TRIGO DE DIOS
Domingo XXXI ordinario. en TRIGO DE DIOS
Domingo XXXI ordinario.
Dios y nosotros nos amamos.
Padre nuestro
Domingo, 5-11-2006, Domingo XXXI Ordinario del ciclo b
Edición número 66
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía
Domingo XXXI Ordinario del ciclo b
Antífona de entrada
No me abandones, Señor. Dios mío, no te quedes lejos; apresúrate a venir en mi ayuda, Señor mío, mi salvación (CF. SAL. 37, 22-23).
Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.
Saludo inicial del sacerdote
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre común.
Han transcurrido varios días desde que celebramos la Solemnidad de todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos, así pues, durante todo el mes de noviembre, oraremos por todos los difuntos, y le pediremos a Dios que se haga realidad nuestra fe, pues deseamos alcanzar la gloria que esperamos que ellos hallan podido alcanzar. Mientras nos esforzamos por aumentar nuestra fe, hoy vamos a meditar los dos primeros Mandamientos de la Ley, pues, el amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres, ha de ser como el impulso que nos insta a crear una sociedad en la que todos podamos ser felices.
Iniciemos esta celebración eucarística pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a manifestar esos buenos deseos en los que únicamente pensamos en la celebración de la Natividad de Jesús y olvidamos el resto de los días del año, y que nos ayude a cumplirlos, sin que el desánimo ni la apatía nos impidan lograr nuestro objetivo.
Oración colecta
Dios omnipotente y lleno de misericordia, por tu gracia podemos celebrar esta liturgia de alabanza; te pedimos que nos otorgues peregrinar sin tropiezos hacia los bienes prometidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra
1. Escucha, Israel: Amarás al Señor con todo el corazón (DT. 6, 2-6). En los años en que Moisés encaminó a los hebreos a través del desierto hacia la Tierra prometida, les instó a que amaran a su Criador, pues él, además de concederles la vida, les otorgó el don de la libertad, y, aunque probaba su fidelidad en él con el fin de purificarlos, perdonaba sus transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y les había prometido que les cedería la tierra en que habrían de seguir creciendo espiritualmente.
2. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza (SAL. 17, 2-3 a. 3 b c-4 47 y 51 ab). El Salmo responsorial con que oraremos a continuación se divide en 2 partes, en la primera de las cuales, reflexionamos sobre nuestras miserias, y, en la segunda, le damos gracias a nuestro Padre común, porque nos permite vencer la adversidad que atañe a nuestra existencia.
3. Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa (HEB. 7, 23-28). Jesús es el sacerdote eterno que se entregó a sus enemigos para demostrarnos que nuestro Padre común nos ama.
4. Aleluya, Aleluya: El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor- y mi Padre lo amará, y vendremos a él (JN. 14, 23). Aleluya.
5. No estás lejos del Reino de Dios (MC. 12, 28 b-34). Los que están cerca de Dios sirven a nuestro Padre común en sus prójimos y saben que, las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, les sirven para alcanzar la salvación.
Homilía:
1. ¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama? Cuando somos interrogados con respecto al amor que nuestro Padre común nos ha manifestado a lo largo de nuestra existencia, podemos pensar en muchas respuestas que pueden solventar esta cuestión, pues, las citadas respuestas, dependen de nuestra fe, nuestro amor, o nuestra carencia de fe, en nuestro Santo Padre. Con demasiada frecuencia escucho a muchos ateos afirmar que tanto los cristianos como los adeptos a otras religiones creemos en Dios porque sufrimos mucho al pensar en el dolor que nos puede afectar en un determinado momento de nuestra vida o sentimos pánico cuando pensamos en la muerte, así pues, para ellos, con la idea de evitar el miedo que supuestamente nos produce pensar en el hecho de sucumbir eternamente bajo los efectos de la muerte, nos hemos puesto de acuerdo para aceptar a un Dios que todos concebimos según la fe que nos han inculcado los líderes espirituales de las diversas religiones que profesamos.
Merecen una atención especial quienes se cuestionan con respecto al amor que Dios siente por ellos. Quizá ellos han perdido la fe en nuestro Padre común, porque abrazaron nuestra fe universal abrigando esperanzas sin fundamento en sus corazones, o quizás, -¿por qué no aceptarlo¿-, porque nosotros no hemos sabido mantener en sus corazones viva la llama de la esperanza. Yo quisiera invitar a quienes se sienten desengañados por Dios a que vuelvan a recordar la felicidad que su fe les pudo proporcionar antes de que se sintieran frustrados en su intento de alcanzar la felicidad poniendo sus ojos en el cielo. Yo quisiera ayudar a quienes han perdido la fe a analizar las causas que les han conducido a perder totalmente la esperanza que ha de caracterizarnos a los cristianos, pues, cuando un cristiano deja de creer en Dios, puede sucederle que se encuentre perdido.
Quienes tienen una fe débil, quizás creen en Dios cuando su salud es perfecta, cuando tienen trabajo, y son felices junto a sus familiares y amigos queridos, pero, cuando les llega el tiempo en que su creencia en nuestro Padre común es puesta a prueba por las contradicciones que forman parte de nuestra existencia mortal, se sienten desamparados por nuestro Criador.
Es digna de alabanza la actitud de quienes, a pesar de lo mucho que han sufrido creen en nuestro Padre común, pues, para ellos, lo importante no es la cantidad de dolor que han tenido que soportar, sino el milagro que Dios ha hecho en ellos, haciéndoles fuertes, para que, así, hayan podido soportar las circunstancias que erróneamente llamamos adversas que han formado parte de su vida, o que aún les siguen atormentando.
Cuando yo era catequista de niños, me encontré con un adolescente que me decía muchas veces las siguientes palabras: "¿Cómo es posible que creas que Dios se nos revela? Yo he comulgado decenas de veces, así pues, llevo más de un año sin faltar a la celebración de la Eucaristía dominical, y no siento nada especial". Una de las veces que le escuché esas palabras aquél joven incrédulo, le dije: "El cristianismo no es una sucesión de pensamientos que tenemos que albergar en nuestro corazón ni un montón de emociones que han de hacernos saltar de alegría constantemente, sino una vivencia cuya finalidad es hacernos felices, aunque tengamos que sufrir hasta que seamos tan perfectos como lo es Dios. Sois muchos los que queréis sobornar a Dios diciéndole que aceptáis el hecho de creer en él si sois plenamente felices, pero, en esta vida, no existe la felicidad perfecta". Aquél joven no tardó en responderme: "Si es verdad lo que me dices, ¿cómo es posible que los místicos hayan experimentado la felicidad perfecta al ver a Dios¿". Yo le respondí: "Los mártires han muerto siendo conscientes de que su sufrimiento les ha ayudado a vivir junto a Dios, donde la felicidad es sumamente perfecta, pues, en el cielo, no existen el dolor ni el pecado". La fe de aquél joven se mantuvo viva durante varios años, pero, en el año 2003, supe que, al faltarle el apoyo de un sacerdote o de un catequista que le animara a progresar espiritualmente, dejó de asistir a las celebraciones de la Eucaristía, y comenzó a vivir nuevamente como un ateo, según lo había hecho durante los más tiernos años de su infancia. Quizá pensamos que cuando nos tomamos un café nos sentimos muy capacitados para emprender cualquier actividad, así pues, en cierta forma, el café alivia a los depresivos que piensan demasiado en sus preocupaciones, si, después de tomarlo, comienzan a realizar una actividad que dominen con más o menos perfección y les resulte agradable. Nuestra fe no es una sustancia
excitante, pero, de alguna manera, nos hace experimentar la experiencia del Dios del amor, del Padre que, en la Persona de su Hijo amado, se nos entregó para que lo crucificáramos, para que aprendiéramos lo que significa amar desmedidamente, no con un amor ciego, sino con un amor capaz de soportar todo tipo de sufrimientos, si ello nos induce a vislumbrar la felicidad más allá del pecado, la enfermedad, la apatía, la angustia, el dolor en todas sus formas, y, la muerte.
2. ¿Por qué debemos amar a Dios¿. El Evangelio de hoy es un compendio de los textos que hemos meditado los últimos días. Hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que debemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en el que nuestra vida será diferente, seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se sostiene en la firme columna del Templo divino, esto es, la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. A pesar de que la Iglesia ha ido imponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y a pesar de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y, a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el muy especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría, el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejo de Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundante fruto en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que nosotros hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
Concluyamos esta reflexión del Evangelio diario orando para que Dios nos ayude a reconocer los frutos del amor y el Espíritu Santo en nosotros. (J. Portillo, 6-06-2002)
Oración de los fieles
V. Si verdaderamente creemos que nuestro Padre común nos ama, debemos agradecerle todo el bien que nos ha hecho a través de nuestras oraciones, y de nuestro servicio a nuestros prójimos los hombres. Sabemos que nos cuesta un gran sacrificio servir a nuestro Criador, así pues, oremos para que nuestro Padre común nos conceda un corazón misericordioso. Respondemos a cada petición: Padre nuestro, haz del amor el centro de nuestra vida.
1. Para el Papa Benedicto XVI, los Obispos y todos los religiosos, te pedimos que les ayudes a mantener a tus hijos, los miembros de la Iglesia, firmes en la profesión de su fe. Oremos.
2. Te pedimos que hagas de la unidad y de la caridad 2 distintivos característicos de los miembros de tu pueblo. Oremos.
3. Para que los gobernantes de las naciones les proporcionen a los habitantes de las mismas paz, justicia, prosperidad y sean para los mismos ejemplo de caridad fraternal. Oremos.
4. Te pedimos por nuestros difuntos, especialmente por nuestros familiares y amigos queridos y por aquellos que no tienen a quienes los recuerden con amor en este valle de lágrimas, para que ellos hallan alcanzado la gloria que nosotros anhelamos. Oremos.
5. Te pedimos que socorras por tu bondad a las víctimas de los desastres naturales que se suceden en el mundo, para que tu compasión hacia ellos se manifieste a través de nuestra generosidad. Oremos.
6. Te pedimos por el aumento de vocaciones sacerdotales en tu Iglesia, pues nuestro mundo necesita pastores ansiosos de servirte. Oremos.
V. Escucha la oración de quienes nos hemos reunido ante tu altar para celebrar tu entrega generosa a tus hijos y para pedirte que nos concedas un corazón misericordioso, pues sabemos que sin tu ayuda no podremos alcanzar la felicidad eterna. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Padre, que este sacrificio sea para ti una ofrenda pura, y para nosotros una fuente generosa de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio Dominical VI
Prendas de la Pascua eterna
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. En quien vivimos, nos movemos y somos (existimos); y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya, en prenda, la vida futura. Pues al poseer las primicias del Espíritu, por el cual resucitaste a Jesús de entre los muertos, podemos esperar que un día sea nuestra la pascua eterna. Por eso, Señor, te damos gracias y proclamamos tu grandeza, cantando con los ángeles: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia (CF. SAL. 15, 11).
O bien:
Dice el Señor: así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, el que me come vivirá por mí (JN. 6, 58).
Lectura después de la Comunión
Oración de ofrecimiento de la Misa
Señor, concédenos poder participar con verdadero amor, atención y piedad de esta Eucaristía que te ofrecemos, primero, para adorarte y agradecerte todos los beneficios que nos has hecho; segundo, para pedirte perdón de nuestros pecados y los de todos los hombres; tercero, para suplicarte las gracias que nos son necesarias para nuestra vida y para este día en concreto. Te ofrezco en particular esta Misa de hoy para... (expresar la intención).
Concédenos, Señor, asistir a esta Misa con los mismos sentimientos de amor y piedad de tu Madre al pie de la cruz. Con el espíritu y fervor con que la vivieron los santos.
Te suplico que nos ayudes a prepararnos para recibirte dignamente, lo mejor que podamos.
(Desconozco el autor de esta oración).
Oración después de la Comunión
Te pedimos, Dios nuestro, que crezca en nosotros la acción de tu poder para que restaurados con estos sacramentos celestiales nos preparemos a recibir lo que ellos anticipan. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, emprendamos nuevamente la realización de nuestras actividades ordinarias, haciendo de la experiencia de la Trinidad Beatísima el centro de nuestra vida.
Os deseo un feliz Domingo.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 16/04/07 21:21
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