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TRIGO DE DIOS

Domingo XVIII ordinario. en TRIGO DE DIOS

Domingo XVIII ordinario.

El pan eucarístico y el dolor. Oraciones básicas del cristiano. Carta de María a las mujeres, de Susana Ratero. Padre nuestro

Domingo, 6-08-2006, Domingo XVIII Ordinario del ciclo b

Edición número 52

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:

-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura preparatoria de la Comunión.

-Padre nuestro, escucha nuestra oración.

-Nota.

-Oraciones básicas.

-Carta de María para ti, mujer. Por Susana Ratero.

Celebremos la Eucarístía

Domingo XVIII Ordinario del ciclo b

Antífona de entrada

Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, date prisa en socorrerme. Tú eres mi auxilio y mi salvación; Señor, no tardes (SAL. 69, 2. 6).

Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento
de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa del Señor.

San Juan escribió en su Evangelio las siguientes palabras de Jesús: "Tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo
el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (JN. 3, 16). Jesús se entregó a sus enemigos para hacernos comprender que, cuando seamos atribulados,
no debemos desanimarnos, pues, para que podamos superar la adversidad que atañe a nuestra vida, él se nos da como alimento espiritual, en cada ocasión
que celebramos la Eucaristía.

Comencemos esta celebración pidiéndole a nuestro Padre común que perdone nuestra fragilidad, nuestro egoísmo, nuestras transgresiones voluntarias en
el cumplimiento de su Ley, para que nuestro corazón esté dispuesto a recibir al Verbo divino en esta celebración del encuentro de Dios con sus hijos los
hombres.

Oración colecta

Señor, tú que eres nuestro creador y quien amorosamente dispone toda nuestra vida, renuévanos conforme a la imagen de tu Hijo y ayúdanos a conservar
siempre tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo.

R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas:

1. Yo haré llover pan del cielo (éX. 16, 2-4. 12-15). De la misma forma que Dios alimentó a los hebreos en el desierto enviándoles su maná celestial,
él nos alimenta con su Palabra y con el pan de la Eucaristía.

2. él les dio pan del cielo (SAL. 77, 3. 4 b. 23-24. 25 y 54). Oremos agradeciéndole al Dios Trinidad el don de la Eucaristía.

3. Vestíos de la nueva condición humana, creada a la imagen de Dios (EF. 4, 17. 20-24). Los cristianos no podemos vivir en el mundo como quienes carecen
de esperanza, así pues, con la intención de agradecerle a nuestro Padre común nuestra creación, nuestra redención y nuestra posterior santificación, vamos
a esforzarnos por vincularnos unos a otros, para que el Cuerpo Místico de Cristo no sufra ningún daño.

4. Aleluya, Aleluya: El pan que Dios da baja del cielo y da vida al mundo, dice el Señor (JN. 6, 33)Aleluya.

5. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed (JN. 6, 24-35). "Eliminad todo resto de vieja levadura; vosotros debéis
ser panes pascuales, de masa nueva y sin levadura, porque Cristo, que es nuestra víctima pascual, ya ha sido sacrificado" (1 COR. 5, 7).

Homilía:

1. ¿Debemos adaptarnos a la forma de pensar de nuestro Señor, o es Jesús quien tiene que adaptarse a nuestra manera de ser? "Jesús nos dice a través
del Evangelista: "¡Ojalá no os preocupase tanto el alimento transitorio y os esforzaseis por conseguir el duradero, el que da vida eterna! Este es el alimento
que os dará el Hijo del hombre, a quien Dios Padre ha acreditado con el sello de su autoridad" (JN. 6, 27). Todos nos preocupamos por la supervivencia
de nuestra familia y por mantener nuestro estado social. Este afán nuestro no es pecaminoso, pero nuestro Señor nos pide que antepongamos la espiritualidad
al materialismo. Jesús le dijo al joven rico mirándole afectuosamente: "-Una cosa te falta: Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los
pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme" (MC 10, 21). Los oyentes del sermón del monte pronunciado por el Profeta nazaretano
comprendieron claramente esta enseñanza: "Vosotros, antes que

nada, buscad e reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas" (MT. 6, 33). Bajo esta perspectiva, no ha
de extrañarnos la regla de oro: "Portaos en todo con los demás como queréis que los demás se porten con vosotros" (MT. 7, 12)" (Padre nuestro, Ed. n.o
39, Corpus Christi, ciclo a). San Pablo les escribió a los Corintios: "Doy gracias sin cesar a mi Dios por lo generoso que ha sido con vosotros, porque
mediante Jesucristo, os ha enriquecido sobremanera con toda clase de dones, tanto en lo que se refiere al conocer como al hablar" (1 COR. 1, 4-5). "Pues
conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo -nos sigue diciendo San Pablo-, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriqueciérais
con su pobreza" (2 COR. 8, 9).

"-Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en su enviado" (JN. 6, 29). Si nuestro Padre común espera de nosotros que tengamos fe en Jesús, de la
misma forma que los Apóstoles del Mesías le permitieron al Hijo de María que les lavara los pies en la celebración pascual en que el Hijo de María les
pidió que celebraran la Eucaristía e instauró el Orden sacerdotal, nosotros nos dejaremos alimentar por Cristo Resucitado. "Así como hay un solo pan y
todos participamos de él, así también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo" (el Cuerpo Místico de Cristo) (1 COR. 10, 17). Jesús quería explicarles
a sus seguidores que Moisés no fue quien en el pasado les proporcionó a los hebreos el maná que les sirvió de alimento en el desierto, pues en el Antiguo
Testamento podemos leer: "Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un
día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no" (éX. 16, 4). La

Iglesia nos pide que celebremos la Eucaristía al menos una vez al año, si nos es posible, en el tiempo de Pascua. Cuantas más veces celebremos este Sacramento,
más fuertes serán los lazos que nos unirán al Dios Uno y Trino y a nuestros prójimos los hombres. Dios "hizo llover sobre ellos (los hebreos) maná para
que comiesen, y les dio trigo de los cielos" (SAL. 78, 24). Oremos repitiendo las palabras con que la multitud se dirigió a Jesús: "-Señor, danos siempre
de ese pan" (JN. 6, 34).

2. El hambre y la sed espirituales. Jesús nos dice: "-Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá
sed" (JN. 6, 35). ¿En qué sentido podemos decir que nuestro Señor nos alimenta espiritualmente cuando celebramos la Eucaristía? Jesús dijo en su sermón
del monte: "Felices los que anhelan que triunfe lo que es justo y bueno, porque su deseo será cumplido" (MT. 5, 6). A pesar de que cuando habitemos en
el cielo viviremos en un estado de felicidad permanente, durante los años que se prolonga nuestra existencia mortal, no podemos pretender vivir felizmente
cada instante de nuestra vida, porque ello no nos es posible. Siempre que logramos conseguir algo que deseamos somos felices durante algún tiempo, pero,
nuestra nueva consecución, nos impulsa a seguir deseando lograr nuevos éxitos. Por causa de nuestra imperfección, en este mundo no podemos concebir la
felicidad como un estado emocional positivo permanente, sino como un

camino que intentaremos recorrer, salvando obstáculos, mientras nos sea posible luchar por las personas que amamos y por las cosas que anhelamos. Si somos
capaces de solucionar nuestros problemas y de ayudar a nuestros prójimos los hombres a vivir la adversidad que atañe a sus vidas, ello significará que
Jesús nos alimenta espiritualmente cuando le recibimos en la celebración eucarística.

Isaías escribió en su Emmanuel: "¡Oh, todos los sedientos, id por agua..." (IS. 55, 1). ¿Dónde encontraremos el agua viva que ha de calmar nuestra sed
espiritual? Cuando la samaritana de la que San Juan nos habla en el capítulo 4 de su Evangelio le preguntó a Jesús si el agua viva de la que él le estaba
hablando era más importante para los creyentes en Dios que el agua del pozo cercano a Sicar en que ellos se encontraban, el Maestro le dijo: "-Todo el
que bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero
darle se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna" (JN. 4, 13-14). Mientras que los bienes del mundo son caducos, los bienes
espirituales que nuestro Padre común nos concede permanecen en nuestro corazón para siempre, pues no hemos de olvidar que Dios nos hará vivir en su Reino
de amor, cuando venzamos a la muerte. El más amado de los Apóstoles de

nuestro Señor escribió en su Apocalipsis: "-¡Ya está hecho! Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al sediento le daré a beber gratis del manantial
del agua de la vida" (AP. 21, 6).

Isaías también nos dice en su obra: "... y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche¡" (IS. 55, 1). Cuando
el Reino de Dios sea establecido plenamente entre nosotros, no necesitaremos dinero para cubrir nuestras necesidades, pues trabajaremos por placer, no
por necesidad, pues, el amor de nuestro Padre común, exterminará nuestras carencias, porque no será nuestro trabajo el medio por el cuál no tendremos problemas,
pues la Providencia divina nos ayudará a ser plenamente felices. Quienes recibimos a nuestro Señor en la Eucaristía, somos consolados en nuestras aflicciones,
y nos sentimos fortalecidos a la hora de realizar nuestras actividades ordinarias, y no beneficiamos a nuestros prójimos ni oramos para pagarle a Dios
por causa del amor que nos manifiesta al concedernos sus dones y virtudes sobrenaturales, pues le servimos en nuestros prójimos, porque, según reza el
refrán español, es de bien nacidos el ser agradecidos.

Isaías nos dice en su obra: "¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis
con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna; Las amorosas y fieles
promesas hechas a David" (IS. 55, 2-3). Si la distracción es un excelente medio que nos ayuda a obviar nuestros problemas durante algún tiempo para que
eliminemos nuestro estrés, hemos de tener cuidado de no entregarnos a la ociosidad de forma que obviemos el cumplimiento de nuestros deberes, entre los
que destaca la asistencia a la celebración de la Eucaristía, pues, aunque puede sucedernos que creamos que nuestra fe no es relevante para nosotros al
ser comparada con nuestras posesiones materiales, la recepción de nuestro Señor en nuestros corazones es imprescindible para nuestra vida espiritual, según
las palabras del Hijo de María: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (de la existencia del mundo).
Mi carne es verdadera comida; mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí, y yo en él. El Padre, que me ha enviado,
posee la vida y yo vivo gracias a él. Así también, el que me coma vivirá gracias a mí" (JN. 6, 54-57). Con respecto a nuestra futura resurrección, leemos
en el Salmo 16: "Porque no dejarás mi alma en el seol (el lugar en que los muertos esperaron a que Cristo Resucitado les abriera las puertas del cielo),
ni permitirás que tu santo vea corrupción" (SAL. 16, 10). Si el citado versículo bíblico se refería a Jesús, nosotros, quienes deseamos ser criaturas nuevas
en Cristo, hemos de ser conscientes que el divino autor de la Biblia, inspiró al Salmista, para que sus palabras también se refirieran a nosotros. San
Pablo les escribió a los cristianos de Roma: "La creación abriga la esperanza de compartir, libre de toda corrupción, la espléndida libertad de los hijos
de Dios. He aquí por qué,

como sabemos, la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el día de hoy. Pero no sólo eso; también nosotros que estamos en posesión del
Espíritu como primicias del futuro, suspiramos en espera de que Dios nos haga sus hijos (culmine nuestra redención) y libere definitivamente nuestro cuerpo
(de nuestras miserias). Porque salvados ya lo estamos, aunque sólo en esperanza. Sólo que esperar lo que uno tiene ante los ojos no es propiamente esperanza,
pues ¿cómo seguir esperando lo que ya se tiene ante los ojos? Pero si esperamos algo que no vemos, entonces ponemos en juego nuestra perseverancia" (ROM.
8, 20-25).

Hay unas palabras en ROM. 8, 19-20 que me han llamado la atención, y me han hecho reflexionar mucho. Las citadas palabras son las siguientes: "La creación
misma espera con impaciencia que Dios descorra el velo de la gloria de sus hijos. Condenada al fracaso, no porque ella lo quisiera, sino porque Dios así
lo dispuso..." (ROM. 8, 19-20). Siempre se nos ha dicho que la adversidad que atañe a la humanidad no se instauró en el mundo porque Dios creó las miserias
humanas, sino que se introdujo en nuestra existencia mortal como consecuencia del pecado de origen de Adán y Eva (CF. GéN. 3), y también como castigo merecido
por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de la Ley de Dios, según indico todas las semanas en el boletín Padre nuestro, cuando les explico
a mis lectores, brevemente, la causa por la que rezamos el Gloria en cada ocasión que celebramos la Eucaristía dominical. La creación está destinada al
fracaso por voluntad de Dios. Es difícil explicar estas cosas en el mundo en que muchos buscan la consecución de la felicidad en determinadas ocasiones
a costa de llegar incluso a cometer crímenes nefandos. Muchas veces nos preguntamos: ¿Quiere Dios que soportemos enfermedades y fracasos? La respuesta
a esta pregunta es afirmativa, así pues, nos preguntamos: Si Dios nos ama hasta el punto de llegar a sacrificar a Jesús en la cruz en cada ocasión que
celebramos la Eucaristía, ¿por qué permite nuestro Padre común que conozcamos la miseria que atañe a nuestra existencia mortal? Dios ha de respondernos
esta pregunta a todos individualmente, a quienes tenéis cáncer, a quienes padecéis el SIDA, a quienes somos ciegos, a quienes no pueden escuchar la voz
de sus prójimos, y, en general, a quienes sufren por cualquier causa. Quizá nos preguntamos: Si Dios es perfecto, ¿cómo puede contradecirse a Sí mismo
haciendo el mayor sacrificio de amor que se haya podido llevar a cabo a través de la Historia y acosando a muchos de nuestros prójimos para hacerles morir
lentamente, a lo largo de años de estériles padecimientos? Como Dios ha de respondernos estas preguntas individualmente, yo os recuerdo el siguiente texto
del primero de los Profetas mayores: "Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahveh, que tendrá compasión de él, a nuestro
Dios, que será grande en perdonar. Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos -oráculo (revelación) de Yahveh-"
(IS. 55, 7-8). A propósito de nuestra fe y de nuestra adversidad, San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: "Estamos seguros, además, de que todo se
encamina al bien de los que aman a Dios, de los que han sido elegidos conforme a su designio" (ROM. 8, 28).

Concluyamos esta meditación, leyendo ROM, 8, 31-39.

Oración de los fieles

San Pedro le dijo a nuestro Señor: "Tus palabras son palabras que dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (JN. 6, 68-69).
Oremos para avivar en nuestros corazones el deseo de ser alimentados con el pan de la Palabra divina y con el pan de la Eucaristía. Respondemos a cada
petición: Padre nuestro, escucha nuestra oración.

1. Jesús le dijo a San Pedro: "Yo te daré las llaves del reino de Dios (te daré el poder de hacer que mis hijos los hombres entren a formar parte de
mi familia): lo que ates (hagas y digas) en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (MT. 16,
19). Concédele al Papa Benedicto XVI sabiduría para que gobierne a la Iglesia, y haz que ame a las ovejas del rebaño cuyo cuidado le has confiado. Oremos.

2. Jesús dijo en su parábola de las bodas del Cordero con la humanidad: "Porque muchos son llamados, y pocos escogidos (para desempeñar la misión de
la corredención de los hombres) (MT. 22, 14). Te pedimos, Santo Padre, que los religiosos y laicos de la Iglesia trabajemos sin descanso, para que, según
palabras de Isaías, "hasta que salga como resplandor su justicia (la justicia de la Jerusalén redimida), y su salvación brille como antorcha" (IS. 62,
1). Oremos.

3. San Pablo les escribió a los Corintios: "Pero he aquí que, según dice la Escritura: Lo que jamás vio ojo alguno, lo que ningún oído oyó, lo que no
imaginó la mente de hombre alguno respecto a lo que Dios preparó para aquellos que le aman, eso es lo que Dios nos ha revelado por medio del Espíritu"
(1 COR. 2, 9-10). Ayúdanos a vivir las tribulaciones que atañen a nuestra existencia. Fortalécenos para soportar el dolor. Haz que nuestras miserias no
nos hagan perder la fe y la esperanza en ti, pues, según el Apóstol de las gentes: "porque en él (en Dios) vivimos, y nos movemos, y somos (existimos);
como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: porque linaje suyo somos" (HCH. 17, 28). Oremos.

4. Salomón escribió en el libro de los Proverbios: "Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida" (PR. 4, 23). Te pedimos,
Santo Padre, que, de la misma manera que de nuestro corazón mana la vida, que nos ayudes a acercarnos a tu altar, para que Jesús, en su Eucaristía, nos
conceda la vida eterna. Oremos.

5. Te pedimos por quienes viajan, pues deseamos que lleguen felizmente a sus lugares de destino. Te pedimos por quienes viven sus habituales periodos
vacacionales, con el fin de que no se olviden de celebrar la Eucaristía, para que se aumente en sus corazones el deseo de vivir en tu presencia. Oremos.

6. Te pedimos por el establecimiento de la paz en nuestros corazones, y por el fin de los conflictos bélicos que asolan a muchos países. Oremos.

7. Añadir nuevas peticiones.

V. Escucha, Padre Santo, las oraciones de tu pueblo reunido en tu presencia para celebrar el memorial de la muerte y Resurrección de tu Hijo y nuestro
Hermano Jesús, y concluye la instauración de tu Reino entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Santifica, Señor, estos dones y por medio del sacrificio de tu Hijo, transforma toda nuestra vida en una continua ofrenda. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio común I

Restauración universal en Cristo

V. El Señor esté con vosotros.

R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.

R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo nuestro Señor. A quien hiciste fundamento de todo y de cuya plenitud quisiste que participáramos todos. El cual, siendo Dios, se anonadó a sí
mismo, y por su sangre derramada en la cruz, puso en paz todas las cosas. Y así, constituido Señor del universo, es fuente de salvación eterna para cuantos
creen en él. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Nos has enviado, Señor, un pan del cielo que encierra en sí toda delicia y satisface todos los gustos (SAB. 16, 20).

O bien:

Yo soy el pan de vida, dice el Señor; el que venga a mí, no tendrá hambre; y el que crea en mí, no tendrá sed (JN. 6, 35).

Lectura preparatoria de la Comunión

Venid, oh Jesús

Mi pobre alma desea recibiros, oh mi buen Jesús. ¡Cuánto os necesito! Venid y hacedme feliz. Vos sólo sois mi alegría, mi felicidad, mi amor. Venid,
oh Jesús.

Venid y dadme vuestro sagrado Cuerpo que el Espíritu Santo ha formado tan milagrosamente en el seno purísimo de María; aquel Cuerpo que se cansó trabajando;
que sufrió hambre y sed, frío y calor y que murió por mí en la cruz. Venid, oh Jesús y dadme vuestra adorable Sangre, que derramasteis tan generosamente,
por mi amor en el huerto de los Olivos; aquella que corrió a torrentes en vuestra cruel flagelación y cuya última gota brotó de vuestro divino Corazón,
perforado con la lanza del soldado. Venid, oh Jesús y dadme vuestra hermosísima alma que tanto pensó en mí, y que oró por mí al Padre celestial. Venid,
oh Jesús dadme vuestra divinidad, que desde toda la eternidad pensó en mí con infinito amor, que hizo mi alma según su imagen y la colmó de tantos beneficios.

Oh Jesús, cómo goza mi alma, pensando que Vos estáis realmente presente en la santa Hostia consagrada, por amor a mí y por mi solo bien. Me dais el derecho
de recibiros y de poseeros. Venid, pues, o dulce Salvador, sin Vos no puedo, no quiero vivir.

Venid, oh Jesús, y estableced en mí vuestra morada. ¿No os atrae más mi pobre alma que el Tabernáculo? Este es sólo de mármol, de madera, es frío y solitario;
mas en mi corazón encontráis algo siquiera de amor y de afecto. ¿No es verdad, oh buen Jesús? El copón aunque de oro y plata no es sino un vaso frío y
sin vida; yo tengo siquiera el sincero deseo de adornar mi alma con virtudes. La luz del sagrario, que indica vuestra divina presencia, no deja de ser
sino una débil llamita.

Venid, oh Señor, y encended en mí el fuego de vuestro divino amor, y mi corazón arderá en llamas de tiernos afectos.

El altar es vuestra morada transitoria, es como una sala de espera. Mi pobre corazón es el objeto de este divino sacramento de amor. En mí queréis establecer
vuestra morada permanente, vuestra verdadera residencia. Conmigo queréis vivir acá en la tierra en dulce compañía para luego continuarla en la eterna gloria.

¡Venid, oh Jesús! Tengo tanto que deciros; tantas faltas por las cuales debo pediros perdón; tantas penas y cuitas que contaros. Cansado y desilusionado
estoy de este mundo engañador y de sus necias promesas y diversiones. ¡Qué mentiroso y engañador es el mundo! Quiero descansar una hora con Vos, oh dulce
Maestro. Vos me entendéis, y tenéis interés en mi bienestar espiritual y en mi verdadera felicidad. Mi corazón está fatigado y busca un lugar de descanso.
Tiene sed de amor, porque para eso lo habéis creado. No permitáis oh Jesús, que corra tras las vanidades del mundo. Dadme una voluntad firme que resista
enérgica y resueltamente las locuras del mundo y los placeres de la carne.

Venid, Señor, y quedaos conmigo, entonces me será fácil olvidar al mundo y sus placeres engañadores.

¡Venid, oh Jesús! Deseo irme al Padre. Mas no puedo ir solo. Vos tenéis que acompañarme. Ahora estáis en mi corazón. Vos sois mi propiedad. Ayudadme
a conocer al Padre; presentadme a él.

Os doy gracias, oh Padre celestial, por haberme dado a vuestro Unigénito Hijo. él solo me basta. Ah, ¡qué don más precioso! Jesús es mío, ¡Padre eterno!
Yo os lo devuelvo, os lo entrego; pero Vos Padre, debéis aceptarme como a vuestro hijo y perdonarme en vuestra infinita misericordia todos mis pecados.

Venid, oh buen Jesús, acordaos, como los pequeñuelos se alegraban de poder estar en vuestra presencia; dadme un corazón dócil e inocente como el de un
niño.

Zaqueo desbordaba de júbilo y contento cuando os hospedasteis en su casa. ¡Cómo se llena de gozo mi alma cuando venís a mí! ¡Siempre me traéis tanta alegría
y tanta paz y felicidad! Nunca tenéis palabras de reproche.

Con María Magdalena vuelo a vuestras plantas. El enemigo maligno me persigue, sabe muy bien cuan débil soy. Pero mirad, oh Jesús, si he pecado como Magdalena
también me arrepiento como ella. Ojalá merezca yo oír de vuestros divinos labios aquellas consoladoras palabras: "Mucho se te ha perdonado, porque has
amado mucho." Oh, ¡si yo pudiera asemejarme a San Juan, vuestro discípulo predilecto! ¡Quien pudiera descansar reclinado sobre vuestro divino pecho!

¡Venid, oh Jesús! Hoy debéis habitar conmigo. Ignoro lo que me traerá el día de hoy: penas o alegrías, dichas pesares. Ahora ya os doy gracias por todo
lo que vuestra mano paternal se digne enviarme. ¡Bendito seáis! Pero no olvidéis, oh buen Jesús, que yo temo los sufrimientos y no me atrevo a llevar mi
cruz sino sostenido por Vos. No quiero llorar, sino reclinado sobre vuestro divino pecho. Venid, Jesús, mi buen Jesús.

(Desconozco el autor de esta oración).

Oración después de la Comunión

Protege, Señor, continuamente a quienes renuevas y fortaleces con esta Eucaristía y hazlos dignos de alcanzar la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro
Señor.

Exhortación de despedida

Aunque las siguientes palabras del libro de los Salmos están referidas al Rey David y a nuestro Señor Jesucristo, las mismas también pueden ser aplicadas
a nuestra vida, porque somos hijos de nuestro Creador: ""Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy"" (SAL. 2, 7). Después de recibir a Jesús en la celebración
de la Eucaristía, volvamos a iniciar la realización de nuestras actividades ordinarias, intentando vivir entre nuestros familiares, amigos, compañeros
de trabajo y otros conocidos, como verdaderos hijos de Dios.

Padre nuestro, escucha nuestra oración.

Nota:

Esta sección hoy se divide en 2 partes, en la primera de las cuales, encontraréis las oraciones básicas que todos conocemos, que podéis distribuir entre
quienes no se las saben y desean formar parte de vuestras comunidades eclesiales, y, en la segunda parte, encontraréis una hermosa carta que, Susana Ratero
(la Su de María), ha escrito, imaginándose las palabras con que, la Madre de Dios, se dirigiría, a las mujeres, a las amas de casa, a las santas madres
y esposas a quienes nunca les agradecemos lo que hacen por nosotros, a pesar de que se desviven sirviéndonos.

Aprovechando la publicación de la citada carta de la Su de María en esta edición de Padre nuestro, aprovecho esta ocasión para pediros me enviéis vuestras
colaboraciones, con el fin de hacer de este boletín un texto adaptado para solventar las necesidades espirituales de todos los lectores del mismo.

Oraciones básicas

Padre nuestro

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Ave María

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Credo (fórmula corta)

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el
poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne (la resurrección
de los muertos) y la vida eterna. Amén.

Credo del Concilio de Nicea Constantinopla del año 325 (fórmula larga)

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo
único de Dios, nacido antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza
del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María,
la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las
Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo reciben una misma adoración y gloria.
Y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.

Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Gloria

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

Como era en el principio (de la Creación), ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Cruz

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de contricción

Señor mío Jesucristo

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las
cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia,
propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.

Acto de fe

Creo en Dios Padre; creo en Dios Hijo; creo en Dios Espíritu Santo; creo en la Santísima Trinidad; creo en mi Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Espero en Dios Padre; espero en Dios Hijo; espero en Dios Espíritu Santo; espero en la Santísima Trinidad; espero en mi Señor Jesucristo, Dios y Hombre
verdadero.

Amo a Dios Padre; amo a Dios Hijo; amo a Dios Espíritu Santo; amo a la Santísima Trinidad; amo a mi Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Acto de reparación

Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan ni te aman.

Carta de María para ti, mujer

Por susana Ratero

Hola, mi querida hija del alma, que la paz del Señor esté contigo...mi corazón necesitaba escribirte estas simples líneas que, como pájaro de luz, lleguen
de mi corazón al tuyo...le iluminen, disipen dudas y angustias, y te hagan caminar hacia tu verdadero destino: los brazos de mi Hijo...

Sí, querida mía, tu verdadero destino, que no es muchas veces el que te propone el mundo y por el que tantos esfuerzos gastas olvidándote del negocio
mas importante que tienes: la salvación de tu alma...

Los problemas, mi querida, son todos camino hacia el Padre, el dolor, la angustia, la soledad... todo va modelando el alma de acuerdo a las respuestas
que vayas dando... tú, seguro, me dirás: “¡Pero lo que a mi me pasa es tan duro , Señora!!!” Lo sé, hija, ¿acaso por un momento has pensado que no lo sé?
Querida, si lloro con tus lagrimas y río contigo sin que me notes a tu lado.... cómo no saber lo que siente tu alma, si yo misma lo he padecido... bien
sé lo que es el dolor, la soledad, la traición..., pero también sé que todo eso, puesto en las manos del Padre, se transforma en camino de Salvación...

Cuando yo vivía entre ustedes, meditaba todas esas cosas y las guardaba en mi corazón, las que comprendía y las que no, las que me alegraban y las que
me lastimaban, como perlas de un collar incompleto que, lentamente, con el tiempo, iban tomando su verdadero lugar...

¿Sabes hija? Me gusta mucho caminar en los atardeceres, luego de un largo día de trabajo..., y me encantaría que hoy me acompañases... o mañana, o el
sábado, aunque sé que estás un poco cansada... ¿cómo lo sé? Pues verás, estoy contigo cuando abres los ojos y miras el despertador, tirano, que no te regala
unos minutos mas, y debes levantarte rápido a preparar el desayuno del marido y los hijos, o el tuyo solo, o el de tu mamá.... mientras se calienta el
agua te miro... te amo... luego, voy contigo a levantar los remolones que se empecinan en pelearse con el reloj.... te ayudo a vestirlos, te pongo a mano
esa remera que no encontrabas... y me siento con ustedes a desayunar... me gusta como preparas todo, el olorcito rico de tu cocina, luego debemos llevar
los chicos al colegio, ir a trabajar para traer el sustento, o volver a casa a la rutinaria (¡pero hermosa!) tarea de mantener limpio el hogar... juntas
vamos al supermercado y hacemos que alcance el dinero justito para el almuerzo... hasta a veces hago que te sobre una moneda para un dulce... el postre
sorpresa de los hijos...

También lavamos la ropa, el piso, acomodamos todo para que el esposo y los niños encuentren ese remanso de paz que anhelan, el olorcito a ”su casa” que
les volverá al alma cuando se sientan tristes, solitarios, nostálgicos... allí recordarán todas las cosas buenas que les enseñaste...
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 14/04/07 23:32

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