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Implicación y distancia. Por: Eugène Enriquez en www.psicosocial.geomundos.com
Implicación y distancia. Por: Eugène Enriquez
Para llevar a cabo esta tarea de acompañamiento constante (aunque no ocupe sino algunos días por mes) necesito estar eminentemente disponible. Por disponibilidad, entiendo una simpatía por los seres y las organizaciones de las cuales forman parte. Simpatía no quiere decir empatía, ni colusión ni con
Implicación y distancia
Por. Eugène Enriquez
(“Implication et distance”, Les cahiers de l’implication. Revue d’analyse institutionnelle 3 (hiver 99/00). L’intervention, Paris 8 université.)
Dado que ya he escrito mucho sobre “la intervención”, sobre sus métodos, sobre los fines que persigue, creo pertinente redactar, en Les Cahiers de l’implication, algunas páginas sobre la cuestión de la implicación en la intervención, que he abordado a menudo pero que no he tratado realmente a fondo.
Ahora bien, es frecuente comprobar que teóricos y practicantes otorgan a este término sentidos tan diversos que resulta difícil, si no imposible, saber lo que cada uno quiso decir al utilizarlo. Voy a tratar, pues, de precisar lo que entiendo por implicación. No sé si siempre apliqué esta palabra de la misma manera. Probablemente no. Pero no tengo modo de recordarlo.
En efecto: nunca me preocupé, como algunos sociólogos o analistas profesionales, por medir mi vida, dividirla en períodos, marcar continuidades y rupturas. Si recuerdo ciertas fechas (1958, 1968, por ejemplo) se debe al hecho de su gran influencia en la historia. Recuerdo también otras que estructuraron mi vida privada y profesional: casamiento, nacimiento de los hijos, ingreso a la Universidad, etc.
Lo demás no tuvo para mí el mínimo interés y me asombro habitualmente de tratar gente que puede hablarme de sus vacaciones de agosto del ΄62 o de julio del ΄84... Para mí, los años pasan y hay momentos cruciales, desde luego, pero no me preocupo por saber si esos grandes momentos fueron vividos en el ΄61 o en el ΄80. Sucedieron y produjeron sus efectos. Eso es lo esencial. De lo contingente, si es que mis escritos dejan su huella, se ocuparán los historiadores. Si no, caerá en el más completo de los olvidos. Afortunadamente. ¿Qué sería de nosotros si nuestra memoria estuviera saturada de futilidades?
La relación con el tiempo
Lo que acabo de señalar me permite evocar mi relación con el tiempo en la intervención. Elemento esencial de la implicación, pues una intervención larga (todo el mundo lo sabe) nos hace involucrarnos más que una intervención breve.
No me gustan las intervenciones breves. Además me molesta que algún organizador me pida que dé una conferencia y me diga: “Me gustaría que interviniera”. Una exposición, para mí, no es sino la presentación de mis ideas o de las ideas ajenas que valoro, y mi única preocupación es de orden pedagógico: que las personas que me escuchan puedan comprenderme, seguir el hilo de mi pensamiento, hallarse en condiciones de discutir mis argumentos.
Claro, dentro de esa preocupación pedagógica hay algo más en juego: el deseo puntual de no suscitar ni demasiada simpatía ni demasiada antipatía del público hacia mi persona y de ser, pues, a pesar de la seducción inherente a esa situación, lo más neutro posible (si esta palabra tiene algún sentido), a fin de no provocar movimientos o emociones incontrolables para cualquiera que se halle en esa situación. En una genuina “intervención breve”, es decir, en la puesta a punto de un dispositivo de cambio en respuesta a una pregunta, siempre me siento incómodo.
Por una razón esencial: no creo en efectos durables sin maduración (y cómo hacer para madurar en dos o tres días) y sin la puesta en marcha de procesos de sublimación. Como ya no pienso más que sea necesario provocar a las personas en su aislamiento, pues, según creo, sólo se logra aumentar las resistencias, me siento más bien desarmado. Única salida: provocar en los participantes deseos de renovar o prolongar esta experiencia que, desde mi punto de vista, sigue siendo una propedéutica superficial.
Lo que les ofrezco como palabra, como interpretación, apunta y sólo apunta a provocar cierto grado de asombro (sabemos que, a partir de Aristóteles, el asombro es la condición de la reflexión filosófica). Asombro de que el problema en discusión pueda ser visto desde otro ángulo, de que se logren considerar soluciones a priori inauditas, de que el interviniente adopte determinada postura, que hasta los participantes mismos sientan deseos de hablar, de reflexionar, de establecer contactos y de pensar de manera diferente. “Asómbrame”, le decía Diaghilev a Cocteau.
Esta palabra merece ser famosa. Yo me entrego de lleno a instaurar una cultura del asombro. Ello conlleva tanto una puesta en marcha de la imaginación como del pensamiento. En efecto, este asombro no es sólo de orden intelectual, o de orden afectivo y/o relacional. Se sostiene por la inmersión en la “fantasía” (para repetir el término preferido de D. Lagache), es decir, por la capacidad de dejarse llevar hacia sueños y conductas “incongruentes” pero que, en la situación, se revelan como fantasmas portadores de efectos de verdad y de acción. “No se piensa sin fantasmas”, decía ya Aristóteles.
Es interesante, entonces, permitir que pensamientos nuevos, empapados de delirios (ya que, como sabemos, el fantasma es la puesta en escena del deseo) puedan aflorar. Entonces, las personas del grupo (quienes participaron en el trabajo) quieren continuar. Ese surgimiento de lo nuevo los turbó, les provocó una falta (falta de aparición de deseos, falta de ideas recién esbozadas o de conductas innovadoras) que no siempre saben cómo caracterizar pero que les da hambre y sed.
Suscitar el asombro tiene como consecuencia (o como condición) que las personas quieran volver a verme, que renueven el contacto. Mi deseo está allí, por tanto, muy presente. Naturalmente, no es siempre el caso. Hay grupos o situaciones que no me llegan, frente a los cuales experimento, si no una transferencia negativa (a veces sucede, sin embargo) al menos poco interés, que hasta me aburren (o me molestan), que no se alteran ni se asombran -salvo en el sentido más trivial y estúpido, sorprendiéndose de lo que soy o de lo que hago con ellos- y que continúan siendo, como diría Mallarmé, des abolis bibelots d’inanité sonore.
Hablan pero no dicen nada, se expresan sin detenerse a pensar, experimentan emociones, pero ningún fantasma los atraviesa. Se comportan como personas psicoanalizadas que no llegan a hacer funcionar su psiquis y que Mac Dougall llamó “antianalizantes” y M. Enriquez “analizantes parásitos” porque parasitan la situación y al psicoanalista para seguir siendo lo que son y además nutrirse copiosamente.
Lo que parece caracterizar estas situaciones que rechazo es la obesidad. Como un obeso a quien le cuesta moverse, esos grupos se las arreglan para hacer a menudo muchas cosas y sobre todo para no emprender nada esencial que pudiera poner en peligro su estructuración compacta. A veces encontré grupos por el estilo. Afortunadamente, con poca frecuencia. A pesar de todo, tienen un interés: logran que el interviniente retorne a la modestia e incluso a la humildad. El interviniente que pretendiera ser demiurgo se desilusionaría rápidamente.
Para los otros grupos, los que, justamente, comenzaron a dar muestras de agilidad en sus relaciones e ideas, deseo, por el contrario, ser aquel (o uno de aquellos, si intervengo con otros) que les permita proseguir su periplo. Después de todo, el psicólogo social es quien invita a viajar y si alguien no está seguro de encontrar al final, ordre et beauté, luxe, calme et volupté, como en el poema de Baudelaire o el cuadro de Matisse ; y si, en ciertos casos, es con el abismo, por el contrario, con lo que cada uno debe enfrentarse, el psicólogo social tiene como función alentar a los participantes a emprender una larga travesía, lo más larga posible.
En última instancia, un viaje interminable, ya que quien hace surgir la novedad es el viaje y no el arribo al puerto esperado. Y es menester señalar ahora que mi deseo de acompañarlos no me inquieta, ya que se apacigua con relativa facilidad si este deseo no es compartido por los participantes.
En efecto, mi contratransferencia positiva (salvo en lo que respecta a los analizantes parásitos) es rara vez provocada por las personas que me han requerido. Desde luego que sería inexacto decir que sus conductas positivas, de confianza hacia mí, no guardan relación con mi tendencia a querer prolongar el trabajo a su lado. Pero está más bien relacionado con mi “gusto por la alteridad” (para repetir la expresión que V. De Gaulejac acuñó para caracterizarme), con mi interés hacia las personas y grupos que deseen comprender lo que son y para evolucionar.
Cada vez que me encuentro con individuos que se plantean cuestiones y dudas (aunque resistiéndose por naturaleza) se acrecienta en mí el deseo de recorrer parte del camino con ellos. No para llevarlos a un punto preciso (puesto que mi atención está centrada en el viaje), ni para formarlos y transformarlos siguiendo un modelo que sería de mi preferencia, sino para permitirles proceder a un trabajo de metaforización, de metabolización de sus pulsiones, de sublimación que reclaman (aún inconscientemente) y que me parece propio de la especie humana, especie siempre inconclusa, en continuo cambio.
No hay, pues, un objetivo en la intervención. No tengo voluntad alguna de que sean sino lo que son, ni de alentarlos a la autogestión, ni de desarrollar en ellos el deseo de la revolución. Pero si bien no existe el “Estado-objetivo preciso” (G. Palmade), ello no impide que tal trabajo, cuando tiene lugar, desemboque en una autonomía individual y colectiva. Sería falso, entonces pensar que la intervención está exenta para mí de una ideología subyacente, que designaré simplemente como una “ideología democrática”.
Siempre he dicho y escrito que me resultaría imposible aceptar (aunque exista) una sociología o una psicosociología de tipo adaptativo, que sólo refuerce las estructuras establecidas. Una sociología o una psicosociología “de derecha” me parece que atañe a la teratología. Si la función de las ciencias humanas es “revelar lo real” (expresión de S. Leclaire), introducir en la realidad las relaciones sociales, favorecer entre la gente la toma de conciencia de lo que son y las determinaciones sociales y psíquicas, hacer que advengan los “yo” y los “nosotros” que provoquen impacto en ellos y en su entorno, no pueden entrar en connivencia con lo que está “ya allí”.
Pero decir que quiero individuos y grupos más autónomos, capaces de hablar por sí mismos y de tomar en mano su propio destino no significa que conozca de antemano adónde deben dirigirse.
Cada uno debe ser capaz de crear condiciones que le permitan ser más libre y mirar a los demás como a iguales y hasta como a hermanos. No tengo preconceptos de la libertad que cada uno anhela. Todo hombre debe hallarse en condiciones de ir tan lejos como pueda. Queda librado a él correr o no demasiados riesgos, o aventurarse por caminos peligrosos. Puedo acompañarlo y hacerle ver las consecuencias de sus ideas y de sus actos. No puedo ocupar su lugar. Sólo sería, en ese caso, un individuo autoritario o un demiurgo. Lo que está evidentemente en contradicción con una postura democrática.
Un trabajo de tales características demanda tiempo. Para que se debiliten las resistencias, para que se elaboren nuevos proyectos, para que los hombres puedan “gozar del pensamiento” (F. Ponge) y sentir placer en inventar y transformarse, se necesitan meses, incluso años. Así podrá entenderse mejor por qué me atraen las intervenciones largas.
Relación con la subjetividad
Para llevar a cabo esta tarea de acompañamiento constante (aunque no ocupe sino algunos días por mes) necesito estar eminentemente disponible. Por disponibilidad, entiendo una simpatía por los seres y las organizaciones de las cuales forman parte. Simpatía no quiere decir empatía, ni colusión ni connivencia. Siento sumo placer en trabajar con personas y grupos que comparten valores análogos a los míos.
Pero desconfío. Pues el parecido o la similitud de ideas o actos puede resultar una trampa. J. Gautrat, sociólogo, ex obrero y militante en Renault, evoca a menudo las dificultades de coordinar seminarios para obreros militantes. Pues no sólo se siente próximo a ellos, sino que ellos tienen dificultad en admitir que no les dé, inmediatamente, las armas que se supone que posee para combatir del mejor modo a la patronal y que les “obliga” a pensar por sí mismos y a trabajar con sus sentimientos y sus conductas.
Estoy de acuerdo con él. Personas y estructuras demasiado próximas solicitan claramente mi adhesión, ponen en juego identificaciones demasiado fáciles. Me parece entonces más agradable y también más pertinente obrar con grupos por los cuales experimento un interés “bien temperado”. Por eso no intervengo en estructuras donde conozco a los participantes, de las que formo parte (nunca pude intervenir en una facultad o en una universidad de la que era miembro) o que considero en “resonancia” con los elementos más íntimos de mi personalidad. La distancia es necesaria.
No olvido que mi primera vocación era la etnología, el estudio de pueblos lejanos, disciplina que nos pone en contacto con lo extraño, lo desconocido, aun si lo “exótico” nos hablan directamente y nos hacen percibir lo extraño y lo desconocido en nosotros mismos. Mis investiduras se dirigen entonces hacia grupos que son sobradamente distintos de mí, aunque se refieren a valores que no me parecen incompatibles con los míos. He trabajado en especial con las empresas. Ahora bien, el mundo industrial no es el que más quiero. Me interesa más la poesía, la literatura, la música, la pintura, las artes en su conjunto que el devenir de las empresas. Por ejemplo: lo que me gusta del Japón es su literatura del siglo XX y sus estampas (las de Utamaro, de Hiroshige, de Hokusai) del siglo XVIII y del XIX, y no su dinamismo industrial. Pero nunca trabajé con grupos de intelectuales o de artistas.
La empresa me atrae, pues me gustan las personas y los grupos que son emprendedores (“la primera libertad, decía Locke, es la libertad de emprender”) aunque me siento muy lejos del universo de las herramientas y de las máquinas. El hospital me interesa vivamente pues el problema de la salud me afecta, aunque soy muy mal enfermo (no me gusta dirigirme a un médico) y desconfío con respecto de las estructuras hospitalarias. Por el contrario, no me agrada intervenir en la universidad, aunque haya sido universitario durante treinta y cinco años.
En definitiva, la distancia me parece indispensable para poder implicarme, pues lo que busco es lo que está suficientemente lejos de mí pero que, sin embargo, es capaz de movilizar mis investiduras. Puedo además intervenir en estructuras donde las personas se refieren a modelos que no me gustan mucho. No me agradan las estructuras carismáticas o burocráticas, los individuos perversos no me atraen y menos todavía los individuos megalómanos, incluso paranoicos.
Pero si me llamaron la atención, es justamente por su aspecto exótico, extraño (no hay que olvidar que Les notes sur l’exotisme de V. Segalen fue por mucho tiempo mi libro de cabecera) y también porque me permiten descubrir los elementos carismáticos, burocráticos, perversos o megalómanos que entran en juego en mi personalidad. Una condición, sin embargo, es indispensable para que les conceda parte de mi tiempo: que perciba en las personas que poseen tal tipo de personalidad o habitan en tal tipo de estructura, la voluntad de plantearse cuestiones, de poner sus hábitos en tela de juicio, de acceder como decía Freud: “a una parcela de originalidad y de autonomía”.
Si recurren a mí para “perseverar en su ser” (Spinoza) nunca recibirán mi colaboración. Puedo, entonces, intervenir en grupos que hagan alarde de valores y conductas muy alejados de los míos, puedo poseer cierto grado de “discordancia de valores” pero, sin embargo, estos no deben ser directamente opuestos a los míos. Me resulta imposible trabajar con gente prisionera de sus creencias, que tengan certidumbres que me parezcan aberrantes o dañinas. Así pues, todo lo que caracterizo como integrismo, sectarismo, fascismo o totalitarismo no es para mí objeto de trabajo, sino de repulsión. Puedo interesarme en seres diferentes, incluso en adversarios. A los enemigos, por el contrario, hay que combatirlos frontalmente.
Pueden entonces constatar que, para mí, estar implicado no significa estar inmerso en una situación, vivirla como mía, sino simplemente no olvidar que lo que lo que les pasa a otros tiene resonancia en mí, es capaz de hacerme vibrar, y, por lo menos, de interesarme, en el sentido fuerte del término, es decir, ponerme en movimiento, obligarme a un trabajo mental y a una interrogación sobre mí mismo. Estoy, por ende, totalmente presente en cada momento de la intervención, acepto la conmoción provocada por el reencuentro con el prójimo, no trato de ponerme un caparazón para protegerme.
Si los otros (individuos, instituciones) corren un riesgo (y los riegos son numerosos durante una crisis, por más leve que sea), debo igualmente correr uno. Pero no es lo mismo. El prójimo se enfrenta con las estructuras, con las determinaciones sociales, con los aspectos inertes del grupo, de la organización, de la institución como a su propia sed de libertad, a su capacidad de inventar lo irremediablemente nuevo y a la posibilidad de perder su empleo o de verlo de una manera que no le conviene. Por mi parte, me enfrento con mis ansias de poder, con mis conocimientos, con mis límites. Si ya no aceptan mi intervención, estaré obligado a irme. Pero tendré siempre otros campos donde trabajar.
Mi narcisismo podrá haber sido mal interpretado, mis ideas, barridas por el viento. No basta. Sigo existiendo aunque tenga que reconsiderarlo. El precipicio no se abre bajo mis pies mientras esta circunstancia sea comprensible para los demás.
Solicitan mi afectividad y mi inteligencia. También mi capacidad de comprender y simpatizar (mi contratransferencia). ¿Debo acaso hacer partícipes de ello a las personas con las que trabajo? No pienso así. Al contrario, aplico, siempre que es posible, la regla de abstinencia. Pues mi posición no es la misma que la de mis interlocutores. Ellos vienen para aprender, comprender, preguntarse, cambiar, inventar. Y me pagan para ello. No tienen nada que ver con mis sentimientos, mis perlaboraciones, mis dudas. Y además no estoy junto a ellos para evolucionar. Semejante consecuencia no puede ser sino un beneficio secundario para mí.
Lo que exigen de mí, es una atención sostenida, una marca de respeto hacia su mirada, y una aptitud para hacerles ver y comprender lo que no pueden percibir y aprehender sin mi ayuda. Por lo tanto, no puedo ponerme en su mismo nivel. Existe una diferencia de naturaleza entre la posición de analista y la de analizante. No es que una sea preferible a la otra. Indican simplemente que un trabajo debe ser hecho y cuáles son las condiciones de su cumplimiento.
De ello resulta que si estoy bien atento a lo que pasa en mí, a mis reacciones en la situación, no estoy centrado en mis procesos y mis problemas, en una palabra, en mi vivencia, que sólo tiene interés por la labor emprendida en la medida en que me informe sobre mis posibilidades de acompañar la evolución de los “prójimos” a los cuales, momentáneamente, tengo a mi cargo.
Desde luego, es importante, luego de las sesiones de reunión, elaborar una “cartografía” de mis estados psíquicos en relación con lo que pasó, proceder a un trabajo de rememoración de las diversas fases de la intervención y de lo que ellas evocaron en mí, entregarme yo también a un trabajo de preelaboración, ya sea solo si soy el único consultado, o con el equipo del cual formo parte. Tal actividad es siempre segunda, no tiene lugar sino en el después.
Sin embargo, hay momentos excepcionales en los que la palabra del interviniente puede ser la expresión de lo que siente en el aquí y en el ahora. Sucede cuando el grupo se centra en él, en sus atribuciones, en su rol (siempre mal jugado) o al contrario, cuando trata de eludirlo, de silenciarlo, de borrarlo. Se acusa entonces al interviniente y se lo interpela sobre su función. Si no dice nada o si se contenta con analizar el proceso del grupo, demuestra que tiene miedo o que huye de la situación. No es que se lo quiera impulsar a decir explícitamente qué siente en su fuero interno sino que, cuando hable, haga comprender al grupo que él entendió bien de qué se trataba.
En una sesión de grupo de base, donde algunas risitas alternaban con un silencio sepulcral, el interviniente (me refiero a una experiencia personal) puede decir: “se están burlando de mí”. En otra sesión donde una persona está por jugar un rol de contralíder, sin que nadie se percate de ello y donde las intervenciones del psicólogo social son escuchadas con conmiseración, puede demostrar que el grupo prefiere al contralíder y le hace comprender su deseo inconsciente de castración del líder de manera irónica: ¡“Qué agradable es oír palabras tranquilizantes! Lo que les digo, ¿les impide digerir sin duda?”.
Al hablar así, indica claramente que se siente afectado pero hace recordar que él simboliza la ley en la intervención, que sigue siendo el garante de la tarea a cumplir y que él no deberá dejar de ser tenido en cuenta. Dice: “Yo existo, y todos ustedes tienen que trabajar conmigo”. Pero no manifestará ni dolor ni sorpresa. Dada la situación, no está en condiciones de hablar de sí mismo, menos todavía de contar anécdotas, salvo si el relato que propone tiene un valor metafórico y puede ser comprendido por el grupo tal como es.
Hay un último punto que merece ser considerado: el interviniente, ¿puede salir de su rol de comprensión y de interpretación para dar su opinión personal sobre la esencia de los problemas debatidos? Después de largas vacilaciones, mi respuesta actual es positiva. Diría que hasta suelo hacer exposiciones teóricas que permiten que las personas pongan en orden sus impresiones u opiniones discordantes. Si pienso de este modo luego de un cierto número de años, es porque creo que tal actitud es congruente con mi rol.
En efecto, mi posición no puede ser asimilada a aquella de un psicoanalista individual o de un psicoanalista de grupo. Intervengo con el conjunto de mi personalidad (y no como solo objeto de una transferencia y como receptáculo de fantasmas) y de mis conocimientos. Si no hago mención de ello, si no los comparto, puedo ser visto (y con razón) como un ser parsimonioso al que le gusta dejar que otros se esfuercen en vano mientras los mira desde las alturas. Como una esfinge, juzgaría y condenaría sin que nadie supiera los criterios sobre los cuales me apoyo.
Si me dejo llevar por una ideología democrática, debo saber dar. Dar y no imponer. Dar quiere decir proponer acercamientos al problema e inicios de solución, indicar las consecuencias probables de determinada decisión, mostrar las bifurcaciones posibles, los impasses, las encrucijadas, abrir sendas en el laberinto con el propósito de que se produzca una progresión y no una regresión.
En una palabra, me sitúo plenamente como consultado y no como experto, pues no ofreceré soluciones sin participación. Dado que estoy vivo, que muestro mi pensamiento en acción, invitaré a los otros a ser más vivaces e inventivos. Ya no seré el sujeto “supuesto saber”, sino un sujeto que posee un saber que puede ser puesto a disposición de todos para enriquecer también la reflexión colectiva.
Relación con los otros
En este punto seré más breve: lo esencial acaba de ser propuesto en las páginas precedentes. Como ya no se trata de mi subjetividad, sino de principios generales, cederé la palabra al interviniente.
El interviniente no puede trabajar si no tiene la consideración, quizás la deferencia de aquellos que recurren a él. Desde luego, sabe bien que la manera en la que ellos plantean los problemas es siempre sesgada, que formula resistencias para percibir la realidad desnuda. Pero sabe que si ciertas personas ofrecen resistencias, no es por el mero placer de evacuar su verdad psíquica o la realidad de las relaciones sociales. Nadie puede vivir sin mecanismos de defensa.
Como bien lo dice G. Simmel, cada uno es a la vez una puerta que se cierra (el ser humano está irremediablemente aislado) y un puente que se abre hacia el exterior, lo desconocido, lo inaudito, lo sorprendente. Cada persona y cada grupo viven en un estado de tensión creadora entre deseo de aislamiento y de apertura. Si el conferenciante quiere eliminar barreras para dejar que se proyecten los espacios abiertos, sólo consigue, la mayoría de las veces, reforzar las resistencias. Deseaba que los hombres accedieran a la amplitud y los encuentra más bloqueados aún.
Por eso no debe ceder ante ninguna provocación, al contrario. Como decía Freud de aquellos que quieren tratar la neurosis social: “proceder con prudencia”. Prudencia no significa política de espera ni edulcoración de la situación. En efecto, si se recurre al interviniente, es porque el grupo (la organización, la institución) vive un momento de crisis, aunque se la pretenda ocultar. El psicólogo social debe poner en evidencia esta crisis latente o reprimida.
Debe molestar, agitar hábitos y conductas, evitar que la gente se instale en la repetición siempre mortífera. Él contribuye a hacer surgir la extrañeza, el aspecto unheimlich1 de cualquier situación y el extraño que se anida en toda persona. Pero como sabe que este trabajo comporta riesgos para los participantes, que la verdad es aplastante y puede volver loco, modulará sus intervenciones de modo que las personas puedan dominar progresivamente esos riesgos y reconocer “la inquietante extrañeza” (para retomar la expresión freudiana) que yace en ellos.
La invitación a deambular que él hace al grupo debe permitirle salir de los senderos de lucha y poner en obra procesos de sublimación. No está claro que haya que facilitar el nomadismo en los sedentarios y los conocimientos conjeturales (“los roces y los caminos rugosos”, decía el segundo Wittgenstein) en lugar de los conocimientos demostrados y demostrables. Por eso no debe ir demasiado rápido y debe dar tiempo a la maduración y a la perlaboración.
El discernimiento nunca se obtiene de entrada. Se conquista lentamente. Y aquel que quiere adoptar velozmente la rapidez alada de Hermes corre el riego de acabar con suelas de plomo. Es difícil para cualquiera comprender y admitir que la vida no toma los caminos rectilíneos de Versalles, sino aquellos sinuosos que nos hizo entrever el arte barroco. La vida es barroca, no clásica. Y nuestra educación nos enseñó a desconfiar del barroco y de la contingencia.
Por eso el interviniente debe, paso a paso (a veces acelerando el paso), acompañar el trabajo de descubrimiento del mundo, de los otros, de sí mismo, sin demasiada brusquedad. De ese modo podría ir lejos, encontrar “terra incognita” con las personas que actúa. El interviniente debe pues habituarse a hacer un largo recorrido. Pronto conocerá la soledad de un fondista. Pero sólo a ese precio podrá aventurarse por territorios insospechados y hacer que otros se aventuren con él.
Comentarios finales
Siempre que se escribe un texto se piensa en ciertos lectores. Y este texto no escapa a esa regla. No me expresaría de la misma manera, aunque en el fondo hubiera dicho lo mismo, con lectores de una revista de sociología clásica o de psicoanálisis. Dicho de otro modo, me impliqué con este género de trabajo, teniendo siempre en mente que iba a publicarse en Les Cahiers de l’implication.
Esto revela mis posibilidades de abrirme hacia otros y mi interés hacia algunos otros. Espero no haberme equivocado y haber podido así entrar en contacto con practicantes e investigadores cuyas orientaciones respeto, aunque en muchos puntos ellas se hallen alejadas de las mías. Al hacerlo, puse en aplicación mi principio de base: la implicación no se concibe sin simpatía y sin distancia.
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“Abolido ornamento de inanidad sonora”. Mallarmé, Stéphane: “Sonetos IV”, en Blanco sobre negro. Selección, traducción y prólogo: Raúl García, Buenos Aires, Losada, 1997. [T.]
“Orden, belleza / lujo, deleite y pereza”. Baudelaire, Charles: “Invitación al viaje”, en Las flores del mal. Traducción y prólogo: Nydia Lamarque, Buenos Aires, Losada, 11ª edición, febrero 1994. [T.]
Matisse, Henri: “Lujo, deleite y pereza”. 1904-1905. Museo Nacional de Arte Moderno, Centro Georges Pompidou, París, Francia. [T.]
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Investissements puede traducirse también como [catexis]: Jean Laplanche, Jean-Bertrand Pontalis: Diccionario de psicoanálisis, traducción de Fernando Gimeno Cervantes, Barcelona, Labor, 1993. [T.]
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1 Siniestro
Referente en internet.
www.geocities.com/psiinstitucional/docs
Creado por larch | 0 comentarios | 29/04/06 21:00
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