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Domingo XIX Ordinario en TRIGO DE DIOS

Domingo XIX Ordinario

El administrador prudente. Padre nuestro.

Domingo, 12-08-2007, Domingo XIX Ordinario del ciclo c.

Edición número 117.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo XIX Ordinario del ciclo c.

Canto de entrada:

Vamos cantando al Señor.

Vamos cantando al Señor,
él es nuestra alegría (2).
La luz de un nuevo día
venció la obscuridad,
que brille en nuestras almas
la luz de la verdad.
La roca que nos salva
es Cristo, nuestro Dios,
lleguemos dando gracias
a nuestro redentor.
Unidos como hermanos,
venimos a tu altar,
que llenes nuestras vidas
de amor y de amistad.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada:

Acuérdate, Señor, de tu alianza, y no olvides para siempre a tus pobres. Levántate, Señor, defiende tu causa y no desoigas el clamor de los que te invocan (CF. SAL. 73, 20. 19. 22. 23).

Saludo del sacerdote:

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada:

Hoy recordaremos que debemos permanecer en vela, porque no sabemos cuándo concluirá Dios la instauración de su reino entre nosotros. Nosotros vivimos esperando que acontezca la segunda venida de Cristo, con el fin de que nuestro Señor nos conduzca a la presencia de Dios, para que vivamos sin que nos afecten nuestras miserias actuales.
Comencemos esta celebración pidiéndole a nuestro Padre común que fortalezca en nosotros la fe y la voluntad de servirlo en nuestros prójimos, a fin de que seamos hallados purificados, cuando llegue el día en que finalizará el tiempo de nuestra redención.

Acto penitencial:

Reconozcámonos, pues, pecadores y perdonémonos los unos a los otros desde lo más íntimo de nuestro corazón.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad.
R. señor, ten piedad.
V. Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que estás sentado a la derecha del Padre: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Entonemos o recitemos el Gloria pidiéndole perdón a nuestro Padre común porque hemos incumplido la Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Oración colecta:

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, confirma en nuestros corazones el espíritu de los hijos adoptivos para que merezcamos obtener la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes.

Monición de la primera lectura:

Dios salvará a quienes crean en El firmemente, y, por lo tanto, sean cumplidores de la Ley.

Primera lectura:

Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.

Lectura del libro de la Sabiduría 18, 6-9.

La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban.

Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas,
llamándonos a ti.

Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios
en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

Palabra de Dios.
R. TE alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial:

La misericordia de Dios es infinita, así pues, démosle gracias a la Trinidad Beatísima por el bien que nos ha hecho, y pidámosle que concluya la instauración de su Reino entre nosotros.

Salmo responsorial:

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Sal 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
R.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R.

Monición de la segunda lectura:

San Pablo nos pide que vivamos ateniéndonos a la firme profesión de nuestra fe.

Segunda lectura:

Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Lectura de la Carta a los Hebreos 11, 1-2. 8-19.

Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos. Por ella merecieron nuestros antepasados la aprobación de Dios.
Por la fe, Abraham obedeció la llamada de Dios y se puso en camino hacia la tierra que había de recibir en herencia. Y partió sin conocer cuál era su destino. Por la fe vivió como un extraño en la tierra que Dios le prometió, habitando en tiendas de campaña. Y otro tanto hicieron Isaac y Jacob, herederos, juntamente con él, de la misma promesa. Vivió así porque había puesto su esperanza en una ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe, a pesar de que Sara era estéril y de que él mismo había rebasado la edad apropiada, recibió Abraham fuerza para fundar un linaje; todo porque se fió de quien se lo había prometido. Así que de uno solo, y por cierto sin vigor ya para engendrar, surgieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo, incontables como la arena de la playa. Todos estos murieron sin haber recibido lo prometido, pero lo vieron con los ojos de la fe y lo saludaron de lejos, reconociendo así que eran extranjeros y gente de paso sobre la tierra. Quienes se comportan de esta forma, demuestran claramente que están buscando una patria (celestial). Ahora bien, si lo que añoraban era la patria que abandonaron al venir a Palestina, a tiempo estaban de regresar a ella. Pero no, es claro que ellos suspiraban por una patria mejor, la patria celestial. Y como Dios les tenía preparada una ciudad, se honraba con que le llamasen "su Dios". Por la fe, Abraham, puesto a prueba, estuvo decidido a ofrecer a Isaac en sacrificio; él era el depositario de las promesas, y, sin embargo, a quien debía sacrificar era a su hijo único, del que Dios le había dicho: Isaac asegurará tu descendencia. Daba por supuesto Abraham que Dios tiene poder incluso para resucitar a los muertos; con lo que el hecho de recuperar a su hijo era una suerte de anuncio simbólico.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

O bien:

Lectura de la Carta a los Hebreos 11, 1-2. 8-12.

Hermanos:
La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve.

Por su fe, son recordados los antiguos.
Por fe, obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.
Por fe, vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas -y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa-, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Por fe, también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía.

Y así, de uno solo y, en este aspecto, ya extinguido, nacieron hijos numerosos como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre (MT. 24, 42a y 44). Aleluya.

Monición del Evangelio:

Aunque desconocemos el momento en que el Señor vendrá a nuestro encuentro para concluir nuestra redención, ello no nos impide ser perseverantes a la hora de servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos, como si nuestra salvación dependiera de ello.

Evangelio:

Estad preparados.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas, 12, 32-48.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Pedro le preguntó:
- «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»

El Señor le respondió:
-«¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?
Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: "Mi amo tarda en llegar", y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. »

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Los administradores prudentes.

1. velad.

Hace varios años tuve la oportunidad de asistir a una charla que nos fue impartida a un grupo de quince desempleados que buscábamos trabajo, con el fin de que nos dispusiéramos a vender un producto supuestamente milagroso elaborado especialmente para que quienes tenían un gran peso corporal perdieran muchos kilos en cuestión de poco tiempo por arte de magia. Por mi parte, yo, para no dejar de ser fiel a mi costumbre de ser malpensado (irónicamente hablando, la vida me ha enseñado a ser desconfiado), interrumpí al comercial que nos estaba impartiendo la citada charla para preguntarle sobre lo que podía ocurrir si se diera el caso de que aquel producto milagroso provocara la intoxicación de alguno de nuestros clientes por cualquier causa. En cuestión de escasos minutos se produjeron varias reacciones. Algunos de mis compañeros creyeron que yo era muy exagerado, dado que los componentes del citado producto eran, en parte, naturales, otros me dieron la razón, y el comercial pasó un buen rato hablándonos de la seguridad que tendrían nuestros clientes de no correr ningún peligro, y la satisfacción que supondría para ellos el hecho de perder mucho peso. Al final de la citada exposición, sólo una mujer se ofreció a vender el producto milagroso. Os he contado esta anécdota tan simpática porque vivimos marcados por el hecho de adelantar el futuro y agobiados por causa de la gran cantidad de deberes que tenemos pendientes. Cuando éramos pequeños, nuestros padres se esforzaron por educarnos, con el fin de que pudiéramos defendernos en este mundo tan complicado en que vivimos, cuando alcanzáramos la edad adulta. Por otra parte, vivimos con varios meses de adelanto, así pues, por citar un ejemplo, yo hago casi todas las compras de Navidad entre la primavera y el verano, ya que ello me ayuda a adquirir muchas cosas por menos dinero del que invertiría en las mismas a partir del mes de octubre. Yo no soy el único que vivo atrapado en la visión del futuro, así pues, los españoles podemos comprar la ropa que vamos a utilizar en pleno invierno a partir del mes de Julio, pues la tenemos en los centros comerciales a precios asequibles, ya que no nos gusta comprar esas prendas de vestir cuando el calor nos agobia. Hace algunos días me dijo un representante de una empresa de juego: "En esta vida no podemos darnos el lujo de desperdiciar la posibilidad de ganar un céntimo". Nuestra vida está enfocada a satisfacer nuestras carencias y las necesidades de nuestros familiares, así pues, desde la concepción de la sociedad que nos ha forzado a encerrarnos en un caparazón del que no podemos permitirnos salir fácilmente, no es comprensible nuestra creencia en el Reino de Dios, no sólo porque la existencia de nuestro criador no se puede demostrar a nivel científico, sino porque nos cuesta aceptar el hecho de que todos somos iguales y debemos tener las mismas oportunidades de beneficiarnos en todos los aspectos de la vida, pero, a pesar de la citada creencia, Jesús no deja de intentar fortalecer nuestra fe, para que nuestro corazón esté dispuesto a recibirlo cuando acontezca su Parusía o segunda venida, al final de los tiempos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas" (LC. 12, 35). Nuestro Señor nos dice que nos revistamos de los dones y de las virtudes divinos para que estemos dispuestos a recibirlos cuando acontezca su Parusía. Con respecto a las lámparas de las que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy, leemos en la obra de San Mateo:
"Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo (en el tiempo en que vivió nuestro Señor, en cada ocasión que se celebraba una boda, la novia era acompañada por sus amigas portando lámparas encendidas, hasta que ella misma era llevada por su marido al lecho nupcial). Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite (quienes obedecen a Dios pensando en quedar bien o en su salvación, descuidan el cumplimiento de la Ley, pensando que Dios nunca les pedirá cuenta de sus obras); mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan (el día del juicio universal, no faltarán quienes deseen salvarse ateniéndose a las buenas obras de los santos, pues ellos no tendrán ninguna obra hecha por amor de Dios en servicio de sus prójimos). Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas (no podéis salvaros por mediación de nuestras obras, pues cada cuál ha trabajado para condenarse o para salvarse). Pero mientras ellas iban a comprar (mientras intentaban hacer el bien para justificar su merecimiento de la salvación), vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él en las bodas; y se cerró la puerta (sólo tendremos una oportunidad para ser salvos, después de que Dios haya enjuiciado a la humanidad). Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: DE cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir" (MT. 25, 1-13).
San Lucas escribió en su segunda obra: "Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a Jerusalén. Y alguien le dijo: señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos por entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta (después de que acontezca la conclusión de la instauración del Reino de Dios entre nosotros), y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste; pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad" (LC. 13, 22-27).
"Y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas (trabajad pensando que Dios vendrá a vuestro encuentro en cualquier momento), para que cuando llegue y llame, le abran en seguida" (LC. 12, 36).
San Marcos escribió en su volumen bíblico: "Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad" (MC. 13, 33-37).
"Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles" (LC. 12, 37). Jesús le dijo a San Pedro durante la celebración de la última cena cuando éste se negó a que nuestro Maestro le lavara los pies: "Si no me dejas que te lave los pies, no podrás seguir contándote entre los míos" (JN. 13, 8). Jesús se vestirá como un siervo nuevamente cuando venga a nuestro encuentro por segunda vez, y hará con nosotros lo único que El sabe hacer por humildad, es decir, salvarnos, seguir sirviéndonos, seguir luchando contra nuestra debilidad hasta que venza nuestra fragilidad.
"Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son aquellos siervos. Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría minar su casa. Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del hombre vendrá" (LC. 12, 38-40).

2. Siervos fieles y siervos infieles.

"Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzara a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles. Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco. Porque todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá" (LC. 12, 41-48).

Oración de los fieles:

V. Oremos por nosotros, por la Iglesia, y por quienes no aceptan a nuestro Padre común, para que todos aceptemos la Palabra de Dios que nuestro Padre común nos ha revelado por mediación de los Hagiógrafos sagrados y de sus santos predicadores de la Iglesia.

Respondemos a cada petición: Señor, ten piedad de nosotros.

V. Por la Iglesia, para que los religiosos y laicos que somos miembros de la misma sepamos darte a conocer a quienes aún no saben de tu existencia, y para que seamos capaces de conseguir que te acepten quienes no quieren o no pueden creer en ti. Oremos.

V. Por quienes tienen problemas con sus familiares, sus amigos, sus compañeros de trabajo u otras personas, para que sepan amar a sus enemigos hasta el punto de perdonarlos e incluso beneficiarlos cuando tengan la oportunidad de servir a nuestro Padre común en ellos. Oremos.

V. Por quienes no son comprendidos por causa de la ideología que profesan, para que todos sepamos comprender que, aunque todos mantenemos creencias que difieren de la ideología de nuestros prójimos, este hecho no ha de separarnos. Oremos.

V. Por los niños y los adolescentes, para que aprendan a vivir inspirados por tu Espíritu Santo al ver el ejemplo que nosotros debemos darles. Oremos.

V. Escucha las oraciones de tus hijos reunidos ante tu altar para celebrar la Eucaristía, y concédenos un corazón puro y misericordioso, pues deseamos servirte en nuestros prójimos. Por Jesucristo, nuestro señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Canto del Ofertorio:

COMIENZA EL SACRIFICIO

1- Comienza el sacrificio
sublime del altar.
Cantemos al que pronto
su Sangre nos va a dar.

La hostia está dispuesta
y el cáliz redentor
ya se alza sobre el ara.
¡Cantemos al Señor!

2- Por este sacrificio
que es obra de tu amor,
la fe de nuestros padres
consérvanos, Señor.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas:

Acepta, Señor, los dones que le has dado a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos, y transfórmalos en sacramento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio dominical I.

El misterio pascual y el pueblo de Dios.

V. El señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. Quien, por su misterio pascual, realizó la obra maravillosa de llamarnos del pecado y de la muerte al honor de ser estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad, para que, trasladados de las tinieblas a tu luz admirable, proclamemos ante el mundo tus maravillas. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión:

Glorifica al Señor, Jerusalén, él te sacia con lo mejor del trigo (SAL. 147, 12. 14).

O bien:

Dice el Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (CF. JN. 6, 51).

Canto de la Comunión:

EL PAN SABROSO

Que bueno es el pan que Tu nos das
regalo de Tu amor Jesús;
que bueno es el pan que tu nos das
el pan sabroso que eres Tu.

1- Tú que hartaste a tu pueblo en el desierto,
dános pan y esperanza en el camino.

2- Tú, Señor, que los panes multiplicas,
toma en tus manos nuestras ansias e ilusiones,

3- En el largo recorrer de nuestra vida
solo Tú podrás calmar la sed del cielo.

4- No nos sacian las migajas de placeres
que a su paso va ofreciéndonos la vida.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión:

Leer la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses.

Oración después de la Comunión:

Te pedimos, Padre, que la comunión en tus sacramentos nos salve y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Exhortación de despedida:

Prosigamos la realización de nuestras actividades ordinarias encaminando nuestro trabajo a nuestra salvación y a la recepción de la salud por parte de nuestros prójimos los hombres.

Canto final:

UN DÍA LA VERÉ

1- ¡Un día la veré!
con célica armonía,
la gloria de María
dichoso cantaré.

¡Un día al cielo iré
y la contemplaré!
¡Un día al cielo iré
y la contemplaré!

2- Al cielo Dios llevó
su cuerpo inmaculado
en cuyo seno santo
el Verbo se encarnó.

3- Gloriosa en su Asunción,
los cielos la coronan
por Reina y por Señora
de toda la Creación.

4- Por Madre del Señor
y Reina de los cielos
su ruego poderoso
es gracia y bendición.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 16/08/07 23:03

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