Documentos en TRIGO DE DIOS

Ocio

Geomundos

TRIGO DE DIOS

Domingo III de Pascua, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

Domingo III de Pascua, ciclo c.

Jesús se apareció a siete de sus discípulos, y ayudó a Pedro a saldar su triple negación del Mesías. Padre nuestro.

Domingo, 22-04-2007, Domingo III de Pascua del ciclo c.

Edición número 98.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo III de Pascua del ciclo c.

Canto de entrada.

EL PUEBLO DE DIOS

1- El pueblo de Dios, a oscuras andaba,
pero alguien al frente, de él caminaba.
El pueblo de Dios, era rico de nada
y sólo esperaba, poder avanzar.

También soy tu pueblo, Señor,
y estoy en camino,
me apoyo en tu mano
pues soy peregrino

2- El pueblo de Dios, también vacilaba,
a veces gustaba, creer en tu amor.
El pueblo de Dios, llorando rezaba,
pedía perdón, y recomenzaba.

También soy tu pueblo, Señor,
y estoy en camino,
si a veces no creo,
perdóname, amigo.

3- El pueblo de Dios, también tuvo hambre,
mas tú le mandaste, el pan celestial.
El pueblo de Dios cantando dio gracias
probó tu amor, amor que no pasa.

También soy tu pueblo, Señor,
y estoy en camino,
me das tu alimento
tu Pan y tu Vino.

4- El pueblo de Dios, de lejos veía,
la tierra querida, que tu amor le dio.
El pueblo de Dios corría y cantaba
y con su trabajo, su amor proclamaba.

También soy tu pueblo, Señor,
y estoy en camino,
luchando en la tierra,
con fe en mi destino.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada.

Aclamad al Señor, habitantes todos de la tierra, cantad un himno a su nombre, dadle gracias y alabadlo (SAL. 65, 1-2).

Saludo del sacerdote.

Bendito sea Dios, que en su gran misericordia nos hizo renacer por la resurrección de Jesucristo, y que su gracia esté siempre con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada.

Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Al comenzar a vivir la semana central de este tiempo de fe y esperanza, vamos a recordar cómo Jesús se les apareció a siete de sus discípulos, y cómo nuestro Señor le dio a Pedro la oportunidad de manifestarle su amor tantas veces como el primer Papa de la Iglesia Universal lo negara en la noche del Jueves Santo.
Iniciemos esta celebración eucarística diciéndole a nuestro Padre común que, a pesar de nuestra debilidad, nosotros queremos ser seguidores de Jesús, y que necesitamos que El nos fortalezca para que no fracasemos al predicarles su Palabra a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y otros conocidos.

Acto penitencial.

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. Tú, el Primogénito entre los muertos: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú, el vencedor del pecado y de la muerte: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú, la resurrección y la vida: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que El escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.

Oración colecta.

Señor, tú que nos has renovado en el Espíritu al devolvernos la dignidad de hijos tuyos, concédenos aguardar, llenos de júbilo y esperanza, el día glorioso de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes.

Monición de la primera lectura.

En la primera lectura de hoy recordaremos un relato insólito para nosotros. Los Apóstoles se alegraron de haber sido dignos de sufrir por la causa del Señor. Aunque este hecho pueda parecernos digno de masoquistas, no hemos de creer que los Apóstoles de nuestro señor eran unos fanáticos religiosos, dado que todos actuamos de la misma forma en el caso en que sean atacadas nuestras creencias, a no ser que se dé el caso de que seamos incapaces de defender aquello en lo que creemos, o que pensemos que tendremos otra oportunidad de defender nuestros planteamientos, sin correr ningún tipo de peligro.

Primera lectura.

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41.

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:
-«¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron:
- «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero.
La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial.

Cristo ha resucitado, así pues, esta realidad nos ayuda a avivar nuestra fe en el Dios que nos amó hasta el punto de permitir el sacrificio de su Unigénito por nosotros. Démosle gracias a nuestro Dios Uno y Trino por el bien que nos ha hecho.

Salmo responsorial.

R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

O bien:

R. Aleluya.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mi.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.

Monición de la segunda lectura.

Alabemos a Dios y a su Cordero, porque su amor y su poder son eternos.

Segunda lectura.

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.

Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14.

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían:
«Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.»
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya, Aleluya: Señor Jesús, haz que comprendamos la Sagrada Escritura. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas (CF. LC. 24, 32).

Monición del Evangelio.

Jesús es el pan que se parte y se comparte para alimentar a su pueblo, así pues, nuestro Señor, mediante gestos sencillos se hace amar por sus seguidores, y, por la mediación de grandes prodigios, consigue que le aceptemos en nuestro corazón.

Evangelio.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan.
R. Gloria a ti, Señor.

JN. 21, 1-19.

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
- «Me voy a pescar.»
Ellos contestan:
- «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
- «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron:
- «No.»
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
- «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
- «Traed de los peces que acabáis de coger. »
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
- «Vamos, almorzad.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
El le contestó:
- «SI, Señor, tú sabes que te quiero. »
Jesús le dice:
- «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta:
- «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta:
- «SI, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice:
- «Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
- «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
- «Sígueme.»

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

Jesús se les apareció a siete de sus discípulos.

Durante el tiempo de Cuaresma hemos meditado sobre la necesidad que tenemos de convertirnos a nuestro Señor. Esa necesidad se hace trascendental para nosotros cuando tenemos la oportunidad de experimentar la Resurrección de Jesús en nosotros, y ello sucede cuando tenemos la sensación de que nuestro Señor se nos ha manifestado. El Domingo anterior recordamos la aparición de nuestro Señor a diez de sus Apóstoles, y, en esta ocasión, San Juan nos recuerda que Jesús se les apareció a siete de sus más fieles seguidores en el lago de Tiberíades.
"Poco después se apareció Jesús otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. El hecho ocurrió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás "el Mellizo", Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Pedro les dijo: -Me voy a pescar. -Vamos contigo- dijeron los otros. Salieron juntos y subieron a la barca; pero aquella noche no lograron pescar nada" (JN. 21, 1-3).
En cierta forma, el relato que estamos meditando es paralelo con la narración que ocupa los primeros once versículos del capítulo cinco de la segunda obra de San Lucas. "Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón (Pedro), le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud" (LC. 5, 1-3). En el relato lucano aparece Jesús predicándoles a sus oyentes, y pidiéndole a Simón que le prestara su barca para predicar desde el lago. Pedro y sus compañeros acababan de llegar de pescar, o mejor dicho, de intentar pescar, dado que la noche de trabajo que habían vivido había sido pésima. Quizá lo que Pedro y sus compañeros necesitaban era una charla mesiánica después de regresar de su trabajo infructuoso sabiendo que tenían que decirles a sus familiares que no habían podido ganar ningún dinero para alimentarlos, en términos irónicos. No sabemos cuál fue la razón por la que Pedro quiso prestarle su barca a Jesús, pero él se prestó a hacer lo que el Mesías quería, quizá porque creía en El, o quizá para demostrarle a Jesús lo que significa vivir en la miseria.
"Cuando (Jesús) terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red" (LC. 5, 4-5). Simón le dijo a Jesús que estaba dispuesto a echar la red porque confiaba en El. Imaginemos que tenemos un trabajo que nos deja muy pocos beneficios, y que nos encontramos con un predicador que nos dice que tiene la solución para hacer productivo nuestro trabajo. La verdad es que las palabras de nuestro predicador imaginario sonarían muy irónicas.
En el Evangelio de hoy, Pedro y sus compañeros aparecen en la orilla del lago de Tiberíades nuevamente, y, al meditar sobre la situación que ellos vivían en la primera Pascua de Resurrección, tenemos la inevitable impresión de que se encontraban perdidos, dado que se habían separado de sus familiares y habían dejado sus pertenencias para seguir a Jesús, de forma que El lo había sido todo para ellos, así pues, no es extraña la soledad que embargaba a los seguidores del Nazareno, una vez que tuvieron que comenzar a aprender a vivir nuevamente sin tener al Mesías físicamente junto a ellos.
Pedro les dijo a sus compañeros que se iba a pescar, porque él había sido pescador antes de conocer a Jesús, y quizá porque deseaba estar solo para poder orar y aclarar sus ideas. Es verdad que tal como vimos el domingo anterior Jesús les dio a sus Apóstoles instrucciones para que se pusieran en camino nuevamente para evangelizar a quienes quisieran oír su mensaje, pero ellos no supieron lo que habían de hacer, hasta que el Espíritu Santo les inspiró las decisiones que habían de tomar para iniciar la evangelización de judíos y paganos.
Pedro se encontró con que sus compañeros no querían dejarlo solo. Ellos habían pasado tres años muy unidos, y, el hecho de estar juntos, les fortalecía, pues les ayudaba a recordar las palabras y las obras del Hijo de Dios y de María. Aquella noche en el lago debió ser muy larga por el sufrimiento que embargaba el corazón de los amigos de nuestro Señor, y muy corta, porque, en la soledad del lago, tuvieron la oportunidad de hablar de cosas de las que sólo pueden hablar quienes confían plenamente en quienes les rodean.
"cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis" (JN. 21, 4-6). Como Jesús no fue reconocido por sus Apóstoles, nuestro Señor, al igual que se dio a conocer en el relato lucano de la pesca milagrosa realizando un milagro, en esta ocasión, volvió a llenar de peces las redes de Simón, con el fin de que sus seguidores pudieran volverlo a conocer.
En el Evangelio de San Lucas leemos: "Y habiéndolo hecho (echaron la red al agua), encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía" (LC. 5, 6).
En JN. 21, 6, leemos: "Así lo hicieron, y la red se llenó de tal cantidad de peces, que apenas podían moverla".
"el discípulo a quien Jesús tanto quería dijo a Pedro: -¡Es el señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor, se puso la túnica (pues estaba sólo con la ropa de pescar) y se lanzó al agua" (JN. 21, 7). Juan reconoció a nuestro señor al ver que la red se llenó de peces, pero no se lanzó al agua como lo hizo Pedro para encontrarse cuanto antes con el Mesías. ¿Por qué se lanzó Pedro al agua?
"Los otros discípulos, como la distancia que los separaba de tierra era sólo de unos cien metros, llegaron a la orilla en la barca arrastrando la red llena de peces. Cuando llegaron a tierra vieron un buen rescoldo de brasas, con un pescado sobre ellas (Jesús siempre aporta algo a los banquetes en los que participa), y pan. Jesús les dijo: -Traed ahora algunos de los peces que habéis pescado. Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, no se rompió la red" (JN. 21, 8-11). Jesús les habló a sus discípulos de los peces que habían pescado, así pues, El hizo el milagro de la aparición de los citados peces, pero, por humildad, sólo se refirió al trabajo que ellos hicieron. Por otra parte, ¿por qué fue Pedro el que corrió sin pensárselo a la barca para sacar los peces de la misma, y no uno de sus compañeros?
"Jesús les dijo: -Acercaos y comed. A ninguno de los discípulos se le ocurrió preguntar: "¿Quién eres tú?", porque sabían muy bien que era el señor" (JN. 21, 12). San Juan deja muy claro que en aquella ocasión, los Apóstoles que tuvieron la dicha de comer con el Mesías, creyeron que Jesús se les había aparecido.
"Jesús, por su parte, se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; lo mismo hizo con los peces" (JN. 21, 13). Recordemos el siguiente versículo del pasaje de la vivencia de los discípulos que huyeron de Jerusalén a Emaús, por miedo a las represalias que los enemigos de nuestro Señor podían tomar contra ellos: "¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría (explicaba) las Escrituras?" (LC. 24, 32). Sabemos que a nuestro Señor le gustaba mucho comer con sus seguidores, pues en ese tiempo El les impartía sus enseñanzas, y todos se contaban sus vivencias, de forma que todos se enriquecían de las vivencias de sus prójimos. Actualmente cuando comemos vemos la TV, escuchamos la radio, leemos la prensa, comemos con mucha prisa porque siempre tenemos cosas importantes que hacer, y no nos percatamos de que interferimos con nuestra actitud negativamente en las relaciones que mantenemos con quienes viven bajo nuestro techo.
"Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado. Terminada la comida, Jesús preguntó a Pedro: -Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que estos? Pedro le contestó: -Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: -Apacienta mis corderos" (JN. 21, 14-15). Hemos visto cómo Pedro se desvivía durante la vivencia de la aparición de nuestro señor que estamos meditando por obedecer a Jesús, así pues, nos hemos preguntado: ¿Por qué Pedro se adelantaba a sus compañeros sin pensárselo un segundo a la hora de hacer lo que nuestro señor les pedía? Al meditar esta última parte del Evangelio de hoy, encontramos la respuesta a esta pregunta. Pedro estaba muy arrepentido de haber negado a Jesús, aunque no se atrevía a decírselo a nuestro señor abiertamente, ora porque temía no ser aceptado nuevamente junto a sus amigos por el Mesías, ora porque la mayoría de sus compañeros estaban delante de él y de Jesús, lo cuál bien podría haber hecho aquella situación más difícil para él.
Nos preguntamos: ¿Por qué le preguntó Jesús a Pedro que si él lo amaba más de lo que lo amaban sus compañeros? Sabemos que Pedro era muy impulsivo, así pues, él tenía que aprender a obedecer al Señor, pero no guiado por sus impulsos, sino conducido por los impulsos del Espíritu Santo.
Cuando Pedro saldó la primera negación del Señor, Jesús le pidió que apacentara a sus corderos, que cuidara de la Iglesia que habría de nacer a partir de Pentecostés.
"Jesús volvió a preguntarle: -Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: -Sí, señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: -Cuida de mis ovejas" (JN. 21, 16). Jesús le preguntó a Pedro que si lo amaba por segunda vez. Jesús no le exigió a Pedro que lo amara más de lo que lo hacían sus compañeros, pues El se contentaba con el hecho de ser amado por el Príncipe de los Apóstoles. Pedro saldó su segunda negación del señor.
"Por tercera vez le preguntó Jesús: -Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció al oír que le preguntaba por tercera vez si le amaba, y contestó: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Entonces Jesús le dijo: -Apacienta mis ovejas" (JN. 21, 17). Pedro entendió probablemente que Jesús le preguntaba si lo amaba irónicamente, dado que él lo había negado tres veces durante la noche de su Pasión, pero Jesús intentaba afirmarlo en su fe y en el cumplimiento de su deber.
Como aquél que no quería que nuestro señor le lavara los pies durante la celebración de la última Cena porque se sentía pecador debió pensar que su manifestación verbal de amor hacia el señor no era suficiente para saldar su triple negación del Hijo de María, nuestro señor le dijo: "-Escucha lo que te digo: cuando eras más joven, tú mismo te ajustabas la túnica con el cinturón e ibas a donde querías; pero, cuando seas viejo, tendrás que extender los brazos y será otro quien te atará y te conducirá a donde no quieras ir. Jesús se expresó en estos términos para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Acto seguido dijo: -Sígueme" (JN. 21, 19). Jesús le dijo a Pedro que él sentiría que había saldado su deuda con El cuando fuera crucificado, tal como le sucedió a su Maestro. La Historia nos dice que Pedro fue condenado a ser crucificado acusado de sedición, aunque una tradición muy antigua nos dice que él quiso morir crucificado como les sucedía a los sediciosos, porque no se consideraba digno de morir como lo hizo nuestro Señor.

Oración de los fieles

V. Invoquemos, amados hermanos y hermanas, a Cristo, triunfador del pecado y de la muerte que siempre intercede por nosotros:

Respondemos a cada petición: Escúchanos, Señor.

V. Por todos los cristianos religiosos y laicos, para que la vivencia de la Pascua, la Asunción y Pentecostés, nos inste a seguir convirtiéndonos al Señor, para que él nos lleve a la presencia de nuestro Padre común el día en que le entreguemos nuestro Espíritu al Padre de la misericordia, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, el Señor, atraiga hacia su corazón a los fieles y fortalezca sus voluntades, de manera que busquen los bienes de allá arriba, donde él está sentado a la derecha de Dios, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, rey supremo de la creación, haga que todos los pueblos gocen abundantemente de la paz que en sus apariciones otorgó a los discípulos, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, el destructor de la muerte y el médico de toda enfermedad, se compadezca de los débiles y desdichados y aleje del mundo el hambre, las guerras y todos los males, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, el Señor, salve y bendiga nuestra comunidad y conceda la paz, la alegría y el descanso en las fatigas a los que hoy nos hemos reunido aquí para celebrar su triunfo, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Dios nuestro, que en este día, memorial de la Pascua, has reunido a tu Iglesia que peregrina por el mundo, escucha nuestra oración y abre nuestros corazones para que entendamos las Escrituras y reconozcamos a tu Hijo al partir el pan. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Canto del Ofertorio.

EN LA PATENA

1- En la patena queremos, Señor,
vida y trabajo poner,
nuestros esfuerzos, pequeña oblación,
todos unidos en fe.
Nazca con fuerza en el corazón,
una esperanza al saber.

Saber que vendrás, saber que estarás
partiendo a los pobres tu pan.

2- Por los que llevan clavado el dolor,
por los que luchan sin fe,
por los que viven muriendo, Señor,
por los que no ven tu luz,
suba en el Cáliz la humilde oración,
suba un anhelo de amor.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas

Acepta, Señor, los dones que te presentamos llenos de júbilo por la resurrección de tu Hijo, y concédenos participar con él, un día, de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio de Pascua II.

La nueva vida en Cristo.

V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Por él, los hijos de la luz nacen a la vida eterna; y a los creyentes se les abre las puertas del Reino de los cielos; porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos. Por eso, con esta efusión del gozo pascual, el mundo entero está llamado a desbordar de alegría, con los coros celestiales que ya cantan un himno a tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión.

Jesús dijo a sus discípulos: vengan a comer, y tomó el pan y se lo dio. Aleluya. (CF. JN. 21, 12-13).

Canto de la Comunión.

EN LA POSTRERA CENA

1- En la postrera Cena,
antes de su Pasión,
dijo el Señor las frases
de la consagración:

2- "Tomad, éste es mi Cuerpo,
ésta mi Sangre es,
que por el mundo entrego".
¡Misterio de la Fe!

3- Después hacia el Calvario
para morir marchó
y en una cruz clavado
su Sangre derramó.

4- Católicos hermanos,
sedientos de su amor,
en su memoria hagamos
lo que El nos ordenó.

5- Comamos de su Carne
que es Pan de eternidad,
bebamos en su Sangre
la vida celestial.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión.

Evangelio: Jn 20,11-18

Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
Le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.»

Silencio
Como María, ¿buscamos a Jesús o nos desanimamos porque muchas veces no sabemos dónde encontrarle?
Silencio

Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dijo: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»

Silencio
Cuando Dios parece estar ausente ¿buscamos respuestas fáciles y rápidas?
Silencio

Jesús le dijo: «María.» Ella se volvió y le dijo en hebreo: «Rabboni» —que quiere decir: «Maestro»— Jesús le dijo: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.»

Silencio
Encontrar a Jesús no quiere decir apropiarnos de él, sino convertirle en nuestro maestro.
Silencio

Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Silencio
¿Soy testigo de Jesús Resucitado?
Silencio

Oración
¿Dónde estás, RESUCITADO?
En la lluvia y en la flor,
en el gozo y en la pena
y en el beso del amor (...).
¿Dónde estás, suplico, AMIGO?

En la noche de la espera,
en el alba de la vida,
en el viento de la sierra,
en la tarde despoblada,
en el sueño que no sueña,
en la niña enamorada,
en el hambre desgarrada
y en el pan para la mesa,
en el hombre que me busca
y en aquel que se me aleja,
en el canto del hogar
y en el llanto de la guerra,
en el gozo compartido
y en la aislada amarga pena (...).

En el silencio sellado
y en el grito de protesta,
en la cruz de cada día
y en la muerte que se acerca,
en la luz de la otra Orilla
y en mi Amor como respuesta.

Que ¿dónde estoy me preguntas?
Vivo y camino en la tierra
peregrino hacia Emaús
para sentarme a tu mesa,
que al partir de nuevo el pan
descubrirás mi Presencia.

Que ¿dónde estoy me preguntas?
Estoy aquí con vosotros,
con el alma en flor despierta
en esta Pascua de Amor
galopando por las venas
de vuestra sangre empapada
de un Dios que vive y que sueña.

Que ¿dónde estoy me preguntas?
Desnúdate a la sorpresa,
abre los ojos y mira
hacia dentro y hacia fuera,
que en el lagar del dolor
y en la noria del amor,
Yo, tu Dios, llamo a la puerta.

Que ¿dónde estoy me preguntas?
Resucitado a tu vera.
Gritad conmigo: ¡Aleluya!
Ha merecido la pena.
Seréis testigos, amigos,
de esta verdad verdadera:
RESUCITÉ DEL SEPULCRO
Y CIELO SE HIZO LA TIERRA.

Que ¿dónde estoy me preguntas?
En tu vida es la respuesta.

(Antonio Bellido Almeida, Mérida).
(Texto extraído de:
http://www.pazybien.org
).

Oración después de la Comunión

Mira, Señor, con bondad a estos hijos tuyos que has renovado por medio de los sacramentos, y condúcelos al gozo eterno de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida.

Después de recibir a nuestro Señor en la Eucaristía, sigamos realizando nuestras actividades ordinarias, y comprometámonos a imitar a nuestro Señor, en su forma de servir a nuestro Criador en sus prójimos.

Canto final.

Te vengo a pedir, (2)
¡oh Madre de Dios,!
que ruegues por mí (2)
a nuestro Señor.
 
Te vengo a pedir,(2)
por tu intercesión,
amar como Tú,
llevar a Jesús
en mi corazón.

Yo quiero crecer (2)
en fe y oración;
Como Madre pones en marcha la ternura,
en los pobres pones en marcha la esperanza,
porque todo tu ser le diste sin reservas,
por ser la creyente fiel, Bendita Serás Llamada.

Con la Iglesia en sus comienzos tu estuviste,
compañera de luchas, penas y esperanzas,
porque hoy vas caminando al lado de tu pueblo,
por ser la creyente fiel, Bendita Serás Llamada.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 12/04/07 17:10

Ir a secciones de documentos

Ir a Pascua

Comentarios

Servicios Recomendados

Juegos gratis online

¡Atención, jugadores! Los juegos online de Geomundos se actualizan constantemente, y también te los puedes descargar a tu PC para jugar offline.

¿Conoces el chat con perfiles?

Ahora puedes ver la cara de con quién hablas, agregarlos a tu agenda y enviarles mensajes incluso cuando no están conectados.

Gana regalos directos

¿Conoces los puntos Geomundos? Gana puntos por jugar, hacer encuestas, registrarte, comprar online... ¡Y canjéalos por cualquiera de los más de 100 regalos disponibles!

Crea tu propia comunidad

¿Tienes algo que contar? Publica tus textos, fotos, enlaces… Es fácil y divertido. ¡Disfruta viendo subir tu contador de visitas!

Titulares de prensa

¿Qué pasa en el mundo ahora mismo? Consulta los titulares de los principales medios de comunicación de un vistazo.

¡Consíguelo gratis!

30 MeeTokens para personalizar tu Windows Live MessengerMeeZone te propone la manera más divertida de personalizar tu Windows Live...

Gana regalos por jugar, hacer encuestas, registrarte en portales y con tus compras online...

Acceso al Club

Recomendados