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San José de Nazaret, ciclo c en TRIGO DE DIOS

San José de Nazaret, ciclo c

Meditación sobre lo que se dice en la Biblia del Patrón de la Iglesia Universal Padre nuestro

Lunes, 19-03-2007, Solemnidad de San José, esposo de la virgen María

Edición número 89

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía

Canto de entrada

RAÍCES

Raíces ocultas que nunca se ven levantan la gloria del año ciprés. Cautive a los hombres su gran esbeltez, aplaudan su ritmo, asciendan con él. Aunque nadie mire nuestra sencillez, somos las raíces del alto ciprés.

Vivimos como siervas el silencio generoso que brota de la fe. Vivimos solamente para Cristo, lo mismo que vivía San José.

Silencio, trabajo, oración y fe, será nuestra vida como en Nazaret. Que surja su gloria de mi pequeñez, y se vea a Cristo pero no a José. Seamos las raíces ocultas que estén nutriendo la gloria del alto ciprés.

Árbol de la vida quisiste nacer de aquellas raíces pobres de Belén. Las siervas queremos poderte ofrecer que siempre te dieron María y José. A raíz más honda más alto ciprés.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada

Este es el administrador fiel y previsor puesto por el Señor al frente de su familia (CF. LC. 12, 42).

Saludo del sacerdote

Queridos hermanos:
Que el dios del amor y de la paz por quien fuimos llamados y congregados, los acompañe y permanezca siempre con cada uno de ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa de Dios.
Hoy recordamos al padre adoptivo de nuestro señor Jesucristo, un gran hombre de cuya vida se desprenden muchas enseñanzas que son muy útiles para nosotros. Aunque en la Biblia encontramos muy pocos hechos referentes al santo cuya vida celebramos en este día, los mismos nos sirven para que el esposo de nuestra Santa Madre nos sirva de ejemplo en nuestra vida, porque queremos ser discípulos de Jesús en un mundo en el que se están extinguiendo nuestras creencias religiosas.
Iniciemos esta celebración eucarística pidiéndole a nuestro Padre común que nos haga dóciles a su Palabra tal como le sucedió al Patrón de la Iglesia Católica.

Acto penitencial

Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

V. Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.
V. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

V. Tú que perdonas nuestros pecados: Señor, ten piedad.
R. señor, ten piedad.
V. Tú que nos llamas a hacer penitencia: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que confiaste a la Iglesia el signo de tu perdón: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. amén.

Recitemos el Gloria en esta Solemnidad de San José. Elevemos nuestras súplicas al cielo y démosle gracias a nuestro Padre común, porque él, por medio del Padre adoptivo de Jesús, nos ha demostrado que podemos ser santos intachables en su presencia, muy a pesar de nuestros fracasos y de nuestra carencia de fe.

Oración colecta

Dios todopoderoso, tú quisiste confiar el inicio de nuestra redención a la solícita custodia de San José; por su oración en el cielo, concede a tu Iglesia cooperar fielmente al cumplimiento de la obra de salvación. Por nuestro señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Lecturas eucarísticas

Moniciones de las lecturas eucarísticas y lecturas de hoy.

Monición de la primera lectura

De la misma manera que Salomón construyó el Templo de Jerusalén, nuestro señor, -la imagen del hijo de David-, vino a nuestro encuentro para concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo.

Primera lectura

Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el ´cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino (2 SAM. 7, 12).

Lectura del segundo libro de Samuel, 7, 4-5. 12-14. 16

Aconteció aquella noche, que vino palabra de Gehová a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, señor.

Monición del salmo responsorial

Dios hizo un pacto con David a través del cual hizo que su fiel siervo fuera Rey de Israel. Cristo es la imagen de David, pues Dios quiso que su Hijo fuera nuestro salvador.

Salmo responsorial

R. Su linaje será perpetuo.

SAL. 88, 2-3. 4-5. 27 y 29.

Porque dije: Para siempre será edificada misericordia;
En los cielos mismos afirmarás tu verdad.
Hice pacto con mi escogido;
Juré a David mi siervo, diciendo: R.

Para siempre confirmaré tu descendencia,
Y edificaré tu trono por todas las generaciones.
Celebrarán los cielos tus maravillas, oh Jehová,
Tu verdad también en la congregación de los santos. R.

Yo también le pondré por primogénito,
El más excelso de los reyes de la tierra.
Pondré su descendencia para siempre,
Y su trono como los días de los cielos. R.

Monición de la segunda lectura

San Pablo nos dice que quienes creemos en Cristo no nos salvaremos por causa de nuestro escrupuloso cumplimiento de la Ley, sino por la vivencia de nuestra fe, aunque ello no significa en absoluto que hemos de obviar el cumplimiento de los Mandamientos de nuestro Padre común.

Segunda lectura

Dios prometió a Abraham y a sus descendientes que recibirían en herencia el mundo entero.

Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos, 4, 13. 16-18. 22.

Dios prometió a Abraham y a sus descendientes que recibirían en herencia el mundo entero. Y no vinculó tal promesa a ley alguna, sino a la fuerza salvadora de la fe.
Por eso precisamente la promesa está vinculada a a la fe, a fin de que al ser gratuita quede asegurada para todos los descendientes de Abraham; no sólo para los que están vinculados a la Ley, sino también para los que tienen su fe Abraham, pues, es nuestro padre común, como dice la Escritura: Te he constituido padre de pueblos numerosos. Y lo es delante de Dios, en quien creyó; del Dios que infunde vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe. Esperando en Dios cuando parecía cerrado todo camino a la esperanza, creyó Abraham que llegaría a convertirse en padre de pueblos numerosos, según lo que dios le había prometido: Tal será tu descendencia. Esto es lo que le valió ser tenido por amigo de Dios.

Palabra de dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu santo (MT. 1, 18). Aleluya.

Monición del Evangelio

Recordemos con el corazón henchido de gozo el Nacimiento de nuestro señor, y alabemos a Dios sirviéndolo en nuestros prójimos, imitando la fe y la generosidad de San José.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

MT. 1, 16. 18-21. 24.

Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del señor le había mandado, y recibió a su mujer.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, señor Jesús.

O bien:

Monición del Evangelio

Alabemos a Dios porque San José comprendió que su Hijo fue enviado al mundo para cumplir la voluntad de nuestro Creador. Dispongámonos a imitar a nuestro señor en el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.

Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas (LC. 2, 47).

Lectura del santo evangelio según San Lucas.
R. Gloria a ti, señor.

LC. 2, 41-51a.

Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, señor Jesús.

Homilía:

San José de Nazaret

Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
"Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí" (LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: "Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo" (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores no nos dice nada malo con respecto a la conducta de nuestro Santo.
"Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa (estirpe) de David; el nombre de la virgen era María." (LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora: "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?" (MT. 13, 55). Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos nosotros sabemos lo que queremos hacer con nuestra vida, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante dos años, durante los cuales los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo de nuestro señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. Según la Ley, José debía apedrear a María hasta que ella muriera, con el fin de contribuir a la eliminación de las prácticas de adulterio en Palestina. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazaretana a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una parienta de María.
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de nuestro santo, quiso probar lo que José haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nosotros nos vemos abrumados por nuestros problemas, pero llega el día en que nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
"el nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quiso infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús." (MT. 1, 18-25).
San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio, los cuales no os transcribo para no alargar mucho esta meditación.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de nuestro señor. En los 23 versículos que componen el capítulo 2 del Evangelio de san Mateo, vemos cómo nuestro santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, pues temía que le arrebatara su reinado en el futuro. El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de nuestro señor, con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que El había vencido a la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia acudió al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías. Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizá para evitar las molestias que podían causarle los nazaretanos al recordarle constantemente que él tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, recibió la orden de habitar en Nazaret, lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la vida de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando nuestro señor celebró su primera Pascua judía cuando tenía doce años, según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de nuestro señor.
De San José podemos aprender a hacer bien hecho lo que debemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en el caso en que parece que nuestra vida se tambalea y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar y de matar y de perderlo todo por todo.
Nuestro santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie debe interferir en la vivencia de los que deciden formar familias.
Nuestro santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.

Oración de los fieles

V. Oremos, hermanos y hermanas, al Señor y pidámosle que se acuerde de nosotros, obra de sus manos:

Respondemos a cada intención: Te rogamos, Señor, escúchanos.

V. Para que el Señor, que puso en manos de San José el cuidado de su Verbo hecho hombre, asista a los pastores de la Iglesia, en manos de los cuales ha establecido los sacramentos de la gracia y los dones de la salvación, roguemos al Señor.

V. Para que el Señor, que ha querido que San José fuera patrono de la Iglesia y padre de su familia, derrame el espíritu de oración y de generosidad, a fin de que surjan abundantes vocaciones para el servicio de la Iglesia y para la predicación del Evangelio, roguemos al Señor.

V. Para que el Señor, que puso la tierra al servicio del ser humano y le dio la misión de cultivarla, conceda a los trabajadores el sustento necesario y una vida digna y feliz, roguemos al Señor.

V. Para que el Señor, que permitió que San José fuera turbado por la incertidumbre y la duda y tuviera que huir de su tierra, venga en auxilio de los emigrantes y de todos los que viven en medio de dudas y tormentos, roguemos al Señor.

V. Para que el Señor, que quiso que San José fuese asistido por Jesús y María en el momento de su tránsito, sea benigno y misericordioso con los agonizantes y nos asista en la hora de nuestra muerte, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Que nos ayuden, Señor, los méritos de San José, esposo santísimo de la Madre de Jesús, y por su intercesión, consigamos los bienes que, por nuestra debilidad, no nos atrevemos a esperar. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Canto del Ofertorio

Recibe oh señor

Recibe oh señor las ofrendas que hoy
Ponemos ante ti, gran Dios.
Recibe oh señor, toda nuestra oración.
Toma nuestros corazones
Que ofrecemos a ti,
Transforma nuestra ofrenda
En el cuerpo y Sangre de Jesús.
Dios Padre creador, te doy gracias por la
Vida que nos das,
En Cristo salvador y rey.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas

Te suplicamos, Padre, que así como san José sirvió con sincera entrega a tu Hijo único, nacido de la Virgen María, también nosotros podamos celebrarte en esta liturgia con un corazón puro. Por Jesucristo, nuestro señor.
R. Amén.

Prefacio de san José.

La misión de san José.

V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, señor, Padre santo, dios todopoderoso y eterno, y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la Solemnidad de San José. Porque él es el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de dios; él es el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de la sagrada familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu único Hijo, por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, señor nuestro. Por él, los coros celestiales celebran tu gloria unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces, cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

Antífona de la Comunión

Bien, servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu señor (MT. 25, 21).

Canto de la Comunión

VOLVER A NAZARET

Es hora de vivir, es hora de vivir y creer, es tiempo de volver a Nazaret.

Un tesoro escondido he descubierto, una fuente para quien tenga sed, un taller y un hogar abierto a todos, un camino de nombre Nazaret.

Vocación de crear un mundo nuevo, a la luz de Jesús, María y José, con trabajo fraterno y solidario, vida humilde de amor y sencillez.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión

Leemos el capítulo 2 del Evangelio de san Mateo.

Oración después de la Comunión

Padre del cielo, protege siempre a tu familia que hoy se alegra en la fiesta de san José, y después de haberla saciado con la Eucaristía conserva en ella los dones que le concedes. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Canto final

Santa María de la esperanza

SANTA MARÍA DE LA ESPERANZA
MANTÉN EL RITMO
DE NUESTRA ESPERA,
MANTÉN EL RITMO
DE NUESTRA ESPERA.

1.- Nos diste al esperado de los tiempos,
mil veces prometido en los profetas,
y nosotros de nuevo deseamos
que vuelva a repetirnos sus promesas.

2.- Brillaste como aurora del Gran Día,
plantaba Dios su tienda en nuestro suelo,
y nosotros soñamos con su vuelta,
queremos la llegada de su Reino.

3.- Viviste con la cruz de la esperanza,
tensando en el amor la larga espera,
y nosotros buscamos con los hombres
el nuevo amanecer de nuestra Tierra.

4.- Esperaste cuando todos vacilaban,
el triunfo de Jesús sobre la muerte,
y nosotros esperamos que su vida
anime nuestro mundo para siempre.
(Desconozco el autor de esta canción).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 25/03/07 16:14

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