TRIGO DE DIOS
Vigilia pascual, ciclo a. en TRIGO DE DIOS
Vigilia pascual, ciclo a.
Cristo ha resucitado, nosotros resucitaremos con El, y viviremos con esperanza en El.
Padre nuestro
Sábado, 26-03-2005, Sábado Santo o de Gloria. Vigilia pascual
Edición número 28
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Vigilia pascual.
Vigilia pascual
Al conmemorar las intensas celebraciones del día anterior, iniciamos una oración en estado de contemplación, que será interrumpida al iniciar esta Vigilia pascual, en la que finalizaremos los ejercicios de penitencia con que iniciamos el tiempo de Cuaresma, pues, al celebrar la Resurrección de Cristo Jesús, símbolo del fin de nuestro dolor y esperanza de nuestra vivencia en un mundo más humano que nuestra sociedad, iniciaremos la celebración de una cuarentena de alegría.
En éx. 12, 42, leemos: La noche del Sábado Santo o de Gloria tras la cual empezaremos a vivir el I Domingo de Pascua, "es noche de guardar para Jehová, por haberlos sacado en ella de la tierra de Egipto". Esta noche debemos agradecerle a nuestro Señor el hecho de permitir el sacrificio de su Hijo para que, al ver la humillación que nuestro Señor ha padecido, comprendamos que, por su amor, superaremos nuestros estados adversos, y viviremos eternamente, al final de los tiempos, en un mundo más humano que nuestro entorno social.
En Lc. 12, 35-38 leemos: "Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas -dice el Señor-, y sed como hombres que esperan que su Señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el Señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, les hará ponerse a la mesa, y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos ellos¡". La Resurrección de nuestro Señor significa la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, así pues, no importa a qué hora de la noche resucitará Jesús, pues lo verdaderamente relevante es que, cuando él venza a la muerte, nos encuentre preparados para vivir todos los días de nuestra vida entregados al cumplimiento de la voluntad de Dios. Fijaos que Jesús nos dice que, si le somos fieles, cuando venga en su Reino, nos sentará a la mesa, y nos servirá uno a uno, de la misma forma que, como pan eucarístico
que es, el Hijo de María se parte y se comparte entre nosotros.
Según una tradición muy antigua, esta es una noche de vigilia en honor del Señor (éx. 12, 42). Los fieles, llevando en la mano -según la exhortación evangélica (Lc. 12, 35 ss) lámparas encendidas, se asemejan a quienes esperan el regreso de su Señor para que, cuando él vuelva, los encuentre vigilantes y los haga sentar a su mesa.
La celebración de la Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de la breve liturgia de la luz o "lucernario" (primera parte de la Vigilia), la santa Iglesia, llena de fe en las palabras y las promesas del Señor, medita los portentos que él obró desde el principio (de la creación) en favor de su pueblo (segunda parte o liturgia de la palabra) y cuando el día de la resurrección está por llegar, encontrándose ya acompañada de sus nuevos hijos, renacidos en el bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa que el Señor ha preparado para su pueblo, por medio de su muerte y resurrección (cuarta parte).
Toda la celebración de la Vigilia pascual se hace en la noche, de modo que no debe comenzar antes del principio de la noche del sábado, ni terminar después del alba del domingo.
Esta celebración eucarística debe ser considerada como la primera celebración pascual.
Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia
Bendición del fuego
Saludo de acogida del sacerdote
Hermanos:
En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Conmemoremos, pues, juntos, la Pascua del Señor, escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar también en su triunfo sobre la muerte y de vivir con él para siempre en Dios.
Oración de bendición del fuego
Dios nuestro, que por medio de tu Hijo nos has comunicado el fuego de tu vida divina, bendice más este fuego nuevo y haz que estas fiestas pascuales enciendan en nosotros el deseo del cielo, para que podamos llegar con un espíritu renovado a la fiesta de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Mientras que el celebrante marca una cruz sobre el cirio sobre la que posteriormente marcará los dígitos del año en curso con un punzón, dice, con la intención de explicar la simbología del cirio pascual y las velas de los feligreses:
Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
Al incrustar cinco granos de incienso en el cirio pascual, dice:
Por sus santas llagas gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Al encender el cirio con el fuego nuevo, el celebrante dice:
Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas (el pecado, la confusión y el dolor) de nuestro corazón y de nuestro espíritu.
Procesión
El diácono o el sacerdote levanta el cirio en alto y canta:
Cristo, luz del mundo.
R. Demos gracias a Dios.
El canto se repite en la puerta de la Iglesia, mientras que los feligreses encienden sus llamas del cirio, indicando que se dejan iluminar por Cristo, luz del mundo.
El canto se repite cuando el portador del cirio se sitúa ante el Altar y se vuelve al público.
Pregón pascual
Alégrense, por fin, los coros de los ángeles, alégrense las jerarquías del cielo, y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación.
Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.
Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.
Por eso, queridos hermanos, que asisten a la admirable claridad de esta luz santa, invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente, para que aquel que, sin mérito mío, me agregó al número de los diáconos, complete mi alabanza a este cirio, infundiendo el resplandor de su luz.
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
D. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
D. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
D. En verdad es justo y necesario, aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y ha borrado con su sangre inmaculada la condena del antiguo pecado.
Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
Esta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.
Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.
Esta es la noche en la que, los que creen en Cristo por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.
Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.
Esta es la noche de la que estaba escrito: "Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo". Y así, esta noche santa auyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los potentes.
En esta noche de gracia, acefta, Padre santo, este sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas.
Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, que arde en llama viva para la gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.
¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!
Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, para destruir la oscuridad de la noche (para asimbolizar nuestro camino de las tinieblas a la luz), arda sin apagarse y, aceptado como perfume, se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso Jesucristo, tu Hijo, que volviendo del abismo, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Liturgia de la Palabra
V. Hermanos, con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del Señor. Escuchemos con recogimiento la palabra de Dios. Meditemos como, en la antigua alianza, Dios salvó a su pueblo y en la plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo para que nos redimiera.
Oremos para que Dios, nuestro Padre, conduzca a su plenitud esta obra de salvación, iniciada con la muerte y resurrección de Jesucristo.
Después de cada lectura, si el celebrante lo cree conveniente, dejará un intervalo de unos minutos para que los fieles mediten la Palabra escuchada y oren fervientemente.
Primera lectura. Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno (Gén. 1, 1-2, 2). Comencemos a recordar la Historia sagrada por su inicio, la creación del mundo.
Bendice al Señor, alma mía (Sal. 103). Alabemos al Señor por causa de su amor para con nosotros y de los prodigios que, a lo largo de la Historia de la salvación, ha realizado para favorecernos, de forma individual y colectiva.
La misericordia del Señor llena la tierra (Sal. 32). Alabemos a Dios por su amor, y comprometámonos a servirle en las personas de nuestros prójimos.
V. Dios todopoderoso y eterno, que en todas las obras de tu amor te muestras admirable, concédenos comprender que la redención realizada por Cristo, nuestra Pascua, es una obra más maravillosa todavía que la misma creación del universo (por cuanto consiste en ayudar a volver al estado de gracia a quienes con su pecado contribuyeron a la destrucción del mundo). Por Jesucristo, nuestro Señor.
Si se lee la lectura reducida, creación del hombre, (Gén. 1, 1. 26-31 a), se dice la siguiente oración:
Dios nuestro, que de un modo admirable nos creaste a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía nos redimiste, concédenos sabiduría de espíritu, para resistir los atractivos del pecado y poder llegar así a los gozos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Segunda lectura. Sacrificio de nuestro patriarca Abraham (Gén. 22, 1-18). En la siguiente lectura, Abraham será símbolo de nuestro Padre y Dios, el cuál, aunque impidió el sacrificio de Isaac, no impidió la muerte de Cristo, su Hijo. Al cargar con la leña hacia la cima del monte de Moria, Isaac representó a nuestro Señor, cargando su cruz, subiendo la cuesta del Calvario. Esta verdad la prueba el cordero que Abraham le sacrificó a Dios en acción de gracias, que era imagen de Cristo, nuestro Cordero pascual.
Protéjeme, Dios mío, que me refugio en ti (Sal. 15). Confiemos en que nuestro Padre y Dios nos librará de la adversidad que atañe a nuestra vida.
V. Señor Dios, Padre de los creyentes, que por medio del sacramento pascual del bautismo sigues cumpliendo la promesa hecha a Abraham de multiplicar su descendencia por toda la tierra y de hacerlo el padre de todas las naciones, concede a tu pueblo responder dignamente a la gracia de tu llamado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Si se lee la lectura resumida, (Gén. 22, 1-2. 9 a. 10-13. 15-18), se dice la oración anterior.
Tercera lectura. Paso del mar Rojo (éx. 14, 15-15, 1). En el libro de los Salmos leemos: Yahveh "desde el cielo alargó la mano y me agarró para sacarme de las aguas caudalosas" (Sal. 18, 17). Si las aguas bautismales significan nuestro deseo de ser purificados, las aguas abundantes del mar Rojo, significan las dificultades a las que los israelitas podían haber sucumbido, si nuestro Criador no hubiera extendido su mano para salvarles la vida, ya que, en su situación, o se ahogaban en el mar, o se dejaban esclavizar nuevamente bajo el mando de Ramsés, el Faraón. De igual forma que nuestro Padre común dividió las aguas marinas para que su pueblo continuara su camino, también nos ayudará a vencer nuestras dificultades actuales en la medida que confiemos en él, y nos ayudará a superar dificultades quizá más serias que las que tenemos, hasta que nos llame a vivir en su presencia.
Cantaré al Señor, sublime es su victoria (Sal. éx. 15, 1-6, 17-18). Oremos teniendo presente el significado teológico del fragmento del éxodo que hemos escuchado, así pues, el castigo que Dios les infringió a los egipcios, significa que él nos ayudará a vencer los obstáculos por cuya concepción errónea no somos plenamente felices.
V. Tus antiguos prodigios se renuevan, Señor, también en nuestros tiempos, pues lo que tu poder hizo con las aguas para librar a un solo pueblo de la esclavitud del faraón, lo repites ahora, por medio del agua (purificadora que contribuye a la extinción de nuestras dificultades) del bautismo, para salvar a todas las naciones. Concede a todos los hombres del mundo entero contarse entre los hijos de Abraham y participar de la dignidad del pueblo elegido. Por Jesucristo, nuestro Señor.
La lectura del éxodo no se puede acortar, pero la oración se puede sustituir por esta otra:
Señor, que con el Evangelio nos has hecho comprender el sentido profundo del Antiguo Testamento, dejándonos ver en el paso del mar Rojo una imagen del bautismo (paso del dolor a la gloria y de la muerte a la vida) y en el pueblo liberado de la esclavitud, un símbolo del pueblo cristiano, haz que todos los hombres, mediante la fe, participen del privilegio del pueblo elegido y sean regenerados por la acción santificadora de tu Espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Cuarta lectura. La nueva Jerusalén (Is. 54, 5-14). A los enfermos, a los oprimidos, a los huérfanos, a las viudas, a los solitarios, a todos los que sufren en general, Dios les promete que les dará la posibilidad de vivir en un mundo en el que serán plenamente felices.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (Sal. 29). Nuestro Padre común nos ha librado de muchas dificultades y, cuando llegue el final de los tiempos, nos concederá la salvación. Oremos como si ya hubiéramos sido redimidos, pues la Resurrección de Jesús significa nuestra futura glorificación.
V. Señor Dios, siempre fiel a tus promesas, aumenta, por medio del bautismo, el número de tus hijos y multiplica la descendencia prometida a la fe de los patriarcas, para que tu Iglesia vea que se va cumpliendo tu voluntad de salvar a todos los hombres, como los patriarcas lo creyeron y esperaron. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Esta lectura no se puede resumir.
Quinta lectura. La salvación que se ofrece gratuitamente a todos (Is. 55, 1-11). Aprovechemos las circunstancias buenas o adversas que vivimos para convertirnos a nuestro Padre común, pues para él, todos, buenos y malos, enfermos y sanos, somos llamados a aceptar su Paternidad. ¿Para qué queremos desperdiciar nuestra vida sucumbiendo bajo el efecto de vicios inútiles?
Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación (Sal. Is. 12, 2-3. 4 b c d. 5-6). Aprendamos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, con la plena certeza de que ello nos hará ser virtuosos.
V. Dios todopoderoso y eterno, única esperanza del mundo, tú que anunciaste por la voz de tus profetas los misterios que estamos celebrando esta noche, infunde en nuestros corazones la gracia de tu Espíritu, para que podamos vivir una vida digna de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Esta lectura no se puede resumir.
Sexta lectura. La fuente de la sabiduría (Bar. 3, 9-15. 32-4, 4). Nuestra sabiduría cristiana nos insta a marcar la diferencia en el mundo en que vivimos, así pues, nuestro ejemplo de vida vinculada a Dios, ha de ser aprovechado para que, quienes carecen de fe, conozcan y amen al Dios del amor y la vida.
Señor, tienes palabras de vida eterna (Sal. 18). La Ley del Señor es perfecta, así pues, a través del cumplimiento de los Mandamientos del amor de nuestro Padre común, tendremos la dicha de alcanzar la Bienaventuranza eterna, así pues, esta es nuestra fe universal, que ha de ser manifestada al mundo, por mediación de nuestra vida de cristianos ejemplares, que tenemos la misión de salvar al mundo.
V. Dios nuestro, que haces crecer continuamente a tu Iglesia con hijos llamados de todos los pueblos, dígnate protejer siempre con tu gracia a quienes has hecho renacer en el bautismo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Séptima lectura. El corazón nuevo y el espíritu nuevo (Ez. 36, 16-28). Antes de que seamos glorificados, hemos de ser purificados por nuestro sufrimiento, tras la vivencia del cual, por la recepción del Bautismo y el Espíritu Santo, contemplaremos a nuestro Padre común por años sin término.
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Salmos 41 y 42). Quienes habéis perdido la fe, y quienes aún no nos hemos entregado a Dios como él nos ha pedido que le sirvamos, ahora tenemos la ocasión de serle fieles a nuestro Señor. Oremos recordando todo el bien que el Señor nos ha hecho, la felicidad que experimentamos el día en que recibimos nuestra primera Comunión...
Oh Dios, crea en mí un corazón puro (Sal. 50). Hagamos penitencia como si la Cuaresma no hubiera terminado, encaminemos nuestra vida hacia Dios, reparando el mal que hemos hecho.
V. Señor Dios nuestro, poder inmutable y luz sin ocaso, prosigue bondadoso a través de tu Iglesia, sacramento de salvación, la obra que tu amor dispuso desde la eternidad; que todo el mundo vea y reconozca que los caídos se levantan, que se renueva lo que había envejecido y que todo se integra en aquel que es el principio de todo, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
Esta lectura no se puede resumir, pero la oración puede ser cambiada por esta otra:
Señor Dios nuestro, que con las enseñanzas del Antiguo y del nuevo Testamento nos has preparado a celebrar el misterio de la Pascua, haz que comprendamos tu amor, para que los dones que hoy recibimos confirmen en nosotros la esperanza de los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En la noche santa que recordamos la Resurrección de Jesucristo nuestro Señor, entonemos el Gloria, pidamos perdón por nuestras transgresiones conscientes y voluntarias en el cumplimiento de la Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo, sabiendo que Dios es perdón, esperanza, y, por ello, nos concederá lo que convenga a nuestra salvación.
Oración colecta
Dios nuestro, que haces resplandecer esta noche santa con la gloria del Señor resucitado, aviva en tu Iglesia el espíritu filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.
Octava lectura. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá (Rom. 6, 3-11). Vinculados a Cristo Resucitado, renunciemos al pecado y a la desesperanza, para que Dios nos eleve a su dignidad celestial.
Aleluya, Aleluya (Sal. 117). Glorifiquemos a Dios por la Resurrección de Cristo, y afirmémonos en el cumplimiento de su voluntad.
Novena lectura. Ha resucitado e irá delante de ustedes a Galilea (Mt. 28, 1-10). El Evangelio no es un mito que se extinguió con el paso del tiempo, así pues, al celebrar la Resurrección de nuestro Hermano y Señor, dispongámonos a convertir al mundo a la nueva buena de la salvación, pues Cristo ha resucitado para no morir jamás.
Homilía:
1. Desde que conmemoramos la sepultura de nuestro Señor en la tarde del Viernes Santo estamos orando con un gran deseo de empezar a celebrar la victoria de nuestro Hermano sobre la muerte. A pesar de que nos hemos acostumbrado a celebrar el día del Señor todos los Domingos, no tenemos en cuenta que todos los sábados deberíamos celebrar el día de nuestra santa Madre que tanto sufrió por causa de su soledad. José murió antes de que Jesús comenzara su Ministerio público, María se sintió sola cuando Jesús se separó de ella para predicar el Evangelio, así pues, nuestra Madre sufrió mucho cuando abrazó a su Hijo por última vez, antes de que José de Arimatea y Nicodemo depositaran su cadáver en el sepulcro.
2. Durante la Semana Santa celebramos una serie de acontecimientos de la Historia de la salvación muy importantes, pero todos ellos transcurren muy rápidamente y no tenemos tiempo para meditar tamaños prodigios. ¿Qué hemos celebrado durante la Semana Santa? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "Eliminad todo resto de vieja levadura; vosotros debéis de ser panes pascuales, de masa nueva y sin levadura, porque Cristo, que es nuestra víctima pascual, ya ha sido sacrificado (1 Cor. 5, 7). Jesús es nuestra Pascua, así pues, él es Dios Hijo que está junto a nosotros y nos pide que seamos panes nuevos, porque lo viejo ha pasado, por consiguiente, el pecado, el error, la enfermedad y la muerte, ya no tienen poder sobre nosotros. Naturalmente nosotros no hemos sido transformados a través de la experiencia de la muerte como le ha sucedido a Jesús, pero sabemos que, cuando Dios lo crea oportuno, nos llegará el día en que el dolor no nos afectará, seremos
perfectos y aborreceremos el mal. Nosotros somos panes de masa nueva, por consiguiente, nuestras convicciones han sido transformadas por Jesús. No necesitamos tener levadura para convertirnos en panes diferentes porque hemos sido llamados a ser eucaristizados junto a Cristo, para que todos nos comulguemos y vivamos vinculados por el amor de nuestro Santo Padre y Dios. Durante los próximos cuarenta días de Pascua celebraremos que la victoria de Cristo Resucitado es nuestra victoria, el triunfo que anhelamos.
3. San Pablo les escribió a los Colosenses: "¡Habéis resucitado con Cristo! Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y no en las de la tierra" (Col. 3, 1-2). Las palabras del Apóstol se explican en los siguientes términos en que se expresó en la citada Efístola el gran predicador de los paganos: "Cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias al Padre por medio de él" (Col. 3, 17). El Apóstol no pretende incitarnos a que desatendamos a nuestros familiares y a que olvidemos nuestras obligaciones y que vivamos pensando únicamente en el día en que podremos ver a Dios, pues él desea que tengamos nuestra esperanza fundada en el Reino de Dios que algún día será instituido plenamente por Jesús, cuando el Mesías vuelva por segunda vez al mundo para hacer de nuestra tierra su cielo.
4. "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos también vinculados a su muerte¿" (Rom. 6, 3). Las palabras de San Pablo que estamos meditando son muy contradictorias para quienes se acercan a Dios con la intención de que nuestro Santo Padre les conceda todas las dádivas que ellos desean. Jesús dijo en cierta ocasión: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuánto desearía que ya estuviera encendido Con un bautismo tengo que ser bautizado y, ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla¡" (Lc. 12, 49-50). El Señor dijo en otra ocasión: "No creáis que he venido a traer la paz al mundo" (Mt. 10, 34). Nos equivocamos si pensamos que Jesús vino al mundo para solucionar nuestros problemas, así pues, él vino al mundo para enseñarnos a sobrevivir dignamente a nuestra adversidad. El Mesías no vino al mundo para darme la vista de la que estoy privado ni para curar vuestras enfermedades ni para resolver nuestros problemas. Nosotros debemos ser
santificados antes que nuestro Santo Padre nos permita vivir en su Reino sin que la enfermedad ni la muerte puedan afectarnos, pues, en aquel tiempo, el mal será extinguido de la haz de la tierra. No debemos olvidar las siguientes palabras de Jesús: "El reino de Dios ya está entre vosotros" (Lc. 17, 21). Jesús nos confirma que el sueño que albergamos de ver a Dios cara a cara no es una utopía, sino una realidad que se va consumando, según le permitimos al Espíritu Santo que habite en nosotros, nos santifique y nos perfeccione. Según el Apóstol de las gentes: "Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de compartir también su resurrección" (Rom. 6, 5).
Para nosotros es muy importante la Resurrección de Jesús, así pues, si él no hubiera vencido a la muerte, nosotros no podríamos creer que por la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones, podremos vencer nuestra adversidad y viviremos sin ser atribulados, cuando nuestro Santo Padre nos haya santificado. ¿Tan importante es la Resurrección de Cristo para nosotros? San Pablo les escribió a los Corintios: "Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de valor y aún seguís hundidos en el pecado" (1 Cor. 15, 17). Si Cristo no ha resucitado, yo pierdo el tiempo al pensar que algún día podré ver. Mi aspiración no consiste en ver perfectamente, sino en poder contemplar extasiado a Dios, pero, si Cristo está muerto, debería replantearme mis creencias, para no sentir que he cometido un gran fracaso al abrazar la fe católica. Jesús ha resucitado, así pues, meditemos las palabras con las que los ángeles se dirigieron a las mujeres que buscaban a Jesús
en el sepulcro: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (Lc. 24, 5). Cuando santa María Iluminada vio a Jesús vivo en el sepulcro, buscó a María Santísima y a los Apóstoles, y les dijo las siguientes palabras: "He visto al Señor" (Jn. 20, 18). Vamos a pedirle al Señor que todos nosotros podamos exclamar algún día con el corazón lleno de gozo: "¡Hemos visto al Señor¡". Nosotros no podemos ver a Jesús eucaristizado, pero estamos completamente seguros de que comulgamos a Cristo Resucitado, de igual manera que también creemos que nuestro querido Hermano mayor se nos manifiesta en las personas de nuestros prójimos porque él habita en los corazones de ellos, él se alegra con los jubilosos, y que el hijo de María sufre el dolor, la agonía y la desesperación de quienes son atribulados de diversas formas. Hermanos, Jesús no se limitó a sufrir únicamente durante las horas en que se prolongó su Pasión, así pues, no olvidemos que las llagas del Señor, estarán impresas en
el Cuerpo del Mesías, hasta que el último hombre de todos los tiempos, sea santificado y sanado de sus enfermedades.
Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu (fantasma) no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc. 24, 39). Fijaos en este detalle: Jesús Resucitado no pasó el Domingo de Resurrección en el cielo celebrando su victoria junto a Dios. ¿Amaba Jesús a los hombres más que al Padre? ¡No! El Señor pasó el primer Domingo de Pascua entre los suyos, porque llevaba al Padre y al Espíritu Santo en su corazón. San Pablo nos dice: "Nosotros, por tanto, si hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él. Porque sabemos que Cristo, al resucitar, triunfó de la muerte y es ya inmortal; la muerte ha perdido su dominio sobre él" (Rom. 6, 8-9).
Nosotros no hemos sido los únicos que hemos tenido dudas de fe. María Magdalena, cuando encontró el sepulcro del Señor vacío en la madrugada del Domingo de Pascua, no pensó que Cristo había resucitado, sino que habían robado su cadáver. Ella les dijo a los Apóstoles Pedro y Juan: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto" (Jn. 20, 2). Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan se adelantó a Pedro, pero no sabemos si fue su miedo o su respeto a la primacía apostólica de Pedro lo que fue que le hizo dudar cuando se asomó a la cueva excavada en la roca y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo (Jn. 20, 5). "Pedro vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido" (Lc. 24, 12).
5. Pedro y Juan, emocionados, corrieron a contarles a sus compañeros y amigos lo que habían visto. Ellos corrieron demasiado, así pues, si hubieran permanecido unos minutos junto a María Magdalena, hubieran podido ver a Cristo Resucitado. Jesús quiso que su gran amiga se desahogara con los dos ángeles que aparecieron en el sepulcro, antes de que él se dejara ver por la hermana de Marta y Lázaro. Si ella calmaba el dolor de su corazón hablando con los ángeles, podía gozarse doblemente al producirse el encuentro del Hijo de María con ella. María no conoció al Señor cuando lo vio, por consiguiente, ella confundió al Mesías con un hortelano, con aquel profanador de tumbas de quien los seguidores del Nazareno sospechaban que había robado el Cuerpo de Jesús. Ella conoció al Hijo del carpintero cuando el Maestro la llamó por su nombre. ¿Por qué conocemos a Jesús? ¿Por qué oramos? ¡Ojalá conociéramos a Jesús percatándonos de que él se ha manifestado en nuestra vida¡. ¡Ojalá
alberguemos en nuestro corazón la fe de los discípulos de Emaús¡. Ellos decían: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando (Jesús) nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras¿... Ellos, por su parte, explicaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan" (Lc. 24, 32 y 35). ¿Conocemos a Jesús porque él se nos entrega a sí mismo en las celebraciones eucarísticas?
Jesús le dijo a María de Magdala cuando ella quiso abrazarlo convencida de que él estaba vivo: "No me retengas, porque todavía no he ido a mi Padre. Anda, ve y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi Dios, que es también vuestro Dios" (Jn. 20, 17). Jesús no quería que ella lo abrazara para que aprendiera a tenerlo en su corazón de una forma muy especial, ya que él ascendería al cielo cuarenta días después del Domingo I de Pascua, y sus seguidores no podían sentirse vacíos delSeñor. Nosotros tenemos fe como también tenían fe aquellos que sentían que Jesús no los había abandonado cuando nuestro Señor ascendió al cielo (Cf. Hch. 1, 9).
(Esta homilía ha sido extraída de la edición n.o 41 de Escucha mi voz, publicada por José Portillo Pérez el 10-04-2004).
Liturgia bautismal
Si durante la celebración algunos de los feligreses recibirán el bautismo, el celebrante dice:
Hermanos, acompañemos con nuestra oración a estos catecúmenos que anhelan renacer a nueva vida en la fuente del bautismo, para que Dios, nuestro Padre, les otorgue su protección y su amor.
Si se bendice la fuente, pero no va a haber bautizos, el celebrante dice:
Hermanos, pidamos a Dios todopoderoso que con su poder santifique esta fuente bautismal, para que cuantos en el bautismo van a ser regenerados en Cristo, sean acogidos en la familia de Dios.
Letanías de los Santos
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros.
San Miguel ruega por nosotros.
Santos ángeles de Dios rogad por nosotros.
San Juan Bautista ruega por nosotros.
San José ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo rogad por nosotros.
San Andrés ruega por nosotros.
San Juan ruega por nosotros.
Santa María Magdalena ruega por nosotros.
San Esteban ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros.
San Lorenzo ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicitas rogad por nosotros.
Santa Inés ruega por nosotros.
San Gregorio ruega por nosotros.
San Agustín ruega por nosotros.
San Atanasio ruega por nosotros.
San Basilio ruega por nosotros.
San Martín ruega por nosotros.
San Benito ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo rogad por nosotros.
San Francisco Javier ruega por nosotros.
San Juan María Vianney ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros.
Santos y Santas de Dios rogad por nosotros.
Muéstrate propicio líbranos, Señor.
De todo mal líbranos, Señor.
De todo pecado líbranos, Señor.
De la muerte eterna líbranos, Señor.
Por tu encarnación líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor.
Por el don del Espíritu Santo líbranos, Señor.
Nosotros, que somos pecadores te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Para que te dignes comunicar tu propia vida a quienes has llamado al bautismo te rogamos, óyenos.
Si no hay bautizos:
Para que santifiques esta agua por la que renacerán tus nuevos hijos te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo. Te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Derrama, Señor, tu infinita bondad en este sacramento del bautismo y envía a tu Santo Espíritu, para que haga renacer de la fuente bautismal a estos nuevos hijos tuyos, que van a ser santificados por tu gracia, mediante la colaboración de nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición del agua bautismal
Dios nuestro, que con tu poder invisible realizas obras admirables por medio de los signos de los sacramentos y has hecho que tu creatura, el agua, signifique de muchas maneras la gracia del bautismo.
Dios nuestro, cuyo Espíritu aleteaba sobre la superficie de las aguas en los mismos principios del mundo, para que ya desde entonces el agua recibiera el poder de dar la vida.
Dios nuestro, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nuevo nacimiento de los hombres, al hacer que de una manera misteriosa, un mismo elemento diera fin al pecado y origen a la virtud.
Dios nuestro, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abraham, a fin de que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón, prefigurara al pueblo de los bautizados.
Dios nuestro, cuyo Hijo, al ser bautizado por el precursor en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo suspendido en la cruz, quiso que brotaran de su costado sangre y agua; y después de su resurrección mandó a sus apóstoles "id y enseñad a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".
Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del bautismo. Que por la obra del Espíritu Santo esta agua adquiera la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen, limpio de su antiguo pecado por el sacramento del bautismo, renazca a la vida nueva por el agua y el Espíritu Santo.
Si el celebrante lo cree oportuno, introduce el cirio pascual dos o tres veces en el agua diciendo:
Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente,
prosigue manteniendo el cirio dentro del agua:
para que todos los que en ella reciban el bautismo, sepultados con Cristo en su muerte, resuciten también con él a la vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Al sacar el cirio del agua, el pueblo dice:
Fuentes del Señor, bendecid al Señor, alabadlo y glorificadlo por los siglos.
Bendición del agua bendita
Si no hay bautizos ni bendición de la fuente bautismal, el celebrante invita al pueblo a orar diciendo:
Pidamos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, que bendiga esta agua, con la cual seremos rociados en memoria de nuestro bautismo, y que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.
Se ora unos momentos en silencio. A continuación, el celebrante prosigue:
Señor, Dios nuestro, mira con bondad a este pueblo tuyo, que vela en oración en esta noche santísima, recordando la obra admirable de nuestra creación y la obra más admirable todavía, de nuestra redención. Dígnate bendecir más esta agua, que tú creaste para dar fertilidad a la tierra, frescura y limpieza a nuestros cuerpos.
Tú, además, has convertido el agua en un instrumento de tu misericordia: a través de las aguas del mar Rojo liberaste a tu pueblo de la esclavitud; en el desierto hiciste brotar un manantial para saciar su sed; con la imagen del agua viva los profetas anunciaron la nueva alianza que deseabas establecer con los hombres; finalmente, en el agua del Jordán, santificada por Cristo, inauguraste el sacramento de una vida nueva, que nos libra de la corrupción del pecado.
Que esta agua nos recuerde ahora nuestro bautismo y nos haga participar en la alegría de nuestros hermanos, que han sido bautizados en esta Pascua del Señor, el cual vive y reina por los siglos de los siglos.
Renovación de las promesas que hicimos al ser bautizados
Hermanos, por medio del bautismo, hemos sido hechos partícipes del misterio pascual de Cristo; es decir, por medio del bautismo, hemos sido sepultados con él en su muerte para resucitar con él a una vida nueva. Por eso, al terminar el tiempo de preparación de la Cuaresma, es muy conveniente que renovemos las promesas de nuestro bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a sus obras y nos comprometimos a servir a Dios, en la santa Iglesia católica.
Primera fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes a Satanás?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus obras?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus seducciones?
R. Sí, renuncio.
Segunda fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas las seducciones del mal para que el pecado no los esclavice?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a Satanás, padre y autor de todo pecado?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en Jesucristo, su Hijo único y Señor nuestro, que nació de la Virgen María, padeció y murió por nosotros, resucitó y está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
R. Sí, creo.
V. Que Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó del pecado y nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, nos conserve con su gracia unidos a Jesucristo nuestro Señor, hasta la vida eterna.
R. Amén.
Mientras que el sacerdote rocía con agua al pueblo, se entona un cántico apropiado.
Oración universal o de los fieles
V. Oremos, hermanos y hermanas, en la santa noche en que nos preparamos a celebrar la Resurrección de Jesús, nuestro Hermano y Señor, para que nuestro Santo Padre nos conceda sus dones y virtudes en esta vida, para que seamos purificados a través de nuestras vivencias buenas y adversas, para que así podamos vivir en el Reino de Dios, cuando nuestro Señor venga nuevamente a concluir el rescate de su pueblo. Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, te agradecemos todo lo que has hecho por nosotros.
1. Para el Papa Juan Pablo II, te pedimos, Santo Padre, la fuerza que necesita para vivir la prueba a la que está siendo sometido, y la fuerza que más que nunca, en su estado actual necesita, para seguir manteniendo la fe de la Iglesia.
2. Para los religiosos te pedimos, Santo Padre, que no les falte la fe para seguir siendo tus fieles colaboradores, y que no les falte el amor y el apoyo de los laicos, para que puedan llevar a cabo su actividad evangelizadora sin desfallecer.
3. Para los laicos te pedimos, Santo Padre, que inspires su vida en los religiosos, pues de ellos han de recibir apoyo, comprensión y afecto, para que puedan ser en el mundo tu imagen viva.
4. Para los enfermos, sus familiares, el personal sanitario y los voluntarios que les cuidan, te pedimos, Santo Padre, la plena comprensión del dolor a nivel teológico, y, para quienes morirán próximamente, te pedimos la vida eterna.
5. Para los pobres te pedimos, Santo Padre, que nos hagas solidarios, para que podamos compartir con ellos los dones materiales y espirituales que tú nos has concedido.
6. Para quienes viajan en estos días, te pedimos, Padre nuestro de la vida, que regresen a sus hogares felizmente, sin que les suceda ningún percance.
7. Añadir nuevas peticiones.
V. Al prepararnos a conmemorar la Resurrección de Jesús tu Hijo, te pedimos, Santo Padre, que nos inspires tu deseo de redimir al mundo, para que, a partir de la vivencia de esta celebración pascual, salgamos de este templo dispuestos a evangelizar al mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, los dones que te presentamos y concédenos que el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, que estamos celebrando, nos obtenga la fuerza para llegar a la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que titó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado. Celebremos, pues, la Pascua, con una vida de rectitud y santidad. Aleluya (1 Cor. 5, 7-8).
Oración después de la Comunión
Infúndenos, Señor, tu espíritu de caridad para que vivamos siempre unidos en tu amor los que hemos participado en este sacramento de la muerte y resurrección de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Bendición solemne de Pascua
V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 27/03/07 23:41
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