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Domingo V de Cuaresma, ciclo a en TRIGO DE DIOS

Domingo V de Cuaresma, ciclo a

La resurrección de Lázaro nos hace creer en la Resurrección del Señor y en el hecho de que venceremos a la muerte al final de los tiempos. Padre nuestro

Domingo, 13-03-2005, Domingo V de Cuaresma o de Lázaro

Edición número 22

En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:

-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.

-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Material para preparar la hora santa del Jueves Santo.

-Jesús crucificado. Anuncio de la recogida de oraciones enviadas por lectores de Padre nuestro para que todos las leamos y hablemos con nuestro Señor crucificado
el Viernes Santo.

Sagrarios vivos

Domingo V de Cuaresma

Antífona de entrada

Señor, hazme justicia. Defiende mi causa contra gente sin piedad, sálvame del hombre idjusto y malvado, tú que eres mi Dios y mi defensa (Sal. 42, 1-2).

Durante el tiempo de Cuaresma, no rezaremos el Gloria, porque nos sentimos inferiores a Dios, porque la Liturgia nos ofrece muchas ocasiones para pedirle
a Dios perdón por nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y porque se nos insta a elevar nuestras peticiones al cielo desde nuestro interior,
pues nos vamos a proponer encontrar a Dios desde el desierto espiritual desde el que esperamos ser santificados.

Saludo inicial del sacerdote

El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.

R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Cuando sólo falta una semana para que iniciemos la celebración de la Pasión, muerte y Resurrección de nuestro Hermano Jesús, la Iglesia, a través de su
Liturgia, nos instará a creer en la resurrección de nuestra alma, infundiéndonos en el corazón el significado literal de la palabra resurrección, y significando
que viviremos en el Reino de Dios, después de que hayamos superado los acontecimientos que erróneamente denominamos como adversos a lo largo de nuestra
vida temporal.

Oración colecta

Ven, Padre, en nuestra ayuda, para que podamos vivir y actuar siempre con aquel amor que impulsó a tu Hijo a entregarse por nosotros. Por nuestro Señor
Jesucristo.

Liturgia de la Palabra

Lecturas:

1. Les infundiré a ustedes mi Espíritu y vivirán (Ez. 37, 12-14). Las dos primeras lecturas correspondientes a la Liturgia de hoy están intrínsecamente
relacionadas con el Evangelio de este Domingo V de Cuaresma, así pues, es preciso que creamos en nuestra propia resurrección como obra que será llevada
a cabo por Dios al final de los tiempos, y que interpretemos el citado acto del amor divino como símbolo de nuestra completa superación personal, venciendo
todos los obstáculos que nos impiden ser plenamente felices.

2. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal. 129, 1-2. 3-4 ab. 4 c-6. 7-8. R.: 7). Somos muy débiles al compararnos con Dios, y por ello
nos cuesta creer que nuestro Padre nos elevará a su categoría divina. A través del extracto del Salmo 129 que entonaremos o será recitado a continuación,
vamos a pedirle a nuestro Padre común que, por medio de las manifestaciones que él lleve a cabo en nosotros, aumente nuestra fe, con el fin de que podamos
gozar de la mayor dicha en su presencia desde nuestro estado actual.

3. El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes (Rom. 8, 8-11). Cuando Dios creó al hombre, sopló en su nariz aliento
vital, con lo cuál, además de llamarle a la existencia, le hizo empezar a desear, con el paso de los siglos, vivir bajo la inspiración de su Espíritu Santo.

4. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre (Jn. 11, 25-26). Dispongámonos
a escuchar el Evangelio de la resurrección de Lázaro, pidiéndole a nuestro Señor que él lo signifique todo para nosotros.

5. Yo soy la resurrección y la vida (Jn. 11, 1-45). Después de conocer durante los domingos anteriores una alternativa a la vivencia del poder, el prestigio
y la riqueza, al haberle pedido a nuestro Señor que nos transfigure y configure a su imagen y semejanza espiritual, al haberle pedido a nuestro Señor que
nos conceda el don de Dios y el agua viva de la gracia y las fuentes bautismales, y después de comenzar a aprender a vislumbrar los hechos referentes a
nuestra vida y los acontecimientos históricos bajo la óptica de Dios, dispongámonos a meditar el Evangelio de hoy, evidente símbolo de nuestra futura vivencia
sobrenatural junto a nuestro Padre común, que, en cierta forma, ya estamos experimentando.

Homilía:

1. Hoy iniciamos la V semana del tiempo de Cuaresma. Esta semana precede a la Semana Santa o de Pasión, durante la cuál finalizará este tiempo de penitencia,
e iniciaremos la Pascua, el glorioso tiempo cuya conmemoración estamos preparando a través de los actos de desagravio que estamos llevando a cabo.

2. El Domingo III de este tiempo de oración intensa nos concienciamos de la importancia que el don de Dios (el Espíritu Santo) y el agua viva (el bautismo
y la gracia) tienen para nosotros. El Domingo anterior vimos cómo hemos de contemplar los acontecimientos de la Historia y de nuestra vida desde la óptica
de nuestro Padre común. En esta ocasión con la intención de esforzarnos para seguir preparando la celebración de la Pascua, vamos a recordar las siguientes
palabras de nuestro Hermano: "-Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno de los que viven y creen en mí morirá
para siempre" (Jn. 11, 25-26). Este Domingo vamos a concienciarnos sobre la realidad de la resurrección universal que nuestro Padre común llevará a cabo
al final de los tiempos.

¿Debemos creer en la resurrección? ¿Es la resurrección o retorno de la muerte a la vida una ingenuidad? San Pablo les escribió a los Tesalonicenses: "Hermanos,
no queremos que ignoréis la suerte de aquellos que ya han muerto. Así no estaréis tristes, como los que carecen de esperanza. Nosotros creemos que Jesús
ha muerto y ha resucitado; pues, igualmente, Dios ha de llevarse consigo a quienes han vivido unidos a Jesús" (1 Tes. 4, 13-14). El mismo Pablo les escribió
a sus lectores de Corinto: "Dios, que con su poder resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros" (1 Cor. 6, 6). En esa misma Carta el Apóstol escribió:
"Si los muertos no han de resucitar, es que Cristo tampoco ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado, tanto el anuncio de él que yo he hecho como vuestra
fe carecen de sentido" (1 Cor. 15, 13-14). Nuestra meta consiste en alcanzar la inmortalidad, la vivencia de una experiencia que jamás concluirá sin problemas
de ninguna índole, teniendo a Dios como nuestro todo. Ya que nunca hemos visto cómo Dios resucita a los muertos en nuestra vida ordinaria, para creer esta
verdad fundamental de nuestra fe, es imprescindible que tengamos una creencia ciega en Jesús, pues él dice de sí mismo: "Yo soy el pan de la vida" (Jn.
6, 35 y 48). "-Yo soy la luz del mundo" (Jn. 8, 12). ""Yo soy el que soy"" (Jn. 8, 24 y 28. 13, 19). "Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo"
(Jn. 9, 5). "Yo soy la puerta verdadera (que accede al Reino de Dios) (Jn. 10, 7). "Yo soy el buen pastor" (Jn. 10, 11 y 15). "-Yo soy la resurrección
y la vida" (Jn. 11, 25). De todas estas citas bíblicas podemos deducir que Dios lo puede todo, lo cuál nos conduce a pensar que él puede darnos la vida
ilimitada. Benditos sean los mártires, porque "se dejaron torturar hasta morir (imitando a Jesús en su Pasión y posterior muerte), renunciando a la liberación
ante la esperanza de alcanzar una resurrección más valiosa" (Cfr. Heb. 11, 25). A tenor de estas

reflexiones de las Escrituras, en la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, el Santo Hagiógrafo nos dice de parte de nuestro Padre
común, que él nos resucitará al final de los tiempos, no para que seamos víctimas del mal que nos aflige actualmente, sino para que se cumpla la Escritura:
"En los últimos días, dice Dios, concederé mi Espíritu a todo mortal" (Hch. 2, 17).

3. Antes de continuar leyendo esta meditación, deberíamos preguntarnos si deseamos que Dios instaure su Reino entre nosotros. Si consideramos que la Iglesia
es el Reino de Dios podemos pensar que la pregunta que nos hemos formulado carece de sentido, pero yo quisiera pediros que, a nivel individual, meditemos
si desde nuestro interior, nace el deseo de que Dios nos haga formar parte de su Reino. Si nuestra respuesta al citado interrogante es afirmativa, debemos
plantearnos los interrogantes de los que más huimos porque no podemos satisfacerlos utilizando a tal efecto la ciencia difusa o porque presuponemos la
respuesta a los mismos independientemente de nuestras creencias. En esta ocasión vamos a centrarnos en nuestra experiencia del dolor, así pues, el Evangelio
de hoy, es un magnífico ejemplo de cómo seremos trascendidos por nuestro Padre común desde nuestro estado actual a la más plena glorificación.

En el Evangelio de hoy, San Juan, después de recordarnos la amistad que unía a los hermanos de Betania con Jesús, nos dice que nuestro Señor, conscientemente,
dejó que Lázaro muriera, teniendo la posibilidad de evitar el sufrimiento y la muerte de Lázaro, y el dolor de sus hermanas Marta y María. Al escenificar
este Evangelio, me imagino que Jesús caminaba por el campo instruyendo a sus discípulos, cuando vio aparecera lo lejos, a un hombre que cabalgaba velozmente
hacia el lugar en que ellos se encontraban. Cuando el jinete se encontró con el Hijo de María y sus amigos, se dirigió al Señor en los siguientes términos:

-Jesús de Nazaret, me han enviado tus amigas de Betania Marta y María para que auxilies a su hermano Lázaro, pues él está mortalmente enfermo. Monta a la
grupa de mi caballo porque, con un poco de suerte, llegaremos a Betania para que puedas salvar a tu amigo.

Dios utilizó la muerte de Lázaro para fortalecer nuestra fe y para hacer que su Mesías se preparara a vivir su Pasión y muerte para resucitar al tercer
día de su crucificción, con la diferencia de que él viviría eternamente, mientras que, la resurrección de Lázaro se prolongó durante pocos días, porque
el hermano de Marta y María fue asesinado por orden de los sanedritas que odiaban a Jesús, para evitar que, quienes constataban a su manera la resurrección
de su víctima, aumentaran su fe en el Hijo del carpintero.

Jesús debió sufrir mucho cuando se negó a asistir a Lázaro, y oyó la dura réplica del desesperado jinete:

-Yo creía que tú eras amigo de Lázaro y, sin embargo...

Después de decir esas palabras, el hombre inició su retorno, con la esperanza de ver a su amigo antes de que Lázaro expirara. Por su parte, los Apóstoles
debieron decirle a Jesús que no se privara de viajar a Betania para salvar a su amigo, aunque tomando la debida precaución para que los judíos no lograran
apedrearle, en el caso de que intentaran asesinarle nuevamente.

4. Siempre que escribo una meditación sobre el Evangelio de hoy, medito sobre Tomás, pues le conocemos como agnóstico, pero pocos son los cristianos que
saben que, cuando Jesús decidió arriesgar su vida para resucitar a Lázaro de la muerte, él les dijo a sus amigos: "¡Vamos también nosotros, para morir
con El¡" (Jn. 11, 16). El pobre Tomás no tenía la culpa de haber sido castigado de muy diversas formas, por lo que tenía la necesidad de estar bien informado
con respecto a las ideas que habían de constituir su pensamiento. Cuando murió Jesús, con el mismo impulso que decidió arriesgarse para morir junto a su
Rabbi, se desanimó al pensar que, al perder a su Maestro, la obra que el Mesías había realizado, carecía de sentido. En parte él tenía razón porque si
Jesús no hubiera resucitado, la vida de los que sufren y la existencia de quienes se sienten insatisfechos, sería tan vacía como los materialistas ven
nuestra espiritualidad.

5. En Lc. 10, 38-42, se dice que Marta vivía afanada en sus actividades hogareñas, mientras que María se dedicaba por completo a escuchar las predicaciones
del Maestro. Cuando Lázaro murió y ambas hermanas supieron que Jesús se dirigía a su encuentro, María se quedó en su casa, mientras que Marta corrió a
pedirle explicaciones a Jesús con respecto a la causa por la que él había dejado morir a Lázaro. Marta le dijo a Jesús: "-Señor, si hubieras estado aquí,
no hubiera muerto mi hermano" (Jn. 11, 21). Quizá nosotros hemos orado en algunas ocasiones diciendo: Señor, si escucharas mis oraciones, si miraras mis
sacrificios... Si escucharas nuestras súplicas, sanarías a los enfermos, harías que los desempleados encontraran trabajo para superar su difícil situación
económica... A todo esto, si Jesús sabe que necesitamos ver sus milagros para creer en él, ¿por qué no se nos manifiesta con sus obras? Si él hiciera esto
no veríamos en él a nuestro Hermano, sino al dios rey de copas o al juez temible y por tanto terrible. Por otra parte, él no quiere promocionarse como
mago, sino ser amado por nosotros.

6. ¡Qué valiosa es la virtud teologal llamada fe¡. San Pablo les escribió a los Corintios: "Maestros en la fe cristiana podéis tenerlos a millares" (1 Cor.
4, 15). La vivencia de la fe no es una lección que se aprende, sino la aceptación de la existencia y la actuación de nuestro Padre común en nuestra vida
ordinaria. Antes de ascender al cielo, Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Estas señales acompañarán a los que crean (en el Señor): en mi nombre
expulsarán demonios; hablarán lenguas nuevas; tomarán serpientes en sus manos; aunque beban veneno, no les hará daño; pondrán sus manos sobre los enfermos
y los curarán" (Mc. 16, 17-18). ¿Son ciertas las palabras de nuestro Maestro que estamos meditando, o hemos de considerar las mismas desde el punto de
vista del lenguaje oculto que caracteriza muchos textos bíblicos? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "Cuando yo era niño, hablaba
como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme hombre, dije adiós a las cosas de niño. Ahora vemos confusamente, como por medio de un espejo;
entonces veremos (a Dios) cara a cara. Ahora conozco sólo (la sapiencia divina) de forma limitada; entonces conoceré del todo, como Dios mismo me conoce"
(1 Cor. 13, 11-12). ¿Cómo podremos llevar a cabo las obras de Dios? Jesús responde esta pregunta en el Evangelio de San Juan, así pues, en el citado libro
leemos: "No os dejaré abandonados; volveré a estar con vosotros. Los que son del mundo dejarán de verme dentro de poco; pero vosotros seguiréis viéndome,
porque la vida que yo tengo la tendréis también vosotros" (Jn. 14, 18-19). Para comprender las anteriores palabras de nuestro Maestro, es necesario que
escenifiquemos la celebración de la Cena pascual del Hijo de María con sus discípulos. Antes de iniciar su recorrido pasional, el Mesías les habló a sus
amigos de las virtudes que el Espíritu Santo infundiría en ellos después de que el Rabbi resucitara de la muerte, al mismo tiempo que intentaba animarles
para que no perdieran la fe cuando él se entregara a sus verdugos sin oponer resistencia alguna a las torturas que ellos le iban a infringir hasta asesinarlo.
A partir del primer Domingo de Resurrección, los no creyentes, no podían ver a Jesús, porque ellos no se dejaban conducir por el Espíritu Santo al encuentro
del Padre del hijo pródigo. Actualmente sucede lo mismo que ocurrió en los tiempos de la Iglesia primitiva de Jerusalén, es decir, Jesús sólo puede ser
visto por quienes tienen fe en él en sus corazones.

Si el Espíritu Santo mora en nuestros corazones, ¿por qué no podemos hacer milagros? Cuando los textos bíblicos no se habían escrito, y aun cuando se habían
imprimido y no eran accesibles para todos los creyentes por ejemplo porque la Iglesia no permitía que se tradujeran del Latín a otros idiomas modernos,
nuestro Padre común se les manifestaba a sus hijos de mwltiples formas, pero, actualmente, al tener la Biblia al alcance de todos (la Palabra de Dios se
transmite gratuitamente por la red), nuestro Padre común sólo se nos manifiesta individualmente, pues sabe que todos podemos leer lo que el Espíritu Santo
les inspiró a los sagradosHagiógrafos para que lo escribieran en la Carta Magna que nuestro Padre común nos ha escrito.

En cierta ocasión, cuando Jesús se encontraba en la Sinagoga de Nazaret, "no pudo hacer ningún milagro, aparte de curar a unos enfermos sobre los que puso
las manos" (Mc. 6, 5). ¿Por qué no pudo hacer nuestro Señor ningún milagro en la aldea en que vivió muchos años? ¿Carecía nuestro Señor en aquella ocasión
del poder que necesitaba para ello? Jesús no pudo sanar a todos los enfermos que le rendían culto a Yahveh porque la gente del pueblo no creía en él. No
quiero llegar a la conclusión de que Dios abandona a quienes no creen en él, pero sí quiero manifestar que, al no haberse comprometido a quitarnos la libertad
que nos ha concedido, nuestro Padre común deja que nos convirtamos a él como si nosotros tomáramos la iniciativa de acercarnos a él, para que no nos sintamos
coaccionados en ningún momento.

Jesús quería resucitar a Lázaro el mismo día en que llegó a Betania, pero, antes de llevar a cabo aquel prodigio que le serviría para fortalecer su fe antes
de dejarse asesinar por quienes le odiaban, necesitaba que sus amigas Marta y María creyeran en él, aunque ellas no podían creer que él hubiera dejado
morir a su amigo teniendo poder para evitar aquella dramática situación. Marta le dijo a Jesús: "Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que había
de venir a este mundo" (Jn. 11, 27). Esta confesión de Marta parece manifestar una fe inquebrantable, pero, de la misma forma que muchos hermanos nuestros
sienten un terrible temor a ver cómo sus almas permanecerán eternamente en el infierno e intentan manifestar de palabra que Dios les amará cuando consigan
evitar todas las ocasiones de pecar que se les presenten, la confesión de Marta era la manifestación de una creencia que aceptaba a medias, porque no podía
entender cómo aquel que podía evitar el sufrimiento no impedía la difícil vivencia del dolor de sus seres queridos. Antes de hacer la citada confesión
que en cierta forma puede ser interpretada como un reproche, cuando Jesús intentaba justificar el hecho de no haber evitado la muerte de Lázaro diciéndole
a Marta que su hermano resucitaría aquel día, ella le respondió: "-Sé muy bien que volverá a la vida al fin de los tiempos, cuando tenga lugar la resurrección
de los muertos" (Jn. 11, 24). Quizá nosotros intentamos consolarnos pensando que Dios nos concederá una vida sin dolor y sin rencores, pero ello no nos
conforta, no porque carecemos de fe, sino porque nuestro Padre común nos creó para vivir eternamente, y, sin comprender que antes de alcanzar la felicidad
eterna tenemos que ser purificados, anhelamos la perfección de nuestro Criador, aunque nuestra fe en él no sea plena. Probablemente todos hemos llorado
la pérdida de familiares y amigos muy queridos por nosotros, pero, antes de que nuestro Padre celestial nos los devuelva, es necesario que desarrollemos
los dones y virtudes que el Espíritu Santo nos transfiere en nuestra vida ordinaria, para que no confundamos las actuaciones de la Providencia divina con
meros actos de magia.

7. A pesar de que su fe no era completa, Marta fue a buscar a su hermana y le dijo al oído: "-El maestro está aquí y pregunta por ti" (Jn. 11, 28). Marta
le dijo a María al oído que el Maestro la esperaba porque, al recordar que recientemente los judíos habían intentado lapidar al Mesías, no quería que se
produjera una situación idéntica a la anterior, muy a pesar de que el Hijo de María no había evitado la muerte de su hermano. Por otra parte, ¿tenemos
nosotros la fe que necesitamos para decirles a los pobres, los enfermos y solitarios que Jesús mora en nosotros, en la Iglesia, y en nuestra sociedad y
que pregunta por ellos? ¿Somos capaces de preguntarles a quienes se desesperan porque viven en un lamentable estado de miseria que Jesús aguarda a que
ellos le abran la puerta de su corazón? Hermanos, se acerca la celebración de la Pascua, y es necesario que, de la misma manera que nuestro Hermano Jesús
lo dio todo por nosotros, que nos juguemos todas nuestras cartas con el pensamiento fijo en la instauración del Reino de Dios, y que nuestras mejillas
sean como el pedernal, para resistir los golpes que eventualmente podamos recibir. Preguntémosles a los mártires si es posible vivir, morir y resucitar
tal como decimos en la celebración de la Eucaristía antes de rezar el Padrenuestro, "por Cristo, con él y en él".

8. "Jesús se echó a llorar" (Jn. 11, 35), cuando los judíos le conducieron al sepulcro de Lázaro. Jesús lloró por su amigo, pero también lloró pensando
en su Pasión y en los mártires que, a lo largo de la Historia, han muerto y sacrificarán su existencia por la extensión del conocimiento de la Palabra
de Dios. En aquel preciso instante, Jesús también lloró por los enfermos, por los suicidas, por quienes defienden sus planteamientos sólo por tener razón
a pesar de que son conscientes de su crueldad... ¡Jesús lloró por ti y por mí¡. él no se avergonzó al llorar por quienes nacerían miles de años después
de que él fuera asesinado y resucitara de la muerte, pero nosotros, temiendo que quienes no creen en Dios nos crean faltos de cordura, no somos capaces
de derramar una lágrima por el Mesías humillado donde quienes no le aceptan nos puedan ver.

Jesús había resucitado anteriormente a la hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naím, pero ambos prodigios no se llevaron a cabo cuando faltaba poco tiempo
para que el Mesías se entregara a sus enemigos. Si Lázaro resucitaba, Jesús se convencería un poquito más de que él había de vencer a la muerte, pero,
por otra parte, si Lázaro resucitaba, los sanedritas tomarían la precaución de asesinarlo, para que nadie, a tenor de la resurrección del hermano de Marta
y María, pudiera creer en el Unigénito del Criador del mundo.

9. Cuando Jesús se acercó a la tumba de Lázaro les dijo a los judíos: "-Quitad la piedra" (Jn. 11, 39). Yo imagino que en aquel momento se hizo un silencio
profundo. Varios hombres se dispusieron a obedecer al Señor, ora con la intención de ridiculizarle y asesinarle por burlarse cruelmente de los familiares
y amigos de Lázaro, ora para ver si, de la misma manera que el Maestro curó al ciego del Evangelio del Domingo anterior también tenía poder para resucitar
a su amigo. Algunos espectadores de aquella escena debieron sentir un deseo indescriptible de evitar lo que para ellos debía ser un rol sentimental imperdonable.

Por si la situación no era difícil para Jesús, Marta golpeó nuevamente el alma del hijo de María, diciéndole dolorida y preocupada por causa de su carencia
de fe: "-Señor, tiene que holer ya, porque hace cuatro días que murió" (Jn. 11, 39). Esta pregunta me recuerda las situaciones embarazosas que vivimos
los predicadores cuando se nos interroga en los siguientes términos: ¿Por qué predicáis lo que ni siquiera vosotros podéis creer? Los paracientíficos al
menos ganan dinero mintiéndoles a sus víctimas, pero vosotros, pobres diablos, llegáis a creeros las historias que no podéis transmitirnos como veraces...
En esos momentos difíciles, nos vemos junto a la tumba de Lázaro, espectantes, esperando que Jesús grite: "-¡Lázaro, sal fuera¡-" (Jn. 11, 43). En aquel
momento el silencio debió hacerse más intenso, y, los minutos que Lázaro tardara en salir del sepulcro con el malestar que debió producirle el hecho de
verse envuelto en vendas y en su propio sepulcro, los espectadores debieron vacilar sin reparos con respecto a lo que estaba sucediendo.

Pidámosle a nuestro Padre común que la resurrección de Lázaro fortalezca nuestra fe en él, y que ello nos haga esperar la instauración de su Reino entre
nosotros.

Oración de los fieles

V. Oremos, amados hermanos y hermanas, y pidamos la misericordia del Señor para que compadecido de su pueblo penitente escuche nuestras plegarias: Respondemos
a cada petición: Te lo pedimos Padre, escúchanos.

1. Para que el Redentor del mundo, que se entregó a la muerte para vivificar a su pueblo, libere a la Iglesia de todo mal, roguemos al Señor.

2. Para que el Redentor del mundo, que oró en la cruz por quienes lo crucificaban, interceda ante el Padre por los pecadores, roguemos al Señor.

3. Para que el Redentor del mundo, que experimentó en la cruz el sufrimiento y la angustia, se compadezca de los que sufren, les dé fortaleza y paciencia
y ponga fin a sus dolores, roguemos alSeñor.

4. Para que el Redentor del mundo a nosotros, que en estos días nos disponemos a recordar con veneración su cruz, nos reconforte con la fuerza de su resurrección,
roguemos al Señor.

5. Añadir nuevas intenciones.

V. Señor Dios, gloria de la humanidad viviente, que manifestaste tu compasión en las lágrimas que tu Hijo derramó ante la tumba de su amigo Lázaro; contempla
los sufrimientos de la Iglesia, que llora por sus hijos muertos a causa del pecado, y, con la fuerza del Espíritu Santo, concede a los que han muerto por
sus culpas la resurrección y la vida nueva de la gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Tú, que nos has iluminado con las enseñanzas de la fe, escucha, Señor, nuestra oración y purifícanos por medio de este sacrificio. Por Jesucristo, nuestro
Señor.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.

R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.

R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque
Cristo, nuestro Señor, que como verdadero hombre lloró la muerte de su amigo Lázaro y, como verdadero Dios, lo hizo salir vivo del sepulcro, se ha compadecido
de todos los hombres y por medio de sus Sacramentos, nos hace pasar de la muerte a la vida. Por eso, los mismos ángeles te cantan con júbilo eterno y nosotros
nos unimos a sus voces, cantando humildemente tu alabanza: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

El que está vivo y cree en mí, dice el Señor, no morirá para siempre (Jn. 11, 26).

Oración después de la Comunión

Concédenos, Dios todopoderoso, a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, vivir siempre como miembros suyos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne de Cuaresma

V. Dios, Padre misericordioso, os conceda a todos vosotros, como al hijo pródigo, el gozo de volver a la casa paterna.

R. Amén.

V. Cristo, modelo de oración y de vida, os guíe a la auténtica conversión del corazón, a través del camino de la Cuaresma.

R. Amén.

V. El Espíritu de sabiduría y de fortaleza os sostenga en la lucha contra el maligno, para que podáis celebrar con Cristo la victoria pascual.

R. Amén.

V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R. Amén.

V. Podéis ir en paz.

R. Demos gracias a Dios.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, vamos a prepararnos durante los próximos días a conmemorar la Pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor,
y vamos a intentar que nuestros familiares y amigos celebren el misterio pascual con nosotros.

Padre nuestro, escucha nuestra oración

Material para preparar la hora santa del Jueves Santo

Jesús en Getsemaní

Jesús, me siento muy triste. Al salir del Cenáculo he sentido un gran deseo de acariciar tus manos que aún siguen humedecidas desde que lavaste mis pies.
A pesar de que me has alimentado con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, me siento débil... No sé qué me sucede, mi fuerza es limitada, mi tristeza es
indescriptible... A pesar de que no quiero perderte, necesito que ocupes en la cruz el lugar que me corresponde a mí, porque únicamente aprenderé a superar
mi debilidad, al ser golpeado por mis fracasos, aunque no podré lograr mi propósito, si no soy herido contemplando tus heridas, y si no supero mis tribulaciones
gloriándome al pensar en tu Resurrección.

Caminamos hacia el huerto de los Olivos. Todos estamos muy tensos, pero tú, Señor, nos has pedido que te dejemos hablar, y nos has dicho: "Esta noche fallará
vuestra fe en mí" (Mt. 26, 31). Jesús, ¿qué nos has dicho? ¿Cómo pretendes hacernos creer que te vamos a traicionar? ¿Crees que les tenemos miedo a tus
enemigos? ¿Crees que nuestro miedo será superior a nuestra fe¿... ¡Jesús, tú sabes muy bien que nosotros daremos gustosamente nuestra vida para proteger
la tuya...! Pedro alza su voz enérgicamente para defender su fe, pero tú le dices que, antes de que el gallo cante dos veces, él habrá negado tres veces
el hecho de conocerte (Mc. 14, 30 y 72). Todos imitamos a Pedro, todos creemos que somos fuertes, y sólo somos unos pobres ignorantes de nuestra impotencia
incapaces de vislumbrar la misericordia de Dios en nuestra vida. Todos tenemos miedo, no sabemos qué va a suceder esta noche ni en los días sucesivos,
nuestra inseguridad se basa en que los guardias del Templo nos pueden encontrar en cualquier momento...

Jesús, ¿por qué has querido venir a orar a este huerto sabiendo que tus enemigos tienen conocimiento de que te gusta orar en este jardín? ¿Tanto amas a
Dios que llegas al punto de arriesgar tu vida por la devoción que sientes hasta por los lugares en los que elevas tu voz al cielo y esperas a que el Padre
eterno se te manifieste?

Hemos llegado agetsemaní. Señor, no nos ocultes tu dolor, pues todos sabemos que, al llegar a este lugar, has hecho un gran esfuerzo para evitar las lágrimas
que pueden inducirnos a percibir la angustia que debe estar atentando contra tu vida. Nos dices pausadamente: "Me ha invadido una tristeza de muerte. Quedaos
aquí y orad" (Mt. 26, 38). No puedes disimular tu dolor. Nosotros te conocemos, sabemos cuándo estás triste, en qué momentos te enfadas, sabemos cuándo
y cómo te podemos hacer reír... Sabemos muchas cosas tuyas a pesar de que nuestra debilidad nos hará perder la memoria voluntariamente y traicionar a la
parte más profunda de nuestro ser.

Te alejas de Pedro y de los hijos de Zebedeo a la distancia de un tiro de piedra y oras postrado (Lc. 22, 41). Pedro, Juan y Santiago te miran con el corazón
henchido de tristeza. Ellos están cansados de peregrinar, exaustos de no entender el por qué de tu sacrificio, rendidos por la evidencia de tu pérdida...
Ellos no entienden nada, sólo contienen las lágrimas y casi se duermen vencidos por la siniestra anestesia del dolor de los impotentes.

Tú oras en estos términos: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, si no la tuya" (Lc. 22, 42). Te aprovechas de que no
podemos ser afligidos por tu dolor cuando estás a solas con Dios, y siendo consciente de que no puedes esconder tu aflicción ante el Padre que ve la parte
más profunda de nuestros corazones, lloras amargamente. Las profecías antiguas hablan de tu Pasión, pero ninguno de los antiguos Profetas pronunció jamás
tu nombre. ¿Por qué tienes que ser tú precisamente el pobre mortal que ha de demostrarle al mundo que el amor de Dios es superior a los efectos de la carencia
de valor y constancia de los hombres? ¿Servirá de algo tu sacrificio? ¿Podrás soportar el dolor que te aguarda? Tu sabes lo que es la crucificción, pero
no lo has experimentado. Romperán tus rodillas para que no puedas apoyarte sobre los pies. Te aplastarás los pulmones por causa de tu peso. Te asfixiarás
y, cada vez que tengas que respirar, te será necesario hacer un tremendo esfuerzo para incorporarte sobre la cruz. Cuando intentes respirar e intentes
erguirte sobre la cruz, sentirás cómo son traspasados tus pies, por lo cuál se te provocará un dolor tan insoportable que te prolongará la asfixia y no
te permitirá gritar, de manera que te verás obligado a morir lentamente. Sabes muy bien que algunos hombres muy capacitados para sufrir han sobrevivido
a los ataques de las aves carroñeras que han desgarrado sus miembros durante muchas horas...

El Padre envía a un ángel para que te conforte (Lc. 22, 43). El ángel te da un cáliz para que bebas su contenido hasta apurarlo para que entiendas que tu
Pasión sólo constituirá un breve tiempo de la historia de la salvación, pero, a pesar de ello, tu agonía sigue siendo indescriptible. Tu estado agónico
se incrementa, pero no desfalleces porque Dios acaba de fortalecer tu fe en él. Empiezas a sudar grandes gotas de sangre que te caen de la frente al suelo
pensando en las difíciles horas que has de soportar. Sabes perfectamente en qué consiste la flagelación, pero jamás la has padecido. Serás azotado con
un látigo en uno de cuyos extremos tiene una bola con grandes púas. Cada vez que el azote rodee tu espalda y las púas se claven en tu piel sangrarás, los
soldados expertos en infringir castigos te desangrarán lentamente para prolongar la llegada de tu muerte y prolongar tu tormento.

Buscas a tus discípulos, me buscas a mí, necesitas apoyo divino y humano para saber que tu sacrificio no será inútil pero, Dios no te ayuda, y nosotros
estamos agotados pensando en tu martirio, en los acontecimientos que nos podrán afectar negativamente cuando no estés entre nosotros. Nos pides que despertemos,
que oremos por ti y por nosotros, pero no podemos obedecerte, nuestro dolor es muy agudo... (Lc. 22, 45-46. Cf. Mt. 26, 44-46).

Judas Llega al lugar en que nos encontramos acompañado por una cohorte (600 legionarios romanos) y 200 guardias del Templo. Te maniatan. Te atan las manos
con tanta fuerza que te las hieren al impedir que la sangre te circule por las mismas. Te abofetean sin compasión. Ha llegado la hora de nuestros miedos,
ha llegado la hora de los pecadores, ha llegado la hora de la incomprensión...

Yo, Judas Iscariote

Hay un hecho que siempre se ha constatado a lo largo de la Historia, esto siempre ha sucedido muy a pesar de la aceptación o rechazo por parte de los hombres
de lo que siempre se ha verificado y seguirá aconteciendo -insisto- muy a pesar del deseo de aquellos que siempre quieren imponerse cumpliendo su voluntad,
aunque sean conscientes de las transgresiones de la Ley divina que han logrado y aún pretenden llevar a cabo. Os hablo de la justicia divina, el don celestial
gracias al cuál todos recibimos un golpe espiritual que nos induce a abandonarnos en las manos de Dios, así pues, esta es la razón por la cuál acabamos
deseando ser santos.

Algunas personas se enriquecen a costa de las muchas injusticias que cometen. Yo me considero inferior a quienes compran y venden esclavos, así pues, yo
me voy a arrancar la vida porque he recibido treinta monedas de plata a cambio de vender la libertad de aquel que me hizo libre sabiendo que yo le convertiría
en esclavo. Tengo en mis manos el dinero que obtiene un asalariado a cambio de trabajar durante un mes, pero he vendido al dueño de las mieses...

Soy fariseo y por ello estoy relacionado con los instructores de la Ley que adoctrinan a los judíos, pero ello no me ha impedido seguir a Jesús de Nazaret
durante más de dos años. Yo nunca he seguido al Maestro para aplaudir sus sermones, pues quería que él usara su capacidad de unir a las multitudes para
liberar a nuestro pueblo de la dominación romana. Jesús sólo hablaba de amor, oración y paz, y, muy a pesar de que ha curado a muchos enfermos, no se inmutaba
cuando la gente que nos rodeaba respiraba el dolor y la injusticia que les afectaban. A pesar de que las autoridades se entienden con los invasores, nuestros
representantes religiosos aceptarían la ayuda de un líder militar capacitado para constituir un ejército capaz de concedernos la libertad. El Rabbi decía
que los judíos no somos esclavos, que lo único que realmente nos esclaviza es la forma según la cuál juzgamos los acontecimientos de nuestra vida.

(Nos remitimos al relato de la traición Mt. 26, 14-16).

Mis compañeros no se esforzaban para entender mi posición con respecto al mensaje de Jesús, por consiguiente, ellos sólo se dedicaban a sacar a la luz los
unos los defectos de los otros, y a criticarme porque yo era el único del grupo de los Doce que no me acobardaba y manifestaba mi postura con respecto
del Evangelio sin miedo y con palabras cortantes y claras. Esta fue la razón por la cuál no tuve más remedio que idear un plan para hacer que Jesús dejara
de soñar cuando se sumiera en la realidad que vivía el pueblo de Israel. Mis compañeros hacían caso omiso de mis palabras, y las autoridades no mostraban
afecto o simpatía alguno por Jesús, así pues, no me quedó más remedio que ir al encuentro de los miembros del Sanedrín, y venderles al Rabbi como esclavo
a los jueces de Israel, para que ellos le juzgaran, pues jamás llegué a pensar que mi Maestro siguiera soñando si empezaba a sospechar que el peso del
incumplimiento de la Ley de Moisés podía hacerle ser condenado a muerte.

Mt. 26, 47-56. En este momento me dirijo acompañado por guardias del Templo y enemigos del Nazareno al huerto de José de Arimatea, pues el Hijo de María
prepara su celebración pascual orando en ese lugar. Por los años que he vivido junto al último Mesías, sé muy bien hasta cuál es el olivo ante el que Jesús
hablaría con Yahveh durante toda la noche si sus opresores le dejaran orar.

El centurión me pregunta: "¿Cómo sabremos que te acercarás a Jesús? Nosotros sabemos que con él hay once hombres o quizá algunos más".

Le contesto a mi interlocutor: "La contraseña que os doy para que apreséis a Jesús, es la siguiente: el hombre a quien yo bese, ese es el que tenéis que
prender".

Las antorchas que llevamos nos permiten ver a Jesús desde varios metros de distancia previniendo a los suyos, porque ahora es cuando verdaderamente dejará
de soñar, o comenzará el principio del fin del que tanto nos ha hablado durante los últimos meses.

(Jn. 18, 1-12). Nos acercamos a Jesús. Me adelanto a los guardias y a su jefe y le digo al Mesías: "Maestro, por amor a Dios y a los que tanta confianza
hemos depositado en ti, reacciona antes de que la justicia caiga sobre ti".

Beso a Jesús y sigo hablando: "Maestro, algún día abrirás los ojos y me agradecerás lo que estoy haciendo".

Jesús me dice: "Judas, ya hemos hablado de esto en muchas ocasiones. ¿Por qué me vendes besándome? (Lc. 22, 47-48). No sé qué decirle a Jesús en este momento,
pues siento que todo el afecto con que el Maestro me ha tratado durante su Ministerio ha sido convertido por mi acción en una espada que me causa heridas
mortales.

Jesús les pregunta a los guardias del Templo: "¿Dónde vais armados con espadas y palos? Guardias del Templo y habitantes de Jerusalén, ¿a quién buscáis¿".
Todos gritan: "Buscamos a Jesús Nazareno". "Yo soy" dijo el Rabbi. Jamás la voz de Jesús había producido semejante impacto en ninguno de sus oyentes crédulos
o no creyentes. Todos los que deseábamos que él fuese enjuiciado caemos a tierra. Apenas podemos levantarnos, el jefe de los guardias delTemplo nos insta
para que concluyamos la acción que hemos iniciado bajo la amenaza de ser castigados por incumplir la Ley. Yo no entiendo nada de lo que sucede, pues nuestra
Ley dice que un hombre no puede ser juzgado si al menos un mínimo de dos personas no testifican contra él, pero Jesús no tiene a ninguna persona que pueda
acusarle de incumplir los preceptos divinos. ¿Qué sentido tienen las amenazas del jefe de los guardias del Templo?

Jesús vuelve a preguntarnos a sus opresores: "Guardias del Templo y habitantes de Jerusalén, ¿a quién buscáis¿" Todos gritamos: "A Jesús Nazareno". "Yo
soy" dice el Maestro ofreciéndonos sus manos para que se las aten los soldados, los cuáles se lanzan sobre él como animales de presa y le maniatan. Por
su parte, los Apóstoles interrogan al Hijo de María con la intención de convencerle para que les acredite para usar sus dos espadas con la intención de
defender al Mesías. Jesús les pide a sus once amigos que contengan su ira, pero Pedro toma su espada y le corta la oreja derecha a Malco. Los soldados
se preparan para impedir que los once se tomen la justicia por su mano, pero el Maestro sana al herido y reprende a Pedro para que él acepte el cumplimiento
de la voluntad del Padre en la persona del Hijo del carpintero.

Jesús le dice a Pedro: "Pedro, envaina tu espada, porque todos los que usan la espada morirán porque se les aplicará su propia justicia. ¿Crees que Dios
no está conmigo? ¿No puedes creer que si yo no quisiera aceptar este cáliz de amargura podría pedirle ayuda a mi Padre, y él me enviaría más de doce ejércitos
de ángeles? Si Dios me salva, ¿cómo se cumplirá todo lo que se dice con respecto a mí en las Sagradas Escrituras¿".

Jesús les dice a los guardias del Templo: "¿Por qué habéis venido a prenderme usando la oscuridad de la noche para escudar la ineptitud de vuestros jefes?
¿Por qué sois tantos los que habéis venido a prender a un sólo hombre? ¿Pensáis que soy ladrón? ¿Teméis que use algún poder especial para derrotaros? De
mí nadie puede decir que he actuado sin que se vean mis intenciones, pues de eso ya se encargan vuestros representantes religiosos. No creáis que necesito
defenderme ante vosotros que sólo sabéis obedecer órdenes, pues yo me limito a deciros todo esto para fortalecer la fe de los míos. He predicado la Palabra
de Dios en el Templo ante miles de personas todos los días, por consiguiente, ¿por qué no intentásteis prenderme en la casa de Yahveh? Todo esto sucede
para que se cumplan los vaticinios de los Profetas (Mc. 14, 51-52).

Los once huyen aterrados. Yo también corro intentando ocultarme para averiguar qué es lo que va a suceder con Jesús exactamente, pues empiezo a sospechar
que las autoridades de Israel no desean interrogar al Mesías según los planes que yo establecí. Caifás me prometió que Jesús no sería herido físicamente
en ningún momento, pero las manos amoratadas de mi Maestro me hacen pensar lo peor.

Los guardias se percatan de que Juan sigue a Jesús. Pedro observa lo que le sucede a Jesús desde lejos usando un farol. Un muchacho desnudo envuelto en
una sábana sigue a la comitiva. Los guardias intentan arrestar al muchacho, pero este tira la sábana y huye velozmente.

Es muy difícil saber lo que está aconteciendo. Les oí a los soldados que llevarían a Jesús a casa de Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás. La noche parece
eterna. Han transcurrido varias horas desde que Jesús fue arrestado y he podido averiguar que él ha sido golpeado por un siervo de Anás. He sabido que
mi Maestro es conducido desde la casa de Anás al palacio del sumo sacerdote mientras es golpeado y sus verdugos se burlan de él. Un siervo de Anás me dice
que la mayor parte de la alta sociedad del pueblo de Israel se ha confabulado para buscar la forma de eliminar a Jesús de Nazaret. A partir de mi conversación
con el siervo de Anás empiezo a entender mejor las palabras que el jefe de los guardias del Templo usó para hacer que sus soldados maniataran a Jesús.
Se rumorea que el Mesías es un hombre facultado con poderes satánicos muy peligrosos. Se dice que el Maestro tiene poder para asesinar a una legión de
soldados con una sola mirada. Dicen que es preciso asesinar

rápidamente a ese enviado del diablo gracias al cuál muchos de nuestros hermanos incumplen la voluntad de Dios.

Al fin ha finalizado la terrible noche del jueves. Salgo del lugar en que he permanecido oculto por miedo a los seguidores de Jesús y a los soldados. Estoy
en la reunión del Sanedrín para evitar lo que parece inevitable. Yo vendí a Jesús como esclavo, quizá me dejen recuperarlo si devuelvo las treinta monedas
de plata con las que he obtenido la cautividad del Maestro. Me dirijo al sumo sacerdote en estos términos: "Por mi culpa, por mi incapacidad de vislumbrar
las maravillas que nuestro Dios desea hacer con nuestro pueblo, un hombre inocente será crucificado". Caifás me responde: "Tus percepciones de los hechos
que están acaeciendo no te ayudarán a comprar a Jesús, pues la mayoría de los jueces de Israel hemos decidido que el reo sea juzgado por Pilato y se le
cuelgue posteriormente en una cruz. Si quieres saber cómo acaecen los hechos, vete al Pretorio, pero procura no entrar en ese lugar de los perros paganos
con el fin de no perder la pureza y por ello no puedas

celebrar la Pascua según se constata en la Ley de Moisés y de Israel. Ahora, ¡¡¡vete¡¡¡".

Después de arrojar los malditos siclos de plata a la cara del sacerdote principal, salgo corriendo del palacio sacerdotal.

Señor del cielo y de la tierra, si tu designio consiste en que Jesús tu Hijo ha de morir, ¿por qué he tenido yo que ser el traidor? ¿Por qué me está velado
el misterioso cumplimiento de tu designio? Yahveh, Dios nuestro, Jesús siempre hablaba de perdón, amor... pero estas realidades para mí sólo constituyen
un fuego infernal que me hará padecer eternamente en el lugar más profundo del infierno (Mt. 27, 3-5).

Jesús crucificado

El próximo Viernes Santo llevaremos a cabo una campaña de oración ante Jesús crucificado. Los participantes del citado evento deberán enviarme las oraciones
que recitarían ante nuestro Señor crucificado a:

jpp123@telefonica.net

en el cuerpo de un e-mail o en formato de word para que yo las pueda insertar en la edición de Padre nuestro correspondiente a la celebración de la Pasión
del Señor. Podéis enviarme a la citada dirección todas las dudas que tengáis al respecto de la citada campaña, con el fin de fomentar vuestra participación
en la misma.

Ediciones de Padre nuestro que se editarán próximamente

Con motivo de las celebraciones del Viernes de Dolores, la conmemoración de San José de Nazaret y la Semana Santa, durante las dos semanas próximas recibiréis
las siguientes ediciones de este boletín litúrgico:

-Edición número 23. En esta edición nos prepararemos a celebrar el Viernes de Dolores.

-Edición número 24. Prepararemos la celebración eucarística correspondiente al día de San José.

-Edición número 25. Esta edición será dedicada a la celebración eucarística del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

-Edición número 26. Esta edición será dedicada a la Eucaristía Vespertina del Jueves Santo.

-Edición número 27. En esta edición prepararemos la celebración de la Pasión del Señor, la adoración de la cruz, y, tal como os vengo anunciando desde el
domingo anterior, con vuestros aportes, oraremos ante Jesús crucificado y la Anunciación del Nacimiento de Jesús, pues, casualmente, este año celebraremos
el anuncio del Nacimiento de Jesús el mismo día en que veremos a nuestro Señor morir entre Dimas y Gestas.

-Edición número 28. En esta edición prepararemos la Vigilia pascual.

-Edición número 29. En esta edición prepararemos la celebración del Domingo I de Pascua.

Si queréis enviarme sugerencias, comentarios o críticas constructivas, usad para ello la siguiente dirección de correo:

jpp123@telefonica.net
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 26/03/07 03:27

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