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Domingo XXXII Ordinario en TRIGO DE DIOS

Domingo XXXII Ordinario

Al final de los tiempos resucitaremos para vivir en la presencia de Dios. Padre nuestro.

Domingo, 11-11-2007, Domingo XXXII Ordinario del ciclo c.

Edición número 122.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo XXXII Ordinario del ciclo c.

Antífona de entrada

Que mi plegaria llegue a tu presencia, Señor; inclina tu oído a mi clamor (CF. SAL. 87, 3).

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy comenzamos a vivir la semana XXXII del tiempo Ordinario, así pues, nos quedan 3 semanas para concluir este ciclo litúrgico, y para prepararnos a comenzar a vivir un nuevo e intenso año litúrgico. Por otra parte, en el mes en que hemos recordado la glorificación de los Santos y hemos aumentado nuestro anhelo de vivir en la presencia de nuestro Padre común, oramos con la creencia de poder alcanzar lo que esperamos que hayan alcanzado nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, mientras que, a través de las lecturas correspondientes a esta celebración eucarística, nuestra Santa Madre la Iglesia, nos enseñará a fructificar nuestra fe, a través de nuestras oraciones, y de nuestras obras de amor, porque queremos ser dignos hijos del Dios que nos llama a vivir eternamente en su presencia.

Oración colecta

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, te suplicamos que alejes de nosotros todos los males para que sin impedimentos en el alma y en el cuerpo cumplamos tu voluntad con libertad de espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas.

Monición de la primera lectura:

Siete hermanos judíos fueron martirizados junto a su madre en el tiempo de Antioco Epifanes porque ellos se negaban a comer carne de cerdo, ya que la misma era impura para los descendientes de Abraham. Este hecho es ridículo si lo contemplamos desde nuestra óptica actual, pero no lo es en absoluto si pensamos que, como cristianos que somos, no podemos negar la existencia de nuestro Padre común. Las citadas muertes acontecieron porque las víctimas de los enemigos de los judíos sabían que Dios no los dejaría olvidados después de que aconteciera su muerte, pues ellos creían que habían de resucitar de entre los muertos.

Primera lectura:

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14.

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.
Uno de ellos habló en nombre de los demás:
-«¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»
El segundo, estando para morir, dijo:
- «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. »
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
- «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.
Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo:
- «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida. »

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial:

Respondemos a la primera lectura pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a vencer las dificultades características de nuestra vida.

Salmo responsorial:

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras.
R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.
R.

Monición de la segunda lectura:

San Pablo nos insta para que actuemos como buenos cristianos y para que oremos por quienes nos transmiten la Palabra de Dios con sus palabras y sus obras de amor.

Segunda lectura:

El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Lectura de la segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2, 16--3, 5.

Hermanos:
Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios, siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos.
El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.
Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.
Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos (AP. 1, 5a y 6b). Aleluya.

Monición del Evangelio:

Dios transformará nuestra existencia al final de los tiempos.

Evangelio:

No es Dios de muertos, sino de vivos.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 20, 27-38.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
- «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó:
- «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán.
Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob".
No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»
Palabra del Señor.
R. gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

La realidad de la resurrección.

Estimados hermanos y amigos:
En esta nueva ocasión que nuestro Padre y Dios me ha dado para dirigirme a vosotros, deseo proponeros en conformidad con los textos bíblicos correspondientes a la Liturgia de hoy, que meditemos en torno a un tema muy polémico, de hecho, muchos que se dicen creyentes, lo rechazan, porque no pueden demostrar científicamente su existencia. Cuando restan tres semanas para que concluyamos este ciclo litúrgico, es necesario que meditemos sobre la resurrección de los muertos, dado que nos es preciso creer que Jesús volverá a nuestro encuentro, al final de los tiempos, a exterminar definitivamente nuestras miserias actuales, y a concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo. Sé que no sólo entre quienes rechazan nuestra fe, sino que entre los cristianos, no faltan quienes creen que nosotros nos aferramos a la resurrección por miedo a la muerte o porque tenemos mucha imaginación y deseamos utilizar la resurrección para evitar el hecho de pensar en nuestros problemas.
Para creer en la resurrección de los muertos, debemos evitar el miedo a la muerte, y el hecho de ver la misma como la continuación de una vida marcada por nuestras actuales miserias, dado que, según veremos al meditar el Evangelio de hoy, nuestra vida en la presencia de Dios será muy diferente a nuestra existencia actual, así pues, no pensemos en la posibilidad de abrazar una vida placentera más allá de nuestras dificultades actuales, porque nuestra fe no es una utopía que puede ayudarnos a soportar el tedio que puede producirnos nuestra situación actual, sino la contemplación de una realidad que esperamos vivir plenamente.
A lo largo de los más de cinco años que he trabajado difundiendo la Palabra de Dios en la red de redes, he recibido algunos correos electrónicos cuyos autores me han hecho la siguiente pregunta: “¿Por qué nos afanamos en esta vida sabiendo que vamos a morir irremediablemente?”. Es cierto que nuestra existencia es muy limitada, pero ello no debe entristecernos, si pensamos que nos aguarda una vida caracterizada por la felicidad más allá de la muerte.
Veamos brevemente el Evangelio de hoy. Para comprender el citado texto lucano nos es necesario conocer el siguiente fragmento de la ley del levirato:
“Cuando hermanos habitaren juntos, y muriere alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco. Y el primogénito que ella diere a luz sucederá en el nombre de su hermano muerto, para que el nombre de éste no sea borrado de Israel. Y si el hombre no quisiere tomar a su cuñada, irá entonces su cuñada a la puerta, a los ancianos, y dirá: Mi cuñado no quiere suscitar nombre en Israel a su hermano; no quiere emparentar conmigo. Entonces los ancianos de aquella ciudad lo harán venir, y hablarán con él (para convencerlo a fin de que acepte a su cuñada como esposa); y si él se levantare y dijere: No quiero tomarla, se acercará entonces su cuñada a él delante de los ancianos, y le quitará el calzado del pie (para humillarlo por su pecado de no suscitarle un descendiente a su hermano muerto), y le escupirá en el rostro, y hablará y dirá: Así será hecho al varón que no quiere edificar la casa de su hermano. Y se le dará este nombre en Israel: La casa del descalzado” (DT. 25, 5-10).
Los saduceos rechazaban la Ley oral que era de trascendental importancia para los fariseos, así pues, cuando le plantearon a nuestro Hermano y Señor la cuestión de la mujer que enviudó y se casó con sus seis cuñados, pretendieron burlarse del Hijo de María y de sus adversarios, pues ellos estaban en contra de la democratización que promovían los fariseos, dado que ello debilitaba el poder de los citados grandes sacerdotes que se mostraban distantes del pueblo y mantenían su privilegiada posición social amparados por el poder de las autoridades romanas.
“Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Los hijos de este siglo (quienes viven en este tiempo) se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo (la salvación) y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento” (LC. 20, 34-35). Dado que el matrimonio es un contrato civil y religioso constituido por Dios para que los hombres y las mujeres solventemos los unos las carencias de los otros y eduquemos a nuestros hijos, y dado que en el Reino de Dios no tendremos dificultades ni nos reproduciremos, no nos será necesario casarnos.
“Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (LC. 20, 36). Cuando vivamos en la presencia de nuestro Padre común seremos semejantes a los ángeles en términos espirituales, dado que, a diferencia de los citados siervos de Dios, nosotros mantendremos cuerpos espirituales, es decir, no viviremos dependiendo de nuestras necesidades actuales, dado que nuestras envolturas carnales serán movidas por nuestros espíritus.
“Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza (en el tiempo en que la resurrección no era tan aceptada como en nuestro tiempo ni mucho menos), cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob (indicando que los grandes Patriarcas de Israel vivían espiritualmente, no estaban muertos y por tanto seguían siendo amados por Dios). Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Respondiéndole algunos de los escribas (formadores de los fariseos, intérpretes de la Ley), dijeron: Maestro, bien has dicho” (LC. 20, 37-39).
San Pablo les escribió a los Tesalonicenses sobre la resurrección de los muertos y la venida de Jesús:
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él (siendo creyentes en El). Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos (creyentes) en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos (resucitaremos si nos ha dado tiempo a morir), los que hallamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (San Pablo creyó durante cierto tiempo que el mundo estaba a punto de acabarse y que el Reino de Dios estaba a punto de ser instaurado definitivamente) (1 TES. 4, 13-17). “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos (moriremos); pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto (el cuerpo) corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 COR. 15, 51-53).
“Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras. Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones (escatológicos), no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; y que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos (quienes no estén preparados para que sea concluida su redención) destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día (hijos de Dios y de su verdad); no somos de la noche (la confusión) ni de las tinieblas (el demonio). Por tanto, no durmamos como los demás (incrédulos), sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de la salvación como yelmo” (1 TES. 4-18, 5-8).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra celestial Mediadora que le siga pidiendo a nuestro Padre común que nos conduzca a su presencia junto a ella y a nuestros familiares y amigos queridos, los cuales, o durmieron en la esperanza de alcanzar la vida eterna, o murieron sin fe, pero nosotros anhelamos su salvación.
Que el Dios de la misericordia os bendiga.

Oración de los fieles

Jesús nos dice por mediación del primer Evangelista: "Vosotros tenéis que ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos" (MT. 5, 48). En otro lugar del Evangelio de San Mateo, leemos las siguientes palabras de nuestro Maestro: "Portaos en todo con los demás como queréis que se comporten los demás con vosotros. En esto consisten la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas" (MT. 7, 12). Pidámosle a nuestro Padre común que nos inspire el deseo de trabajar para crear una sociedad basada en la vivencia del amor, la justicia y la santidad que caracterizan a la Trinidad Beatísima.

Respondemos a cada intención: Padre nuestro, ayúdanos a comprender que somos hermanos.

V. Te pedimos por el Papa Benedicto XVI, por todos los obispos del mundo y los religiosos de tu Iglesia, para que su entrega a la evangelización del mundo les merezca la salvación eterna, y, a nosotros, nos sirva de ejemplo, pues hemos de ser conscientes de las necesidades de nuestros prójimos los hombres. Oremos.

V. Te pedimos por quienes no valoran a nadie por su conducta, sino, por sus riquezas, para que comprendan que el amor es la riqueza más valiosa y menos apreciada en nuestra sociedad. Oremos.

V. Te pedimos por quienes tienen carencias materiales, para que, por mediación de tu gracia y de nuestra ayuda, puedan constatar que sus dificultades se satisfacen. Oremos.

V. Te pedimos por quienes se sienten solos, por quienes no tienen a quienes les motiven a seguir luchando, para que seamos conscientes de que sin ti nada podemos, y, en agradecimiento al bien que nos has hecho, nos unamos a ellos, y constituyamos un reino de hermanos, según tu voluntad. Oremos.

V. Oremos por quienes se dedican a satisfacer las carencias materiales y espirituales de sus prójimos, para que su caridad nos estimule a imitarles, y así aumentes su esperanza de ver alcanzada la obtención de sus propósitos. Oremos.

V. Oremos por la consecución de trabajo de los más necesitados de nuestros hermanos, para que, al poder desempeñar una actividad laboral, puedan solventar sus problemas. Oremos.

V. Escucha, Padre Santo, la oración de tus hijos, pues nos hemos reunido ante tu altar, para celebrar la Eucaristía, mientras aguardamos la plena instauración de tu Reino de amor y justicia entre nosotros. Ayuda a quienes sufren a solventar sus carencias y a no perder el ánimo ante las dificultades que han de vivir, y ayúdanos a solidarizarnos con ellos. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Oración sobre las ofrendas:

Mira con bondad, Señor, este sacrificio y concédenos alcanzar los frutos de la Pasión de tu Hijo que ahora celebramos sacramentalmente. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio común III:

Alabanza a Dios por la creación y la redención del hombre.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Pues por medio de tu amado Hijo, eres el creador del género humano, y también el autor bondadoso de la nueva creación. Por eso, con razón te sirven todas las criaturas, con justicia te alaban todos los redimidos, y unánimes te bendicen tus santos. Con ellos, también nosotros, a una con los ángeles, cantamos tu gloria gozosos diciendo:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión:

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas (CF. SAL. 22, 1-2).

O bien:

Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan (CF LC. 24, 35).

Lectura después de la Comunión

Oración de Romano Guardini

En Cristo se nos ha abierto la hondura de la vida escondida de Dios. Su naturaleza, palabra y obra tan llenas de la realidad de lo sagrado. Pero de ella brotan figuras vivas: el Padre, en su omnipotencia y bondad; el Hijo, en su verdad y amor redentor , y entre ellos, el desprendido, el creador, el Espíritu.

Es un misterio que supera todo sentido; y hay gran peligro de escandalizarse de él. Pero yo no quiero un Dios que se ajuste a las medidas de mi pensamiento y esté formado a mi imagen. Quiero el auténtico, aunque sé que desborda mi intelectual capacidad. Por eso, ¡oh Dios vivo!, creo en tu misterio, y Cristo, que no puede mentir, es su fiador.

Cuando anhelo la intimidad de la compañía, tengo que ir a los demás hombres; y por más honda que sea la ligazón y más hondo que sea el amor, seguimos, sin embargo, separados. Pero tú encuentras tu propio «tú» en ti mismo. En tu misma hondura desarrollas el diálogo eterno. En tu misma riqueza tiene lugar el perpetuo regalo y recepción del amor.

Creo, ¡oh Dios!, en tu vida una y trina. Por ti creo en ella, pues ese misterio cobija tu verdad. En cuanto se abandona, tu imagen se desvanece en el mundo.
Pero también, ¡oh Dios!, creo en ella por nosotros, porque la paz de tu eterna vida tiene que llegar a ser nuestra patria. Nosotros somos tus hijos, ¡oh
Padre!; tus hermanos y hermanas, Hijo de Dios, Jesucristo, y tú, Espíritu Santo, eres nuestro amigo y maestro.

__________Oración después de la Comunión

Te damos gracias, Padre, por esta Eucaristía que nos ha alimentado e imploramos tu clemencia para que el Espíritu Santo nos haga perseverar en el recto camino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en esta celebración eucarística, volvamos a iniciar la realización de nuestras actividades ordinarias, y, durante las próximas 3 semanas, intentemos culminar este ciclo litúrgico, disponiendo nuestro corazón a la venida de Cristo Rey, que acontecerá al final de los tiempos.
Os deseo un feliz Domingo, Día del Señor.

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 09/11/07 00:06

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