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Salido de las aguas. II parte en TRIGO DE DIOS

Salido de las aguas. II parte

Experiencia de Moisés en Egipto antes de ver a su pueblo liberado de la esclavitud Salido de las aguas (II parte)

Antes de proseguir con el relato de las vivencias de Moisés, creo conveniente que meditemos algunos aspectos relacionados con el texto correspondiente a la primera parte de los ejercicios espirituales que recibísteis en el primer envío que os hice.
Volvamos al inicio de la historia de Moisés, y meditemos la grandeza del mérito que tuvo aquella partera que recibió la orden de asesinar a todos los varones hebreos que nacieran en el poblado de los esclavos hebreos. ¿Era consciente aquella sierva del peligro que corría al desobedecer la orden del Rey de Egipto? Aquella piadosa mujer que esperaba la manifestación de Saddai, era consciente del peligro que la acechaba, pero, aún así, resolvió cumplir la voluntad de Dios.
¿Hizo lo correcto la madre de Moisés al abandonar a su hijo cuando este tenía tres meses? Aquella esclava ocultó a su hijo con la intención de criarlo y disimular su nacimiento, pero no pensó en que el niño podía ser descubierto con demasiada facilidad. Aquella mujer que dejó a su hijo en una cesta confió en el Dios que podía impedir la muerte de aquel cuyo nombre significa salido de las aguas. Consideremos que la mano de Dios actúa tras nuestras intenciones en los momentos en que tenemos la más plena certeza de que hemos sido aplastados por la adversidad.
Moisés creció en el seno de una familia colmada de dádivas materiales, Jesús, el Profeta de Nazaret, creció en el seno de una familia con múltiples carencias terrenales que fueron suplidas por muchos dones y virtudes celestiales. Moisés era tartamudo y tímido, Jesús, que nunca fue un niño de papá y mamá, al tener la necesidad de lo que en mi pueblo llamamos buscarse las abichuelas, tuvo que aprender a desenvolverse en todos los terrenos que la vida le ofrecía para crecer en gracia y Santidad.
¿Quien no ha tenido la oportunidad de imitar a San Pablo en su caída del caballo para convertirse a Dios? ¿Quien de nosotros no ha sido golpeado en lo más profundo de su ser para aceptar lo que en algún momento todos hemos llamado contravalores y ahora constituye el fundamento de nuestra fe cristiana y católica? ¿Hemos pensado que nos es necesario ser semejantes a la zarza que Moisés contempló en el Sinaí? ¿Somos conscientes de que hemos de dejar que el fuego de Dios arda en nosotros para consumir nuestros defectos y purificarnos para usar más convenientemente nuestros dones y virtudes?
En el primer envío que os hice de estos breves ejercicios de meditación para la Cuaresma del 2003, resalté los sentimientos que Moisés pudo abrigar en los días en que vivió en la soledad del desierto. Al igual que siglos después le aconteciera a San Pablo en su camino a Damasco, Moisés hubo de desnudar su alma de todo aquello que aprendió en Egipto para afrontar una situación que nos es necesaria vivir a todos para que la verdad de Dios penetre nuestros corazones.
Continuemos meditando el relato de Moisés.

Aquel mismo día en que Yahveh se me manifestó, mis hijos, mi esposa y yo, renunciamos a nuestros seres queridos y a nuestras posesiones para ponernos al servicio del sólo Santo. ¿Quién podría decirnos que aquella renuncia que estábamos haciendo no era temporal? Nosotros esperábamos volver a Madiam una vez que Yahveh hubiera redimido a su pueblo de la esclavitud de la tierra de Egipto, pero ignorábamos que Dios tenía unos planes con respecto a nosotros muy diferentes del estilo de vida al cual nosotros nos habíamos acostumbrado.
Todos los que me veían decían que mi cara irradiaba una luz especial y deslumbrante. Esa luz se fue extinguiendo a medida que pensaba que me era necesario volver al país en que yo sólo era un vulgar asesino. Mis privilegios de príncipe ejipcio habían quedado ocultos en la nada hacía varios años, pero, ¿cómo podría decirle a Lidia que no intercediera ante mi hermano Ramsés para que me tratara con clemencia? ¿Cómo podría explicarles a quienes me amaban que yo habría de ser causa de escándalo para ellos y ellos habrían de ser signos de eminente contradicción para mí? ¿Cómo podrían aceptarme los hebreos como enviado de aquel Dios que no se había manifestado a su pueblo durante los últimos 450 años?
Al fin se nos hizo de noche atravesando el desierto. Mi familia y yo nos disponíamos a descansar cuando un hombre armado con una espada se presentó ante nosotros y se dispuso a asesinarme. ¿Quien podría habernos perseguido desde Madiam para impedir el cumplimiento de la Palabra de Dios? Aquel hombre era un ángel del Señor. Séfora cogió un cuchillo y circuncidó al más pequeño de mis hijos mientras gritaba pleno pulmón: "Tú eres mi marido, eres mi marido según el rito de la circuncisión" Una vez hubo acabado Séfora el rito hebreo, el ángel desapareció de nuestra vista, y no le volvimos a ver jamás.
Si yo hubiera estado sólo en el desierto, los días no hubieran sido tan amargos y difíciles, pues los míos no hubieran sido víctimas de la sed y las inclemencias del tiempo, y mi hijo tampoco hubiera tenido que sufrir los terribles dolores de la circuncisión.
Seguimos caminando a través del desierto. Decidimos caminar algunas horas durante la noche para poder descansar cuando el Sol abrasara el desierto. Divisé a un hombre que caminaba fatigosamente a lo lejos. Ese hombre parecía acercarse a nosotros, parecía que me miraba... ¿Sería aquel hombre otro ángel del Señor y Dios de los hebreos? El misterioso pordiosero se acercó a nosotros, y me preguntó tímidamente si era el prídcipe Moisés, y yo le respondí que mi principado había desaparecido, le conté todo lo que me acaeció en presencia de la zarza ardiente, y él me dijo que Dios le envió para que fuera mi voz ante el Señor de la tierra de Egipto. Aarón y yo somos hermanos, nos abrazamos y nos besamos. Invité a mi hermano a que descansara, pero él no quería reposar. Yo había olvidado la terrible situación de mis hermanos de raza con el paso de los años, pero mi hermano Aarón había vivido en su propia piel trabajos y torturas de diversa índole, por consiguiente, mi hermano me animó gritando a pleno pulmón
que no debíamos descansar hasta que se hubiera cumplido la voluntad de Dios.
Yo oré, diciendo:
-Señor Dios Todopoderoso, a ti que te has dignado mirar el sufrimiento de los hijos de tu pueblo escogido para manifestar tu gloria y Santidad, deseo pedirte que perdones mi tibieza, esa pereza con que huí del dolor de tu pueblo, pues no tuve valor para concluir la misión que tú me hiciste emprender cuando asesiné al capataz que castigaba cruelmente a uno de tus fieles.
Aarón fue castigado de múltiples maneras, él no sentía miedo ante los golpes y latigazos que podía recibir en cualquier momento, yo siempre he sido un niño mimado, un personaje a quien se le han ocultado todo tipo de sufrimientos, pero, a medida que nos acercábamos a Egipto, era consciente de que tanto mis hijos, mi mujer y yo, seríamos esclavos apenas nos acercáramos al barrio de los hebreos. Durante nuestra peregrinación Dios no se nos manifestó, pero Séfora y Aarón nos enseñaron a orar a mis hijos y a mí, y esa viva comunicación con el Dios que permaneció en silencio, nos ayudó a soportar las contradicciones y torturas que temíamos que cayeran como esas piedras que los hebreos arrastraban para edificar templos y pirámides sobre nuestras cabezas.
Al fin llegamos a Egipto, y yo no podía dejar que me invadiera la melancolía, pues tenía que ser fuerte para cumplir la voluntad de Dios en cada instante de mi vida. Cuando se hubiera cumplido el designio redentor de Dios, los míos y yo creíamos que volveríamos a Madiam, y llevaríamos con nosotros a mis hermanos y a mi madre para que fueran felices junto a nosotros pastoreando el ganado de mi suegro Jetró.
La noche cayó sobre la tierra. Hacía un buen rato que los hebreos habían concluido su jornada laboral. Nos reunimos con nuestros hermanos de raza, y Aarón les dijo a todos cual era la misión que Dios me encomendó. Había escépticos entre nosotros, eran muchos los que carecían totalmente de fe, pero un importante número de nuestros hermanos estaban de acuerdo con nuestras pretensiones, así pues, en pocos días, Aarón y yo, nos presentaríamos ante el Rey de Egipto para pedirle lo que nos dijo Dios: "Deja que mi pueblo se dirija al desierto durante 3 días para ofrecerme sacrificios"
El hombre a quien siempre he llamado padre había muerto. Ramsés, a quien siempre tuve por hermano, era en aquel tiempo Señor de toda la tierra. Cuando estuvimos en la presencia de mi hermano, creí que las emociones que sentí constituyeron para mí un sin número de contradicciones que me hicieron difícil transmitirle a Ramsés el mensaje que había recibido de parte de Yahveh Sebaot. En el palacio todos me miraban con cara de sorpresa, asombro y alegría. Me horrorizaba pensar el hecho de que todos recordarían el crimen que cometí hacía varios años para salvar la vida de un esclavo. Faraón, excepcionalmente, no quiso hacerme justicia, fingió mi delito, este hecho hizo mi situación más difícil y comprometedora, pero yo no podía fallarle al Dios de los hebreos y de los madianitas. Aarón tomó la palabra con su tono firme y sereno:
-El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, me manda pedirte que dejes que su pueblo camine durante 3 días a través del desierto para ofrecerle sacrificios.
Faraón era inteligente, sabía perfectamente lo que ocurriría si las construcciones se detubieran y los esclavos experimentaran la libertad alejándose del país durante 3 días. El Rey de Egipto despreció a mi hermano Aarón e intentó concederme todo tipo de privilegios para hacerme recapacitar para hacerme sentir miembro de la realeza del país para detener una posible rebelión de los esclavos.
Deseché los ofrecimientos reales, pues no podía fallarle a mi Dios! Faraón endureció su carácter, mi hermano Ramsés se caracteriza por su firmeza, autodeterminación y autodominio. El Rey, para evitar una rebelión de esclavos, les ordenó a todos los capataces de la tierra que no se les entregara más paja a los esclavos para que estos llevaran a cabo su trabajo, sin que por ello se viera reducida la productividad laboral de los hebreos.
Abandonamos el palacio, Aarón no se dio por vencido, pero yo me sentí derrotado y humillado. Jamás en mi vida he contradecido a Ramsés, pues sé que él es más fuerte que yo a la hora de expresar su voluntad. Los hebreos, al saber de nuestro fracaso y de las represalias que las autoridades ejipcias tomaron contra ellos, nos repudiaron desesperadamente a mi hermano y a mí, acusándonos de haber traído la maldición del Rey y las mayores e inverosímiles desgracias sobre ellos.

(Continuará)
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 05/01/07 22:48

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