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Domingo VI de Pascua, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

Domingo VI de Pascua, ciclo c.

El Concilio de Jerusalén. Padre nuestro.

Domingo, 13-05-2007, Domingo VI de Pascua del ciclo c.

Edición número 101.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo VI de Pascua del ciclo c.

Canto de entrada.

Alegre la mañana.

Alegre la mañana que nos habla de ti
alegre la mañana.

1- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu,
salimos de la noche y estrenamos la aurora;
saludamos el gozo de la luz que nos llega
resucitada y resucitadora.

2- Tu mano acerca el fuego a la sombría tierra
y el rostro de las cosas se alegra en tu presencia.
Silabeas el alba igual que una palabra.
Tú pronuncias el mar como sentencia.

3- Regresa, desde el sueño, el hombre a su memoria;
acude a su trabajo, madruga a sus dolores;
le confías la tierra, y a la tarde la encuentras
rica de pan y amargura de sudores.

4- Y Tú te regocijas, oh Dios, y tú prolongas
en sus pequeñas manos tus manos poderosas.
Y estáis de cuerpo entero los dos así creando,
los dos así velando por las cosas.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada.

Con gritos de alegría anuncien y proclámenlo los confines de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya (CF. IS. 48, 20).

Saludo del sacerdote.

Hemos resucitado con Jesús; que la esperanza de ser glorificados con él acreciente nuestra alegría y permanezca constantemente con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada.

Sed bienvenidos a la casa de Dios.
Durante las últimas semanas del tiempo de Pascua nos preparamos a celebrar la Ascensión de nuestro Señor al cielo y nuestra recepción del Espíritu Santo en Pentecostés, así pues, familiaricémonos con el Espíritu Santo, y pidámosle al Paráclito que nos interprete las Escrituras, con el fin de que podamos ser buenos imitadores de Jesús.

Acto penitencial.

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro señor.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

V. Tú que has destruido el pecado y la muerte con tu resurrección: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tu que has renovado la creación entera con tu resurrección: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que das la alegría a los vivos y la vida a los muertos con tu resurrección: señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

Cantemos o recitemos el Gloria pidiéndole perdón a nuestro Padre común ya que hemos incumplido conscientemente su voluntad, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Oración colecta:

Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, de manera que prolonguemos en nuestra vida el misterio que hoy recordamos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y que contigo y el Espíritu Santo vive y reina en unidad, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas precedidas de las moniciones que anteceden a las mismas.

Monición de la primera lectura.

De la misma forma que los miembros de la Iglesia primitiva aceptaron el hecho de reconocer que los paganos que abrazaban nuestra fe universal eran sus hermanos, nosotros vamos a esforzarnos para evangelizar al mundo.

Primera lectura:

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29

En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia.
Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:
Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquia, Siria y Cilicia convertidos del paganismo.
Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial.

Respondemos a la primera lectura orando y pensando lo que vamos a hacer para que el Evangelio sea conocido y aceptado por nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, y quienes estén dispuestos a acoger la buena nueva de la salvación.

Salmo responsorial.

R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

O bien:

R. Aleluya.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. - R.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga;
que le teman hasta los confines del orbe. R.

Monición de la segunda lectura:

Al final de los tiempos seremos plenamente felices viviendo en la presencia de Dios.

Segunda lectura:

Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.

Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios."Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido.
Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel.
A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas.
La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.
La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él (JN. 14, 23). Aleluya.

Monición del Evangelio:

Manifestémosle nuestro amor al Dios Uno y Trino cumpliendo la Ley, pues la misma no será una carga para nosotros, ya que el Espíritu Santo nos asistirá para que la cumplamos como buenos hijos de nuestro Padre común.

Evangelio.

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 23-29.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

El Concilio de Jerusalén.

Estimados hermanos y amigos:
Desde que comencé mi trabajo en la red con la pretensión de esforzarme para hacer que el mayor número de hombres y mujeres de habla hispana conozcan la Palabra de Dios que está escrita en la Biblia, he tenido muchos problemas a la hora de interpretar la citada Palabra divina. San Pablo tuvo muchos problemas con los judíos con quienes rivalizaba por las tierras en que predicaba el Evangelio, dado que los judíos creían que, dado que ellos habían tenido el privilegio de conocer a Dios antes de que nuestro Padre común se les revelara a los gentiles, si los paganos querían abrazar las creencias de ellos al menos con respecto al Antiguo Testamento, tenían el deber de circuncidarse, tal como lo hacían ellos, y de acatar todo el peso de la Ley, también como supuestamente habían de hacerlo ellos. Entre los miembros de la Iglesia primitiva había quienes no estaban dispuestos a acoger a los paganos entre sus hermanos, pero no sólo San Pablo y San Bernabé, sino que también los Apóstoles directos de nuestro Señor, estaban consiguiendo que los gentiles se convirtieran al Evangelio, luego ellos tenían que aceptar a los extranjeros en su comunidad de hermanos nacidos del Bautismo y de la gracia, que se extendía rápidamente por todo el Imperio romano. Antes de continuar con esta meditación, quisiera pediros que oréis sin descanso por la unidad de todas las congregaciones cristianas, pues no tiene sentido el hecho de que andemos divididos quienes creemos en un mismo Dios, si bien nuestras divisiones nos dan la oportunidad de probarnos a nosotros y a nuestros hermanos de fe, para ver lo que somos capaces de hacer por nuestro Criador, por nuestros prójimos, por nosotros y por la predicación del Evangelio de salvación.
"Entonces algunos que venían de Judea (a Antioquia) enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos" (HCH. 15, 1). Con respecto a esta cuestión, leemos en el Levítico: "Y al octavo día (de su nacimiento) se circuncidará al niño" (LV. 12, 3). En el Génesis leemos que Dios le dijo a Abraham: "Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros" (GN. 17, 10-11). Al ser bautizados, todos los cristianos, independientemente de que los mismos procedan del Judaísmo o de la gentilidad, no necesitan ser circuncidados, ya que el Bautismo simboliza su unión con nuestro Padre común, pero en las primeras décadas de existencia del Cristianismo, sucedía que los judíos se circuncidaban por tradición, y querían que los paganos hicieran lo propio. Por su parte, los extranjeros se negaban a circuncidarse por razones obvias.
"Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje (esclavo). Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto" (GN. 17, 12-14). A nosotros nos es imprescindible el hecho de recibir el Bautismo para que podamos formar parte de la Iglesia, de la misma forma que los judíos tenían que ser circuncidados para no ser considerados como excluidos de su comunidad.
"Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: ES necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés. Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer (deliberar) de este asunto. Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe (no por la circuncisión) sus corazones" (HCH. 15, 2-9).
Dios les envió el Espíritu Santo a Cornelio y a los suyos: "Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo" (HCH. 10, 44-45).
Dios les envió el Espíritu Santo a los primeros fieles de Jesús, es decir, a los judíos: "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (HCH. 2, 1-4).
Hemos visto que el Espíritu Santo descendió sobre quienes quisieron aceptar a Jesús, independientemente de si eran cristianos o paganos. Este hecho nos confirma que el Cristianismo es universal.
Sigamos meditando el discurso petrino:
"Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos (paganos) un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos" (HCH. 15, 10-11).
"¿Fue llamado (a la conversión) alguno siendo circunciso? Quédese circunciso. ¿Fue llamado alguno siendo incircunciso? No se circuncide. La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios" (1 COR. 7, 18-19).
"He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tú circuncisión viene a ser incircuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión lo que se hace exteriormente en la carne; sino es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios. ¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios (antes que a los incircuncisos). ¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios? DE ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito:
Para que seas justificado en tus palabras,
y venzas cuando fueres juzgado.
Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿que diremos? ¿Será injusto Dios que da castigo? (hablo como hombre.) En ninguna manera; de otro modo, ¡cómo juzgaría Dios al mundo?" (ROM. 2, 17-3, 6).
Al tratar el tema de la circuncisión, nos preguntamos: ¿Seremos salvos por la observancia de la Ley, o por la vivencia de la fe?
"Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él" (ROM. 3, 21-22). "Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado. Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera. Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago. Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios" (GAL. 2, 15-19).
"Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso por propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida (nadie podrá jactarse de haber sido salvo por causa de sus buenas obras). ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley (ya no cumplimos la Ley por miedo a ser condenados, sino como agradecimiento al amor que Dios nos ha manifestado)" (ROM. 3, 22-31).
"Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como está escrito: Por tanto, yo te confesaré entre los gentiles (2 SAM. 22, 50), y cantaré a tu nombre (SAL. 18, 49). (ROM. 15, 8-9).
Prosigamos meditando el pasaje bíblico del concilio de Jerusalén:
"Entonces toda la multitud cayó, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
después de esto volveré
y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído;
y repararé sus ruinas,
y lo volveré a levantar,
para que el resto de los hombres busque al Señor,
y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre,
dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos (Amós. 9, 11-12). Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo" (HCH. 15, 12-21).
Aunque los Apóstoles no querían imponerles la Ley que era tan gravosa a los gentiles para que la misma no obstaculizara la conversión de ellos al Evangelio de salvación, acordaron que los paganos cumplieran las siguientes instrucciones del Antiguo Testamento:
"Por tanto, no harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás de sus sacrificios; o tomando de sus hijas para tus hijos, y fornicando sus hijas en pos de sus dioses, harán fornicar también a tus hijos en pos de los dioses de ellas. No te harás dioses de fundición" (EX. 34, 15-17).
Con respecto a las prohibiciones relativas al hecho de mantener relaciones sexuales, podéis encontrar información en LV. 18, 6-23.
Con respecto a la prohibición de alimentarse de animales sacrificados a los ídolos, podéis encontrar información en LV. 17, 10-16.
"Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos; y escribir por conducto de ellos:
Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquia, en Siria y en Cilicia, salud. Por cuanto que hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro señor Jesucristo. Así que enviamos a Judas y a Silas, los cuales también de palabra os harán saber lo mismo. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.
Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquia, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación. Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras. Y pasanndo algún tiempo allí, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a aquellos que los habían enviado. Mas a Silas le pareció bien el quedarse allí. Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquia, enseñando la palabra del señor y anunciando el evangelio con otros muchos" (HCH. 15, 22-35).

Oración de los fieles:

V. Unidos a Cristo, que intercede siempre por nosotros, elevemos, hermanos y hermanas, nuestras súplicas al Padre:

Respondemos a cada petición: Escúchanos, Padre.

V. Para que el que estaba muerto y ahora vive por los siglos de los siglos, conceda a la Iglesia ser, con firmeza y valentía, testimonio perseverante de su resurrección, roguemos al Señor.

V. Para que el resucitado, que dio a los Apóstoles su paz, quiera concederla también en abundancia a todos los pueblos, roguemos al Señor.

V. Para que el vencedor de la muerte transforme todos los sufrimientos de los enfermos, de los moribundos y de todos los que sufren, en aquella alegría que nunca nadie les podrá quitar, roguemos al Señor.

V. Para que el que tiene las llaves de la muerte y de su reino, nos conceda celebrar un día su resurrección con los ángeles y los santos en su reino, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Oh Dios nuestro, que nos has redimido en Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación; escucha nuestra oración e infúndenos el Espíritu de la verdad, para que, llenos de sabiduría, sepamos siempre dar razón de nuestra esperanza. Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística

Canto del Ofertorio

Toma mi vida

Esto que te doy es vino y pan señor,
Esto que te doy es mi trabajo,
Es mi corazón, mi alma,
Es mi cuerpo y mi razón,
El esfuerzo de mi caminar.
Esto que te doy mi vida es, Señor,
Es mi amor, también es mi dolor,
Es la ilusión, mis sueños,
Es mi gozo y mi llorar,
Es mi canto y mi oración.
Toma mi vida, ponla en tu corazón,
Dame tu mano y llévame,
Cambia mi pan en tu carne
Y mi vino en tu sangre
Y a mí señor renuévame, límpiame y sálvame.
Esto que te doy no sólo yo señor,
Esta voz también es de mi hermano,
Es la unión, la paz, el orden,
La armonía y felicidad,
Es un canto en comunidad.
(Mario André Tapia Flores).

Oración sobre las ofrendas

Acepta, Señor, las ofrendas que te presentamos, y purifica nuestros corazones para que podamos participar dignamente en este sacramento de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio I de Pascua:

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra pascua fue inmolado. Porque continuamente se ofrece por nosotros e intercede por todos ante ti el que, inmolado en la cruz, venció a la muerte y, una vez muerto, vive para siempre. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Si me amáis, cumplid mis mandamientos, dice el Señor; y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Abogado, que permanecerá con vosotros para siempre. Aleluya. (Jn. 14, 15-16).

Canto de la Comunión:

EN JESÚS PUSE TODA MI ESPERANZA

En Jesús puse toda mi esperanza
él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Me sacó del foso fatal del fango cenagoso
asentó mis pies sobre la roca mis pasos consolidó
Puso en mi boca un canto nuevo
una alabanza a nuestro Dios
muchos verán y creerán
y en Jesús confiarán.
En ti se gocen y se alegren
todos los que te buscan
repitan sin cesar: ¡qué grande es nuestro Dios!
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión:

Firme en el señor.

Firme en el Señor,
Con la firmeza que me viene del Señor.

Firme en el Señor,
Con la constancia que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la alegría que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la compañía que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la vigilancia que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con el consuelo que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la valentía que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la tranquilidad que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la paz que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la humildad que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la esperanza que me da el Señor.

Firme en el Señor,
Con la lucha que me da el Señor.
(De:
http://www.webdepastoralsj.org
).
Oración después de la Comunión:

Dios todopoderoso y eterno, que, en Cristo resucitado, nos has hecho renacer a la vida eterna, haz que este misterio pascual en el que acabamos de participar por medio de la Eucaristía, dé en nosotros abundantes frutos de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía y tras pensar en su partida al cielo que se producirá el próximo Domingo, propongámonos leer los capítulos 13, 14, 15, 16 y 17 del Evangelio de San Juan durante esta semana, con el fin de relacionarnos más y mejor con el Espíritu de Dios.

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 13/05/07 00:12

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