, como lo es también el contarlo. Como en el caso de “los sobrinos del Pato Donald” existe una gramática que es común, que es recorrida por individuos- cada uno según el sector que le corresponda- pero que finalmente brinda una imagen de totalidad. Freud vuelve a utilizar esta metapsicología en la relación del líder con la masa: el individuo (objetivamente) desaparece, para hacer surgir lugares y funciones como parte de una totalidad no visible, deducible.

2. No en vano el exilio creó dificultades para debatir sobre lo grupal. Algunos quedamos sin grupo durante algún tiempo; solos no se puede desarrollar lo grupal. La necesidad de grupalizar es una manera de poder pensar, sentirse un poco creativo, poder hacerse cargo de alguna idea, tal vez. Por eso es que el exilio constituye también, de algún modo, una forma de deshumanizar, arrancar del grupo, des-grupalizar, convertir al ser-en-el grupo en un ser-para-sí: obturarle el pensamiento. Intento fallido, en parte, por cuanto no es necesario que el grupo esté constituido empíricamente para que exista lo grupal. Existe por invocación, lo recreo, sin embargo requiero de algún tipo de réplica, de respuesta, de estímulo.

El exilio me dificulta trabajar lo grupal, hasta que no pueda pertenecer a otro grupo, lo cual implica un ajuste socio-cultural. Si bien el grupo lo constituyo por invocación, no es lo mismo cuando el individuo está presente. Allí su réplica me obliga a un esfuerzo, a un trabajo de construcción de una fantasía. Si no compartimos algo tampoco podemos pensar. No se trata de un acto voluntarista, es un trabajo realizado por esta estructura que nos engloba.

3. El grupo y la institución se oponen, a pesar de que originalmente pensábamos a la institución como un grupo, en realidad no es así, la institución es la negación del grupo. La institución se basa en la rigidización de las normas del grupo (estatutos, reglamentos, procedimientos, jerarquías, etc.) es negar la esencia dialéctica del grupo ya que en éste, la fundación de una norma no impide al poco tiempo revisarla en función del propio devenir grupal.

La institución es la negación del cambio grupal, ese el congelamiento del grupo en un momento de su existencia. Por ello, la institución es en esencia reaccionaria, pretende ignorar el tiempo, fija al grupo en un momento. La institucionalización es una defensa que rigidiza al grupo, le brinda seguridad a cambio de neutralizar su devenir. La institución no puede dejar de pertenecer al sistema, al aparato de Estado y por tanto lo soporta, lo respalda.

No hay instituciones revolucionarias, sería un total contrasentido; no puede haber práctica revolucionaria con el grupo congelado. La institución es la negación de lo grupal. Si lo grupal es este lugar de lo creativo de lo nuevo, la institución es la manera de atacar lo nuevo para que sea viejo, conocido, desmenuzado y neutralizado. Es una forma abortada de un grupo, es una degeneración de un grupo, o dicho de otra manera es un grupo “enfermo” en donde el cambio ya no es posible. El proceso de institucionalización cada vez rigidiza más, cada nuevo paso es un nuevo congelamiento de la creatividad grupal, cada momento es un nuevo recorte a la libertad grupal y en consecuencia de los sujetos soportes. La institución tiene la misión de tener todo previsto, el cambio es imposible.

El hecho es que creada la institución es muy difícil destruirla y cuenta con una serie de requisitos estatales que la respaldan, los responsables lo son también ante el exterior grupal, ante el Estado y ante la sociedad; se ha trascendido a un plano en el cual el grupo ha perdido su dominio. Todas las instituciones de un sistema son iguales, deben funcionar de la misma manera, en cambio todos los grupos son diferentes aunque en algunos casos pasen por las mismas etapas. No es posible un cambio social sin una destrucción sistemática de las instituciones.

Institución no es lo mismo que organización. El grupo se organiza para abordar una tarea, se organiza y desorganiza según los obstáculos que concurren a su encuentro. La institución evita la organización (efectiva), neutraliza el abordaje del problema. La burocracia está para evitar que se hagan las cosas, es la manera de desarticular los intentos organizativos. A mayor institucionalización menor eficacia; ni siquiera mayor eficacia formal.

La institución es una ilusión de perfección de organización, en realidad es la construcción de la anti-organización, el entierro de la organización. Los institucionalistas franceses ponen el énfasis en la recuperación del poder instituyente frente a lo instituido. A mi juicio se podría tratar de una ilusión más. No se trata de seguir institucionalizando sino de des-institucionalizar, des-normativizar. Ellos aún creen en las instituciones y buscan un funcionamiento más aceitado. Claro está, otra vuelta de tuerca es estudiar la articulación de la institución al interior del grupo, el origen de las normas tácticas, tema para otras reflexiones.

4. La problemática del poder puede ser resuelta en el marco grupal, jamás lo será en el contexto institucional. La jerarquía permanente se opone al intercambio de roles que sucede en el grupo. Por ello es que la institución es mucho más frágil que el grupo. Cuando en la institución se manifiesta la necesidad de recurrir a un recurso como el de la disciplina, de acatar las directivas, se trata del último instrumento (chantaje emocional, previo al control físico) de que dispone la institución en el borde de la ruptura.

El grupo se basa en otros resortes para mantener la unidad, aquellos que deben ser fuertes como para oponerse a la fantasía primera de todo grupo: el fantasma de la desintegración. El resorte, por tanto, es interno. La institución recurre a un estímulo normativo, porque ya reconoce que el nexo grupal se ha perdido, por lo tanto, ya no hay grupo. El llamado a la disciplina es el reconocimiento de su propia fragilidad y debilitamiento inminente, es ya la materialización de su ruptura. El poder está para mantener a la institución unida, porque ésta ya no lo está, el poder se ejerce para beneficio de una ilusión. En el grupo no hay poder, no hay represión, ni chantaje, los intentos de manipulación son descubiertos de inmediato, su funcionamiento no autoriza tales pretensiones.

5. En la lucha sindical habitualmente se dan dos tipos de modelos: uno que pretende obtener conquistas a través de una estructura institucional idéntica a aquello que se combate. En este caso, la lucha queda solamente en un plano de reivindicación económica (aunque se pretenda otra cosa), y no afecta para nada el funcionamiento del sistema. Se trata de un conflicto entre instituciones de un mismo sistema donde la naturaleza del sistema no está en juego. No se pretende romper nada sino obtener un nuevo equilibrio o un ajuste de aquel, ya que el anterior se ha visto roto. En tal caso, se puede apreciar que ambas instituciones funcionan con un sistema verticalista de liderazgos donde lo grupal permanece ausente: es un encuentro entre cúpulas, las jerarquías están bien marcadas y son respetadas.

El otro modelo responde a una organización llamada de base. En este caso, el predominio es de lo grupal y es visible que si bien pueden plantearse reivindicaciones de tipo económico, en el fondo lo que esta en el juego es la raíz política de la institución. Se trata de una institución que se enfrenta a una anti-institución. El principal problema es que los representantes (supuestos líderes) tienen mucho menos poder que en el caso anterior, por lo que muchas veces es difícil llegar a acuerdos ya que sistemáticamente, hay que retornar al grupo en busca de instrucciones.

Este tipo de organización es mucho más efectiva en cuanto a lucha sindical, no tanto porque pueda obtener mayores beneficios, sino porque el sistema y las instituciones del sistema, se ven seriamente cuestionadas: se ofrece a ojos vista, una alternativa de funcionamiento. Son los casos en los cuales el apoyo del Estado a la institución cuestionada es total.

En el primer modelo de conflicto el Estado aparece como mediador tanto como parte. No se puede permitir que se altere el “orden institucional”, ya que todas las instituciones podrían verse envueltas en un cuestionamiento, en una crisis y luego ser destruidas. El agrupamiento de fuerzas en torno al polo institucional es rápido.

La ideología dominante no puede aceptar bajo ningún concepto que la institución sea cuestionada, se trata de un valor eterno e inmodificable. Sobre ella se basa toda la estructura del sistema. El peso de lo grupal es temido por la institución. La institución, como veíamos se apoya en la disciplina, lo que recuerda a los tres monitos: no se puede ver, oír, ni hablar.

6. En los años 70, el Río de la Plata fue escenario de una discusión que se centró en la problemática familiar. Los comentarios pretendían definir una aproximación a la familia desde una concepción de lo grupal, y hablar, entonces, de grupo familiar en lugar de familia. Ello fue promovido sobretodo por algunos artículos de Pichón-Riviére donde se aplicaba la concepción operativa de grupo al grupo familiar y que pretendía poder llevar a la familia a un modelo de funcionamiento donde se superaran estereotipos y donde la familia pudiera funcionar como un verdadero grupo.

En especial, la rigidez de la familia atentaba contra la salud mental de sus miembros y la enfermedad de ellos denunciaba un funcionamiento familiar mecanizado, con roles fijos y funciones estereotipadas, así como un sistema jerarquizado de manejo del poder y reparto de los bienes. Actualmente estamos en condiciones de poder revisar esta concepción que nos parece de raigambre positivista. Hablar de grupo familiar es, a nuestro modo de ver, la proyección de un deseo del terapeuta, es efecto de un acto de descripción más que de una conceptualización sobre la familia. Ya que la familia reúne a una colectividad de sujetos, parece ser un grupo.

Los mismos postulados que reiteradamente repetíamos años antes deben ser cuestionados. Decíamos que todo individuo nace en un grupo, allí aprende a funcionar en grupo. En realidad ambas afirmaciones son falsas: no nacemos en un grupo y menos aprendemos a funcionar en grupo. Pretender que la familia es un grupo y funciona o debe funcionar como tal es algo que quisiéramos que sucediera, pero que no responde a la realidad de la familia. Creemos que si el grupo se opone a la institución, entonces nacemos en una institución, no en un grupo. Vale decir, nuestra inclusión en la familia está marcada por una serie de lugares fijos y responsabilidades, está legislada, normativizada de tal manera que el famoso cambio deseado en la familia, lejos está de ser un asunto cotidiano.

La familia es un lugar rígido de relaciones, todo está ya dado cuando nacemos en ella y lejos de aprender a funcionar en grupo lo que hacemos es acostumbrarnos a desempeñar el rol prefijado por la estructura institucional. Somos amaestrados por la institución familiar. Prueba de ello es que cuando un individuo entra en un grupo terapéutico, lo que molesta, lo “enfermo”, lo repetitivo, lo que se interpreta, es casualmente su funcionamiento estereotipado y cómo repite en el grupo terapéutico los roles y funciones que aprendió a desempeñar en su familia (y que desempeña y reproduce en el grupo terapéutico). No sabe funcionar en grupo, debe aprender a hacerlo a partir de la toma de conciencia de su historia institucional.

Lo “enfermo” es lo familiar no lo grupal y cuando nos aproximamos a una psicopatología grupal (si ella es posible) no nos queda otro recurso que definirla desde la perspectiva del funcionamiento de los modelos familiares. Por el contrario, el grupo es el lugar donde el individuo puede acceder a romper ciertos estereotipos de su funcionamiento familiar, lo que no deja de ser sentido en la familia como un atentado a su integridad. Fijémonos nuevamente que la enfermedad es producida por la institución, ahora familiar, mientras que es la dinámica grupal la que supone una alternativa de cambio. Por tanto, hablar de grupo familiar es pretender que las cosas sucedan según nuestro deseo, pero ello nada tiene que ver con la determinación de los fenómenos.

En los hechos, la familia se resiste como cualquier institución a autorizar el cambio y se rigidiza y se bloquea frente a cualquier alteración de su estructura. Las modificaciones autorizadas son sólo para defender la institución y asegurar su permanencia. Tal vez, todo el problema de la terapia familiar deba ser enfocado en términos de análisis institucional de la familia, más que de una terapia grupal donde se ha demostrado la inoperancia de su aproximación.

La familia como toda institución, o tal vez ahora sí, como la primera institución, debe garantizar el control de los individuos que pertenecen a la misma, debe cuidar bien de las jerarquías así como favorecer un desarrollo del poder que garantice una determinada política según la ideología que la institución sustenta.

A nadie se le ocurriría decir que hay democracia en la familia o que las resoluciones pueden ser tomadas por consenso. Mas bien se explicita un manipuleo de la información y una concentración de los medios de control en pocas manos, tal cual el modelo de cualquier institución del sistema. La familia es una institución gerontocrática, como todas. Por ello, es que la familia apoya el sistema, es una pieza fundamental de soporte del mismo, lo que no ocurriría si la familia fuese una estructura grupal que posibilitara cambios progresivos y donde el manejo del poder quedara mucho más librado a un juego donde todos los integrantes pueden participar. El funcionamiento “grupal” de la familia no le sirve al sistema; sí le sirve el funcionamiento institucional.

En todo sistema familiar está previsto el problema de la permanencia, lo eterno de la familia, la forma cómo pueden producirse los relevos de individuos en cargos de poder, la pertenencia de los bienes, el sistema de reparto. Todo esto de una manera fija, incluso con un apoyo jurídico donde las disposiciones son ajenas al grupo. En los grupos las reglas, en primer lugar son producidas por el propio grupo, aparte de ser permanentemente cambiantes, según las circunstancias por donde su devenir lo guía. El funcionamiento familiar busca eterniza su estructura. Se repite una vez más aquello de que los hombres pasan, las instituciones quedan.

Así, la familia goza de una estabilidad envidiable, incluso en aquellos casos en que se disuelve. Pero en este último extremo, también están previstas las circunstancias y procedimientos que autorizan a definir una disolución, según un modelo que se sigue para todas las instituciones del sistema. De este modo, es mucho más fácil fundar una nueva familia que disolver una existente; el acto de fundación supone sólo una intención, pues bien, la intención no alcanza para disolverla, debe recurrirse ahora a un largo proceso donde la disolución es siempre parcial: la referencia a la familia fundada es obligatoria. La disciplina cobra en la familia destacada importancia, en cualquier tipo de familia; por tanto se refuerza así el argumento a favor de la concepción institucional de la familia.

7. Tal vez uno de los casos más claros de cómo la institucionalización de un grupo bloque su creatividad sea el de las instituciones psicoanalíticas. No son pocos los autores que han abordado el tema, la bibliografía es extensa, pero no se ha puesto suficientemente en énfasis en algunas de las repercusiones políticas de este tipo de instituciones. Un estudioso de la talla de Roustang ha realizado afirmaciones que merecen ser re-pensadas. “Existe una completa contradicción entre el objetivo del psicoanálisis que, con las reglas que se han establecido, debe seguir siendo un aparato, y la constitución de una sociedad alrededor de un jefe insustituible del que se adopta el pensamiento y al que se reconoce como maestro. La contradicción en este caso, es aún más violenta por cuanto que, para constituirse esta sociedad utiliza unos factores, en primer lugar la transferencia, que sólo tiene cabida en la cura analítica”.

Que el jefe sea Freud, Melanie Klein, Lacan o un grupo de designados autodidáctas, poco importa. Se trata siempre del mismo procedimiento: determinar desde el poder aquello que hay que descubrir, así como apoyarse para ello en un factor técnico – la transferencia (que sólo puede tener sentido en la situación analítica).

Ahora bien, si la sociedad se apoya en la prostitución del instrumento, ¿qué podemos esperar de la ética de los que ejercen como analistas y que pertenecen a dicha institución? Continúa Roustang: “Si profundizamos en los efectos del psicoanálisis veremos que todo grupo de psicoanalistas lleva consigo el principio de su disgregación. Su estabilidad y buen funcionamiento demostraría, por el contrario, el olvido del descubrimiento freudiano. En este sentido, el psicoanálisis es fundamentalmente asocial, y hablar de sociedad psicoanalítica es una contradicción terminológica”.

El asunto es más grave, todo grupo (incluso aquel de los psicoanalistas) lleva consigo el germen de su disgregación, por cuanto como grupo contiene fuerzas que lo unen y otras que tienden a desmembrarlo. Pero finalmente, ello es secundario; en nuestra opinión el grupo es el que puede producir conocimientos, por lo ya explicado. Dicho proceso grupal no estará ajeno a variadas vicisitudes en función de las contradicciones y conflictos que se reactiven en su seno. La comunidad analítica primitiva es un buen ejemplo de ello.
Pero el problema está cuando se rigidiza el vínculo entre los individuos, controlándose casualmente el retorno de lo reprimido. Ya no se trata del inconsciente sino que se trabaja con el poder. Si bien hablar de sociedad psicoanalítica puede resultar una contradicción terminológica (en México se expresaría en términos de “revolucionario institucional”), se renuncia a cuestionar como institución que se ha fundado – aquella en la cual hemos nacido: el análisis de lo familiar (¿del Edipo?) resultando en una charla sin mayor trascendencia. Así, constituir una sociedad psicoanalítica ¿no podría ser un acting, psicoanaliticamenté hablando? En todo caso se trata de una afiliación al sistema, y un espaldarazo a su estructura y permanencia.

Pertenecer a una sociedad analítica es pretender congelar esta estructura grupal cambiante, que puede mostrarnos lo desconocido. Jacques decía que las instituciones constituyen defensas contra las ansiedades psicóticas. Pensar es permitirse visualizar la “locura” emergente, compartirla.

Bleger mostraba de qué manera el analista busca también en el encuadre un refugio ante esa locura fluyente. Pertenecer a una institución constituye, por tanto, un acto represivo contra la propia pertenencia grupal. Es cierto, como decía Freud que el psicoanálisis no es algo que se pueda hacer aislado, porque la misma necesidad de pensar la locura requiere de otros. Pero no creo que deba confundirse la integración grupal con una institución, más bien parece descubrirse un nuevo exceso.

Nada indica que la forma social del pensamiento psicoanalítico sea producida en algo que vaya más allá de una simple organización grupal.

8. Escribir sobre estos temas, sobre todo sobre lo institucional implica quedar al margen de cierto institucional. Tarea de riesgos no solamente por cuanto supone enfrentarse a las defensas más arcaicas de aquellos que no encuentran otra que ampararse en lo institucional sino también porque la marginación – si es ésta posible- es un aislamiento que deja sin protección.

Se corre el riesgo de tocar ese lugar designado socialmente como la locura, que en realidad reúne lo que queda afuera de las normas que amparan a lo institucional. No es raro que el cesado, el jubilado, el segregado, el marginado, se cuestione sobre su salud mental: más bien, si la institución protege contra ansiedades psicóticas, el rompimiento del marco institucional deja libre dichas ansiedades, por lo que se trata, si es posible, de encontrar nuevos continentes de contención de las fuerzas irruptoras.

No deja de generar cierta culpa el romper y destruir ilusiones, aunque sepamos que es para favorecer un determinado grado de reconocimiento de la realidad en el entorno.



* Psicoanalista uruguayo. Actualmente radica en Chile.

Creado por larch | 0 comentarios | 07/05/08 04:29

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