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Domingo II después de Navidad, ciclo a. en TRIGO DE DIOS

Domingo II después de Navidad, ciclo a.

Jesús nos ha hecho hijos de Dios. Padre nuestro

Domingo, 2-01-2005, Domingo II después de Navidad

Edición número 10

En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.

Sagrarios vivos

Domingo II después de Navidad

Antífona de entrada

Cuando un profundo silencio envolvía todas las cosas y la noche estaba a la mitad de su camino, tu Palabra omnipotente Señor, descendió de los cielos, desde tu trono real (Sab. 18, 14-15).

Saludo inicial del sacerdote

La paz y el amor de Dios, nuestro Padre, que se han manifestado en Cristo, nacido para nuestra salvación, estén con vosotros.
R. Y con tu espíritu

Cantemos o recitemos con gran devoción el Gloria, pidiéndole a Dios perdón porque hemos transgredido conscientemente el cumplimiento de su Ley, y elevemos nuestras peticiones al cielo.

Monición de entrada

Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre. Iniciemos esta celebración eucarística pidiéndole a nuestro Señor que se nos siga manifestando para que nuestro corazón, marcado por la desconfianza, se abra a él y esté dispuesto a recibirlo.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, luz de los que creen en ti, dígnate llenar el mundo con tu gloria y manifestarte a todos los pueblos por el esplendor de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de la Palabra

Lecturas:

1. La sabiduría habita en medio del pueblo elegido (Si. 24, 1-4. 12-16). Libro sapiencial. Obra de sabios. Los sabios de Israel han llegado muy lejos en sus especulaciones. No era para menos: sentían tras sí la poderosa mano de Dios. Han llegado a personificar la sabiduría. Han agruesado los brazos y han alargado los rasgos. La sabiduría ha crecido a Sabiduría. La han relacionado, e identificado, con la ley y la Palabra de Dios. La han separado de Dios y le han dado consistencia propia, una como existencia aparte. Es una concepción admirable. La sabiduría, sin embargo, como la ley, es obra de Dios, procede de Dios. Con todo, está por encima de los siglos. Los sabios han preparado así, movidos por el Espíritu Santo, un camino, un lenguaje para acercarse, cuando llegue el tiempo, al misterio del Hijo de Dios: Palabra y Sabiduría de Dios.

2. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros (Sal. 147, 14-15. 15-20). Jesucristo es, por la entrañable misericordia de nuestro Padre común, la buena nueva, el Evangelio que Dios nos ha entregado como guía o camino de santificación. La vida y la obra de nuestro Señor constituyen el gran acontecimiento que se ha grabado en el transcurso de la Historia como ningún otro lo ha hecho. Jesús es la gran bendición con que Dios se nos ha manifestado. Al comulgar a Jesús Eucaristía, calmaremos nuestra sed y nuestra hambre. Dios se hizo hombre para salvar al hombre. Jesús es el gran don de Dios a la humanidad. Entonemos o escuchemos la pausada lectura del bello fragmento del Salmo de alabanza que será proclamado a continuación, teniendo presente que, nosotros, los hijos de la Iglesia, somos los miembros del Cuerpo de Cristo, un Cuerpo del que nuestro Hermano es la cabeza.

3. Nos predestinó a ser hijos adoptivos por Jesucristo (Ef. 1, 3-6). En el himno con que San Pablo inicia su Carta a los Efesios, el Apóstol nos narra con gran belleza la gran obra con que Jesús nos ha redimido.

4. Aleluya, Aleluya: El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn. 1, 14). El Evangelio que será proclamado a continuación es considerado por nosotros varias veces durante el tiempo de Navidad. Con la reflexión del citado texto nos gloriamos el pasado día 25 de diciembre, en la celebración del Nacimiento de Jesús. El pasado día 31, este texto nos hacía pensar, mientras que hacíamos nuestro particular examen de conciencia, si durante el pasado año nos habíamos consagrado al fiel cumplimiento de la voluntad de Dios. En el segundo día del año que acabamos de comenzar a vivir, los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, nos apremiarán para que vivamos exclusivamente para servir a Dios en nuestros prójimos.

5. (Jn. 1, 1-18).

Homilía:

1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento con respecto a la Persona de Jesús y su obra redentora, para que nos dispongamos a imitar las virtudes de nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de sí: ""Soy el Alfa y la Omega"" (Apoc. 1, 8). Nuestro Señor se define a sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1, 29). Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestra vida en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.
2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque nuestro Señor tuvo un comienzo existencial al encarnarse en Santa María Virgen, nuestro Señor ha existido siempre, porque "Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de todo lo creado" (Col. 1, 15). Jesús es un reflejo de nuestro Padre común. Los cristianos valoramos a las personas según el comportamiento que observamos en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: "él (Dios), es quien nos ha rescatado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, del que nos viene la liberación y el perdón de los pecados" (Col. 1, 13-14). El Evangelista nos dice: "Cuando todas las cosas comenzaron, ya existía aquel que es la Palabra" (Jn. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de nuestro Criador, la Palabra de nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o
tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas. A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio: "En efecto, de su plenitud todos hemos recibido bendición tras bendición" (Jn. 1, 16).
San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: "Y aquel que es la Palabra vivía junto a Dios y era Dios. Junto a Dios vivía cuando todas las cosas comenzaron" (Jn. 1, 1 b 2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra, es decir, "Todo fue hecho por médio de él y nada se hizo sin contar con él. Cuanto fue hecho era ya vida en él, y esa vida era luz para los hombres; luz que resplandece en las tinieblas y que las tinieblas no han podido sofocar" (Jn. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque Dios nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de
nuestra vida, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y nosotros. Quizá nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. La ambición es positiva siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.
3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: "En el mundo estaba, y, aunque el mundo fue hecho por él, el mundo no le reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (Jn. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: Jesús "pasó por todas partes haciendo el bien" (Hch. 10, 38). ¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad? ¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas? ¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?
4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestro corazón: "A cuantos le recibieron y creyeron en él les concedió el llegar a ser hijos de Dios. Estos son los que nacen no por generación natural o porque el hombre lo desee, sino porque tienen por Padre a Dios" (Jn. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como a nuestro Padre, así pues, en la revisión de la versión de la Biblia de Casiodorode de Reina fechada en el año 1609 que se llevó a cabo en el año 1960, en el versículo 13 del capítulo 1 del Evangelio de Juan, se dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues ellos nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Dios les ha creado para
colmarles el corazón de gloria. éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol: "Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros; vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1, 14).

Oración de los fieles

V. Jesús es la Palabra de Dios, el designio de nuestro Padre común, la fuerza que nos ayuda a vencer las dificultades que hemos de afrontar a lo largo de nuestra vida, y la esperanza que nos llena el corazón de júbilo. Respondemos a cada petición: Jesús, Verbo de Dios, danos a conocer tu verdad, la verdad que nos hará libres (Cf. Jn. 8, 32).

1. Por Juan Pablo II, los obispos y todos los religiosos, para que su ejemplo de contemplación y su actividad en el mundo nos comuniquen a los laicos que Dios está con nosotros.
2. Para que los laicos comprometidos con la Evangelización activa no nos cansemos de ser transmisores del Verbo divino.
3. Para que los enfermos no pierdan la fe, la esperanza y la paciencia, y para que todos los que les miremos podamos aplicarnos las palabras del cantor de la esperanza: "El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora" (Is. 50, 4).
4. Por los padres y los educadores, para que sean fieles transmisores de la verdad de Dios.
5. Para que el Verbo de Dios sea el consuelo de los huérfanos, los pobres, las viudas, y los ancianos.
6. Añadir nuevas intenciones.

V. Padre nuestro, escucha las oraciones que confiadamente elevamos al cielo, en el día en que nos hemos congregado para recibir el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo Jesucristo en esta celebración dominical, para vivir como fieles Apóstoles de tu Palabra. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Santifica, Señor, estas ofrendas, en virtud del nacimiento de tu Hijo, por el cual nos revelas el camino de la verdad y nos prometes la vida del Reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

A todos los que lo recibieron, les dio el poder para llegar a ser hijos de Dios (Jn. 1, 12).

Oración después de la Comunión

Señor, Dios nuestro, te pedimos humildemente que el Sacramento que acabamos de recibir, nos purifique de nuestras faltas y haga que se realicen nuestros legítimos deseos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne de Navidad

V. Que Dios, cuya infinita bondad disipó las tinieblas del mundo con la encarnación de su Hijo e iluminó este día, con su nacimiento glorioso, aleje de vosotros las tinieblas del pecado y alumbre vuestros corazones con el esplendor de las virtudes.
R. Amén.
V. Que llene vuestros corazones de su alegría y os haga mensajeros del Evangelio el mismo que encomendó a sus ángeles anunciar a los pastores el gran gozo del nacimiento del Salvador.
R. Amén.
V. Y que os colme de su paz y de buena voluntad y os conceda participar un día de la Iglesia celeste, aquel que, por la Encarnación de su Hijo, unió la tierra con el cielo.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.

Exhortación de despedida

Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, volvamos a nuestras tareas ordinarias con la intención de comunicarles a nuestros familiares y amigos que, el Dios Trinidad, es el sentido de nuestra existencia.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 17/04/07 23:45

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