TRIGO DE DIOS
Domingo XXXIII Ordinario en TRIGO DE DIOS
Domingo XXXIII Ordinario
Vivamos cada día de nuestra vida como si fuera el último de nuestra existencia.
Padre nuestro.
Domingo, 18-11-2007, Domingo XXXIII Ordinario del ciclo c.
Edición número 123.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lecturas antes y después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía.
Domingo XXXIII Ordinario del ciclo c.
Antífona de entrada:
Dice el Señor: yo tengo designios de paz y no de aflicción. Invóquenme y los escucharé y pondré fin a su cautiverio (CF. JER. 29, 11. 12, 14).
Monición de entrada:
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
A pesar de que tenemos la oportunidad de esforzarnos realizando múltiples actividades con el propósito de alcanzar la felicidad durante los años que se prolonga nuestra vida, somos conscientes de que nuestra existencia en la tierra es limitada, así pues, las lecturas bíblicas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos instan a pensar en el fin de los tiempos, en el momento en que se producirá la venida de Jesús a nuestro encuentro, y en la conclusión de la instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Iniciemos esta celebración eucarística pidiéndole a nuestro Padre común que ninguna causa nos impida vivir en su presencia, pues deseamos que llegue el día en que él extermine nuestras miserias.
Oración colecta:
Señor, Dios y creador nuestro, concédenos vivir siempre con alegría en tu servicio, ya que la felicidad plena y duradera consiste en servirte a ti, fuente y origen de todo bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra.
Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas.
Monición de la primera lectura:
A continuación escucharemos un fragmento de la Profecía de Malaquías en que se nos informa de que Dios quitará el pecado del mundo y concluirá la instauración de su Reino en el mundo premiando debidamente a los justos por su amor y fidelidad para con El.
Primera lectura:
Os iluminará un sol de justicia.
Lectura de la profecía de Malaquías 3, 19-20a.
Mirad que llega el día, ardiente como un horno: Malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.
Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Monición del Salmo responsorial:
En el Salmo que entonaremos o será recitado a continuación, aparecen nuevos signos que significan que Dios va a venir a nuestro encuentro. Toquemos instrumentos musicales, es decir, elevemos nuestro corazón al cielo, y bendigamos a nuestro Padre `común, porque tendrá a bien venir a nuestro encuentro a concluir nuestra salvación.
Salmo responsorial:
R. El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.
Sal 97, 5-6. 7-9a. 9bc.
Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.
Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.
Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.
Monición de la segunda lectura:
Dado que San Pablo tuvo que huir rápidamente de Tesalónica por causa de los judíos, no tuvo el tiempo que necesitaba para instruir a los cristianos de la comunidad que fundó en la citada ciudad de manera que vivieran con los pies sobre la tierra y los ojos mirando al cielo. Al contrario que sucede en nuestra sociedad, muchos de los citados cristianos descuidaron sus obligaciones diarias y comenzaron a vivir como si Dios estuviera a punto de concluir su salvación. San Pablo les escribió diciéndoles que no debían descuidar sus obligaciones, pues ello no significaba que habían de olvidar la esperanza de ser redimidos.
Segunda lectura:
El que no trabaja, que no coma.
Lectura de la segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12.
Hermanos:
Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie.
No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.
Cuando vivimos con vosotros os lo mandamos: El que no trabaja, que no coma.
Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.
Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya, Aleluya: Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación (LC. 21, 28). Aleluya.
Monición del Evangelio:
Vivamos cumpliendo la Ley, como si de ello dependiera la redención del mundo.
Evangelio:
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 21, 5-19.
R. Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
-Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
-Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Él contestó:
- «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo:
- «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
El Reino de Dios está entre nosotros.
Comentario de LC. 21, 5-19.
“Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” (LC. 21, 5-6). El anuncio de la destrucción del Templo de Jerusalén significa que el mundo en que vivimos debe ser transformado. Los cambios que nuestro mundo ha de tener no pueden llevarse a cabo fácilmente porque son nuestros corazones de piedra los que deben ser sustituidos por corazones de carne, y nosotros, nos negamos a creer en nuestro Criador, al no poder abarcar los misterios de nuestro Padre:
Creador. En el libro del Profeta Ezequiel encontramos un mensaje que, aunque inicialmente fue dirigido a los judíos, nos es útil a los cristianos que habitamos en todo el mundo: Dios le dijo a Ezequiel: “Por tanto, di: Así ha dicho Jehová el señor: Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras a donde lleguen. Di, por tanto: Así ha dicho Jehová el Señor: Yo os recogeré de los pueblos, y os congregaré de las tierras en las cuales estáis esparcidos, y os daré la tierra de Israel (os conduciré a mi presencia). Y volverán allá, y quitarán de ella todas sus idolatrías y todas sus abominaciones (santifiquen el mundo con su palabra y el ejemplo de sus buenas obras).Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios” (EZ. 11, 16-20). Hace algunos meses, cuando me despedí de vosotros por un tiempo por causa de mis problemas laborales, una de mis lectoras me escribió diciéndome que se sentía triste porque vivía en un pueblo pequeño en el que sólo se celebraba la Eucaristía un día a la semana. Hoy Dios, a través del fragmento de Ezequiel que estamos meditando, le ha dicho a mi buena amiga: A pesar de que te he enviado a vivir en el pueblo en que estás, yo no te tendré lejos de mi santuario. Os he contado esta anécdota porque Dios es un santuario para todos los que creemos en El muy a pesar de nuestras dificultades.
¿Por qué comenzó San Lucas el discurso escatológico de Jesús haciendo referencia a la destrucción de Jerusalén que tuvo lugar en el año setenta? En la Profecía del primero de los Profetas mayores leemos: “En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra (de Dios y de sus fieles hijos), a los sobrevivientes de Israel. Y acontecerá que el que quedare en Sión, y el que fuere dejado en Jerusalén, será llamado santo; todos los que en Jerusalén estén registrados entre los vivientes, cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sión (cuando ellos sean purificados), y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y espíritu de devastación. Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sión, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel, y habrá un abrigo para sombra contra el calor del día, para refugio y escondedero contra el turbión y contra el aguacero (Dios protegerá a sus hijos del mal que los aceche) (IS. 4, 2-6).
“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán (a pesar de lo que suceda en el mundo), pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti. Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas (te rodearé con mi gracia, que será para ti un escudo protector). Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos. Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás, y de temor, porque no se acercará a ti. Si alguno conspirare contra ti (si el mal sobreviene sobre ti de alguna forma), lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (cuando yo lo crea oportuno). He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (IS. 54, 10-17).
“Porque como la tierra hace brotar su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová el señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones.
Por amor de Sión no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha. Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo. Nunca más te llamarán desamparada, ni tu tierra se dirá más desolada; sino que serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, beula; porque el amor de Jehová estará en ti, y tu tierra será desposada. Pues como el joven se desposa con la virgen, se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo. Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra. Juró Jehová por su mano derecha (por Sí mismo), y por su poderoso brazo: Que jamás daré tu trigo por comida a tus enemigos, ni beberán los extraños el vino que es fruto de tu trabajo; sino que los que lo cosechan lo comerán, y alabarán a Jehová; y los que lo vendimian, lo beberán en los atrios de mi santuario. Pasad, pasad por las puertas; barred el camino al pueblo; allanad, allanad la calzada, quitad las piedras, alzad pendón a los pueblos. He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sión: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra. Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; y a ti te llamarán Ciudad Deseada, no desamparada” (IS. 61-11, 62-12).
Jesús se mostró impotente ante la Jerusalén que se condenó a sí misma porque se negó a creer en el enviado de Dios: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: bendito el que viene en el nombre del Señor” (MT. 23, 37-39). La ciudad tres veces santa fue quemada en el año setenta, y, en el interior de la misma, fueron abrasados por el fuego todos los zelotes que prefirieron morir antes que someterse a los vencedores de aquella larga guerra.
Cuando aconteció la destrucción de Jerusalén, la Iglesia se siguió expandiendo por el Imperio, así pues, después de alertar a sus creyentes con respecto a la destrucción de la ciudad santa, nuestro señor advirtió de los peligros que habían de correr, tanto a los predicadores del Evangelio, como a los creyentes de a pie que tuvieran valor y coraje para no renegar de su fe.
“Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas estén para suceder?” (LC. 21, 7). ¿Qué señales precederán al fin del mundo? Hay demasiados videntes interesados en ganar adeptos que difundan sus creencias, haciendo que los mismos incrementen sus congregaciones inculcándoles miedo a sus oyentes con respecto a las señales que anunciarán que se acerca el fin del mundo. Es cierto que en la Biblia existen señales apocalípticas y de otros géneros de ese tipo, pero sabemos por lógica que las mismas tienen un significado simbólico. Desde que el hombre es hombre, siempre ha existido la miseria, así pues, la humanidad siempre vivirá guerras y tensiones de diversas clases hasta que Dios decida que se ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados para concluir la instauración de su Reino entre nosotros, así pues, con todo el respeto que les debo a quienes profesan las citadas creencias, os pido que seáis cautos a la hora de meditar y de predicar estas cosas, pues no es bueno que acerquemos a la gente a Dios valiéndonos del miedo al infierno en que supuestamente ha de convertirse el mundo, pues nuestro Padre común quiere hijos que lo amen, no esclavos que le supliquen que les deje vivir un día más, aunque sea en su actual estado de sufrimiento.
“El entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos” (LC. 21, 8).
En cierta forma, los signos apocalípticos que aparecen en el Evangelio de hoy pueden conducirnos a la tentación de interpretar los mismos literalmente, ya que describen la realidad de las guerras que el mundo conoce, pero hemos de tener en cuenta que mientras que el texto bíblico que estamos comentando fue escrito en la década de los ochenta del siglo I, aún no han cesado de ocurrir catástrofes, por lo que ello ha de hacernos entender que el sufrimiento de la humanidad es un signo simbólico del fin del mundo, que no ha de ser interpretado al modo que lo entienden los fundamentalistas.
“Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente. Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo” (LC. 21, 9-11). Estos signos apocalípticos, según hemos meditado con anterioridad, si predicen la destrucción del mundo, no hemos de pensar que significan que el fin del mundo está cerca porque los mismos no cesan de acontecer, dado que la miseria siempre se ha ceñido y castigará a la humanidad.
Jesús previno a sus mártires con respecto a lo que había de sucederles por ser sus seguidores, según San Lucas, en los siguientes términos:
“Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y esto os será ocasión para dar testimonio. Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque yo os daré palabra y sabiduría, la cuál no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan. Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y seréis aborrecidos todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (LC. 21, 12-19).
Aunque muchos de los hijos de la Iglesia han sido martirizados con tal de no negar su fe, y aunque la Iglesia aún no ha dejado de ser perseguida, no hemos de quejarnos porque vivimos en lugares en que nuestra fe no es aceptada por nuestros prójimos, así pues, esa causa precisamente ha de fortalecernos para evangelizar a quienes quieran acercarse a nosotros, pues es preciso que nuestros prójimos sientan que el Reino de Dios está en sus corazones. Por otra parte, no debemos vivir con miedo pensando en los signos apocalípticos que anuncian la destrucción del mundo, pues es mejor que aprovechemos nuestro tiempo para cumplir los Mandamientos de la Ley día a día, pues de la santificación de la humanidad depende la conclusión de la instauración del reino de Dios entre nosotros. No pretendo afirmar que nosotros podemos santificarnos por nuestros propios medios, pero es importante que nos acerquemos a Dios y que fortalezcamos la fe de nuestros prójimos, pues, si creemos que somos miembros del Reino de nuestro Padre común, de alguna forma, conseguiremos que Dios esté más cerca de nuestro mundo.
Oración de los fieles
Aun en el caso de que seamos atribulados, nuestra fe nos insta a llenar nuestros años de vida, así pues, desde el punto de vista desde quienes no aceptan a nuestro Padre común, lo peor que nos puede suceder es que la muerte nos sorprenda, pero, para nosotros, ese hecho no es fatalista, pues significa que nuestra vida será transformada, así pues, cuando nuestra alma espiritual sea separada de nuestro cuerpo mortal, quedaremos a la espera de que acontezca la resurrección universal. Oremos pidiéndole a nuestro Padre común que la humanidad le acepte por mediación de nuestra predicación.
Respondemos a cada petición: Padre nuestro de la vida, escucha nuestra oración.
V. Para que nunca falten en tu Iglesia laicos y religiosos que se muestren dispuestos a dar testimonio de su fe en nuestro mundo que vive sin Dios. Oremos.
V. Te pedimos que tu Espíritu Santo nos ayude a solidarizarnos con los pobres, los enfermos, las viudas, los ancianos, y todos los que se sienten desamparados o tienen carencias materiales o espirituales, pues sabemos que quieres redimir al mundo actuando por nuestro medio. Oremos.
V. Te pedimos que ni quienes no te aceptan ni las dificultades que caracterizan nuestra vida nos hagan perder la fe que te profesamos. Oremos.
V. Te pedimos que nuestro ejemplo de cristianos practicantes inste a nuestros prójimos a confiar en ti. Oremos.
V. Para que los formadores de los futuros religiosos y de los laicos de tu Iglesia consigan afianzar la fe, la esperanza y la caridad de la Iglesia del futuro. Oremos.
V. Para que al hacer balance de los progresos que hemos hecho en este año litúrgico en los niveles material y espiritual podamos constatar que has aumentado nuestra fe. Oremos.
V. En el día en que nos hemos reunido ante tu altar para celebrar la entrega sacrificial de tu Hijo que quiso morir para hacernos conscientes de que nos amas, te pedimos que escuches nuestras peticiones, pues vivimos esperando que finalices la instauración de tu Reino en la tierra, para que así podamos verte sin tener que recurrir a la fe para ello. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Padre, que esta ofrenda sea agradable a tu mirada, nos otorgue la gracia de servirte con amor y nos obtenga los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio común VIII
Jesús, buen samaritano
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo darte gracias, deber nuestro alabarte, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, en todos los momentos y circunstancias de la vida, en la salud y en la enfermedad, en el sufrimiento y en el gozo, por tu siervo, Jesús, nuestro Redentor. Porque él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Por este don de tu gracia, incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor, vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado. Por eso, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos a una voz el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión:
Mi dicha es estar cerca de Dios, y poner mi refugio (confianza) en el Señor (SAL. 72, 28).
O bien:
Dice el Señor: En verdad les digo, cuando pidan algo en la oración crean que ya lo tienen y lo conseguirán (MC. 11, 23-24).
Lectura antes de la Comunión:
La Comunión es mi vida
¡Oh dulcísimo Jesús Sacramentado! Cuando te recibo en mi corazón siento que mi fe me aumenta, mi esperanza se fortalece y mi vida se alarga, porque, recibiendo tu Sacratísimo Cuerpo, vivo contigo y tú vives conmigo, y el que vive unido a ti no morirá, porque eres camino, verdad y vida eterna. Tú eres la vid; yo, el sarmiento, que no puede dar fruto si no permanece unido a ti. Tú eres el pan que bajó del cielo, no como el maná que en el desierto comieron nuestros padres y murieron. El que coma este pan vivirá eternamente. ¡Oh alma mía, recibe ese pan celestial, que es vida, esperanza y caridad! Haz, Jesús mío, que contigo viva, sufra y padezca en este mundo con tal de recibirte en mi corazón, porque la Comunión es mi vida. Amén.
(Desconozco el autor de esta oración).
Lectura después de la Comunión
Oración a la Santísima Virgen
Oh María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus inmaculadas entrañas, criándolo y alimentándolo con tu pecho, y lo abrazaste amorosamente en tus brazos. Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo, con amor y humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por tu gloria, y por mis necesidades y por las de todo el mundo. Te ruego, piadosísima Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirte, desde ahora, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de la perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos. Amén.
(Desconozco el autor de esta oración).
Oración después de la Comunión
Después de recibir el don de este sacramento que hemos celebrado, te pedimos, Señor, que el memorial que tu Hijo nos mandó revivir aumente la caridad en todos nosotros. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, volvamos a iniciar la realización de nuestras actividades ordinarias, y hagamos el propósito de leer los capítulos 18 y 19 del Evangelio de San Juan durante los próximos días, con el fin de que podamos celebrar la Solemnidad de Cristo, Rey del universo, siendo más conscientes de lo que nuestro Salvador ha hecho por nosotros.
Os deseo un feliz Día del Señor.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 14/11/07 02:41
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