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El Equipo Interdisciplinario en el Contexto Institucional. Por Francisco Mora Larch. en www.psicosocial.geomundos.com
El Equipo Interdisciplinario en el Contexto Institucional. Por Francisco Mora Larch.
Tarea institucional, marcos referenciales, es el análisis previo que Mora Larch desarrolla para acceder a lo siguiente: Esta descripción de los marcos referenciales pasa por la ubicación de una problemática que está más acá de los conflictos sociológicos globales, donde si bien debemos aceptar las i
El Equipo Interdisciplinario en el Contexto Institucional.
Francisco Mora Larch.
La Tarea Institucional.
Tomando como ejemplo la tarea institucional más abarcativa de un Centro Comunitario Estatal, que se encarga de la atención a niños maltratados, podemos esbozar algunas ideas acerca del trabajo en equipos interdisciplinarios.
Si todo grupo se constituye y se organiza por la índole de su tarea, esto no es menos cierto para una institución; así, debemos encontrar en las estructuras y las formas de organización institucional, la riqueza de sentido que posee la tarea de custodia provisional de un menor en riesgo.
Tomo una línea de análisis que debe jerarquizar, sin excluirlas, las diferentes funciones que se requieren para la intervención particular del psicólogo en esa tarea y la de la institución en sí. La primera tarea o la tarea más general que se contempla es la de una sustitución provisional de las funciones que cumple o debería cumplir un grupo familiar con respecto al papel de la paternidad.
Intervención singular que implica una serie de dimensiones que destacan por su importancia: humano-sociales; éticas; jurídico-legales; médicas; psicológicas, que deberán contemplarse como constituyentes infraestructurales en los que asienta, desde el equipamiento físico, hasta los actos más complicados del engranaje institucional.
Si bien es cierto que la institución debe tender a la reproducción de una vida social y afectiva para el niño al interior de sí misma, ello no obsta para reconocer ese objetivo como algo inalcanzable, como un ideal que incluye la propia ideología de un mundo regido por los adultos a los que ‘toca’ organizar la vida infantil. Brecha de generaciones que encuentra su asiento en la reglamentación de la vida comunitaria, con las características propias que le confiere el tipo de régimen de control al que habrán de sujetarse todos los ahí incluidos.
Entonces, si la institución se define desde la protección, el cuidado y la custodia provisional de los menores en riesgo, se sujetará a los condicionamientos de ‘un lugar para vivir’ transitorio, lugar de paso, que deberá adoptar entonces caracteres particulares para esta tarea.
Por otra parte, deberá llamarse la atención hacia el tipo de niño-usuario (tipo de familia-usuario) del servicio que se brinda, ya que la intervención institucional se basa en el objetivo institucional de protección del menor que corre no sólo el riesgo en su integridad física sino también en la emocional.
En este caso, el niño maltratado ha sido objeto por parte de los padres (o de algún otro adulto), de agresión y de los impulsos destructivos que ponen en riego su integridad psico-afectiva. En otras palabras, el vínculo que el niño ha tenido con adultos, la mayoría de ellos significativos, ha sido un vínculo teñido de violencia física y simbólica (emocional), donde se produce un daño que trasciende la situación inmediata de la víctima.
Puede pensarse aquí, ya sea de un vínculo fundamental destructivo, en el que todo nuevo intento de relación afectiva y verdaderamente humana con el menor, se verá comprometido en relación a este antecedente, o de un vínculo teñido de ambivalencia, donde se daña a la vez que se sufre y se intenta en vano reparar el daño (compulsión repetitiva).
La institución se constituye como forma de dar respuesta válida a la problemática que en términos muy generales se plantea. Es decir, si el objetivo es la instauración de un espacio de restauración de lo dañado en todos los ordenes, la institución se ubica como un dispositivo, intermediario transitorio entre el sujeto y su mundo, con vías a incidir sobre ambos: por un lado, el sujeto, su cuerpo y sus vínculos dañados, deteriorados o destruidos en un contexto particular. Por el otro, con su mundo familiar, el restringido y el más amplio (parientes cercanos), y el comunitario (vecinos, organizaciones populares, etc.).
De este modo, el abordaje no puede circunscribirse al ámbito del mundo interno del sujeto, enfoque parcial, idealista incluso, ya que esta psicología paga con su fracaso permanente, su ingenuidad técnico – estratégica. La consecuencia científico profesional en avanzada, debe permitir el resolver los conflictos que parecen insolubles cuando no se los aborda con la objetividad del hecho empírico, que necesita ser explicado. Dos tareas aparecen de este modo ante la problemática a enfrentar: una tarea institucional y una tarea clínico social.
Los Marcos Referenciales.
Al intentar resolver una problemática que difícilmente se deja reducir a puntos de vista de tipo elementalista, debemos recurrir a una Psicología Social que contemple una visión en dos planos: el social y el psico-dinámico.
Así, nuestro punto de partida teórico lo constituye una psicología social de corte analítico que tiene por objeto de investigación lo que Pichón Riviere ha planteado con la noción de vínculo o de interacción social, refiriendo a Freud y el Psicoanálisis como sustrato teórico-conceptual, junto a los desarrollos de la escuela inglesa de psicoanálisis (M. Klein, D. Winnicott, J. Bowlby, etc..), tratando de articular los conceptos básicos de esta disciplina, con una teoría del cambio social fundamentada en una filosofía y una sociología dialéctico materialista.
Esta descripción de los marcos referenciales pasa por la ubicación de una problemática que está más acá de los conflictos sociológicos globales, donde si bien debemos aceptar las incidencias de las determinaciones sociales que se expresan en la fragmentación y descomposición social de grandes grupos humanos, de sociedades enteras, repercute y es tramitada en sus especificidades al interior de grupos pequeños como comunidades rurales, barrios marginales, conjuntos vecinales y grupos familiares amplios y restringidos.
En estos últimos, cobra relieve no sólo el determinismo social más amplio (como los bajos salarios, el desempleo, la drogadicción, la violencia social y la intra-familiar, el desvío o robo de recursos, etc..), sino también la tradición familiar, las relaciones-intercambios de parentesco y en particular la estructura de personalidad de los progenitores, es decir, sus niveles de ‘salud mental’.
No es posible realizar un abordaje de esta última si no es a través de una metodología clínica que pueda brindar las bases conceptuales conducentes a identificar, valorar y transformar los patrones y troquelados sociales de relación humano-afectivas productoras de patología.
Cabe resaltar aquí el intento de acceder a una postura teórica que intentando sobrepasar los reduccionismos biologistas, psicologistas o sociologistas, apunta a una estrategia global que incluye los diversos planos de lo humano, jerarquizando el quehacer conforme a la jerarquía de las determinaciones del conjunto de la realidad social que se intenta transformar, conscientes desde ya de las limitaciones (económicas, políticas, ideológicas, coyunturales), que ésta última impone al marco general de la intervención técnica; evitamos así, en cierta medida, el desgaste físico emocional de aquellos que se auto-imponen idealistamente ‘la lucha contra el mundo’.
De esta forma, y tratando de ubicarnos en la realidad de las exigencias de la sociedad, pero también de la institución, creemos conveniente dar por sentado que son los grupos humanos los que deben ser el objeto de intervención por excelencia de nuestro quehacer, en particular si queremos llevar adelante una propuesta que se inscribe en el terreno de la salud y la enfermedad mental.
La patología mental de un infante o de un grupo familiar, debe leerse entonces como la asunción en un individuo o grupo, de la patología ‘comunitaria’, que como un complejo proceso de ‘elección’, determina la aparición de la enfermedad a partir de la propia desorganización del conjunto humano, elección que le permite a esta organización descompensada, desembarazarse de la responsabilidad que le atañe en la aparición de los conflictos o contradicciones que ella misma genera en su interior.
La intervención institucional no puede entonces sino atender a una visión de conjunto que permita ir más allá de una ideología de trabajo que aparece como una labor de apaga fuegos o de poner parches por donde hace agua la barcaza social, el desgaste de este tipo de estrategias cobra también su cuota humana en términos de patologías físicas y mentales en los agentes de la salud.
Entonces ni reduccionismo sociológico, pero tampoco psicológico. La Psicología Social a la que tendemos es una psicología de corte analítico que brinda los instrumentos para el análisis de los elementos en juego, pero también de su visión de conjunto. La práctica del psicólogo deberá definirse desde el ámbito de la Ciencia Social, con un fundamento interdisciplinario signado por el Psicoanálisis freudiano, la psicología de los grupos, la estadísitica social, una teoría de la enfermedad mental, el análisis institucional, la sociología materialista, la economía, la antropología y la etnografía, etc..
EL Equipo Interdisciplinario.
El equipo interdisciplinario, como todo grupo, se instaura desde la propuesta de una tarea común, la que dará cuerpo y determinará dominantemente las formas de su organización, ya que como ley inherente a los grupos, no se puede sino re-producir en el contexto, el tipo de relaciones significantes de la tarea planteada.
Texto y contexto forman una unidad, negada desde los orígenes de la tarea comunitaria debido al usufructo, por un reducido número de individuos pertenecientes a determinada clase económica, de la producción social. La alineación, como enajenación del vínculo grupal envía a la opacidad del contexto como forma de encubrimiento de las estructuras de base en que se originan las relaciones sociales, incluidas las del intercambio afectivo.
El desarrollo en profundidad, en formalización, es a cada paso, la nueva forma que cobra vida significante y reclama para sí su reconocimiento como práctica dentro de las prácticas. Los hechos sociales son el reflejo en este caso de las necesidades enajenantes de una actividad que se reconoce en:
1. Su utilidad práctica, aunque paradójicamente tome tintes de aberración.
2. En el racionalismo formalista, con justificaciones que toman visos de exclusión y segregación.
3. En la concreción de la tarea ‘realizada’, y por esto, ‘reconocida por todos’, a pesar de la futilidad del hecho consumado, tomado como trabajo concreto, como producto.
Ante el panorama de la tarea que se pretende, aparece en perspectiva otra tarea, la de realizar no ya el mítico vínculo interdisciplinario sino entre seres que posicionados de antemano, se ven inducidos a aportar los fragmentos necesarios a un discurso que pareciera no exigir nada más de ellos. La aportación teórica en este caso puede funcionar en sentido contrario a lo que se pretende.
Me parece en particular que habría que partir cuestionando siempre los primeros supuestos, ya que estos son transmisores idóneos de imágenes distorsionadas de la realidad, de ideologías fundamentales que funcionan como prejuicios afectivos o lógicas simples, y de ‘sentido común’, que ocultas en el velo de lo no-dicho dan pie a los malos - entendidos, a los rumores o a las definiciones políticas, en muchas tomas de decisión que afectan siempre a más de un grupo humano.
Se parte entonces de la posibilidad de re-unión, unir lo que antes estuvo unido o formó la unidad, aún en lo diverso. En esta nueva condición, la de unir los elementos que una vez fueron uno, se da por supuesto que los elementos dispersos no han perdido la condición antigua anterior. Por último, reconociendo diferencias y negando matriz común, es decir, origen único con desarrollo paralelo, se plantea re-unificación mediante una voluntad nunca puesta en cuestión.
La invitación o la voluntad a vincularse desde un aporte inter-ciencias da pie a las actitudes más diversas. Pero estas últimas están condicionadas por lo que se juega o habrá de jugarse (fantasmáticamente) en una reunión que exigirá a cada uno de los convocados, cuentas de su quehacer especifico.
Aun más, en la ruptura o en el entredicho de un monólogo profesional, el planteo lleva a diluir los límites de ese quehacer especifico en aras de realizar los intercambios necesarios para una visión mucho más amplia, que permita el enriquecimiento de los distintos abordajes de operación conceptual y metodológica.
No se trata tanto de difuminar los bordes de una práctica, sino de posibilitar que las capacidades de intercambio que cada uno guarda (celosamente), puedan hacerse operativas, sólo a condición de hacer porosa la membrana defensiva que, aislada de los ejercicios de evaluación y valoración social, da por sentado su lugar de legitimación desde adentro y no desde el conjunto de prácticas, que relacionadas histórica y estructuralmente, dan su sentido y su razón de ser a lo que incluso aparece como alineación en el rol profesional.
En el campo de las llamadas ciencias sociales y humanas, se ha insistido en el esquema más general, ‘filosófico’ y ahora epistemológico de los niveles de integración de la materia. La conjunción de los correspondientes niveles de análisis para ser aplicados al hombre, se expresó en el acuñamiento del concepto del ser humano como un ente bio-psico-social (deberíamos agregarle y parlante). Esta noción no ha dejado de ser en la mayoría de los casos una declaración de principios o carta de buenas intenciones, de hecho debería ya tomarse seriamente como un obstáculo epistemológico a ser superado; en muchos casos, a lo más que ha llevado es que en una institución, digamos, un hospital, se abra un área o gabinete médico, uno de enfermería, uno de trabajo social, uno de odontología, uno de rehabilitación física, uno de psicología y uno de psiquiatría. Las jornadas comunitarias tienen por fin concreto ‘la ayuda’ en los diferentes campos de las disciplinas presentes, se obtienen datos aislados e inconexos, las correlaciones son manejadas por la técnica estadística, nunca por las comunidades.
Si en el discurso se refleja en muchos casos la contradicción inherente a la condición humana en sus distintos registros, no deja de llamar la atención que a una propuesta que se quiere metodológica en el más amplio sentido, pierde esto último por la vía de una compaginación ingenua, por el voluntarismo con sus tintes redencionistas que muchas veces rayan en lo caricaturesco, por el formalismo metodológico que cuida las formas antes que las “esencias” con vistas a quedar bien con algún personaje exterior al grupo o por una alienación mucho más evidente, expresada en la disociación tajante de una voluntad a la que le falta reflexión, de una reunión en la que falta apertura, de una ’negociación’ donde no hay renuncias.
La capacidad productiva (teórica, instrumental, transformadora, es decir, una praxis) ha de rescatar ese ápice de sentido, ‘dejándose’ guiar por el movimiento ‘natural’ de los referentes empíricos, de los objetos del mundo material, que caracterizados por su riqueza expresiva, no dejan de insistir desde su maleabilidad y en su consistencia ‘gelatinosa’ que no se deja agarrar tan fácilmente; porque para poder operar en una realidad, a esta hay que tomarla con la fuerza del instrumento que se hace esquema de pensamiento. Coincido, desde esta óptica, con el criterio científico –ideológico de Pichón, de que es en la operación donde se corrobora, para rectificar o ratificar los niveles de análisis que operan en el campo de trabajo.
Lo que así se constituye en objeto de conocimiento hará de cada uno, sujeto de su disciplina desde el ámbito de lo posible. Desde un proyecto común que acepta la diferencia primera como forma de llegar a un acuerdo: primero, de operatividad, operación, acción grupal; segundo, de construcción del objeto, que en el ámbito de la Ciencia Social exige más que ‘una forma del dar cuenta de’. Lo que reúne al equipo, aunque parezca alivio, es el objeto de trabajo y no la ‘voluntad’ de una visión totalizadora de una realidad cada vez más compleja, debida a la misma producción social. Así que coincido entonces con los ‘nuevos psicólogos sociales’ no académicos que sustentan abiertamente que ‘sin tarea no hay grupo’ (o equipo).
Subyace la idea fundamental, si queremos intervenir en la comunidad, el instrumento debe ser auto aplicado, un equipo interdisciplinario debe vivenciar la exigencia de su constitución: su experiencia vivida permitirá el aceptar la necesidad de aplicar a las comunidades una intervención que presupone el aprendizaje de cómo puede ser investigada la existencia y co-existencia de una comunidad desde los diferentes aportes que la división del trabajo impone o permite, sin dividir arbitraria e injustamente los usufructos del esfuerzo común, en este caso, los conocimientos producidos.
Monterrey, 1991.
Francisco Mora Larch.
Dirección: Patzcuaro 222, Col. Paraiso.
Guadalupe, N.L.
Tel.- (81) 81 91 07 59.
cel. 044-811-348-88-93
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larch_f@yahoo.com; larchf@intercable.net.
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Creado por larch | 0 comentarios | 16/07/05 04:54
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