TRIGO DE DIOS
Domingo XI ordinario. en TRIGO DE DIOS
Domingo XI ordinario.
Jesús nos envía a predicar el Evangelio.
Padre nuestro
Domingo, 12-05-2005, Domingo XI Ordinario
Edición número 42
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.
Sagrarios vivos
Domingo XI Ordinario
Antífona de entrada
Escucha, Señor, mi voz y mis clamores y ven en mi ayuda; no me rechaces, ni me abandones, Dios, salvador mío (Sal. 26, 7. 9).
Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.
Saludo inicial del sacerdote
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
Nuestro Dios nos ha congregado y nos insta a prepararnos para habitar por años sin término en su Reino. Nosotros, a través de la Liturgia de hoy, nos dispondremos a servir a nuestro Creador, con la intención de agradecerle el hecho de haber derramado sobre nosotros el inagotable manantial de su misericordia.
Oración colecta
Dios nuestro, fuerza de todos los que en ti confían, ayúdanos con tu gracia, sin la cual nada puede nuestra humana debilidad, para que podamos serte fieles en la observancia de tus mandamientos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de la Palabra
Lecturas:
1. Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada (éx. 19, 2-6). Dios, a través de Moisés, les recordó a los hebreos que cumplieran su voluntad, al mismo tiempo que les recordó que él fue quien les liberó de la esclavitud, con su mano poderosa. El siguiente relato del éxodo que constituye la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, nos hará reflexionar sobre el conocido dicho: Es de bien nacidos el ser agradecidos.
2. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño (Sal. 99, 2. 3. 5. R.: 3 c). Dispongámonos a servir a Dios porque él es nuestro Padre, porque él nos ayudará a alcanzar la felicidad plena, y por amor a nuestros prójimos los hombres.
3. Si la muerte de Cristo nos reconcilió con Dios, mucho más nos reconciliará su vida (Rom. 5, 6-11). Jesús murió para que comprendiéramos que nuestro Padre común jamás dejará de amarnos. Jesús murió crucificado para enseñarnos que no hemos de ceder amparados en nuestra debilidad cuando seamos atribulados. Jesús murió crucificado para que nos acerquemos a Dios, pues él espera a que le aceptemos como nuestro Padre y Salvador.
4. Aleluya, Aleluya: El Reino de Dios, está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en él (Mc. 1, 15). Si aceptamos a Dios aunque no podamos comprender plenamente todos sus planteamientos, se harán realidad en nuestra vida las palabras de Jesús que acaban de ser proclamadas.
5. Jesús envió a sus doce apóstoles con instrucciones (Mt. 9, 36-10, 8). Jesús nos ha elegido a todos nosotros para que llevemos a cabo las obras que él realizó en nuestro medio, así pues, dispongámonos a curar el espíritu herido de la humanidad.
Homilía:
1. Jesús nos llama para que llevemos a cabo sus obras. San Pablo les escribió a los cristianos de éfeso: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos a imagen del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa" (Ef. 4, 23-24). Todos nos sentimos realizados según podemos constatar que logramos el hecho de alcanzar las metas que nos proponemos. La Iglesia, a través de su Liturgia, nos pide que nos propongamos la posibilidad de convertirnos en predicadores del Evangelio, con nuestras palabras y obras. Quizá tenemos cubiertas todas nuestras necesidades en el campo material, y por ello vivimos lejos de la presencia de nuestro Padre común, de forma que nuestra vida espiritual no va más allá de celebrar la Eucaristía dominical. Cuando el Apóstol Mateo renunció a su trabajo de recaudador de impuestos y se hizo seguidor de Jesús, quiso organizar un banquete para despedirse de sus amigos, y proponerles que se hicieran discípulos
de su Maestro. En aquella celebración, los fariseos molestaron a los discípulos del Rabbi, con la intención de hacer que todos los asistentes al citado banquete odiaran a Jesús, diciéndoles: "-¿Por qué se sienta a comer con esa clase de gente? Jesús los oyó y les dijo: -No necesitan de médico los que están sanos, sino los que están enfermos. Yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los pecadores" (Mc. 2, 16-17). El propio Mateo añadió las siguientes palabras de Jesús a su relato paralelo al texto de San Marcos anteriormente citado: "Id y aprended qué significa aquello de yo no quiero que me ofrezcáis sacrificios, sino que seáis compasivos" (Mt. 9, 13).
Independientemente de nuestra situación actual, nosotros, en conformidad con nuestras posibilidades, hemos sido llamados por Dios, para que prediquemos el Evangelio. Anteriormente os dije que muchos vivimos una situación excelente que nos hace olvidar el dolor que sufren quienes, a pesar de que son más humildes que nosotros, son nuestros hermanos.
2. ¿Qué aspectos de nuestra vida podemos cambiar para predicar el Evangelio? El Domingo anterior recordamos la conversión de los santos Pablo, Pedro y Mateo. Pablo no pudo llegar a ser un buen Apóstol de nuestro Señor hasta que aprendió a trocar su egoísmo farisaico por el amor a quienes les predicó el Evangelio. No olvidemos, queridos hermanos y amigos, que al Apóstol de los gentiles le amputaron la cabeza porque, al ser un ciudadano romano, no se le podía condenar a morir crucificado. Todos los Apóstoles de nuestro Señor tuvieron que efectuar grandes cambios en su vida para ponerse a disposición de Dios a tiempo y destiempo. A San Mateo debió costarle un gran esfuerzo dejar sus múltiples riquezas para convertirse en un evangelizador peregrino. Pedro debió sufrir mucho al separarse de sus familiares.
Como muchos de vosotros sabéis, estoy vendiendo mi vivienda porque no dispongo del dinero que necesito para seguir pagando mi préstamo hipotecario. Hace varios días, un chico y su novia, ambos muy jóvenes, quisieron ver mi piso para ver si les convenía comprármelo. A pesar de que mi imperiosa carencia económica me obliga a vender mi propiedad a un precio bastante inferior al que tienen pisos con las mismas características que el mío, aquellos novios, después de meditar durante unos minutos, no quisieron adquirir mi vivienda, porque no querían sacrificar varios meses de "juerga nocturna" y algunos caprichos de diversa índole con el fin de tener su propia vivienda, argumentando, para no reconocer su afán derrochador, que yo les estaba pidiendo demasiado dinero. Os he contado esta anécdota porque todos debemos sacrificar algo para alcanzar un gran bien. Hace varios años mis amigos nos reprochaban a mi mujer y a mí que no se nos veía divirtiéndonos los fines de semana en los
lugares a los que ellos asistían y que no viajábamos, por lo que pensaban que nuestra vida era monótona. Gracias a nuestra renuncia a los citados placeres inmediatos, mi mujer y yo adquirimos dos pisos, de los que vendimos uno el pasado mes de mayo. Los Apóstoles tuvieron que hacer grandes sacrificios para seguir a Jesús, pero, la satisfacción de serles útiles a sus prójimos, compensó el esfuerzo que hicieron y el dolor que ello les produjo.
3. ¿Qué quiere Jesús de nosotros? Jesús nos ha dado "autoridad para expulsar a los espíritus impuros" (Mt. 10, 1). Nuestro Señor nos ayuda a trocar los sentimientos adversos que se anidan en nuestro corazón y en nuestros prójimos por otros sentimientos buenos, realistas y esperanzadores. Bajo esta óptica tan positiva, hemos de creer que nuestro Señor también nos ha comisionado "para curar toda clase de enfermedades y dolencias" (Mt. 10, 1). Nosotros sólo podemos curarnos a nosotros y a nuestros oyentes espiritualmente. Jesús les dijo a sus discípulos antes de ascender al cielo: "Estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios (sentimientos no realistas); hablarán lenguas nuevas (aprenderán a interpretar las circunstancias relativas a su vida y a la Historia de la Humanidad desde la perspectiva de nuestro Padre común); tomarán serpientes en sus manos (podrán afrontar circunstancias insufribles para la mayoría de la gente); aunque beban veneno, no
les hará daño (ni el dolor ni el mal en ninguna de sus formas los derrotarán); pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán" (Mc. 16, 17-18). Si interpretamos las palabras de Jesús que os acabo de recordar literalmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión de que nosotros podemos hacer verdaderos milagros? Jesús nos dice: "-Tened fe en Dios. Os aseguro que, si alguien dice a ese monte que se quite de ahí y se arroje al mar, y lo dice sin vacilar, creyendo de todo corazón que va a hacerse lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo que todo lo que pidáis en oración, lo obtendréis, si tenéis fe en que vais a recibirlo" (Mc. 11, 22-24).
Oración de los fieles
V. Oremos, hermanos y hermanas, al Señor, que conoce lo que está escondido a nuestros ojos y sabe cuales son nuestras verdaderas necesidades: Respondemos a cada petición: Señor, ten piedad.
1. Oremos por la santa Iglesia para que Dios, nuestro Señor, aumente el número de sus fieles, aleje de ella toda división y escuche las plegarias que le dirigen todos los cristianos del mundo, roguemos al Señor.
2. Oremos a nuestro Señor por los gobernantes de nuestra patria y de todos los pueblos, para que Dios les dé sabiduría y fuerza para gobernar y dirigir con paz y justicia el pueblo que tienen encomendado, roguemos al Señor.
3. Oremos por los que están lejos de su hogar, para que nuestro Señor les conceda un viaje feliz, retornar con salud a sus familias y la realización plena de los proyectos de su viaje, roguemos al Señor.
4. Oremos a nuestro Señor por los que hoy nos hemos reunido aquí en su nombre y por el párroco que nos preside, para que el Señor escuche nuestras oraciones y nuestras peticiones le sean siempre agradables, roguemos al Señor.
5. Añadir nuevas peticiones.
V. Dios todopoderoso, que nos has elegido como reino de sacerdotes, propiedad personal y nación santa, y has querido que seamos signo visible de la nueva realeza de tu Reino; escucha las oraciones de tu pueblo y concédenos vivir en plena unión contigo, tanto en el sacrificio de alabanza como en el servicio a nuestros hermanos, para que lleguemos a ser delante de los humanos anunciadores y testigos del Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que en estos dones que te presentamos has otorgado al hombre el pan que lo alimenta y el sacramento que le da nueva vida, haz que nunca llegue a faltarnos este sustento del cuerpo y del espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo bendecirte y darte gracias, Padre santo, fuente de la verdad y de la vida, porque nos has convocado en tu casa en este día de fiesta. Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra, y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso. Entonces contemplaremos tu rostro alabaremos por siempre tu misericordia. Con esta gozosa esperanza, y unidos a los ángeles y a los santos, cantamos unánimes el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Una sola cosa he pedido al Señor y es lo único que busco: habitar en su casa todos los días de mi vida (Sal. 26, 4).
Oración después de la Comunión
Que nuestra participación en este sacramento signo de la unión de los fieles en ti, contribuya, Señor, a la unidad de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias, pensando en la posibilidad de servir a nuestro Señor en nosotros y en nuestros prójimos los hombres. Recordemos que Dios no nos pide que hagamos grandes sacrificios, así pues, el hecho de consolar a los tristes entre otras abundantes obras de caridad, constituye un inmenso don de nosotros a nuestro Padre común, el Padre de la misericordia.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 12/04/07 23:34
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