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Domingo XXXII ordinario. en TRIGO DE DIOS

Domingo XXXII ordinario.

Fructificar la fe. Nuevo relato de Susana Ratero. Padre nuestro

Domingo, 12-11-2006, Domingo XXXII Ordinario del ciclo b

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Con María, en Caná de Galilea. Por Susana Ratero.

Celebremos la Eucaristía

Domingo XXXII Ordinario del ciclo b

Antífona de entrada

Que mi plegaria llegue a tu presencia, Señor; inclina tu oído a mi clamor (CF. SAL. 87, 3).

Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy comenzamos a vivir la semana XXXII del tiempo Ordinario, así pues, nos quedan 3 semanas para concluir este ciclo litúrgico, y para prepararnos a comenzar a vivir un nuevo e intenso año litúrgico. Por otra parte, en el mes en que hemos recordado la glorificación de los Santos y hemos aumentado nuestro anhelo de vivir en la presencia de nuestro Padre común, oramos con la creencia de poder alcanzar lo que esperamos que hayan alcanzado nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, mientras que, a través de las lecturas correspondientes a esta celebración eucarística, nuestra Santa Madre la Iglesia, nos enseñará a fructificar nuestra fe, a través de nuestras oraciones, y de nuestras obras de amor.
Comencemos esta celebración de la Eucaristía pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a fructificar nuestra fe.

Oración colecta

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, te suplicamos que alejes de nosotros todos los males para que sin impedimentos en el alma y en el cuerpo cumplamos tu voluntad con libertad de espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas:

1. La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías (1 RE. 17, 10-16). En la lectura que escucharemos a continuación, vemos cómo una pobre viuda confió en Dios y en su profeta cuando contaba las escasas horas de vida que les quedaban a ella y a su hijo en los años en que Elías hizo que la sequía asolara la Tierra prometida, con el fin de que los hebreos no se apartaran del camino del Shaddai. Pidámosle a nuestro Criador que no permita que se debilite nuestra fe cuando seamos puestos a prueba para fortalecer la primera de las tres virtudes teologales.

2. Alaba, alma mía, al Señor (SAL. 145, 7. 8-9 a. 9 b c-10). Respondemos a la primera lectura de hoy orando, para expresar nuestra confianza en que Dios nos salvará después de habernos librado de nuestras miserias.

3. Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos (HEB. 9, 24-28). Nuestro Señor se dejó crucificar para hacernos comprender que somos el objeto del amor de nuestro Padre común, así pues, hemos de creer que nuestro Hermano y Señor vendrá a nuestro encuentro para conducirnos a la presencia de nuestro Criador, cuando Dios lo crea oportuno.

4. Aleluya, Aleluya: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (MT. 5, 3). Aleluya.

5. Esa pobre viuda ha echado más que nadie (MC. 12, 38-44). Al igual que las viudas que protagonizan la primera lectura y el Evangelio correspondientes a esta celebración eucarística, nosotros debemos ser generosos sirviendo a nuestro Padre común, en nuestros prójimos, y, en nuestras personas.

Homilía:

"Si tu mano derecha va a ser causa de que caigas en pecado, córtatela, porque más te vale entrar manco en la vida eterna que con tus dos manos ir a parar al fuego de la gehena, que nunca se apaga"
(San Marcos, 9, 43).


El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, nuestro Padre Dios, quiere que nosotros confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, debemos sembrar la semilla divina, ‑que es la Palabra de nuestro Padre Celestial‑, para que nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra.

No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, nosotros podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por nuestro Dios.

Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeños sacrificios, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una o varias enfermedades.

Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, han fenecido, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos.

"Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante"
(San Juan, 10, 10).

¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros? Por consiguiente, la verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a los prójimos.

La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1993, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro.

Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.
(Trigo de Dios, pan de vida).

Oración de los fieles

Jesús nos dice por mediación del primer Evangelista: "Vosotros tenéis que ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos" (MT. 5, 48). En otro lugar del Evangelio de San Mateo, leemos las siguientes palabras de nuestro Maestro: "Portaos en todo con los demás como queréis que se comporten los demás con vosotros. En esto consisten la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas" (MT. 7, 12). Pidámosle a nuestro Padre común que nos inspire el deseo de trabajar para crear una sociedad basada en la vivencia del amor, la justicia y la santidad que caracterizan a la Trinidad Beatísima. Respondemos a cada intención: Padre nuestro, ayúdanos a comprender que somos hermanos.

1. Te pedimos por el Papa Benedicto XVI, por todos los obispos del mundo y los religiosos de tu Iglesia, para que su entrega a la evangelización del mundo les merezca la salvación eterna, y, a nosotros, nos sirva de ejemplo, pues hemos de ser conscientes de las necesidades de nuestros prójimos los hombres. Oremos.
2. Te pedimos por quienes no valoran a nadie por su conducta, sino, por sus riquezas, para que comprendan que el amor es la riqueza más valiosa y menos apreciada en nuestra sociedad. Oremos.
3. Te pedimos por quienes tienen carencias materiales, para que, por mediación de tu gracia y de nuestra ayuda, puedan constatar que sus dificultades se satisfacen. Oremos.
4. Te pedimos por quienes se sienten solos, por quienes no tienen a quienes les motiven a seguir luchando, para que seamos conscientes de que sin ti nada podemos, y, en agradecimiento al bien que nos has hecho, nos unamos a ellos, y constituyamos un reino de hermanos, según tu voluntad. Oremos.
5. Oremos por quienes se dedican a satisfacer las carencias materiales y espirituales de sus prójimos, para que su caridad nos estimule a imitarles, y así aumentes su esperanza de ver alcanzada la obtención de sus propósitos. Oremos.
6. Oremos por la consecución de trabajo de los más necesitados de nuestros hermanos, para que, al poder desempeñar una actividad laboral, puedan solventar sus problemas. Oremos.

V. Escucha, Padre Santo, la oración de tus hijos, pues nos hemos reunido ante tu altar, para celebrar la Eucaristía, mientras aguardamos la plena instauración de tu Reino de amor y justicia entre nosotros. Ayuda a quienes sufren a solventar sus carencias y a no perder el ánimo ante las dificultades que han de vivir, y ayúdanos a solidarizarnos con ellos. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Mira con bondad, Señor, este sacrificio y concédenos alcanzar los frutos de la Pasión de tu Hijo que ahora celebramos sacramentalmente. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio común III

Alabanza a Dios por la creación y la redención del hombre

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Pues por medio de tu amado Hijo, eres el creador del género humano, y también el autor bondadoso de la nueva creación. Por eso, con razón te sirven todas las criaturas, con justicia te alaban todos los redimidos, y unánimes te bendicen tus santos. Con ellos, también nosotros, a una con los ángeles, cantamos tu gloria gozosos diciendo: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas (CF. SAL. 22, 1-2).

Lectura después de la Comunión

Oración de Romano Guardini

En Cristo se nos ha abierto la hondura de la vida escondida de Dios. Su naturaleza, palabra y obra tan llenas de la realidad de lo sagrado. Pero de ella
brotan figuras vivas: el Padre, en su omnipotencia y bondad; el Hijo, en su verdad y amor redentor , y entre ellos, el desprendido, el creador, el Espíritu.

Es un misterio que supera todo sentido; y hay gran peligro de escandalizarse de él. Pero yo no quiero un Dios que se ajuste a las medidas de mi pensamiento
y esté formado a mi imagen. Quiero el auténtico, aunque sé que desborda mi intelectual capacidad. Por eso, ¡oh Dios vivo!, creo en tu misterio, y Cristo,
que no puede mentir, es su fiador.

Cuando anhelo la intimidad de la compañía, tengo que ir a los demás hombres; y por más honda que sea la ligazón y más hondo que sea el amor, seguimos, sin
embargo, separados. Pero tú encuentras tu propio «tú» en ti mismo. En tu misma hondura desarrollas el diálogo eterno. En tu misma riqueza tiene lugar el
perpetuo regalo y recepción del amor.

Creo, ¡oh Dios!, en tu vida una y trina. Por ti creo en ella, pues ese misterio cobija tu verdad. En cuanto se abandona, tu imagen se desvanece en el mundo.
Pero también, ¡oh Dios!, creo en ella por nosotros, porque la paz de tu eterna vida tiene que llegar a ser nuestra patria. Nosotros somos tus hijos, ¡oh
Padre!; tus hermanos y hermanas, Hijo de Dios, Jesucristo, y tú, Espíritu Santo, eres nuestro amigo y maestro.

__________Oración después de la Comunión

Te damos gracias, Padre, por esta Eucaristía que nos ha alimentado e imploramos tu clemencia para que el Espíritu Santo nos haga perseverar en el recto camino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en esta celebración eucarística, volvamos a iniciar la realización de nuestras actividades ordinarias, y, durante las próximas 3 semanas, intentemos culminar este ciclo litúrgico, disponiendo nuestro corazón a la venida de Cristo Rey, que acontecerá al final de los tiempos.
Os deseo un feliz Domingo, Día del Señor.

Padre nuestro, escucha nuestra oración

Con María, en Caná de Galilea

Por Susana Ratero

Con María, en Cana de Galilea
Es sábado en la tarde. Como puedo, a los tirones, logro que mis cansados pies me lleven al recinto de la parroquia de Luján. Mi pobre alma, hecha jirones,
acaba de salir de una fuerte tormenta de dolor, soledad e impotencia.
Me arrodillo ante tu imagen, Madre mía. Tu sencilla y conocida imagen.
Tu silencio se suma a tantos otros que me lastiman. Con las pocas palabras que puedo rescatar del naufragio de mi corazón atino a decirte...
- ¿Tienes un Caná de Galilea para mí?... Por favor, Madre, mira mi corazón y ten piedad de mí. Creí que las tinajas de mi alma tenían suficiente
fe, esperanza, paciencia... pero ya ves... las usé demasiado, las use mal, no lo sé. Se me vino una tormenta encima... tu sabes. Me hallo tan perdida
como los pobres sirvientes en aquella boda, cuando ya no había mas vino que sacar, ni sitio a donde recurrir...
- ¿Comprendes ahora, hija mía, lo que es necesitar un “Cana de Galilea”? ¿Comprendes la soledad y la angustia del alma cuando languidece por falta
de alimento, cuidados y santa compañía?
- Creo que sí Madre... Buscarte ahora, diciéndote que ya no hay más vino en las tinajas de mi corazón es...
- Tocar fondo, querida mía. Has tocado fondo. Pero no te angusties ni desesperes, aquí estoy yo, que soy tu Madre. Nada tienes que temer.
Y te quedas a mi lado, y yo sigo de rodillas mientras empieza la misa. La sigo con la mayor devoción que puedo, pero no me es fácil.
- Ya es tiempo-dices, Madre mía- ya es tiempo. Iremos a Jesús y hablaré con Él por ti. Ven Sígueme.
Y como los sirvientes de la boda, mi corazón te sigue hasta cerquita del altar, frente al Sagrario. Allí hablas con Jesús. ¡Bendito dialogo de amor que
jamás me atrevería a escuchar!
Mi corazón se arrodilla ante el Sagrario y espera, como el último de los mendigos de la tierra.
Vuelves a mi lado, Madrecita, y repites, como haces casi dos mil años:
-“Haz todo lo que Él te diga”
Y nos volvemos al banco de la Parroquia.
El sacerdote lee el Evangelio. Te siento a mi lado, abrazándome fuerte, y repitiendo “Escucha, haz todo lo que El te diga”....
Y allí comprendo que Jesús me esta pidiendo que le siga, que le escuche, que sea Él la prioridad en mis decisiones. Sobre todo, me esta pidiendo amor.
Amor a mis hermanos. Amor cuando los demás me aman y amor cuando me olvidan. Amor cuando me cuidan y amor cuando me abandonan. Amor cuando me escuchan
y amor cuando me ignoran. Amor... después de la tormenta del alma, Jesús me pide que intente el amor, sólo que lo intente, Él me dará la fuerza que yo
no hallo, pero lo hará si el primer paso sale de mi voluntad. Jesús me pide amor... yo, a mi vez, le pido que transforme en oración las amargas aguas de
mis rencores, de mis tristes recuerdos. Le pido me enseñe a orar por aquellos que alguna vez me lastimaron. Que me enseñe a perdonar, para que mi amargura
no torne agrio el vino del milagro.
Llega el momento de la consagración.
Se llevan las ofrendas de pan y vino, y otras ofrendas de la comunidad
- Pon las tuyas también, hija-me aconsejas, siempre sabia, siempre prudentísima
- ¿Qué puedo poner yo, Madre, si mi pobre alma sangra por todos lados?
- Pues ponla, hija, como puedas, con errores y con aciertos
- ¿Puedes ponerla tu por mí, si no es demasiado atrevimiento?-y me siento avergonzada de pedirte tanto, pero siento que sola no puedo
- Esperaba que me lo pidieras, querida.
¡Qué dulce alivio! Entrego mi pobre alma a María. Según mi propio parecer, se ve como la más indigna de las ofrendas. Pero Ella hace algo que me sorprende.
La coloca en una bellísima bandeja, va curando las heridas de a una, va haciendo brillar los méritos que la adornan y la deja hermosa. Ella misma se acerca
al altar y allí la deposita. Ahora estoy segura de que Jesús la recibirá de buen grado, no sólo por lo bien presentada sino por quien se la entrega (*)
Ya el pan no es pan sino el Cuerpo de Cristo. Ya el vino no es vino sino su Preciosísima Sangre.
Es tiempo de acercarse a comulgar.
- Vamos hija- me dices- es hora del milagro. El alma que ofreciste lastimada, vacía y sin esperanzas, la tomaré ahora para ti y estará lista para
el milagro. Solo que esta vez no se llenaran las vasijas del alma de un vino de exquisita calidad. No. Esta vez, hija mía, se llenaran del Cuerpo, Alma,
Sangre y Divinidad de mi amado Hijo.
María toma mi pobre alma y me la devuelve lista para recibir la Santa Comunión
- Quédate conmigo, Madre, que sin ti, no me atrevo a recibirle. Quédate en mi corazón. No es que Jesús pierda algo de su gloria al venir a un corazón
tan manchado e inconstante como el mío, Pero si tu estas en él, Madre querida, el Maestro hallará su complacencia, pues te ama sobre todo.(*)
Así, sintiéndote en mi corazón, María, me acerco a recibir a Jesús.
¡Oh sublime momento! Todas las palabras palidecen ante tanto amor derramado en el alma.
Una a una, las vasijas vacías de mi interior se van llenando del más puro amor. Una paz infinita me inunda y me siento en la más gratísima de las compañías:
Jesús y su Madre.
Allí me quedo, como una esclava a la puerta del Palacio del Rey, donde esta hablando con la Reina y mi corazón viaja por toda la tierra suplicando a
todos amen a Jesús en Maria en mi nombre (*)
Caná de Galilea ha sucedido hoy para mí. He llegado vacía hasta tu lado, Madre mía, y te he pedido un milagro. No sólo me lo has concedido sino que me
has dejado una profunda enseñanza.
- ¿Cómo sabré, Señora, si este milagro no es pura ilusión mía?¿Cómo sabré usarlo correctamente?
- Pues, muy simple hijita, algún “maestresala” dirá de ti: “Casi todos, dan su mejor vino al comienzo de las relaciones y, cuando éstas se van agotando
y gastando, pues, para mantenerlas, usan un vino de inferior calidad. Pero esta persona ha dejado el mejor vino para el final, el mejor amor ha surgido
después del dolor”
Los “maestresala”, los que viven conmigo, los que me conocen, los que me quieren y los que no... Con tu ayuda, Madre Santísima, espero servirles el
mejor vino, es decir, un amor más sincero, más puro, más humilde, más digno de Aquel que, en cada misa, renueva el milagro para los sencillos, para los
simples de corazón, para los sirvientes...
Si, quiero ser siempre como una sirvienta, como los que fueron dignos de presenciar el primer milagro de Jesús a pedido Maria
Amigo que has leído este pequeño relato. Cerca de tu casa, seguro, se celebran las “bodas de Cana”, en la parroquia más cercana. Ve, acércate, dile a
Maria que ya no tienes vino. Ella tiene un milagro especial esperando por ti.
(*)comparaciones basadas en los escritos de Grignon de Montfort
María Susana Ratero
susanaratero@yahoo.com.ar
NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que
he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar
los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

Bajo el manto de María
la su de María
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 16/04/07 21:23

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