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Domingo V de Pascua, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

Domingo V de Pascua, ciclo c.

Comentario de la I Carta de San Juan. Padre nuestro.

Domingo, 6-05-2007, Domingo V de Pascua del ciclo c.

Edición número 100.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo V de Pascua del ciclo c.

Canto de entrada.

AL DESPUNTAR DEL SOL PASCUAL

Aleluya, aleluya, aleluya.

1- Al despuntar del sol pascual,
surgió otro sol con luz triunfal.
Es Cristo Dios que venció al mal. Aleluya.

2- Con él nacimos a la luz,
por el rescate de su cruz;
ahora somos de Jesús. Aleluya.

3- Hijos de Dios, en Cristo Dios,
que surge ahora vencedor
de nuestra muerte por amor. Aleluya.

4- Su vida nueva nos dará;
un nuevo ardor primaveral,
rumbo a la Patria celestial. Aleluya.

5- Por la feliz resurrección
de Cristo Rey, cantemos hoy
y bendigamos al Señor. Aleluya.

6- Porque por ella derrotó a nuestro cruel perseguidor,
hay que cantar gracias a Dios. Aleluya.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada.

Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas; reveló su victoria a los ojos de las naciones. Aleluya (CF. SAL. 97, 1-2).

Saludo del sacerdote.

V. Jesús resucitado vive entre nosotros. Que su presencia salvadora nos anime en este tiempo pascual y permanezca con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada.

Sed bienvenidos a la casa de Dios.
Jesús resumió perfectamente la Ley en dos mandamientos que no son gravosos para nosotros, los cuales consisten en que nos amemos a nosotros, a nuestro Padre común y a nuestros prójimos. El mandamiento nuevo que nos dio nuestro Señor es el distintivo que ha de hacer que seamos distinguidos en nuestro medio social, el signo que ha de hacernos marcar la diferencia con nuestros prójimos.
Iniciemos esta celebración pidiéndole a nuestro Padre común que nos ayude a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a El con el amor con que El nos ha acogido en su presencia.

Acto penitencial.

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. Tú que resucitaste por el poder del Padre: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que nos haces resucitar contigo: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que vas a glorificar nuestro cuerpo: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios misericordioso tenga piedad de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Cantemos o recitemos el Gloria pidiéndole perdón a nuestro Señor porque hemos incumplido la Ley conscientemente, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Oración colecta.

Dios eterno y omnipotente, perfecciona constantemente en nosotros el sacramento pascual, de manera que quienes fuimos renovados por el sagrado bautismo produzcamos muchos frutos con tu auxilio y protección y nos concedas alcanzar la alegría de la vida eterna. Por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas y moniciones que preceden a las mismas.

Monición de la primera lectura.

Pablo y Bernabé se gloriaron de tener el privilegio de servir al Señor.

Primera lectura.

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27.

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia.
Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.
Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial.

El Señor es misericordioso con nosotros, así pues, démosles a nuestros prójimos la posibilidad de conocerlo, con el fin de que ellos compartan nuestra dicha de ser hijos de Dios.

Salmo responsorial.

R. Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.

O bien:

R. Aleluya.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias,
Señor, que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R.

Monición de la segunda lectura.

Dios nos concederá la salvación cuando concluya el tiempo de nuestra purificación.

Segunda lectura.

Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5.

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe.
Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
- «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos.
Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios.
Enjugará las lágrimas de sus ojos.
Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor.
Porque el primer mundo ha pasado.»
Y el que estaba sentado en el trono dijo:
- «Todo lo hago nuevo.»

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. (JN. 13, 34). Aleluya.

Monición del Evangelio.

Amémonos como el Señor nos ha amado. A imitación de Jesús, vamos a ser el pan que salvará a nuestros prójimos de sus carencias materiales y espirituales.

Evangelio.

Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan, 13, 31-33a. 34-35.
R. Gloria a ti, Señor.

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Comentario de la primera Carta de San Juan Apóstol y Evangelista.

Estimados hermanos y amigos:
La Liturgia del Domingo V de Pascua nos invita a amarnos a nosotros porque somos creaturas de Dios, a nuestros prójimos porque son hijos de nuestro Criador y nuestros hermanos, y a nuestro Dios, porque El es nuestro Padre. San Juan nos habla en sus escritos del amor y de Jesús, nuestro fiel ejemplo a imitar, a la hora de amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a nuestro Padre celestial.

La Palabra de vida.

"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida" (1 JN. 1, 1). San Juan comienza su primera Carta recordándonos la realidad que existía desde siempre, antes incluso de que nuestro Padre celestial creara el mundo, lo que tanto él como sus compañeros Apóstoles le oyeron al Señor, lo que ellos vieron con sus ojos, su vivencia de la experiencia del conocimiento de Jesús, el Señor a quien tuvieron la oportunidad de contemplar, y a quien tocaron con sus propias manos. Nosotros, a partir de la vivencia de nuestra fe, dado que al ser bautizados hemos sido incorporados al Cuerpo Místico de Cristo y por ello somos miembros de la familia de Dios, deberíamos hablar de nuestra experiencia de Cristo. Por nuestra fe sabemos perfectamente que Jesús ha existido siempre, y que hemos tenido la oportunidad de ver al Hijo de María en nuestros prójimos y en los acontecimientos relativos a nuestra vida, especialmente en las ocasiones en que hemos sido marcados por el dolor. Nosotros sabemos por nuestra fe que tenemos la oportunidad de tocar a Jesús en cada ocasión que les manifestamos nuestro amor a nuestros familiares y amigos. San Juan comenzó su Evangelio en los siguientes términos: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era (estaba) con Dios, y el Verbo era Dios" (JN. 1, 1). El autor del texto que estamos meditando quiere que tengamos muy claro el hecho de que nuestro Señor procede de Dios, porque el Hijo de María es Dios. El Apóstol que fue enviado a Patmos por causa de la fe a la que se negó a renunciar, siempre quiso evitar que sus oyentes y lectores tuvieran dudas respecto de la Divinidad del Mesías.
"(porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)" (1 JN. 1, 2). San Juan nos dice que la vida nos ha sido manifestada, dándonos a entender que Jesús es la vida eterna con que Dios premiará a sus fieles hijos al final de los tiempos. San Juan vio la vida que nos fue manifestada, es decir, él, junto a sus compañeros Apóstoles, tuvo la oportunidad de vivir con nuestro Señor. Juan nos anuncia la vida eterna y nos dice que él es testigo de la misma, porque Jesús vino del cielo a encontrarse con nosotros con el fin de redimirnos. El autor del Apocalipsis escribió en su Evangelio: "Y aquel Verbo fue hecho carne (miseria), y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad) (JN. 1, 14).
"Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido". (1 JN. 1, 3-4).

Dios es luz.

"Este es el mensaje que hemos oído de él (Jesús), y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas (pecado) en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas (pecado), mentimos, y no practicamos la verdad (dado que somos pecadores y no reconocemos esta realidad); pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está (habita) en nosotros" (1 JN. 1, 5-10). En Dios no hay tinieblas. Dios no está marcado por el pecado. Es cierto que nuestro Criador permite nuestro sufrimiento y que muchos de nuestros prójimos padezcan de una forma indescriptible, pero El ha pagado con creces este hecho viendo morir a su Hijo crucificado, a pesar de que permite que la miseria caracterice nuestra vida porque nosotros somos demasiado desconfiados como para fiarnos de El.
Si decimos que somos buenos cristianos y vivimos bajo el influjo del pecado mentimos, y, por ello, no vivimos la verdad de Dios y de sus hijos los hombres, porque, de la misma manera que no es posible que Dios convierta un círculo en un cuadrado y que dicha figura siga siendo denominada como un círculo, no es posible que nosotros le ocultemos nuestro incumplimiento de la Ley al Dios a quien no se le ocultan nuestras acciones ni nuestros pensamientos.
Si vivimos bajo la inspiración del Espíritu Santo, ya que Dios es luz, comulgamos con nuestros prójimos los creyentes de la misma manera que ellos comulgan con nosotros, y la Sangre de Cristo nos purifica de nuestros pecados, porque nosotros le pedimos a nuestro Señor que concluya nuestra redención, ya que El no puede salvarnos hasta que nosotros le pedimos que nos santifique por mediación de su verdad.
Si decimos que nunca hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos ya que no podemos mentirle a Dios, y, por ser pecadores, vivimos obviando la verdad de Dios y de sus hijos los santos.
Si confesamos nuestros pecados, Dios nos perdona porque El es fiel y justo, así pues, nuestro Padre común nos limpia de toda maldad.
Si decimos que nunca hemos pecado, decimos con ello que Dios es mentiroso, ya que nuestra imperfección hace prácticamente imposible el hecho de que no hayamos incumplido la Ley deliberadamente.

Cristo es nuestro Abogado ante Dios.

"Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos (vivimos) en él; el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo" (1 JN. 2, 1-6).
Jesús se ofreció a Dios como víctima sacrificial para que nuestro Padre común nos perdonara las transgresiones del cumplimiento de su Ley. Oremos para que nuestro Criador nos acoja a todos, a quienes creemos en El, a quienes le rechazan y a quienes aún no le han conocido, cuando venga Jesús a concluir la instauración de su Reino de amor y de paz en nuestros corazones.
Si conocemos a Jesús, si amamos a nuestro Señor, no nos cabe ninguna duda de que guardamos escrupulosamente sus mandamientos.

Oremos:

"La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma;
el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo.
Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón;
el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos.
El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre;
los juicios de Jehová son verdad, todos justos.
Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado;
y dulces más que miel, y que la que destila del panal"
(SAL. 19, 7-10).

El amor de Dios se ha perfeccionado en quienes guardan la Palabra de nuestro Señor. Esta es la razón por la que ni siquiera muchos cristianos son capaces de comprender el hecho por el cuál los mártires se sacrificaron en defensa de sus convicciones religiosas.

El nuevo Mandamiento de Jesús.

"Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos. Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es (existe) desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 JN. 2, 7-17).
En la década de los noventa, conocí a un seminarista al que le dije que tenía la costumbre de leer la Biblia diariamente, pero que necesitaba un libro que me ayudara a interpretar la Palabra de Dios que está escrita en nuestras Escrituras. El seminarista me dijo que la Biblia es un libro que se interpreta por sí mismo, por lo que, si quería conocerla a fondo, lo único que tenía que hacer, era leerla mucho, y orar para que Dios me la interpretara correctamente a la luz del Espíritu de la verdad. Curiosamente, la pasada Semana Santa, conocí a un joven que me pidió le recomendara un buen libro de lectura que le ayudara a interpretar los Evangelios, dado que decía que casi los conocía pormenorizadamente, pero que no podía extraer ninguna enseñanza nueva de los mismos. Yo le dije a aquel joven las mismas palabras que me dijo el mencionado seminarista: La Biblia se interpreta por sí misma. Lee la Biblia, y ábrele tu mente al Espíritu Santo.
San Juan no les escribió a sus lectores ningún mandamiento nuevo, exceptuando el mandamiento de Jesús, el mandamiento que él no se cansaba de repetirles a quienes les predicaba, porque la vivencia de nuestra fe se basa en el amor recíproco.
San Juan nos dice que las tinieblas van pasando, y que la luz ya alumbra. Estas palabras fueron contradictorias en un tiempo en el que el gran número de cristianos que morían martirizados daba la impresión de que las tinieblas vencían a la luz. En nuestro tiempo tenemos cierta dificultad para creer las citadas palabras del Apóstol, dado que tenemos la certeza de que nuestra fe desaparece en algunos países cuyas tradiciones están vinculadas a la misma.
El que no ama a su hermano no sabe a dónde va, está perdido, no tiene por qué ser considerado malo, pero se siente mal, rechaza la salvación, se siente perdido, no puede -o lo que es peor aún- no quiere aceptar ni a Dios ni a sus prójimos.
San Juan nos dice que hemos vencido al diablo, aunque nos creemos esta verdad a medias, dado que a veces incumplimos la Ley sin querer hacerlo, y, aunque en este caso no pecamos, nos sentimos mal, porque fracasamos en nuestro intento de imitar a Jesús. Nosotros hemos vencido al demonio en términos figurativos, es decir, aún no se ha concluido el proceso de nuestra redención.
San Juan nos dice que, si amamos al mundo, el amor del Padre no está en nosotros. Siempre se nos ha dicho que los enemigos mortales del alma son tres: el demonio, el mundo y la carne. Personalmente pienso que no podemos considerar enemigo al mundo que nos ha sido encomendado para que lo convirtamos en el Reino de Dios. No podemos considerar malo al cuerpo que nos sirve para ser conocidos por nuestros prójimos y para dar y recibir amor. Hemos de cuidarnos de los demonios que habitan en nuestra mente y nos inclinan a abandonar las causas difíciles que le dan sentido a nuestra vida de personas cristianas. Una cosa es privarnos de pecar, y otra cosa muy distinta es odiar a quienes no comparten nuestras creencias, quizá porque no les ha llegado el momento de abrazar nuestra fe.

El anticristo.

"Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna. Os he escrito esto sobre los que os engañan. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él. Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él" (1 JN. 2, 18-29).
San Juan previno a sus lectores con respecto a quienes ya desde las primeras décadas de existencia del cristianismo pugnaban por defender unas ideas bíblicas y rechazar otras, o por quienes intentaban cambiar algunos aspectos esenciales de nuestra fe. San Juan, después de haber sido víctima de los perseguidores de los cristianos, no tenía ningún reparo en llamar mentirosos a quienes distorsionaban la fe evangélica. San Juan creía que el surgimiento del anticristo marcaría el final del mundo, pero nosotros sabemos que ello no ha sucedido, así pues, aún han surgido recientemente y seguirán surgiendo grupos denominados cristianos que adaptarán la Biblia a su sistema de creencias. No pretendo decir que ellos son el anticristo, sino que el fin del mundo no estará marcado únicamente por las distorsiones de la Palabra de Dios que podamos hacer en un momento dado.
Las diferencias religiosas que nos separan a los cristianos tienen la ventaja de que por la existencia de las mismas, todos los miembros de grupos cristianos pueden comprobar la fe y las buenas o malas intenciones de los componentes de los mismos.
No tenemos necesidad de que nos inculquen nuevas doctrinas, pues todos conocemos nuestra fe, así pues, tenemos que pedirle al Espíritu Santo que nos instruya en el conocimiento de la verdad de Dios y de sus hijos.

Somos hijos de Dios.

"Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él" (1 JN. 3, 1). "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre (son hijos espirituales), ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios" (JN. 1, 12-13). San Juan dice que el mundo no nos conoce porque no conoció a Jesús. Este conocimiento no es referente a nuestro cuerpo físico, sino a la fe que profesamos. El mundo desconoce nuestra fe porque no ha querido o no ha tenido la oportunidad de conocer al Dios Uno y Trino.
"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 JN. 3, 2). Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, es decir, aún no hemos alcanzado la gloria de los hijos de Dios que esperan gozar de su purificación. Cuando Jesús se nos manifieste, seremos iguales a El, así pues, le veremos tal como es, sin que nuestra imperfección nos haga inferiores al Hijo de María.
"Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él (Jesús) es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él" (1 JN. 3, 3-5). Recordemos que San Juan el Bautista decía con respecto a Jesús: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (JN. 1, 29).
"Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (ha sido purificado). En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros" (1 JN. 3, 6-11). "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros" (JN. 13, 34).
"No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano eran justas" (1 JN. 3, 12). Caín asesinó a Abel por envidia, porque Dios aceptó de más buen agrado el sacrificio del corazón puro que la ofrenda del corazón extremadamente ambicioso.
"Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte" (1 JN. 3, 13-14). "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (JN. 5, 24).
"Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él (para él). Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado" (1 JN. 3, 15-23). "Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado" (JN. 15, 12). "Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado" (1 JN. 3, 24).
San Juan nos dice que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El Apóstol identifica la carencia de amor y de fe en nuestros corazones con la vivencia de la muerte.
Conocemos el Amor porque el que es Amor ha dado su vida por nosotros. Si Cristo ha sacrificado su vida por nosotros, nosotros tenemos que hacer lo propio por nuestros prójimos.
No podemos pensar que vivimos en el amor de Dios si no compartimos nuestras dádivas materiales y espirituales con nuestros prójimos que están necesitados de los bienes con que Dios nos ha dotado para que vivamos. Ello no significa que Dios no nos ama, sino que nosotros nos negamos a corresponderle a nuestro Criador con el mismo amor que El nos ha manifestado.
No amemos a nuestros prójimos pronunciando palabras que se lleva el viento, sino llevando a cabo las obras características de los hijos de la luz.
Si nuestro corazón nos reprende porque no acepta nuestra imperfección y vivimos en conformidad con el querer de Dios, hemos de pensar que nuestro Padre común es más poderoso que nosotros, y conoce nuestro gran deseo de ser perfectos imitadores de Jesús. En tal caso, nuestro Santo Padre comprenderá nuestra imperfección. Si sabiendo estas cosas nos obstinamos en seguir pecando, nos privaremos de ser felices viviendo en la presencia de nuestro Padre común.
Si vivimos según el querer de Dios, El nos concederá lo que le pidamos en oración cuando lo estime oportuno, pues de esa forma premia a sus fieles hijos.
Sabemos que vivimos en Dios y que El vive en nosotros, porque nuestro Padre celestial nos ha enviado a su Espíritu Santo.

El Espíritu de Dios y el espíritu del anticristo.

"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error" (1 JN. 4, 1-6).
Hemos de probar a los espíritus que son de Dios. Para hacer esta prueba nos es necesario conocer la fe que profesamos. Yo recuerdo que cuando inicié mi trabajo en Internet el pasado año 2001 muchos cristianos no católicos se infiltraban en foros y en listas de correo católicas con el fin de intentar disuadirnos de nuestras creencias para adaptarnos a las suyas sin que nos diéramos cuenta de ello a los lectores de las mismas. No pretendo decir que nuestros hermanos separados de la Iglesia son el anticristo, sino que quienes se están iniciando en el conocimiento de nuestra fe pueden tener problemas para no confundir nuestras creencias con las de otras congregaciones.
Hubo un tiempo en que surgieron quienes afirmaban que Jesucristo no vino al mundo con un cuerpo mortal como el nuestro, lo cuál frustra nuestras creencias con respecto a la vivencia de Jesús de su Pasión. San Juan denominaba anticristo a quienes observaban la citada creencia.
San Juan nos dice que hemos vencido simbólicamente a las creencias que se oponen a nuestra fe, dado que Dios es más poderoso que el mundo.
Es duro afirmar que quienes no aceptan nuestra fe son del mundo y no de Dios, pero hemos de tener presente el hecho de que San Juan escribió sus obras en un tiempo en el que los cristianos corrían un peligro tan grave que tenían que adherirse a su fe para no fallarle a Dios. Nosotros sabemos que pertenecemos al mundo como si no creyéramos en Dios, así pues, tenemos que evangelizar a la humanidad, para apresurar el establecimiento del Reino de Dios en nuestro suelo.

Dios es amor.

"Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros" (1 JN. 4, 7-12). "A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer" (JN. 1, 18).
"En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor (en Dios), permanece en Dios, y Dios en él. En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano" (1 JN. 4, 13-21).
Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. La frase de 1 JN. 4, 7, me da la impresión de que significa que todos los que tienen amor en sus corazones, independientemente de que crean en Dios, acabarán aceptando nuestra fe universal.
El amor nos ha sido demostrado, ya que Dios envió a su Hijo único al mundo para que nos concediera la vida eterna.
El amor consiste en que Dios envió a su Hijo al mundo para librarnos de nuestra imperfección y concedernos la vida eterna en su presencia.
San Juan nos dice que el que ama a Dios no teme por la condenación de su alma, pues sabe que nuestro Padre común no lo abandonará. Si esto es cierto, ¿para qué nos sirve el temor de Dios? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino el respeto que le debemos a nuestro Padre común. El temor presagia el castigo. El que se deja llevar por su temor, no cree firmemente que es amado por Dios.
Nosotros no amaríamos a Dios si El no se nos hubiera manifestado, dado que no lo conoceríamos.

La fe que vence al mundo.

"Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos" (1 JN. 5, 1-3). "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (JN. 14, 15).
"Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1 JN. 5, 4-5).
Todo el que cree que Jesús ha sido designado por Dios para ser nuestro Salvador, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al Hijo de Dios, ama a nuestro Padre común.
Sabemos que amamos a nuestros prójimos si somos capaces de cumplir los mandamientos de Dios.
El amor a Dios consiste en que cumplamos la Ley, ya que los mandamientos de la misma no son gravosos para nosotros.
El que cree que Jesús es el Hijo de Dios no se deja llevar por creencias contrarias a nuestra fe.

El testimonio del Espíritu Santo.

"Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre. Y estos tres concuerdan. Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo" (1 JN. 5, 6-11). "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" (JN. 3, 36).
"El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida" (1 JN. 5, 12).
Es necesario que comprendamos el contexto en que San Juan redactó sus escritos, así pues, en aquel tiempo en que los cristianos eran perseguidos, ellos no podían ser del mundo y de Dios al mismo tiempo, ya que la primera opción les salvaba la vida aunque vivían perdidos, y la segunda opción significaba para ellos perder la vida natural, y ganar la vida sobrenatural y eterna. En nuestro tiempo podemos dialogar con quienes no comparten nuestra fe, dado que unos a otros no nos perseguimos a muerte y nos respetamos, pero ello no fue posible en los primeros siglos de existencia del Cristianismo.
Jesucristo vino al mundo, y, cuando murió, San Juan vio cómo brotaron de su costado agua y sangre, cuando Longinos lo traspasó con su lanza, con el fin de asegurarse de que no lo sepultaran vivo, aunque ello pudo aligerar la muerte de Jesús, en el caso de que nuestro Señor aún no hubiera perdido la vida.
En el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un sólo Dios verdadero.

El conocimiento de la vida eterna.

"Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el Hijo de Dios. Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye (nos concede lo que le pedimos si ello es conveniente para nosotros). Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios (Jesús) le guarda, y el maligno no le toca. Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero dios, y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén" (1 JN. 5, 13-21).

Oración de los fieles.

V. Para que Cristo, esposo de la Iglesia, llene de alegría pascual a todos los que se han consagrado a la extensión de su reino, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, piedra angular del edificio, ilumine con el anuncio evangélico a los pueblos que aún desconocen la buena nueva de la resurrección, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, estrella luciente de la mañana, seque las lágrimas de los que lloran y aleje el dolor y las penas de los que sufren, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, testigo fidedigno y veraz, nos conceda ser, con nuestra alegría evangélica, sal y luz para los humanos que desconocen la victoria de la resurrección, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Señor Dios, Padre todopoderoso, que te has revelado en Cristo como maestro y redentor; escucha las oraciones de tu Iglesia y haz que, acercándonos a él, la piedra angular desechada por los humanos, pero escogida y preciosa ante ti, seamos edificados como templo del Espíritu y sacerdocio sagrado. Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Canto del Ofertorio.

BENDITO SEAS

Bendito seas, Señor,
Dios del universo,
por este pan (vino),
fruto de la tierra
y del trabajo del hombre,
que recibimos
de tu generosidad,
y aquí te presentamos:
él será para nosotros
Pan de Vida
(bebida de salvación).

¡Bendito seas por siempre, Señor!
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas.

Dios nuestro, que por medio de estos dones que vas a convertir en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nos haces participar de tu misma vida divina, concédenos que nuestra conducta ponga de manifiesto las verdades que nos has revelado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio pascual I.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este día en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión.

Yo soy la vid verdadera y ustedes los sarmientos, dice el Señor; si permanecen en mí y yo en ustedes darán fruto abundante (Jn. 15, 1. 5).

Canto de la Comunión.

ES MI PADRE

1- Es mi Padre quien os da verdadero Pan del cielo,
el que coma de este Pan vivirá eternamente.
Yo soy este Pan de vida que ha bajado desde el cielo

Creemos señor, en tu Palabra:
Tú eres el Pan que da la vida.

2- Todo aquel que venga a Mi no padecerá más hambre,
todo aquel que crea en mi no padecerá más sed:
es mi Carne la comida y es mi Sangre la bebida.

3- El que come de este Pan mora en mi y Yo en él,
el que bebe de esta copa tiene ya la Vida eterna;
Yo lo resucitaré en el día del Señor.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión.

En este tiempo de Pascua, y en respuesta a las tragedias humanas que vive hoy el mundo, el equipo responsable de cultos del CMI ha preparado esta oración destinada al uso individual y a las congregaciones, en particular, el viernes santo.

(Basada en Isaías 53)

Oh Dios, estamos horrorizados;
su apariencia no parece más la de seres humanos,
son despreciados, desechados,
están abrumados de dolores y habituados al sufrimiento.
Ante ellos apartamos el rostro,
tan despreciados que los tenemos por nada.

¿Soportaron ellos nuestros sufrimientos?
¿Soportaron ellos nuestro dolor?
Nosotros los tuvimos por azotados, heridos y afligidos.
¿Están heridos por nuestras rebeliones,
molidos por nuestros pecados?
¿Nos ha dado la paz su castigo?
¿Nos han sanado sus heridas?

Como ovejas, andamos errantes, siguiendo cada uno su propio camino.

Angustiados, afligidos, ni siquiera abren la boca,
trastornados,
aterrados,
hambrientos,
sin rumbo.

Arrancados de la tierra de los vivientes:
¿acaso por la rebelión de tu pueblo?

aunque nunca hayan cometido violencia.

¿Acaso es menester quebrantarlos con el sufrimiento
para justificar a muchos?
¿Se redimirán así las faltas de muchos?
¿Se intercederá así en favor de los culpables?

Oh Dios, escúchanos.
Oramos para que cese el sufrimiento,
por Jesucristo tu servidor sufrido.
Amén.

Oración después de la Comunión

Señor, tú que nos has concedido participar en esta Eucaristía, míranos con bondad y ayúdanos a vencer nuestra fragilidad humana, para poder vivir como hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía y antes de volver a realizar nuestras tareas ordinarias, dispongámonos a orar por quienes dedican total o parcialmente su tiempo a expandir el conocimiento de la Palabra de Dios en su entorno o en cualquier parte del mundo.

Canto final.

CANTO DE PEREGRINOS

1- Nos hallamos aquí en este mundo,
este mundo que tu amor nos dio;
mas la meta no está en esta tierra:
es un cielo que está más allá.

Somos los peregrinos que vamos hacia el cielo:
la fe nos ilumina, nuestro destino no se halla aquí.
La meta está en lo eterno, nuestra patria es el cielo:
la esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya.

2- Con maná descendido del cielo
a Israel el Señor confortó;
y a nosotros ha dado su Cuerpo,
verdadero manjar celestial.

3- Confortados con el Pan del cielo,
y cumpliendo la ley del amor,
aun en medio de este gran destierro
pregustamos la gloria final.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 02/05/07 17:19

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