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Pentecostés, ciclo a, Misa del día. en TRIGO DE DIOS

Pentecostés, ciclo a, Misa del día.

Recibid el Espíritu Santo. Padre nuestro

Domingo, 15-05-2005, Domingo de Pentecostés

Edición número 36

En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.

Sagrarios vivos

Misa del día del Domingo de Pentecostés

Antífona de entrada

El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que habita en nosotros. Aleluya (Rom. 5, 5; 8, 11).

En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que él escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Hoy comenzamos a celebrar la octava semana de Pascua conmemorando nuestra recepción del Espíritu Santo. La mejor manera que tenemos de concluir la celebración del triunfo de Jesucristo sobre la miseria humana consiste en pedirle a nuestro Padre común que nos convierta en criaturas nuevas, en hijos suyos que, por la inspiración del Paráclito o Defensor, trabajan y anhelan en su corazón el deseo de vivir en el Reino de la paz y la justicia.

Oración colecta

Dios nuestro que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones, concede al mundo entero los dones del Espíritu Santo y continúa realizando entre los fieles la unidad y el amor de la primitiva Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de la Palabra

Lecturas:

1. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar (Hch. 2, 1-11). En la mañana de Pentecostés, nuestra Santa Madre y los amigos íntimos de Jesús, recibieron en sus corazones el Espíritu Santo, por lo que, en consecuencia, empezaron a predicar en diferentes idiomas, lo cual significa que, quienes creemos en Dios, según nuestra fe, podemos llevar a cabo muchos y distintos prodigios.

2. Envía, Señor, tuEspíritu a renovar la tierra. Aleluya (Sal. 103. Cf. V. 30). Si el Espíritu del Señor convierte nuestro corazón en su morada, nos sentiremos llenos de la vida de la Trinidad Beatísima. Al oír el Salmo que será entonado o recitado a continuación, pidámosle a Dios que todo lo que hagamos esté impulsado por su Santo Espíritu.

3. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo (1 Cor. 12, 3-7. 12-13). Hemos recibido el Espíritu Santo para formar parte de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo Resucitado y glorificado, la gran familia que ha sido evocada por su Criador a convocar al mundo para esperar la instauración del Reino de Dios, cuando acontezca la Parusía o retorno de nuestro Hermano y Señor Jesús, pues sabemos que él vendrá, al final de los tiempos, a librarnos de nuestras miserias, y a concedernos la gran aspiración de vivir en la presencia de nuestro Padre común.

Secuencia

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Aleluya. Amén.

4. Aleluya, Aleluya: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Le pedimos al Espíritu Santo que more en nuestros corazones, pues no queremos vivir según nuestra voluntad. Queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios inspirados por el Espíritu Santo, el amor divino que jamás podrá trocarse en sentimiento confuso y letal que actúe contra nosotros.

5. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo (Jn. 20, 19-23). Si el II Domingo de Pascua meditamos este Evangelio reflexionando sobre el Sacramento de la Penitencia, al comenzar la última semana de este tiempo glorioso, escucharemos otra vez este relato que aconteció el primer Domingo de Resurrección, meditando sobre el encargo que nuestro Señor nos hizo el Domingo anterior cuando ascendió al cielo, pues él quiere que bauticemos a quienes deseen convertirse a su mensaje de salvación, para que su Iglesia abarque a toda la humanidad. Escuchemos con atención el Evangelio de San Juan.

Homilía

1. Los cristianos católicos concebimos a Dios como Trinidad Beatísima, perfectísima unión familiar y comunitaria de Dios Padre, Dios Hijo y Dios el Espíritu Santo, siendo las tres Personas citadas una misma Divinidad. Sabemos que el Padre es nuestro Creador, que el Hijo nos redimió a través de su muerte y Resurrección, y que el Espíritu Santo mora en nuestros corazones para santificarnos, según las palabras del Apóstol Pedro: "Sed santos, porque soy santo" (1 Pe. 1, 16).
Celebramos la fiesta de Pentecostés cincuenta días después del Domingo de Resurrección, por lo cuál vamos a centrar esta meditación en nuestra recepción del Espíritu Santo. A pesar de que Jesús se hizo Hombre para salvarnos del mal, la muerte, las enfermedades y otros problemas, y para concedernos el don de la vida o bienaventuranza eterna para que podamos contemplar a la Trinidad Beatísima, sabemos que las Personas de la Trinidad Beatísima carecen de cuerpo, porque son espirituales. Sé que algunos de mis lectores me preguntarán: ¿Por qué dices que Dios carece de cuerpo? ¿Desmientes el Credo de la Iglesia que afirma que Jesús está sentado a la derecha del Padre en el cielo? Si Jesús carece de cuerpo, ¿cómo explicas su entrega a nosotros en la Eucaristía? La Iglesia nos enseña que Jesús está sentado a la derecha del Padre en el cielo, para hacernos entender que, cuando Jesús resucitó, no quiso abandonar su cuerpo, que, a diferencia de nuestras envolturas carnales, podía
atravesar paredes, porque no estaba sometido al tiempo ni a la gravedad. En cada ocasión que celebramos laEucaristía, nuestro Señor se sacrifica y resucita sin derramar su sangre, para que nos dejemos redimir por él, pues nuestra fe no es plena.
2. Podemos comprender que Dios es nuestro Padre, y que Jesús es su Hijo, pero podemos preguntarnos: ¿Cómo pudo reproducirse Dios siendo él un ser incorpóreo? Jesús es la imagen que nuestro Criador vería si se mirara en un espejo. Podemos creer que el Padre y el Hijo son dos Personas diferentes, pero, ¿por qué decimos que el Espíritu Santo es una Persona? El Espíritu Santo es la tercera Persona del misterio de la Santísima Trinidad, así pues, él es el amor que procede del Padre y del Hijo.
3. ¿Por qué necesitamos recibir al Espíritu Santo en nuestros corazones? En el punto anterior, os dije que el Espíritu Santo es el amor existente entre Dios y Jesús. Nosotros, a partir de nuestra insuficiencia, con gran intensidad, procuramos alcanzar el encuentro y la unión que con el transcurso del tiempo se hace más efectiva con Dios, pero no podríamos alcanzar nuestra meta si el amor de Dios no actuara en nuestros corazones impulsándonos a no desfallecer en nuestro intento de fortalecer nuestra fe. Nuestra unión con Dios nos alegra, nos da energía para vivir, nos completa, nos impulsa a armonizar recíprocamente nuestra vivencia con el Dios que se dio completamente a nosotros para salvarnos, y nos insta a que creemos una sociedad más justa que nuestro mundo actual. Llamamos Espíritu Santo al amor de Dios, a la fuerza poderosa que nos impulsa a lograr nuestro objetivo, así pues, aunque no podemos ver al Espíritu Santo, si nuestra fe es firme o queremos que sea estable,
sentimos su presencia en nuestra vida.
4. En la noche en que nuestro Señor instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden sacerdotal: les dijo a sus seguidores: "El que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje, mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en el" (Jn. 14, 23). Jesús nos dice que si vivimos según la voluntad de Dios cumpliendo sus divinos Mandamientos el Padre y él se fundirán en nuestro ser hasta el punto de habitar en nuestros corazones y ser una misma substancia con nosotros. Esta realidad implica que, cuando Jesús venga en su Parusía o segunda venida a concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, no existirán diferencias entre la Divinidad de Dios y nuestra humanidad. Para comprender y aceptar plenamente las palabras de Jesús con las que hemos empezado a meditar el punto cuarto de esta reflexión, es preciso que recordemos que, el Evangelio de Juan que estamos considerando, ha sido extraido del relato mediante el cual el citado Hagiógrafo nos
transmitió unas valiosísimas palabras de Jesús literalmente, según él las recordó en los años de su ancianidad, cuando se le hizo preciso escribir parte de su conocimiento de la enseñanza de nuestro Señor, porque presentía que su ministerio apostólico finalizaría en un periodo de tiempo muy breve.
5. Si nosotros deseamos recibir el Espíritu Santo en esta celebración eucarística de Pentecostés, si verdaderamente deseamos renovar nuestros pactos bautismales inspirados por la sinceridad divina antes de concluir la gloriosa Pascua de la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesucristo, debemos intentar cumplir la voluntad de Dios. Los mártires son los santos a quienes les manifestamos una sana envidia con respecto a su fe, porque ellos se esforzaron en vivir y morir para Jesús. Nosotros no seremos martirizados, pero, si queremos sentir que Jesús y nuestro Santo Padre viven en nuestros corazones, debemos sacrificarnos por nosotros mismos y por nuestros prójimos. Hermanos, somos propensos a rechazar todo lo que desconocemos. Es cierto que no podemos ver a Dios cara a cara, pero no debemos olvidar que Jesús habita en nuestro corazón porque él está en nosotros y en nuestros hermanos los hombres, de la misma forma que lo comulgamos, porque él es el Sacramento de la
Eucaristía. La semana anterior, cuando conmemoramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús, no estábamos tristes porque Jesús se fue al cielo desamparándonos a pesar de nuestros dolores de parto, él no se fue al cielo para alardear ante Dios por causa de su misericordia porque había cumplido a la perfección el plan salvador de Dios, así pues, el Hijo de María subió al cielo y se sentó a la derecha delPadre como Hombre según afirmamos al rezar el Credo, con la intención de interceder ante nuestro Padre común, para que nuestras debilidades sean sustituidas por virtudes. ¿Seremos capaces de dejar de cumplir la voluntad de Dios ignorando lo que Jesús y los santos han hecho por nuestra salvación? ¿Invalidaremos el esfuerzo que nuestros hermanos consagrados han hecho y harán a lo largo de la Historia renunciando a su felicidad material para salvar sus almas y las nuestras? El caminar de los creyentes se expresará más allá de la muerte. La Iglesia Católica no perecerá jamás.
Oremos henchidos de fe diciendo: Padre Santo, danos fuerza para soportar nuestro dolor. Fortalece mi voluntad para sufrir lo que creo que no puedo soportar si ese es el designio de tu voluntad, pero rómpeme el corazón y venda mis heridas con el amor que he de cumplir tu voluntad puntualmente sin desviarme de tu justa, recta y santa senda a la izquierda ni a la derecha.
6. ¿Qué tenemos que hacer para cumplir la voluntad de Dios? Nuestra sociedad se caracteriza por la ausencia de paz en nuestros corazones. Vivimos en un estado de tensión permanente. Muchos de nosotros vivimos etapas en las que ignoramos el concepto del descanso. Muchos de mis queridos lectores estáis preocupados porque carecéis de bienes materiales y espirituales. Algunos de mis lectores estáis pendientes de salir de las cárceles en las que estáis purgando los errores que cometísteis en vuestro pasado. ¿Cómo podrán encontrar la paz las adolescentes que son obligadas a abortar por sus padres y sus amantes carentes de amor? Quienes aman el divino don de la paternidad, ¿cómo pueden obligar a sus hijas a desprenderse de una parte de su ser? La paz del mundo por sí misma es insuficiente para ayudarnos a mantenernos fuertes en los días de nuestra acritud porque es inestable, pero nuestro Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: "Os dejo la paz, mi propia paz. Una paz que no es
la que el mundo da. No estéis angustiados, no tengáis miedo" (Jn. 14, 27). Nosotros le preguntamos al Mesías: Jesús, ¿qué tenemos que hacer para vencer nuestro miedo? Jesús nos responde por mediación del más amado de sus Apóstoles: "El Abogado, el Espíritu Santo a quien el Padre enviará en mi nombre (En Pentecostés), hará que recordéis cuanto yo os he enseñado y os lo explicará todo" (Jn. 14, 26). Cuando oremos, cuando las dudas invadan nuestro corazón, debemos pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a dilucidar la causa o los hechos que nos atormentan, para que, posteriormente, aproveche nuestros dones y virtudes y su divina gracia, para superar nuestras preocupaciones. Si confiamos en Dios, llegará el día en que nos sorprenderemos de los resultados que conseguiremos al ejercitar nuestros dones y virtudes, porque el Abogado expandirá nuestras dádivas espirituales para que produzcamos frutos que únicamente podrán ser calificados como milagros.
7. "Este mensaje que os transmito -nos dice Jesús-; es del Padre, que me envió" (Jn. 14, 24). Muchos de nuestros hermanos se han acostumbrado a orar en la presencia de Jesús porque se han familiarizado con él al leer o escuchar su Palabra. Estos hermanos nuestros son buenas personas y fervorosos cristianos, pero no cultivan ningún trato con el Padre ni con el Espíritu Santo. Dios esPadre, Hijo y Espíritu Santo. Conocemos el misterio trinitario de tres Santísimas Personas que son un solo Dios verdadero. Jesús, después de venir al mundo a comunicarnos el Evangelio, el mensaje salvador de Dios, y después de morir crucificado y de resucitar por nosotros y para nosotros, ascendió al cielo porque él no vino al mundo por sí mismo, pues fue el Padre quien lo indujo a venir a nuestro encuentro. Esto no significa que Jesús no nos haya amado jamás, sino que el Señor hizo tan suya la voluntad de Dios, que ni siquiera estimó la posibilidad de olvidar el cumplimiento de la voluntad de
nuestro Santo Padre común.
8. Jesús ascendió al cielo, pero nos prometió que volverá a estar junto a nosotros. Debemos alegrarnos por causa de la Ascensión de nuestro querido Hermano porque él está con nuestro Padre común, y ambos vendrán a nuestro encuentro y vivirán en nuestros corazones. Nos ha sido necesario contemplar a Jesús en su Ascensión para que el Espíritu Santo sea recibido por nosotros en Pentecostés, porque, si Jesús no se hubiera ido al cielo, nos seguiría manifestando su amor resolviéndonos nuestros problemas, sin percatarse de que es imprescindible que sucumbamos bajo los efectos del dolor, para que así podamos aprender el verdadero valor del amor.
9. Durante el tiempo de Pascua Jesús se apareció a sus discípulos y los adoctrinó para que instituyeran la Iglesia. El Domingo anterior fue el gran día en que recordamos la Ascensión de nuestro Señor al cielo. Después de concluir la obra que el Padre le encomendó perfectamente, nuestro Hermano y Señor ascendió al cielo para interceder ante el Padre por nosotros, así pues, aunque el Señor concluyó su paso por el mundo, nosotros aún seguimos limando asperezas en nuestro entorno.
10. San Mateo, en la conclusión de su Evangelio, nos transmite el deseo de Jesús de que no nos guardemos nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, así pues, Jesús les decía a sus seguidores: "Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz del día, y lo que escuchais en secreto, pregonadlo desde las azoteas" (Mt. 10, 27). Jesús nos dice que no callemos nuestro conocimiento con respecto a las verdades de nuestro Padre común, pues él desea que transmitamos su Palabra utilizando a tal efecto todos los medios que estén a nuestro alcance. En el libro de los Salmos encontramos las siguientes palabras: "Las palabras del Señor son palabras auténticas como plata fina de ganga, refinada siete veces" (Sal. 12, 7). En otro Salmo leemos: "No quites de mi boca las palabras sinceras, porque yo espero en tus mandamientos" (Sal. 119, 43). Si creemos en Dios, debemos comunicarles nuestra fe a nuestros hermanos los hombres, aunque ellos no nos comprendan en un principio.
11. El Señor quiere que bauticemos a nuestros discípulos. No debemos conformarnos hablándoles de Dios a nuestros prójimos. Es preciso que induzcamos a todos los hombres no bautizados a recibir los Sacramentos de nuestra Santa Madre la Iglesia. Los Sacramentos constituyen una fuente de vida que Dios ha dispuesto para colmarnos de gracias a sus hijos, por consiguiente, es esta la causa por la que todos los hombres de todos los rincones de la tierra han de recibir estas dádivas divinas para alcanzar la felicidad. Por sí mismos los Sacramentos se reducen a ritos simples, pero esas celebraciones tienen un significado muy importante para quienes experimentamos a través de la recepción de los mismos una realidad que se estará llevando a cabo en nuestra vida, hasta que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros.
12. Jesús ascendió al cielo y se quedó con nosotros al mismo tiempo. Jesús se quedó en nuestros prójimos, en los enfermos, en las viudas, en los huérfanos, y los mendigos, así pues, si el Señor no estuviera presente en la Iglesia, no podríamos recibirlo en la Eucaristía. Jesús como Hombre está sentado a la diestra de Dios Padre según manifestamos al rezar el Credo. A pesar de que Jesús no nos ha desamparado, debemos relacionarnos mejor con el Padre y el Espíritu Santo, pues quizá no les oramos mucho porque estamos acostumbrados a escuchar o leer la Palabra de Jesús que en su tiempo escribieron los Evangelistas canónicos.
Cuando los Apóstoles vieron cómo Jesús era ascendido al cielo se entristecieron porque se sintieron solos, pero la voz de un ángel les hizo reaccionar y esperar el cumplimiento de la divina promesa según la cual ellos recibirían el Espíritu Santo en Pentecostés, y posteriormente fundarían la Iglesia de Dios.
13. Al recordar la Ascensión de Jesús al cielo, nos cabe la posibilidad de preguntarnos si la vida de nuestro Señor tuvo un final feliz. Nuestro Señor subió al cielo sin dejar de ser hombre para fortalecer a sus seguidores para que ellos pudieran fundar la Iglesia, pero, el hecho de que surgiera la Iglesia primitiva de Jerusalén no fue el final de una historia feliz, sino el comienzo de una gran persecución contra muchos de nuestros hermanos que aún no se ha dado por finalizada, a pesar de que comenzó poco tiempo después de que el Hijo de María fuera ascendido al cielo. Todos sabéis lo que sufren nuestros hermanos cristianos de China y Cuba. Quienes os dirigísteis conmigo mediante carta al Ministro cubano Felipe Pérez Roque sabréis que el Dr. Leiva ha sido puesto en libertad, pero aún tiene que superar muchas dificultades. Jesús dice que cuando nos convertimos al Evangelio confrontamos nuestras creencias actuales con nuestro pensamiento del pasado (Cf. Mt. 13, 52), de tal
manera que nuestra experiencia vital y la gracia del Dios Uno y Trino, nos ayudan a discernir la forma, según la cual, hemos de actuar como hijos de nuestro Padre común.
14. Desde hace años gozo mucho al vivir el tiempo de Pascua. El año 2003 viví una de las pascuas más importantes de mi vida, así pues, al comenzar nuevamente a celebrar los domingos ordinarios, en la Víspera del Corpus Christi, me casé con una mujer a la que amo y admiro a pesar de mí mismo y por causa de sus virtudes. Las últimas Semanas de la Pascua fueron para mi novia y para mí una maratón en la que tuvimos que trabajar mucho para preparar la celebración religiosa de nuestro matrimonio, el banquete de bodas, la luna de miel, etcétera. Nuestra boda fue concelebrada por dos sacerdotes: José Luis Castillejo y el pintor Francisco Pineda, a quien Dios le concedió, durante la homilía que pronunciaron ambos servidores de nuestro Señor, la posibilidad de elogiarme de una forma que no merezco, así pues, valoró mi esfuerzo para hacer de Trigo de Dios, pan de vida, un libro de oración que posteriormente se ha convertido en una comunidad virtual. Os cuento esto porque José Luis
eligió para aquella ocasión la lectura de la conclusión del Evangelio de San Mateo, para incitarnos a mi mujer y a mí a que nunca nos cansáramos de constituir una familia con quienes encontráramos en este mundo en el que sobreabundan las ovejas sin pastor. Nosotros recibimos el Espíritu Santo cuando fuimos bautizados para que seamos capaces de formar una gran familia en el mundo, así pues, no nos diferenciamos de quienes no han recibido el Espíritu de Dios, pero tenemos una fe que ellos no tienen, una esperanza que ellos desconocen o si la conocen no pueden aceptar, y un amor al Dios que lo trasciende todo a quien ellos no han llegado a amar.
15. En este último Domingo de Pascua volvemos a comentar un Evangelio que comentamos al comenzar este importante tiempo litúrgico que finalizará hoy. Jesús Resucitado se apareció a sus Apóstoles y los animó a constituir la Iglesia Universal infundiéndoles su propia paz y acostumbrándolos a sentirse radiantes de alegría al tener el corazón henchido del Espíritu Santo. La institución de la Penitencia significa el gran poder con que Dios capacita a su pueblo para amar indiscriminadamente a quienes el mundo rechaza.
16. Sería muy positivo para nosotros y para quienes no creen en Dios que imitemos a los Apóstoles inspirados por el Santo Espíritu de Dios, con el fin de que aprendamos a hablar una gran diversidad de lenguas. ¿Habéis odiado a alguien en alguna ocasión? No os sintáis mal por ello, así pues, por sí mismo, el odio no es malo, pero sí es un sentimiento inoportuno. Conjeturad las actitudes positivas y negativas de vuestra vida para que vuestros talentos rindan al cien por ciento de vuestra capacidad de producir frutos excelentes en cada momento de vuestra vida.
(Adaptación y ampliación de las meditaciones del Domingo VI de Pascua, la Ascensión del Señor y Pentecostés del año 2004).

Oración de los fieles

V. En este santísimo día que terminamos las fiestas pascuales, oremos, hermanos y hermanas, al Padre por mediación de su Hijo Jesucristo, que nos envía el Espíritu Santo para confirmar y acrecentar la renovación pascual de su Iglesia: Respondemos a cada petición: Te rogamos, Señor, óyenos.

1. Por la santa Iglesia de Dios: para que, llena de los dones del Espíritu, sea congregada en la unidad, roguemos al Señor.
2. Por nuestro santo Padre el Papa, nuestros obispos y por todos los sacerdotes: para que les conceda en abundancia el Espíritu de sabiduría y santidad, roguemos al Señor.
3. Por todos los que trabajan por la paz y la concordia entre los pueblos: para que logre reunir a los seres humanos en el amor, roguemos al Señor.
4. Por los que son víctimas de la debilidad humana, de los extravíos de su propio espíritu o de los errores del mundo: para que el Espíritu del Señor los lleve por las sendas del bien y de la verdad, roguemos al Señor.
5. Por el pueblo de Dios aquí reunido, por los fieles de nuestra comunidad y de nuestra diócesis: para que la fuerza del Espíritu nos haga crecer a todos en la fe y en la unidad, roguemos al Señor.
6. Por nuestras comunidades virtuales: para que el Espíritu Santo les conceda sabiduría a los moderadores y participantes de las mismas, para que aumente el número de los que entre nosotros dan la cara por Cristo en todos los campos en que trabajan, y para que aumente el número de hermanos y miembros de las mismas, roguemos al Señor.
7. Añadir nuevas peticiones.

V. Dios todopoderoso y eterno, que has derramado tu Espíritu sobre los seres humanos; escucha las oraciones de tu Iglesia para que, los pueblos dispersos por la división de las lenguas, lleguen finalmente a la unidad en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Señor, que el Espíritu Santo nos haga comprender mejor, según la promesa de tu Hijo, el misterio de este sacrificio y toda la profundidad del Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque tú, para llevar a su plenitud el misterio pascual, has enviado hoy al Espíritu Santo sobre aquellos a quienes adoptaste como hijos al injertarlos en Cristo, tu Unigénito. Este mismo Espíritu fue quien, al nacer la Iglesia, reveló a todos los pueblos el misterio de Dios y unió la diversidad de las lenguas en la confesión de una misma fe. Por eso, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria. Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban las maravillas de Dios. Aleluya (Hch. 2, 4 y 11).

Oración después de la Comunión

Señor, tú que nos concedes participar de la vida divina por medio de tus sacramentos, conserva en nosotros el don de tu amor y la presencia viva del Espíritu Santo, para que esta comunión nos ayude a obtener nuestra salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne de Pentecostés

V. Que Dios, Padre de las luces, que en este día iluminó la mente de los discípulos con la luz del Espíritu Santo, os alegre con su bendición y os llene siempre con los dones de su Espíritu.
R. Amén.
V. Que el mismo fuego divino que de manera admirable descendió sobre los Apóstoles, purifique vuestros corazones de todo pecado y los ilumine con su claridad.
R. Amén.
V. Que el mismo Espíritu que unió todas las lenguas en una sola confesión de fe, os conceda perseverar en ella y llegar, así, a ver plenamente lo que ahora esperáis.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 10/04/07 22:09

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