TRIGO DE DIOS
Natividad de San Juan Bautista, ciclo c en TRIGO DE DIOS
Natividad de San Juan Bautista, ciclo c
Natividad del Bautista según San Lucas.
Padre nuestro.
Domingo, 24-06-2007, Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.
Edición número 108.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía de la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, y lectura después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía.
Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.
Canto de entrada:
Marchamos unidos.
Marchamos unidos
hacia el mundo nuevo
el que construiremos
siguiendo al Señor.
Dios nos dio un corazón
nuevo para amar,
una mente nueva,
para el mundo renovar.
Nuestra fuerza es el amor,
nuestra luz la fe,
y nuestra esperanza,
está firme en el Señor.
Lucharemos por Jesús,
hasta el final,
seremos testigos,
de la salvación de Dios.
(Desconozco el autor de esta canción).
Antífona de entrada:
Apareció un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto (JN. 1, 6-7; LC. 1, 17).
Saludo del sacerdote:
La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada:
Sed bienvenidos a la casa de Dios.
Hoy nos hemos congregado ante el altar del Señor para celebrar la natividad del mayor de todos los nacidos de mujer, según palabras de nuestro señor. Iniciemos esta celebración eucarística dándole gracias a Dios por habernos dado la oportunidad de conocer la vida y la obra de un gran Santo que defendió su fe hasta morir defendiendo sus creencias, y pidámosle a nuestro Criador que nos haga fuertes como el Bautista, con el fin de que defendamos nuestra ideología más allá de los planteamientos del mundo.
Acto penitencial:
Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.
Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro señor.
V. Tú que eres la plenitud de la verdad y de la gracia: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que te has hecho pobre para enriquecernos: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que has venido para hacer de nosotros tu pueblo santo: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.
Oración colecta:
Padre omnipotente, que confiaste a san Juan Bautista la misión de prepararle a Cristo Jesús un pueblo bien dispuesto; concede a tu Iglesia la alegría espiritual y guía nuestros pasos por el camino de la salvación y de la paz. Por el mismo Jesucristo, tu Hijo, que contigo y el Espíritu santo vive y reina en unidad y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra:
Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes:
Monición de la primera lectura:
Dios eligió a San Juan bautista para que le preparara a Jesús el camino, y nos ha elegido a nosotros para que seamos los precursores del Mesías que ha de venir a nuestro encuentro a concluir nuestra redención al final de los tiempos.
Primera lectura:
Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra.
Lectura de la Profecía de Isaías, 49, 1-6.
¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! Yahveh desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hízome como saeta aguda, en su carcaj me guardó. Me dijo: "Tú eres mi siervo (Israel), en quien me gloriaré. Pues yo decía: "Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que Yahveh se ocupa de mi causa, y mi Dios de mi trabajo? Ahora, pues, dice Yahveh, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh, mi Dios era mi fuerza. "Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Monición del salmo responsorial:
Dios trabaja incesantemente para perfeccionarnos y santificarnos.
Salmo responsorial:
R. Yahveh, tú me escrutas y conoces.
SAL. 139, 1-3, 13-15.
Yahveh, tú me escrutas y conoces, sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas. Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando yo era formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra.
Monición de la segunda lectura:
A continuación se nos resume brevemente la misión que desempeñó cabalmente el Precursor del Mesías.
Segunda lectura:
A vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, 13, 22-26.
"depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De la descendencia de éste, Dios, según la promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: "Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies." "Hermanos, hijos de la raza de Abraham, y cuantos entre vosotros temen a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, señor.
Aleluya, Aleluya: Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del señor, para preparar sus caminos (LC. 1, 76). Aleluya.
Monición del Evangelio:
Recordemos la natividad de aquel de quien nuestro señor dijo que es el más importante de todos los nacidos de mujer.
Evangelio:
¿Qué será este niño?
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.
LC. 1, 57-66, 80.
Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: "No; se ha de llamar Juan." Le decían: "No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre." Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre." Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: "Pues ¿qué será este niño?" Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
Palabra del señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
La Natividad del Bautista según San Lucas.
Estimados hermanos y amigos:
Hoy celebramos la Natividad de San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, es decir, el hombre que dispuso el corazón de quienes aceptaron su mensaje, para que estuvieran listos para aceptar a Jesús, una vez que nuestro Señor comenzó a predicar el Evangelio. En el Evangelio de San Lucas leemos: "Nada hay imposible para Dios" (CF. LC. 1, 37). Si Jesús vivió en el mundo en medio de la miseria desechando la oportunidad que pudo haber tenido de ser el hombre más rico de todos los tiempos, y se entregó al cumplimiento de la misión que Dios le encomendó hasta el punto de sacrificarse, no ha de extrañarnos el hecho de que nuestro señor eligiera como Precursor suyo a un hombre que fue formado por los esenios, y, aun después de haber iniciado la formación de sus discípulos, prefirió seguir alejado del mundo según hacían los esenios, con tal de evitar contagiarse con los pecados mundanos, ya que El deseaba ser purificado totalmente por nuestro Padre común.
Quizá nos preguntamos: ¿Por qué recordamos hoy a un fanático del Judaísmo cuyas creencias son muy discutidas en nuestro tiempo? ¿Por qué celebramos el nacimiento de un hombre que no supo comprender que debía vivir en el mundo para salvar al mundo? Aunque podemos tener dudas con respecto al comportamiento del Precursor de Jesús, no podemos decir que el hijo de Elisabeth actuó trasgrediendo la Ley de Dios, pues debemos reconocer que entre nosotros debiéramos encontrar a muchos imitadores del citado Profeta que estuvieran dispuestos a defender su fe con todas las consecuencias que ello pueda implicar.
San Lucas nos narra en su Evangelio la Natividad del Santo que hoy conmemoramos: "Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase (sacerdotal) de Abías; su mujer era de las hijas (descendientes) de Aarón, y se llamaba Elisabeth. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor" (LC. 1, 5-6). Nos encontramos en el texto que estamos meditando a un sacerdote justo y piadoso cuya mujer era estéril, así pues, he aquí un matrimonio amante de la observancia de la Ley, que estaba sufriendo el peso de una enfermedad que en aquel tiempo era una desgracia lamentable para ambos. La prueba de que nuestro Padre común utilizará la curación de los enfermos al final de los tiempos para convertir a la humanidad al Evangelio, consiste en que Dios fortalece sobremanera a quienes confían en El cuando son atormentados por el padecimiento. Esta es la razón por la que cuando nuestro Señor se desangraba y perdía la vida lentamente en su cruz dijo las dos siguientes palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (MT. 27, 46), y: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (LC. 23, 46). El mismo Jesús que cargó con el peso de nuestras miserias hasta el punto de sucumbir bajo el poder de la muerte, hubo de conocer el significado de la pérdida de la fe, pues, de la misma manera que tuvo que morir para vencer a la muerte y llevar a cabo nuestra resurrección al final de los tiempos, tuvo que perder la fe, con el fin de conducirnos a la presencia de Dios, a quienes en algún momento de nuestra vida no hemos querido o no hemos podido creer plenamente en nuestro Criador. Pensemos que de los padres del Bautista marcados por el dolor y la desesperación, nació un gran Profeta.
"Pero no tenían hijo, porque Elisabeth, era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada. Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor" (LC. 1, 7-12). Quizá pensamos que Zacarías debería de haberse alegrado de ver al mensajero de Dios que le fue enviado por nuestro Padre común para comunicarle la buena nueva de su paternidad, pero, para comprender el miedo del futuro Padre del Bautista, hemos de tener en cuenta que los judíos tenían miedo de ver a Dios, porque, dado que ellos se consideraban pecadores y por tanto réprobos por nuestro Criador, pensaban que, si eran vistos por nuestro Creador, la justicia divina se ejecutaría implacablemente contra ellos. Esta es la razón por la cuál Adán y Eva, después de haberse alimentado con el fruto prohibido en el Edén, se escondieron de nuestro Padre común cuando El se paseaba por el citado jardín paradisíaco, porque ellos, al intentar ascender en su superación, se encontraron con que, al querer alcanzar nuevas metas sin la ayuda de Dios, se sintieron desnudos de nuestro Padre común, y, por tanto, inaceptos para sí mismos. El autor del Salmo 106 escribió: "Sálvanos, Jehová Dios nuestro, y recógenos de entre las naciones, para que alabemos tu santo nombre, para que nos gloriemos en tus alabanzas" (SAL. 106, 47).
"Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabeth te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan" (LC. 1, 13). Podemos aplicarnos las palabras que el Angel de Dios le dijo a Zacarías, diciéndonos, por ejemplo: No temamos por causa de nuestros problemas familiares, porque Dios nos ayudará a sobrellevarlos, sin que los mismos nos sean muy gravosos, o: No temamos por nuestra carencia de trabajo, porque nuestro Padre común proveerá todas nuestras necesidades. Necesitamos creer en Dios para no perder la fe en la Santísima Trinidad.
"Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre" (LC. 1, 14-15). Hagamos un paréntesis en el relato del anuncio de la natividad del Bautista para recordar lo que habían de hacer los nazareos -o nazires- según lo estipulado en la Ley de Dios y de Israel:
"Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: El hombre o la mujer que se apartare haciendo voto de nazareo, para dedicarse a Jehová, se abstendrá de vino y de sidra; no beberá vinagre de vino, ni vinagre de sidra, ni beberá ningún licor de uvas, ni tampoco comerá uvas frescas ni secas. Todo el tiempo de su nazareato, de todo lo que se hace de la vid, desde los granillos hasta el hollejo, no comerá. Todo el tiempo del voto de su nazareato no pasará navaja sobre su cabeza; hasta que sean cumplidos los días de su apartamiento a Jehová, será santo; dejará crecer su cabello. Todo el tiempo que se aparte para Jehová, no se acercará a persona muerta. Ni aun por su padre ni por su madre, ni por su hermano ni por su hermana, podrá contaminarse cuando mueran; porque la consagración de su Dios tiene sobre su cabeza" (Núm. 6, 1-7). Los nazires no podían consumir alcohol porque tenían el deber de permanecer en el cumplimiento de sus obligaciones morales sin perder el juicio y sin distraerse. Ellos debían tener el pelo largo y no debían afeitarse para que el pueblo conociera que eran siervos de Dios, y no podían acercarse a los muertos, porque ello significaba que quedaban impuros desde la óptica de la Ley, y, por otra parte, esta prohibición estaba relacionada con que Dios es Dios de vivos y no de muertos, lo cuál explica que sus siervos no se acercaran a los muertos, dado que la muerte era para ellos un estado semejante a la nada.
"Todo el tiempo de su nazareato, será santo para Jehová. Si alguno muriere súbitamente junto a él, su cabeza consagrada será contaminada; por tanto, el día de su purificación raerá su cabeza (en señal del reconocimiento público de su pecado); al séptimo día la raerá. Y el día octavo traerá dos tórtolas o dos palominos al sacerdote, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y el sacerdote ofrecerá el uno en expiación, y el otro en holocausto; y hará expiación a causa de lo que pecó a causa del muerto, y santificará su cabeza en aquel día. Y consagrará para Jehová los días de su nazareato, y traerá un cordero de un año en expiación por la culpa; y los días primeros serán anulados, por cuanto fue contaminado su nazareato. Esta es, pues, la ley del nazareo el día que se cumpliere el tiempo de su nazareato: Vendrá la puerta del tabernáculo de reunión, y ofrecerá su ofrenda a Jehová, un cordero de un año sin tacha en holocausto, y una cordera de un año sin defecto en expiación, y un carnero sin defecto por ofrenda de paz. Además un canastillo de tortas sin levadura, de flor de harina amasadas con aceite, y hojaldres sin levaduras untadas con aceite, y su ofrenda y sus libaciones. Y el sacerdote lo ofrecerá delante de Jehová, y hará su expiación y su holocausto; y ofrecerá el carnero en ofrenda de paz a Jehová, con el canastillo de los panes sin levadura; ofrecerá asimismo el sacerdote su ofrenda y sus libaciones. Entonces el nazareo raerá a la puerta del tabernáculo de reunión su cabeza consagrada (no como señal de comisión de pecado, sino de finalización del cumplimiento de su nazareato), y tomará los cabellos de su cabeza consagrada y los pondrá sobre el fuego que está debajo de la ofrenda de paz. después tomará el sacerdote la espaldilla cocida del carnero, una torta sin levadura del canastillo, y una hojaldre sin levadura, y las pondrá sobre las manos del nazareo, después que fuere raída su cabeza consagrada; y el sacerdote mecerá aquello como ofrenda mecida delante de Jehová, lo cual será cosa santa del sacerdote, además del pecho mecido y de la espaldilla separada; después el nazareo podrá beber vino (como señal de la vuelta de la vivencia de su nazareato a la realización de sus actividades ordinarias). Esta es la ley del nazareo que hiciera voto de su ofrenda a Jehová por su nazareato, además de lo que sus recursos le permitieren; según el voto que hiciere, así hará, conforme a la ley de su nazareato" (Núm. 6, 8-21).
Continuemos meditando el anuncio de la natividad del Bautista a Zacarías:
"Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él (delante del Mesías) con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 16-18). "He aquí, yo os envío el profeta Elías (un profeta con el ímpetu del formador espiritual de Eliseo), antes que venga el día de Jehová (antes del juicio universal), grande y terrible (grande para los santos y terrible para los pecadores). El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo (Dios) venga y hiera la tierra con maldición" (MAL. 4, 5-6).
Hagamos otro paréntesis en nuestra meditación para comprobar que el espíritu del Bautista era idéntico al espíritu de Elías, por lo cual decimos que ambos son el mismo servidor de Dios, Elías, pues él vino al mundo antes que el Bautista, por lo cual conocemos a los dos con el nombre del vencedor de los profetas baalitas.
Jesús dijo con respecto al Bautista en cierta ocasión: "DE cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño (humilde) en el reino de los cielos, mayor es que él (porque el Bautista fue servidor de los humildes, y para ello se empequeñeció hasta morir por no renegar de su fe). Desde los días de Juan el bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan" (MT. 11, 11-13). "La ley y los profetas eran (válidos para los judíos creyentes en Jesús) hasta Juan; desde entonces el reino de los cielos es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él" (LC. 16, 16). "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir" (MT. 11, 14).
"Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas (abrirá los corazones de los creyentes al Mesías). Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron (aceptaron), sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista" (MT. 17, 10-13).
Continuemos meditando el pasaje evangélico lucano del anuncio de la natividad del Bautista a Zacarías:
"Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas" (LC. 1, 18-19). "Gabriel, enseña a este la misión" (DAN. 8, 16). "Aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde" (DAN. 9, 21).
"Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar -le siguió diciendo san Gabriel a Zacarías-, hasta el día en que esto se haga (hasta el día en que se cumpla lo que te he venido a anunciar), por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo" (LC. 1, 20). Zacarías perdió la voz hasta que se cumplió el octavo día del nacimiento de su hijo, así pues, el mundo no tendrá fe hasta que vea a Dios, y, hasta que no conozca y acepte a nuestro Padre común, se negará a predicar la palabra que desconoce. Zacarías, a pesar de ser sacerdote, no creyó la revelación que le hizo San Gabriel. Nuestros sacerdotes son tan imperfectos como lo somos nosotros, pero no por eso dejan de ser ministros de Cristo a quienes tenemos que permanecer obedientes, porque ellos viven exclusivamente para santificar a las almas cuyo cuidado espiritual les ha sido encomendado.
"Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario. Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario. El les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa. Después de aquellos días concibió su mujer Elisabeth, y se recluyó en casa por cinco meses (era polémico el hecho de que una mujer mayor de edad quedara embarazada), diciendo: Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres" (LC. 1, 21-25).
"Cuando a Elisabeth se le cumplió el tiempo de su alumbramiento, dio a luz un hijo. Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella. Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño; y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías" (LC. 1, 57-59).
Hagamos una nueva interrupción de esta meditación para ver lo que dice la Ley de Israel con respecto a la purificación de las mujeres después de dar a luz, y lo que dice el Génesis con respecto a la circuncisión:
"Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda. Y al octavo día se circuncidará al niño. Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario, hasta cuando sean cumplidos los días de su purificación. Y si diera a luz hija, será inmunda dos semanas (por causa de la culpabilidad de la comisión del pecado original atribuida a Eva y por extensión a todas las mujeres), conforme a su separación, y sesenta y seis días estará purificándose de su sangre. Cuando los días de su purificación fueren cumplidos, por hijo o por hija, traerá un cordero de un año para holocausto, y un palomino o una tórtola para expiación, a la puerta del tabernáculo de reunión, al sacerdote; y él los ofrecerá delante de Jehová, y hará expiación por ella, y será limpia del flujo de su sangre. Esta es la ley para la que diere a luz hijo o hija. Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas o dos palominos, uno para holocausto y otro para expiación; y el sacerdote hará expiación por ella, y será limpia" (LV. 12, 1-8).
"Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto" (GN. 17, 9-14).
Continuemos meditando el texto lucano:
Fijaos con qué problema se encontró Elisabeth: Zacarías, el padre del niño, el único que tenía poder para imponerle el nombre a su hijo, estaba mudo, y ella, sin la capacidad que le era necesaria para no llamar a su hijo con el nombre de su marido por respeto a su cónyuge, no les podía explicar, a sus parientes y a sus vecinos, que su hijo tenía que llamarse Juan, por deseo expreso de Dios. En ciertas ocasiones, algunos cristianos, con tal de no renegar de nuestra fe, nos metemos en problemas cuya resolución puede ser desagradable para nosotros, aunque no tanto como puede serlo el hecho de sentirnos lejos de la presencia de nuestro Padre celestial.
"Pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan. Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie entre tu parentela que se llame con ese nombre. Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar. Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron. Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios. Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? y la mano del Señor estaba con él" (LC. 1, 60-66). Fijaos que la gente no pensaba en lo que Dios había hecho en aquella ocasión, sino en el poder que caracterizaba al niño recién nacido, para que el mismo hiciera que su padre hablara. Nosotros solemos utilizar la mediación de los santos y de nuestros seres queridos para acercarnos a Dios, y ello no es pecaminoso, pero a nuestro Padre le gustaría que le habláramos con confianza, y que no utilicemos a nuestros intermediarios ante El como el niño pequeño que hace una travesura, y, temiendo que su padre lo abofetee, le pide a su madre que le ayude a salir del paso.
Oración de los fieles:
V. Oremos por nosotros, por nuestros familiares y amigos, por la Iglesia y por todos los que aún no han aceptado a nuestro Padre común, y pidámosle a nuestro Padre común que, la celebración de la Natividad del Bautista, avive en nosotros la esperanza de ser salvos por nuestro Padre común.
Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, escucha nuestra oración.
V. Por el Papa, por todos los religiosos y laicos de la Iglesia Católica, para que podamos cumplir tu voluntad sin que el mundo nos aparte de tus sendas. Oremos.
V. Oremos por los gobernantes de nuestras naciones, para que el Espíritu Santo les inspire obras santas mediante las cuales cumplan debidamente el deber que les ha sido encomendado. Oremos.
V. Oremos por la conversión del mundo, porque debemos comprender que, sin ti, Padre Santo, no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Oremos.
V. Por nosotros, para que nos hagas predicadores de tu Palabra en un mundo que no puede o no quiere aceptarte e ignora que no es todopoderoso. Oremos.
V. Por los estudiantes y sus profesores, para que el verano sea para ellos un tiempo fecundo en el que puedan meditar los unos con respecto a la necesidad que tienen de ser formados, y los otros sobre el ejercicio de la vocación de la instrucción. Oremos.
V. Añadir nuevas peticiones.
V. Escucha, Padre Santo, las oraciones de quienes nos hemos reunido ante tu altar en la Solemnidad de la Natividad del Precursor del Mesías, y haznos valientes proclamadores del Evangelio, para que podamos ver pronto cómo completas la instauración de tu Reino de amor entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia eucarística:
Canto del Ofertorio:
Aquí estoy, envíame a mí.
quiero agradecerte
los dones que me has dado
el amor que paso a paso
encuentro en mi caminar.
Y es que eres tú Señor,
el que da vida a mi vida,
el que busca mi alegría,
y me lleva a la verdad.
Siento dentro de mi alma
el deseo de compartir
este don y la esperanza
de llegar un día a ti,
y por eso hoy te pido
Señor me envíes a mí
a llevar a cada alma
tu amor reflejado en mí.
Dame Señor las armas
con las que debo seguir,
y no dejes que el pecado
me haga huir de ti.
Sé que esto es Señor
lo que tú quieres de mí,
y por eso hoy te digo:
aquí estoy, envíame a mí.
Caminar contigo es fácil,
si se vive en tu amor,
y llegar un día a estar
todos a tu derredor
y por eso una alegría
a tu corazón daré,
hazme un río de agua viva
y al mundo entero regaré.
(Desconozco el autor de esta canción).
Oración sobre las ofrendas:
Padre nuestro, hemos depositado nuestros dones sobre tu altar para celebrar dignamente el nacimiento de San Juan Bautista, que anunció la venida y señaló la presencia del Salvador del mundo, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Prefacio:
La misión del Precursor.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Hoy alabamos tu grandeza manifestada en san Juan Bautista, el precursor de tu hijo y el mayor de los nacidos de mujer. El, antes de nacer, saltó de alegría en el vientre de su madre al sentir la proximidad del Salvador. Fue el único profeta que señaló al Cordero que quita el pecado del mundo. El bautizó en el río Jordán al mismo autor del bautismo y el agua viva, desde entonces, tiene poder de salvación para todos los hombres. Finalmente mereció dar el supremo testimonio de Cristo, derramando su sangre por él. Por eso, unidos a los coros de los ángeles, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión:
Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos traerá del cielo la visita del Sol naciente. (CF. LC. 1, 78).
Canto de la Comunión:
SEÑOR, A TI CLAMAMOS
1- Señor, a Ti clamamos:
¡envíanos tu Salvador!
Confiados esperamos tu Luz,
tu Vida y tu Amor.
Ven, oh Señor, danos tu Paz,
tu pueblo ansioso clama a Ti:
¡socórrenos, no tardes más!
2- Anhelos del Mesías
tu pueblo eleva su cantar;
tristeza es nuestra vida,
vivida sin tu paz.
3- Recuerda tu promesa
y tu deseo de salvar.
Inmensa es la tristeza
de nuestro peregrinar.
4- Que a nuestro ardiente anhelo
germine ya tu Salvador
y lluevan hoy los cielos
rocío de bendición.
5- La espera del Mesías
también nos viene a recordar
su última venida
en gloria y majestad.
(Desconozco el autor de esta canción del tiempo de Adviento).
Lectura después de la Comunión:
Leer el capítulo 3 del Evangelio de San Lucas.
Oración después de la Comunión:
Restauradas nuestras fuerzas en el banquete del cordero celestial, te pedimos, Padre, que en esta celebración gozosa del nacimiento de san Juan Bautista, acrecientes la fe de la Iglesia en quien Juan esperó y cuya venida anunció: Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Canto final:
CANTEMOS HERMANOS
1- Cantemos hermanos un himno de amor,
cantemos alegres a nuestro Señor.
Unidos comimos el Pan del altar,
unidos cantemos al Rey celestial.
2- Trajimos al templo trabajo y dolor
de días pasados en ruda labor.
Salgamos llevando la fuerza y la paz
que alienten los días que van a empezar.
3- Cantemos hermanos, la gloria de Dios;
cantemos el Día que hizo el Señor.
Jesús nos recuerda el misterio pascual.
¡Perenne aleluya resuene triunfal!
(desconozco el autor de esta canción).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 22/06/07 23:04
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