TRIGO DE DIOS
Domingo IV de Pascua, ciclo c. en TRIGO DE DIOS
Domingo IV de Pascua, ciclo c.
Comentarios de ZAC. 34 y de JN. 10.
Padre nuestro.
Domingo, 29-04-2007, Domingo IV de Pascua del ciclo c.
Edición número 99.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
Celebremos la Eucaristía.
Domingo IV de Pascua del ciclo c.
Canto de entrada.
VIENEN CON ALEGRÍA
Vienen con alegría, Señor,
cantando vienen, con alegría, Señor,
los que caminan por la vida, Señor,
sembrando tu Paz y Amor.
1- Vienen trayendo la esperanza
a un mundo cargado de ansiedad,
a un mundo que busca y que no alcanza
caminos de amor y de amistad.
2- Vienen trayendo entre sus manos
esfuerzos de hermanos por la paz,
deseos de un mundo más humano
que nace del bien y la verdad.
(Desconozco el autor de esta canción).
Antífona de entrada.
Toda la tierra está llena del amor del Señor, y su Palabra hizo el cielo. Aleluya (CF. SAL. 32, 5-6).
Saludo del sacerdote.
Que el gozo y la paz de nuestro Buen Pastor resucitado nos acompañe en esta celebración, y estén con cada uno de ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada.
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre común.
Al iniciar la cuarta semana del tiempo de Pascua, celebramos el recuerdo de Jesús, nuestro Buen Pastor, pues sabemos que El vino al mundo para salvarnos, es decir, para cumplir el designio salbífico de Dios con respecto a nosotros. Jesús vivió la humildad que ha de caracterizarnos a todos los cristianos, así pues, nuestro Señor vivió dedicando su tiempo a servir a sus prójimos.
Iniciemos esta celebración diciéndole a nuestro Padre común que deseamos que El nos ayude a ser perfectos imitadores del Hijo de María.
Acto penitencial.
En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.
Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.
V. Tú que eres nuestro Buen Pastor resucitado: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que nos das la vida en abundancia: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que nos congregas en un solo rebaño: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.
Recitemos el Gloria pidiéndole perdón a nuestro Padre común porque hemos dejado de cumplir los Mandamientos de la Ley conscientemente, y elevemos nuestras peticiones al cielo, sabiendo que Jesús intercede por nosotros ante nuestro Padre común.
Oración colecta.
Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos a nosotros, que somos el débil rebaño de tu Hijo tener parte en la admirable victoria del Buen Pastor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra.
Lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas.
Monición de la primera lectura.
En el fragmento de los Hechos de los Apóstoles que escucharemos a continuación, podemos constatar, con una gran alegría, que todos los habitantes del mundo, son llamados a aceptar el Evangelio, así pues, ello nos hace pensar en la posibilidad que todos tenemos de predicar la Palabra de Dios.
Primera lectura.
Sabed que nos dedicamos a los gentiles.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, 13, 14. 43-52.
En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios.
El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios.
Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones:
- «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra."
»
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio.
Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu
Santo.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Monición del Salmo responsorial.
Oremos agradeciéndole a nuestro Padre común el bien que nos ha hecho.
Salmo responsorial.
R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
O bien:
R. Aleluya.
Sal 99, 2. 3. 5
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo, y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R.
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.» R.
Monición de la segunda lectura.
San Juan tuvo la oportunidad de contemplar el anuncio de la glorificación de todos los creyentes que han sufrido algún tipo de persecución por causa de su fe.
Segunda lectura.
El Cordero será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.
Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9. 14b-17.
Yo, Juan, vi Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
Y uno de los ancianos me dijo:
- «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo.
El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.
Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya, Aleluya: Yo soy el buen Pastor -dice el Señor-, conozco mis ovejas, y las mías me conocen (JN. 10, 14). Aleluya.
Monición del Evangelio.
Jesús vino al mundo a predicarnos la Palabra de Dios y a concedernos la vida eterna. Acojamos a nuestro Buen Pastor en nuestros corazones al escuchar su Palabra.
Evangelio.
Yo doy la vida eterna a mis ovejas.
Lectura del Santo Evangelio según San Juan, 10, 27-30.
R. Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
- «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre.
Yo y el Padre somos uno.»
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
Jesús es nuestro Buen Pastor.
1. Comentario del capítulo 34 de la Profecía de Ezequiel.
Estimados hermanos y amigos:
Es muy recomendable el hecho de que nos confesemos para celebrar dignamente la Pascua de Resurrección, así pues, de la misma forma que los judíos en el tiempo de Jesús se negaban a entrar en los lugares en que habitaban los paganos para no contraer una impureza legal que les impidiera celebrar la liberación de sus antepasados de la esclavitud de Egipto, nosotros debemos recibir el Sacramento de la Penitencia, con el fin de celebrar la Resurrección de nuestro Hermano y Señor con el corazón plenamente purificado.
Ezequiel nos habla en el capítulo 34 de su Profecía de los pastores que no predicaban la Palabra de Dios para enriquecer al pueblo espiritualmente, y sólo trabajaban pensando en su bienestar. Ojalá no llevemos a cabo ninguna de las prácticas de las que el citado Hagiógrafo nos habla en el capítulo 34 de su obra.
"Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, profetiza contra los hijos de Israel; profetiza, y di a los pastores: Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Hay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas" (EZ. 34, 1-3). ¿Qué significa el hecho de que los pastores se apacientan a sí mismos? Sabemos que este hecho significa que Ezequiel acusó a los pastores de su tiempo de utilizar la Religión en su propio beneficio. Con respecto a quienes somos creyentes, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos preguntarnos: ¿Vivimos para servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos, o únicamente pensamos en nosotros a la hora de compartir nuestros bienes? "Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor" (1 JN. 4, 7-8). "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos" (1 JN. 5, 1-3). "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (JN. 14, 15).
"No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no devolvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia. Y andan errantes por falta de pastor, y son presa de todas las fieras del campo, y se han dispersado" (EZ. 34, 4-5). "Y al ver (Jesús) las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor" (MT. 9, 36. CF. MC. 6, 34. 1 REY. 22, 17. 2 CRO. 18, 16. ZAC. 10, 2). Zacarías nos dice que los pastores de su tiempo se aprovechaban de la gordura y de la lana de las ovejas de Israel para beneficiarse de las mismas, pero que no se esforzaban para cuidar el rebaño que les fue encomendado. Ojalá nosotros no tengamos nunca la tentación de aprovecharnos de nuestros prójimos, pues el hecho de explotar a quienes son más débiles que nosotros inmisericordemente, es un pecado mortal. Zacarías nos sigue diciendo que los pastores de su tiempo no fortalecían a las ovejas débiles, es decir, no se preocupaban por fortalecer la espiritualidad de quienes les fueron encomendados por Yahveh para que hicieran de ellos almas de Dios. Ojalá nunca se pueda decir de nosotros que no socorremos a nuestros hermanos pobres y enfermos. A diferencia de los pastores denunciados por Ezequiel, trabajemos para conseguir que las ovejas descarriadas del redil de nuestro Padre común vuelvan nuevamente a la Iglesia de la que se alejaron circunstancialmente. Esforcémonos para conseguir que las ovejas perdidas de nuestro entorno puedan encontrarse con Jesucristo, nuestro Pastor de almas que vino al mundo para darnos la vida eterna.
"Anduvieron perdidas mis ovejas por todos los montes, y en todo collado alto; y en toda la faz de la tierra fueron esparcidas mis ovejas, y no hubo quien las buscase, ni quien preguntase por ellas" (EZ. 34, 6). De la misma forma que los judíos fueron esparcidos cuando aconteció la deportación a Babilonia, nuestro Padre común sabe perfectamente que los cristianos estamos dispersos en muchos países, así pues, creemos que El nos congregará en su Reino, cuando acontezca la Parusía de nuestro Hermano y Señor.
"Por tanto, pastores, oíd palabra de Jehová: Vivo yo (juro por mí), ha dicho Jehová el Señor, que por cuanto mi rebaño fue para ser robado, y mis ovejas fueron para ser presas de todas las fieras del campo, sin pastor; ni mis pastores buscaron mis ovejas, sino que los pastores se apacentaron a sí mismos, y no apacentaron mis ovejas; por tanto, oh pastores, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo estoy contra los pastores; y demandaré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas; ni los pastores se apacentarán más a sí mismos, pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida" (EZ. 34, 7-10). El rebaño de Israel le fue robado a nuestro Padre común porque los pastores del país no se ocuparon de instruir a los fieles del señor en el conocimiento de nuestro Criador. Como las ovejas de Israel no estaban preparadas para combatir a nivel espiritual porque sus pastores no se ocuparon de hacerlas conocedoras de nuestro Creador, fueron atacadas por bestias salvajes, vieron impotentes cómo fue invadida su tierra, y cómo les deportaron a diferentes países. A pesar de que los pastores veían los estragos que sufría el rebaño de El-Shaddai, ellos sólo se ocuparon de su bienestar personal. Dios se manifestó en contra de sus pastores desobedientes, y les demandó las ovejas cuyo cuidado les encomendó. Gracias a la parábola que ocupa los primeros 13 versículos del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, sabemos que Dios nos demandará todo lo que nos ha encomendado, cuando seamos juzgados por nuestro Criador. Dios nos dice en la Profecía de Ezequiel que llegará el día en que hará que sus pseudopredicadores dejen de apacentar a sus ovejas para que dejen de aprovecharse de las mismas.
"Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad. Y yo las sacaré de los pueblos, y las juntaré de las tierras; las traeré a su propia tierra, y las apacentaré en los montes de Israel, por las riberas, y en todos los lugares habitados del país. En buenos pastos las apacentaré, y en los altos montes de Israel estará su aprisco; allí dormirán en buen redil, y en pastos suculentos serán alimentadas sobre los montes de Israel. Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor" (EZ. 34, 11-15). Dios se ofreció a sacar sus ovejas de los países en que las mismas fueron dispersadas para hacer que pudieran volver a Israel. Por nuestra parte, de la misma forma que le pedimos ayuda a nuestro Padre celestial cuando tenemos dificultades, deberíamos recordar que, cuando resolvemos nuestros problemas, Dios trabaja para que podamos alcanzar la felicidad. Dios dijo que El reconocería a sus ovejas esparcidas entre los habitantes del mundo, de la misma manera que los pastores conocen a sus ovejas, aunque las mismas estén dispersas. Dios librará a sus ovejas esparcidas en tiempos de nublado y de oscuridad, es decir, nuestro Padre común solventará nuestras carencias cuando menos lo esperemos, y nos concederá la salvación.
"Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil; mas a la engordada y a la fuerte destruiré; las apacentaré con justicia" (EZ. 34, 16). Dios se comprometió a castigar a las ovejas gordas, es decir, a quienes no se compadecieron de quienes tenían carencias. "La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (ST. 1, 27).
"¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros" (ST. 5, 1-3). "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (MT. 6, 19-21). "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye" (LC. 12, 32-33).
El Apóstol Santiago no se refería en su Epístola a los ricos a nivel material, sino a los pastores a los que Ezequiel se refiere en la lectura que estamos meditando, es decir, a los engreídos. Santiago les dice a los soberbios que lloren y aúllen por causa de las miserias que han de sobrevenirles. Santiago les dice a los citados ricos que han acumulado tesoros para los días postreros, es decir, que no tendrán ninguna defensa el día en que todos seamos juzgados por nuestro Padre común, dado que no se preocuparon de vivificar a sus prójimos durante su vida.
"He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos" (ST. 2, 4). "No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida; para que no clame contra ti a Jehová, y sea en ti pecado" (DT. 24, 14-15. CF. LV. 19, 13).
"Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia" (ST. 5, 5-6).
"En cuanto a vosotras, ovejas mías, así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo juzgo entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos. ¿Os es poco que comáis los buenos pastos, sino que también holláis con vuestros pies lo que de vuestros pastos queda; y que bebiendo las aguas claras, enturbiáis además con vuestros pies las que quedan? Y mis ovejas comen lo hollado de vuestros pies, y beben lo que con vuestros pies habéis enturbiado. Por tanto, así les dice Jehová el Señor: He aquí yo, yo juzgaré entre la oveja engordada y la oveja flaca, por cuanto empujasteis con el costado y con el hombro, y acorneasteis con vuestros cuernos a todas las débiles, hasta que las echasteis y las dispersasteis. Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán para rapiña; y juzgaré entre oveja y oveja. Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor" "EZ. 34, 17-23). Jesucristo, el descendiente de David, es el Buen Pastor de nuestras almas. En el libro de los Salmos encontramos los siguientes versículos: "Jehová es la fortaleza de su pueblo, y el refugio salvador de su ungido. Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; y pastoréales y susténtales para siempre" (SAL. 28, 8-9).
"Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado" (EZ. 34, 24). "Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre. Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre" (EZ. 37, 24-26). "Y estableceré con ellos pacto de paz, y quitaré de la tierra las fieras; y habitarán en el desierto con seguridad, y dormirán en los bosques. Y daré bendición a ellas y a los alrededores de mi collado, y haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán. Y el árbol del campo dará su fruto, y la tierra dará su fruto, y estarán sobre su tierra con seguridad; y sabrán que yo soy Jehová, cuando rompa las collundas de su yugo, y los libre de mano de los que se sirven de ellos. No serán más por despojo de las naciones, ni las fieras de la tierra las devorarán; sino que habitarán con seguridad, y no habrá quien las espante. Y levantaré para ellos una planta de renombre, y no serán ya más consumidos de hambre en la tierra, ni ya más serán avergonzados por las naciones. Y sabrán que yo Jehová su Dios estoy con ellos, y ellos son mi pueblo, la casa de Israel, dice Jehová el Señor. Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice Jehová el Señor" (EZ. 34, 25-31).
2. Comentario al capítulo 10 del Evangelio de San Juan.
En el comentario del capítulo 34 de la Profecía de Ezequiel hemos meditado con respecto a las promesas que nuestro Padre y Dios habrá de cumplir para que nosotros podamos alcanzar la plenitud de la felicidad. En la segunda parte de esta meditación, vamos a hacer las siguientes consideraciones:
1- Jesús es la puerta que nos conduce al Reino de Dios.
2- Jesús es el Buen Pastor que Dios envió al mundo para salvarnos.
3- Jesús padeció mucho para cumplir el designio salbífico de Dios.
Parábola del redil.
"Os aseguro que quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino por cualquier otra parte, es un ladrón y un salteador" (JN. 10, 1). ¿Cuál es la puerta a través de la cuál podemos entrar en el Reino de Dios? Jesús nos responde esta pregunta en los términos que siguen: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (JN. 14, 6). Por su parte, San Mateo escribió en su Evangelio las siguientes palabras con respecto a nuestro acceso al Reino de Dios: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (MT. 7, 13:14).
¿Cuál es la diferencia entre un ladrón y un pastor que se deja conducir por los impulsos del Espíritu Santo? "El pastor de las ovejas entra por la puerta. A éste el guarda le abre la puerta, y las ovejas en seguida reconocen su voz; El va llamándolas por su propio nombre, y las hace salir fuera del aprisco. Cuando ya han salido todas, se pone delante de ellas y les va abriendo camino; las ovejas siguen sus pasos, pues le reconocen por la voz. En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida. Jesús les puso este ejemplo, pero ellos no comprendieron su significado" (JN. 10, 2-6).
A la luz de la parábola que estamos meditando, nos cabe preguntarnos:
-¿Quién es Jesús para nosotros?
-¿Conocemos a Jesús?
-¿Somos seguidores de Jesús, o nos dejamos llevar por doctrinas contrarias a la fe que profesamos?
-¿Somos capaces de profesar nuestra fe libremente, o nos avergonzamos de que nuestros prójimos sepan que somos cristianos practicantes?
-¿Hasta qué punto somos capaces de defender nuestra fe?
Jesús es el buen Pastor.
"Entonces Jesús se lo explicó con estas palabras: -Os aseguro que yo soy la puerta del aprisco. Todos los que se presentaron con semejantes pretensiones antes de venir yo, eran ladrones y salteadores. Por eso las ovejas no les hicieron ningún caso. Yo soy la puerta verdadera. Todo el que entre en el aprisco por esta puerta, estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará su sustento. El ladrón, cuando llega, no hace más que robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante. Yo soy el buen pastor. El buen pastor se desvive por las ovejas" (JN. 10, 8-11). Recordemos nuevamente el siguiente texto de Ezequiel, ya que nos sirve para aumentar nuestra credulidad en el Hijo de María: "Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad" (EZ. 34, 11-12). Jesús nos habla de los ladrones y los salteadores que no saben lo que hacer para apropiarse del Reino de Dios. A pesar de que en la primera parte de esta meditación hemos obtenido mucha información con respecto a los mismos, se nos hace necesario abrir nuevamente el Evangelio de San Mateo, y leer las siguientes palabras de nuestro Señor: "Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan" (MT. 11, 12). Hagamos un profundo examen de conciencia y pensemos si somos nosotros buenos hijos de Dios, o si, por el contrario, nos aprovechamos de la Religión para someternos a los hijos de nuestro Padre común, bien con amenazas, o haciéndoles creer astutamente a quienes necesitan ser amados porque sufren, que son muy buenos si hacen lo que a nosotros nos conviene que hagan en nuestro propio beneficio.
Mientras que los ladrones se dedican a herir y a dispersar las ovejas del rebaño de Dios, los verdaderos predicadores del Evangelio sólo buscan la forma de cuidar las almas que les han sido encomendadas. Esta tarea no les corresponde únicamente a los religiosos, pues todos los bautizados hemos sido comprometidos a salvar nuestras almas, y las almas de quienes desconocen a Dios, o no pueden o no quieren aceptar a nuestro Padre común.
"No así el asalariado, que no es verdadero pastor ni propietario de las ovejas, y por eso, cuando ve venir al lobo (cuando tiene dificultades), huye dejando que el lobo haga estragos en unas y ahuyente a las otras. Y es que a él no le importa más que la paga; las ovejas le traen sin cuidado. Yo soy el buen pastor. Como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre, así conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. Y doy mi vida por mis ovejas" (JN. 10, 12-15). "En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar" (MT. 11, 25-27).
"Tengo todavía otras ovejas que no están en este aprisco; a éstas también debo atraerlas para que se familiaricen con mi voz. Entonces habrá un solo rebaño, bajo la guía de un solo pastor" (JN. 10, 16). En el versículo bíblico que estamos meditando, nuestro Señor hace referencia a los gentiles, pues los no judíos también debían ser llamados a vivir en la presencia de nuestro Padre común. Un ejemplo de sensibilización tanto de Jesús como de sus Apóstoles fue el de la curación de la hija de la mujer sirofenicia, tal como podemos leer en MT. 15, 21-28, la cuál sorprendió a nuestro Señor con la grandeza de una fe que el Hijo de María difícilmente pudo encontrar entre aquellos que quiso evangelizar antes de enviar a sus Apóstoles a predicarles a los paganos.
"El Padre me ama porque yo entrego mi vida, aunque la recuperaré de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien libremente la doy. Tengo poder para darla y para volver a recuperarla; y ésta es la misión que debo cumplir por encargo de mi Padre. Estas palabras de Jesús fueron la causa de una nueva división de opiniones entre los judíos. Muchos decían: -Está poseído de un demonio y ha perdido el juicio; ¿por qué le prestáis atención? Otros, en cambio, replicaban: -Sus palabras no son precisamente las de un endemoniado. ¿Podría un demonio dar la vista a los ciegos?" (JN. 10, 17-21). En el tiempo en que nuestro Señor habitó en Palestina, en aquél territorio muchos manipularon la imagen mesiánica del Antiguo Testamento, pues ellos necesitaban un líder militar capaz de librar a su tierra del dominio que les impusieron los romanos el año 63 antes de Cristo. No tenía sentido el hecho de que un nuevo Mesías anduviese por el país y anunciara la salvación desde un estado de pobreza que contradecía la imagen del Mesías militar que ellos promocionaban, con el fin de mantener el espíritu rebelde de los descendientes de Abraham preparado para la llegada del gran día en que habrían de ver libre de romanos su territorio, a pesar de que muchos de ellos murieron cuando la capital de Judea fue incendiada por Tito y Vespasiano, pues decidieron morir en defensa de sus convicciones antes de vivir impotentes los abusos que los colonizadores de ese territorio llevaban a cabo diariamente contra sus hermanos de raza.
De la misma manera que en nuestro tiempo es difícil aceptar la realidad del Mesías que vino al mundo para salvarnos sin exigirnos nada a cambio de ello, esta creencia era mucho más difícil de acoger en el tiempo en que nuestro Señor predicó el Evangelio, por la difícil situación que vivían los descendientes de los grandes Patriarcas, y porque las autoridades religiosas del país no estaban de acuerdo con la doctrina que predicaba el Hijo del carpintero.
Los judíos rechazan a Jesús.
"Era invierno. Se celebraba en Jerusalén la fiesta que conmemoraba la dedicación del templo. Estaba Jesús paseando por el pórtico de Salomón, dentro del recinto del templo, cuando se le acercaron los judíos, se pusieron a su alrededor y le dijeron: -¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si eres el Mesías, dínoslo claramente de una vez. Jesús les respondió: -Os lo he dicho con toda claridad y no me habéis creído. Tenéis ante vuestros ojos mis credenciales: las obras que yo hago por la autoridad recibida de mi Padre. Vosotros, sin embargo, no me creéis, porque no sois las ovejas de mi rebaño. Mis ovejas reconocen mi voz, yo las conozco, y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán (se les privará de ser salvas) ni podrá nadie arrebatármelas, como no pueden arrebatárselas a mi Padre, que, con su soberano poder, me las ha confiado. El Padre y yo somos uno" (JN. 10, 22-30). Los judíos intentaban provocar a Jesús para tener un motivo que justificara su Crucificción, así pues, ellos sabían perfectamente que Jesús decía de Sí mismo que era el Hijo de Dios. Si nuestro Señor decía en el Templo que tenía a Dios por Padre, ellos podrían ratificar sus razones para crucificarlo, dado que ellos no lo aceptaban como Ungido por el Espíritu Santo, y mucho menos lo acogían como Hijo de Dios, dado que los judíos albergaban la creencia de que nuestro Creador es un Ser espiritual como ya he expuesto en varias de mis meditaciones, por lo que no podía multiplicarse. Jesús les dijo a sus interlocutores que ellos tenían ante sus ojos las credenciales que mostraban el mesianismo del Hijo de María, es decir, las obras que nuestro Señor hacía. Jesús también les dijo a los judíos que ellos no aceptaban su doctrina porque no eran ovejas de su rebaño. A raíz de la justificación de Jesús del hecho por el cuál los fariseos y los saduceos lo rechazaban, debemos preguntarnos:
-¿Somos nosotros ovejas del rebaño del Hijo de Dios?
Si somos ovejas de Jesús, ello significa que nuestro Señor nos conoce, que nosotros lo conocemos a El, y que caminamos detrás de El escuchando su voz, es decir, vivimos cumpliendo la voluntad de nuestro Padre común, siguiendo las indicaciones que Jesús nos dejó para que pudiéramos obedecer a nuestro Criador, sin que el cumplimiento de la antigua Ley fuera una carga tanto para los judíos como para los gentiles.
Jesús nos dará la vida eterna, y ningún pastor de los que se apacientan a sí mismos podrá alejarnos de la presencia de nuestro Señor.
Jesús y el Padre, junto al Espíritu Santo que procede de ambos, son un solo Dios. Cuando Jesús explicó esta realidad ante sus enemigos, ellos quisieron asesinarlo sin juzgarlo, porque consideraban que El había blasfemado contra Dios. "Intentaron otra vez los judíos apedrear a Jesús. Pero él les dijo: -Muchas obras buenas he hecho ante vosotros en virtud del poder que he recibido de mi Padre; ¿por cuál de ellas queréis apedrearme? Le contestaron: -No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por la blasfemia que has proferido contra Dios: tú que eres un hombre como los demás, pretendes hacerte pasar por Dios" (JN. 10, 31-33). Los judíos actuaron contra Jesús porque no querían aceptar el Evangelio, dado que ello significaba la aceptación por su parte del compromiso de defender a los pobres de Palestina, lo cuál significaba que tenían que renunciar a los privilegios que las autoridades romanas les concedían, con la condición de que les ayudasen a apaciguar los ánimos de sus conciudadanos. Los enemigos del Mesías justificaron su conducta utilizando a tal respecto los siguientes versículos del libro de los Números: "Y a los hijos de Israel hablarás, diciendo: Cualquiera que maldijere a su Dios, llevará su iniquidad. Y el que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará; así el extranjero como el natural, si blasfemare el Nombre (de Dios), que muera" (NUM. 24, 15-16).
"Jesús les replicó: -¿No está escrito en vuestra Ley que Dios dijo: Vosotros sois dioses?" (JN. 10, 34). Jesús les recordó a sus hermanos de raza el siguiente texto de los Salmos: "Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo" (SAL. 86, 2).
"Resulta, pues, que la Ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigido el mensaje de Dios; por otra parte, lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda. Entonces, ¿con qué derecho me acusáis de blasfemia a mí, que he sido elegido por el Padre para ser enviado al mundo, por haber dicho que soy Hijo de Dios? Si no realizo las obras de mi Padre, no me creáis; pero, si las realizo, fiaos de ellas, aunque no queráis fiaros de mí. De este modo podréis reconocer que el Padre está en mí, y yo en el Padre. A la vista de estos discursos, los judíos intentaron, una vez más, apresar a Jesús; pero él se les escapó de las manos. Jesús se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde tiempo atrás había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, y decían: -Cierto que Juan no hizo ningún milagro, pero todo lo que dijo acerca de éste era verdad. Y fueron muchos los que en aquella región creyeron en él" (JN. 10, 35-42).
Oración de los fieles.
V. Levantemos, hermanos y hermanas, nuestros ojos a Cristo, obispo y pastor de nuestras almas, y pongamos en sus manos confiadamente nuestras necesidades:
Respondemos a cada petición: Te rogamos, Señor, óyenos.
V. Para que los obispos, presbíteros y diáconos, apacienten santamente a los pueblos que tienen encomendados, roguemos al Señor.
V. Para que la paz que Jesucristo concedió a los discípulos arraigue con fuerza en nuestro mundo, y se alejen de las naciones el odio y las guerras, roguemos al Señor.
V. Para que los enfermos, los pobres y todos los que sufren encuentren en Cristo resucitado luz y esperanza, roguemos al Señor.
V. Para que Dios derrame en las familias cristianas el espíritu de piedad y de renuncia a lo mundano, de manera que germinen abundantes vocaciones al ministerio eclesial, roguemos al Señor.
V. Añadir nuevas peticiones.
V. Dios todopoderoso y eterno, que en tu Hijo, vencedor de la muerte, nos has abierto las puertas de la salvación; escucha nuestra oración e infunde en nuestro corazón la sabiduría de tu Espíritu, para que no nos dejemos seducir por las voces engañosas del mundo y reconozcamos y sigamos siempre la voz de tu Hijo, el buen pastor, que nos da vida, y vida abundante, y que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia eucarística.
Canto del Ofertorio.
CONVOCADOS AL PIE DEL MONTE SANTO
1- Convocados al pie del monte santo
nos unimos, Señor, en tu presencia,
como forman un solo pan maduro
las espigas dispersas por el valle.
¡Aleluya, aleluya!
El Señor ha reunido a sus hijos.
2- Aportamos, Señor, al Sacrificio
nuestras mentes, afectos y quereres,
tuyos son desde ahora y para siempre,
en tus manos ponemos nuestra vida.
3- Te pedimos, Señor, por Jesucristo,
nos concedas que esta santa Misa
sea el umbral del convite de tu Reino,
del convite que dura para siempre.
(Desconozco el autor de esta canción).
Oración sobre las ofrendas.
Concédenos, Señor, que este sacrificio pascual que vamos a ofrecerte, nos llene siempre de alegría, prosiga en nosotros tu obra redentora y nos obtenga de ti la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio de Pascua II.
La nueva vida en Cristo.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Por él, los hijos de la luz nacen a la vida eterna; y a los creyentes se les abre las puertas del Reino de los cielos; porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos. Por eso, con esta efusión del gozo pascual, el mundo entero está llamado a desbordar de alegría, con los coros celestiales que ya cantan un himno a tu gloria diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Ha resucitado Jesús, el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas, y que se dignó morir para salvarnos. Aleluya.
Canto de la Comunión.
El peregrino de Emaús.
Por la calzada de Emaús
un peregrino iba conmigo,
no le conocí al caminar,
ahora sí, en la fracción del pan.
¿Qué llevabas conversando?
me dijiste buen amigo,
y me detuve asombrado
a la vera del camino.
¿No sabes lo que ha pasado
ayer en Jerusalén!
DE Jesús de Nazaret
a quien clabaron en cruz?
Por eso me vuelvo triste
a mi aldea de Emaús.
Van tres días que se ha muerto
y se acaba mi esperanza,
dicen que algunas mujeres
al sepulcro fueron de alba,
me dijeron que algunos otros
hoy también allá buscaron.
Más se acaba mi confianza:
no encontraron a Jesús.
Por eso me vuelvo triste
a mi aldea de Emaús.
Qué tardíos corazones.
Qué ignorancia a los profetas.
En la Ley ya se anunció
que el Mesías padeciera,
y que por llegar a su gloria
escogiera la aflicción;
en la tarde de aquel día
yo sentí que con Jesús
nuestro corazón ardía
a la vista Emaús.
Hizo seña de seguir
más allá de nuestra aldea
y a la luz del sol poniente
pareció que se muriera.
Quédate forastero
ponte a la mesa y bendice,
y al destello de tu luz,
en la bendición del pan,
mis ojos conocerán
al amigo de Emaús.
(Desconozco el autor de esta canción).
Lectura después de la Comunión.
ORACIÓN POR LOS ENFERMOS (P. Tardif)
Jesús. Señor Jesús.
Creemos que estás vivo y resucitado. Creemos que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar y en cada uno de nosotros.
Te alabamos y te adoramos. Te damos gracias Señor, por venir hasta nosotros
como pan vivo bajado del Cielo. Tú eres la plenitud de la vida.
Tú eres la resurrección y la vida.
Tú eres, Señor la salud de los enfermos.
Hoy te queremos presentar a todos los enfermos que están aquí, porque para
ti no hay distancia ni en el tiempo ni en el espacio.
Tú eres el eterno presente y tu lo conoces.
Ahora, Señor, te pedimos que tengas compasión de ellos. Visítalos a través
de tu Evangelio proclamado en la Santa Biblia, para que todos reconozcan
que tu estás vivo en tu Iglesia de hoy; y que se renueve su fe y su
confianza en ti. Te lo suplicamos Jesús.
Ten compasión de los que sufren en su cuerpo, de los que sufren en su
corazón y de los que sufre en su alma que están orando y viendo los
testimonios de lo que Tú estás haciendo por tu Espíritu Renovador en el
mundo entero. Ten compasión de ellos, Señor.
Desde ahora te pedimos. Bendícelos a todos y haz que muchos vuelvan a
encontrar la salud, que su fe crezca y se vayan abriendo a las maravillas
de tu amor, para que también ellos sean testigos de tu poder y de tu
compasión.
Te lo pedimos Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y
por tu preciosa sangre.
Sánalos Señor. Sánalos en su cuerpo, Sánalos en su corazón, Sánalos en su
Alma.
Dales vida y vida en abundancia. Te lo pedimos por intersección de María
Santísima, tu Madre, la Virgen de los Dolores, la que estaba presente, de
pie, cerca de la cruz.
La que fue la primera en contemplar tus santas llagas y que nos distes por
madre. Tú nos has revelado que ya has tomado sobre ti todas nuestras
dolencias y por tu santas llagas hemos sido curados.
Hoy, Señor, te presentamos en fe todos los enfermos que nos han pedido
oración y te pedimos que los alivies en su enfermedad y que les des la
salud.
Te pedimos por la gloria del Padre del Cielo, que sanes a los enfermos que
van a leer este libro.
Haz que crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para la
gloria de tu Nombre.
Para que tu Reino siga extendiéndose más y más en los corazones, a través
de los signos y prodigios de tu amor.
Todo esto te lo pedimos Jesús, porque tú eres Jesús. Tú eres el buen pastor
y todos somos ovejas de tu rebaño. Estamos tan seguros de tu amor, que aún
antes de conocer el resultado de nuestra oración, en fe te decimos Jesús
por lo que tu vas hacer en cada uno de ellos.
Gracias por los enfermos que tu estás sanando ahora, que tu estás visitando
con tu misericordia.
Que lo cubras de tu sangre divina, y que a través de este mensaje tu
corazón de buen pastor hable a los corazones de tantos enfermos que van a
leerlo.
¡Gloria y alabanza a ti, Señor. ¡
PETICIÓN
Señor derrama la efusión del Espíritu Santo sobre nosotros, por estos
enfermos que te presento, que tu ya conoces, que conocías antes de haber
nacido, que conoces sus penas, sus heridas, y dolencias.
Derrama tu amor sobre ellos, dándoles el descanso en el Espíritu, que nos
sanes y nos purifiques, pero que no se haga nuestra voluntad sino la tuya,
porque dijistes que donde hay dos o tres o más en mi nombre allí estoy yo.
Reclamamos la presencia del Espíritu Santo, la luz de tu amor que derramas
sobre los hombres. Te damos gracias por la que vas hacer, hicistes o estas
haciendo en este momento.
Señor Jesucristo, dijistes pedir y se os dará, llamar y se os abrirá. Que
madre daría a su hijo una serpiente cuando le pidiera pez para comer, pues
vosotros que sois malos y dais pez a vuestros hijos, que os daré yo que soy
bueno y Santo cuando me pidáis el Espíritu Santo.
Derrama tu Espíritu sobre nosotros, dejando tu huella de amor en nuestros
corazones. Gracia y Gloria al Señor. de amor. Sabemos que el amor hecha
fuera el temor. Pasa por su vida y sana su corazón.
Sabemos Señor que tú lo haces siempre que te lo pedimos, y te lo estamos
pidiendo con María nuestra Madre, ya que estaba en las bodas de Caná cuando
no había vino y tu respondistes a su deseo, transformando el agua en vino.
Cambia su corazón y darle un corazón generoso, un corazón afable, un
corazón bondadoso, darle un corazón nuevo. Haz brotar, Señor, en este
hermano-a los frutos de tu presencia. Dale el fruto de tu Espíritu que es
el amor, la paz, la alegría.
Haz que venga sobre él el Espíritu de las bienaventuranzas, para que pueda
saborear y buscar a Dios cada día viviendo sin complejos ni traumas junto a
su esposo-a junto a su familia, junto a sus hermanos.
Te doy gracias, Padre, por lo que estás haciendo hoy en su vida, te damos
gracias de todo corazón porque tu nos sanas, porque tu nos liberas, porque
tu rompes las cadenas y nos das la libertad.
Gracias, Señor, porque somos templos de tu Espíritu y ese templo no se
puede destruir porque es la Casa de Dios. Te damos gracias, Señor, que siga
extendiéndose más y más en los corazones, a través de los signos y
prodigios de tu amor.
Todo esto te lo pedimos Jesús, porque tú eres Jesús. Tú eres el buen pastor
y todos somos ovejas de tu rebaño.
Estamos tan seguros de tu amor, que aún antes de conocer el resultado de
nuestra oración, en fe te decimos Jesús por lo que tu vas hacer en cada uno
de ellos.
Gracias por los enfermos que tu estás sanando ahora, que tu estás visitando
con tu misericordia.
Gracias Jesús. Por lo que tu vas hacer a través de esta oración. Lo
depositamos en tus manos desde hoy y te pedimos que lo sumerjas en tus
santas llagas. Que lo cubras de tu sangre divina, y que a través de este
mensaje tu corazón de buen pastor hable a los corazones de tantos enfermos
que van a leerlo. ¡Gloria y alabanza a ti, Señor.
Oración después de la Comunión.
Vela, Señor, con solicitud, por las ovejas que rescataste con la Sangre preciosa de tu Hijo, para que puedan alcanzar, un día, la felicidad eterna de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Bendición solemne de Pascua.
V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Exhortación de despedida.
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, salgamos del templo dispuestos a vivir nuestra fe y a vivificar a nuestros prójimos mediante la transmisión de nuestras creencias a quienes amamos.
Canto final.
María de Nazareth,
María me cautivó,
hizo más fuerte mi fe
y por hijo me adoptó.
A veces cuando me pongo a rezar
En mis pensamientos vuelvo a soñar
Y con sentimiento a cantar
María de Nazareth.
La virgen a quien Dios padre eligió
por madre del hijo Santo de Dios, maría que nos conduce al Amor,
María de mi Señor.
Mujer que trajiste al Dios de la paz, de todos los hombres Madre serás, en nuestros caminos siempre estarás, llevándonos hasta Dios.
María que vio a Jesús caminar,
María que le ha enseñado a hablar, María la que sabía escuchar.
María de mi Señor.
(Desconozco el autor de esta canción).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 27/04/07 22:18
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