TRIGO DE DIOS
Domingo X ordinario en TRIGO DE DIOS
Domingo X ordinario
Tres ejemplos de conversión.
Padre nuestro
Domingo, 5-06-2005, Domingo X ordinario
Edición número 41
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.
Sagrarios vivos
Domingo X ordinario
Antífona de entrada
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Cuando me asaltan mis enemigos, tropiezan y caen (Sal. 26, 1-2).
Recitemos el Gloria en esta celebración dominical, pidiéndole a nuestro Padre común perdón por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.
Saludo inicial del sacerdote
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
Es importante que nunca tengamos la convicción de que nos hemos convertido al Señor, así pues, hemos de estar dispuestos a vencer satisfactoriamente todas las pruebas que obstaculicen nuestra fe. Hoy vamos a reflexionar sobre la conversión del Apóstol y Evangelista San Mateo, la fe de Abraham, y sobre el verdadero sacrificio que Dios quiere de nosotros, así pues, más valor que nuestras oraciones y nuestros gestos sacrificiales ante Dios, tiene el ejercicio constante de la caridad, la práctica constante de la misericordia.
Oración colecta
Dios nuestro, de quien todo bien procede, inspíranos propósitos de justicia y santidad y concédenos tu ayuda para poder cumplirlos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de la Palabra
Lecturas:
1. Yo quiero amor y no sacrificios (Os. 6, 3-6). Quizá nos hemos acostumbrado a pedirle ayuda a Dios en los días en que somos probados con dificultades de diversa índole, pero no hemos de conformarnos con orar para que Dios satisfaga nuestras necesidades y acomodando el Evangelio a nuestros caprichos, obviando los fragmentos del texto sagrado que nos resulten molestos, así pues, ¿somos conscientes de que nuestro Padre común valora más nuestra práctica constante de la caridad que los sacrificios que llevamos a cabo? Recordemos aquel óvolo que una pobre viuda donó en el Templo de Jerusalén, una moneda que ante Jesús tenía más valor que el dinero de quienes vivían acomodadamente, porque aquella moneda representaba todos los bienes que aquella mujer poseía. Para Dios, la intención con que actuamos, tiene más valor que los frutos que producimos, aunque no por ello hemos de disminuir el número de buenas obras que hacemos.
2. Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios (Sal. 49, 1 y 8. 12-13. 14-15. R.: 23 b). Los sacrificios que podemos llevar a cabo en cualquier momento semejantes a ayunar o caminar descalzos el recorrido de una procesión litúrgica constituyen signos de la realidad que ansiamos, pero, esos gestos son oraciones, no pueden tener el valor que caracteriza el hecho de socorrer a los más débiles de nuestro entorno social.
3. Se fue robusteció y dio con ello gloria a Dios (Rom. 4, 18-25). Abraham, el padre de quienes creemos en Dios, es para nosotros un gran ejemplo de fe, según podremos recordar al escuchar el fragmento de la Carta de San Pablo a los Romanos, que constituye la segunda lectura correspondiente a esta celebración eucarística.
4. Aleluya, Aleluya: El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos (Cf. Lc. 4, 18). Jesús fue enviado por Dios para iluminar nuestro entendimiento, y así hacernos comprender la verdad de Dios de la que él dijo: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn. 8, 32).
5. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt. 9, 9-13). Imitemos al Apóstol Mateo, pues él dejó de ser recaudador de impuestos para ponerse a disposición de Jesús. Mateo era rechazado por sus hermanos de raza porque trabajaba para sus opresores romanos. No sabemos en qué medida se vio Mateo afectado por el rechazo de sus prójimos, de la misma forma que ignoramos si nuestro santo se valió de su posición privilegiada para robar a los pobres de su pueblo. Al meditar el Evangelio de hoy, podemos comprender que Mateo no era feliz, pero que se sintió plenamente realizado al empezar a cumplir la voluntad de Dios.
Homilía
1. la conversión de San Pablo y su entrega generosa a Dios. La conversión es una metanoia (cambio de mentalidad) que los cristianos experimentamos a partir del momento en que comenzamos a sustituir nuestros valores que contradicen el cumplimiento de la voluntad de Dios por nuestra parte por la ideología divina. Este cambio no ha de significar que todos hemos de considerarnos sumamente malvados si no creemos en Dios o si nuestra entrega al servicio de nuestro Padre común no es totalitaria, sino que hemos de aprovechar la oportunidad que nuestro Padre nos da para que podamos alcanzar la cumbre de la felicidad al aceptarla, aunque, para lograr el citado objetivo, tengamos que desandar los caminos que andamos cometiendo algunos fallos o muchos errores, reparando el daño que, independientemente de la intención buena o adversa con que actuamos en el pasado, nos causamos a nosotros mismos o a nuestros hermanos los hombres. San Pablo les habló a los filipenses con respecto al ideal
que le instaba a esforzarse por aumentar su fe en el Señor: "Quiero conocer a Cristo, experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su misma muerte. Espero así alcanzar en la resurrección el triunfo sobre la muerte" (Flp. 3, 10-11). Nosotros, los seguidores de Jesús que vivimos en el siglo XXI, también hemos de desear imitar a Cristo en sus vivencias y alcanzar la glorificación de nuestro Señor, aunque tengamos que sufrir para lograr el alcance de nuestra anhelada meta. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Filipo: "Sé que, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo, todo (lo que me suceda) contribuirá a mi salvación. Así lo espero ardientemente, seguro de no quedar defraudado y de que en todo momento, tanto si estoy vivo como si estoy muerto, Cristo manifestará su gloria en mi persona. Porque Cristo es la razón de mi vida, y, la muerte, por tanto, me resulta una ganancia" (Flp. 1, 19-21).
Recordemos que San Pablo escribió las palabras que estamos recordando cuando estaba encarcelado, y esperaba que se le juzgara digno de morir, con tal de no renegar de su fe cristiana. Antes de que nuestro santo muriera por la extensión del conocimiento de la gloria de Dios, Pablo le escribió a Timoteo: "Mi vida es como una ofrenda. Ha de ser inmolada: ya llega la hora de la muerte. He luchado con valor, he corrido hasta llegar a la meta, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de salvación que el Señor, justo juez, me entregará el día del juicio. Y no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado su venida gloriosa con amor" (2 Tim. 4, 6-8). Pablo le pidió a Dios que lo librara de su dolor, pero nuestro Padre común le dijo: ""Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"" (2 Cor. 12, 9).
Todos sabemos que San Pablo, antes de convertirse al Evangelio, era fariseo, y que pertenecía a la tribu de Benjamín. A pesar de que su ciudadanía romana estaba acreditada, sufrió muchas discriminaciones, pues, los judíos, en aquel tiempo, no tenían muy buena prensa en el Imperio romano. Las citadas discriminaciones y la dureza de la Ley de Moisés, hicieron de nuestro santo un acérrimo defensor del perfeccionismo farisaico. La cerrazón de Pablo causó el choque de mentalidad que Jesús provocó en él cuando, al iniciarse la cruel persecución contra los nazarenos, nuestro santo obtuvo el permiso legal para desplazarse a Damasco, para encarcelar, torturar y asesinar a los seguidores de Jesús que encontrara en su camino, con el fin de exterminar las creencias que el Hijo de María introdujo en Palestina antes de su crucificción. Jesús tuvo que hacer que Pablo fuera derrumbado de su caballo y cegado por una luz potentísima para llamar la atención del enemigo de sus fieles. Al igual
que nos sucede a nosotros, Pablo tuvo que sentirse débil para aceptar a Jesús en su vida.
2. La conversión de San Pedro, el primer Papa de la Iglesia Católica. Cuando Andrés le presentó a jesús a su hermano Simón, el Maestro le dijo al citado pescador de Betsaida: "-Tú eres Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas (es decir Pedro) (Jn. 1, 42). Todos recordamos la pesca milagrosa tras la que Pedro le dijo a Jesús que se apartara de él, pues era un pescador inculto y miedoso, incapacitado para alcanzar la perfección que el Mesías le exigía. Jesús sabía que Pedro le negaría en la noche del Jueves Santo, pero quiso que su futuro Apóstol dejara sus redes y le siguiera, pues sólo necesitaba aprender a controlar sus impulsos, y a afianzar su voluntad. Pedro fue uno de los amigos predilectos de Jesús, y uno de sus discípulos más aptos para adquirir el conocimiento de la Palabra de Dios y predicar el Evangelio, lo cuál le valió su crucificción bocaabajo, no porque él se consideraba indigno de morir como Jesús según afirma la ancestral tradición, sino porque
se le acusó de sedición, es decir, de proclamarse Rey de la Cristiandad, sucesor de un tal Jesús que fue crucificado como malhechor, que no fue crucificado boca abajo, porque Pilato no quiso que Cirino lo depusiera de su cargo de Gobernador, al tener la noticia de que, en la colonia más rebelde del Imperio, se escondían sediciosos soñadores que deseaban ser venerados como reyes.
En el Evangelio de hoy se nos narra la conversión de San Mateo. Pidámosle a Dios que, los ejemplos de conversión y entrega generosa a la Evangelización de los santos Pablo, Pedro y Mateo, nos sirvan de estímulo en el seguimiento de Jesús.
Oración de los fieles
V. Dirijamos, hermanos y hermanas, nuestra oración a Dios Padre misericordioso, con aquella confianza filial con que el Espíritu de Cristo ha infundido en nuestros corazones: Respondemos a cada petición: Te rogamos Señor, óyenos.
1. Por el santo Padre, el Papa Benedicto XVI para que Dios, que lo eligió como obispo de toda la Iglesia, le conceda una vida larga y feliz y lo asista en la misión de gobernar el pueblo santo de Dios, roguemos al Señor.
2. Por nuestra patria y sus gobernantes, por todas las naciones y sus responsables: para que Dios les inspire pensamientos y decisiones encaminadas a una paz verdadera, roguemos al Señor.
3. Por los que están en camino de conversión, por los que se preparan a recibir el bautismo o preparan el bautismo de sus hijos: para que Dios, nuestro Señor, les abra en sus sacramentos las puertas de su misericordia e introduzca a los nuevos hijos de la Iglesia en la vida nueva de Cristo Jesús, roguemos al Señor.
4. Por nuestros familiares y amigos enfermos, para que Dios, nuestro Señor, escuche sus súplicas, realice sus deseos y haga que, en su tribulación, experimenten el gozo de la misericordia divina, roguemos al Señor.
5. Añadir nuevas peticiones.
V. Padre santo, que quieres misericordia y no sacrificios y acoges a los pecadores en tu mesa; escucha nuestras oraciones y haz que nuestra vida, transformada por la fuerza de tu amor, nos lleve a una total entrega a ti y a todos nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, con bondad, estos dones que te presentamos humildemente, para que sean gratos a tus ojos y nos hagan crecer en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo bendecirte y darte gracias, Padre santo, fuente de la verdad y de la vida, porque nos has convocado en tu casa en este día de fiesta. Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra, y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso. Entonces contemplaremos tu rostro alabaremos por siempre tu misericordia. Con esta gozosa esperanza, y unidos a los ángeles y a los santos, cantamos unánimes el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Señor, tú eres mi amor, mi fuerza y mi refugio, mi liberación y mi ayuda. Tú eres mi Dios (Sal. 17, 3).
Oración después de la Comunión
Que la fuerza redentora de esta Eucaristía nos proteja, Señor, de nuestras malas inclinaciones y nos guíe siempre por el camino de tus mandamientos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, dispongámonos a seguir realizando nuestras actividades ordinarias, ejercitando constantemente las tres virtudes sobre las que se fundamenta nuestra espiritualidad: la fe, la esperanza y la caridad.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 12/04/07 23:25
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