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La Ascensión del Señor, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

La Ascensión del Señor, ciclo c.

Comentario de HCH. 1 1-11. Padre nuestro

Domingo, 20-05-2007, Solemnidad de la Ascensión del Señor, ciclo c.

Edición número 102.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Solemnidad de la Ascensión del Señor, ciclo c. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura de´spués de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Solemnidad de la Ascensión del señor, ciclo c.

Canto de entrada.

Ascensión del Señor

1- Oh Jesús, Redentor y vida nuestra,
nuestro amor y deseo más ardiente;
como Dios, Tú creaste todo el mundo,
como hombre viniste al fin del tiempo.

2- ¿Qué clemencia te inclina hasta el extremo
de cargar nuestras culpas y pecados?.
Padeciendo en la cruz la muerte cruenta
a los hombres libraste de la muerte.

3- Penetrando el abismo del infierno
redimiste, Señor, a tus cautivos,
y después de vencer en noble triunfo
a tu trono volviste junto al Padre. Amén.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada

Hombres de Galilea, ¿qué hacéis allí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús, que os ha dejado para subir al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse. Aleluya (Hch. 1, 11).

Saludo del sacerdote:

Que Jesús resucitado y glorificado a la derecha del Padre interceda por nosotros y permanezca con cada uno de ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

A pesar de que nuestro Señor ha sido ascendido al cielo en este glorioso día, no hemos de sentirnos tristes por causa de su partida, porque él está en la Eucaristía, en nuestros prójimos y en nosotros, por consiguiente, cuando tengamos el deseo de contemplar al Hijo de María, celebraremos la Eucaristía y haremos el bien en beneficio de nuestros prójimos, pues en ellos vive la razón de nuestra existencia.

Acto penitencial:

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. Tú que volviste junto al Padre: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que fuiste glorificado para siempre: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que nos haces ascender al cielo contigo: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oración colecta

Llena, Señor, nuestro corazón de gratitud y alegría por la gloriosa ascensión de tu Hijo, ya que su triunfo es también nuestra victoria, pues a donde llegó él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes.

Monición de la primera lectura:

Los Apóstoles se alegraron por Jesús cuando nuestro Señor fue ascendido al cielo, porque sabían que él se merecía la permanencia eterna junto a nuestro Padre común, como don causado por su sacrificio redentor, pero ellos estaban tristes por sí mismos y por todos los creyentes, porque se sentían solos si Jesús no guiaba sus vidas. Imitemos a los Apóstoles en esta celebración de la Ascensión del Señor, en su espera expectante, para que, el próximo Domingo, podamos celebrar nuestra recepción del Espíritu Santo.

Primera lectura:

Lo vieron levantarse.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11.

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
- «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
- «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
- «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial:

Que nuestra vida sea la ejecución de una bella melodía. Seamos instrumentos musicales en las manos de nuestro Señor, y que, el cumplimiento de la voluntad de nuestro Criador por nuestra parte, sea un cántico celestial, bajo el amparo de la divina Providencia.

Salmo responsorial:

R. Dios asciende entre aclamaciones; el señor, al son de trompetas. Aleluya.

O bien:

R. Aleluya.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.

Monición de la segunda lectura:

Al meditar sobre la Ascensión de nuestro Señor al cielo, escuchemos atentamente lo que San Pablo nos dice del Espíritu de Dios, para prepararnos a celebrar el Domingo de Pentecostés la próxima semana.

Segunda lectura:

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 17-23.

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo -sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Vayan y enseñen a todas las naciones, dice el Señor, y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (MT. 28, 19. 20).

Monición del Evangelio:

Jesús fue lleno del poder de Dios, no para actuar en su beneficio, sino para redimirnos de la adversidad que atañe a nuestra vida. Como hermanos agradecidos, durante la próxima semana, vamos a instruirnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, para que, a partir de Pentecostés, iniciemos la expansión de la Iglesia en el mundo, y no descansemos hasta que apresuremos la Parusía o retorno de Jesús. Jesús ha sido ascendido al cielo, pero, cuando la próxima semana celebremos el surgimiento de nuestra Iglesia universal de la que todos debemos formar parte activa, debemos evangelizar y bautizar a todo el mundo, y devolverles la fe, a quienes han perdido la citada virtud teologal.

Evangelio:

Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

Conclusión del Santo Evangelio según San Lucas, 24, 46-53.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. »
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Jesús ascendió al cielo y se quedó en la Iglesia y en nuestra vida.

Estimados hermanos y amigos:
Esta celebración es agridulce para nosotros, así pues, por una parte nos alegramos de que la historia de Jesús no se viera interrumpida por la muerte, pues sabemos que el Mesías resucitó de entre los muertos, pero por otra parte nos sentimos tristes, dado que, aunque sabemos que el Hijo de María ha vencido a la muerte, esta vez El se ha separado de nosotros para siempre. Es verdad que El nos ha prometido que volverá a nuestro encuentro a concluir nuestra salvación, pero sólo podemos aceptar esta realidad a partir de nuestra fe, la mayor certeza que tenemos de que nuestro Padre común cumplirá la promesa de llevarnos a vivir en su presencia.
Sabemos que Jesús se ha ido al cielo y nos alegramos de que El haya superado el drama humano del dolor, pero nos sentimos tan solos como se sintieron los Apóstoles la noche de aquel Jueves Santo en que nuestro Señor fue puesto a disposición de sus enemigos por Judas Iscariote.
Cuando nos despedimos de uno de nuestros familiares o de alguno de nuestros amigos queridos nos sentimos tristes si consideramos que nos separamos de alguien a quien amamos mucho, pero nos queda la alegría de poder darle gracias a Dios por habernos dado la oportunidad de compartir una parte de nuestra vida con un ser muy especial para nosotros. A pesar de que nuestro Señor ha sido ascendido al cielo, nosotros tenemos algo más que el recuerdo del Hijo de María, ya que Jesús vive en nuestros corazones, en nuestros prójimos -y lo hace de una forma especial en aquellos que sufren por cualquier causa-, y en los Sacramentos de nuestra Santa Madre la Iglesia, así pues, esta es la razón por la cuál Dios se nos manifiesta por medio del texto de las Escrituras, los textos de los Padres de la Iglesia y la predicación de las almas inspiradas por el Espíritu Santo.
Al conmemorar la Ascensión de nuestro Señor al cielo, al constatar que Jesús cumplió la voluntad de Dios perfectamente al redimirnos, podemos comprender y por tanto aceptar el significado del Nacimiento del Hijo de Dios en la más absoluta pobreza, la huida de la Sagrada Familia desde Belén a Egipto, y todos los episodios dramáticos de la vida de nuestro Señor, especialmente las horas durante las que se prolongó su Pasión y su muerte. A propósito de nuestra vivencia del dolor, muchas son las veces que nos preguntamos por qué estamos enfermos, cuál es la causa por la que carecemos de trabajo y por qué tenemos otras vivencias dolorosas, y sólo pensamos en Dios para lamentarnos de que no comprendemos su forma de actuar, y para culpar a nuestro Padre común por todos los hechos desagradables que vivimos, de forma que evitamos pensar que nuestro Padre común sabe perfectamente lo que tiene que hacer para que nos dejemos redimir por El.
Deseo invitaros a recordar la Ascensión de nuestro señor al cielo leyendo y meditando los primeros versículos del capítulo 1 de los Hechos de los Apóstoles, pues, aunque todos los años meditamos este texto, es bueno que volvamos a reflexionar sobre el mismo, porque no sabemos si Dios se servirá de los citados versículos bíblicos para inspirarnos una nueva enseñanza que o bien la desconocemos o la hemos olvidado aunque la aprendimos hace años.
"En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios" (HCH. 1, 1-3). Gracias a San Lucas, sabemos que nuestro Señor, durante los días de Pascua, a partir del Domingo de Resurrección, se les apareció a sus Apóstoles, y los instruyó en el conocimiento de las verdades referentes al Reino de Dios. Dado que aún no hemos concluido la celebración de la Resurrección de nuestro Señor, nos es fácil recordar las dudas que tuvieron los Apóstoles de nuestro Señor antes de reconocer que el Hijo de María había vencido a la muerte, unas dudas que no nos sorprenden, dado que nosotros no estamos capacitados para vencer a la muerte por nuestros propios medios.
"Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí" (HCH. 1, 4). A pesar de que los Apóstoles habían sido instruidos por Jesús en el conocimiento de nuestra fe durante la cuarentena pascual, ello no hacía que los amigos de nuestro Señor se volvieran a sentir desamparados cuando Jesús ascendió al cielo. Jesús les dijo a sus seguidores íntimos que no se separaran, que no olvidaran el Evangelio y nuestra fe, sino que aguardaran el cumplimiento de la promesa divina que San Lucas recogió en su Evangelio: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto" (LC. 24, 49). Jesús les dijo a sus Apóstoles que resistieran la tentación de pensar que recién despertaban de un hermoso sueño y que por ello tenían que volver a sus quehaceres ordinarios hasta que el Espíritu Santo iluminara sus corazones. Lamentablemente son muchos los cristianos que intentan olvidar nuestra fe para volver a vivir en el mundo como quienes rechazan a Dios o al menos desprecian a la Iglesia de Cristo, pero en sus corazones queda latente el deseo de vivir plenamente, tal como nuestro Señor quiere enseñarnos a abrazar nuestra fe universal.
"Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días" (HCH. 1, 5). ("Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (MT. 3, 11. CF. MC. 1, 8. LC. 3, 16).
"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (HCH. 1, 6). A pesar de que los Apóstoles habían comprobado que Jesús había vivido, muerto y resucitado en el amor, de amor y por el mismo amor, aún deseaban que Israel volviera a vivir el esplendor y la gloria del reinado de Salomón, un hecho profetizado en el antiguo Testamento haciendo una referencia espiritual al Reino de Dios que ellos interpretaban en sentido estrictamente material.
Viendo Jesús que los Apóstoles seguían sin comprender el mensaje que El les quería transmitir, les dijo las siguientes palabras, para no discutir con ellos, minutos antes de ser ascendido al cielo: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (HCH. 1, 7-8). "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén" (MT. 28, 19-20). "Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (MC. 16, 14-15). "Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones (ángeles) con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros, al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo" (HCH. 1, 9-11). Dispongamos nuestros corazones a esperar la venida del Espíritu Santo que viviremos el Domingo próximo, y, aunque miremos al cielo pensando que sólo por nuestra fe vemos al Dios Uno y Trino, no olvidemos que como personas cristianas que somos, tenemos un deber muy importante que cumplir.
Que Dios os colme de bendiciones.

Oración de los fieles

V. Hermanos y hermanas, acudamos con confianza a Jesucristo, el Señor, que subió al cielo y allí vive cerca del Padre para orar por nosotros.

Respondemos a cada petición: Te rogamos, Señor, óyenos.

V. Por la santa Iglesia de Dios: para que alcance la unidad que quiso para ella su fundador y, fiel a su misión, anuncie el Evangelio a toda criatura, roguemos al Señor.

V. Por el pueblo de Israel y por todos los pueblos del universo: para que conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, roguemos al Señor.

V. Por los enfermos: para que el Padre que glorificó el cuerpo de su Hijo, cure también los dolores de nuestra carne, roguemos al Señor.

V. Por nuestra comunidad, para que espere sin desfallecer la venida del Reino y viva siempre en la unidad de la Iglesia, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Señor nuestro, Jesucristo, que para manifestar las maravillas de tu majestad subiste al cielo ante tus apóstoles; concédenos la ayuda de tu bondad y, según tu promesa, permanece siempre con nosotros. Tú, que vives y reinas, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Canto del Ofertorio.

CONVOCADOS AL PIE DEL MONTE SANTO

1- Convocados al pie del monte santo nos unimos, Señor, en tu presencia,
como forman un solo pan maduro
las espigas dispersas por el valle.

¡Aleluya, aleluya!
El Señor ha reunido a sus hijos.

2- Aportamos, Señor, al Sacrificio
nuestras mentes, afectos y quereres,
tuyos son desde ahora y para siempre,
en tus manos ponemos nuestra vida.

3- Te pedimos, Señor, por Jesucristo,
nos concedas que esta santa Misa
sea el umbral del convite de tu Reino,
del convite que dura para siempre.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas

Acepta, Señor, este sacrificio que vamos a ofrecerte en acción de gracias por la ascensión de tu Hijo, y concédenos que esta Eucaristía eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio I de la Ascensión del Señor.

El misterio de la Ascensión del Señor.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque el Señor Jesús, rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte, ante la admiración de los ángeles, ascendió hoy a lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales. No se fue para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos, a donde él, nuestra cabeza y principio, nos ha precedido. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya (MT. 28, 20).

Canto de la Comunión:

(Se pueden entonar los Salmos 8, 23 o 43).

Lectura después de la Comunión:

Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: es.catholic.net
C - Solemnidad de la Ascensión del Señor

Primera: Hech 1, 1-11; Segunda: Heb 9, 24-28 Evangelio: Lc 24, 46-53

C - Solemnidad de la Ascensión del Señor

C - Solemnidad de la Ascensión del Señor

Sagrada Escritura:

Primera: Hech 1, 1-11;
Segunda: Heb 9, 24-28
Evangelio: Lc 24, 46-53

Nexo entre las lecturas

En la solemnidad de la Ascensión el conjunto de la liturgia parece decirnos: Misión cumplida, pero no terminada. En el evangelio Lucas resalta el cumplimiento de la misión: misterio pascual y evangelización universal.

La narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada: seréis mis testigos...hasta los confines de la tierra; este Jesús...volverá...

Finalmente, la carta a los Hebreos sintetiza en el Cristo glorioso, sumo sacerdote del santuario celeste, la misión cumplida (entró en el santuario de una vez para siempre), pero no terminada (intercede ante el Padre en favor nuestro...vendrá por segunda vez...a los que le esperan para su salvación).

Mensaje doctrinal

1. Jesucristo puede irse tranquilo. La Ascensión no es ningún momento dramático ni para Jesús ni para los discípulos. La Ascensión es la despedida de un fundador, que deja a sus hijos la tarea de continuar su obra, pero no dejándolos abandonados a su suerte, sino siguiendo paso a paso las vicisitudes de su fundación en el mundo mediante su Espíritu.

Cristo puede irse tranquilo, porque se han cumplido las Escrituras sobre él, y los discípulos comienzan a comprenderlo. Cristo puede irse tranquilo, no porque sus hombres sean unos héroes, sino porque su Espíritu los acompañará siempre y por doquier en su tarea evangelizadora.

Puede irse tranquilo Jesucristo, porque los suyos, poseídos por el fuego del Espíritu, proclamarán el Evangelio de Dios, que es Jesucristo, a todos los pueblos, generación tras generación, hasta el confín de la tierra y hasta el fin de los tiempos.

Cristo puede irse tranquilo, porque ha cumplido su misión histórica, y ha pasado la estafeta a su Espíritu, que la interiorizará en cada uno de los creyentes.

Cristo puede irse tranquilo, porque los discípulos proclamarán el mismo Evangelio que él ha predicado, harán los mismos milagros que él ha realizado, testimoniarán la verdad del Evangelio igual que él la testimonió hasta la muerte en cruz.

Puedes irte tranquilo, Jesús, porque tu Iglesia, en medio de las contradicciones de este mundo, y a pesar de las debilidades y miserias de sus hijos, te será siempre fiel, hasta que vuelvas.

2. Irse de este mundo quedándose en él. Todo hombre siente en su interior, a la vista de la muerte, el deseo intenso de quedarse en el mundo, de dejar en él algo de sí mismo, de marcharse quedándose.

Dejar unos hijos que le prolonguen y le recuerden, dejar una casa construida por él, un árbol por él plantado, dejar una obra -no importa si grande o pequeña- de carácter científico, literario, artístico... Jesucristo, en su condición de hombre y Dios, es el único que puede satisfacer plenamente este ansia del corazón humano.

Él se va, como todo ser histórico. Pero también se queda, y no sólo en el recuerdo, no sólo en una obra, sino realmente. Él vive glorioso en el cielo, y vive misterioso en la tierra.

Vive por la gracia en el interior de cada cristiano; vive en el sacrificio eucarístico, y en los sagrarios del mundo prolonga su presencia real y redentora.

Vive y se ha quedado con nosotros en su Palabra, esa Palabra que resuena en los labios de los predicadores y en el interior de las conciencias.

Se ha quedado y se hace presente en el papa, en los obispos, en los sacerdotes, que lo representan ante los hombres, que lo prolongan con sus labios y con sus manos.

Se ha quedado Jesús con nosotros, construyendo con su Espíritu, dentro de nosotros, el hombre interior, el hombre nuevo, imagen viviente suya en la historia.

La presencia y permanencia de Jesucristo en el mundo es muy real, pero también muy misteriosa, oculta, sólo visible para quienes tienen su mirada brillante como una esmeralda e iluminada por la fe.

Sugerencias pastorales

1. Cristo se ha quedado con nosotros. En la vida humana tenemos necesidad de una presencia amiga, incluso cuando estamos solos.

Una presencia real: la esposa, los hijos, un pariente, un compañero de trabajo, un vecino de casa...O al menos una presencia soñada, imaginaria: el recuerdo de la madre, la imagen del amigo del alma, el pensamiento del hijo que vive en otra ciudad o en otro país...

Esa presencia real o soñada nos conforta, nos consuela, nos da paz, nos motiva. Cristo se ha quedado con cada uno y con todos nosotros. La suya es una presencia real y eficaz, bien que no visible y palpable.

Una presencia de amigo que sabe escuchar nuestros secretos e intimidades con cariño, con paciencia, con bondad, con misericordia y con amor; que sabe igualmente escuchar nuestras pequeñas cosas de cada día, aunque sean las mismas, aunque sean cosas sin importancia; que sabe incluso escuchar nuestras rebeliones interiores, nuestros desahogos de ira, nuestras lágrimas de orgullo, nuestros desatinos en momentos de pasión...

Cristo se ha quedado contigo, a tu lado, para escucharte. La presencia de Cristo es también una presencia de Redentor, que busca por todos los medios nuestra salvación. Está a nuestro lado en la tentación, para darnos fuerza y ayudarnos a vencerla.

Es nuestro compañero de camino cuando todo marcha bien, cuando el triunfo corona nuestro esfuerzo, cuando la gracia va ganando terreno en nuestra alma.
Está con nosotros en el momento de la caída, en la desgracia del pecado, para ayudarnos a recapacitar, para echarnos una mano al momento de alzarnos.

Cristo se ha quedado contigo para salvarte. ¿Piensas de vez en cuando en esa presencia estupenda de Cristo amigo y Redentor?

2. La liturgia de la vida diaria. Cristo, como sacerdote de la Nueva Alianza, ha ofrecido su vida día tras día sobre el altar de la cotidianidad, hasta consumar su ofrenda en la liturgia de la cruz.

Con la Ascensión, nuestro sumo sacerdote ha partido de este mundo. Nosotros, los cristianos, pueblo sacerdotal, asumimos su misma tarea de consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia.

Para el cristiano cada acto es un acto litúrgico, cada día es una liturgia de alabanza y bendición de Dios. No hay ninguna actividad de la vida diaria de los hombres que no pueda convertirse en hostia santa y agradable a Dios.

Por tanto, nos dice la constitución dogmática sobre la Iglesia del Vaticano II, todos los discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf Rom 12,1) (LG 10).

Por el bautismo, que nos introdujo en el pueblo sacerdotal, estamos llamados a confesar delante de los hombres la fe que recibimos de Dios por medio de la Iglesia. En cuanto miembro del pueblo sacerdotal confieso mi fe en casa, ante mis hijos o ante mis padres.

Con mi postura y con mi palabra confieso mi fe en una reunión de amigos o de trabajo. Como partícipe del sacerdocio bautismal, pongo mi fe por encima y por delante de todo, y hago de ella el metro único de mis decisiones y comportamientos. ¿Es ya mi vida una liturgia santa y agradable a Dios? ¿Es éste mi deseo más íntimo y mi más firme propósito?
(De:
http://www.es.catholic.net
).

Oración después de la Comunión

Dios todopoderoso, que ya desde este mundo nos haces participar de tu vida divina, aviva en nosotros el deseo de la patria eterna, donde nos aguarda Cristo, Hijo tuyo y hermano nuestro. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Bendición solemne de la Ascensión del Señor

V. Que Dios todopoderoso, cuyo Hijo ascendió hoy a los cielos y os abrió el camino para seguirlo, os colme de bendiciones.
R. Amén.
V. Que él os conceda que así como Cristo resucitado se manifestó visiblemente a sus discípulos, así también se manifieste benigno con vosotros, cuando vuelva para juzgar al mundo.
R. Amén.
V. Y a quienes confesáis que Cristo está sentado a la diestra del Padre, os conceda la alegría de sentir que, según su promesa, permanece con vosotros hasta el fin del mundo.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz, Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias a Dios, Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, pidámosle a nuestro Señor que vuelva a buscarnos cuando nos prepare un lugar en el cielo.

Canto final:

SOY PEREGRINO

1- Soy peregrino en esta tierra
marcho contento hacia Dios.
Soy ciudadano de su Reino
voy anunciando su amor.


Hay una estrella en mi camino
la luz divina de la fe
ella señala mi destino
llegar a ti Jerusalén.

2- Soy peregrino y caminante
soy mensajero de la paz;
traigo a los hombres el mensaje,
que con nosotros Dios está.

3- Soy luchador y peregrino,
construir el mundo es mi misión,
y completar así el designio
de nuestro Padre Creador.

4- Jerusalén, el mundo nuevo:
Ciudad de paz y libertad,
que va surgiendo desde el seno
de nuestra vida terrenal.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 20/05/07 00:55

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