TRIGO DE DIOS
Domingo XX ordinario. en TRIGO DE DIOS
Domingo XX ordinario.
Meditación del capítulo 6 del Evangelio de San Juan.
Padre nuestro
Domingo, 20-08-2006, Domingo XX del tiempo Ordinario, ciclo b
Edición número 56
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones,
homilía dominical y lectura después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía
Domingo XX del tiempo Ordinario, ciclo b
Antífona de entrada
Señor, protector nuestro, mira y considera el rostro de tu Ungido; vale más
un día en tus atrios que mil en otra parte (SAL. 83, 10-11).
Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro
Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento
de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.
Saludo inicial del sacerdote
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
Estimados hermanos y amigos:
En esta nueva oportunidad que nuestro Padre y Dios nos ha concedido para que
nos reunamos en su presencia para celebrar el Sacramento de la Eucaristía,
seguiremos meditando el capítulo 6 del Santo Evangelio que escribió el autor
del Apocalipsis. Pidámosle a nuestro Padre común, nuevamente, que nos ayude a
aceptar a nuestro Jesús como el alimento espiritual que nos ayuda a solventar
nuestras carencias.
Oración colecta
Señor y Dios nuestro, que preparaste bienes invisibles para los que te aman,
infunde en nuestros corazones la ternura de tu amor para que, amándote en todas
y sobre todas las cosas, alcancemos tus promesas que superan todo deseo. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra
Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas
1. Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado (PROV. 9, 1-6).
Acerquémonos al altar en que nuestro Señor se dejará sacrificar nuevamente por
causa de nuestra salvación, y dejemos que el Dios Uno y Trino, por la recepción
del admirable Sacramento de la Eucaristía, llene nuestros corazones de sus
dones y virtudes.
2. Gustad y ved qué bueno es el Señor (SAL. 33, 2-3. 10-11. 12-13. 14-15).
Cumplamos puntualmente la Ley de Dios, y agradezcámosle a nuestro Padre común
todo el bien que nos ha hecho.
3. Daos cuenta de lo que el Señor quiere (EF. 5, 15-20). Vivamos anhelando
la santidad. Cumplamos la Ley de nuestro Criador puntualmente.
4. Aleluya, Aleluya: El que come mi carne y bebe mi sangre -dice el Señor-,
tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (JN. 6, 54).
5. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (JN. 6, 51-
58). Jesús en su Eucaristía, además de fortalecernos para que venzamos los
obstáculos que conciernen a nuestra vida, nos dará la vida eterna.
Homilía:
Os envío una serie de textos que publiqué en el año 2003, con los que espero
ayudaros a meditar las lecturas de la Liturgia del ciclo dominical eucarístico
que estamos conmemorando.
Domingo, 20-07-2003, Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo b
Reseña de las lecturas:
2 REY, 4, 42-44; SAL. 144, 10-18; EF. 4, 1-6; JN. 6, 1-15.
1. El tema central de la celebración litúrgica de hoy es la Eucaristía.
Todos los Domingos consideramos la perspectiva que nos ofrece la Palabra de
Dios con respecto a todos los temas que nos conciernen, al mismo tiempo que
renovamos nuestro ímpetu cristiano al comulgar a Cristo Resucitado. Los textos
correspondientes a esta celebración litúrgica nos recuerdan las
multiplicaciones de panes que se llevaron a cabo a través de las oraciones de
Elías y de Jesús y la acción del Espíritu Santo. Entre otros significados, las
multiplicaciones de los panes, nos anuncian que Jesús es el pan que todos
compartimos para superar la acritud de nuestra vida. El siervo de Elías que le
ofreció el pan al profeta se quedó absorto cuando recibió la orden de repartir
el alimento vital entre los pobres, pues eran muchos los que necesitaban ser
saciados y el siervo del siervo de Dios carecía de la comida que necesitaba
para saciar a aquellos pobres. En nuestra vida ordinaria nos encontramos con
demasiados mendigos casi a diario, así pues, con nuestro esfuerzo y el poder
del Espíritu Santo, conseguiremos erradicar la adversidad de nuestra sociedad.
Son muchas las miserias que acongojan a los hombres, por consiguiente, son
muchos los hermanos nuestros que necesitan apoyo psicológico para superar
ciertas circunstancias y estados anímicos, y el Señor quiere actuar usándonos a
nosotros como medio para manifestarnos su poder y amor, simplemente, porque,
nosotros, para creer, necesitamos ver, así pues, San Pablo nos dice que Dios es
Padre de todos, que a todos domina y en todos vive (EF. 4, 6).
2. San Juan nos dice en el Evangelio que la gente seguía a Jesús porque veía
las curaciones milagrosas que él hacía (JN. 6, 2). Hace varios años, unos
predicadores llegaron a una casa, en la cuál se encontraron con una familia
compuesta por un matrimonio muy mayor, y una niña que estaba muy enferma.
Aquellas 3 personas no tardaron mucho tiempo en ampararse en la fiabilidad del
Dios que guiaba a aquellos evangelizadores, un Señor que tenía inmensidad de
caramelos para repartir entre sus fieles. Los ancianos, pensando en la próxima
curación de su hija, trabaron una sencilla amistad con aquellos que fueron
expulsados de la casa inmediatamente que les ofrecieron al citado matrimonio
una serie de folletos que habían de ser costeados por ellos, porque, la
realización de la obra de Dios en la tierra, causa un enorme costo económico.
Cada uno de los 12 Apóstoles tenía una forma diferente de valorar la
personalidad del Señor así como las obras que el Hijo de María llevaba a cabo.
Nosotros, independientemente de la meta que queramos lograr alcanzar en nuestra
vida, debemos preguntarnos si queremos al Dios de los caramelos, o si deseamos
los caramelos de Dios.
3. "Jesús subió a un monte y se sentó allí con sus discípulos" (JN. 6, 3).
Subir al monte equivale a olvidar por un determinado periodo de tiempo las
preocupaciones mundanas para que podamos contactar con Dios. Subir al monte es
imitar a Jesús en la postura que adoptó durante los 40 días en que fue tentado
en el desierto (MT. 4, 1-11). Subir al monte es mirar en nuestro interior para
subsanar el estrés que sufrimos cuando estamos incapacitados para detectar la
realidad que nos hiere psicológicamente. Subir al monte equivale a enfrentarnos
a nuestras miserias para posteriormente dejarnos henchir el corazón del todo de
nuestro Padre y Dios.
4. "¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos estos¿" (JN. 6,
5). La proximidad de la Pascua simboliza la proximidad del Reino de Dios con
respecto a nosotros, así pues, la pregunta que Jesús le hizo a Felipe nos insta
a reconsiderar la posibilidad que tenemos de dejarnos inspirar por el Espíritu
Santo para que podamos llevar a cabo nuestros propósitos y no interceramos
negativamente en el cumplimiento de la voluntad de Dios en nosotros. De la
misma forma que aquél que le dio el pan a Elías carecía de recursos para
satisfacer la carencia material de la multitud de pobres, nosotros también
carecemos de los medios que necesitamos para acabar con la miseria del mundo.
Si el servidor de Elías fue testigo de la multiplicación de su pan, nosotros
también podemos comprobar cómo se multiplican nuestros recursos materiales y
espirituales, cuando depositamos nuestra confianza en el poder y el amor que
caracterizan al Santo Espíritu de Dios.
5. La gente, al ver que Jesús alimentó a la multitud sin que mediara
esfuerzo de ningún tipo, tuvo la ocurrencia de ponerse de acuerdo para obligar
a Jesús para que nuestro Señor fuera su Rey. ¡Qué tentadora es la vida fácil¡.
¡Qué difícil es para nosotros luchar con la intención de vencer obstáculos que
se oponen a la consecución de la felicidad por nuestra parte¡.
Domingo, 3-08-2003, Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo b
Reseña de las lecturas
éX. 16, 2-4. 12-15; SAL. 77, 3-54; EF. 4, 17. 20-24; JN. 6, 24-35
1. ¡Cuántas veces nos quejamos a lo largo de nuestra vida¡. La primera
lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando junto al Salmo
responsorial, constituye un breve e intenso resumen de la vivencia de los
israelitas durante una parte de su peregrinación que se prolongó durante 40
años a través del desierto. Los israelitas, antes de emprender su largo camino
para llegar a la Tierra prometida, estaban acostumbrados a trabajar en la
construcción, no estaban capacitados para constituirse en una sociedad libre, y
tampoco eran capaces de soportar las duras pruebas que les esperaban a lo largo
de su complicada estancia en el desierto.
Para los amantes de los ejercicios espirituales cuaresmales, la palabra
desierto adquiere un significado teológico muy relevante, gracias al cuál estos
hermanos nuestros obtienen la fortaleza necesaria para vencer las vicisitudes
que caracterizan parte de su vida, en conformidad con el ejercicio de los dones
y virtudes que han recibido de nuestro Padre y Dios. Quienes contemplamos la
difícil peregrinación de los hebreos a través del desierto, comprendemos que
los contemporáneos de Moisés eran semejantes a los enfermos que están siendo
atendidos por unos cirujanos que constantemente les hacen pruebas muy
dolorosas, las cuales les producen un malestar físico y psíquico que les hace
quejarse, pues no saben si se les restablecerá la salud perdida
definitivamente. De igual forma que Dios vio el sufrimiento de sus siervos
cuando estos eran esclavos en Egipto, nuestro Padre del cielo y la tierra,
también se ocupó de aliviar el dolor de sus hijos en el desierto, enviándoles
codornices y el divino maná, el símbolo o prefiguración de nuestro actual
Sacramento de la Eucaristía, un pan que a simple vista no parecía que podía
alimentar a ninguna persona, y que, sin embargo, fortaleció al pueblo, hasta
que nuestro Padre Santo consideró que sus fieles estaban preparados para
trabajar y obtener alimentos variados.
Se nos dice en la recitación del Salmo responsorial que los hebreos se
enfermaron cuando se saciaron de carne. A veces deseamos alcanzar algún logro
con tanta fuerza que, cuando se cumple nuestro deseo, es demasiado tarde para
alegrarnos de nuestro último logro, así pues, lo que originalmente queríamos
que fuese un éxito, es convertido por nuestra falta de virtudes y dones divinos
en un fracaso que nos parece irremediable.
2. Los católicos del pasado, el presente y el futuro, hemos sido llamados a
imitar a Moisés y a su hermano Aarón, así pues, de la misma forma que los
hermanos mencionados conducían a los hebreos a través del desierto hacia la
Tierra prometida, nosotros tenemos el deber de ayudar a quienes deseen salir de
la mediocridad de su entorno, tenemos que ofrecerles nuestra mano a quienes
estén estancados en su desierto interior y nos demuestren que desean ver la luz
de nuestro Padre y Dios. Todos vivimos uno o varios periodos de sequedad
espiritual en nuestra vida, así pues, pidámosle a nuestro Padre común que esta
realidad dolorosa nos ayude a superar nuestra adversidad y a socorrer a
nuestros hermanos los hombres en sus carencias.
3. San Pablo nos dice en la lectura de la Carta a los cristianos de la
Iglesia de éfeso que escuchamos hace unos minutos que antes de que decidiéramos
convertirnos al Evangelio de Jesús, éramos el hombre viejo, la criatura herida
por el aguijón del dolor, los efectos de la cobardía o la mala intención de los
pecados cometidos contra nuestros prójimos, pues, los mismos, cuando les
producen a quienes deseamos herir el daño que deseamos si es que lo llegan a
producir, se vuelven automáticamente contra nosotros. Desde que nos hemos
convertido a Jesús, lentamente, nos estamos transformando de manera que ya
somos el hombre nuevo, la criatura que no se destruye bajo sus miedos y
rencores, las personas que encuentran la plenitud de la felicidad, porque se
confían a su Padre y Dios.
4. Cuando en el Evangelio que la Iglesia nos propone para que consideremos
en esta ocasión Jesús descubrió que la multitud deseaba fervorosamente
encontrarle, se produjo una situación muy desagradable, de la cuál mis lectores
asiduos saben que suelo hablar con mucha frecuencia en mis escritos. Imaginemos
a Jesús, el gran médico que curaba a los enfermos a pesar de que era consciente
de que quienes miraban la sucesión de sus muchos milagros rodeaban a los recién
sanados para constatar la realidad de los citados prodigios. Nuestro Señor
sabía que los enfermos que él curaba normalmente no le agradecían la buena
acción de restablecerles la salud, pero, hermanos, la conciencia de nuestro
Señor carecía de remordimientos, cuando el Hijo de María hacía obras de
misericordia, muy a pesar de la falta de afecto humano que invadía su corazón.
Quienes un día antes de que ocurriera el suceso del cuál os voy a hablar se
habían saciado de pan, seguían buscando a Jesús para hacerle Rey. Hermanos,
amigos, Jesús no es un rey de copas, nuestro Señor no es precisamente la carta
de la buena suerte en la baraja del complicadísimo azar de nuestro destino, así
pues, muchos de nosotros, sabemos que el Hijo de Dios y de María en nuestra
vida, ha significado contradicción y dolor en 1000 maneras diferentes. Jesús
les dijo a sus oyentes: ¿Por qué me buscáis? ¿Queréis verme porque habéis oído
la Palabra de Dios? ¿Queréis hacerme vuestro Rey porque aún no habéis digerido
el pan con que ayer fuisteis alimentados? Recordemos, a tal efecto, las
palabras del Emmanuel de Isaías: "Mis pensamientos no son vuestros
pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos" (IS. 55, 8).
El pasado 31 de julio, cuando yo ejercía mi trabajo -soy vendedor de cupones-
, pude ver cómo unos estudiantes de Psicología esgrimían conjuntamente los
argumentos que habían extraído de uno de sus libros de estudio, con la
finalidad de herir espiritualmente a sus progenitores, para así sustraerles
todo el dinero que ellos requerían para divertirse, exceptuando la gran
cantidad de dinero que necesitaban para cubrir el coste de su próxima temporada
universitaria, que comenzó en el mes de octubre. Quizá la situación económica
de los padres de los citados desnaturalizados -no digo esa palabra para
insultar a los jóvenes, sino para describir la conducta de los mismos- tengan
grandes dificultades económicas para cubrir las necesidades de esas personas
tan especiales, pero eso a ellos no les importa, porque simplemente no
trabajan, y desconocen lo que significa ganarse la vida.
5. Jesús nos dice en el Evangelio de hoy que trabajemos para conseguir
bienes no perecederos. Si los chicos de los cuales os hablé en el punto 4 de
esta meditación fueran responsables, trabajarían para construir un entorno
social justo, aprovecharían el tiempo, se convertirían en personas necesarias
en su entorno social, dejarían de ser vagos y, en el futuro, podrían ser unos
padres ejemplares. Jesús, según nos dice San Juan, no sólo nos pide que
rindamos al máximo en nuestra vida familiar y laboral, pues nuestro Señor desea
que nos esforcemos tanto en crecer espiritualmente, como hacemos lo propio para
obtener bienes materiales, por consiguiente, si nos es posible, es muy
provechoso dedicar todo el tiempo que esté a nuestro alcance a ser mejores
hijos de Dios de lo que somos actualmente.
6. Jesús dice que él es el pan que nos ayuda a no sumirnos en nuestros
fracasos cotidianos, el alimento que produce en nuestro interior e incluso en
nuestras obras un fruto de tan extraordinario valor que nos asegura la vida
eterna. Jesús es nuestro ejemplo a imitar en su conocimiento de la voluntad de
Dios y en su donación personal. Jesús lo es todo para nosotros sus hermanos.
¿Podemos creer esta realidad? ¿Podremos caminar cogidos de la mano de Jesús
sabiendo que debe existir un punto de concordancia entre la fe y la razón?
Domingo, 10-08-2003, Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo b
Reseña de las lecturas
1 REY, 19, 4-8. SAL. 33, 2-9. EF. 4, 30-5, 2. JN. 6, 41-52
1. Como el Dios de Elías era más poderoso que el ídolo de la reina
Jezabel, aprovechando la circunstancia referente a la derrota y asesinato de
sus 450 profetas, la reina pagana inició una cruel persecución contra Elías. El
Profeta vivió una cuarentena en el desierto llena de pruebas y dudas, en la que
tuvo la oportunidad de comprobar cuan grande es el amor del Dios misericordioso
para con sus servidores los hombres.
El pan con que el ángel de Dios alimentó al Profeta Elías simboliza el
Sacramento de la Eucaristía, así pues, nuestro Señor es el alimento que nos
confiere vida eterna. Jesús decía: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a
mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed... El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día"
(Jn. 6, 35. 54)
2. San Pablo, en el fragmento de su Carta a los Efesios que escuchamos hace
unos minutos, nos habló de unas normas que nos son muy útiles para vivir en paz
y que tienen la virtud de prepararnos para recibir a Jesús Eucaristía. San
Pablo nos insta a que seamos puros para que podamos ser moradas de Cristo
resucitado. Sáulo de Tarso nos dice: "¿Ignoráis acaso que sois templo de Dios y
morada del Espíritu divino¿" (1 Cor. 3, 16) "¿No sabéis, en fin, que vuestro
cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y habita en
vosotros¿" (1 Cor. 6, 19)
3. Para muchos de nosotros es muy triste el hecho de que la Eucaristía
dominical no les dice nada a muchos de nuestros hermanos que dicen que son
católicos como nosotros, pero que sólo vienen al templo a asistir al responso
de aquellos difuntos familiares o amigos suyos, sólo se acuerdan de Dios cuando
celebran un bautizo, una primera Comunión o una boda, no precisamente por el
contenido del rito, sino por el banquete suculento que suele acompañar a las
celebraciones mencionadas. Jesús, hace unos instantes, a través de nuestro
sacerdote, nos ha dicho las siguientes palabras: "Yo soy el pan vivo bajado del
cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo voy a dar
es mi carne. La doy para que el mundo tenga vida" (Jn. 6, 51) Vamos a intentar
desglosar brevemente lo que Jesús nos ha querido decir en las palabras del
Evangelio de San Juan que acabamos de recordar. Jesús nos ha dicho que El es el
pan vivo bajado del cielo. El pan, que es un alimento vital, no
está bien repartido en nuestra sociedad. En pleno siglo XXI, tenemos que decir
que vivimos en un mundo en el que aún siguen existiendo diferentes clases o
estamentos sociales que todavía no han perdido la mala costumbre de desestimar
a los más desfavorecidos. Hace varios días vi a un señor que le arrojaba una
moneda a un guitarrista que mendigaba donde yo estaba trabajando de igual forma
que se tira un trozo de carne al suelo para que la coja un perro. Tiene gracia,
pero el que arrojó la moneda decía que era solidario, que lo que hizo fue un
acto de caridad. Hermanos, Jesús es el pan de la vida, ¡cuántas veces hemos
tirado el pan que nos ha sobrado al terminar de comer! Si recibimos a nuestro
Señor, si creemos que el pan y el vino que dentro de unos minutos al ser
consagrados dejarán de ser alimentos transitorios para convertirse en el Hijo
de Dios, Jesucristo resucitado, podremos comprobar cómo nuestro Hermano siendo
Rey de reyes viene a humillarse ante la puerta de nuestro
corazón, podemos comprobar cómo Jesús quiere hacerse inferior a la moneda que
el supuesto solidario le arrojó al mendigo, para que al creer en El según cura
nuestras heridas, le concedamos en nuestra existencia el puesto que le
corresponde. ¿Quién puede probarnos un amor más grande que el cariño con que
nos ama nuestro Padre y Dios?
Jesús nos ha dicho en el Evangelio: "Quien coma de este pan vivirá para
siempre" Cristianos, si sufrís, si sois felices, si sois religiosos o seglares,
sabed que Dios nos ha preparado un Reino a todos los que hemos sido bautizados.
Nuestro Padre y Dios tiene un manantial de agua clara, una eternidad de dádivas
para trocar nuestra adversidad por dones y virtudes. ¿Tenéis sed de amor,
justicia o carencia de bienes materiales? Sabed que Dios hará lo que a El le
corresponde con respecto a las necesidades espirituales que tengáis, pero
nosotros debemos solucionarnos las carencias materiales unos a otros porque
somos imagen del Dios vivo, y El nos ha dotado con sus dones y virtudes para
que nos amemos con obras y palabras.
Jesús nos ha dicho: "El pan que yo voy a dar es mi carne. La doy para que el
mundo tenga vida" Algunos de nosotros hemos dedicado parte de nuestro tiempo a
predicar, a dar limosna, hemos repartido algún dinero entre los pobres, hemos
consolado a los enfermos... Indudablemente, aunque nuestras manos son las manos
de Jesús, aún nos queda mucho que hacer para poder compararnos con nuestro
Señor. Jesús renunció a tener familia, a El no le pagaban nada por predicar la
Palabra de Dios, lo dio todo, ni siquiera escatimó su vida para demostrarnos
que nuestro dolor y nuestros errores no tienen un carácter de eternidad.
Podríamos meditar durante un buen rato el Evangelio que estamos
considerando, pero creo que es conveniente que concluyamos esta homilía
pensando en cuales son las razones por las cuales debemos acercarnos
diariamente si podemos al altar del Señor para recibir al Sacramento de la
vida, el perdón, el amor y la felicidad eterna.
Domingo, 17-08-2003, Domingo XX ordinario, ciclo b
Reseña de las lecturas
PROV. 9, 1-6; SAL. 33; EF. 5, 15-20; JN. 6, 51-58
1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando
pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y
de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño moral. San Pablo es uno de
los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente,
consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la
publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia. "Sed -nos dice Pablo-, en
cambio, bondadosos y compasivos; perdonaos unos a otros como Dios os ha
perdonado por medio de Cristo" (Ef. 4, 32) "Dichosos aquellos a quienes Dios ha
perdonado sus culpas y ha sepultado en lo profundo sus pecados" (Rom. 4, 7) "Yo
perdonaré sus iniquidades y no me acordaré de sus pecados" (Heb. 8, 12)
2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos
que reconocer que nosotros no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores.
La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con nuestro Padre y Dios,
radica en que nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros
sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace
imposible la existencia. Frecuentemente acudimos a las recepciones de los
Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o
posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros,
de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: "Si solamente
amáis a los que os aman, ¿qué recompensa podéis esperar? Eso lo hacen también
los publicanos" (Mt. 5, 46) Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros
favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo
nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta
nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las
siguientes palabras del Apóstol de las gentes: "Vestíos del hombre nuevo,
creado a la imagen de Dios para una vida recta y santa" (Ef. 4, 23)
3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca
podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se
conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante
la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas
persecuciones. ¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no
creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de nuestro Señor? En las
catacumbas de San Calixto II, los cristianos intentaban buscar la forma de
llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos.
Tarsicio, que era un niño pequeño, se ofreció como medio para llevar al Señor a
los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su edad
y a su pequeña estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle la
Sagrada Forma a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue
sorprendido por un grupo de niños no creyentes que lo invitaron a jugar con
ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo
ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel
tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los niños invitaron
amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas,
pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un
soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado
inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su
correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable,
esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.
Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, para nosotros,
Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan
sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder
en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María
Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo
el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.
Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos
concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con
respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para
nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno
y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.
Domingo, 24-08-2003, Domingo XXI ordinario, ciclo b
Reseña de las lecturas
Josué, 24, 1-2. 15-17. 18; S3l. 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21; EF. 5, 21-32;
JN. 6, 60-69
1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.
Hermanos, ¿a qué Dios servimos? ¿Es nuestro dios el dinero? ¿Nos decantamos por
el placer de los sentidos? Tengamos en cuenta que nuestro Padre y Dios quiere
que nos consagremos a El en cuerpo y alma. "Dad gracias al Señor -dice el
Salmista-, porque es bueno, porque es eterno su amor" (Sal. 107, 1)
2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para
interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta
a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el
tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol
les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad
sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres
representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En
nuestro tiempo sabemos que tanto el hombre como la mujer son iguales con
respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de
ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.
San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestro cónyuge como
Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los
suyos" (Ef. 3, 25)
El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan
nuestra relación con nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del
Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta
con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el
banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos
esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.
3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en el que
muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de El
como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese
relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se
apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a
suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor.
Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo
muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que
otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades
morales. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son
inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente
paliando sus carencias espirituales y materiales.
Oración de los fieles
Nuestro Hermano y Señor nos dice en el Evangelio de hoy: "Yo soy el pan vivo
bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo
voy a dar es mi carne. La doy para que el mundo tenga vida" (JN. 6, 51).
Pidámosle a nuestro Señor que aumente nuestra fe en el Sacramento que estamos
celebrando, pues no queremos celebrar nuestro encuentro con Dios marcados por
la rutina, sino por la fe divina que nos es necesaria para que Jesús pueda
realizar sus prodigios en nuestra vida. Respondemos a cada petición: Padre
nuestro de la vida, alimenta nuestra fe.
1. Te pedimos por el Papa Benedicto XVI, por todos los Obispos del mundo,
por todos los religiosos y fieles laicos de tu Iglesia, para que tu Espíritu
Santo nos guíe por la senda de la santidad, con el fin de que no dejemos de
vivir en tu presencia. Oremos.
2. Por nosotros, para que nos ayudes a cumplir nuestros propósitos, para que
fortalezcas nuestra fe, y nos sigas inspirando tus dones y virtudes con el fin
de que vivamos como dignos hijos tuyos que se proponen hacer que el mundo crea
en ti, por mediación de su predicación y de sus vivencias caracterizadas por la
santidad. Oremos.
3. Por los enfermos, para que comprendan que su dolor y su paciencia son
para los hijos de la Iglesia un estímulo que nos ayuda a no desanimarnos en la
realización de nuestras actividades ordinarias. Oremos.
4. Por los dirigentes de nuestra nación, para que realicen su trabajo
inspirados por la justicia y el amor. Oremos.
5. Por quienes viajan, para que lleguen felizmente a sus lugares de destino,
e inicien sus actividades ordinarias con el corazón rebosante de ánimo. Oremos.
6. Por quienes carecen de dádivas materiales y espirituales, para que
comprendan que el hecho de vivir en tu presencia es el don más inefable que
puedes concedernos. Oremos.
7. Añadir nuevas peticiones.
V. Padre nuestro de la vida, al manifestarte a los personajes cuyas
vivencias se narran en la Biblia, y al hacerte conocer por los grandes santos
de tu Iglesia, nos hiciste comprender que siempre estás con nosotros, y que
podemos confiar en ti. Ayuda a los pobres para que no pierdan la esperanza en
su difícil situación; consuela a los enfermos en su dolor y su impotencia;
ayúdanos a crear un mundo inspirado en tu capacidad de darte a nosotros sin
reservas, pero haz que nosotros seamos los cimientos del Reino cuyo
establecimiento pleno anhelamos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Por estos dones, Padre, se realiza un glorioso intercambio; acéptalos para
que al ofrecerte lo que nos diste merezcamos recibirte a ti mismo. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
R. ,Amén.
Prefacio dominical III
Nuestra salvación por el Hijo de Dios hecho hombre
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte
gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y
eterno. Porque manifestaste admirablemente tu poder no sólo al socorrer nuestra
débil naturaleza con la fuerza de tu divinidad, sino al prever el remedio en la
misma debilidad humana, y así de lo que fue causa de nuestra ruina hiciste el
principio de nuestra salvación, por Cristo, nuestro Señor. Por él, los ángeles
cantan con júbilo eterno y nosotros nos unimos a sus voces, cantando
humildemente tu alabanza: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
En el Señor se encuentra la misericordia y la redención en abundancia (SAL.
129, 7).
O bien:
Dice el Señor: yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan
vivirá eternamente (JN. 6, 51).
Lectura después de la Comunión
Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombres estás noche y día en este
sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a
cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar.
Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que
me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por
haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado
a visitarte en esta iglesia.
Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero,
en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para
resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este
sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los
lugares de
la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
Oración después de la Comunión
Después de haber recibido a Jesucristo en estos sacramentos, imploramos
humildemente tu clemencia, Padre, y ya que hemos sido conformados a su imagen
en la tierra concédenos llegar a ser sus coherederos en el cielo. Te lo pedimos
por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, volvamos a realizar nuestras
actividades ordinarias, y hagámonos el propósito de orar y meditar al mismo
tiempo el capítulo 6 del Evangelio de San Juan durante los próximos días.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 14/04/07 23:46
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