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Solemnidad de todos los Santos, ciclo c en TRIGO DE DIOS

Solemnidad de todos los Santos, ciclo c

Dios nos invita a alcanzar la santidad a partir de nuestro estado de vida actual. Padre nuestro.

Jueves, 1-11-2007, Solemnidad de todos los Santos, ciclo c.

Edición número 119.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía de la Solemnidad de todos los Santos y lectura después de la Comunión.
-Misa botiva de todos los Santos.

Celebremos la Eucaristía.

Solemnidad de todos los Santos, ciclo c.

Canto de entrada:

QUE ALEGRÍA

Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la Casa del Señor".
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

1- Jerusalén está fundada
como Ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor.

2- Según la costumbre de Israel
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

3- Desead la paz a Jerusalén.
Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
en tus palacios seguridad.

4- Por mis hermanos compañeros,
voy a decir: "la paz contigo"
por la Casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada:

Alegrémonos todos en el Señor al celebrar esta solemnidad en honor de todos los santos. Los ángeles se regocijan por esta solemnidad y alaban al Hijo de Dios.

Monición de entrada:

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar tanto a los seguidores de Jesús cuyas vidas están escritas en el Santoral y a aquellos siervos de nuestro Padre común que, aunque no son conocidos por nosotros, han dedicado, total o parcialmente, su vida, a servir a nuestro Padre común en las personas de sus prójimos los hombres. La Iglesia nos pide que consideremos la posibilidad de ser santos en nuestro estado de vida actual. Según nos dediquemos a servir a nuestro Criador en sus hijos los hombres a través de nuestras oraciones y de nuestras buenas obras, él nos hará santos.
Iniciemos esta gloriosa celebración pidiéndole a nuestro Padre común que nos abra los ojos del corazón y nos ayude a ver su luz maravillosa, para que así podamos aceptar su verdad.

Recitemos el Gloria en esta Solemnidad de todos los Santos, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar en una sola fiesta los méritos de todos tus santos; te rogamos que, por las súplicas de tantos intercesores, derrames sobre nosotros la ansiada plenitud de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra:

Lecturas eucarísticas y moniciones que preceden a las mismas.

Monición de la primera lectura:

A través del fragmento del libro del Apocalipsis que escucharemos a continuación, podremos recordar que nuestro Padre común nunca ha desamparado a sus fieles hijos, por lo cuál, San Juan, nos recordará la parte de su visión en que se emocionó al contemplar a la humanidad redimida del error, el dolor, las enfermedades y la muerte.

Primera lectura:

Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4, 9-14.

Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: <<No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.>> Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: <<La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.>> Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, Amén>>

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: <<Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?>> Yo le respondí: <<Señor mío, tu lo sabrás.>> Me respondió: <<Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del salmo responsorial:

Digámosle a nuestro Padre común que creemos fielmente lo que hemos escuchado en la primera lectura con respecto a la instauración de su Reino en el mundo. Oremos meditando lo que hemos de hacer para agradecerle a nuestro Padre común el bien que nos ha hecho, al oír o entonar el salmo responsorial.

Salmo responsorial:

R. Este es el grupo que viene de a tu presencia, Señor.

Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R.

Quién puede subir al monte del Señor?
Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

Monición de la segunda lectura:

Si somos hijos de Dios por voluntad de nuestro Criador, hemos de esperar que El cumpla la promesa de redimirnos al final de los tiempos, de la misma forma que también lo hace actualmente a trabés de nuestras vivencias ordinarias.

Segunda lectura:

Veremos a Dios tal cual es.

Lectura de la primera Carta del Apóstol San Juan 3, 1-3.

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor- (MT. 11, 28). Aleluya,

Monición del Evangelio:

Nuestro Hermano y Señor llama bienaventurados a quienes defienden la realidad de la existencia del Dios del amor a quien el mundo no ve y constituye el centro de su existencia.

Evangelio:

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12.
R. Gloria a ti, Señor.

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa
será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros."

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Saludo:

Estimados hermanos y amigos:
A pesar de que aún no he resuelto convenientemente mis problemas, a petición de quienes me habéis dicho que os envíe algún mensaje aunque no pueda ser puntual en mis publicaciones semanales debido a mis circunstancias actuales, no he querido estar lejos de vosotros en esta celebración tan trascendental para quienes creemos en nuestro Padre celestial y somos católicos. Antes de comenzar la meditación correspondiente a esta celebración, quiero daros las gracias a quienes me habéis escrito durante las últimas semanas agradeciéndome las publicaciones de Padre nuestro.

Vivid como verdaderos hijos de Dios.

Cuando se nos pregunta con respecto a quienes son los Santos, no dudamos en responder que los citados siervos de Dios son cristianos que han servido a nuestro Padre común con obras y oraciones en sus prójimos los hombres. Hoy no recordamos únicamente a los Santos cuyas vidas constan en el Santoral de la Iglesia, sino a los religiosos y laicos que, aunque son recordados por un reducido grupo de personas o quizá no son recordados por nadie, han sabido servir al Dios Uno y Trino, aunque ello haya significado para ellos la aceptación de renuncias y la vivencia de sacrificios. Esta celebración, aunque es dolorosa para quienes recordamos a nuestros familiares y amigos que ya no están con nosotros, no puede dejar de ser alegre para quienes creemos en Dios, si tenemos en cuenta que, si los Santos han alcanzado la salvación que tanto han anhelado aunque aún esperan que Dios concluya la redención de la humanidad, nosotros también podremos vivir en la presencia de nuestro Padre común, sin que necesitemos la fe para poder contemplar a nuestro Criador cara a cara, porque tendremos la oportunidad de contemplar a nuestro Creador, cuando nuestro Señor concluya su obra salvadora.
Esta celebración no sólo ha de recordarnos que tenemos la posibilidad de servir a Dios en sus hijos los hombres de la misma manera que lo hicieron los Santos, sino que también nos insta a recordar el esfuerzo que llevan a cabo los religiosos y laicos que trabajan para que la Palabra de nuestro Padre común sea conocida por todos nuestros hermanos dispersos por el mundo. Recordemos que quienes no predican la Palabra de Dios para ser alabados, sino para que nuestro Padre celestial sea conocido, aceptado y por tanto amado, no cesan de tener problemas con quienes se oponen a su ideología, así pues, los citados hermanos nuestros no dejan de oponerse al incumplimiento de la Ley de Dios, lo cuál, si bien los libra de la responsabilidad que Dios les ha confiado de advertir a los pecadores que vuelvan al camino de la rectitud, no los libra de ser rechazados por quienes se oponen frontalmente a su manera de pensar.
San Pablo nos insta a que imitemos a los Santos, viviendo como han de hacerlo los verdaderos hijos de Dios.
"El (Cristo) es quien a unos ha hecho apóstoles; a otros, profetas; a otros, anunciadores del mensaje salvador; a otros, encargados de dirigir y enseñar a los creyentes. Capacita así a los fieles, para que, desempeñando debidamente su tarea, construyan el cuerpo de Cristo (la Iglesia) hasta que todos alcancemos la unidad propia de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios; hasta que seamos hombres perfectos; hasta que alcancemos, en madurez y plenitud, la talla de Cristo. Dejemos, pues, de ser niños zarandeados por las olas y arrastrados a la deriva embaucadora, maestra en el arte de llevar por los caminos del error. Y, viviendo, en cambio, con autenticidad en el amor, esforcémonos por crecer en todo, puesta la mira en aquel que es la cabeza: cristo. El es quien hace que el cuerpo entero, bien ensamblado y unido mediante el conjunto de ligamentos que lo alimentan y según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo como cuerpo, construyéndose a sí mismo en el amor. Esto es, pues, lo que os digo y os recomiendo en nombre del Señor: ¡No os comportéis más como los no creyentes, dejándoos llevar por criterios sin consistencia! Ellos tienen la inteligencia embotada, y viven lejos de Dios, por cuanto son ignorantes y duros de corazón. Perdida la vergüenza, se han entregado al vicio, a toda suerte de impureza y a la avaricia. ¡Pero no es eso lo que vosotros habéis aprendido sobre Cristo! Porque supongo que os han hablado de él y que, como cristianos, se os ha enseñado, en conformidad con la auténtica doctrina de Jesús, a renunciar a la antigua conducta, a la vieja condición humana que, seducida por el placer, se encamina hacia la muerte. Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa. Así que desterrad la mentira. Sea cada uno sincero con su prójimo, ya que todos somos miembros de un mismo cuerpo (de Cristo, la Iglesia). Aunque alguna vez tengáis que enojaros, no permitáis que vuestro enojo se convierta en pecado, ni que os dure más allá de la puesta del sol. No deis al diablo oportunidad alguna. Si alguno robaba, no robe más, sino que se esfuerce trabajando honradamente con sus propias manos para que pueda ayudar al que está necesitado. No uséis palabras groseras; sea el vuestro un lenguaje útil, constructivo y oportuno, capaz de hacer el bien a los que os escuchan. No causéis tristeza al espíritu Santo de Dios, que es en vosotros como un sello que os distinguirá en el día de la liberación final. Nada de acritud, rencor, ira, voces destempladas, injurias o cualquier otra suerte de maldad; desterrad todo eso. Sed, en cambio, bondadosos y compasivos; perdonaos unos a otros, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo" (EF. 4, 11-32).
Hace varios años, un día en que yo ejercía mi trabajo (he sido vendedor de lotería durante más de ocho años), se me acercó una señora que me compró una cantidad de boletos bastante superior a la que me solían comprar la mayoría de las mujeres. Cuando le estaba agradeciendo a mi clienta la compra que me hizo (yo siempre he tenido la costumbre de agradecerles a mis clientes las compras que me han hecho y de desearles que obtengan buenos premios porque la gran mayoría de ellos me lo han agradecido y ser amable es fácil), se nos acercó una colaboradora de la Iglesia más cercana con la pretensión de saludar a mi cliente, para convencerla para que asistiera a ciertas reuniones de creyentes. Mi cliente le dijo a la citada colaboradora de la Iglesia que ella sufría mucho y que, si alcanzar la santidad significaba hacer grandes sacrificios y sufrir mucho, ella no quería ser una Santa Teresa, sino tener una vida muy sencilla, porque no soportaba su dolor. Quizá creemos que los Santos no han sido personas como lo somos nosotros, frágiles por causa de su humanidad, pues quizá creemos que ellos han cumplido la Ley de Dios perfectísimamente, y ello no siempre es cierto, dado que todos los Santos no han sido grandes devotos durante todos los días de su vida. Los Santos no son héroes intachables ni grandes perfeccionistas capaces de ser misericordiosos con todo el mundo e incapaces de perdonarse a sí mismos sus más insignificantes errores. Nosotros mismos podemos ser Santos si, a imitación de Santa María y de los grandes siervos de Dios, sabemos decirle a nuestro Padre común cuando nos pregunte: ¿Queréis ser mis hijos y por tanto discípulos de mi Hijo Jesús? Padre Santo, nosotros sí aceptamos ser tus hijos y ser seguidores de nuestro Hermano mayor.
La santidad no reside en nuestro perfeccionismo ni en nuestra puntualidad a la hora de cumplir la Ley a rajatabla, sino en nuestro corazón, en las intenciones con que servimos a nuestro Criador en nuestros hermanos, porque no es lo mismo servir a Dios por miedo a la condenación eterna, que trabajar incesantemente por la extensión de la Palabra y por el bienestar de nuestros prójimos para agradecerle a nuestro dios el bien que nos ha hecho.
San Pablo nos dice:
"Pero lo que constituía para mí un timbre de gloria, lo juzgué deleznable por amor a Cristo. Más aún, sigo pensando que nada vale la pena en comparación con ese bien supremo que consiste en conocer a cristo Jesús, mi Señor. Por él renuncié a todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo. Quiero estar unido a él, no en fuerza de que yo haya cumplido la Ley, sino por haber creído en Cristo, es decir, en virtud de la fuerza salvadora que Dios nos concede como respuesta a la fe. Quiero conocer a Cristo, experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su misma muerte. Espero así poder alcanzar en la resurrección el triunfo sobre la muerte" (FLP. 3, 7-11).
"Pues no nos ha llamado Dios a una vida impura, sino a una vida propia de consagrados. Por eso, el que desprecia esta enseñanza, no desprecia simplemente a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Santo Espíritu. En cuanto al amor fraterno, está por demás escribiros, ya que habéis tenido por maestro al mismo Dios. Y de verdad que así lo practicáis con todos los creyentes que residen en Macedonia. Sólo nos queda, hermanos, pediros que abundéis en ello. Procurad vivir tranquilos, ocuparos de vuestros asuntos y trabajad con vuestras manos como os hemos ordenado. Así os ganaréis el respeto de los no cristianos y no tendréis que importunar a nadie" (I TES. 4, 7-12).

La humildad.

Todos los años, el día uno de noviembre, meditamos el Evangelio de las bienaventuranzas, pues el citado pasaje bíblico contiene nuestro programa de actuación en los campos material y espiritual y encierra entre sus líneas la vivencia de nuestra fe.
San Mateo nos transmite en su obra las siguientes palabras de Jesús: “-Felices los de espíritu sencillo, porque suyo es el reino de Dios” (MT. 5, 3). Aunque cueste creerlo, aún hay gente en el mundo que vive esperando que Dios concluya la instauración de su Reino entre nosotros. Estos hermanos nuestros son religiosos y laicos, unos viven consagrados totalmente a sus quehaceres religiosos, otros trabajan para Dios un tiempo limitado, y otros viven dedicados al cuidado de sus familias y a la realización de su trabajo. Jesús nos invita a que nos entreguemos a Dios confiadamente, pues nuestro Padre común nos ama. Jesús no les promete a los sencillos de espíritu la felicidad plena en esta tierra, pero les dice que el Reino de Dios es de quienes viven sin perder la fe en un mundo cuyos habitantes se niegan a aceptar a Dios. Jesús le dijo a Dios en su oración sacerdotal: “… Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (JN. 17, 11-15).
Cuando Jesús nos dice que no somos del mundo, no quiere significar con sus palabras que somos diferentes al común de los mortales, sino que somos habitantes del Reino de Dios, pero, como el citado Reino es espiritual, entendemos que hemos de vivir cumpliendo nuestras obligaciones. Esto lo comprendemos cuando abrimos el Apocalipsis por el capítulo 21, en cuyos primeros versículos se nos habla del descenso de la Jerusalén celestial a la tierra, es decir, del Reino de Dios que será instaurado plenamente en nuestra tierra.
“Felices los que en este mundo estén tristes, porque Dios mismo los consolará” (MT. 5, 4). Sabemos que dios consolará a quienes están tristes porque piensan que están incapacitados para ser felices, pero la tristeza de la que se nos habla en esta segunda bienaventuranza no ha de ser comparada con la desdicha, pues la misma consiste en que nuestro corazón no se resigna ante la vivencia del dolor que asola a la humanidad, ya que esperamos que Dios concluya nuestra redención. Sabemos que en el mundo suceden muchas cosas difíciles de sobrellevar, pero, precisamente porque Dios nos ama, esperamos que El acabe con nuestras miserias actuales.
“felices los humildes, porque Dios les dará la tierra para que la posean” (MT. 5, 5). “El deseo de los humildes oíste, oh Jehová; tú dispones su corazón, y haces atento tu oído, para juzgar al huérfano y al oprimido, a fin de que no vuelva más a hacer violencia el hombre de la tierra” (SAL. 10, 17-18). “Los que teméis a Jehová, alabadle; glorificadle, descendencia toda de Jacob, y temedle vosotros, descendencia toda de Israel. Porque no despreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó. De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos haré delante de los que le temen. Comerán los humildes, y serán saciados; alabarán a Jehová los que le buscan; vivirá vuestro corazón para siempre” (SAL. 22, 23-26). “Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día. Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová. Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino. Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera. Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios” (SAL. 25, 4-10).

Petición.

Antes de terminar esta breve meditación, deseo pediros, estimados hermanos y amigos, que nos unamos espiritualmente para orar, pues muchos de nuestros hermanos no diferencian la celebración de todos los Santos de la conmemoración de los fieles difuntos que viviremos intensamente mañana. Al igual que nuestros familiares y amigos que no están con nosotros porque nos han precedido a la hora de encontrarse con nuestro Padre común, los Santos, aunque carecen de cuerpo físico porque aún esperan que Dios concluya su obra salvadora, ellos, según nuestra fe, no están muertos, así pues, ello le da a esta celebración un sentido especial, así pues, al mismo tiempo que celebramos su recuerdo, nos animamos al pensar que nosotros también viviremos en la presencia de Dios, según os dije anteriormente.
Finalicemos esta meditación pidiéndole a nuestra Madre del cielo que siga apiadándose de quienes, entre aciertos y errores, caminamos en esta tierra ansiando la salvación de nuestra alma.
Tú que con el sí que pronunciaste contribuiste a que la Historia de la humanidad tenga un final feliz más allá del sufrimiento caracterizante de la humanidad de todos los tiempos, apiádate de nosotros, y condúcenos a la presencia de tu Hijo. Amén.

Oración de los fieles

Los cristianos deseamos que en nosotros se cumplan las siguientes palabras de nuestro Padre común: "Sed santos, porque soy santo" (1 PE. 1, 16). A nosotros, por causa de nuestra imperfección, nos es imposible alcanzar la santidad, pero no hemos de olvidar estas otras palabras bíblicas: "Ninguna cosa es imposible para Dios" (LC. 1, 37).

Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, ayúdanos a ser santos, porque tú eres Santo.

V. Para que los religiosos y laicos de tu Iglesia deseemos alcanzar la santidad a partir de nuestra fe y de nuestro estado actual de emigrantes en este valle de lágrimas. Oremos.

V. Te pedimos que nos ayudes a estar dispuestos a ser testigos fieles de Jesucristo por medio de la fe, la esperanza y la caridad que hemos recibido por causa de tu amor. Oremos.

V. Oremos para que quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas se sientan hijos de Dios, a pesar de los sufrimientos que hayan de vivir por causa del cumplimiento de la misión que les ha sido encomendada. Oremos.

V. Te pedimos por los enfermos, para que vivan su estado actual con la certeza de que su dolor no es inútil. Oremos.

V. Por quienes dejarán este mundo próximamente para vivir en tu presencia, y por quienes llorarán porque sus familiares y amigos queridos ya no estarán con ellos, para que, a través del dolor que caracterizará dichas separaciones, hagas nacer la fe en el corazón de quienes habrán de reencontrarse en la Jerusalén celestial. Oremos.

V. Por nuestros familiares y amigos queridos que ya no están con nosotros, para que, por causa del amor que nos manifestaron realizando las actividades que les fueron encomendadas, ayan obtenido el mérito de vivir en tu presencia, y que, por causa de esa experiencia tan maravillosa, aumentes nuestra fe en nuestro futuro encuentro sin ocaso contigo y con quienes echamos de menos. Oremos.


V. Escucha, Padre Santo, la oración de tu Iglesia que, en el día en que recordamos a tus fieles y santos hijos, nos hemos congregado ante tu altar, para celebrar tu entrega generosa a quienes sentimos que no merecemos tan magno don celestial por causa de nuestra imperfección, y, ya que te has dignado hacerte el encontradizo con nosotros, concédenos lo que te pedimos, mientras aguardamos el pleno establecimiento de tu Reino entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística:

Canto del Ofertorio:

EN LA PATENA

1- En la patena queremos, Señor,
vida y trabajo poner,
nuestros esfuerzos, pequeña oblación,
todos unidos en fe.
Nazca con fuerza en el corazón,
una esperanza al saber.

Saber que vendrás, saber que estarás
partiendo a los pobres tu pan.

2- Por los que llevan clavado el dolor,
por los que luchan sin fe,
por los que viven muriendo, Señor,
por los que no ven tu luz,
suba en el Cáliz la humilde oración,
suba un anhelo de amor.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas

Padre del cielo, acepta el sacrificio de alabanza que vamos a ofrecerte al celebrar hoy la fiesta de todos aquellos que ya gozan de tu vida inmortal; y concédenos experimentar siempre su protección y su ayuda en nuestro camino hacia ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio.

La gloria de la Iglesia, nuestra Madre.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad, es justo y necesario glorificarte siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque hoy nos permites honrar a la ciudad santa, la Jerusalén celestial, que es nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros ya te alaba eternamente. Nosotros, avanzando en la fe, nos encaminamos con entusiasmo hacia ella, y nos alegramos al celebrar hoy la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos al mismo tiempo ejemplo y ayuda para nuestra fragilidad. Por eso, unidos a ellos y a todos los ángeles, te glorificamos unánimemente y te alabamos con nuestras voces, cantando: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Felices los que tienen el corazón puro porque verán a Dios Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos (MT. 5, 8-10).

Canto de la Comunión:

CANTE LA IGLESIA

1- Cante la Iglesia, cante todo el cielo,
cante la tierra jubilosos salmos;
hoy Jesucristo nuestro Rey eterno,
triunfa en sus santos.

2- Ellos marcharon por la dura tierra,
puestos los ojos fijos en el cielo;
ellos señalan para nuestros pasos,
limpio sendero.

3- Todo lo dieron por amor a Cristo;
fieles soldados fueron en la vida;
ya coronados, con amor Fraterno,
hoy nos invitan.

4- Firmes sigamos su segura senda;
Cristo nos llama a su eterna dicha.
El nos espera, en su amor vivamos
toda la vida.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión:

Gracias, Jesús mío.

Gracias, ¡Jesús mío! Oh Jesús acabo de recibiros en esta santa Comunión. Bien es verdad que no puedo veros con mis ojos, pero creo firmemente en vuestra divina presencia. Soy vuestro Tabernáculo. Ya no aparecéis bajo la forma de pan, os habéis ocultado en mi cuerpo. Habéis dejado la lamparilla del sagrario para buscar las llamas de amor de mi corazón. Abandonasteis el silencio del copón, para escuchar las dulces palabras de mi alma extasiada de amor a Vos.
Oh Jesús, decidme, ¿no os sentís un tanto desilusionado? En lugar de un corazón ardiente de amor, ¡halláis tan solo una muy débil llamita de afecto! Lo único que puedo deciros, oh Jesús, es: Gracias, mil gracias os doy, ¡oh amado Jesús mío!

Qué bueno eres, ¡oh mi Jesús! Si tuviese que tratar con hombres tendría que usar palabras para expresarles mis sentimientos y afectos porque ellos no entienden el lenguaje del corazón. Mas, Vos oh Jesús mío, conocéis mi corazón mucho mejor que yo. Veis muy bien, cuán feliz me siento de haberos recibido. Sabéis que me faltan palabras para expresaros mi gratitud.

Recoged, oh Jesús mío, todos mis sentimientos y encerradlos todos en la llaga de vuestro dulcísimo Corazón. ¡Os doy gracias, oh buen Jesús! Soy tan feliz, en este momento! Mirad, si halláis algo de bueno o hermoso en mi alma, es para Vos. Si acaso encontráis un poquito de buena voluntad, deseos de santificación,
una virtud, algún sacrificio, una oculta lágrima de arrepentimiento, mirad, todo es vuestro, aceptadlo en prueba de gratitud.

Os doy gracias, ¡oh buen Jesús! Toda mi gratitud se encierra en estas palabras. Antes creía que tenía tanto que deciros y ahora no acierto pronunciar palabra. Pero, Vos, oh Jesús, no esperáis de mi hermosas palabras y profundos pensamientos. Solo queréis que os ofrezca como digno regalo todas las facultades de mi alma, todos los afectos de mi corazón. ¡Os doy gracias, oh Señor, y os amo, oh mi buen Jesús!

¡Gracias, oh Jesús! ¡Cuán feliz me siento! Ayer he cometido muchas faltas. Cómo me oprimían el corazón. Me parecía que estabais triste, ¡oh buen Jesús! No pude hallar completa paz Pero esta mañana, desde que habéis entrado en mi alma, todo ha cambiado como por encanto. Una dulce paz ha entrado en mi alma. Cuánto os agradezco, ¡oh dulcísimo Corazón de Jesús!

¡Oh dulce Huésped de mi alma! os habéis dado todo entero a mí, he aquí, que yo me entrego todo entero y sin reserva, a Vos. Me habéis dado vuestra alma santísima, y yo os doy la mía, aunque pobre y llena de defectos. Puede que aún me queden varios años de vida. Si os place acortar el tiempo de mi destierro, lo acepto gustoso de vuestra mano paternal. Aún gozo de buena salud, disponed de ella según vuestro divino beneplácito y para vuestra mayor gloria. Es verdad, soy pobre; pero Vos, divino Rey de amor, aceptáis gustoso nuestros pobres presentes, siempre que vengan de un corazón humilde y agradecido. Pues bien lo poco de bueno que yo tenga; todo cuanto posea en bienes espirituales y materiales os lo ofrezco gozoso y sin reserva alguna.

Debo marcharme ahora, oh mi amado Jesús. Dejo vuestro sagrario porque me llamáis a otra parte. ¡Adiós, Jesús! ¡Hasta mañana! Volveré con un corazón más sediento de amor a Vos. Y vos, Señor, me daréis otra vez aquella paz inefable, preludio de la eterna bienaventuranza del cielo.

Una palabra todavía, amado de mi alma. Por el amor inmenso que os hace prisionero de mi alma, concededme la gracia que la comunión de mañana sea más fervorosa que la de hoy. Dadme esta gracia cada día de nuevo. Así seré más santo cada día, más perfecto y os amaré con más ardor. Abrid vuestros tesoros y adornad mi alma con la hermosura de la vuestra. ¡Gracias, oh buen Jesús!

Alabanzas y adoración, amor y gratitud sean dadas, en todo momento y en todos los Tabernáculos del mundo, al Sagrado Corazón de Jesús, hasta la consumación de los siglos. Así sea.

¡Bendito sea el Sacratísimo Corazón eucarístico de Jesús! ¡ Corazón de Jesús en Vos confío! Jesús, manso y humilde de Corazón, haced mi corazón semejante al vuestro.
(Desconozco el autor de esta oración).

Oración después de la Comunión

Dios nuestro, fuente única de toda santidad y admirable en todos tus santos, haz que este sacramento nos encienda en el fuego de tu amor y nos prepare para pasar de esta mesa de peregrinos a la fiesta eterna de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de la Solemnidad de todos los Santos:

V. Que Dios, gloria y felicidad de los santos, cuya solemnidad os ha concedido celebrar hoy, os bendiga con una bendición perpetua.
R. Amén.
V. Que por la intercesión de los santos os veáis libres de todo mal y perseveréis, alentados por el ejemplo de su vida, entregados al servicio de Dios y de vuestros hermanos.
R. Amén.
V. Que lleguéis a poseer los gozos de la patria celestial en unión de todos los santos, entre los cuales la Iglesia se alegra de ver a sus hijos en una paz sempiterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.

Exhortación de despedida:

Después de recibir a Jesús en la celebración eucarística correspondiente a esta Solemnidad de todos los Santos, volvamos a emprender la realización de nuestras actividades ordinarias, con la intención de hacer realidad nuestro deseo de imitar a los fieles hijos de nuestro Padre común que viven en la presencia de nuestro Criador. No perdamos la esperanza de reencontrarnos con nuestros seres queridos que ya no están con nosotros.

Canto de despedida:

CANTO DE PEREGRINOS

1- Nos hallamos aquí en este mundo,
este mundo que tu amor nos dio;
mas la meta no está en esta tierra:
es un cielo que está más allá.

Somos los peregrinos que vamos hacia el cielo:
la fe nos ilumina, nuestro destino no se halla aquí.
La meta está en lo eterno, nuestra patria es el cielo:
la esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya.

2- Con maná descendido del cielo
a Israel el Señor confortó;
y a nosotros ha dado su Cuerpo,
verdadero manjar celestial.

3- Confortados con el Pan del cielo,
y cumpliendo la ley del amor,
aun en medio de este gran destierro
pregustamos la gloria final.
(desconozco el autor de esta oración).

Misa botiva de todos los Santos

Antífona de entrada:

Aquellos que siguieron las huellas de Cristo se alegran en el cielo, por eso, los santos se gozan con él eternamente.

Recitemos el Gloria en esta Solemnidad de todos los Santos, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada:

(Ver la monición de entrada de la Misa de la Solemnidad de todos los Santos).

Oración colecta:

Por intercesión de tus santos, a quienes diste diversas vocaciones en la tierra, pero una misma recompensa en el cielo, concédenos, Señor, tú que eres la fuente de la santidad, que nos santifiquemos en nuestra propia vocación. Por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra:

(Ver las lecturas de la Eucaristía de la Solemnidad de todos los Santos).

Oración de los fieles

(Ver la oración de los fieles de la Misa de la Solemnidad de todos los Santos).

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Dígnate, Señor, aceptar las ofrendas que te presentamos en honor de todos tus santos y concédenos sentir que interceden por nuestra salvación, cuantos, sin duda alguna ya gozan de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio de los Santos II.

Acción de los Santos en la Iglesia.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. . Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. Porque con la vida de tus santos, enriqueces a tu Iglesia con formas siempre nuevas de admirable santidad, y nos das pruebas indudables de tu amor por nosotros; y también, porque su ejemplo nos impulsa y su intercesión nos ayuda a colaborar en el misterio de la salvación. Por eso, ahora nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y santos, diciendo: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión:

(Ver la Antífona de la Comunión de la Misa de la Solemnidad de todos los Santos).

Lectura después de la Comunión:

Te Deum a la Santísima Trinidad

A Ti, oh Dios, te alabamos; a Ti, Señor, te reconocemos. A Ti, Eterno Padre, te venera toda la creación. Los ángeles todos, los cielos y todas las potestades te honran. Los querubines y los serafines te cantan sin cesar: Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios del universo. Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria. A Ti te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles, a Ti te ensalza la multitud admirable de los Profetas, a Ti te ensalza el blanco ejército de los Mártires. A Ti la Iglesia Santa extendida por toda la tierra, te proclama: Padre de inmensa majestad, Hijo único y verdadero, digno de adoración, Espíritu Santo Paráclito (Defensor). Tú eres el Rey de la gloria, Cristo. Tú eres el Hijo único del Padre. Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana, sin desdeñar el seno de la Virgen. Tú, rotas las cadenas de la muerte abriste a los creyentes el Reino del Cielo. Tú te sientas a la derecha de Dios en la gloria del Padre. Creemos que un día as de venir como Juez. Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos, a quienes redimiste con tu preciosa Sangre. Haz que en la gloria eterna nos asociemos a tus santos. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad. Sé su Pastor y ensálzalo eternamente. Día tras día te bendecimos, y alabamos tu nombre para siempre, por eternidad de eternidades. Dígnate, Señor, en este día guardarnos del pecado. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti. En Ti, Señor, confié, no me vea defraudado para siempre.
V. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
R. Y digno de alabanza, y glorioso por los siglos.
V. Bendigamos al Padre, y al Hijo con el Espíritu Santo.
R. Alabémosle y ensalcémosle sobre todas las cosas por los siglos.
V. Bendito eres Señor en lo más alto del cielo.
R. . Y digno de alabanza, y glorioso y ensalzado por todos los siglos.
V. Bendice, alma mía, al Señor.
R. Y nunca olvides sus muchos beneficios.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Oremos:
Oh Dios, cuya misericordia es infinita e inagotable la bondad, damos gracias a tu divina Majestad, por los bienes que hemos recibido, implorando siempre tu clemencia, para que no abandonando a aquellos a quienes concedes lo que te piden, los dispongas para recibir las recompensas eternas.
Oh Dios, que has instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos según el mismo Espíritu conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos.
Oh Dios, que no permites sea afligido en demasía cualquiera que en Ti espera, sino que atiendes piadoso a nuestras súplicas te damos gracias por haber aceptado nuestras peticiones y votos, suplicándote piadosísimamente que merezcamos vernos libres de toda adversidad. Por nuestro Señor Jesucristo...
R. amén.
(Himno atribuido a Nicetas de Remesiana y a San Ambrosio de Milán).

Oración después de la Comunión

Dios nuestro, que con un mismo pan nos alimentas y con una misma esperanza nos sostienes, fortalécenos con tu gracia, para que todos, formando con tus santos un mismo cuerpo y un mismo espíritu en Cristo, con él resucitemos a la gloria él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Bendición conclusiva y exhortación de despedida

(Ver la Misa de la Solemnidad de todos los Santos).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 30/10/07 05:08

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