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Grupo Familiar: Psicología y Psicopatología. Por: Lily S. Bleger y José Bleger en www.psicosocial.geomundos.com

Grupo Familiar: Psicología y Psicopatología. Por: Lily S. Bleger y José Bleger

El enfermo es un emergente del grupo familiar y debe, por lo tanto, ser considerado como el exponente y consecuencia de las tensiones del grupo. Este planteo abre enormes perspectivas que amplían la consideración del enfermo como un problema individual, y de la enfermedad como algo Grupo Familiar: Psicología y Psicopatología.


Lily S. Bleger y José Bleger.


Basamos nuestras consideraciones en la experiencia recogida en las distintas modalidades del trabajo con nuestros pacientes: en el psicoanálisis individual, en la psicoterapia de grupo, en la confrontación de material de pacientes de una misma familia, en la psicoterapia de grupo de matrimonios, en la experiencia de grupos diagnósticos, pronósticos y terapéuticos con familiares de pacientes en tratamiento psiquiátrico o psicoanalítico, con y sin la exclusión del enfermo.

Nuestro aporte sólo puede ser esquemático y sumario, porque poco es lo que, en general, se ha hecho o investigado en este tema, y nuestra propia experiencia personal llevada en forma sistemática, alcanza a poco más de un año.


Encuadre.

El grupo familiar puede ser estudiado con distintos enfoques que responden a diferentes correlaciones o niveles del mismo fenómeno, a saber: puede ser estudiado como institución social en relación con otras instituciones y un ejemplo sería el estudio de la relación entre organización familiar y organización política y económica (Engels, Morgan, etc.).

Otro tipo de estudio, es el del intra-grupo en dos modalidades: sea desde uno de sus integrantes o bien en las relaciones y los vínculos, entre sus miembros en función de la estructura grupal total. Estos tres encuadres no son excluyentes, sino tres formas complementarias de centrar la investigación. Nosotros nos ocupamos en nuestra práctica, especialmente del tercero de los encuadres, y este será también el marco de nuestra exposición.


En Enfermo y el Grupo Familiar. La Enfermedad del Grupo.

El enfermo es un emergente del grupo familiar y debe, por lo tanto, ser considerado como el exponente y consecuencia de las tensiones del grupo. Este planteo abre enormes perspectivas que amplían la consideración del enfermo como un problema individual, y de la enfermedad como algo más que la consecuencia de un proceso fisio-patológico, o de un decurso psicológico individual. La repercusión sobre la práctica es inmediata y fructífera, en el diagnóstico, pronóstico, terapéutica y profilaxis.

La familia es un grupo que funciona como un sistema de equilibrio inestable o dinámico, estructurado particularmente alrededor de la diferencia de sexos y edades, y alrededor de algunos roles fijos, sometido a un interjuego interno y a un interjuego con el extra-grupo.

La dinámica del grupo en función de la interrelación entre sus integrantes, puede ser estudiada en el interjuego de roles, entendiendo por rol la conducta que tiende a un fin social dado o –dicho de otra manera- un pattern de conducta dirigido a un fin.

Y más que interjuego, podemos hablar de una complementariedad de roles, que es el factor más importante en la estabilidad del grupo. El grupo familiar se inclina a funcionar como sistema cerrado, y tiende fundamentalmente a preservar la estabilidad del mismo.

Por esto, muchas familias que no son armónicas ni equilibradas conservan, no obstante, su estabilidad, y si son examinadas en el proceso de complementación de roles se encontrará, la armonía y el equilibrio necesario para su estabilidad. La complementación de roles se hace en forma automática y por el proceso de comunicación se cumple un interjuego de proyección-introyección y de identificaciones reciprocas.

Se llama comunicación a todo cambio de la conducta intencional o no, por el cual se influye sobre la conducta de otras personas, sea esta influencia intencional o no.

En la comunicación tenemos una clave importante para estudiar cómo la conducta de cada uno está condicionada por la de los demás, y viceversa, con la característica de que pueden ser muy distintas la conducta explícita y las actitudes inconscientes de la misma persona con las cuales se condiciona en otro, una conducta que conscientemente uno mismo puede no desear pero que dinámicamente llena una función.

La estabilidad o el equilibrio dinámico del grupo familiar, pierde en grado de sustentación ante muy distintos sucesos, y entonces el feed back de la complementariedad de roles decae y aparecen síntomas de desajuste del grupo, como depresión, tensión, ansiedad, etc.

La tensión creada por esta falta de sustentación puede derivarse o elaborarse de muy distintas maneras; Spiegel ha sistematizado cinco causas de falla de la complementariedad en el sistema de roles, y ha estudiado cómo estas coexisten siempre con procesos de reestructuración reconociendo once pasos en el mismo.

Cuando dichas tensiones son derivadas a través de uno de sus integrantes emerge el conflicto en forma personal o individualizada, y posteriormente la enfermedad. A veces se ve un balanceo o una rotación, en la que sucesivamente van enfermando los miembros del grupo a medida que otros se curan. Sostenemos que la conducta del individuo puede ser mucho mejor comprendida en el contexto del grupo familiar.


Estructura del Grupo Familiar.

La familia como grupo, presenta una estructura, y podemos reconocer varios tipos fundamentales. Según el tipo de dispersión o de aglutinación de sus miembros de pueden reconocer la familia de estructura epileptoide y esquizoide, como dos extremos de una escala.

En esta última, sus miembros aparecen distantes, dispersos o segregados, con muy poca comunicación entre sí y escaso o nulo contacto afectivo manifiesto; cada uno se entera muy poco de la vida y las relaciones de los demás, y cada uno contacta en el extra-grupo con personas o ambientes distintos.

En caso de casarse pasan a vivir separadamente, o sus integrantes se dispersan en lugares distantes o ciudades diferentes, pueden no verse en años y cuando se reencuentran es como si no hubieran vivido separados. Uno de sus integrantes puede partir o emigrar sin que se sepa nada de él durante años, y un buen día volver o dar su paradero cuando ya se lo creía muerto.

Todas estas separaciones son vividas sin ansiedad manifiesta, y los reencuentros sin alegría. Esta segregación de uno de sus integrantes, ocurre en el momento en que la tensión tiende a alterar la estabilidad del grupo familiar. Tienen una conducta de ciertas características frente a un familiar con una afección mental.

El grupo familiar de estructura epileptoide se caracteriza por la gran aglutinación entre sus miembros, entre los cuales hay roles fijos muy numerosos, y con frecuencia se dedican a tareas complementarias; tienden a vivir juntos en familias muy numerosas. Predomina en ellos la hostilidad, la agresión, el rencor o bien el control de la misma, y entonces se hacen lentos, perseverantes, pesados.

En estas familias son numerosas las intervenciones quirúrgicas, se ha hallado en ellas un alto índice de mortalidad infantil. Hacen duelos muy dramáticos y de largo tiempo.

Entre estos dos tipos de estructura se sitúa la familia cicloide que oscila predominantemente entre la alegría y la tristeza en forma fácil, fluida, plástica; los afectos son vividos directamente.

Estos tres tipos no son excluyentes, y en la práctica se encuentran combinaciones de las mismas. El diagnóstico se hace por la estructura predominante. Toda la patología tiene un matiz especial en cada uno de los tres casos así como la relación entre la familia, el familiar enfermo y el médico que lo atiende.

En la familia esquizoide el paciente está asilado, segregado, viene solo a consulta y aún viniendo con otros de su familia, nadie se hace cargo de él.

En el grupo epileptoide vienen varios familiares a la consulta y hay que preguntar quién es el enfermo; viven la internación con mucha culpa y rodean al enfermo, y a veces el médico también, con un cinturón asfixiante.

Otros tipos de estructura pueden ser definidos en forma particular por su importancia. Nos referimos a la estructura del vínculo simbiótico, de la cual indefectiblemente participa siempre en alguna medida, todo grupo familiar, pero que en algunas relaciones alcanza una intensidad particular en el que la identificación proyectiva es tan masiva que no pueden vivir separados.

La estructura simbiótica significa una interdependencia cerrada, intensa, exclusivista. Es típica de la relación madre-niño, del enamoramiento y de algunas parejas matrimoniales.


Pérdida de la Estabilidad del Grupo.

Estos distintos tipos de estructura, corresponden a distintas formas en que se establece el vínculo y la comunicación con la correlación de roles. Aunque el grupo familiar está siempre sometido a tensiones y fluctuaciones, conserva siempre un cierto status, pero todo conflicto que sobrepasa cierto umbral excede también, las posibilidades habituales o regulares de autocontrol, y se modifica el equilibrio del grupo.

Esta modificación puede sobrevenir por un sinnúmero de motivos, y entre las circunstancias más comunes se cuentan un cambio de domicilio, de lugar de residencia, muerte, nacimiento, casamiento, viajes, cambios económicos, etc.

La alteración puede sobrevenir gradualmente por una situación acumulativa, como por ejemplo el caso en que los hijos llegan a la adolescencia y aparecen exigencias de un cambio en los vínculos, u otro caso en que individualmente los integrantes han evolucionado, pero el grupo como totalidad se sigue moviendo con un viejo status, hasta que llega un momento en que el conflicto rebasa la posibilidad de regulación dada por aquél.

El nuevo status de equilibrio puede ser alcanzado manteniendo la estructura antigua, pero a costa de la enfermedad o inmadurez de uno de sus miembros. Es el caso que explica la necesidad de algunos matrimonios de seguir tratando a su hijo como si tuviera mucho menor edad; si aceptarán que su hijo tiene, por ejemplo, doce años y no siete u ocho, esto traería un cambio que haría peligrar toda la estabilidad del grupo familiar.

Así, la inmadurez de un niño es el emergente de la situación familiar, y su costo para mantener el equilibrio del grupo. La enfermedad mental significa un emergente del grupo familiar y un intento de derivar y “depositar” las tensiones en uno de sus integrantes, salvando el resto del grupo. Cumple la misma función que un síntoma en la patología individual: resuelve la tensión de algún conflicto.

Esto explica dos fenómenos muy particulares en cuanto a la actitud de la familia con el enfermo, que explicaremos más tarde; una, es la situación de culpa de la familia frente al enfermo, y la necesidad del grupo de segregar al enfermo mental y si -por el contrario- la culpa es muy intensa, de retenerlo negando la enfermedad.


Técnica del Grupo Familiar.

En el grupo diagnóstico se debe incluir al paciente en el grupo familiar, y el médico debe considerarse un observador participante, es decir, debe intervenir cuando las situaciones se hacen tensas o se bloquea la comunicación. Por supuesto que su intervención modifica el curso del grupo, y por eso es arbitrario mantener una división demasiado extrema entre grupo diagnóstico y terapéutico.

Especialmente en algunos grupos, se hace muy evidente una exigencia de que el médico participe como un juez que debe decidir quien tiene la culpa de la enfermedad del familiar, esperando cada uno que se le dé la razón y que la culpa la tenga otro. Esto es especialmente notable en padres frente a un hijo enfermo, o en matrimonios que consultan por conflictos conyugales.

Cada uno trata de rivalizar con el otro, en un intento de seducir al médico y ponerlo de su lado. Señalar estas situaciones puede ser la clave para abrir la comunicación entre sus integrantes.

En el grupo diagnóstico, toda la intervención del médico debe tender a facilitar la comunicación, y a que la sesión se desarrolle como un grupo de trabajo. Si esto se logra, no solamente se obtiene que se manifieste lo latente, sino que se esclarezcan prejuicios, y que cada integrante tome más contacto con la realidad del grupo familiar. En el grupo terapéutico, esto debe hacerse mucho más consecuentemente.

En el grupo terapéutico de una pareja matrimonial, el médico está mucho más involucrado en la situación total, y el grupo debe ser manejado como un grupo de tres en el que se hacen más necesarios los señalamientos e interpretaciones de carácter transferencial.

Una indicación fundamental en el manejo del grupo matrimonial, es la de interpretar sobre el entrecruzamiento de roles y el condicionamiento recíproco de las actitudes.

Este grupo matrimonial de tres, funciona en una permanente situación de pairing y es posiblemente la más difícil de manejar, teniendo en cuenta el número de integrantes del grupo.

Con frecuencia, exigen que el terapeuta se decida y señale quién tiene la culpa, y consideramos que acceder a ello es un error técnico aunque, por otra parte, es inevitable que al interpretar el condicionamiento recíproco de la conducta, la pareja lo considere como un señalamiento de la culpa, pero que recae en proporciones sensiblemente iguales sobre ambos.

Cuando se hace participar al paciente en el grupo familiar diagnóstico, pueden ocurrir dos situaciones extremas: que aparezca como menos enfermo de lo que antes fue en la entrevista individual, o bien que empeore, pudiendo a veces delirar en el grupo un paciente que en la entrevista individual no lo hacia.

Si no se modifica terapéuticamente el grupo familiar, el primer caso es en general, de mejor pronóstico para el enfermo que el segundo, aunque no lo sea para la estabilidad total del grupo.

Este, en el primer caso, en que el paciente aparece en el grupo familiar como menos enfermo, lo que ocurre es que el restablecer la comunicación se ha hecho fracasar la segregación del paciente, y con ella la expulsión del conflicto y la tensión del grupo total; fracasa el paciente como “depositario” de los conflictos, y así el grupo que se reunió para hablar del paciente y ayudar al médico y al enfermo, entra en una movilización de resentimientos, rencillas y problemas; el paciente les fracasa como un extra-grupo a quien tienden a segregar con el objetivo de expulsar las tensiones.

Esto puede implicar una situación persecutoria con el terapeuta, quien debe tenerla en cuenta, indagarla, despistarla interpretarla. En caso de que el paciente aparezca más enfermo en el grupo, tenemos también in situ y en forma experimental las situaciones conflictivas que con frecuencia se hacen muy difíciles de absorber por el grupo. Éste es el caso, en general, de las familias que traen pacientes a la consulta, mucho tiempo después de haber comenzado su enfermedad.

Es interesante y de utilidad práctica subrayar el hecho, bastante frecuente, del paciente que aparece en la entrevista individual con una sintomatología y una estructura de conducta dada, mientras que la familia subraya una conducta patológica distinta, a tal punto que a veces, da la impresión que se trata de dos pacientes diferentes: el que hemos visto y el que la familia describe.

Igualmente, el enfermo puede tener una conducta muy distinta con nosotros en la entrevista individual, a la que tiene en el grupo familiar. En estos casos el psiquiatra se confunde si no sitúa cada estructura de conducta, y cada tipo de sintomatología, en el contexto de la situación en la que emerge, y el paciente en la totalidad de sus posibilidades expresivas de conducta.

Entre los mismos integrantes de la familia puede haber discrepancias fundamentales en canto a la forma como describen al paciente. El terapeuta comete un error si intenta decidir quién tiene razón; mucho antes de hacer esto, debe valorar cada descripción del paciente que hacen los distintos familiares, como diferentes posibilidades expresivas del mismo frente a distintos condicionamientos de su conducta, y valorar los contactos reales más positivos para él en el seno del grupo familiar.

Algo similar se observa cuando se constatan las diferencias de dos historias clínicas del mismo enfermo, hechas por distintos psiquiatras separadamente; las discrepancias deben ser valoradas como dos condicionamientos diferentes de la conducta del paciente, en dos grupos diferentes, y decidir por una o por otra implica no tomar en cuenta las divisiones esquizoides en la conducta del enfermo.

Todas estas situaciones observables, de las cuales sólo tomamos algunas de las más frecuentes y en forma tipificada, resultan de extrema importancia desde el punto de vista diagnóstico, terapéutico y profiláctico, así como para el manejo de muchas situaciones como por ejemplo, decidir la oportunidad o conveniencia de la internación o del alta del paciente, y la forma de hacerlo.

Por paradójico que parezca, con frecuencia la familia sólo desea tener segregado al paciente en el hospital, fuera del círculo familiar y no puede aceptar ninguna mejoría del enfermo. En otras oportunidades, retiene al paciente en su seno no aceptando la internación, esperando sólo que el médico actúe de tal manera que el enfermo no moleste.

Así se explica el caso bastante frecuente de la familia que retira al paciente del tratamiento, justamente cuando empieza a ser exitosa la terapia. Esta es la experiencia habitual o muy frecuente, especialmente en la psicoterapia de niños cuyos padres interrumpen el tratamiento de su hijo cuando este empieza a mejorar.

Esos casos hacen imprescindible actuar sobre el grupo familiar o, por lo menos, sobre uno de sus integrantes, y cuando se toma a tiempo y se discute la situación, no es infrecuente que al continuar el tratamiento del enfermo y proseguir su mejoría, viene a solicitar tratamiento otro de los integrantes de la familia.

Toda la relación familia-enfermo y la relación de la familia con el terapeuta, el staff médico en general, y el hospital, debe ser considerada como un factor terapéutico de gran importancia, y orientada con este objetivo. Aunque no se realizan en forma sistemática reuniones de grupo con la familia –incluido o no el enfermo-, el psiquiatra debe utilizar las visitas que hace la familia como un factor terapéutico y profiláctico, para el caso del reintegro del paciente al medio familiar.

Si no lo hace, no sólo desaprovecha una intervención terapéutica importante, sino cronifica o aún agrava una situación patógena.

Georgina Hotchkis ha estudiado el efecto de las visitas de los familiares sobre la recuperación del enfermo. Hay visitas indiferentes, que vienen a cumplir una obligación, otras que tratan al paciente como a un bebé, habiéndoles seductoras, escépticas, críticas o miedosas. Todas ellas significan impactos para el paciente, que el psiquiatra debe considerar, valorar e intervenir, porque pueden interferir seriamente en la recuperación del enfermo, y en su destino cuando sea reintegrado al medio familiar.

Ningún paciente debiera ser dado de alta sin reunirlo con su familia todas las veces que haga falta, y sin corregir actitudes del grupo hacia él. Ningún criterio para el alta de un paciente (curado, mejorado o igual) sobrepasa en valor al de reunir al paciente con su familia, y estudiar la situación y sus características.

Para el psiquiatra, toda esta experiencia del grupo familiar tiene también importancia en cuanto a verificación de su actitud, porque no es infrecuente que el psiquiatra se identifique con la actitud paranoide del paciente hacia su familia, o viceversa. El rechazo que puede sentir la familia por parte del psiquiatra o del terapeuta, incrementa la culpa de la misma y empeora su actitud con el paciente.


Grupos de Matrimonios.

En el caso de conflictos matrimoniales (que aparecen en la consulta, directamente o no) es donde se impone con más rigor el tratamiento a ambos. La experiencia no ha decidido todavía, terminantemente, que es lo más provechoso, si el tratamiento por separado o como grupo, aunque nos inclinamos por esta última posibilidad.

El viejo cuadro de la “folie a deux”, descrito por los franceses es mucho más frecuente de lo que en general se admite y es sistemático si se reduce el rigor de la palabra locura y se examina a la pareja con más detalle y en forma minuciosa, sea que vengan a consultar por un problema de ambos, o por un problema de uno sólo de ellos, siendo esto ultimo más frecuente, por lo que habitualmente es uno de los integrantes de la pareja el “depositario” del conflicto y de los síntomas como defensa frente a él.

A veces se constata un balanceo en que, por turno, cada uno se hace cargo de la situación de ambos.

La señora Z estuvo varios años en tratamiento psicoanalítico por vaginismo muy intenso, que en varios años de matrimonio había imposibilitado totalmente la consumación de la relación sexual, habiéndose adaptado la pareja a relaciones pregenitales.

A instancias del marido que la amenazaba con el divorcio, la señora Z concurrió a su tratamiento, pero cuando su analista se traslada al extranjero, la señora Z decide no seguir en tratamiento, y es entonces el marido el quien solicita ser tratado ya que deseaba divorciarse, y quería que el psicoanálisis le ayudara en ello.

Al poco tiempo del tratamiento llegan a convenir una separación y él inicia relaciones con otra mujer, pero se encuentra entonces con que es totalmente impotente. Continuando su tratamiento llega un momento en que mantiene relaciones sexuales completas, y entonces decide volver con su mujer, con la cual restablece el mismo tipo de relación pregenital, que continúa desde hace tres años y como ya no desea divorciarse ha suspendido el tratamiento.

Se ve aquí un verdadero balanceo de síntomas pero que corresponde en cada caso (impotencia o vaginismo) a una resultante de un grado de inmadurez sexual de ambos. Cuando el marido ha visto la complementariedad de roles, el matrimonio se equilibra como grupo sobre un estatus que satisface a ambos.

Es necesario concluir en que, a pesar de las miserias y sufrimientos de algunos matrimonios, estos llenan una necesidad para ambos participantes, en cuanto son derivados o canalizaciones de conflictos. No se mantienen “a pesar” sino “debido a”.

Digamos, además, que la normalidad mental no es prerequisito de un matrimonio armonioso y que además, tal objetivo, la armonía matrimonial, no es satisfactoria para todos ya que contemplado y analizado desde el punto de vista del interjuego de roles y la necesidad de satisfacciones inconscientes, por más conflictivo que aparezca un matrimonio, él es armonioso para sus integrantes.

La desarmonía, el conflicto, la psicosis, deben ser estudiadas en el grupo como aspectos adaptativos o de acomodación mutua, como un modo de organización cuya necesidad de mantenerlos entra en conflicto con el sufrimiento que conscientemente acarrean, o con los elementos negativos que implican.


El nacimiento del primer hijo en un matrimonio, plantea especialmente situaciones de desajuste muy intensas en el interjuego de roles; suelen pasar años hasta que encuentran un nuevo ajuste satisfactorio. Una cosa totalmente diferente es ser padre o madre por el hecho de tener un hijo, a ser padre o madre porque se ha asumido el rol de tal.

Con gran frecuencia, es este el problema que el terapeuta debe enfrentar; una discordancia entre el rol asumido, distinto al caso del matrimonio Z, en el que la complementariedad de roles era desconocida por sus integrantes. Con todo, no se puede hacer una separación muy estricta entre uno y otro tipo de conflicto.

La pareja N había iniciado tratamiento de grupo, en el cual ellos eran sus únicos integrantes, meses después del nacimiento de su primer hijo.

El hecho fundamental era la compulsión del marido a relaciones extra-maritales, y los celos y escenas violentas a que ello daba lugar porque de una u otra manera siempre se delataba ante su mujer.

Se armonizó mucho mejor la relación cuando, en el curso del tratamiento, analizaron la complementariedad de roles, el tipo de relación madre-hijo que entre ellos habían establecido, y las frustraciones de ambos frente a lo que cada uno había sacrificado por el otro: ella, una buena situación económica con sus padres, y él, su deseo de ser médico sin que nunca hubiera comenzado la carrera.

El reconocimiento de fantasías similares en ambos, incluidas las de infidelidad de la mujer, que satisfacía a través de su marido, hizo que ambos armonizarán mejor y entonces empezaron a traer el hijo a las sesiones.

Empezó una nueva etapa en el tratamiento, en el cual lo predominante fue el análisis de celos, rivalidad y resentimientos con el hijo, Podemos decir que para ellos, psicológicamente, el hijo recién nació en el seno del grupo durante las sesiones. Meses de análisis mejoraron también esta situación, y un día entraron con el hijo a la sesión, y al sentarme yo frente a ellos, me dijo el señor N con el chico en brazos, que nunca había reparado en que se me insinuaba una calvicie como la que tienen los curas.

Interpreté que ambos sentían que yo los había casado de nuevo. Sonrieron, mirándose entre sí y me dijo el marido que se sentían muy bien cuando venían a las sesiones (las discusiones, generalmente empezaban en el colectivo que los traía a mi consultorio) y que por primera vez había tenido un sentimiento particular muy placentero con el hijo; venía parado en el colectivo con el chico en brazos y en un momento dado, mirando a una persona que estaba parada a su lado, el chico, tocándole el hombro, le dijo al pasajero vecino: “este es papá”.

Refiere que por primera vez se sintió padre cuando vio el orgullo con que su hijo había dicho que él era su padre. Volví a interpretar que yo, como terapeuta-cura, no sólo los había unido sino que los había hecho sentir padres. El señor N, sin reparar ostensiblemente en mis palabras y mirando a su hijo, dice: “él sí va a ser médico”.

A partir de esta sesión ambos asumieron más plenamente el rol de padres, y poco tiempo después la mujer volvió a quedar embarazada. Esta discrepancia entre el rol asignado y el rol asumido es muy frecuente y muy importante, como en el caso del matrimonio N, en que ambos, siendo padres asumían frente al hijo el rol de hermanos con los celos y la rivalidad de tales.

Otra discrepancia es, no sólo el conflicto entre rol asignado y rol asumido, sino un conflicto entre el rol que cada uno asume. El señor N asumía frente a su mujer el rol de hijo y esperaba de ella la misma conducta que de parte de su madre; ella, por otra parte, asumía frente a él el rol de hija o hermana y la frustración provenía en que el otro no satisfacía las expectaciones inconscientes de su pareja.

La técnica en el manejo del grupo matrimonial, debe atender a descubrir e interpretar estas discrepancias entre rol asumido, rol asignado y rol esperado, la complementariedad de roles así como las diferencias entre la conducta explicitada y la actitud subyacente. Esto último, es especialmente importante en el estudio de los problemas de la psiquiatría infantil.



Ficha fotocopiada.
Referencia bibliográfica:

Grinberg, Langer y Rodrigué. et al. El Grupo Psicológico. Edic. Nova, Bs. As. 1965. pp 144-153.


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Creado por larch | 0 comentarios | 23/11/05 18:37

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