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Domingo XXXIV ordinario. en TRIGO DE DIOS

Domingo XXXIV ordinario.

¿Quién es Jesús para nosotros? Padre nuestro

Domingo, 26-11-2006, Domingo XXXIV Ordinario del ciclo b. Solemnidad de Cristo, Rey del Universo

Edición número 69

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
-Nota del editor de Padre nuestro.

Celebremos la Eucaristía

Domingo XXXIV Ordinario del ciclo b. Solemnidad de Cristo, Rey del Universo

Antífona de entrada

El Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos, y para los que se convierten de corazón (CF. SAL. 84, 9).

Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy finalizamos el año eclesiástico celebrando la Solemnidad de Cristo, Rey del Universo, así pues, Jesús no es un jefe de Estado político-militar, sino nuestro Maestro, nuestro Guía espiritual, el Confesor al que no le podemos ocultar ningún detalle de nuestra vida, no porque nos espía buscando obsesivamente nuestros defectos para reprocharnos nuestra supuesta maldad, sino porque nos ama.
Comencemos esta última celebración dominical de este año, pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a aceptarlo sin reservas.

Oración colecta

Estimula, Padre, la voluntad de tus hijos, para que busquemos con mayor fervor los frutos de la gracia y encontremos la ayuda constante de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas

1. Su poder eterno, no cesará (DAN. 7, 13-14). Jesucristo es el Rey del Universo. En la lectura que escucharemos a continuación, Daniel nos invitará a que sirvamos a nuestro Rey.

2. El Señor reina, vestido de majestad (SAL. 92, 1 a b. 1 c-2. 5). Oremos elogiando al Señor porque nos ama, porque su misericordia está sobre nosotros, y porque es todopoderoso.

3. El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes (AP. 1, 5-8). Jesús vendrá a concluir la instauración del Reino de Dios al final de los tiempos, y le veremos todos, quienes le aceptamos y quienes le rechazan.

4. Aleluya, Aleluya: Yo soy el camino, la verdad y la vida -dice el Señor-. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí (JN. 14, 6). Aleluya.

5. Tú lo dices: Soy Rey (JN. 18, 33-37). Dispongámonos a escuchar el Evangelio de hoy con el corazón dispuesto a aceptar al Rey de la verdad. "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (JN. 8, 32).

Homilía:

Estimados hermanos y amigos:
A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, es decir, si nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a él en términos espirituales. Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo? De Jesús podemos decir que es nuestro Salvador, nuestro Libertador, el Hijo de Dios y de María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del Universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.
Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de adoctrinar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestros resentimientos y nuestras hostilidades, una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.
Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, nosotros no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en esta celebración eucarística dentro de unos minutos-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en la que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.
Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo
pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en este valle de lágrimas.
Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...
Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó nuestro Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y los saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.
Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.
Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de nuestro Hermano en Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.
Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de nuestro Jesús.
Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a nuestra Santa Madre, pues ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.

Oración de los fieles

En el día en que vamos a concluir este ciclo litúrgico, vamos a darle las más sinceras gracias a nuestro Padre común, por los logros que hemos alcanzado a nivel personal y comunitario, por los bienes que ha conseguido la sociedad en que vivimos, y por los dones que nuestro Padre común le ha concedido a la Iglesia. Como aún no ha concluido el proceso de nuestra conversión y el mundo aún no ha aceptado a nuestro Padre común, oremos para que nuestro Dios se manifieste a quienes no le han aceptado, para que pronto llegue el día en que todos habitemos en el Reino del amor y la felicidad. Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, haz que venga a nosotros tu Reino de amor y de paz.

1. Por el Papa Benedicto XVI y todos los religiosos y laicos que se esfuerzan para conseguir que el mundo te conozca por su medio, para que consigan pronto que el mundo te acepte, a pesar de que no podemos verte. Oremos.
2. Por quienes tienen carencias materiales y espirituales, para que sus dificultades les sirvan de puente para vivir en tu presencia. Oremos.
3. Para que los cristianos hagamos de los medios de comunicación que estén a nuestro alcance medios adecuados para predicar el Evangelio. Oremos.
4. Oremos por los formadores de los religiosos y laicos de la Iglesia del futuro, y por los niños y adultos que han iniciado recientemente un nuevo periodo formativo, para que aumentes su fe, y afiances la Iglesia, hasta que Cristo vuelva a nuestro encuentro. Oremos.
5. Te pedimos por los dirigentes político-militares del mundo, para que actúen siguiendo el ejemplo que les dejó el Rey de la paz. Oremos.
6. Por quienes nunca quieren acompañarnos a este templo para celebrar tu encuentro con nosotros, para que nos concedas la dicha de abrir los ojos de su entendimiento, para que puedan aceptarte. Oremos.

V. Escucha, Padre Santo, la oración de quienes te damos las gracias por habernos concedido vivir un nuevo año de gracia junto a ti. Aumenta nuestra fe para que nuestro corazón se disponga a recibir al Rey que vendrá a concluir la instauración de tu Reino en el mundo cuando menos lo esperemos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Recibe con bondad, Dios nuestro, los dones sagrados que mandaste consagrar a tu nombre; que ellos nos hagan gratos a tus ojos y nos concedan la obediencia a tus mandamientos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio común V

Proclamación del misterio de Cristo

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Dios, Padre santo, por Cristo nuestro señor. Cuya muerte celebramos unidos en caridad, cuya resurrección proclamamos con viva fe, y cuyo advenimiento glorioso aguardamos con firmísima esperanza. Por eso, con todos los ángeles y santos, te alabamos, proclamando sin cesar: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Alaben al Señor todas las naciones, porque es inquebrantable su amor por nosotros (SAL. 116, 1-2).

O bien:

Dice el Señor: yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo (MT. 28, 20).

Lectura después de la Comunión

Jesús es dulzura y amor

¡Oh Salvador mío, fuente inagotable de dulzura y de bondad! No piense yo más que en Vos. Cuando al mismo tiempo que a Vos se ama cualquiera otra cosa, ya no se os ama, ¡oh Dios mío!, con verdadero amor. ¡ Oh amor lleno de dulzura, dulzura llena de amor, amor exento de penas y seguido de infinidad de placeres; amor tan puro y tan sincero que subsiste en todos los siglos; amor cuyo ardor no hay cosa que pueda apagar ni entibiar! ¡ Jesús, mi adorable Salvador, cuyas bondades, cuyas dulzuras son incomparables, caridad tan perfecta como que sois nada menos que mi Dios! Véame yo abrasado en vuestras divinas llamas, de suerte que no sienta ya más que aquellos torrentes de dulzuras, de placeres, de delicias y de alegría, pero de una alegría enteramente justa, enteramente casta, pura, santa y seguida de aquella perfecta paz que solamente en Vos se encuentra. Sea yo abrasado en las llamas de aquel amor, ¡oh Dios mío!, con todo el afecto de mi corazón y de mi alma. No quiero, bien mío, no quiero en lo sucesivo más amor que el vuestro. Amén.
(Oración de San Agustín).

Oración después de la Comunión

Padre del cielo, ya que nos haces participar de tus sagrados misterios, concédenos que nunca nos apartemos de ti. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, emprendamos nuevamente nuestras actividades ordinarias, y optemos por vivir un nuevo año de gracia junto a nuestro Señor, así pues, a partir del próximo Domingo, iniciaremos nuevamente la preparación de las dos venidas de nuestro Hermano al mundo.
Os deseo un feliz día del Señor.

Nota del editor de Padre nuestro

Pronto llevaré a reparar mi ordenador, así pues, quizá tendré que dejar de enviaros el boletín dominical Padre nuestro hasta que me lo devuelvan nuevamente, en un período de tiempo que puede oscilar entre 1 y 3 semanas.
Disculpad las molestias que os pueda ocasionar.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 16/04/07 21:27

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