TRIGO DE DIOS
Domingo V de Pascua, ciclo a. en TRIGO DE DIOS
Domingo V de Pascua, ciclo a.
Jesús nos anima en nuestro dolor prometiéndonos la salvación.
Cuando edité este boletín litúrgico cometí un error, creyendo que la Ascensión del Señor seguiría a la quinta semana de Pascua, aunque se celebra la séptima semana del citado tiempo. Ruego disculpas por el citado fallo.
Padre nuestro
Domingo, 24-04-2005, Domingo V de Pascua
Edición número 33
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.
Sagrarios vivos
Domingo V de Pascua
Antífona de entrada
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas y todos los pueblos han presenciado su victoria. Aleluya (Sal. 97, 1-2).
En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que él escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.
Saludo inicial del sacerdote
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
En esta celebración eucarística nos vamos a preparar a celebrar la Ascensión de nuestro Señor al cielo, al mismo tiempo que vamos a reflexionar brevemente sobre cómo Jesús se quedó con nosotros cuando fue ascendido a la presencia de nuestro Padre común.
Oración colecta
Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo obtengamos la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de la Palabra
Lecturas:
1. Eligieron a siete llenos del Espíritu Santo (Hch. 6, 1-7). Los cristianos procedentes de la cultura griega de la Iglesia primitiva de Jerusalén querían que, los Apóstoles, además de dedicarse a la predicación y a la oración, les dedicaran más tiempo y medios económicos a la satisfacción de las carencias de los pobres. Como los Apóstoles y los demás cristianos procedentes del Judaísmo no compartían la opinión de los griegos, surgió entre ellos una disputa, semejante a los problemas que nos dividen a los cristianos de nuestro tiempo, que se solucionó encargando a siete Diáconos del cuidado de los más indefensos. Imitemos a los primeros cristianos de Jerusalén, acercándonos a nuestros hermanos de fe que no comparten nuestros planteamientos, con el fin de alcanzar la verdad todos juntos, como miembros de un sólo Cuerpo.
2. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal. 32, 1-2. 4-5. 18-19. R.: 22). Oremos meditando todo el bien que nuestro Señor nos hace.
3. Ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real (1 Pe. 2, 4-9). Cristo Resucitado es la piedra sobre la que se fundamenta nuestra fe, así pues, seamos imitadores del Hijo de María, pues tenemos la misión de corredimir al mundo, en el amor de Jesús y María.
4. Aleluya, Aleluya: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre, si no es por mí, dice el Señor (Jn. 14, 6). Jesús es el camino que nos conduce a Dios, la verdad que alimenta nuestro espíritu, y la vida eterna que nos hace permanecer con el corazón henchido de gozo en la presencia de nuestro Criador.
5. Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 1-12). Al oír la proclamación del Evangelio de hoy, preparémonos a celebrar la Ascensión de Jesús al cielo, teniendo en cuenta que, el Padre y él, mediante el amor que les caracteriza, el Espíritu Santo, son los miembros de la familia trinitaria.
Homilía:
1. En la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando leemos: "Al integraros en el Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, constituís un templo espiritual y un sacerdocio consagrado, que por medio de Jesucristo ofrece sacrificios espirituales y agradables a Dios" (1 Pe. 2, 4-5). Jesús es la piedra viva sobre la que se fundamenta nuestra fe, a pesar de que él fue rechazado por los arquitectos, es decir, por quienes se supone que debían haber creído en él, ya que nuestro Padre común se les reveló desde que creó a Adán y a Eva. Nosotros, al igual que los contemporaneos del Señor, también rechazamos al Hijo de María en cada ocasión que nos negamos a cumplir la voluntad de nuestro Criador. Como el sacrificio de Jesús en la cruz fue agradable para Dios por cuanto significó nuestra redención, nuestro Señor desea que nos unamos a él, para que, en su persona, todos seamos una
piedra viva, sobre la que se fundamente la fe de quienes nos conocen. Isaías escribió: ""He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no vacilará" (Is. 28, 16). Quienes tengan fe en Jesús, no perderán la citada virtud teologal, ni cuando sean atribulados. "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular: es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente" (Sal. 118, 22-23). "A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo (entiéndase el término miedo como máximo respeto o temor en sentido teológico). Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra para tropezar, y por tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén. Y muchos tropezarán entre ellos, y caerán, y serán quebrantados; y se enredarán y serán apresados" (Is. 8, 13-15). La alta sociedad de los dos reinos de Israel (en el tiempo
de Jesús Palestina) se declararon enemigos jurados del Hijo de nuestro Dios. "Pero, aun cuanto tengan que sufrir por ser buenos, ddichosos vosotros! No temáis las amenazas ni os asustéis. Glorificad en vuestro corazón a Cristo, el Señor, estando dispuestos en cualquier momento a dar razón de vuestra esperanza a cualquiera que os pida explicaciones. Pero, eso sí, hacedlo con dulzura y respeto" (1 Pe. 3, 14-15). Dios nos dice: "Ahora, pues, si diéreis oído a mi voz, y guardáreis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa" (éx. 19, 5-6). "Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro (vuestro sufrimiento interpretado desde la óptica profética), de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad" (Dt. 4, 20). "Tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están
sobre la tierra" (Dt. 7, 6). "Eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra" (Dt. 14, 2). "Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos" (Dt. 26, 18). Cristo "se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito, 2, 14). (Tú eres pueblo mío" (Os. 2, 23).
2. Cuarenta días después de su Resurrección, nuestro Señor, después de instruir a sus discípulos para que se prepararan a afrontar lo que les sucedería en el futuro, fue ascendido al cielo. "Le vieron elevarse (sus discípulos), hasta que una nube le ocultó de su vista" (Hch. 1, 9). Es difícil para nosotros pensar en la Ascensión de nuestro Señor al cielo, sobre todo si tenemos en cuenta que él, desde que iniciamos el periodo de Adviento, ha estado junto a nosotros, instruyéndonos en el conocimiento de la Palabra de nuestro Padre común. Los Apóstoles vivieron con él durante tres años aproximadamente, y, después de que el Hijo de María fuera ascendido al cielo, se sintieron desamparados. Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "No estéis inquietos ni angustiados. Confiad en Dios, y confiad también en mí. En casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; voy a prepararos ese lugar. Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os
llevaré conmigo, para que podáis estar donde esté yo" (Jn. 14, 1-3). Jesús nos instruye para que vivamos en este mundo como santos cuya conducta es intachable, pero esa instrucción también tiene el objetivo de hacernos anhelar y alcanzar la salvación de la muerte eterna y las situaciones difíciles a las que hemos de vivir durante nuestra vida. "No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino" (Lc. 12, 32).
Jesús, ¿por qué te vas al cielo? ¿Por qué no te quedas entre nosotros? "Eso sí, al anunciaros estas cosas, la tristeza se ha apoderado de vosotros. Sin embargo, es más conveniente para vosotros que yo me vaya. Os digo la verdad. Porque si yo no me voy, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me voy, os lo enviaré" (Jn. 16, 6-7). Si Jesús no asciende al cielo, al sentir que él está con nosotros, no tendremos la necesidad de familiarizarnos con el Espíritu Santo.
Al prepararnos a celebrar la Ascensión de Jesús al cielo el Domingo siguiente, hemos de considerar que Jesús no nos deja solos, porque él se queda con nosotros en la Eucaristía, en nuestros prójimos, especialmente en los más débiles, y en nuestros corazones. ¿Cómo podemos creer que Jesús vive en quienes se enfrentan a condiciones de miseria insufribles? San Pablo les escribió a los Corintios: ""Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"" (2 Cor. 12, 9).
Jesús les dijo a sus amigos durante la celebración de su última Cena pascual: "Vosotros ya sabéis el camino para ir a donde yo voy. Tomás replicó: -Pero, Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo vamos a saber el camino¿" (Jn. 14, 4-5). Jesús quería decirles a sus seguidores que ellos debían saber que él se disponía para ser ascendido al cielo cuarenta días después de resucitar de entre los muertos, pero Tomás pensaba que el Maestro iba a emprender algún viaje y que quería que sus compañeros de peregrinación le buscaran a tientas por el mundo. Jesús le dijo a Tomás: "-Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí" (Jn. 14, 6). Jesús es Profeta, Sacerdote y Rey. Como Profeta que es, nuestro Señor es un vínculo de unión que estrecha nuestra relación con el Creador del universo. Como Sacerdote, Jesús no ofreció un simple sacrificio para redimirnos, pues él se hizo la víctima propiciatoria que logró que Dios pagara su parte de culpabilidad
al no socorrernos a los enfermos y a los pobres de nuestro estado, a pesar de que ello es necesario que nos suceda para que seamos purificados por mediación de nuestro sufrimiento. Como Rey, nuestro Hermano mayor es la imagen que el Padre contempla cuando el Espíritu se recrea en su misericordia. "Si me conocéis a mí -dice Jesús-, conoceréis también a mi Padre, quien en realidad ya desde ahora conocéis y habéis visto" (Jn. 14, 7). Jesús es Hijo de Dios, procede del Padre y posee el mismo Espíritu del Padre, porque él es la segunda Persona de la Trinidad Beatísima. Creer en Dios y no creer en Jesús es ignorar el amor con que Dios nos diviniza, no haciéndonos vivir regaladamente, sino sufriendo nuestros fallos y dolores, algo que no todos los padres son capaces de hacer, simplemente porque no pueden soportar la idea de ver sufrir a sus hijos, ni aun sabiendo que ello puede beneficiar espiritualmente a sus descendientes. ¿Quién puede explicar en términos humanos el amor que nos
tiene el Dios que no coarta nuestra libertad ni siquiera para evitar el sacrificio cruento e insufrible de su Hijo único?
Jesús nos dice: "Os aseguro que el que crea en mi hará también lo que yo hago, e incluso cosas mayores" (Jn. 14, 12). ¿Qué milagros hacemos los predicadores? ¿Qué prodigios realizamos en nombre de Dios y bajo la inspiración del Espíritu Santo quienes podemos desanimarnos al pensar que la semilla que sembramos no produce fruto? Sembremos para que Dios recoja, y confiemos en que él llevará nuestra obra a buen término. ""Uno es el que siembra y otro es el que cosecha"" (Jn. 4, 37).
3. Siempre intento escribir mis textos pidiéndole a Dios que me haga recordar muchos versículos bíblicos, e intento no alargarme mucho aunque no siempre lo consigo, con la intención de no colapsar vuestros correos, pero, en esta ocasión, después de excusarme ante quienes no desean que en esta meditación de los textos litúrgicos de este Domingo V de Pascua hable de mí, quiero deciros que quizá, después de haber predicado durante más de tres años en Internet, tendré que separarme de vosotros durante algunos meses o años, porque tengo problemas económicos muy graves, y se me hace difícil costearme la conexión a la red mensualmente. Quiero deciros que si me separo de vosotros es porque no tengo más remedio que dejaros, porque, el hecho de no predicar el Evangelio me hiere hasta el punto en que no sé cómo despedirme de vosotros. Os ruego que, si durante las próximas semanas recibís mis publicaciones con cierto retraso, que me disculpéis, pues debo resolver mis problemas para
seguir sosteniendo mi relación matrimonial, y para seguir sirviendo a quienes gusten leer mis textos, y a quienes confían en mí para contarme sus sufrimientos.
Oración de los fieles
V. Invoquemos a Cristo, camino, verdad y vida, y, como pueblo sacerdotal, pidámosle por las necesidades de todo el mundo: Respondemos a cada petición: Por tu misericordia, Señor, óyenos.
1. Para que Cristo, esposo de la Iglesia, llene de alegría pascual a todos los que se han consagrado a la extensión de su reino, roguemos al Señor.
2. Para que Cristo, piedra angular del edificio, ilumine con el anuncio evangélico a los pueblos que aún desconocen la buena nueva de la resurrección, roguemos al Señor.
3. Para que Cristo, estrella luciente de la mañana, seque las lágrimas de los que lloran y aleje el dolor y las penas de los que sufren, roguemos al Señor.
4. Para que Cristo, testigo fidedigno y veraz, nos conceda ser, con nuestra alegría evangélica, sal y luz para los humanos que desconocen la victoria de la resurrección, roguemos al Señor.
5. Añadir nuevas peticiones.
V. Señor Dios, Padre todopoderoso, que te has revelado en Cristo como maestro y redentor; escucha las oraciones de tu Iglesia y haz que, acercándonos a él, la piedra angular desechada por los humanos, pero escogida y preciosa ante ti, seamos edificados como templo del Espíritu y sacerdocio sagrado. Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que por medio de estos dones que vas a convertir en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nos haces participar de tu misma vida divina, concédenos que nuestra conducta ponga de manifiesto las verdades que nos has revelado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra pascua fue inmolado. Porque continuamente se ofrece por nosotros e intercede por todos ante ti el que, inmolado en la cruz, venció a la muerte y, una vez muerto, vive para siempre. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Yo soy la vid verdadera y ustedes los sarmientos, dice el Señor; si permanecen en mí y yo en ustedes darán fruto abundante (Jn. 15, 1. 5).
Oración después de la Comunión
Señor, tú que nos has concedido participar en esta Eucaristía, míranos con bondad y ayúdanos a vencer nuestra fragilidad humana, para poder vivir como hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición solemne de Pascua
V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía y antes de volver a realizar nuestras tareas ordinarias, dispongámonos a orar por quienes dedican total o parcialmente su tiempo a expandir el conocimiento de la Palabra de Dios en su entorno o en cualquier parte del mundo.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 10/04/07 21:31
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