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Domingo XIX ordinario. en TRIGO DE DIOS

Domingo XIX ordinario.

El pan eucarístico nos ayuda a vivir nuestra adversidad. Susana Ratero, sobre las almas del purgatorio. Padre nuestro

Domingo, 13-08-2006, Domingo XIX Ordinario del ciclo b

Edición número 54

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:

-Celebremos la Eucaristía. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Sobre las almas del purgatorio. Por susana Ratero.

Celebremos la Eucaristía

Domingo XIX Ordinario del ciclo b

Antífona de entrada

Acuérdate, Señor, de tu alianza, y no olvides para siempre a tus pobres. Levántate, Señor, defiende tu causa y no desoigas el clamor de los que te invocan
(CF. SAL. 73, 20. 19. 22. 23).

Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento
de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Sed bienvenidos a la casa del Señor.

Vamos a disponer nuestro corazón para llevar a cabo el acontecimiento más importante de nuestra vida, que es la celebración de la Eucaristía. Si el Sacramento
que vamos a celebrar es la inagotable fuente de la que obtenemos la fuerza para alcanzar las metas que nos proponemos en nuestra vida, no ha de extrañarnos
el hecho de que la recepción por nuestra parte de Jesucristo, el pan de la inmortalidad eucaristizado, sea el acto cultual más importante con que, al demostrarle
a nuestro Padre común el amor y confianza que depositamos en él, nos demostramos a nosotros y a nuestros prójimos que deseamos alcanzar la santidad divina.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, confirma en nuestros corazones el espíritu de los hijos adoptivos para que merezcamos obtener
la herencia prometida Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los
siglos.

R. Amén.

Liturgia de la Palabra

Cita de las lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas

1. Con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte de Dios (1 REY, 19, 4-8). El alimento que fortaleció a Elías cuando Jezabel le persiguió a muerte
es la prefiguración de la Eucaristía, el alimento espiritual que nos ayuda a sobrellevar la adversidad que atañe a nuestra vida.

2. Gustad y ved qué bueno es el Señor (SAL. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9). Oremos pensando en la forma en que nuestro Padre común nos bendice.

3. Vivid en el amor con Cristo (EF. 4, 30- 5, 2). No entristezcamos al Paráclito con nuestra conducta característica de quienes viven sin fe.

4. Aleluya, Aleluya:¡Ojalá no os preocupase tanto el alimento transitorio y os esforzaseis por conseguir el duradero, el que da vida eterna, dice el
Señor (CF. JN. 6, 27).

5. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (JN. 6, 41-52). Aceptemos a Jesucristo en su Eucaristía sin desconfiar de nuestro Dios, la fuente de la
que mana la vida.

Homilía:

1. ¿Habéis interrogado a Dios? Conocemos la forma en que Elías mandó asesinar a los 450 profetas baalitas después de demostrarles a quienes le vieron
aquél día memorable que, mientras Baal es una invención de la mente humana, Yahveh es el Dios verdadero. Si el citado profeta alabó a Dios al realizar
aquél prodigio bajo la inspiración del Espíritu Santo, no hemos de olvidar las consecuencias funestas que aquél episodio bíblico le acarrearon al siervo
del Dios Altísimo. "Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto
tu persona como la de uno de ellos (los profetas de Baal asesinados). (I REY. 19, 2). Imaginemos que uno de nuestros familiares o de nuestros amigos más
amados sufre un grave accidente y fallece después de estar varias horas hospitalizado. Imaginemos también que perdemos nuestro trabajo, y, por ello, todos
nuestros bienes. Imaginemos que la vida deja de sonreírnos y que la fatalidad cae sobre nosotros hasta que llega el momento que no deseamos seguir viviendo.
¿Qué podríamos hacer en tan dramáticas circunstancias? Existe una gran diferencia entre el hecho de interrogar a nuestro Padre común con respecto a nuestro
origen y nuestro destino final cuando la vida nos sonríe, y el hecho de interrogar a nuestro Padre común cuando carecemos de esperanza y de fe en alguna
razón que nos incite a seguir viviendo. Tenemos muy presentes las imágenes que vemos en televisión en cada ocasión que sucede un atentado terrorista en
cualquier parte del mundo, las caras afligidas de las familias de las víctimas del egoísmo humano preguntándole a nuestro Padre común como quien le habla
al silencio: ¿Por qué...?

"Viendo, pues, el peligro, (Elías) se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado" (I REY. 19,
3). Elías no quiso que su criado le acompañara porque sabía que la única forma de librarle de la muerte era separarle de él. ¿Significó aquella separación
un acto de desconfianza de Elías con respecto a nuestro Padre común? No sabemos hasta qué punto pudo debilitarse la fe de nuestro profeta si es que ello
llegó a suceder, pero, el hecho de pensar en que podía ser asesinado, no era causado por su falta de fe, pues tenía que pensar en luchar para seguir viviendo,
pues no ignoraba que, en el peor de los casos, o sea, si le arrancaban la vida, más le valdría morir intentando salvar su vida, que acobardarse, dejándose
alcanzar fácilmente, sin intentar hacer nada para seguir viviendo, amparándose en la confianza que le inspiraba su fe.

"Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida,
pues no soy yo mejor que mis padres" (I REY. 19, 4). Elías se desesperó y le dijo a nuestro Padre común: Yahveh, Saddai, no soporto más esta situación.
Arráncame la vida, porque yo no soy superior a los Patriarcas de Israel, y soy tan pecador como lo fueron mis antepasados. Déjame morir, Señor, porque
no soporto esta situación agotadora.

Elías se dejó vencer por su miedo fundado hasta que el sueño le venció. "Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le
tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y
volvió a dormirse" (I REY. 19, 5-6). Es importante que celebremos la Eucaristía siempre que tengamos la ocasión, así pues, cuando menos lo esperemos, nuestro
Padre común nos ayudará a concluir nuestros estudios, nos remediará alguna de las enfermedades que padecemos, o solventará algún otro problema que tengamos.
No olvidemos que hemos de resolver nuestros problemas uno a uno y en muchas ocasiones lentamente, pues no podemos solventarlos todos en un instante.

"Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió;
y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios" (I REY. 19, 7-8). Jesús en su Eucaristía es nuestro
alimento espiritual. Puede sucedernos que no comprendamos esta realidad, pero también puede sucedernos que rechacemos nuestro alimento espiritual, al tener
nuestra mente ocupada pensando en la forma de obtener bienes que, aunque son provechosos para nuestra vida actual, son caducos en cuanto no nos sirven
para enriquecernos espiritualmente.

2. Jesús está en el sagrario de vuestro corazón. ¿Tenéis la costumbre de visitar a nuestro Señor a solas y de orar ante el sagrario? Si no tenemos la
costumbre de asistir a la Iglesia y de hablar a solas con nuestro Señor ya sea en algún templo o en nuestro hogar, deberíamos pensar si verdaderamente
tenemos fe en el Dios Trinidad. Cuando yo era catequista de niños, en una ocasión en la que le explicaba a una de mis compañeras la necesidad que tenemos
de hablar a solas con nuestro Hermano Jesús, ella me dijo: -¿Crees tú que yo voy a venir a la Iglesia para que entre alguien aquí y me vea hablando con
un receptáculo? Yo le respondí a aquella mujer: -Si no crees en Dios, y no te vas a esforzar para tener fe en él ni para que tus familiares le acepten
en sus corazones, más te vale hacerle una fiesta a tu hijo el día en que sus compañeros hagan la Comunión, pues, así, te ahorrarás de venir a las reuniones
de catequistas y a las celebraciones eucarísticas.

Hace varios años, en algunas cadenas de televisión españolas, se transmitían esporádicamente una serie de debates, en los que muchos participantes de
los mismos, rebatían la doctrina de la Iglesia, argumentando que Dios no se manifiesta librándonos de nuestras miserias. Yo les digo a quienes piensan
de esa forma que Dios no es un curandero a quien se le puede encerrar en su propia trampa, pues él sabe cuándo y por qué actúa dándosenos a conocer en
las ocasiones en las que no le vamos a rechazar, para que, cuando le acojamos en nuestros corazones, no tengamos la triste sensación de que en el pasado
le rechazamos, y pensemos que, por ello, somos pobres pecadores.

Oración de los fieles

El Dios Uno y Trino nos ha permitido venir a su casa de encuentro con sus hijos para que podamos recibir a nuestro Hermano mayor en la Eucaristía. La
Iglesia desea que recibamos el alimento espiritual con el alma inmaculada, así pues, respondamos a cada petición diciendo: Señor, haznos comprender que
siempre estás con nosotros.

1. Para el Papa Benedicto XVI, te pedimos, Santo Padre, que no carezca de los dones y virtudes ni del amor de los católicos que necesita para gobernar
a la Iglesia. Oremos.

2. Para los miembros de tu pueblo te pedimos, Santo Padre, que nos ayudes a vivir en tu presencia sin que nuestra fragilidad humana nos induzca a incumplir
tu Ley, pues deseamos ser santos. Oremos.

3. Para las asociaciones católicas te pedimos, Santo Padre, que sigan atrayendo a quienes viven sin fe a la Iglesia, en la que han de ser acogidos con
amor y comprensión. Oremos.

4. Consuela a quienes viven aislados y tienen la necesidad de sentir que habitas en sus corazones. Oremos.

5. Por quienes hemos asistido a esta celebración eucarística y por quienes no han podido o no han querido acompañarnos a esta casa de oración, te pedimos,
Santo Padre, que nos induzcas el deseo de vivir imitando a Jesús. Oremos.

6. Haznos comprender que actúas por nuestra mediación cuando acogemos a quienes sufren por cualquier causa y solventamos sus carencias en conformidad
con nuestras posibilidades de hacerles felices. Oremos.

7. Añadir nuevas intenciones.

V. Escucha nuestras oraciones y acepta nuestro ofrecimiento junto a Jesús en la Eucaristía, pues no ignoramos que, al igual que le sucedió a tu Hijo
amado, antes de ser glorificados, hemos de morir a los hombres y a las mujeres viejos y viejas que habitan en nosotros, para poder ser transfigurados y
configurados a la imagen y semejanza espiritual del Hijo de María. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Oración después de la Comunión

Acepta, Señor, los dones que le has dado a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos, y transfórmalos en sacramento de salvación. Por Jesucristo, nuestro
Señor.

Prefacio dominical IX

(Prefacio II del Espíritu Santo)

La acción del Espíritu en la Iglesia

V. El Señor esté con vosotros.

R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.

R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque de tal manera gobiernas a tu Iglesia, que en todo lugar y en cada momento, le proporcionas lo que más conviene. No cesas, en efecto, de asistirla
con la fuerza del Espíritu Santo, para que, confiada siempre a ti en el amor, ni abandone la plegaria en la tribulación, ni deje de darte gracias en el
gozo, por Cristo nuestro Señor. Por eso, unidos a los coros angélicos, te aclamamos, llenos de alegría: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Glorifica al Señor, Jerusalén, él te sacia con lo mejor del trigo (SAL. 147, 12. 14).

O bien:

Dice el Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (CF. JN. 6, 51).

Lectura preparatoria de la Comunión

Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado
a la fuente de misericordias, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra.

Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi
pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el pán de los ángeles, al Rey de los reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y
humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma.

Dame, Señor, que reciba yo, no sólo el sacramento del Sacratísimo Cuerpo y Sangre, sino también la virtud y gracia del sacramento ¡oh benignísimo Dios¡,
concededme que albergue yo en mi corazón de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo adorable que tomó de la Virgen
María, que merezca incorporarme a su Cuerpo místico, y contarme como a uno de sus miembros.

¡Oh piadosísimo Padre¡, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo
verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

(Santo Tomás de Aquino).

Oración después de la Comunión

Te pedimos, Padre, que la comunión en tus sacramentos nos salve y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias, pidiéndole a nuestro Padre común que haga que la humanidad
le acepte por nuestra mediación.

Padre nuestro, escucha nuestra oración

Sobre las almas del purgatorio

Por susana Ratero

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María... ahora y en la hora de nuestra muerte...

- Madre... hoy necesito preguntarte acerca de las almas del purgatorio.

- Bien hija. ¿Qué es lo que quieres saber, exactamente?- contestas a mi alma desde tu suave imagen de Luján.

En la parroquia de mi barrio sólo escucho un sereno silencio. Un momento más y comenzará la Santa Misa...

- Madre, es tan grande mi ignorancia que ni siquiera sé que preguntarte.

- Mira, antes de responderte quiero que te respondas a ti misma una pregunta. ¿Mueve tu corazón la curiosidad o el amor?

- Quiero que sea el amor, Señora mía ¡Ayúdame a que sea el amor!...

- Tus palabras alegran mi corazón. Me preguntas acerca de las almas del purgatorio. Te propongo que cierres los ojos y vengas conmigo.

- ¿Adónde Madre?

- A un lugar donde es grande la pena y larga la espera.

Mi imaginación dibuja, entonces, un sitio triste, solitario... en semipenumbras. Como un grande y profundo valle al que no puedo bajar. María permanece
a mi lado. Desde una especie de acantilado diviso, en el fondo del valle, tantísimas almas suplicantes.

La Misa comienza en la Parroquia. Quiero oírla a tu lado, Madre. Pero necesito preguntar:

- Señora, nada soy y nada valgo. Ningún mérito tengo para pedirte ¡Oh Madre de Misericordia! ¿Puede mi nada hacer algo para aliviar el gran sufrimiento
de estas almas?

Me miras con infinita ternura. Te acercas a mi corazón y tomas de él algo que parece una cadena.

- Pero ¿De dónde sacas esos eslabones, María?

- Esta cadena, hija mía, es la que has construido con tus oraciones de hoy.

Ella se acerca al borde del acantilado y arroja un extremo de la cadena pero... resulta demasiado corta para llegar, siquiera, al alma más cercana. Mis
oraciones fueron tan apuradas, tan frías, tan débiles...

María camina ahora hacia una persona entre los bancos de la parroquia y toma la cadena que brota de su corazón.

¡Oh, sí! Ésta sí que alcanza. La pobre alma logra asirse de ella y María comienza a rescatarla. El alma a ascendido unos pasos cuando la cadena ¡Se
rompe! ¡Ay, Madre, se ha cortado! ¿Qué se hace ahora María?

Mi amadísima Madre no se rinde. Se dirige ahora a una señora mayor que sigue la misa con devoción. Esta simple mujer diariamente reza el Santo Rosario
en la Parroquia. También se preocupa de estar en estado de gracia, confesando asiduamente, ora por el Santo Padre y no tiene afecto alguno al pecado. A
este último punto ella lo consigue a fuerza de gran lucha diaria con sus naturales inclinaciones, pidiendo continuamente la asistencia del Señor, quien
la fortalece en la diaria Eucaristía.

María toma, delicadamente, el Rosario que pende de su cuello y con él, como irrompible y eterna cadena ¡Rescata un alma!. ¡Santo Dios! ¡Jamás vi algo
semejante!¡Qué gratitud infinita la del alma liberada!¡Que exquisita es ahora su belleza!

- Explícame, Madre, por caridad.

- Hija, lo que acabo de tomar del alma de esa buena mujer, sencilla, callada y muchas veces inadvertida es, sencillamente ¡Una indulgencia plenaria!
¡La indulgencia del Rosario!

- Entonces, ¡Oh Madre!¡Mira esa alma allí!¡Rescátala con ese Rosario!

- Ya no puedo hija, pues sólo se puede ganar una indulgencia plenaria por día...

- Que pena, María, habrá que esperar, entonces, hasta mañana. Cuando ella vuelva a rezar el Rosario y recibir la Eucaristía ¿Verdad?

- Si querida, pero no debería darte pena tener que esperar. Más bien debería darte pena que yo no tenga otro rosario, con las debidas condiciones,
que me regalara una indulgencia plenaria.

Allí, con profundo dolor por mis olvidos, me doy cuenta de que no tiene, mi corazón, el Rosario que necesita María... ¿Cuánto tiempo me hubiese llevado
el rezarlo con devoción?¿Media hora, tal vez? ¡Oh alma mía! Te vas tras tantas preocupaciones vanas y descuidas las cosas eternas.

- Mi querida, tan grande es la misericordia de Dios que no sólo con el rezo del Rosario un alma puede ganar indulgencias. Puedes ganarlas plenarias
o parciales, es decir, puedes alcanzar la remisión total o parcial de las penas debidas por los pecados de un alma, la tuya o la de un difunto, mas no
la de otra persona que aún camina en la tierra.

- Dime, Madrecita dulce, de qué otras maneras puedo regalarte cadenas largas y fuertes para que tú, entre tus piadosas manos, las tornes santas
y eternas.

- Veamos ¿Recuerdas la enseñanza de Jesús? “El que busca encuentra”... Busca hija, tómate el trabajo de averiguar, habla con tu párroco. Hallarás
lo que buscas si media de tu parte voluntad y esfuerzo.

Se acerca la hora de la consagración. El coro de la parroquia canta ¡Santo, Santo, Santo!. Miro a esas pobres almas angustiadas en el fondo del valle.
Sus miradas me dicen ¡Canta, hermana, canta fuerte!¡Canta por nosotras!¡Canta por todas las veces que no supimos hacerlo!

Canto entre lágrimas... canto por ellas...

Voy a recibir la Eucaristía. Vuelvo mis ojos al fondo del valle. ¡Qué miradas! ¡Cómo quisieran ellas estar, por un segundo, en mi sitio... a escasos
metros del Santísimo!

Pobres almas, tantas veces olvidadas por mi corazón.

Si tan sólo pudiera, ahora, hacer algo por aliviar sus penas...

- Puedes... puedes, hermana.. –Claman a mi corazón las benditas almas del Purgatorio- Al menos escribe de nuestra espera y nuestra angustia por
no poder llegar aún a la presencia del Padre. Escribe acerca de cadenas que se cortan y de cadenas que liberan. Pide a María, Madre de Misericordia, que
tus letras lleguen a las almas de los hermanos. Pide que ellos sientan compasión de nosotras y nos alivien con sus oraciones y limosnas en nuestro nombre.
Quizás esas almas hagan por nosotras todo lo que querrían que hicieran por ellas cuando mueran.

Así lo hice. Ya está escrito. Entre tus manos queda, Madre. Ahora rezaré el Rosario. Pido a Dios que los eslabones que broten de mi alma no defrauden
las esperanzas de mi Reina y Señora.

María Susana Ratero

susanaratero@yahoo.com.ar

NOTA:

"Es tos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe
pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o
expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

La su de María
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 14/04/07 23:38

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