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Inmaculada Concepción de María en TRIGO DE DIOS

Inmaculada Concepción de María

María en las Escrituras Padre nuestro.

Sábado, 8-12-2006, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

Edición número 125.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Canto de entrada:

Quiero cantarte, María.

Quiero cantarte, María, porque te amo,
porque tu dulce nombre me llena de gozo
el corazón.
Quiero meditar tu vida
a la luz del Evangelio
y contemplar con profundo amor
las maravillas que Dios hizo en ti.

Quiero caminar contigo
en la aventura de la fe.
Quiero descubrirte en el tesoro sapiencial
y en las últimas palabras
del discípulo amado.
Quiero contemplarte, Madre,
mujer vestida de sol.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada:

Con gozo intenso me gozaré en el Señor y en Dios se alegrará mi alma; pues me ha vestido con una túnica de salvación y me ha cubierto con un manto de inocencia, como la novia se enjoya para su boda.

Saludo del sacerdote:

V. El Señor, que viene a salvarnos, esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada:

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre común.
La celebración de la Inmaculada Concepción de María nos insta a empezar a preparar las celebraciones del tiempo de Navidad. En la Madre de Jesús vemos la realización plena del designio de Dios. María es para nosotros el ideal de santidad que queremos alcanzar. La Madre de la Iglesia fue tan débil como lo somos nosotros, así pues, ella tuvo a bien confiar en Dios hasta tal punto que no le negó la posibilidad de aceptar la Maternidad de su Hijo. En nuestra Santa Madre vemos reflejado el ideal de vivir consagrados a nuestro Padre común independientemente de la alegría o el dolor que marquen nuestros corazones. La Madre de nuestro Hermano Jesús es el ejemplo a imitar para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad y para que podamos aprender a vivir eternamente en la presencia de nuestro Padre y Dios.
Iniciemos esta celebración eucarística agradeciéndole a nuestro Padre común el hecho de habernos concedido a una Madre tan generosa y tan digna de ser amada.

Acto penitencial:

V. Hermanos:
Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.

O bien:

V. El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios.

Todos. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Durante el tiempo de Adviento no recitamos el Gloria en las celebraciones eucarísticas. Con el gesto de omitir tan bella oración de las celebraciones de la entrega generosa de nuestro Señor a Dios y a nosotros sus prójimos, elevamos al cielo nuestro espíritu penitente que espera ansioso que Jesucristo se nos manifieste en sus dos venidas.

Oración colecta:

Dios todopoderoso, que por la Inmaculada Concepción de la Virgen María preparaste una morada digna para tu Hijo y, en atención a los méritos de la muerte redentora de Cristo, la preserbaste de toda mancha de pecado; concédenos, por su maternal intercesión, vivir en tu presencia sin pecado. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas:

Monición de la primera lectura:

En Santa María contemplamos la realización del designio de Dios en nuestra vida, pues queremos imitar su santidad. En Adán y en su mujer Eva vemos reflejada nuestra ambición de aumentar nuestros bienes materiales y de progresar en todos los terrenos, exceptuando el campo espiritual, aunque ello suponga el hecho trágico de que desobedezcamos a Dios temporalmente. El deseo de igualarse a Dios de Adán y Eva era legítimo, pero ellos cometieron la equivocación de actuar por su libre albedrío, sin esperar que nuestro Criador considerara que estaban preparados para abarcar su misterio insondable. Nuestra Santa Madre, la primera cristiana redimida, nos anima a cumplir la voluntad de nuestro Padre común, y a esperar a que nuestro Creador nos purifique de nuestras imperfecciones, para que podamos vivir en la presencia del Señor eternamente.

Primera lectura:

Establezco hostilidad entre tu estirpe y la de la mujer.

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15. 20.

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: <<Dónde estás?>> El contestó: <<Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.>>

El Señor le replicó: <<Quién te informó de que estabas desnudo? Es que has comido del árbol que te prohibí comer? Adán respondió: <<La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.>> El Señor dijo a la mujer: <<Qué es lo que has hecho?>> Ella respondió: <<La serpiente me engañó, y comí.>>

El Señor Dios dijo a la serpiente: <<Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre
y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras
en el talón.>>

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial:

Al recordar un acontecimiento que incidió en términos simbólicos trágicamente en la historia de la humanidad, y al tener presente la redención con que Jesús nos ha librado en sentido figurado de nuestras miserias, respondemos a la lectura del Génesis recitando o cantando un Salmo, con la intención de agradecerle a nuestro Padre común su bondad ilimitada con respecto a nosotros.

Salmo Responsorial:

Sal. 97, 1. 2-3ab. 3c-4

R. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

Monición de la segunda lectura:

De la misma forma que nos negamos a creer en Dios muchas veces porque nos es muy difícil demostrar la existencia de nuestro Padre común en términos científicos como amarnos unos a otros como lo hizo Jesús hasta el punto de entregar su vida por nosotros, hemos de entender que le debemos a nuestro Hermano mayor nuestra filiación divina, así pues, sabiendo que nos infravaloramos en muchas ocasiones, él, con la intención de hacer que aumentemos nuestra fe y nuestra confianza en nuestro Padre común, se atrevió a llevar a cabo la obra más importante que se haya concebido a lo largo del curso de los siglos, así pues, él no inventó un remedio para curarnos de nuestros males físicos y psicológicos, no inventó ninguna máquina para realizar nuestras tareas en un determinado campo, pero hizo posible el hecho de que nosotros comprendiéramos que el Padre nuestro de quienes somos hijos pródigos, nos espera, con los brazos abiertos, para que nos acerquemos a él.

Segunda lectura.

Nos eligió en la Persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-6. 11-12.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El
nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. El nos ha destinado en la persona
de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde
en alabanza suya.

Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad.

Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.
R. te alabamos, señor.

Aleluya

Con las palabras que comienza la conocidísima oración con que invocamos a la Madre de Dios para agradecerle todo el bien que nos ha hecho y para pedirle se digne favorecernos por mediación de su poderosa intercesión, nos disponemos a meditar el Evangelio.

Aleluya, Aleluya: Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.

Monición del Evangelio:

San Lucas, el conocido pintor de las anheladas virtudes de la Madre de Jesús, nos transmite el bello relato por medio del cuál nos percatamos de la forma en que María se dispuso a aceptar el designio salvífico de Dios. El Dios que no puede ser abarcado por el universo, se encarnó en las purísimas entrañas de nuestra Santa Madre, porque ella le manifestó a San Gabriel que estaba dispuesta a aceptar la posibilidad de que la voluntad de Dios se cumpliera en su vida. Pidámosle a nuestro Padre común que nos ayude a imitar a María Santísima, nuestro ejemplo de fe y santidad.

Evangelio:

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1, 26-38
R. Gloria a ti, Señor.

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David;
la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: <>

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.

El ángel le dijo: <<No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.
Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no
tendrá fin.>>

Y María dijo al ángel: <<Cómo será eso, pues no conozco a varón?>>

El ángel le contestó: << El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará
Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada
hay imposible.>>

María contestó: << Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.>> Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, señor Jesús.

Homilía:

1. A pesar de que el relato del Génesis que escuchamos hace unos minutos tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cuál se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de nuestra
Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.
2. El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la bulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.
3. En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar. ¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer? ¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno? Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.
4. La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la culpabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido o no hemos podido llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe castigar a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, nuestro Padre, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy bien, lo que en el pasado hicimos mal. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos en que nuestros pecados nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.
5. "El hombre llamó a su mujer Eva que significa madre de la vida, por ser esta madre de todos los que viven (GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable. ¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva? ¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido? Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ninguna experiencia que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto nuestro Criador es nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de nuestra experiencia para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a nuestro Creador, siempre que nosotros se lo permitamos. ¿Somos idólatras al considerar que María es nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María
Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural.
Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que debemos ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de nuestro Padre común.
El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.
Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.
6. El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:

Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrifficarnos para favorecer a nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de nuestro Padre común? San Gabriel, el ángel del cuál nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy, le dijo a nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad? De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por nuestro Santo Padre.
Permitidme que os transcriba una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cuál todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.
Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.
Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.
Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y de la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debamos desistir de superar lo que creemos que supera a nuestras fuerzas, pues ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.
El amor de nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?
Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.
7. El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.
La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha valido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena de ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazaretana como la más dulce melodía, pero, cuando nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo para evitar su futuro asesinato en el caso de que fueran
descubiertas y delatadas.
Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta y de que no se rieran del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su parienta Elisabeth, la cuál estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos. Conozco a
muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.
8. Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo.
A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, El siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.
9. Pienso que deberíamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María
y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.
María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo. Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica
matanza de los Santos inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes.
María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén. Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría
increada.
José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná, pues El se resistía a hacerlo porque sabía que la ejecución de aquel prodigio constituía el comienzo de su camino que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones
que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante al ver a quien constituye la razón de su existencia desangrándose y asfixiándose en un a cruz, sostenie´ndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda que se le debilitaba produciéndole un dolor que no le permitía alcanzar la serenidad que necesitaba.
Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que Juan ejercía sobre ella, los ojos de María virtieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruída su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues El era la razón por la que cuando
reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.
María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo, y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada
a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados.

Oración de los fieles

V. Oremos, hermanos y hermanas, al Señor, que en María ha empezado el buen trabajo de la santificación de los seres humanos, y pidámosle que lo haga progresar hasta el día de la manifestación de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor.

Respondemos a cada petición: Ven, Señor, no tardes.

V. Para que el Señor, que quiso prefigurar y culminar en María la plenitud de la gracia, conceda a todos los miembros de la Iglesia ser reflejo de la hermosura inmaculada de la Madre de Jesucristo, roguemos al Señor.

V. Para que el Espíritu Santo, que engendró en las entrañas de María al Verbo eterno del Padre, impregne el mundo con su fuerza y haga nacer en todos los seres humanos un deseo vivo de la venida del Reino de Dios, roguemos al Señor.

V. Para que quienes se han alejado del camino del bien, con la intercesión de María, refugio de pecadores, se conviertan de sus malos pasos y obtengan el perdón de sus culpas, roguemos al Señor.

V. Para que todos nosotros, fija nuestra mirada en María, nos preparemos como ella a recibir a Jesucristo y nos dispongamos a celebrar santamente las próximas fiestas de su nacimiento, roguemos al Señor.

V. Oremos por todas las mujeres que se han consagrado a vivir imitando a nuestra Santa Madre, para que la santidad que caracteriza su existencia nos impulse a vivir bajo la inspiración del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

V. Oremos por aquellos que ven en nuestra Señora a la Madre que les acepta a pesar de su debilidad, así pues, por los pecadores y quienes sufren por cualquier causa, roguemos al Señor.

V. Señor Dios nuestro, que has hecho resplandecer la aurora de la salvación en la Concepción Inmaculada de Santa María Virgen, escucha nuestra oración y haz fecunda la acción santificadora de la Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Canto del Ofertorio

Con estas ofrendas

Con estas ofrendas yo te pido Señor
que en este mundo halla amor,
que todas las cosas que creaste
vuelvan a tener en el mundo amor y paz.
Como el siervo que a sus aguas va a beber,
así yo tu sangre beberé,
que todas las cosas que creaste
vuelvan a tener en el mundo amor y paz.
Siempre quise tanto ser apóstol
llevar la palabra del Señor,
que todas las cosas que creaste
vuelvan a tener en el mundo amor y paz.
(desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas

Acepta, Señor, el sacrificio de salvación que vamos a ofrecerte en esta festividad de la Santísima Virgen María, a la que, desde su Concepción, preservaste de todo pecado, y, por su intercesión, concédenos el perdón de todas nuestras culpas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque diste a la Virgen María un corazón sabio y dócil, dispuesto siempre a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme dispuesto para soportar con fortaleza la espada del dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo. Por eso, unidos a los coros angélicos, te aclamamos llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Grandes cosas se cantan de ti, María, porque de ti ha nacido el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios.

Canto de Comunión

A la huella, a la huella

A la huella, a la huella, José y María,
por las pampas heladas algo se olvida.
A la huella, a la huella, cortando campos,
no hay cobijo ni fonda, sigan andando.
Florcita del campo, clavel del aire,
si ninguno te aloja, ¿adónde naces?
¿Dónde naces florcita, que estás creciendo,
palomita asustada, grillo sin sueño?
A la huella, a la huella, José y María,
con un Dios escondido, nadie sabía.
A la huella, a la huella, los peregrinos,
préstenme una tapera para mi niño.
A la huella, a la huella, soles y luna,
dos ojitos de almendra, piel de aceituna.
Hay, burrito del campo, hay, buey cansino,
mi niño está viniendo, háganle sitio.
Un ranchito de quincho sólo me ampara,
dos alientos amigos, la luna clara.
(Desconozco el autor de este villancico).

Lectura después de la Comunión

Virgen del Adviento,
esperanza nuestra,
de Jesús la aurora,
del cielo la puerta.

Madre de los hombres,
de la mar estrella,
llévanos a Cristo,
danos sus promesas.

Oración después de la Comunión

Como partícipes de la redención eterna, te rogamos, Señor, que al celebrar la memoria de la Madre de tu Hijo nos gocemos en la abundancia de tu gracia y sintamos el aumento continuo de la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de Adviento

V. Que Dios omnipotente y misericordioso os santifique con la celebración de este Adviento y os llene de sus bendiciones, ya que creéis que Cristo vino al mundo y esperáis su retorno glorioso.
R. Amén.
V. Que durante toda la vida os conceda permanecer firmes en la fe, alegres en la esperanza y eficaces en la caridad.
R. Amén.
V. Que os enriquezca con los premios eternos cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria aquel de cuya encarnación, llenos de fe, os alegráis ahora.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.

Exhortación de despedida

Después de recibir a nuestro Hermano y señor en la Eucaristía, iniciemos la realización de nuestras actividades ordinarias, y hagamos el propósito de vivir inspirados en el ejemplo de nuestra santa Madre.

Canto final

Te busco

Te busco, entre las flores de un naranjo,
en la sonrisa de un muchacho,
en esa casa sin tejado.
Te busco, en unas manos que se unen,
en una rosa, en su perfume,
en esa cara de amistad.
Allí, donde se unen agua y nubes,
donde el sol no deja de relucir.
Allí, está mi Madre bendita,
como lágrima divina,
en la grandeza del Señor.
También, en la casa de un pobre,
siempre María es alegría,
siembra el fruto de la fe.
Te busco, en la mirada de ese crío,
en la fuerza que da un amigo,
en ese ven y sígueme.
(Desconozco el autor de esta canción).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 27/11/07 09:55

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