TRIGO DE DIOS
Vigilia pascual, ciclo c en TRIGO DE DIOS
Vigilia pascual, ciclo c
Celebración de la noche del Domingo de Resurrección.
Padre nuestro
Sábado, 7-04-2007, Sábado Santo o de Gloria. Vigilia pascual
Edición número 95.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Vigilia pascual.
Vigilia pascual
Al conmemorar las intensas celebraciones del día anterior, iniciamos una oración en estado de contemplación, que será interrumpida al iniciar esta Vigilia pascual, en la que finalizaremos los ejercicios de penitencia con que iniciamos el tiempo de Cuaresma, pues, al celebrar la Resurrección de Cristo Jesús, símbolo del fin de nuestro dolor y esperanza de nuestra vivencia en un mundo más humano que nuestra sociedad, iniciaremos la celebración de una cuarentena de alegría.
En éx. 12, 42, leemos: La noche del Sábado Santo o de Gloria tras la cual empezaremos a vivir el I Domingo de Pascua, "es noche de guardar para Jehová, por haberlos sacado en ella de la tierra de Egipto". Esta noche debemos agradecerle a nuestro Señor el hecho de permitir el sacrificio de su Hijo para que, al ver la humillación que nuestro Señor ha padecido, comprendamos que, por su amor, superaremos nuestros estados adversos, y viviremos eternamente, al final de los tiempos, en un mundo más humano que nuestro entorno social.
En Lc. 12, 35-38 leemos: "Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas -dice el Señor-, y sed como hombres que esperan que su Señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el Señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, les hará ponerse a la mesa, y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos ellos¡". La Resurrección de nuestro Señor significa la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, así pues, no importa a qué hora de la noche resucitará Jesús, pues lo verdaderamente relevante es que, cuando él venza a la muerte, nos encuentre preparados para vivir todos los días de nuestra vida entregados al cumplimiento de la voluntad de Dios. Fijaos que Jesús nos dice que, si le somos fieles, cuando venga en su Reino, nos sentará a la mesa, y nos servirá uno a uno, de la misma forma que, como pan eucarístico que es, el Hijo de María se parte y se comparte entre nosotros.
Según una tradición muy antigua, esta es una noche de vigilia en honor del Señor (éx. 12, 42). Los fieles, llevando en la mano -según la exhortación evangélica (Lc. 12, 35-37) lámparas encendidas, se asemejan a quienes esperan el regreso de su Señor para que, cuando él vuelva, los encuentre vigilantes y los haga sentar a su mesa.
La celebración de la Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de la breve liturgia de la luz o "lucernario" (primera parte de la Vigilia), la santa Iglesia, llena de fe en las palabras y las promesas del Señor, medita los portentos que él obró desde el principio (de la creación) en favor de su pueblo (segunda parte o liturgia de la palabra) y cuando el día de la resurrección está por llegar, encontrándose ya acompañada de sus nuevos hijos, renacidos en el bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa que el Señor ha preparado para su pueblo, por medio de su muerte y resurrección (cuarta parte).
Toda la celebración de la Vigilia pascual se hace en la noche, de modo que no debe comenzar antes del principio de la noche del sábado, ni terminar después del alba del domingo.
Esta celebración eucarística debe ser considerada como la primera celebración pascual.
Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia
Bendición del fuego
Saludo de acogida del sacerdote
En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
V. Queridos hermanos, que la alegría de Cristo resucitado nos acompañe en esta celebración y esté con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Conmemoremos, pues, juntos, la Pascua del Señor, escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar también en su triunfo sobre la muerte y de vivir con él para siempre en Dios.
Oración de bendición del fuego
Dios nuestro, que por medio de tu Hijo nos has comunicado el fuego de tu vida divina, bendice este fuego nuevo y haz que estas fiestas pascuales enciendan en nosotros el deseo del cielo, para que podamos llegar con un espíritu renovado a la fiesta de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Mientras que el celebrante marca una cruz sobre el cirio sobre la que posteriormente marcará los dígitos del año en curso con un punzón, dice, con la intención de explicar la simbología del cirio pascual y las velas de los feligreses:
Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
Al incrustar cinco granos de incienso en el cirio pascual, dice:
Por sus santas llagas gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Al encender el cirio con el fuego nuevo, el celebrante dice:
Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas (el pecado, la confusión y el dolor) de nuestro corazón y de nuestro espíritu.
Procesión
El diácono o el sacerdote levanta el cirio en alto y canta:
Cristo, luz del mundo.
R. Demos gracias a Dios.
El canto se repite en la puerta de la Iglesia, mientras que los feligreses encienden sus llamas del cirio, indicando que se dejan iluminar por Cristo, luz del mundo.
El canto se repite cuando el portador del cirio se sitúa ante el Altar y se vuelve al público.
Pregón pascual
Forma larga.
1. Alégrese en el cielo el coro de los ángeles.
Alégrense los ministros de Dios,
y por la victoria de un Rey tan grande,
resuene la trompeta de la salvación.
2. Alégrese también la tierra inundada de tanta luz,
y brillando con el resplandor del Rey eterno,
se vea libre de las tinieblas
que cubrían al mundo entero.
3. Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
adornada con los fulgores de una luz tan brillante,
y resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.
(Posible aclamación de la asamblea)
4. [Por eso, queridos hermanos, al contemplar
la admirable claridad de esta luz santa,
invoquemos la misericordia de Dios omnipotente,
y ya que sin mérito mío se dignó agregarme
al número de sus servidores,
me infunda la claridad de su luz,
para que sea plena y perfecta
la alabanza a este cirio.]
5.
[V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.]
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
6. Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto de la mente y del corazón
al Dios invisible, Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
7. Él pagó por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán, y borró con su sangre
la sentencia del primer pecado.
8. Estas son las fiestas pascuales,
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
9. Esta es la noche en que sacaste de Egipto
a nuestros padres, los hijos de Israel,
y los hiciste pasar a pie por el mar Rojo.
10. Esta es la noche que disipó las tinieblas
de los pecados con el resplandor
de una columna de fuego.
11. Esta es la noche en que por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo,
arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y agregados a los santos.
12. Esta es la noche en la que Cristo
rompió las ataduras de la muerte
y surgió victorioso de los abismos.
(Posible aclamación de la asamblea)
13. ¡De nada nos valdría haber nacido
si no hubiésemos sido redimidos!
14. ¡Qué admirable es tu bondad con nosotros!
¡Qué inestimable la predilección de tu amor:
para rescatar al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!
15. ¡Pecado de Adán ciertamente necesario,
que fue borrado con la sangre de Cristo!
¡Oh feliz culpa que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!
16. ¡Noche verdaderamente feliz!
Ella sola mereció saber el tiempo y la hora
en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.
17. Esta es la noche de la que estaba escrito:
"La noche será clara como el día,
la noche ilumina mi alegría."
18. Por eso, la santidad de esta noche
aleja toda maldad, lava las culpas,
devuelve la inocencia a los pecadores
y la alegría a los afligidos;
expulsa el odio, trae la concordia
y doblega a los poderosos.
(Posible aclamación de la asamblea)
19. En esta noche de gracia, recibe, Padre santo,
el sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia
te presenta por medio de sus ministros,
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.
20. Ya sabemos lo que anuncia esta columna de fuego
que encendió la llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz
no disminuye su claridad al repartirla,
porque se alimenta de la cera
que elaboraron las abejas
para hacer esta lámpara preciosa.
21. ¡Noche verdaderamente dichosa
en la que el cielo se une con la tierra
y lo divino con lo humano!
22. Por eso, te rogamos, Señor,
que este cirio consagrado en honor de tu Nombre,
continúe ardiendo para disipar la oscuridad de esta noche,
y que aceptado por ti como perfume agradable,
se asocie a los astros del cielo.
Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana,
aquel lucero que no tiene ocaso:
Jesucristo, tu Hijo, que resucitado de entre los muertos
brilla sereno para el género humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Forma breve.
1. Alégrese en el cielo el coro de los ángeles.
Alégrense los ministros de Dios,
y por la victoria de un Rey tan grande,
resuene la trompeta de la salvación.
2. Alégrese también la tierra inundada de tanta luz,
y brillando con el resplandor del Rey eterno,
se vea libre de las tinieblas
que cubrían al mundo entero.
3. Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
adornada con los fulgores de una luz tan brillante,
y resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.
(Posible aclamación de la asamblea)
4.
[V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.]
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
5. Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto de la mente y del corazón
al Dios invisible, Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
6. Él pagó por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán, y borró con su sangre
la sentencia del primer pecado.
7. Estas son las fiestas pascuales,
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
8. Esta es la noche en que sacaste de Egipto
a nuestros padres, los hijos de Israel,
y los hiciste pasar a pie por el mar Rojo.
9. Esta es la noche que disipó las tinieblas
de los pecados con el resplandor
de una columna de fuego.
10. Esta es la noche en que por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo,
arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y agregados a los santos.
11. Esta es la noche en la que Cristo
rompió las ataduras de la muerte
y surgió victorioso de los abismos.
(Posible aclamación de la asamblea)
12. ¡Qué admirable es tu bondad con nosotros!
¡Qué inestimable la predilección de tu amor:
para rescatar al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!
13. ¡Pecado de Adán ciertamente necesario,
que fue borrado con la sangre de Cristo!
¡Oh feliz culpa que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!
14. Por eso, la santidad de esta noche
aleja toda maldad, lava las culpas,
devuelve la inocencia a los pecadores
y la alegría a los afligidos;
(Posible aclamación de la asamblea)
15. ¡Noche verdaderamente dichosa
en la que el cielo se une con la tierra
y lo divino con lo humano!
16. En esta noche de gracia, recibe, Padre santo,
el sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia
te presenta por medio de sus ministros,
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.
17. Por eso, te rogamos, Señor,
que este cirio consagrado en honor de tu Nombre,
continúe ardiendo para disipar la oscuridad de esta noche,
y que aceptado por ti como perfume agradable,
se asocie a los astros del cielo.
Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana,
aquel lucero que no tiene ocaso:
Jesucristo, tu Hijo, que resucitado de entre los muertos
brilla sereno para el género humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra
V. Hermanos, con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del Señor. Escuchemos con recogimiento la palabra de Dios. Meditemos como, en la antigua alianza, Dios salvó a su pueblo y en la plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo para que nos redimiera.
Oremos para que Dios, nuestro Padre, conduzca a su plenitud esta obra de salvación, iniciada con la muerte y resurrección de Jesucristo.
Después de cada lectura, si el celebrante lo cree conveniente, dejará un intervalo de unos minutos para que los fieles mediten la Palabra escuchada y oren fervientemente.
Primera lectura. Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno (Gén. 1, 1-2, 2). Comencemos a recordar la Historia sagrada por su inicio, la creación del mundo.
Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.
Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas; y llamó Día a la luz y Noche a las tinieblas. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día.
Dios dijo: «Que haya un firmamento en medio de las aguas, para que establezca una separación entre ellas». Y así sucedió. Dios hizo el firmamento, y éste separó las aguas que están debajo de él, de las que están encima de él; y Dios llamó Cielo al firmamento. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el segundo día.
Dios dijo: «Que se reúnan en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y que aparezca el suelo firme». Y así sucedió. Dios llamó Tierra al suelo firme y Mar al conjunto de las aguas. Y Dios vio que esto era bueno. Entonces dijo: «Que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla, y árboles frutales que den sobre la tierra frutos de su misma especie con su semilla adentro». Y así sucedió. La tierra hizo brotar vegetales, hierba que da semilla según su especie y árboles que dan fruto de su misma especie con su semilla adentro. Y Dios vio que esto era bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el tercer día.
Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años, y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra». Y así sucedió. Dios hizo los dos grandes astros —el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche— y también hizo las estrellas. Y los puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para presidir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que esto era bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el cuarto día.
Dios dijo: «Que las aguas se llenen de una multitud de seres vivientes y que vuelen pájaros sobre la tierra, por el firmamento del cielo». Dios creó los grandes monstruos marinos, las diversas clases de seres vivientes que llenan las aguas deslizándose en ellas y todas las especies de animales con alas. Y Dios vio que esto era bueno. Entonces los bendijo, diciendo: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares y que las aves se multipliquen sobre la tierra». Así hubo una tarde y una mañana: este fue el quinto día.
Dios dijo: «Que la tierra produzca toda clase de seres vivientes: ganado, reptiles y animales salvajes de toda especie». Y así sucedió. Dios hizo las diversas clases de animales del campo, las diversas clases de ganado y todos los reptiles de la tierra, cualquiera sea su especie. Y Dios vio que esto era bueno.
Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo».
Y Dios creó al hombre a su imagen;
lo creó a imagen de Dios,
los creó varón y mujer.
Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas las fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió. Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el sexto día.
Así fueron terminados el cielo y la tierra, y todos los seres que hay en ellos.
El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Bendice al Señor, alma mía (Sal. 103, 1-2a. 5-6. 10. 12-14ab. 24. 35). Alabemos al Señor por causa de su amor para con nosotros y de los prodigios que, a lo largo de la Historia de la salvación, ha realizado para favorecernos, de forma individual y colectiva.
Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
Estás vestido de esplendor y majestad
y te envuelves con un manto de luz. R.
Afirmaste la tierra sobre sus cimientos:
¡no se moverá jamás!
El océano la cubría como un manto,
las aguas tapaban las montañas. R.
Haces brotar fuentes en los valles,
y corren sus aguas por las quebradas.
Las aves del cielo habitan junto a ellas
y hacen oír su canto entre las ramas. R.
Desde lo alto riegas las montañas,
y la tierra se sacia con el fruto de tus obras.
Haces brotar la hierba para el ganado
y las plantas que el hombre cultiva. R.
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
¡Todo lo hiciste con sabiduría,
la tierra está llena de tus criaturas!
¡Bendice al Señor, alma mía! R.
V. Dios todopoderoso y eterno, que en todas las obras de tu amor te muestras admirable, concédenos comprender que la redención realizada por Cristo, nuestra Pascua, es una obra más maravillosa todavía que la misma creación del universo (por cuanto consiste en ayudar a volver al estado de gracia a quienes con su pecado contribuyeron a la destrucción del mundo). Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Si se lee la lectura reducida, creación del hombre, (Gén. 1, 1. 26-31 a), se dice la siguiente oración:
Dios nuestro, que de un modo admirable nos creaste a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía nos redimiste, concédenos sabiduría de espíritu, para resistir los atractivos del pecado y poder llegar así a los gozos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Segunda lectura. Sacrificio de nuestro patriarca Abraham (Gén. 22, 1-18). En la siguiente lectura, Abraham será símbolo de nuestro Padre y Dios, el cuál, aunque impidió el sacrificio de Isaac, no impidió la muerte de Cristo, su Hijo. Al cargar con la leña hacia la cima del monte de Moria, Isaac representó a nuestro Señor, cargando su cruz, subiendo la cuesta del Calvario. Esta verdad la prueba el cordero que Abraham le sacrificó a Dios en acción de gracias, que era imagen de Cristo, nuestro Cordero pascual.
Dios puso a prueba a Abraham. «¡Abraham!», le dijo.
Él respondió: «Aquí estoy».
Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que Yo te indicaré».
A la madrugada del día siguiente, Abraham ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus servidores y a su hijo Isaac, y después de cortar la leña para el holocausto, se dirigió hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día, alzando los ojos, divisó el lugar desde lejos, y dijo a sus servidores: «Quédense aquí con el asno, mientras yo y el muchacho seguimos adelante. Daremos culto a Dios, y después volveremos a reunirnos con ustedes».
Abraham recogió la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; él, por su parte, tomó en sus manos el fuego y el cuchillo, y siguieron caminando los dos juntos.
Isaac rompió el silencio y dijo a su padre Abraham: «¡Padre!»
Él respondió: «Sí, hijo mío».
«Tenemos el fuego y la leña —continuó Isaac— pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?»
«Dios proveerá el cordero para el holocausto», respondió Abraham. Y siguieron caminando los dos juntos.
Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!»
«Aquí estoy», respondió él.
Y el Ángel le dijo: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único».
Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a ese lugar: «El Señor proveerá», y de allí se origina el siguiente dicho: «En la montaña del Señor se proveerá».
Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: «Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, Yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz».
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Protéjeme, Dios mío, que me refugio en ti (Sal. 15, 5. 8-11.). Confiemos en que nuestro Padre y Dios nos librará de la adversidad que atañe a nuestra vida.
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡Tú decides mi suerte!
Tengo siempre presente al Señor:
Él está a mi lado, nunca vacilaré. R.
Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas
y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.
Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna
a tu derecha. R.
V. Señor Dios, Padre de los creyentes, que por medio del sacramento pascual del bautismo sigues cumpliendo la promesa hecha a Abraham de multiplicar su descendencia por toda la tierra y de hacerlo el padre de todas las naciones, concede a tu pueblo responder dignamente a la gracia de tu llamado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Si se lee la lectura resumida, (Gén. 22, 1-2. 9 a. 10-13. 15-18), se dice la oración anterior.
Tercera lectura. Paso del mar Rojo (éx. 14, 15-15, 1). En el libro de los Salmos leemos: Yahveh "desde el cielo alargó la mano y me agarró para sacarme de las aguas caudalosas" (Sal. 18, 17). Si las aguas bautismales significan nuestro deseo de ser purificados, las aguas abundantes del mar Rojo, significan las dificultades a las que los israelitas podían haber sucumbido, si nuestro Criador no hubiera extendido su mano para salvarles la vida, ya que, en su situación, o se ahogaban en el mar, o se dejaban esclavizar nuevamente bajo el mando de Ramsés, el Faraón. De igual forma que nuestro Padre común dividió las aguas marinas para que su pueblo continuara su camino, también nos ayudará a vencer nuestras dificultades actuales en la medida que confiemos en él, y nos ayudará a superar dificultades quizá más serias que las que tenemos, hasta que nos llame a vivir en su presencia.
El Señor dijo a Moisés: «Ordena a los israelitas que reanuden la marcha. Y tú, con el bastón en alto, extiende tu mano sobre el mar y divídelo en dos, para que puedan cruzarlo a pie. Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, y ellos entrarán en el mar detrás de los israelitas. Así me cubriré de gloria a expensas del Faraón y de su ejército, de sus carros y de sus guerreros. Los egipcios sabrán que soy el Señor, cuando Yo me cubra de gloria a expensas del Faraón, de sus carros y de sus guerreros».
El Ángel de Dios, que avanzaba al frente del campamento de Israel, retrocedió hasta colocarse detrás de ellos; y la columna de nube se desplazó también de adelante hacia atrás, interponiéndose entre el campamento egipcio y el de Israel. La nube era tenebrosa para unos, mientras que para los otros iluminaba la noche, de manera que en toda la noche no pudieron acercarse los unos a los otros.
Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron, y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla, a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del Faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar.
Cuando estaba por despuntar el alba, el Señor observó las tropas egipcias desde la columna de fuego y de nube, y sembró la confusión entre ellos. Además, frenó las ruedas de sus carros de guerra, haciendo que avanzaran con dificultad.
Los egipcios exclamaron: «Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto».
El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas se vuelvan contra los egipcios, sus carros y sus guerreros».
Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar volvió a su cauce. Los egipcios ya habían emprendido la huida, pero se encontraron con las aguas, y el Señor los hundió en el mar. Las aguas envolvieron totalmente a los carros y a los guerreros de todo el ejército del Faraón que habían entrado en medio del mar para perseguir a los israelitas. Ni uno solo se salvó. Los israelitas, en cambio, fueron caminando por el cauce seco del mar, mientras las aguas formaban una muralla, a derecha e izquierda.
Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar, y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en El y en Moisés, su servidor.
Entonces Moisés y los israelitas entonaron este canto en honor del Señor:
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Cantaré al Señor, sublime es su victoria (Sal. éx. 15, 1-6, 17-18). Oremos teniendo presente el significado teológico del fragmento del éxodo que hemos escuchado, así pues, el castigo que Dios les infringió a los egipcios, significa que él nos ayudará a vencer los obstáculos por cuya concepción errónea no somos plenamente felices.
Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria:
Él hundió en el mar los caballos y los carros.
El Señor es mi fuerza y mi protección, Él me salvó.
Él es mi Dios y yo lo glorifico,
es el Dios de mi padre y yo proclamo su grandeza. R.
El Señor es un guerrero,
su nombre es «Señor».
Él arrojó al mar los carros del Faraón y su ejército,
lo mejor de sus soldados se hundió en el Mar Rojo. R.
El abismo los cubrió,
cayeron como una piedra en lo profundo del mar.
Tu mano, Señor, resplandece por su fuerza,
tu mano, Señor, aniquila al enemigo. R.
Tú llevas a tu pueblo,
y lo plantas en la montaña de tu herencia,
en el lugar que preparaste para tu morada,
en el Santuario, Señor, que fundaron tus manos.
¡El Señor reina eternamente! R.
V. Tus antiguos prodigios se renuevan, Señor, también en nuestros tiempos, pues lo que tu poder hizo con las aguas para librar a un solo pueblo de la esclavitud del faraón, lo repites ahora, por medio del agua (purificadora que contribuye a la extinción de nuestras dificultades) del bautismo, para salvar a todas las naciones. Concede a todos los hombres del mundo entero contarse entre los hijos de Abraham y participar de la dignidad del pueblo elegido. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
La lectura del éxodo no se puede acortar, pero la oración se puede sustituir por esta otra:
Señor, que con el Evangelio nos has hecho comprender el sentido profundo del Antiguo Testamento, dejándonos ver en el paso del mar Rojo una imagen del bautismo (paso del dolor a la gloria y de la muerte a la vida) y en el pueblo liberado de la esclavitud, un símbolo del pueblo cristiano, haz que todos los hombres, mediante la fe, participen del privilegio del pueblo elegido y sean regenerados por la acción santificadora de tu Espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Cuarta lectura. La nueva Jerusalén (Is. 54, 5-14). A los enfermos, a los oprimidos, a los huérfanos, a las viudas, a los solitarios, a todos los que sufren en general, Dios les promete que les dará la posibilidad de vivir en un mundo en el que serán plenamente felices.
Tu esposo es Aquél que te hizo:
su nombre es Señor de los ejércitos;
tu redentor es el Santo de Israel:
Él se llama «Dios de toda la tierra».
Sí, como a una esposa abandonada y afligida
te ha llamado el Señor:
«¿Acaso se puede despreciar
a la esposa de la juventud?»,
dice el Señor.
Por un breve instante te dejé abandonada,
pero con gran ternura te uniré conmigo;
en un arrebato de indignación,
te oculté mi rostro por un instante,
pero me compadecí de ti con amor eterno,
dice tu redentor, el Señor.
Me sucederá como en los días de Noé,
cuando juré que las aguas de Noé
no inundarían de nuevo la tierra:
así he jurado no irritarme más contra ti
ni amenazarte nunca más.
Aunque se aparten las montañas
y vacilen las colinas,
mi amor no se apartará de ti,
mi alianza de paz no vacilará,
dice el Señor, que se compadeció de ti.
¡Oprimida, atormentada, sin consuelo!
¡Mira! Por piedras, te pondré turquesas
y por cimientos, zafiros;
haré tus almenas de rubíes,
tus puertas de cristal
y todo tu contorno de piedras preciosas.
Todos tus hijos serán discípulos del Señor,
y será grande la paz de tus hijos.
Estarás afianzada en la justicia,
lejos de la opresión, porque nada temerás,
lejos del temor, porque no te alcanzará.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal. 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b.). Nuestro Padre común nos ha librado de muchas dificultades y, cuando llegue el final de los tiempos, nos concederá la salvación. Oremos como si ya hubiéramos sido redimidos, pues la Resurrección de Jesús significa nuestra futura glorificación.
Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.
Canten al Señor, sus fieles;
den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante,
y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría. R.
Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor.
Tú convertiste mi lamento en júbilo.
¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.
V. Señor Dios, siempre fiel a tus promesas, aumenta, por medio del bautismo, el número de tus hijos y multiplica la descendencia prometida a la fe de los patriarcas, para que tu Iglesia vea que se va cumpliendo tu voluntad de salvar a todos los hombres, como los patriarcas lo creyeron y esperaron. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir.
Quinta lectura. La salvación que se ofrece gratuitamente a todos (Is. 55, 1-11). Aprovechemos las circunstancias buenas o adversas que vivimos para convertirnos a nuestro Padre común, pues para él, todos, buenos y malos, enfermos y sanos, somos llamados a aceptar su Paternidad. ¿Para qué queremos desperdiciar nuestra vida sucumbiendo bajo el efecto de vicios inútiles?
Así habla el Señor:
¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos,
y el que no tenga dinero, venga también!
Coman gratuitamente su ración de trigo,
y sin pagar, tomen vino y leche.
¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta
y sus ganancias, en algo que no sacia?
Háganme caso y comerán buena comida,
se deleitarán con sabrosos manjares.
Presten atención y vengan a mí,
escuchen bien y vivirán.
Yo haré con ustedes una alianza eterna,
obra de mi inquebrantable amor a David.
Yo lo he puesto como testigo para los pueblos,
jefe y soberano de naciones.
Tú llamarás a una nación que no conocías,
y una nación que no te conocía correrá hacia ti,
a causa del Señor, tu Dios,
y por el Santo de Israel, que te glorifica.
¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
llámenlo mientras está cerca!
Que el malvado abandone su camino
y el hombre perverso, sus pensamientos;
que vuelva al Señor, y Él le tendrá compasión,
a nuestro Dios, que es generoso en perdonar.
Porque los pensamientos de ustedes no son los míos,
ni los caminos de ustedes son mis caminos
—oráculo del Señor—.
Como el cielo se alza por encima de la tierra,
así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos
a los caminos y a los pensamientos de ustedes.
Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que Yo quiero
y cumple la misión que Yo le encomendé.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación (Sal. Is. 12, 2-3. 4 b c d. 5-6). Aprendamos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, con la plena certeza de que ello nos hará ser virtuosos.
Éste es el Dios de mi salvación:
yo tengo confianza y no temo,
porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
Él fue mi salvación. R.
Ustedes sacarán agua con alegría
de las fuentes de la salvación.
Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
anuncien entre los pueblos sus proezas,
proclamen qué sublime es su Nombre. R.
Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
¡que sea conocido en toda la tierra!
¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R.
V. Dios todopoderoso y eterno, única esperanza del mundo, tú que anunciaste por la voz de tus profetas los misterios que estamos celebrando esta noche, infunde en nuestros corazones la gracia de tu Espíritu, para que podamos vivir una vida digna de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir.
Sexta lectura. La fuente de la sabiduría (Bar. 3, 9-15. 32-4, 4). Nuestra sabiduría cristiana nos insta a marcar la diferencia en el mundo en que vivimos, así pues, nuestro ejemplo de vida vinculada a Dios, ha de ser aprovechado para que, quienes carecen de fe, conozcan y amen al Dios del amor y la vida.
Escucha, Israel, los mandamientos de vida;
presta atención para aprender a discernir.
¿Por qué, Israel, estás en un país de enemigos
y has envejecido en una tierra extranjera?
¿Por qué te has contaminado con los muertos,
contándote entre los que bajan al Abismo?
¡Tú has abandonado la fuente de la sabiduría!
Si hubieras seguido el camino de Dios,
vivirías en paz para siempre.
Aprende dónde está el discernimiento,
dónde está la fuerza y dónde la inteligencia,
para conocer al mismo tiempo
dónde está la longevidad y la vida,
dónde la luz de los ojos y la paz.
¿Quién ha encontrado el lugar de la Sabiduría,
quién ha penetrado en sus tesoros?
El que todo lo sabe, la conoce,
la penetró con su inteligencia;
el que formó la tierra para siempre,
y la llenó de animales cuadrúpedos;
el que envía la luz, y ella sale,
la llama, y ella obedece temblando.
Las estrellas brillan alegres en sus puestos de guardia:
Él las llama, y ellas responden: «Aquí estamos»,
y brillan alegremente para Aquel que las creó.
¡Éste es nuestro Dios,
ningún otro cuenta al lado de Él!
Él penetró todos los caminos de la ciencia
y se la dio a Jacob, su servidor,
y a Israel, su predilecto.
Después de esto apareció sobre la tierra,
y vivió entre los hombres.
La Sabiduría es el libro de los preceptos de Dios
y la Ley que subsiste eternamente:
los que la retienen, alcanzarán la vida,
pero los que la abandonan, morirán.
Vuélvete, Jacob, y tómala,
camina hacia el resplandor, atraído por su luz.
No cedas a otro tu gloria,
ni tus privilegios a un pueblo extranjero.
Felices de nosotros, Israel,
porque se nos dio a conocer lo que agrada a Dios.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Señor, tienes palabras de vida eterna (Sal. 18, 8-11). La Ley del Señor es perfecta, así pues, a través del cumplimiento de los Mandamientos del amor de nuestro Padre común, tendremos la dicha de alcanzar la Bienaventuranza eterna, así pues, esta es nuestra fe universal, que ha de ser manifestada al mundo, por mediación de nuestra vida de cristianos ejemplares, que tenemos la misión de salvar al mundo.
La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple. R.
Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos. R.
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos. R.
Son más atrayentes que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo del panal. R.
V. Dios nuestro, que haces crecer continuamente a tu Iglesia con hijos llamados de todos los pueblos, dígnate protejer siempre con tu gracia a quienes has hecho renacer en el bautismo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Séptima lectura. El corazón nuevo y el espíritu nuevo (Ez. 36, 17a. 18-28). Antes de que seamos glorificados, hemos de ser purificados por nuestro sufrimiento, tras la vivencia del cual, por la recepción del Bautismo y el Espíritu Santo, contemplaremos a nuestro Padre común por años sin término.
La palabra del Señor me llegó en estos términos:
«Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel habitaba en su propio suelo, lo contaminó con su conducta y sus acciones. Entonces derramé mi furor sobre ellos, por la sangre que habían derramado sobre el país y por los ídolos con que lo habían contaminado. Los dispersé entre las naciones y ellos se diseminaron por los países. Los juzgué según su conducta y sus acciones. Y al llegar a las naciones adonde habían ido, profanaron mi santo Nombre, haciendo que se dijera de ellos: “Son el pueblo del Señor, pero han tenido que salir de su país”. Entonces yo tuve compasión de mi santo Nombre, que el pueblo de Israel profanaba entre las naciones adonde había ido.
Por eso, di al pueblo de Israel: “Así habla el Señor: Yo no obro por consideración a ustedes, casa de Israel, sino por el honor de mi santo Nombre, que ustedes han profanado entre las naciones adonde han ido. Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que Yo soy el Señor —oráculo del Señor— cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes.
Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos.
Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que Yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y Yo seré su Dios”».
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Salmo 41, 3. 5bcd; 42, 3-4). Quienes habéis perdido la fe, y quienes aún no nos hemos entregado a Dios como él nos ha pedido que le sirvamos, ahora tenemos la ocasión de serle fieles a nuestro Señor. Oremos recordando todo el bien que el Señor nos ha hecho, la felicidad que experimentamos el día en que recibimos nuestra primera Comunión...
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente:
¿Cuándo iré a contemplar
el rostro de Dios? R.
¡Cómo iba en medio de la multitud
y la guiaba hacia la Casa de Dios,
entre cantos de alegría y alabanza,
en el júbilo de la fiesta! R.
Envíame tu luz y tu verdad:
que ellas me encaminen
y me guíen a tu santa Montaña,
hasta el lugar donde habitas. R.
Y llegaré al altar de Dios,
el Dios que es la alegría de mi vida;
y te daré gracias con la cítara,
Señor, Dios mío. R.
V. Señor Dios nuestro, poder inmutable y luz sin ocaso, prosigue bondadoso a través de tu Iglesia, sacramento de salvación, la obra que tu amor dispuso desde la eternidad; que todo el mundo vea y reconozca que los caídos se levantan, que se renueva lo que había envejecido y que todo se integra en aquel que es el principio de todo, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir, pero la oración puede ser cambiada por esta otra:
Señor Dios nuestro, que con las enseñanzas del Antiguo y del nuevo Testamento nos has preparado a celebrar el misterio de la Pascua, haz que comprendamos tu amor, para que los dones que hoy recibimos confirmen en nosotros la esperanza de los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
En la noche santa que recordamos la Resurrección de Jesucristo nuestro Señor, entonemos el Gloria, pidamos perdón por nuestras transgresiones conscientes y voluntarias en el cumplimiento de la Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo, sabiendo que Dios es perdón, esperanza, y, por ello, nos concederá lo que convenga a nuestra salvación.
Oración colecta
Dios nuestro, que haces resplandecer esta noche santa con la gloria del Señor resucitado, aviva en tu Iglesia el espíritu filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.
Octava lectura. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá (Rom. 6, 3-11). Vinculados a Cristo Resucitado, renunciemos al pecado y a la desesperanza, para que Dios nos eleve a su dignidad celestial.
Hermanos:
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con Él en la resurrección.
Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto, no debe nada al pecado.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre Él. Al morir, Él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya, Aleluya, Aleluya (Sal. 117, 1-2. 16-17. 22-23). Glorifiquemos a Dios por la Resurrección de Cristo, y afirmémonos en el cumplimiento de su voluntad.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! R.
La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos. R.
Novena lectura. Jesús de Nazaret, el Crucificado ha resucitado.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.
16, 1-8.
Monición.
El Evangelio no es un mito que se extinguió con el paso del tiempo, así pues, al celebrar la Resurrección de nuestro Hermano y Señor, dispongámonos a convertir al mundo a la nueva buena de la salvación, pues Cristo ha resucitado para no morir jamás.
evangelio.
Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.
Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.
Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se lo había dicho».
Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
1. Desde que conmemoramos la sepultura de nuestro Señor en la tarde del Viernes Santo estamos orando con un gran deseo de empezar a celebrar la victoria de nuestro Hermano sobre la muerte. A pesar de que nos hemos acostumbrado a celebrar el día del Señor todos los Domingos, no tenemos en cuenta que todos los sábados deberíamos celebrar el día de nuestra santa Madre que tanto sufrió por causa de su soledad. José murió antes de que Jesús comenzara su Ministerio público, María se sintió sola cuando Jesús se separó de ella para predicar el Evangelio, así pues, nuestra Madre sufrió mucho cuando abrazó a su Hijo por última vez, antes de que José de Arimatea y Nicodemo depositaran su cadáver en el sepulcro.
2. Durante la Semana Santa celebramos una serie de acontecimientos de la Historia de la salvación muy importantes, pero todos ellos transcurren muy rápidamente y no tenemos tiempo para meditar tamaños prodigios. ¿Qué hemos celebrado durante la Semana Santa? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "Eliminad todo resto de vieja levadura; vosotros debéis de ser panes pascuales, de masa nueva y sin levadura, porque Cristo, que es nuestra víctima pascual, ya ha sido sacrificado (1 Cor. 5, 7). Jesús es nuestra Pascua, así pues, él es Dios Hijo que está junto a nosotros y nos pide que seamos panes nuevos, porque lo viejo ha pasado, por consiguiente, el pecado, el error, la enfermedad y la muerte, ya no tienen poder sobre nosotros. Naturalmente nosotros no hemos sido transformados a través de la experiencia de la muerte como le ha sucedido a Jesús, pero sabemos que, cuando Dios lo crea oportuno, nos llegará el día en que el dolor no nos afectará, seremos perfectos y aborreceremos el mal. Nosotros somos panes de masa nueva, por consiguiente, nuestras convicciones han sido transformadas por Jesús. No necesitamos tener levadura para convertirnos en panes diferentes porque hemos sido llamados a ser eucaristizados junto a Cristo, para que todos nos comulguemos y vivamos vinculados por el amor de nuestro Santo Padre y Dios. Durante los próximos cuarenta días de Pascua celebraremos que la victoria de Cristo Resucitado es nuestra victoria, el triunfo que anhelamos.
3. San Pablo les escribió a los Colosenses: "¡Habéis resucitado con Cristo! Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y no en las de la tierra" (Col. 3, 1-2). Las palabras del Apóstol se explican en los siguientes términos en que se expresó en la citada Epístola el gran predicador de los paganos: "Cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias al Padre por medio de él" (Col. 3, 17). El Apóstol no pretende incitarnos a que desatendamos a nuestros familiares y a que olvidemos nuestras obligaciones y a que vivamos pensando únicamente en el día en que podremos ver a Dios, pues él desea que tengamos nuestra esperanza fundada en el Reino de Dios que algún día será instituido plenamente por Jesús, cuando el Mesías vuelva por segunda vez al mundo para hacer de nuestra tierra su cielo.
4. "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos también vinculados a su muerte¿" (Rom. 6, 3). Las palabras de San Pablo que estamos meditando son muy contradictorias para quienes se acercan a Dios con la intención de que nuestro Santo Padre les conceda todas las dádivas que ellos desean. Jesús dijo en cierta ocasión: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuánto desearía que ya estuviera encendido Con un bautismo tengo que ser bautizado y, ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla¡" (Lc. 12, 49-50). El Señor dijo en otra ocasión: "No creáis que he venido a traer la paz al mundo" (Mt. 10, 34). Nos equivocamos si pensamos que Jesús vino al mundo para solucionar nuestros problemas, así pues, él vino al mundo para enseñarnos a sobrevivir dignamente a nuestra adversidad. El Mesías no vino al mundo para darme la vista de la que estoy privado ni para curar vuestras enfermedades ni para resolver nuestros problemas. Nosotros debemos ser santificados antes que nuestro Santo Padre nos permita vivir en su Reino sin que la enfermedad ni la muerte puedan afectarnos, pues, en aquel tiempo, el mal será extinguido de la haz de la tierra. No debemos olvidar las siguientes palabras de Jesús: "El reino de Dios ya está entre vosotros" (Lc. 17, 21). Jesús nos confirma que el sueño que albergamos de ver a Dios cara a cara no es una utopía, sino una realidad que se va consumando, según le permitimos al Espíritu Santo que habite en nosotros, nos santifique y nos perfeccione. Según el Apóstol de las gentes: "Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de compartir también su resurrección" (Rom. 6, 5).
Para nosotros es muy importante la Resurrección de Jesús, así pues, si él no hubiera vencido a la muerte, nosotros no podríamos creer que por la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones, podremos vencer nuestra adversidad y viviremos sin ser atribulados, cuando nuestro Santo Padre nos haya santificado. ¿Tan importante es la Resurrección de Cristo para nosotros? San Pablo les escribió a los Corintios: "Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de valor y aún seguís hundidos en el pecado" (1 Cor. 15, 17). Si Cristo no ha resucitado, yo pierdo el tiempo al pensar que algún día podré ver. Mi aspiración no consiste en ver perfectamente, sino en poder contemplar extasiado a Dios, pero, si Cristo está muerto, debería replantearme mis creencias, para no sentir que he cometido un gran fracaso al abrazar la fe católica. Jesús ha resucitado, así pues, meditemos las palabras con las que los ángeles se dirigieron a las mujeres que buscaban a Jesús en el sepulcro: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (Lc. 24, 5). Cuando santa María Iluminada vio a Jesús vivo en el sepulcro, buscó a María Santísima y a los Apóstoles, y les dijo las siguientes palabras: "He visto al Señor" (Jn. 20, 18). Vamos a pedirle al Señor que todos nosotros podamos exclamar algún día con el corazón lleno de gozo: "¡Hemos visto al Señor¡". Nosotros no podemos ver a Jesús eucaristizado, pero estamos completamente seguros de que comulgamos a Cristo Resucitado, de igual manera que también creemos que nuestro querido Hermano mayor se nos manifiesta en las personas de nuestros prójimos porque él habita en los corazones de ellos, por consiguiente, él se alegra con los jubilosos, y el Hijo de María sufre el dolor, la agonía y la desesperación de quienes son atribulados de diversas formas. Hermanos, Jesús no se limitó a sufrir únicamente durante las horas en que se prolongó su Pasión, así pues, no olvidemos que las llagas del Señor, estarán impresas en el Cuerpo del Mesías, hasta que el último hombre de todos los tiempos, sea santificado y sanado de sus enfermedades.
Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu (fantasma) no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc. 24, 39). Fijaos en este detalle: Jesús Resucitado no pasó el Domingo de Resurrección en el cielo celebrando su victoria junto a Dios. ¿Amaba Jesús a los hombres más que al Padre? ¡No! El Señor pasó el primer Domingo de Pascua entre los suyos, porque llevaba al Padre y al Espíritu Santo en su corazón. San Pablo nos dice: "Nosotros, por tanto, si hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él. Porque sabemos que Cristo, al resucitar, triunfó de la muerte y es ya inmortal; la muerte ha perdido su dominio sobre él" (Rom. 6, 8-9).
Nosotros no hemos sido los únicos que hemos tenido dudas de fe. María Magdalena, cuando encontró el sepulcro del Señor vacío en la madrugada del Domingo de Pascua, no pensó que Cristo había resucitado, sino que habían robado su cadáver. Ella les dijo a los Apóstoles Pedro y Juan: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto" (Jn. 20, 2). Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan se adelantó a Pedro, pero no sabemos si fue su miedo o su respeto a la primacía apostólica de Pedro lo que fue que le hizo dudar cuando se asomó a la cueva excavada en la roca y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo (Jn. 20, 5). "Pedro vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido" (Lc. 24, 12).
5. Pedro y Juan, emocionados, corrieron a contarles a sus compañeros y amigos lo que habían visto. Ellos corrieron demasiado, así pues, si hubieran permanecido unos minutos junto a María Magdalena, hubieran podido ver a Cristo Resucitado. Jesús quiso que su gran amiga se desahogara con los dos ángeles que aparecieron en el sepulcro, antes de que él se dejara ver por la hermana de Marta y Lázaro. Si ella calmaba el dolor de su corazón hablando con los ángeles, podía gozarse doblemente al producirse el encuentro del Hijo de María con ella. María no conoció al Señor cuando lo vio, por consiguiente, ella confundió al Mesías con un hortelano, con aquel profanador de tumbas de quien los seguidores del Nazareno sospechaban que había robado el Cuerpo de Jesús. Ella conoció al Hijo del carpintero cuando el Maestro la llamó por su nombre. ¿Por qué conocemos a Jesús? ¿Por qué oramos? ¡Ojalá conociéramos a Jesús percatándonos de que él se ha manifestado en nuestra vida¡. ¡Ojalá alberguemos en nuestro corazón la fe de los discípulos de Emaús¡. Ellos decían: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando (Jesús) nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras¿... Ellos, por su parte, explicaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan" (Lc. 24, 32 y 35). ¿Conocemos a Jesús porque él se nos entrega a sí mismo en las celebraciones eucarísticas?
Jesús le dijo a María de Magdala cuando ella quiso abrazarlo convencida de que él estaba vivo: "No me retengas, porque todavía no he ido a mi Padre. Anda, ve y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi Dios, que es también vuestro Dios" (Jn. 20, 17). Jesús no quería que ella lo abrazara para que aprendiera a tenerlo en su corazón de una forma muy especial, ya que él ascendería al cielo cuarenta días después del Domingo I de Pascua, y sus seguidores no podían sentirse vacíos del Señor. Nosotros tenemos fe como también tenían fe aquellos que sentían que Jesús no los había abandonado cuando nuestro Señor ascendió al cielo (Cf. Hch. 1, 9).
6. En la noche santa en que concluimos la celebración de la Pasión y muerte de nuestro señor y nos adentramos en las celebraciones pascuales, os deseo una feliz Pascua de resurrección. Os deseo que durante las próximas semanas, al revivir los relatos evangélicos relacionados con la Resurrección del Mesías, nuestro Padre común os colme de bendiciones, a vuestros prójimos y a vosotros.
Los miembros de la primitiva Iglesia de Jerusalén, -los primeros cristianos-, pasaban reunidos la noche anterior al Domingo de Resurrección, recordando los sucesos más trascendentales de la Historia sagrada, con el fin de recordar la Resurrección de nuestro Señor, ateniéndose al significado teológico tan importante que encierra en sí mismo el citado relato bíblico, pues, a través del mismo, nuestra fe se fortalece, pues el citado hecho trascendental de la Historia de la salbvación, es una prueba de que dios existe y de que el puede hacer lo que quiere, es decir, nuestro Padre común está capacitado para salvarnos.
Durante los días precedentes hemos vivido demasiado rápido los hechos referentes a la Pasión de nuestro señor, así pues, es preciso que, durante la cincuentena pascual, volvamos a meditar la Pasión y muerte del Hijo de María, con el fin de que, cuando seamos atribulados, no pensemos que nuestro Padre común nos ha abandonado, pues el nos ama, aunque en ciertas circunstancias nos resistamos a aceptar la citada verdad.
Nuestro criador creó un mundo en el que sus hijos habrían de vivir para adorarlo y para obedecerlo, pero nosotros no aceptamos el cumplimiento del designio de nuestro Creador. Quisimos vivir por nuestros propios medios sin contar con nuestro Padre común ya que el no se sometió a nuestros deseos, y ello atrajo sobre nosotros el mal, las enfermedades y la muerte. Por nuestra fe sabemos que Jesús venció a la muerte, y por ello nos libró de las miserias características de nuestra vida actual en sentido figurativo, aunque esperamos vivir la citada realidad en el futuro, cuando nuestro Señor venga nuevamente a encontrarse con nosotros. Sabemos que la historia de Jesús no acabó mal, así pues, aunque nuestro Señor sucumbió bajo el poder de la muerte, nuestro Padre común lo resucitó de entre los muertos, y, cuarenta días después de resucitar, el Hijo de María fue ascendido al cielo, donde intercede por nosotros, a la espera de que llegue el momento en que vendrá a nuestro encuentro, para concluir nuestra redención.
En la tarde del Jueves Santo nuestro Señor se nos dio en la eucaristía para ser nuestro alimento espiritual y nuestra fortaleza en la vivencia y superación de las dificultades que caracterizan nuestra vida. Esta santa noche, al recordar la Resurrección del Mesías, pensamos que, aunque Jesús fue ascendido al cielo cuarenta días después de su Resurrección, El está presente en la Eucaristía, se nos seguirá entregando para aumentar nuestra fe hasta el final de los tiempos, cuando El concluya la instauración del Reino de Dios en el mundo.
Jesús vivió su Pasión sintiéndose desamparado de Dios y de los hombres, así pues, aunque nuestro Padre común observó a su Hijo desde el cielo, El no hizo nada para evitar su tortura y posterior muerte, así pues, a pesar de que Jesús está en el cielo, El vive en nosotros y en nuestros prójimos, especialmente en quienes se prolonga por muchos años su Pasión y muerte, en quienes sólo tienen el cielo por techo y el suelo que pisan para soportar su impotencia. Jesús vive en los niños huérfanos, en los enfermos que han perdido la esperanza de vivir, en las viudas que lloran en su soledad, y en quienes se empeñan en llevar a cabo acontecimientos difíciles que sólo quienes tienen mucha fe son capaces de realizar bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Aunque el Lunes de Pascua quienes hemos tenido una semana o unos días de descanso volveremos a desempeñar nuestras actividades laborales, no hemos de olvidar que Jesús vive en nosotros, por lo que tenemos la misión de dar a conocer al Señor a nuestros prójimos, y de comunicarles nuestra fe a quienes sufren por cualquier causa, y son valientes para intentar alcanzar un poco de felicidad al precio de tener fe.
Acompañemos a los Apóstoles y a las santas mujeres al sepulcro de nuestro señor para que así podamos gloriarnos con ellos por causa de la Resurrección del Hijo de María. Lloremos emocionados junto a María Magdalena compartiendo su gozo de haber tenido la dicha de ver a su Maestro, antes de que el fuera elevado a la presencia de su Padre ya que el es nuestro Padre, y de su dios, ya que El también es nuestro Dios.
Compartamos las dudas de fe de los discípulos de emaús ya que nuestra fe es débil, y alegrémonos con ellos cuando nuestro señor vuelva a ser nuestro pan compartido.
Acompañemos a los diez Apóstoles de nuestro Señor que tuvieron la dicha de encontrarse con el Hijo de María en el cenáculo el atardecer del Domingo de Resurrección, y pidámosle que nos llene el corazón de su Espíritu Santo.
Jesús les dijo a sus Apóstoles durante la celebración de la última cena: "sin embargo, es más conveniente para vosotros que yo me vaya. Os digo la verdad. Porque, si yo no me voy, el abogado no vendrá a vosotros; pero, si me voy, os lo enviaré." (JN. 16, 7). Nos ha sido conveniente que nuestro Señor muera por nosotros y que haya sido ascendido al cielo, ya que si el se hubiera quedado eternamente entre nosotros corporalmente, no nos hubiera enviado el Espíritu Santo, ya que El mismo nos hubiera ayudado tal como hacía con quienes le aceptaban cuando vino por primera vez a Palestina, de manera que no viviéramos necesitados de la fe en el Paráclito para aprender a orar y para aprender que hemos sido salvos de forma prefigurativa.
Al igual que hicieron los Apóstoles cuando creyeron que Jesús había vencido a la muerte, comuniquémosles a nuestros prójimos nuestro gozo pascual, para que algunos de ellos puedan compartir nuestra dicha con nosotros y con sus conocidos.
Dado que esta edición de Padre nuestro es muy larga, no quiero alargar mucho esta meditación, pero no puedo concluir la misma sin instaros a que nos unamos en oración para felicitar a nuestra Señora. María Santísima vivió la Pasión de nuestro Redentor con un gran dolor, así pues, no en vano la Iglesia nos dice que la Madre de Jesús es nuestra corredentora, y que Jesús no sólo se la dio por Madre al adolescente Apóstol San Juan en la cruz, sino que también nos encomendó a nosotros su cuidado en quienes sufren por cualquier causa, y en los carentes de dádivas materiales y espirituales, así pues, en la noche en que nos alegramos de la Resurrección de Cristo Rey, no debemos olvidarnos de felicitar a nuestra celestial Intercesora, al mismo tiempo que debemos darle las gracias por permitir que su hijo fuera nuestro redentor, a pesar del precio que pagaron ambos, con tal de pedirle a dios que nos concediera la salvación, a pesar de nuestras miserias.
Liturgia bautismal
Si durante la celebración algunos de los feligreses recibirán el bautismo, el celebrante dice:
Hermanos, acompañemos con nuestra oración a estos catecúmenos que anhelan renacer a nueva vida en la fuente del bautismo, para que Dios, nuestro Padre, les otorgue su protección y su amor.
Si se bendice la fuente, pero no va a haber bautizos, el celebrante dice:
Hermanos, pidamos a Dios todopoderoso que con su poder santifique esta fuente bautismal, para que cuantos en el bautismo van a ser regenerados en Cristo, sean acogidos en la familia de Dios.
Letanías de los Santos
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros.
San Miguel ruega por nosotros.
Santos ángeles de Dios rogad por nosotros.
San Juan Bautista ruega por nosotros.
San José ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo rogad por nosotros.
San Andrés ruega por nosotros.
San Juan ruega por nosotros.
Santa María Magdalena ruega por nosotros.
San Esteban ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros.
San Lorenzo ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicitas rogad por nosotros.
Santa Inés ruega por nosotros.
San Gregorio ruega por nosotros.
San Agustín ruega por nosotros.
San Atanasio ruega por nosotros.
San Basilio ruega por nosotros.
San Martín ruega por nosotros.
San Benito ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo rogad por nosotros.
San Francisco Javier ruega por nosotros.
San Juan María Vianney ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros.
Santos y Santas de Dios rogad por nosotros.
Muéstrate propicio líbranos, Señor.
De todo mal líbranos, Señor.
De todo pecado líbranos, Señor.
De la muerte eterna líbranos, Señor.
Por tu encarnación líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor.
Por el don del Espíritu Santo líbranos, Señor.
Nosotros, que somos pecadores te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Para que te dignes comunicar tu propia vida a quienes has llamado al bautismo te rogamos, óyenos.
Si no hay bautizos:
Para que santifiques esta agua por la que renacerán tus nuevos hijos te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo. Te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Derrama, Señor, tu infinita bondad en este sacramento del bautismo y envía a tu Santo Espíritu, para que haga renacer de la fuente bautismal a estos nuevos hijos tuyos, que van a ser santificados por tu gracia, mediante la colaboración de nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Bendición del agua bautismal
Fórmula a.
Dios nuestro, que con tu poder invisible realizas obras admirables por medio de los signos de los sacramentos y has hecho que tu creatura, el agua, signifique de muchas maneras la gracia del bautismo.
Dios nuestro, cuyo Espíritu aleteaba sobre la superficie de las aguas en los mismos principios del mundo, para que ya desde entonces el agua recibiera el poder de dar la vida.
Dios nuestro, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nuevo nacimiento de los hombres, al hacer que de una manera misteriosa, un mismo elemento diera fin al pecado y origen a la virtud.
Dios nuestro, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abraham, a fin de que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón, prefigurara al pueblo de los bautizados.
Dios nuestro, cuyo Hijo, al ser bautizado por el precursor en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo suspendido en la cruz, quiso que brotaran de su costado sangre y agua; y después de su resurrección mandó a sus apóstoles "id y enseñad a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".
Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del bautismo. Que por la obra del Espíritu Santo esta agua adquiera la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen, limpio de su antiguo pecado por el sacramento del bautismo, renazca a la vida nueva por el agua y el Espíritu Santo.
Si el celebrante lo cree oportuno, introduce el cirio pascual dos o tres veces en el agua diciendo:
Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente,
Prosigue manteniendo el cirio dentro del agua:
para que todos los que en ella reciban el bautismo, sepultados con Cristo en su muerte, resuciten también con él a la vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Al sacar el cirio del agua, el pueblo dice:
Fuentes del Señor, bendecid al Señor, alabadlo y glorificadlo por los siglos.
Fórmula b.
Bendito seas Dios, Padre todopoderoso, que hiciste el agua para purificarnos y darnos la vida.
R. Bendito seas, Señor.
V. Bendito seas Dios, Hijo único, Jesucristo, que hiciste brotar de tu costado sangre y agua, para que por tu muerte y resurrección naciera la Iglesia.
R. Bendito seas, Señor.
V. Bendito seas Dios, Espíritu Santo, que ungiste a Cristo al ser bautizado en las aguas del Jordán, para que todos fuéramos bautizados en ti.
R. Bendito seas, Señor.
V. Señor, escúchanos y santifica esta agua creada por ti, para que los bautizados con ella sean purificados del pecado y renazcan a la vida de hijos adoptivos de dios.
R. Escúchanos, Señor.
V. Santifica esta agua creada por ti, para que los bautizados con ella en la muerte y resurrección de Cristo, sean una fiel imagen de tu Hijo.
R. Escúchanos, Señor.
V. Santifica esta agua creada por ti, para que los que tú has elegido renazcan por medio del Espíritu Santo y se incorporen a tu pueblo santo.
R. Escúchanos, Señor.
Fórmula c.
Padre misericordioso, que derramaste sobre nosotros la vida nueva de hijos tuyos que brota de la fuente bautismal.
R. Bendito seas, Señor.
V. Padre misericordioso, que por medio del agua y del Espíritu Santo, congregas en un solo pueblo a todos los bautizados en tu Hijo Jesucristo.
R. Bendito seas, Señor.
V. Padre misericordioso, que por tu Espíritu de amor derramado en nuestros corazones, nos liberas para que gocemos de tu paz.
R. Bendito seas, Señor.
V. Padre misericordioso, que eliges a los bautizados para que anuncien alegremente el Evangelio de Cristo a todos los pueblos.
R. Bendito seas, Señor.
V. Bendice esta agua con la que van a ser bautizados estos servidores tuyos (se dice los nombres de los bautizandos), llamados al Bautismo, a fin de que alcancen la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Renovación de las promesas que hicimos al ser bautizados
Hermanos, por medio del bautismo, hemos sido hechos partícipes del misterio pascual de Cristo; es decir, por medio del bautismo, hemos sido sepultados con él en su muerte para resucitar con él a una vida nueva. Por eso, al terminar el tiempo de preparación de la Cuaresma, es muy conveniente que renovemos las promesas de nuestro bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a sus obras y nos comprometimos a servir a Dios, en la santa Iglesia católica.
Primera fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes a Satanás?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a todas sus obras?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a todas sus seducciones?
R. Sí, renunciamos.
Segunda fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a todas las seducciones del mal para que el pecado no los esclavice?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a Satanás, padre y autor de todo pecado?
R. Sí, renunciamos.
Tercera fórmula de renuncia del mal.
V. ¿Renunciáis a Satanás y -al pecado, como negación de Dios;
-al mal, como signo del pecado en el mundo;
-al error, como negación de la verdad;
-a la violencia, como contraria a la caridad;
-al egoísmo, como falta de testimonio de amor?
R. Sí, renunciamos.
V. Renunciáis a las obras opuestas al Evangelio de Jesús, que son -la envidia y el odio;
la pereza y la indiferencia;
-la cobardía y los acomplejamientos;
-el materialismo y la sensualidad;
-la injusticia y el favoritismo;
el negociado y el soborno?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renunciáis a los criterios y comportamientos que llevan a -creerse los mejores;
-verse siempre superiores;
-creerse ya convertidos del todo;
-buscar el dinero como máximo valor;
-buscar el placer como única ilusión;
-buscar el propio interés por encima del bien común?
R. Sí, renunciamos.
Unción con el óleo de los catecúmenos a los bautizandos.
V. Que el poder de Cristo Salvador os fortalezca: en señal de ello os ungimos con el óleo de la salvación, por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Profesión de fe.
V. ¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en Jesucristo, su Hijo único y Señor nuestro, que nació de la Virgen María, padeció y murió por nosotros, resucitó y está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
R. Sí, creo.
V. Que Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó del pecado y nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, nos conserve con su gracia unidos a Jesucristo nuestro Señor, hasta la vida eterna.
R. Amén.
Mientras que el sacerdote rocía con agua al pueblo, se entona un cántico apropiado.
Si hay bautismos.
El celebrante les dice a los bautizandos cuando les bautiza.
N., yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del espíritu santo.
Unción postbautismal.
Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que los ha hecho renacer por medio del agua y del Espíritu Santo, y les ha concedido el perdón de todos los pecados, los unge ahora con el crisma de la salvación, para que incorporados a su pueblo y permaneciendo unidos a Cristo, sacerdote, profeta y rey, vivan eternamente bautizados. Amén.
Imposición de la vestidura blanca.
El sacerdote les dice a los neófitos adultos:
N. y N., son ya nuevas criaturas y han sido revestidos de cristo. Reciban esta vestidura blanca y preséntenla sin mancha ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo, para que alcancen la vida eterna.
Bautizados. Amén.
Si los neófitos son niños, el sacerdote dice:
N. y N., son ya nuevas creaturas y han sido revestidos de Cristo. Que esta vestidura blanca sea el signo de su dignidad, y que con la ayuda de la palabra y el ejemplo de sus familiares logren mantenerla inmaculada hasta la vida eterna.
Todos. Amén.
Entrega del cirio encendido.
Este rito sólo se lleva a cabo cuando se bautizan a adultos.
V. Acérquense padrinos y madrinas, para que entreguen la luz a los recién bautizados.
Los padrinos y madrinas encienden un cirio en el cirio pascual y lo entregan a sus ahijados.
V. Ya son luz en Cristo. Vivan siempre como hijos de la luz, para que, perseverando en la fe, puedan salir al encuentro del Señor con todos los santos, cuando El vuelva.
R. Amén.
Se canta un canto apropiado al final del rito.
Canto bautismal.
QUE RESUENE POR LA TIERRA
1- Que resuene por la tierra, aleluya, aleluya,
la noticia salvadora, aleluya, aleluya,
"El Señor resucitó", aleluya, aleluya,
gloria a Cristo Vencedor, aleluya, aleluya!
2- En la fiesta de la Pascua, aleluya, aleluya,
proclamemos nuestro gozo, aleluya, aleluya,
es el Día del Señor, aleluya, aleluya,
es la nueva Creación, aleluya, aleluya.
3- Por las aguas del Bautismo, aleluya, aleluya,
por la Sangre del Cordero, aleluya, aleluya,
el Señor nos libertó, aleluya, aleluya,
es la Obra de su Amor, aleluya, aleluya.
4- En camino hacia la Patria, aleluya, aleluya,
renovemos jubilosos, aleluya, aleluya,
el banquete fraternal, aleluya, aleluya,
de la Víctima pascual, aleluya, aleluya.
(Desconozco el autor de esta canción).
Celebración de la Confirmación.
El sacerdote les dice a los recién bautizados:
Queridos hijos, renacidos en Cristo han sido hechos miembros suyos y de su pueblo sacerdotal: Van ahora a recibir el Espíritu Santo derramado sobre nosotros. El Señor lo envió a los Apóstoles el día de Pentecostés, y por ellos y sus sucesores fue dado a los bautizados. Del mismo modo, ustedes recibirán la prometida fuerza del Espíritu santo, con la cual, asemejándose más perfectamente a Cristo, darán testimonio de la pasión y resurrección del señor y se harán miembros activos de la Iglesia, para la edificación del Cuerpo de Cristo en la fe y en la caridad.
El sacerdote prosigue con las manos juntas.
Oremos, hermanos amadísimos, a Dios Padre todopoderoso, pidiéndole que derrame con bondad el Espíritu Santo sobre estos nuevos hijos; que los fortalezca con la abundancia de sus dones y con su unción los haga más semejantes a cristo, Hijo de Dios.
Todos oran en silencio por unos instantes.
El sacerdote impone las manos sobre los confirmandos y dice:
Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que hiciste renacer a estos servidores tuyos por medio del agua y del Espíritu Santo, librándolos del pecado: envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito; concédeles el espíritu de sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y de fortaleza, el espíritu de ciencia y de piedad; y corónalos con el espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
El sacerdote les dice a quienes les impone el crisma:
N. recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.
Confirmado. Amén.
V. La paz esté contigo.
Confirmado. Y con tu espíritu.
Se entona un canto adecuado.
HOY TU ESPÍRITU SEÑOR
Hoy tu Espíritu Señor
nos congrega en la unidad,
nos da fuerza para andar
renovados en tu amor.
1- Santo Espíritu de Dios,
de la paz y de la luz,
que nos das a conocer
el misterio de Jesús.
Ven al fin a saciar
nuestra sed de paz.
2- Este mundo en su dolor
clama ardiendo de ansiedad
que tu Espíritu de amor
lo conduzca a la verdad.
Ven al fin a reinar;
cambia al mundo ya.
3- Ni la carga de la cruz
nuestras fuerzas rendirá
la alegría que Tu das
nadie nos la ha de quitar.
Ven al fin a cantar
en mi voz: Amén.
(Desconozco el autor de esta canción).
Profesión de fe de toda la asamblea.
V. queridísimos hermanos: por el misterio pascual, en el bautismo fuimos sepultados con Cristo para que también nosotros llevemos con El una vida nueva. Por eso, ya acabado nuestro camino cuaresmal, renovemos las promesas del santo bautismo, por las que un día renunciamos al demonio y a sus obras y prometimos servir al señor en la santa Iglesia Católica. Por tanto:
Fórmula a.
¿Renuncian al demonio?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a todas sus obras?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a todos sus engaños?
R. Sí, renunciamos.
Fórmula b.
¿Renuncian al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a los engaños del mal para no ser esclavos del pecado?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian al demonio, que es el autor del pecado?
R. Sí, renunciamos.
Fórmula c.
¿Renuncian a Satanás y -al pecado, como negación de dios;
-al mal, como signo del pecado en el mundo;
-al error, como negación de la verdad;
-a la violencia, como contraria a la caridad;
-al egoísmo, como falta de testimonio de amor?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿renuncian a las obras opuestas al Evangelio de Jesús, que son -la envidia y el odio;
la pereza y la indiferencia;
la cobardía y los acomplejamientos;
el materialismo y la sensualidad;
la injusticia y el favoritismo;
el negociado y el soborno?
R. Sí, renunciamos.
V. ¿Renuncian a los criterios y comportamientos que llevan a:
-creerse los mejores;
verse siempre superiores;
creerse ya convertidos del todo;
buscar el dinero como el máximo valor;
buscar el placer como única ilusión;
buscar el propio interés por encima del bien común?
R. Sí, renunciamos.
Se puede utilizar la fórmula expuesta en el ritual del Bautismo del Credo corto.
V. Y Dios todopoderoso, Padre de nuestro señor Jesucristo, que nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, y nos ha perdonado los pecados, nos conserve con su gracia en Jesucristo, nuestro señor, para la vida eterna.
R. Amén.
Oración universal o de los fieles
V. Oremos, hermanos y hermanas, en la santa noche en que nos preparamos a celebrar la Resurrección de Jesús, nuestro Hermano y Señor, para que nuestro Santo Padre nos conceda sus dones y virtudes en esta vida, para que seamos purificados a través de nuestras vivencias buenas y adversas, para que así podamos vivir en el Reino de Dios, cuando nuestro Señor venga nuevamente a concluir el rescate de su pueblo.
Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, te agradecemos todo lo que has hecho por nosotros.
V. Para el Papa Benedicto XVI, te pedimos, Santo Padre, la fuerza que necesita para vivir la prueba a la que está siendo sometido, y la fuerza que más que nunca, en su estado actual necesita, para seguir manteniendo la fe de la Iglesia.
V. Para los religiosos te pedimos, Santo Padre, que no les falte la fe para seguir siendo tus fieles colaboradores, y que no les falte el amor y el apoyo de los laicos, para que puedan llevar a cabo su actividad evangelizadora sin desfallecer.
V. Para los laicos te pedimos, Santo Padre, que inspires su vida en los religiosos, pues de ellos han de recibir apoyo, comprensión y afecto, para que puedan ser en el mundo tu imagen viva.
V. Para los enfermos, sus familiares, el personal sanitario y los voluntarios que les cuidan, te pedimos, Santo Padre, la plena comprensión del dolor a nivel teológico, y, para quienes morirán próximamente, te pedimos la vida eterna.
V. Para los pobres te pedimos, Santo Padre, que nos hagas solidarios, para que podamos compartir con ellos los dones materiales y espirituales que tú nos has concedido.
V. Para quienes viajan en estos días, te pedimos, Padre nuestro de la vida, que regresen a sus hogares felizmente, sin que les suceda ningún percance.
V. Añadir nuevas peticiones.
V. Al prepararnos a conmemorar la Resurrección de Jesús tu Hijo, te pedimos, Santo Padre, que nos inspires tu deseo de redimir al mundo, para que, a partir de la vivencia de esta celebración pascual, salgamos de este templo dispuestos a evangelizar al mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Canto del Ofertorio.
ESTOS PANES
Estos dones son
signos del amor.
Acéptalos, Señor.
1- Todo cuanto hacemos por nuestros hermanos,
fruto del esfuerzo, obras de las manos,
lo depositamos sobre este altar.
2- Todas nuestras penas, gozos y alegrías,
nuestras esperanzas, toda nuestra vida,
te lo ofrecemos como nuestro don.
3- Son muy poca cosa, bien lo comprendes,
pero en esta Misa, por obra del cielo,
serán transformados en fruto pascual.
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, los dones que te presentamos y concédenos que el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, que estamos celebrando, nos obtenga la fuerza para llegar a la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
r. Amén.
Prefacio pascual I.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado. Celebremos, pues, la Pascua, con una vida de rectitud y santidad. Aleluya (1 Cor. 5, 7-8).
Canto de la Comunión.
OH BUEN JESÚS, MI DICHA Y MI CONSUELO
1- Oh buen Jesús, mi dicha y mi consuelo;
yo creo en Ti, yo creo en tu bondad,
espero en Ti, espero ir a tu cielo
que para mi comienza en este altar(bis).
2- Oh buen Jesús, yo creo que Tú eres
El que invitas a participar
en la comida de tu mismo Cuerpo
sacrificado sobre el santo altar(bis).
3- Perdón, Señor, por todos los pecados
que alguna vez osado cometí;
en tu bondad confío esperanzado,
la prueba está que Tú me llamas, sí(bis).
4- Yo creo, sí, que Tú serás un día
el galardón de dicha y de bondad;
tuyo es mi amor, tuya mi vida entera,
todo, Señor, espero aceptarás(bis).
5- Una vez más, te pido que te quedes,
dentro de mí, con tu poder y amor;
porque sin Ti, el hombre nada puede;
Tú, la Verdad, Camino y Salvación(bis).
(Desconozco el autor de esta canción).
Oración después de la Comunión
Infúndenos, Señor, tu espíritu de caridad para que vivamos siempre unidos en tu amor los que hemos participado en este sacramento de la muerte y resurrección de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Bendición solemne de Pascua
V. Que Dios todopoderoso os bendiga en esta noche solemnísima de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Canto final.
HIMNO A LA VIRGEN DEL ROSARIO
1- Cantad, cantad los loores
a la Virgen del Rosario,
sus gozos, penas, dolores,
desde Belén al Calvario,
y sus triunfantes fulgores.
Ave, ave María ( bis ).
2- Enjoyada del Señor
con sin igual atributo
de ser la Rosa mejor,
que sin dejar de ser flor
nos dio su divino Fruto.
Ave, ave María ( bis ).
3- Con la gracia en plenitud
desde el instante primero
desborda en su juventud
al ser Madre de salud
desde la cuna al madero.
Ave, ave María ( bis ).
4- Llorosa al pie de la cruz,
cuando el dolor más arrecia
al morir le da Jesús
nuevos hijos que dé a luz
al ser Madre de la Iglesia.
Ave, ave María ( bis ).
5- En sublime exaltación
por sobre toda creatura
en su glorificación
rogamos su mediación
que toda gracia procura
Ave, ave María ( bis ).
6- Junto al río como mar,
el Paraná majestuoso,
quiso su trono Ella alzar,
y a sus hijos escuchar
su gloria, dolor y gozo.
Ave, ave María ( bis ).
(Desconozco el autor de este himno).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 03/04/07 18:14
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