TRIGO DE DIOS
Domingo XXXI Ordinario en TRIGO DE DIOS
Domingo XXXI Ordinario
Zaqueo y el amor al prójimo. Ante Dios, todos somos iguales.
Padre nuestro.
Domingo, 4-11-2007, Domingo XXXI Ordinario del ciclo c.
Edición número 121.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía.
Domingo XXXI Ordinario del ciclo c.
Antífona de entrada:
No me abandones, Señor. Dios mío, no te quedes lejos; apresúrate a venir en mi ayuda, señor mío, mi salvación (CF. SAL. 37, 22-23).
Monición de entrada:
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
DE la misma manera que Dios nos ama a todos independientemente de que seamos santos o pecadores porque todos tenemos un valor personal que nuestras buenas obras no aumentan y nuestras obras impropias no disminuyen, nosotros tenemos que imitar a nuestro Padre común, porque sólo El conoce nuestros corazones, y desea que todos seamos alcanzados por la salvación. El hecho de que Dios nos ame por causa de su amor y de que por ello nuestra salvación no dependa de nuestras obras no significa que dejemos de hacer el bien, pues lo menos que podemos hacer es agradecerle a nuestro Padre común el bien que nos ha hecho sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres.
Oración colecta:
Dios omnipotente y lleno de misericordia, por tu gracia podemos celebrar esta liturgia de alabanza; te pedimos que nos otorgues peregrinar sin tropiezos hacia los bienes prometidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra.
Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes.
Monición de la primera lectura:
Dios nos ama a todos sin excepción.
Primera lectura:
Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres.
Lectura del libro de la Sabiduría 11, 22-12, 2.
Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.
Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.
Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.
Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?
¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?
Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.
Todos llevan tu soplo incorruptible.
Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.
Palabra de Dios.
R. TE alabamos, Señor.
Monición del Salmo responsorial:
Dios perdona todas nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, por eso debemos agradecerle el bien que nos ha hecho, y debemos esforzarnos para que nuestros prójimos lo conozcan, lo acepten y lo amen.
Salmo responsorial:
Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. R.
Monición de la segunda lectura:
Sabemos que cristo vendrá al final de los tiempos a concluir nuestra salvación, pero no por ello hemos de dejar de cumplir nuestras obligaciones para arrastrarnos por las visiones de quienes o sufren graves trastornos mentales o tienen un gran afán de protagonismo.
Segunda lectura:
Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él.
Lectura de la segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1, 11-2, 2.
Hermanos:
Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.
Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya, Aleluya: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Todo el que cree en él tiene vida eterna (JN. 3, 16). Aleluya.
Monición del Evangelio:
Dios nos llama a la conversión, a un cambio de vida que se realizará en nosotros cuando nos amemos sin endiosarnos, cuando amemos a Dios y aceptemos a nuestros prójimos con sus virtudes y defectos.
Evangelio:
El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 19, 1-10.
R. Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»
Él bajó en seguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
«Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»
Jesús le contestó:
- «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
1. Zaqueo.
Imaginemos, queridos hermanos y amigos, que caminamos hacia nuestro lugar de trabajo en medio de una gran multitud, y que, delante de nosotros, aparece un hombre que nos dice: -¿Dónde vais? ¡Esta noche cenaré en vuestra casa!. ¿Qué pensaríamos si nos sucediera nuestro caso imaginario? ¿De qué nos conocería ese hombre para querer comer en nuestra casa? El caso es que nuestro personaje viste una túnica tejida de una sola pieza, así pues, no parece que sea un mendigo. ¿Cómo es posible que este hombre quiera intimar con nosotros para atreverse a pedirnos sentarse a nuestra mesa sin estimar la posibilidad de que nos deshagamos de él? Esto es, pues, lo que precisamente le sucedió a Zaqueo. El estaba ejerciendo su trabajo de cobrador de impuestos cuando escuchó que la gente decía que Jesús de Nazaret iba a pasar por aquel lugar. Como nuestro simpático publicano era de baja estatura y la gente se aglutinaba para ver al Señor, tuvo la ocurrencia de subirse a una higuera para ver al Mesías por un momento. Algo más que la simple curiosidad debía mover a Zaqueo para que no pensara en sentirse humillado cuando la gente empezara a reírse de él al verlo tan pequeñito y encaramado a la higuera. Apenas Jesús levantó la cabeza y lo vio subido en el árbol, le dijo que descendiera rápido y lo tuviera todo listo, porque, aquella noche, él iba a cenar en su casa.
Zaqueo se sintió muy contento al encontrar a un hombre que, sin ser de su condición social, se atrevió a cometer la osadía de no rechazarlo. Durante la cena, algunos Apóstoles se sintieron incómodos al comer con aquel pecador, pero, de todas formas, Jesús los tenía acostumbrados a los doce a codearse con gente de mala reputación. Jesús habló con Zaqueo y, después de cenar, nuestro Señor se sintió satisfecho de constatar que, el nombre de aquel recaudador de impuestos, estaba inscrito en el libro de la vida, un gigantesco tomo que hay en el cielo en el que están registrados con letras mayúsculas y grandes los nombres de todos los que gozaremos al vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios.
Jesús era un hombre que tenía una mentalidad muy abierta, así pues, él gozaba al relacionarse con gente de todos los estamentos sociales. Me da mucha pena ver a quienes sienten miedo de contemplar a quienes están mal vestidos porque creen que les van a robar. No me da pena de los pobres a este respecto, sino de quienes se han construido un caparazón con unos cuantos bienes caducos que ni siquiera les sirve para protegerse del golpe más insignificante que puedan recibir.
2. Dios nos ama a todos.
El pasado día uno celebramos la Solemnidad de todos los Santos. Sé que cuando hablamos de los Santos se nos vienen a la mente las vidas ejemplares de los héroes que han sido reconocidos por la Iglesia como perfectísimos siervos de Dios a los que ni podemos ni quizá queremos imitar, por causa de nuestra humana debilidad y porque no tenemos la paciencia que nos es necesaria para perfeccionarnos tanto como lo hicieron ellos. El pasado viernes, cuando hice una pequeña compra en un supermercado antes de las nueve de la noche, vi cómo una señora se cargaba de bolsas de comida y estaba muy contenta porque iba a empezar a vivir a tope el fin de semana. Estoy acostumbrado a ver a la gente marcada por el agobio y la prisa, así pues, el ver aquella señora sonriendo me gustó mucho. Los Santos que celebramos el pasado día uno no son únicamente los que están en los altares de las Iglesias, sino los buenos cristianos religiosos y de a pie que, aunque quizá no son recordados por nadie, no han sido olvidados por nuestro Padre común.
Al meditar la historia del jefe de publicanos Zaqueo, se me ocurre pensar que nuestro Padre común nos ama a todos. En ciertas ocasiones me encuentro con gente que se cree perfecta y que margina a quienes no aceptan sus planteamientos. Nunca olvidaré una calurosa tarde de Domingo en la que asistí a una celebración eucarística, y le oí decir al celebrante en la homilía que pronunció: “Da pena decirlo, pero nosotros sabemos que los pecadores irán al infierno, y que nosotros, los que estamos celebrando la Eucaristía, seremos libres de ser condenados, porque creemos en Dios”. Independientemente de que creamos en la existencia del infierno, si Dios que tiene poder para castigarnos nos da las oportunidades que necesitamos para arrepentirnos de los pecados que cometemos, nosotros hemos de imitar a nuestro Padre común. Zaqueo era jefe de recaudadores de impuestos, así pues, cuando hablamos de su baja estatura, no sabemos si el Evangelista se refería a la moralidad del coprotagonista de esta historia o a la estatura física del mismo.
Quienes creen que serán salvos por causa de su escrupuloso cumplimiento de la Ley y no por causa del amor de Dios, corren el peligro de creer que se merecen el don de vivir en la presencia de nuestro Padre común, como si la dignidad de hijos de Dios pudiera ser comprada o cambiada por el ejercicio de la misericordia. No debemos creer bajo ningún concepto que tenemos poder para conquistar la salvación, pues nuestra futura vivencia en la presencia de nuestro Padre común depende de su amor para con nosotros, lo cuál no nos impide servirlo en nuestros prójimos para agradecerle el bien que nos ha hecho.
Seguro que muchos de los que vieron cómo Jesús se dirigió a Zaqueo cuando este estaba subido en la higuera se escandalizaron. Yo recuerdo cómo muchos españoles, durante los años de mi infancia, no veían la drogadicción como una enfermedad, sino como un paso que muchos daban para convertirse en ladrones que debían ser castigados inmisericordemente. El pasaje evangélico que estamos meditando también me recuerda mis eternas discusiones con hermanos cristianos no católicos que quieren llevarme junto a sus hermanos de fe y para ello lo único que saben hacer, en vez de convencerme de la realidad de su verdad con la Biblia en la mano, es desprestigiarnos a los hijos de la Iglesia. En el Evangelio que estamos meditando, vemos cómo Jesús dejó a los supuestos puritanos haciendo lo que querían, es decir, juzgando a su prójimo con tal de no reconocer sus pecados, y buscó a la oveja perdida, porque Zaqueo, al vivir al margen del amor de los hombres, necesitaba ser amado por Dios.
La historia del principio de la conversión de Zaqueo terminó con un banquete. Ello no podía suceder de otra manera porque, como Jesús no tenía una vivienda en la que celebrar aquel acontecimiento, tuvo que familiarizarse con zaqueo, para celebrar la nueva conversión en la casa del nuevo cristiano. Esta historia tenía que terminar con un banquete porque, los que siempre estamos sentados frente a la TV no aprendemos lo útil que es para nosotros hablar con quienes viven bajo nuestro techo, pues tanto ellos como nosotros tenemos problemas y alegrías que compartir unos con otros.
Pensemos que el amor de Dios no se vislumbró sobre Zaqueo cuando este aceptó el mensaje de Jesús, sino cuando aún era considerado como un pecador. Si Zaqueo no hubiera sido amado por Dios cuando era pecador, Jesús no hubiera tenido necesidad de acercarse a él. Si nosotros no hubiéramos sido amados por Dios antes de que Jesús hubiera sido ejecutado para redimirnos, nuestro Padre común, marcado por el odio hacia los transgresores de su Ley, lógicamente, no hubiera permitido la muerte de su Hijo para que sus enemigos alcanzaran la salvación. Si por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, no es necesario que seamos bautizados para que El nos empiece a amar, aunque nos bautizamos porque queremos significar con ello que somos hijos de nuestro criador y miembros de su Iglesia.
Oración de los fieles
V. Si verdaderamente creemos que nuestro Padre común nos ama, debemos agradecerle todo el bien que nos ha hecho a través de nuestras oraciones, y de nuestro servicio a nuestros prójimos los hombres. Sabemos que nos cuesta un gran sacrificio servir a nuestro Criador, así pues, oremos para que nuestro Padre común nos conceda un corazón misericordioso.
Respondemos a cada petición: Padre nuestro, haz del amor el centro de nuestra vida.
V. Para el Papa Benedicto XVI, los Obispos y todos los religiosos, te pedimos que les ayudes a mantener a tus hijos, los miembros de la Iglesia, firmes en la profesión de su fe. Oremos.
V. Te pedimos que hagas de la unidad y de la caridad 2 distintivos característicos de los miembros de tu pueblo. Oremos.
V. Para que los gobernantes de las naciones les proporcionen a los habitantes de las mismas paz, justicia, prosperidad y sean para los mismos ejemplo de caridad fraternal. Oremos.
V. Te pedimos por nuestros difuntos, especialmente por nuestros familiares y amigos queridos y por aquellos que no tienen a quienes los recuerden con amor en este valle de lágrimas, para que ellos hallan alcanzado la gloria que nosotros anhelamos. Oremos.
V. Te pedimos que socorras por tu bondad a las víctimas de los desastres naturales que se suceden en el mundo, para que tu compasión hacia ellos se manifieste a través de nuestra generosidad. Oremos.
V. Te pedimos por el aumento de vocaciones sacerdotales en tu Iglesia, pues nuestro mundo necesita pastores ansiosos de servirte. Oremos.
V. Escucha la oración de quienes nos hemos reunido ante tu altar para celebrar tu entrega generosa a tus hijos y para pedirte que nos concedas un corazón misericordioso, pues sabemos que sin tu ayuda no podremos alcanzar la felicidad eterna. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Padre, que este sacrificio sea para ti una ofrenda pura, y para nosotros una fuente generosa de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio Dominical VI
Prendas de la Pascua eterna
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. En quien vivimos, nos movemos y somos (existimos); y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya, en prenda, la vida futura. Pues al poseer las primicias del Espíritu, por el cual resucitaste a Jesús de entre los muertos, podemos esperar que un día sea nuestra la pascua eterna. Por eso, Señor, te damos gracias y proclamamos tu grandeza, cantando con los ángeles: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia (CF. SAL. 15, 11).
O bien:
Dice el Señor: así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, el que me come vivirá por mí (JN. 6, 58).
Lectura después de la Comunión
Oración de ofrecimiento de la Misa.
Señor, concédenos poder participar con verdadero amor, atención y piedad de esta Eucaristía que te ofrecemos, primero, para adorarte y agradecerte todos los beneficios que nos has hecho; segundo, para pedirte perdón de nuestros pecados y los de todos los hombres; tercero, para suplicarte las gracias que nos son necesarias para nuestra vida y para este día en concreto. Te ofrezco en particular esta Misa de hoy para... (Expresar la intención).
Concédenos, Señor, asistir a esta Misa con los mismos sentimientos de amor y piedad de tu Madre al pie de la cruz. Con el espíritu y fervor con que la vivieron los santos.
Te suplico que nos ayudes a prepararnos para recibirte dignamente, lo mejor que podamos.
(Desconozco el autor de esta oración).
Oración después de la Comunión
Te pedimos, Dios nuestro, que crezca en nosotros la acción de tu poder para que restaurados con estos sacramentos celestiales nos preparemos a recibir lo que ellos anticipan. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, emprendamos nuevamente la realización de nuestras actividades ordinarias, haciendo de la experiencia de la Trinidad Beatísima el centro de nuestra vida.
Os deseo un feliz Domingo.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 03/11/07 23:27
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