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Solemnidad del martirio de San Pedro y San Pablo. en TRIGO DE DIOS

Solemnidad del martirio de San Pedro y San Pablo.

Meditación sobre el Evangelio y San Pedro. Padre nuestro.

Viernes, 29-06-2007, Solemnidad del martirio de San Pedro y de San Pablo.

Edición número 109.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía de la Solemnidad del martirio de San Pedro y de San Pablo, y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Solemnidad del Martirio de San Pedro y de San Pablo.

Canto de entrada:

A edificar la Iglesia.

A edificar la Iglesia (3) del Señor
hermano ven ayúdame.
Hermana ven ayúdame,
a edificar la Iglesia del Señor.
Yo soy la Iglesia, tú eres la Iglesia,
somos la Iglesia del Señor...
Los pobres... los ricos.
Los vivos... los muertos.
los buenos... los malos.
San Pedro... San Pablo.
María... los santos.
Los negros... los blancos.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada:

Estos son los hombres que mientras estuvieron en la tierra, plantaron la Iglesia con su sangre: bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios.

Saludo del sacerdote:

Queridos hermanos: "Que Dios los llene de alegría y de paz en la fe" y que el Espíritu Santo esté constantemente con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada:

Queridos hermanos y amigos:
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy nos hemos congregado ante el altar del Señor para celebrar a San Pedro y a San Pablo, las dos columnas sobre las que nuestro Señor edificó la Iglesia, así pues, mientras que San Pedro se dedicó a evangelizar a los cristianos procedentes del Judaísmo, San Pablo trabajó para evangelizar a los paganos, es decir, a los que no eran judíos.
Iniciemos esta celebración eucarística dándole gracias a nuestro Santo Padre, porque, al darnos a conocer la doctrina apostólica, nos ha dado la oportunidad de vivir en su presencia como verdaderos hijos suyos, marcados por el deseo de ser santos, porque nuestro Padre común es Santo (Cf. 1 PE. 1, 16).

Acto penitencial:

Humildes y penitentes, como el publicano en el templo, acerquémonos al Dios justo, y pidámosle que tenga piedad de nosotros, que también nos reconocemos pecadores.

V. Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.
V. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

V. Tú que eres la plenitud de la verdad y de la gracia: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que te has hecho pobre para enriquecernos: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que has venido para hacer de nosotros tu pueblo santo: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Recitemos el Gloria pidiéndole perdón a nuestro Criador porque hemos trasgredido conscientemente el cumplimiento de su Ley, y elevemos, confiadamente, nuestras peticiones al cielo, con la certeza de que seremos escuchados por nuestro Padre común.

Oración colecta:

Padre de bondad, que nos llenas de alegría en la celebración litúrgica de San Pedro y San Pablo, concede a tu Iglesia que se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos por quienes comenzó la propagación de la fe. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística:

Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes:

Monición de la primera lectura:

En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, veremos cómo San Pedro fue puesto en libertad por el ángel de Dios milagrosamente. Dios nos ayuda a vencer las dificultades que caracterizan nuestra vida, aunque muchas de las mismas formen parte de nuestra existencia durante muchos años.

Primera lectura:

Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, 12, 1-11.

Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro. Eran los días de los ázimos. Le apresó, pues, le encarceló y le confió a cuatro escuadras de cuatro soldados para que le custodiasen, con la intención de presentarle delante del pueblo después de la Pascua. Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Cuando ya Herodes le iba a presentar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas; también había ante la puerta unos centinelas custodiando la cárcel. De pronto se presentó el ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: "Levántate aprisa." Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: "Cíñete y cálzate las sandalias." Así lo hizo. Añadió: "Ponte el manto y sígueme." Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó. Pedro volvió en sí y dijo: "Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos."

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del salmo responsorial:

El Señor nos acoge en los días de nuestra aflicción.

Salmo responsorial:

R. El Señor me libró de todas mis ansias.

SAL. 33, 2-9.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.

Monición de la segunda lectura:

Antes de ser ejecutado por causa de su fe, San Pablo alentó a Timoteo para que viviera por Cristo y para Cristo.

Segunda lectura:

Ahora me aguarda la corona merecida.

Lectura de la segunda Carta del Apóstol San Pablo a Timoteo, 4, 6-8. 17-18.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia -dice el Señor- (CF. MT. 16, 18). Aleluya.

Monición del Evangelio:

Recordemos cómo nuestro Señor hizo de San Pedro el primer Papa.

Evangelio:

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

San Mateo, 16, 13-19.

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos contestaron:
"Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas." Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo." Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo."

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Meditación para el martirio de San Pedro y de San Pablo.

1. El Evangelio de hoy.

"Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron. Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas" (MT. 16, 13-14). Jesús les preguntó a sus Apóstoles lo que les oían a las multitudes con respecto a nuestro Señor. Nuestro señor, antes de iniciar su última peregrinación a Jerusalén para ser crucificado, quiso fortalecer la fe de quienes posteriormente a su Resurrección constituirían la Iglesia primitiva. Por su parte, los Apóstoles le dijeron a nuestro Señor lo que la gente decía de El: "En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes" (MT. 14, 1-2). "Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas (del pasado que se ha reencarnado)" (MC. 6, 15).
"El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el cristo, el Hijo del Dios viviente" (MT. 16, 15-16). Cuando nuestro Señor pronunció el sermón eucarístico, San Pedro le dijo: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (JN. 6, 68-69).
"Cuando nuestro Señor volvió a interrogar a sus amigos íntimos con respecto a lo que ellos pensaban de El, nuestro Maestro pudo comprobar que todos sus amigos, exceptuando a San Pedro, guardaron silencio, porque aún no se habían formado una opinión concreta con respecto a nuestro Maestro, porque no estaban seguros de lo que debían creer con respecto al Hijo de María, o porque no querían contradecir al Señor, al hacerle entender abiertamente que no estaban totalmente de acuerdo con su ideología. A los cristianos de nuestro tiempo nos sucede lo mismo que les sucedió a los Apóstoles cuando fueron interrogados por el Mesías, así pues, cuando se nos pide que describamos las muestras de fe o de incredulidad que constatamos diariamente en nuestro entorno social, no tenemos reparo alguno en describir la influencia que Jesús tiene en nuestros prójimos, pero, cuando tenemos que describir nuestra fe en el Hijo de Dios, podemos encontrarnos con que no nos hemos determinado a seguir a nuestro Señor, podemos pensar que todos los Domingos asistimos a la celebración de la Eucaristía pero que no aceptamos totalmente a nuestro Señor, etcétera" (Padre nuestro, ED. n.o 107, Domingo XII del tiempo Ordinario del ciclo c).
"Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (MT. 16, 17). A pesar de que para conocer las ciencias humanas tenemos que estudiar mucho, para conocer a Dios tenemos que orar incansablemente, con el fin de que nuestro Padre común se nos revele, así pues, por más que leamos la Biblia y a los Padres de la Iglesia, por medio de la razón, jamás podremos explicar la existencia de la Trinidad beatísima ni nuestra fe en la resurrección.
"Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos" (MT. 16, 18-19). Muchos cristianos separados del catolicismo nos acusan a los católicos de afirmar que nuestra fe no está fundamentada en Cristo, sino en el Papa. Jesús le dijo a San Pedro: "... tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia" (MT. 16, 18). Si Pedro fue la piedra sobre la que Jesús edificó la Iglesia, no hemos de olvidar que nuestro Señor le habló al primer Papa de su Iglesia, lo cuál nos hace entender que el Papa no es considerado por nosotros como un ser superior a Dios, sino como el encargado por nuestro Señor de pastorear a los fieles de la Iglesia. Benedicto XVI, como sucesor de San Pedro, tiene el deber divino de luchar incansablemente para santificar a la Iglesia. Nosotros vemos en el sucesor de San Pedro al mismo Pontícife designado por nuestro señor para mantener viva la fe de quienes creyeran en el Evangelio que sería anunciado por él y por sus compañeros del Sacro Colegio Apostólico. Nuestra visión no significa que nos negamos a reconocer que el Papa es imperfecto teniéndonos a la creencia de que el Santo Padre es infalible al tratar cuestiones de índole religiosa, sino que, sabiendo que la vida de la Iglesia depende más de Dios que del sucesor de San Pedro, le damos gracias a Dios, porque nuestro Santo Padre, siendo nosotros imperfectos, también nos ha elegido para que desempeñemos uno o varios trabajos en su viña, y no nos ha desestimado porque no somos tan perfectos como lo es El. Es muy fácil criticar a todos los cristianos independientemente de que los mismos sean religiosos o laicos, pero nosotros, al igual que quienes profesan cualquier ideología, a pesar de que hemos cometido grandes errores a lo largo de la Historia, siempre hemos actuado en conformidad con las circunstancias que hemos vivido. Siempre que se nos habla de la Santa Inquisición, nos viene a la mente la idea de la práctica de torturas inimaginables contra los acusados de realizar prácticas esotéricas, pero muchos de nuestros hermanos ignoran que los citados tribunales fueron creados inicialmente para evitar que nuestra fe se corrompiera. Si en la Iglesia han aparecido personajes que se han aprovechado de su poder y de su prestigio para alcanzar fama y riqueza cometiendo injusticias, debemos considerar que esta práctica no es exclusiva de los cristianos precisamente, pues muchos nos juzgan como si nosotros hubiéramos inventado las más atroces torturas.
Estoy cansado de oír que los cristianos somos incapaces de someter nuestra fe a las creencias que el mundo nos quiere imponer, como si nuestra religiosidad no debiera influir en nuestra vida. Nosotros no rechazamos el aborto porque somos miembros de una secta "programados" como si fuéramos ordenadores para no aceptar esa práctica, sino porque consideramos que los niños no nacidos no deben ser asesinados. Nosotros no rechazamos las prácticas esotéricas para imponerle al mundo nuestra ideología por la fuerza, sino porque consideramos que Dios no nos hace sufrir por placer, y por ello no necesitamos hacer conjeturas con respecto a lo que nos sucederá en el futuro, ateniéndonos a las palabras de Jesús: "Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal" (MT. 6, 34).
La Iglesia ha sido perseguida a lo largo de la Historia, así pues, no pensemos que la crisis de fe que vivimos actualmente acabará con la obra de Cristo. Como dato curioso, recordemos que los testigos de Jehová anunciaron en su tiempo que el papado sería exterminado en el año 1918, y que muchos cristianos separados de nuestra fe no dejan de darles vueltas a nuestras creencias para conseguir que quienes de entre nosotros asisten a la eucaristía dominical y no tienen una sólida formación espiritual, se separen de la Iglesia, y se unan a ellos. Yo invitaría a los citados hermanos a que se atrevan a aumentar sus comunidades trabajando con drogadictos, ancianos, pobres y enfermos, y no persiguiendo a quienes dan la impresión de tener un buen estado social para intercambiar folletos por dinero fácil. Algunos testigos de Jehová no cesan de decirme que mi trabajo en Internet es inútil porque no predico como ellos de casa en casa, aunque no entiendo por qué ellos ven bien el hecho de tener páginas web y no ven bien que los demás prediquemos el Evangelio ateniéndonos a lo que sabemos y a la fe de la congregación a la que pertenecemos. Desgraciadamente, la discordia entre cristianos pertenecientes a distintas congregaciones, lo único que consigue es perjudicar la difusión del Evangelio.
Todos los cristianos deberíamos vivir inspirándonos en el ejemplo que nuestro señor Jesús nos dejó, un ejemplo que se reflejó en los miembros de la primitiva Iglesia de Jerusalén: "Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (HCH. 2, 42). Los primeros cristianos perseveraban en la vivencia y la aplicación a sus vidas de la doctrina que les era predicada por los Apóstoles, una doctrina que, como todos sabemos, procedía de nuestro Señor Jesús. Nosotros deberíamos preguntarnos hasta qué punto aceptamos la doctrina de la Iglesia, dado que todos nos acogemos a las creencias que más se acomodan a nuestra manera de ser. Este hecho da lugar a que muchos de nuestros hermanos no se esfuercen ni por asistir a la Eucaristía dominical alegando que ellos creen a su manera, sin tener en cuenta que deberíamos darle gracias a Dios por todo el bien que nos ha hecho asistiendo a las celebraciones dominicales, ya que sin la Trinidad Beatísima, nosotros no podemos hacer nada.
Los primeros cristianos vivían en una comunidad marcada por el espíritu fraterno, así pues, aunque este hecho no niega la existencia de malos entendidos entre ellos, nos ofrece la oportunidad de preguntarnos si vivimos en comunión con nuestros hermanos de la Iglesia, si nos limitamos a asistir a la Eucaristía dominical y después actuamos como quienes no tienen fe en Dios, o si trabajamos para nuestro Padre común, sirviendo, adecuadamente, a nuestros hermanos los hombres.
Los primeros cristianos partían el pan y comulgaban juntos. Aunque los católicos entendemos que los primeros cristianos se unían para celebrar la Eucaristía, quienes no creen en el citado Sacramento, alegan que el partimiento del pan se refiere al ejercicio de la caridad. Esta segunda óptica no es descartable, si consideramos que quienes celebramos la Eucaristía, deberíamos imitar la actitud misericordiosa del Hijo de María.
Los primeros cristianos oraban, así pues, ¿le dedicamos tiempo a la conversación que hemos de mantener con nuestro Padre común para mejorar nuestra relación con El? Oremos todos los días, no sólo por nuestras necesidades y las carencias de nuestros prójimos, pues nuestra oración no ha de concluir sin las alabanzas que nuestro Padre celestial merece por causa de su bondad para con nosotros.

2. San Pedro.

Hace varios años leí una frase en Internet que me llamó mucho la atención por causa de su veracidad. La citada frase es la siguiente: Si quieres que un trabajo sea bien hecho, encomiéndaselo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, porque los desocupados pierden demasiado tiempo lamentándose por causa de sus verdaderas o aparentes desdichas. En todos los campos de la vida en que nos desenvolvemos, si queremos tener éxito, hemos de acompañarnos de las personas más cualificadas, con el fin de no fracasar a la hora de desempeñar los trabajos que hemos de realizar. Es llamativo el hecho de que nuestro Señor no se sirviera de nuestra óptica para escoger a sus seguidores, así pues, si lo hubiera hecho, no hubiera sido vendido por Judas, ni traicionado por Pedro, ni abandonado por sus Apóstoles -exceptuando a San Juan- durante las horas amargas que se prolongó su Pasión, pero, aún así, a pesar de su fracaso -visto el citado hecho desde nuestra óptica-, nosotros sabemos que Jesús no erró al escoger a quienes eligió para que fueran sus seguidores y compañeros de ministerio, pues, si Jesús hubiera escogido a los israelitas mejor formados de su tiempo en el conocimiento de la Palabra de Dios, ello nos haría echarnos atrás a la hora de cumplir la Ley, pues consideraríamos que, la gente de a pie, quienes no han podido o no han querido tener un conocimiento sólido de nuestra fe, no tienen nada que hacer al acercarse a Dios, ya que El sólo estaría interesado en acompañarse de quienes le conocen perfectamente. Dios quiere que no nos dediquemos únicamente a conocerlo, sino que imitemos a Jesús, lo cuál significa que el quiere que le sirvamos en nuestros prójimos los hombres.
"Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos (el otro era Juan) que habían oído a Juan (el Bautista predicar), y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás (Juan); tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)" (JN. 1, 40-42). San Juan escribió en su Evangelio relatando la conversión de San Felipe: "Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro" (JN. 1, 44). Jesús le dijo a Pedro que él era hijo de Juan, indicándole que debería ser su seguidor, de la misma forma que más adelante le dijo a Natanael que él era un buen conocedor de las Escrituras, pero, mientras que Natanael se dejó sorprender por el poder que nuestro señor tenía para saberlo todo, Pedro probablemente supuso que su hermano se puso de acuerdo con nuestro Señor para hacer que él se convirtiera al Evangelio. Mientras que San Juan en los citados versículos de su Evangelio no nos dice si Pedro aceptó o rechazó a nuestro Señor, yo me baso en el relato lucano de la pesca milagrosa, para afirmar que Pedro no creyó a Jesús en el primer encuentro que ambos mantuvieron. Veamos el citado relato de la segunda obra de San Lucas:
"Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud" (LC. 5, 1-3). "Mas Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él. Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre lista la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen. Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarles, cuantos tenían plagas caían sobre él. Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen" (MC. 3, 7-12).
"Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red" (LC. 5, 4-5). Podemos entender las palabras que Pedro le dijo a Jesús de dos formas: Por una parte, podemos pensar que el primer Papa de la Iglesia le dijo a nuestro Señor: Hemos estado trabajando toda la noche y lo único que hemos logrado es una gran pérdida de tiempo, pero, como tú has sido enviado por Dios al mundo para santificarnos, si tú me dices que iniciemos nuestro trabajo, saldremos a pescar en tu nombre, porque estoy seguro de que conseguiremos pescar muchos peces. . Por otra parte, podemos entender que Pedro le dijo a Jesús: ¿Crees que es tan fácil para nosotros ganarnos la vida como lo es para ti el hecho de embaucar a los ignorantes con tus palabras llenas de ilusiones falsas? Vamos a pescar, haber si tus palabras son tan tajantes como lo es la miseria que caracteriza nuestra vida de pescadores carentes del dinero y de la esperanza que necesitamos para seguir viviendo.
"Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron" (LC. 5, 6-11).
San Mateo nos habla en su Evangelio de la conversión de San Pedro en los siguientes términos:
"Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron" (MT. 4, 18-20).
San Pedro le pidió a Jesús que se le revelara en sus dificultades de la misma forma que muchos de nosotros hemos orado en nuestras necesidades. "En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: verdaderamente eres Hijo de Dios" (MT. 14, 22-33).
Pedro era muy franco y, cuando no comprendía las enseñanzas de Jesús, le decía abiertamente a nuestro Maestro: "Explícanos esta parábola" (MT. 15, 15). Pedro no le decía a Jesús: Explícame el significado de tus palabras, sino: Instrúyenos en la interpretación de tus enseñanzas, pues él sabía perfectamente que el Evangelio debía ser difundido entre todos los creyentes, y no mantenido oculto por unos cuantos privilegiados en el conocimiento de la doctrina de la salvación.
Si Pedro fue considerado por Jesús el más importante de entre sus compañeros del Sacro colegio Apostólico, este hecho no le privó de recibir una gran lección de humildad. Quienes amaban a Jesús no querían que nuestro Señor fuera crucificado, así pues, este hecho no ha de ser juzgado como pecaminoso, porque todos queremos proteger a nuestros familiares y a nuestros amigos del dolor que pueda sobrevenirles en este tiempo y en el futuro. Cuando Jesús les anunció su Pasión y muerte a sus seguidores, Pedro le dijo, llevándoselo aparte de sus compañeros: "Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose (a los demás Apóstoles para que aquel hecho no fuera privado como Pedro deseaba), dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (MT. 16, 22-23). Jesús no quería que Pedro lo reconviniera aparte porque era importante que los demás Apóstoles no tuvieran la sospecha de que Jesús tenía preferencias entre sus seguidores, tal como pudo haber sucedido en la ocasión en que Juan y Santiago, acompañados por su madre, le pidieron los mejores lugares de honor del cielo para ellos. Por otra parte, si Pedro amaba a Jesús, lo mejor que podía hacer era no interferir en las decisiones que tomara nuestro señor, de la misma manera que quienes sois padres no debéis interferir en la realización de las decisiones de vuestros hijos, sobre todo en aquellas que toman cuando son mayores de edad, aunque en muchas ocasiones acatéis las mismas en contra de vuestra voluntad. Esta vivencia de Pedro debió afectar mucho a nuestra Santa Madre, pues ella se glorió y sufrió, según deducimos de la segunda obra de San Lucas: "Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan" (LC. 11, 27-28).
Pedro se emocionó en el episodio de la Transfiguración de nuestro Señor, y, refugiándose del cansancio que le causaba el sufrimiento que veía diariamente y su incomprensión del Evangelio, le dijo al Mesías: "Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí" (MT. 17, 4). De la misma manera que a muchos que hemos vivido ejercicios espirituales intensos nos ha costado un gran esfuerzo el hecho de adaptarnos a nuestra vida ordinaria después de haber concluido la realización de los mismos, Pedro quería gozar de la visión beatífica, pues ello le ayudaba a reposar, a fortalecer su alma, y a vivir y a morir como un buen Apóstol en el futuro.
Pedro le hablaba a Jesús con confianza: "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete" (MT. 18, 21-22). Pedro, haciéndose el bondadoso, le insinuó a Jesús que perdonarle las ofensas a un hermano ni más ni menos que siete veces -que no son pocas siete veces- es un acto de misericordia, pero Jesús le dijo que no debemos perdonar a nuestros hermanos siete veces, sino siempre que nos ofendan.
Podríamos prolongar nuestra meditación sobre las vivencias de San Pedro, pero os pido que nos detengamos para concluir esta meditación orando, agradeciéndole a nuestro señor el hecho de habernos permitido formar parte de la Iglesia, es decir, de su familia. Démosle gracias a Dios por habernos hecho miembros de una familia que transmite su fe y su esperanza a tiempo y destiempo. Amén.

Oración de los fieles:

Oremos, en el día en que recordamos la entrega generosa de San Pedro y de San Pablo, y pidámosle a nuestro Padre común que concluya pronto la instauración de su Reino de amor y de paz entre nosotros.

Respondemos a cada petición: Padre nuestro, escucha nuestras oraciones.

V. Por Benedicto XVI, para que el Papa actúe a imitación de San Pedro, y siga llevando a cabo fielmente la misión de pastorear a la Iglesia. Oremos.

V. Por los religiosos y laicos, para que vivan su fe ejemplarmente ante los ojos de nuestro mundo carente de fe. Oremos.

V. Oremos para que los religiosos y laicos trabajen conjuntamente por la salvación del mundo. Oremos.

V. Elevemos nuestras voces y nuestras almas al cielo para que siga aumentando el número de hijos de la Iglesia. Oremos.

V. Por nuestros hermanos de fe que han fallecido, para que ellos estén viviendo el estado de dicha cuya existencia conocemos por nuestra fe. Oremos.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Padre Santo, en el día en que recordamos a San Pedro y a San Pablo, las dos columnas sobre las que fundaste tu Iglesia, te pedimos que nos ayudes a mantener nuestra fe, y a lograr que quienes aún no te conocen, quienes no quieren, y quienes no pueden aceptarte, vivan junto a nosotros en tu presencia, cuando concluyas la instauración de tu Reino en nuestros corazones. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística:

Canto del Ofertorio:

Te ofrecemos Señor

TE OFRECEMOS SEÑOR
ESTE PAN Y ESTE VINO
QUE EN TU CUERPO Y TU SANGRE
QUEDARAN CONVERTIDOS (2)
Todos juntos Señor
te ofrecemos la vida
la ilusión de vivir
nuestro amor y alegría.
Hoy te consagramos
nuestra fe y nuestro canto
el dolor, el llanto
nuestra unión como hermanos.
Tu eres pan de vida
y bebida de salvación
es un gran milagro
¡Bendito seas Señor!
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas:

Haz, Señor, que la oración de tus apóstoles acompañe estas ofrendas que te presentamos y gracias a ellas, acrecienta nuestro fervor para celebrar este sacrificio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio:

La doble misión de Pedro y Pablo en la Iglesia.

V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Tú quieres que hoy los santos Apóstoles Pedro y Pablo sean causa de nuestra alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo el insigne maestro que la interpretó; aquel formó la primera Iglesia con el resto de Israel, Éste fue quien la extendió entre los paganos llamados a la fe. DE esta manera, Padre, congregaron por diversos caminos a la única familia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, hoy los celebra y los venera tu pueblo creyente. Por eso, con los ángeles y los santos cantamos sin cesar, el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión:

Pedro dijo a Jesús: tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (CF. MT. 16, 16. 18).

Canto de la comunión:

Pescador de hombres.

1- Tú has venido a la orilla,
no has buscado ni a sabios ni a ricos,
tan sólo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre,
en la arena he dejado mi barca,
junto a ti buscaré otro mar.

2- Tú sabes bien lo que tengo,
en mi barca no hay oro ni espadas,
tan sólo redes y mi trabajo.

3- Tú necesitas mis manos,
mi cansancio que a otros descanse,
amor que quiera seguir amando.

4- Tú, pescador de otros lagos,
ansia eterna de almas que esperan
amigo bueno que así me llamas.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión:

Leer la segunda Carta de San Pablo a Timoteo.

Oración después de la comunión:

Después de habernos renovado con este sacramento, te pedimos, Padre, la gracia de vivir en tu Iglesia firmemente arraigados en tu amor, para que por la participación en la fracción del pan y en la enseñanza de los Apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Exhortación de despedida:

Después de haber recibido a nuestro señor en la Eucaristía, volvamos a continuar la realización de nuestras actividades ordinarias, y comprometámonos a vivir como mejores miembros de la Iglesia.

Canto de despedida:

EN MEDIO DE LOS PUEBLOS

1- En medio de los pueblos, columna de verdad,
la santa Iglesia se alza cual mística ciudad.

¡ Oh Cristo sálvanos! ¡Señor, defiéndenos!
Devuelve a la humanidad tu paz y la unidad

2- Su Jefe y Rey es Cristo, su ley la unidad,
su código divino la mutua caridad.

3- La Iglesia es el misterio viviente de Jesús,
en ella recibimos su vida, fuerza y luz.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 26/06/07 18:53

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