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Domingo II de Pascua, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

Domingo II de Pascua, ciclo c.

Jesús se apareció a diez de sus Apóstoles, hizo que Tomás recuperara su fe perdida, e instittuyó el Sacramento de la Penitencia. Padre nuestro.

Domingo, 15-04-2007, Domingo II de Pascua del ciclo c. Domingo de la Divina Misericordia.

Edición número 97.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo II de Pascua del ciclo c. Domingo de la Misericordia.

Canto de entrada.

JUNTOS CANTANDO LA ALEGRIA

Juntos cantando la alegría
de vernos unidos en la fe y el amor;
juntos sintiendo en nuestras vidas,
la alegre presencia del Señor.

1- Somos la Iglesia peregrina que El fundó,
somos un pueblo que camina sin cesar;
entre cansancios y esperanzas hacia Dios,
nuestro amigo Jesús nos llevará.

2- Hay una fe que nos alumbra con su luz,
una esperanza que empapó nuestro esperar,
aunque la noche nos envuelva en su inquietud,
nuestro Amigo Jesús nos salvará.

3- Es el Señor, nos acompaña al caminar.
Con su ternura a nuestro lado siempre va;
si los peligros nos acechan por doquier,
nuestro amigo Jesús nos salvará.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada.

Como niños recién nacidos, desead una leche pura y espiritual que os haga crecer hacia la salvación. Aleluya (1 PE. 2, 2).

O bien:

Celebren con alegría su victoria dando gracias a Dios que los llamó a su reino celestial. Aleluya (ESD. 2, 36-37).

Saludo del sacerdote.

El Dios de la vida, que ha resucitado a Jesucristo, rompiendo las ataduras de la muerte, esté con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada.

Jesús se les apareció a sus discípulos al finalizar el primer día de Pascua para enviarlos a evangelizar a quienes quisieran escuchar el mensaje que ellos habían de predicarles y para llenar el corazón de sus fervientes seguidores del Espíritu Santo. Jesús instituyó el Sacramento de la Penitencia para enseñarnos que podemos corregir nuestros errores.
Iniciemos esta celebración pidiéndole a nuestro Padre común que nos envíe al Espíritu Santo, para que podamos ser sus hijos, y para que no sucumbamos ante la vivencia de nuestras miserias.

Acto penitencial.

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

Todos. Yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro señor.

V. Tú que has destruido el pecado y la muerte con tu resurrección: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tu que has renovado la creación entera con tu resurrección: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que das la alegría a los vivos y la vida a los muertos con tu resurrección: señor, ten piedad.
V. Señor, ten piedad.

V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que El escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.

Oración colecta.

Dios de eterna misericordia, que reavivas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros tu gracia, para que comprendamos a fondo la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha dado una vida nueva y de la Sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Lecturas eucarísticas precedidas de sus correspondientes moniciones.

Monición de la primera lectura.

Pidámosle a nuestro Padre común que aumente nuestro deseo de imitar a los miembros de la primitiva Iglesia de Jerusalén, a aquellos antepasados nuestros que eran llamados nazarenos porque eran seguidores de Jesús el Nazareno, pues, en los días en que estamos celebrando la Resurrección de Jesús, es importante que nos concienciemos y aunamos esfuerzos como si de las obras que tenemos que llevar a cabo dependieran nuestra salvación y la redención del mundo.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, 5, 12-16.

Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacia lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno.
Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del Salmo responsorial.

Cristo nuestro Señor, es la piedra angular sobre la que se fundamenta la Iglesia, de la que nosotros, los católicos, hemos recibido la fe que caracteriza nuestra forma de pensar y nuestro modo de proceder.

Salmo responsorial.

SAL. 117, 2-4. 22-24. 25-27a.

R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

O bien:

R. Aleluya.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R.

Monición de la segunda lectura.

Aceptemos a nuestro Hermano y Señor como vencedor de la muerte y de la adversidad que caracteriza nuestra existencia.

Segunda lectura.

Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.

Lectura del Apocalipsis, 1, 9-11a. 12-13. 17-19.

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra, de Dios, y haber dado testimonio de Jesús.
Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía:
- «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia. »
Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho.
Al verlo, caí a sus pies como muerto.
El puso la mano derecha sobre mí y dijo:
- «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.
Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.»

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, señor.

Aleluya, Aleluya: Porque me has visto, Tomás, has creído, - dice el Señor-.
Dichosos los que crean sin haber visto (JN. 20, 29). Aleluya.

Monición del Evangelio.

Pidámosle a nuestro Señor que nos conceda su paz, que nos envíe al Espíritu Santo para que culmine nuestra santificación, y que, por la vivencia de los hechos buenos y adversos que hemos de vivir, aumente nuestra fe en El.

Evangelio.

Ocho días después se les apareció Jesús.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan.
R. Gloria a ti, Señor.

JN. 20, 19-31.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. » Tomás, uno
de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
- «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. »
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: - «¡ Señor Mío y Dios Mío!» Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía:

¿De qué nos ha servido el hecho de celebrar la Semana Santa?

Estimados hermanos y amigos:
Independientemente de que durante los días de la Semana Santa tuviéramos la oportunidad de tener unos días de descanso o de si tuvimos que trabajar, todos los creyentes católicos tuvimos la oportunidad de celebrar la Pasión de nuestro Hermano y Señor Jesucristo, y todos lo hicimos en conformidad con nuestra fe y con las oportunidades que tuvimos de dejar nuestros quehaceres ordinarios para adentrarnos en la meditación de los misterios centrales de nuestra fe. Aunque el Domingo anterior iniciamos la celebración de la octava de Pascua, al volver a dedicarnos exclusivamente a la realización de nuestras actividades ordinarias, y, por tanto, al toparnos de frente con nuestra realidad que encierra en sí algo de frialdad porque nuestro mundo se rige por la necesidad de prestigio, dinero y poder que todos tenemos en cierta forma si queremos ser "alguien" importante, nos preguntamos: ¿De qué nos ha servido el hecho de celebrar la Semana Santa? ¿Qué transformación hemos constatado en nuestra vida por cuya existencia podamos demostrarnos que Dios existe? Es cierto que durante los días del Triduo pascual muchos de nuestros hermanos -y muchos que no son allegados a la Iglesia- se han emocionado hasta el punto de vertir lágrimas porque los predicadores que han dado la cara por dios ante ellos han sabido llegar a descubrir sus sentimientos más profundos al describir con palabras bellas y cortantes por su claridad el sufrimiento de Jesús y de nuestra Santa Madre, pero, una vez concluidas las citadas celebraciones, al volver a su vida ordinaria, se hacen muchas preguntas a las cuales no encuentran respuestas coherentes, y, en vez de investigar las citadas cuestiones convenientemente, toman la decisión de volver a alejarse de la Iglesia, hasta que llegue la Semana Santa del año próximo. Todos los años, durante las primeras semanas de Pascua, recibo mensajes de correo semejantes al siguiente:
"el Domingo de Pascua estaba convencido de que Jesús había resucitado, pero, después de hablar de este tema con mis familiares y con algunos de mis amigos, he vuelto a dejar de creer en Dios. Me surgen dudas con respecto a la confesión, el pecado, la Misa -me cuesta creer que Jesús se deje comer literalmente-... El sacerdote que predicó el retiro espiritual que he vivido recientemente en la Semana Santa me ayudó a descubrir mis sentimientos y me ayudó a solucionar algunos de mis problemas, así pues, llevaba más de quince años sin llorar, y él me enseñó a tener un corazón de carne, pero, al volver al mundo, me he dado cuenta de que la sensiblería no me ayudará a resolver nada...".
Deseo que quienes queráis resolver vuestras dudas relacionadas con vuestra fe sepáis que me tenéis a vuestra disposición a través de mi dirección de correo electrónico para lo que os pueda servir. Es preciso que sepáis que la vida de los cristianos comprometidos con la Evangelización nunca ha sido ni será fácil. Muchas veces, cuando me refiero a las dificultades que tenemos los predicadores, mis oyentes y lectores me preguntan: ¿Por qué os complicáis la vida los cristianos practicantes? Yo les respondo a mis interlocutores: Quienes de ustedes sois padres sabéis perfectamente que sacar adelante a vuestros hijos no es fácil, y, sin embargo, lucháis hasta que ellos se independizan y viven por sí mismos. Nosotros damos la cara por Cristo porque ese hecho es tan importante como nuestra vida. El ideal de Cristo es nuestro ideal. ¿A quién no le merece la pena defender sus creencias cuando las mismas son atacadas?
Uno de los temas sobre los que más me han insistido mis lectores durante los últimos días es el Sacramento de la Penitencia. La gran mayoría de los que me han interrogado con respecto al citado Sacramento no comprenden la razón que justifica lo que para ellos son nuestras menciones excesivas del pecado. Dicen que siempre pensamos en el arrepentimiento, como si nosotros fuéramos los únicos que hay en el mundo que podemos ser denominados como "buenos". Yo les digo a los citados lectores que ningún santo ha sido santificado antes de arrepentirse, no sólo de sus pecados, sino también de sus errores. Dios ha querido que nos levantemos en cada ocasión que tengamos una caída por medio de la institución del Sacramento de la Penitencia, mediante el cuál, El nos perdona nuestros pecados y nuestros errores si nos arrepentimos de hacer el mal o si nos arrepentimos también de no haber querido enfrentarnos a nuestros problemas evitando resolver los mismos por miedo al fracaso. Nuestra debilidad no es pecaminosa, pero nuestra cobardía puede evitarnos el hecho de ser felices.
Si Jesús ha muerto y ha resucitado por nosotros, es justo que nosotros vivamos cumpliendo la voluntad de nuestro Padre común, ya que El no escatimó la vida de su Hijo para que nosotros comprendiéramos que El nos ama.
No esperemos que llegue el tiempo de nuestra ancianidad para encontrarnos con Dios, pues cuando le tengamos miedo a la muerte tendremos la pobreza irremediable de haber perdido una vida llena de fe y por tanto también cuajada de oportunidades de alcanzar la felicidad.
En algún mensaje de correo que recibí hace varios años leí que Jesús no merece la pena, pues El merece la vida. San Pablo escribió en una de sus cartas que nadie muere por un pecador, pero, en todo caso, se puede encontrar a quien esté dispuesto a sacrificarse por un justo. El Hijo de Dios se hizo Hombre y se igualó a nosotros en todo menos en el pecado, y ello no sucedió porque El no tuvo oportunidades de ensañarse con los pecadores, sino porque nuestro Hermano y Señor siempre tuvo muy claras sus ideas, y nunca se apartó del cumplimiento de la Ley de nuestro Padre común.
Hace unos días, recibí un mensaje que contenía el siguiente texto: "No sé cómo podéis alabar tanto la Biblia los cristianos, si en ese libro he leído instrucciones para tratar a los esclavos". La Biblia es un libro cuyo autor principal es Dios, aunque ello no ha impedido que los hombres plasmen sus errores en las Sagradas Escrituras. A pesar de dichos errores, si encontráis una religión cuyos adeptos dispongan de un libro que ensalce el amor como lo hace la Biblia, enseñádmelo.
El hecho de volver a realizar nuestras actividades ordinarias después de finalizar la vivencia de la Semana Santa no debe entristecernos, así pues, ese hecho probará nuestra fe y nos demostrará que nuestro Padre común nos ama, de hecho, hemos de tener presente que Jesús muere y resucita por nosotros y para nosotros en cada ocasión que celebramos la Eucaristía. Acompañemos a los discípulos de Emaús en su camino marcados por las dudas y la incertidumbre, para que Jesús se nos acerque, nos explique las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia y vuelva a ser nuestro pan compartido. Transcurrida la Semana Santa, no nos vamos a quedar mirando al Cristo dolorido, al Jesús ensangrentado ni el cadáver del Mesías, porque Cristo ha resucitado para no morir jamás.
A partir de la celebración de la Resurrección de nuestro Señor vamos a tener en cuenta nuestros pensamientos positivos, para intentar resolver nuestros problemas, así pues, de poco nos sirve el hecho de pensar que somos muy desgraciados, que hemos desperdiciado los años de nuestra juventud, que hemos desaprovechado la oportunidad de relacionarnos con nuestros familiares y amigos... Es cierto que hemos cometido algunos errores que no podemos remediar, pero ello no nos impide abrirnos al mundo para que el mundo se abra a nosotros. Existen ciertas situaciones de derrota que son insuperables, pero, en el caso de que perdamos la vida, ello significará que se terminará nuestro tiempo destinado a sufrir.
A partir de este momento vamos a pensar que nos vamos a regalar la oportunidad de ser felices. Hoy es el día en que vamos a nacer de nuevo para ser felices. No vamos a negar las dificultades que tenemos, pero nuestro sufrimiento no nos va a hacer perder nuestra dicha, porque vamos a intentar superarlo en cuanto nos sea posible hacerlo, y, si no nos podemos librar de nuestro dolor, se lo vamos a ofrecer a nuestro Padre común, porque El se encargará de hacer que el peso de nuestra cruz no nos haga caernos, y, si tropezamos y nos caemos, El encontrará la forma de levantarnos y de ayudarnos a seguir caminando. No permitiremos que las cicatrices de nuestra alma nos impidan nacer a la vida de la fe y de la gracia.
Vamos a pedirle a nuestro Padre y Dios que nos siga concediendo sus dones y virtudes, porque, a pesar de nuestra debilidad, queremos encontrar la felicidad, sirviéndolo en nosotros y en nuestros prójimos los hombres.
Vamos a aceptar la realidad tal como es. No vamos a evadir la resolución de nuestros problemas. Si Dios nos ha creado imperfectos, ello significa que no hemos de considerarnos pecadores imperdonables, porque nuestro Criador quiere que le permitamos redimirnos, a través de nuestras experiencias vitales.
Vamos a intentar evitar el hecho de aceptar los pensamientos referentes a que somos incapaces de caminar llevando nuestras cruces, pues, con una actitud serena marcada por nuestra fe cristiana y católica, podremos aprender a ser felices en medio de nuestras dificultades.
Intentaremos pensar más en lo que deseamos que en lo que temamos, para no vivir marcados por el pesimismo.
Viviremos pensando en el ahora y no nos inquietaremos ante la visión de un futuro que parece será marcado por el dolor y la incertidumbre. Jesús decía: "Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal" (MT. 6, 34).
Vamos a pensar que, si Dios nos ama, todo lo que nos sucede, nos acaece para el bien de nuestra alma, aunque algunos de los citados sucesos que vivimos nos hagan sufrir actualmente.
La vida no nos ofrece garantías de éxito cuando emprendemos actividades, pero nos concede las oportunidades que necesitamos para aprender que las rosas no tienen espinas, sino que las espinas no hacen que las rosas dejen de ser bellas.
El hecho de fracasar no significa que hemos de dejar de perseguir lo que deseamos conseguir.
En la vida no son permanentes ni el dolor ni la felicidad, así pues, aceptaremos la felicidad y el sufrimiento, para aprender que el hecho de estar vivos merece la pena.
Aunque si hiciéramos todo lo que os he dicho nos sentiríamos felices, quizá creemos que ello es una utopía, así pues, esta es la causa por la que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "Recibid el Espíritu Santo" (JN. 20, 22). Aunque la Pascua puede ser para nosotros el fin de una bella vivencia religiosa mediante la cuál hemos podido encontrar la oportunidad que tanto necesitábamos de vaciarnos de la presión que nos ahogaba, no olvidemos que también puede ser una oportunidad única para darle a nuestra vida un enfoque positivo mediante el cuál podamos aprender a ser felices y a irradiarles nuestra felicidad a nuestros prójimos.
San Juan nos dice que, cuando llegó la noche del Domingo de Pascua, los discípulos estaban reunidos en el Cenáculo con las puertas cerradas, porque les tenían miedo a los enemigos de Jesús. Se les apareció Jesús, y les dijo: paz a vosotros (CF. JN. 20, 19). Nosotros necesitamos la paz de Jesús en el mundo, en nuestra sociedad, en nuestro entorno familiar, en nuestro trabajo, y, en nuestro interior. Necesitamos la paz de Jesús para poder predicar el Evangelio en el mundo de quienes no quieren y/o no pueden creer en el Dios que no pueden ver. Necesitamos la paz de Jesús porque el hecho de no poder adaptarnos a las exigencias del mundo de los no creyentes en ciertas circunstancias nos hace sufrir.
Nuestro Señor, después de concederles su paz a sus Apóstoles, les dijo: "Como me envió el Padre, así también os envío yo a vosotros" (JN. 19, 21). Este envío de los Apóstoles que también está relacionado con nosotros, nos hace entender que la historia de nuestro Señor no concluirá cuando El sea ascendido al cielo en la celebración que viviremos en la Ascensión del Mesías, así pues, El nos enviará su Espíritu Santo en Pentecostés, para que vivamos como fieles hijos de Dios, comprometidos con la Evangelización de nuestros prójimos los hombres.
Tenemos la oportunidad de aprovechar nuestra vida al máximo para servir a nuestro Padre común y para alcanzar la felicidad negándonos a vivir aislados en el mundo de las prisas, el ruido y la soledad. ¿Desaprovecharemos esta oportunidad de alcanzar la plenitud de la dicha?

Oración de los fieles.

V. Invoquemos, amados hermanos, a Cristo, triunfador del pecado y de la muerte, que siempre intercede por nosotros:

Respondemos a cada petición: Te rogamos Señor, óyenos.

V. Para que Cristo, el Señor, atraiga hacia sí el corazón de los fieles y fortalezca sus voluntades, de manera que busquen los bienes de allá arriba, donde él está sentado a la derecha de Dios, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, amo supremo de la creación, haga que todos los pueblos gocen abundantemente de la paz que en sus apariciones otorgó a los discípulos, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, el destructor de la muerte y el médico de toda enfermedad, se compadezca de los débiles y desdichados y aleje del mundo el hambre, las guerras y todos los males, roguemos al Señor.

V. Para que Cristo, el Señor, salve y bendiga nuestra parroquia (inclúyanse en esta oración nuestras comunidades virtuales), y conceda la paz, la alegría y el descanso en las fatigas a los que hoy nos hemos reunido aquí para celebrar su triunfo, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas peticiones.

V. Dios nuestro, que en este día, memorial de la Pascua, has reunido a tu Iglesia que peregrina por el mundo, escucha nuestra oración y abre nuestros corazones para que entendamos las Escrituras y reconozcamos a tu Hijo al partir el pan. El, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Canto del Ofertorio.

MIRA NUESTRA OFRENDA

1- Mira nuestra ofrenda,
mírala, Señor,
todo te ofrecemos
para unirnos más.

Porque tu misa
es nuestra misa
porque tu vida
es nuestra vida(Bis).

2- ¿Qué podemos darte,
nuestro Creador?
Solo nuestra nada:
tómala, Señor.
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas.

Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos; tú que nos llamaste a la fe y nos has hecho nacer por el bautismo, guíanos a la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio pascual I.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este día en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo…

Antífona de la Comunión.

Acerca tu mano y reconoce el lugar de los clavos; en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Aleluya (CF. JN. 20, 27).

Canto de la Comunión.

LA GRAN NOTICIA

Esta es la gran noticia:
que Jesús resucitó;
que no hay muerte,
solo hay vida:
vida plena nos da Dios.

1- Por la Pascua Dios nos llama
a vivir en plenitud;
el camino no está marcado:
es el paso de Jesús
por la muerte a la vida,
de la sombra a su luz.

2- Alegría en el cielo
y en la tierra gozo y paz
porque Cristo ha vencido
para siempre todo mal;
con su gracia caminamos
a la fiesta celestial.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión.

Leer el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles.

Oración después de la Comunión.

Concédenos, Dios todopoderoso, que la gracia recibida en este sacramento nos impulse siempre a servirte mejor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Al concluir la celebración de la octava de Pascua recibiendo a Jesús en la Eucaristía, volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias, comprometiéndonos a orar por el Papa Benedicto XVI, y por todos los enfermos, para que nuestro Padre común les asista e ilumine, hasta que él crea oportuno llamarlos a su presencia, hasta que ellos, junto a Jesús, culminen su vivencia pascual, a través de su purificación.

Canto final.

ID Y ENSEÑAD

1- Sois la semilla que ha de crecer,
sois estrella que ha de brillar.
Sois levadura, sois grano de sal,
antorcha que debe alumbrar.
Sois la mañana que vuelve a nacer,
sois espiga que empieza a granar.
Sois aguijón y caricia a la vez,
testigos que voy a enviar.

Id amigos por el mundo,
anunciando el amor.
Mensajeros de la vida,
de la paz y el perdón.
Sed amigos, los testigos
de mi resurrección.
Id llevando mi presencia,
con vosotros estoy.

2- Sois una llama que ha de encender
resplandores de fe y caridad.
Sois los pastores que han de guiar
al Mundo por sendas de paz.
Sois los amigos que quise escoger,
sois palabra que intento gritar.
Sois Reino Nuevo que empieza a
engendrar
justicia, amor y verdad.

3- Sois fuego y savia que vine a traer,
sois la ola que agita la mar.
La levadura pequeña de ayer,
fermenta la masa del pan.
Una ciudad no se puede esconder,
ni los montes se han de ocultar.
En vuestras obras que buscan bien,
los hombres al Padre verán.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 10/04/07 22:13

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