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TRIGO DE DIOS

Domingo XXVIII ordinario. en TRIGO DE DIOS

Domingo XXVIII ordinario.

El joven rico. Padre nuestro

Domingo, 15-10-2006, Domingo XXVIII Ordinario del ciclo b

Edición número 62

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Nota del editor.
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Oración a María de la santa lactancia. Por Susana Ratero.
-Campaña de oración. Oremos por los que no están con nosotros.

Nota del editor

Estimados hermanos y amigos:
Varios días después de que os enviara la última edición de Padre nuestro, durante una larga noche de tormenta, se me quemó el modem y, como por esta zona apenas se comercializa la conexión de 56 kbps a internet, he tardado mucho tiempo en poder adquirir otro modem, ya que en esta zona no los venden. Como casi todos vosotros sabéis, cuando me sucede algún percance con respecto a mis equipos informáticos no puedo conectarme a la red desde ningún cyber, primero porque donde vivo no hay ninguno, y no en todos los cyber que conozco lejos de mi vivienda me dejan conectarme a internet, temiendo que mi sintetizador de voz -sabéis que soy ciego- porte algún virus.
Os pido disculpas por las molestias que os haya podido ocasionar mi ausencia en la red, especialmente a quienes difundís mis meditaciones y las de Susana Ratero en vuestros grupos de Liturgia y oración.
En la última edición de Padre nuestro también cometí un error al cortar y pegar un texto de Susana Ratero de un archivo a otro, así pues, intentaré enviároslo nuevamente en esta ocasión. Espero que podáis recibir en esta ocasión el citado texto.

Celebremos la Eucaristía

Domingo XXVIII Ordinario del ciclo b

Antífona de entrada

Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir? Dios de Israel, en ti se encuentra el perdón (SAL 129, 3-4).

Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a esta casa de oración.
A través del Evangelio en que se relata la breve conversación que nuestro Señor Jesucristo mantuvo con un joven rico, la Iglesia nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestra vocación. Aprovechemos esta oportunidad que tenemos de reflexionar sobre el modo que tenemos de cumplir los mandamientos de la Ley divina, y pidámosle a nuestro Padre común que aumente nuestra fe, con el fin de que seamos discípulos intachables de nuestro Señor, a la hora de servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos.

Oración colecta

Padre providente, te pedimos que tu gracia siempre nos preceda y acompañe, y así estemos dispuestos a obrar constantemente el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que preceden a las mismas

1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza (SAB. 7, 7-11). ¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?

2. Sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida, será alegría y júbilo (SAL. 89, 12-13. 14-15. 16-17). Oremos pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en él.

3. La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón (HEB. 4, 12-13). Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.

4. Aleluya, Aleluya: El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca. Convertíos y creed en el mensaje de salvación (MC. 1, 15).

5. Vende lo que tienes y sígueme (MC. 10, 17-27). ¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su vida¿" (MT. 16, 26).

Homilía:

Una llamada muy especial. Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a nuestro Criador, él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizá nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros? Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos en algunas ocasiones con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible? Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en él, así pues, quizá en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor esa fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz o fundamento de nuestra existencia.
En el Evangelio de San Marcos leemos: "En cierta ocasión, yendo Jesús de camino, un joven vino corriendo, se arrodilló delante de él y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna¿" (MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable. ¿Cuál es la meta principal que queremos
alcanzar en nuestra vida? ¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo? El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
"Jesús le dijo: -¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solamente Dios" (MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones. Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que él no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos? ¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos? Jesús no desestima nuestras luchas porque él sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores? Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí
mismo: "El Padre me ama porque yo entrego mi vida, aunque la recuperaré de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela. Soy yo quien libremente la doy. Tengo poder para darla y para volver a recuperarla; y ésta es la misión que debo cumplir por orden de mi Padre" (JN. 10, 17-18), también dijo: "De igual modo vosotros, cuando halláis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer" (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su segunda obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que tenemos que hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si
queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas bien hechas.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de nuestro Padre común?
"Jesús entonces, mirándole con afecto (al joven rico), le dijo: -Una cosa te falta: Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos buenos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender o sin querer aceptar la posibilidad de solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que lo somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: "-¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios¡" (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de nuestro Padre celestial.

Oración de los fieles

V. Al recordar el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, hemos de preguntarnos si hemos hecho todo lo que hemos podido con la intención de servir a nuestro Padre común en nuestros hermanos los hombres, pues todos sabemos que los cristianos hemos de ser conocidos como artícifes de la donación. Oremos para que nuestro Padre común nos conciencie de que debemos hacer algo por nosotros y por nuestros prójimos, así pues, si no podemos cambiar las injusticias que se cometen en el mundo por obras de amor, sí podemos efectuar en nuestra mentalidad el cambio que nos gustaría que se llevase a cabo en nuestro entorno social. Respondemos a cada petición: Señor, escucha nuestra oración, y ten piedad de nosotros.

1. Por el Papa Benedicto XVI, por los Obispos, por los religiosos que se han consagrado a santificar a las almas que les han sido encomendadas, te pedimos, Santo Padre, que no les falten la fe y la constancia que precisan para llevar a cabo su labor evangelizadora. Oremos.
2. Por los laicos que trabajan en la Iglesia, el Reino de nuestro Padre común en el mundo, te pedimos, Señor, que sean capaces de hacer que el mundo se acerque a la Iglesia, y que la Iglesia siga deseando abrazar a toda la humanidad. Oremos.
3. Para que en nuestra Diócesis y en este templo se lleven a cabo diversas actividades pastorales para que, por la realización de las mismas, nuestra fe sea aumentada. Oremos.
4. Para que cuantos estamos celebrando este encuentro de Dios con los hombres nos comprometamos a evangelizar a nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y a quienes tú, Santo Padre, pongas en nuestro camino. Oremos.
5. Para que veamos en los que sufren pacientemente por cualquier causa el fiel ejemplo de quienes oran mientras su fe es probada. Oremos.
6. Te pedimos Santo Padre por quienes amamos y no están con nosotros, para que alcancen la plena felicidad en tu Reino de amor, y para que ello alivie el dolor de quienes esperamos que concluyas la plena instauración de tu Reinado entre nosotros. Oremos.

V. Escucha, Padre Santo, las oraciones de quienes nos hemos reunido ante tu altar para celebrar tu encuentro con los hijos de tu Iglesia, pues sabemos que sin ti no podemos salvarnos, y anhelamos el hecho de vivir en tu presencia. Por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Dios nuestro, junto con estas ofrendas, recibe las súplicas de tus hijos para que esta Eucaristía celebrada con amor nos lleve a la gloria del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio común IX

La gloria de Dios es el hombre viviente

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Tú eres el Dios vivo y verdadero; el universo está lleno de tu presencia, pero sobre todo has dejado la huella de tu gloria en el hombre, creado a tu imagen. Tú le llamas a cohoperar con el trabajo cotidiano en el proyecto de la creación y le das tu Espíritu para que sea artícife de justicia y de paz, en Cristo, el hombre nuevo. Por eso, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con alegría el himno de tu alabanza: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Los ricos se empobrecen y sufren hambre, pero los que buscan al Señor no carecen de nada (CF. SAL. 33, 11).

O bien:

Cuando se manifieste el Señor, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1 JN. 3, 2).

Lectura después de la Comunión

Letanía de la buena muerte

Desconozco el autor de la misma

Jesús, Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia, aquí me presento delante de Vos con el corazón humillado, contrito y confuso, a encomendaros mi última hora y la suerte que después de ella me espera.

Cuando mis pies, fríos ya, me adviertan que mi carrera en este valle de lágrimas está por acabarse; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis manos trémulas ya no puedan estrechar el Crucifijo, y a pesar mío le dejan caer sobre el lecho de mi dolor; Jesús misericordioso, tened compasión
de mí.

Cuando mis ojos, apagados con el dolor de la cercana muerte, fijen en Vos por última vez sus miradas moribundas; Jesús misericordioso, tened compasión de
mí.

Cuando mis labios fríos y balbucientes pronuncien por última vez vuestro santísimo Nombre; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi cara pálida amoratada causa ya lástima y terror a los circunstantes, y los cabellos de mi cabeza, bañados con el sudor de la muerte, anuncien que está cercano mi fin; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de vuestra boca la sentencia irrevocable que marque mi suerte para toda la eternidad; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi imaginación, agitada por horrendos fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado por el temor de vuestra justicia, a la vista de mis iniquidades, luche con el ángel de las tinieblas, que quisiera precipitarme en el seno de la desesperación; Jesús misericordioso, tened
compasión de mí.

Cuando mi corazón, débil y oprimido por el dolor de la enfermedad, esté sobrecogido del horror de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que hubiere hecho contra los enemigos de mi salvación; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando derrame mis últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, en sacrificio de expiación, para que muera como víctima de penitencia, y en aquel momento terrible, Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis parientes y amigos, juntos a mí, lloren al verme en el último trance, y cuando invoquen vuestra misericordia en mi, favor; Jesús misericordioso, tened compasión de mi.

Cuando perdido el uso de los sentidos, desaparezca todo el mundo de mi vista y gima entre las últimas agonías y afanes de la muerte; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando los últimos suspiros del corazón fuercen a mi alma a salir del cuerpo, aceptadlos como señales de una santa impaciencia de ir a reinar con Vos, entonces: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi alma salga de mi cuerpo, dejándolo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un tributo que desde ahora quiero ofrecer a vuestra Majestad, y en aquella hora: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

En fin, cuando mi alma comparezca delante de Vos, para ser juzgada, no la arrojéis de vuestra presencia, sino dignaos recibirla en el seno amoroso de vuestra misericordia, para que cante eternamente vuestras alabanzas; Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Oración. Oh Dios mío, que condenándonos a la muerte, nos habéis ocultado el momento y la hora, haced que viviendo santamente todos los días de nuestra vida, merezcamos una muerte dichosa, abrasados en vuestro divino amor. Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Vos, en unidad del Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración después de la Comunión

Te pedimos humildemente, Dios nuestro, que así como nos das a comer la Carne y nos das a beber la Sangre de tu Hijo, así también nos hagas participar de su vida divina él que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Padre nuestro, escucha nuestra oración












Oración a María de la Santa Lactancia

María, madre mía
tu sabes cuánta falta
me hace hoy tu compañía

Para ir de tu mano
a visitar a Isabel
y aprender, a tu lado,
de lactancia y de bebés...

Para que me des la fuerza
que te sostuvo en Belén
amamantando solita
y con tanto que aprender...

Quédate conmigo, Madre,
que el bebé empieza a llorar,
llena de leche mis pechos
y enséñale a él a mamar

Que no me falte, María
una Isabel para hablar
y que algún día yo sea
Isabel de otra mamá
María Susana Ratero
susanaratero@yahoo.com.ar


Oremos por los que no están con nosotros

Hace varios años llevé a cabo una campaña de oración en las listas de correo en que editaba mis meditaciones dominicales (Escucha mi voz), con el fin de que, los días 1 y 2 de noviembre, quienes quisieran, me enviaran su nombre, su correo electrónico, su país de procedencia, y los nombres de sus familiares y amigos queridos difuntos por quienes querían que los lectores de Escucha mi Voz oráramos en las celebraciones eucarísticas de los citados días 1 y 2 de noviembre. Dado el éxito que tuvo la citada campaña de oración, este año deseo repetir dicha experiencia, basándome en las palabras del Apóstol Santiago: "Reconoced, pues, mutuamente vuestros pecados y orad unos por otros. Así sanaréis, ya que es muy poderosa la oración ferviente de los hombres" (ST. 5, 16).
"Que el Dios de la paz, el que resucitó a nuestro Señor Jesucristo y le constituyó supremo Pastor del rebaño en virtud de la sangre con que ha quedado sellada una alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que podáis cumplir su voluntad. Que él lleve a cabo en vosotros, por medio de Jesucristo, aquello que le agrada. Que a él sea la gloria por siempre jamás. Amén" (HEB. 13, 20-21).
¿Por qué hemos de orar por nuestros familiares y amigos queridos que ya no están con nosotros: "Cristo mismo ha sido quien nos ha instalado, mediante la fe, en esta situación de gracia en que vivimos y nos hace poner nuestra honra en la esperanza de participar de la gloria de Dios. Es más, hasta las dificultades nos llenan de alegría, porque sabemos que en la dificultad se forja la entereza del hombre, y un hombre así merece la aprobación de Dios, y la aprobación de Dios es fuente de esperanza. Una esperanza que no decepciona, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios nos ha inundado de su amor el corazón" (ROM. 5, 2-5).
Podéis extenderos en vuestros mensajes lo que queráis. Si deseáis enviarme algún texto que no sea vuestro, citad la fuente de la que extraigáis el mismo.
Pasadles este mensaje a vuestros compañeros de los grupos de Liturgia y oración en que participáis y, si ellos lo desean, enviadme los datos de aquellos por quienes deseen que oremos.
Para no colapsar las listas de correo en que se edita Padre nuestro, os ruego me enviéis vuestros pedidos de oración a:
jportillo@trigodios.jazztel.es
Os agradezco de antemano vuestra participación en esta campaña a quienes participéis en la misma, de la misma forma que también os agradezco la difusión que haréis de la misma los moderadores de las listas de correo en que se edita Padre nuestro y los componentes de grupos de Liturgia y oración.
Es muy importante que me enviéis vuestros pedidos de oración, como muy tarde, el 29 de octubre, dado que tengo que copiarlos todos, y enviar Padre nuestro a los lectores del mismo con unos días de antelación a las citadas celebraciones, con el fin de que los catequistas que lo utilizan puedan servirse de las meditaciones de este boletín. Los pedidos de oración que se me envíen a partir del 30 de octubre serán ignorados, pues no puedo reeditar la edición de Padre nuestro correspondiente a los días 1 y 2 de noviembre cada vez que reciba una petición de oración, ni puedo distribuir las citadas peticiones individualmente, porque puedo colapsar los buzones de correo de mucha gente, de tal forma que ello puede causar más perjuicios que beneficios, así pues, os ruego que entendáis la razón por la que ignoraré las peticiones de oración que se me envíen a partir del 30 de octubre en adelante.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 16/04/07 21:08

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