TRIGO DE DIOS
Domingo II de Cuaresma, ciclo a en TRIGO DE DIOS
Domingo II de Cuaresma, ciclo a
Jesús se transfiguró en el monte Tabor ante sus más fieles Apóstoles.
Padre nuestro
Domingo, 20-02-2005, Domingo II de Cuaresma
Edición número 19
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.
-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Comienza el principio del fin. Diálogo entre Jesús y Satanás.
Sagrarios vivos
Domingo II de Cuaresma
Antífona de entrada
De ti mi corazón me habla diciendo: "Busca su rostro". Tu rostro estoy buscando, Señor, no me lo escondas" (Sal. 26, 8-9).
Durante el tiempo de Cuaresma, no rezaremos el Gloria, porque nos sentimos inferiores a Dios, porque la Liturgia nos ofrece muchas ocasiones para
pedirle a Dios perdón por nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y porque se nos insta a elevar nuestras peticiones al cielo desde nuestro
interior, pues nos vamos a proponer encontrar a Dios desde el desierto espiritual desde el que esperamos ser santificados.
Saludo inicial del sacerdote
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
ElDomingo anterior, comenzamos a vivir la primera de las seis semanas del tiempo de Cuaresma, meditando las tentaciones a las que Jesús fue sometido
por el diablo. En esta ocasión, la Iglesia, a través de su Liturgia, nos va a demostrar que, al vivir como fieles discípulos de Jesús, seremos transfigurados
y configurados, según la imagen espiritual del Mesías.
Oración colecta
Señor, Padre Santo, tú que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que
podamos alegrarnos en la contemplación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.
Liturgia de la Palabra
Lecturas:
1. Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios (Gén. 12, 1-4). Confiemos en nuestro Padre común como lo hizo Abram, caminando sin saber adónde había
de ir, en pos de la Palabra de Dios, pues aguardaba el cumplimiento de la promesa que le hizo nuestro Criador. Que la fe de Abraham, los Apóstoles, y todos
los Santos de todos los tiempos nos ilumine, para que nosotros también podamos caminar, confiadamente, siguiendo a Jesús, con la certeza de que alcanzaremos
la salvación, pues sabemos que Dios no defraudará a quienes creen en él.
2. Señor, que tu misericordia venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal. 32, 4-5. 18-19. 20 y 22. R.: 22). Sabemos que nuestra fe no es como
la de Abraham, así pues, a pesar de que Dios provee nuestras necesidades y nos ha ayudado a vencer muchas dificultades, aún no nos hemos decidido a creer
en él firmemente, de la misma forma que no practicamos la caridad más allá del deseo de que se nos reconozcan las buenas obras que hacemos, o porque no
hemos vencido nuestro egoísmo. Fortalezcamos nuestra fe orando, pues, si nos esforzamos, Dios estará con nosotros, para que podamos vencer nuestra debilidad.
3. Dios nos llama y nos ilumina (2 Tim. 1, 8-10). "Alabemos a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio de Cristo nos ha bendecido con toda
suerte de dones espirituales y celestiales" (Ef. 1, 3).
4. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: "Este es mi Hijo amado: escúchenlo" (Cf. Mt. 17,
5). Obedezcamos a nuestro Padre común, pues, durante todos los días de nuestra vida, nos invitará a escuchar a su Hijo.
5. Su rostro resplandeció como el sol (Mt. 17, 1-9). Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoseles con su cuerpo resucitado y glorificado.
Esforcémonos para ser en esta vida la viva imagen de Jesús.
Homilía:
1. El Evangelio correspondiente al Domingo I de Cuaresma es muy exigente, así pues, se nos propone, en el citado texto, que, imitando a Jesús, renunciemos
al ciego ejercicio del poder, a la obsesiva obtención del vanal prestigio, y al infundado deseo de obtener una gran fortuna, ahora bien, ¿qué programa
de vida nos propone nuestro Padre común, para que renunciemos al amor que muchos creyentes y no creyentes les profesan a los citados tres pilares sobre
los que fundamentan su existencia? La respuesta a esta pregunta la obtenemos en las lecturas correspondientes a este Domingo II de Cuaresma, así pues,
al renunciar a toda clase de vicios, y a la comisión de todo tipo de pecados, nuestro Padre común, nos propone que abracemos la vida sobrenatural de la
gracia. Desde nuestra perspectiva de personas débiles, nos parece inalcanzable la realización del propósito de Dios en nuestra vida, pues somos muy frágiles
para aspirar a tan alta cumbre de la felicidad de obtener nuestra más
plena realización personal, pero, a tal efecto, no debemos olvidar las palabras del Apóstol: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom. 5, 20).
Donde abundan la debilidad, la enfermedad, la pobreza, el egoísmo y otras carencias humanas, sobreabunda la gracia de Dios, que nos trasciende desde el
estado actual de nuestra naturaleza, y nos eleva a la categoría de nuestro Padre común. El precio que pagamos para alcanzar la santificación, es el hecho
de renunciar a ceder a las tentaciones a las que el diablo sometió a Jesús el Domingo anterior, no porque de ello depende nuestra salvación, sino, porque
es de bien nacidos el ser agradecidos -reza el refrán español-, y, por ello, es bueno que practiquemos la misericordia, pues, según Leví: "Felices los
misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos" (Mt. 5, 7). Más adelante, en su afán de expresar el nivel de santidad al que hemos sido llamados
por Dios, San Mateo nos transcribe las siguientes palabras con que Jesús emocionó a los oyentes del sermón del monte: "Vosotros tenéis que ser perfectos,
como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos" (Mt. 5, 48).
Abram, aquel que se convirtió en el primero de los Patriarcas del pueblo de Dios por su fe, nos es propuesto por la Iglesia, en la primera lectura correspondiente
a la Eucaristía que estamos celebrando, como modelo a imitar. El ejemplo de Abram es tan generoso que, San Pablo, en su Carta a los Romanos, afirma que
él no necesitó cumplir la Ley de Dios -que aún no había sido decretada- para suplicarle al Todopoderoso que lo salvara, pues él creyó en Yahveh, lo cuál
era más que suficiente para alcanzarle la Bienaventuranza eterna. He aquí, pues, las palabras de San Pablo: "Creyó Abraham a Dios, y esto le valió que
Dios le concediera su amistad" (Rom. 4, 3). San Pablo nos sigue hablando de Abraham: "Esperando en Dios cuando parecía cerrado todo camino a la esperanza,
creyó Abraham que llegaría a convertirse en padre de pueblos numerosos, según lo que Dios le había prometido: Tal será tu descendencia. Y no vaciló en
su fe, aun sabiendo bien que su cuerpo estaba ya consumido -tenía
casi cien años- y que el seno de Sara (su mujer) era incapaz de concebir hijos (por causa de su avanzada edad). Lejos de hacerle vacilar, la promesa de
Dios robusteció su fe. Reconoció así la grandeza de Dios, convencido plenamente de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete. Esto es lo que le
valió ser tenido por amigo de Dios. Y esas palabras de la Escritura no se refieren solamente a Abraham. Valen también para nosotros, que alcanzaremos la
amistad divina creyendo en aquel que resucitó a Jesús, nuestro Señor, quien fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para ser nuestra
salvación" (Rom. 4, 18-25).
El hecho de convertirnos en fieles imitadores de Jesús constituye nuestra felicidad, por consiguiente, San Pablo les escribió a sus lectores de Galacia:
"Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Incorporados a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción
entre judío y no judío, ni entre esclavo ni libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno. Y si sois de Cristo, también sois descendientes
de Abraham y herederos, según la promesa" (Gál. 3, 26-29). En los amigos de Cristo y descendientes de Abraham, se han de cumplir estas otras palabras del
Apóstol: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta
y santa" (Ef. 4, 23-24). "No andéis engañándoos unos a otros -les escribió Pablo a los Colosenses-. Despojaos de la vieja condición humana y convertíos
en hombres nuevos, hombres que van renovándose sin cesar a
imagen de su Creador, en busca de un conocimiento cada vez más profundo. Ya no hay fronteras de raza, religión, cultura o posición social, sino que Cristo
es todo en todos. Sois elejidos de Dios; él os ha consagrado y os ha dado su amor. Sed, pues, profundamente compasivos, benignos, humildes, pacientes y
comprensivos. Soportaos mutuamente, y así como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros, si alguno tiene quejas contra otro. Y, por encima de todo,
practicad el amor, que es la cumbre de la perfección. Que la paz de Cristo reine en vuestra vida; a ella os ha llamado Dios para formar un solo cuerpo.
Sed agradecidos. El mensaje de Cristo llene con toda su riqueza vuestros corazones, y sed de veras maestros y consejeros los unos de los otros. Con un
corazón profundamente agradecido, cantad a Dios salmos, himnos y canciones inspiradas. En fin, cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor,
dando gracias a Dios Padre por medio de él" (Col. 3, 9-17).
2. Al meditar el Evangelio de hoy, recordaremos que hemos sido llamados a ser transfigurados y configurados a imagen o semejanza espiritual de Cristo
Jesús, de quien San Pablo escribió con inefable alegría: "Alabemos a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio de Cristo nos ha bendecido
con toda suerte de bienes espirituales y celestiales. él nos ha elegido en la persona de Cristo antes de traer el mundo a la existencia, para que nos mantengamos
sin mancha ante sus ojos, como corresponde a consagrados a él. Amorosamente nos ha destinado de antemano, y por pura iniciativa de su benevolencia, a ser
adoptados como hijos suyos mediante Jesucristo. De este modo, la bondad tan generosamente derramada sobre nosotros por medio de su Hijo querido, se convierte
en himno de alabanza a su gloria" (Ef. 1, 3-6).
3. Las palabras de San Pablo que hemos meditado en el punto 2 de esta meditación son muy bellas, pero, para que se realice el plan salvífico de Dios
en nosotros, hemos de vivir esta dura enseñanza de nuestro Señor: "-Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz
y seguirme" (Mt. 16, 24).
4. Al recordar San Pedro su experiencia con respecto al episodio evangélico de la Transfiguración del Mesías, escribió las siguientes palabras: "Cuando
os anunciamos la venida gloriosa y plena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos como si se tratara de leyendas fantásticas, sino como testigos
oculares de su majestad. él recibió, en efecto, honor y gloria cuando la sublime voz de Dios Padre resonó sobre él diciendo: "éste es mi Hijo amado, en
quien me complazco." Y nosotros escuchamos esta voz venida del cielo mientras estábamos con el Señor en el monte santo" (2 Pe. 1, 16-18).
San Mateo encuadra el episodio de la Transfiguración del Señor, seis días después de que Jesús constituyera a Pedro como símbolo de la roca sobre la
que en un futuro cercano se cimentaría la Iglesia de Cristo, y de que el Maestro les anunciara a sus discípulos su Pasión y muerte. En aquel tiempo faltaba
un año para que Jesús fuera crucificado, y, nuestro Salvador, aún no sabía si sería condenado a morir lapidado o colgado en la cruz, pero tenía muy claro
que había de ser juzgado por sus hermanos de raza, que le acusaron de blasfemar contra Dios al hacerse pasar por Hijo del Todopoderoso, de quien afirmaban
que es indivisible, y por los romanos, quienes lo condenaron por ser aclamado como Rey de los judíos, en su entrada triunfal a Jerusalén, un hecho con
que empezamos a celebrar el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Jesús sabía que iba a morir, así pues, para fortalecer su fe, y aumentar la creencia
de sus seguidores más fieles en él y en Dios, Jesús subió a un monte
con Pedro, Santiago o Jacobo y Juan, y se transfiguró delante de ellos, adoptando el cuerpo que tendría después de resucitar triunfante de la muerte, para
no sucumbir más, aprisionado por las cadenas de la misma.
5. Cuando el Señor se transfiguró adoptando su imagen de resucitado, su rostro se hizo resplandeciente como el sol, en alusión a la luz de su caridad
y justicia divinas, y sus vestidos adquirieron la blancura de la luz, en virtud de su pureza mesiánica. Pidámosle a nuestro Padre común que nos transfigure
a imagen de Cristo Resucitado, y que nos configure o moldee, según el reflejo o imagen espiritual del Hijo de María. No reduzcamos el significado de la
castidad al simple hecho de no mantener relaciones sexuales, y seamos castos, desde nuestro actual estado de vida, y glorifiquemos a nuestro Dios, puesélconcluirá
su plan redentor, cuando nos hayamos dejado purificar por nuestro Señor, pues estamos seguros de que la Providencia no nos abandonará.
6. Cuando Jesús se transfiguró ante sus amigos, aparecieron junto a él, Moisés y Elías, el uno representando a quienes creen que serán salvos por causa
de su estricto cumplimiento de la Ley de Dios, y, el otro, haciendo las veces de quienes nos aplicamos las conocidas palabras del Apóstol y su compañero
Silas: "-Cree en Jesús, el Señor, y tú y tu familia alcanzaréis la salvación" (Hch. 16, 31). ¿De qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? San Lucas nos responde
esta pregunta en los siguientes términos: "Hablaban de su partida (la Pasión y muerte de Jesús), que iba a cumplir en Jerusalén" (Lc. 9, 31).
Señor, ¿qué sentiste en el monte de la Transfiguración al reflexionar sobre tu próximo padecimiento y al experimentar la plena glorificación de tu cuerpo
y alma?
¿Comprendieron los Apóstoles lo que hablaron Jesús, Moisés y Elías? Lucas escribió en su Evangelio: "Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño,
pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él" (Lc. 9, 32).
7. "Y sucedió que -nos sigue diciendo San Lucas en su segunda obra-, al separarse ellos (Moisés y Elías) de él (Jesús), dijo Pedro a Jesús: "Maestro,
bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías", sin saber lo que decía" (Lc. 9, 33). Pedro era muy
impulsivo, y, en aquella ocasión, le manifestó al Mesías que no quería descender de aquel monte, porque se sentía feliz. Pedro no podía imaginarse que
estaba viviendo un trascendental episodio de la vida del Señor para descender del monte y constatar el aumento de su fe. Seis días antes de ver a Jesús
transfigurado, cuando el Señor interrogó a sus compañeros de peregrinación con respecto a lo que ellos creían de él, guiado por uno de sus impulsos que
el Espíritu Santo aprovechó para inculcarle la gran verdad que Pedro dijo, exclamó: "-¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo¡" (Mt. 16, 16). En la noche
del Jueves Santo, impulsado por su propio miedo, al tener una triple oportunidad
de confesarse discípulo del Señor, Pedro declaró: "-No, no lo soy" (Jn. 18, 25). Esas palabras de Pedro eran tímidas, pues, Pedro, tenía la pretensión de
evitar aquella conversación que podía poner en peligro su vida, pues no era conveniente que los criados de Caifás y los soldados que estaban calentándose
al fuego junto a él, lo acusaran de ser discípulo de aquel a quien crucificarían al día siguiente. Cuando Jesús resucitó, Pedro, sin dejarse guiar por
ninguno de sus impulsos, sino inspirado por la necesidad de confesarle su amor al Mesías, exclamó ante Jesús y algunos de sus compañeros: "Señor, tú sabes
que te amo" (Jn. 21, 16). Pedro no se escondía cuando tenía que practicar la caridad, pero no dejaba que se le escaparan las oportunidades que tenía de
defender sus posibles privilegios por causa del seguimiento del Mesías, según consta en los siguientes versículos bíblicos: "-Tú sabes que nosotros lo
hemos dejado todo por seguirte. Jesús le respondió: -Os aseguro que todo
aquel que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por causa mía y del mensaje de salvación, recibirá en este mundo cien veces
más en casas, hermanos, madres, hijos y tierras, aunque todo ello sea con persecuciones, y en el mundo venidero recibirá la vida eterna" (Mc. 10, 28-30).
Quizá nosotros nos parecemos a Pedro, así pues, nos sentimos henchidos de gracia cuando hacemos ejercicios espirituales, hemos adquirido la costumbre
de celebrar la Eucaristía todos los días preceptuales dispuestos por la Iglesia, pero, según palabras de Jesús, "no os ocupáis de lo más importante de
la Ley, que es la justicia, la misericordia y la fe" (Mt. 23, 23). El Profeta Jeremías escribió las siguientes palabras de Yahveh: "Si te vuelves porque
yo te haga volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca" (Jer. 15, 19). ¿Qué significado tienen las palabras proféticas
para nosotros? El Señor nos dice que, si nos convertimos al Evangelio -podemos hacerlo porque él está con nosotros-, viviremos eternamente en su presencia,
pero, para ser glorificados, necesitamos sacar lo precioso de lo vil, no pensar que las rosas tienen espinas, sino que de las espinas brotan las flores
más bellas, así pues, al intentar alcanzar la salvación haciendo
el bien como si ello dependiera de nuestros escasos medios, seremos como la palabra pronunciada por Dios, que ha de alcanzarnos la plenitud de la felicidad,
y la redención de la humanidad. Al aceptar esta meditación no te verás libre de tu cáncer mortal, a ti, que eres ciego, no se te abrirán los ojos, ni a
ti, que eres sordo, se te dará el poder oír, ni se facultará a los que están sentados en sus sillas de ruedas para que puedan caminar, ni serán saciados
los pobres, ni encontrarán trabajo todos los que lo necesitan, pero, todos juntos, sin dejarnos esclavizar por nuestras preocupaciones, podremos gritar
que somos libres, que somos felices como lo es una novia, el día en que celebra su enlace matrimonial. ¡Esperemos gozosamente la celebración de las bodas
del Cordero de Dios con la humanidad redimida¡.
Pedro no sabía exactamente el significado que ocultaban sus palabras de pretender quedarse contemplando aquella visión eternamente. él estaba conmocionado
a causa de lo que estaba viendo, pero, al mismo tiempo, no quería volver a emprender su actividad ordinaria, así pues, Jesús tenía muchos enemigos jurados,
los cuales también despreciaban a quienes decían de sí que creían las palabras del nuevo Profeta. Pedro estaba casado, pero, por causa de Cristo y del
mensaje de salvación, vivía lejos de su familia, pues recorría Palestina, junto al Mesías y sus compañeros, predicando y haciendo las obras de Dios.
8. Desde la nube que cubrió a los protagonistas del episodio de la Transfiguración de nuestro Señor, Dios Padre dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien
me complazco. Escuchadle a él" (Mt. 17, 5). ¿Por qué desea nuestro Padre común que escuchemos y obedezcamos a Jesús? Isaías nos responde esta pregunta
en los términos que siguen: "He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley
a las naciones (Is. 42, 1). La voz de Dios también se hizo presente en el Bautismo de Jesús, cuando el Espíritu Santo, adoptando la forma corporal de una
paloma, se posó sobre el Mesías, diciendo: "-Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt. 3, 17).
9. Los discípulos, cuando vieron a Jesús transfigurado, y a Moisés y a Elías redimidos, tuvieron miedo, pues ellos creían que, al ser pecadores, deberían
haber muerto, por haber tenido la dicha de contemplar a Dios, pues, la justicia del Altísimo, debería haberlos fulminado instantaneamente. Jesús no quería
que ellos tuvieran miedo, así pues, él los animó, y les pidió que, hasta que él hubiera vencido a la muerte, que no dieran a conocer la experiencia que
habían tenido en el monte Tabor, pues él no quería publicitarse como milagrero.
Oración de los fieles
V. Oremos, hermanos y hermanas, al Padre de la misericordia, árbitro de nuestros actos, y Dios que escudriña el fondo de nuestros corazones; y, con espíritu
contrito, pidámosle que escuche la oración de su pueblo penitente: Respondemos a cada intención o petición: Escúchanos, Señor.
1. Para que Dios conceda a sus fieles vivir estos días de Cuaresma con verdadero espíritu de penitencia, y prepararse a celebrar con fruto el Sacramento
del perdón, roguemos al Señor.
2. Para que quienes se han apartado del camino del bien y han muerto a causa del pecado, escuchen en estos días de Cuaresma la voz del Hijo de Dios y
vivan, roguemos al Señor.
3. Para que Dios inspire sentimientos de caridad a los que tienen riquezas y multiplique los bienes de la tierra en bien de todos, roguemos al Señor.
4. Para que la penitencia cuaresmal aleje de nosotros el amor desordenado a los bienes visibles, y sane nuestra aridez espiritual con el deseo de los
bienes del cielo, roguemos al Señor.
5. Añadir nuevas peticiones.
V. Dios nuestro, que llamaste a la fe a nuestros padres de Israel, y nos has concedido ser iluminados con la luz del Evangelio, escucha nuestras oraciones
y abre nuestros oídos, para que escuchando siempre la voz de tu Hijo y aceptando en nuestra vida el misterio de la cruz, podamos alcanzar la gloria de
tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Que esta ofrenda, Señor, nos obtenga el perdón de nuestros pecados y nos santifique en el cuerpo y en el alma para que podamos celebrar dignamente las
festividades de la Pascua. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque Cristo nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar,
de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección. Por eso, como los ángeles te cantan en el cielo, así nosotros en la
tierra te aclamamos, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo (mt. 17, 5).
Oración después de la Comunión
Te damos gracias, Señor, porque al darnos en este Sacramento el cuerpo glorioso de tu Hijo, nos permites participar, ya desde este mundo, de los bienes
eternos de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición solemne de Cuaresma
V. Dios, Padre misericordioso, os conceda a todos vosotros, como al hijo pródigo, el gozo de volver a la casa paterna.
R. Amén.
V. Cristo, modelo de oración y de vida, os guíe a la auténtica conversión del corazón, a través del camino de la Cuaresma.
R. Amén.
V. El Espíritu de sabiduría y de fortaleza os sostenga en la lucha contra el maligno, para que podáis celebrar con Cristo la victoria pascual.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía, y al fortalecer nuestra fe en la resurrección, vamos a comprometernos a convertir a nuestros familiares,
amigos y compañeros de trabajo al Evangelio.
Padre nuestro, escucha nuestra oración
A continuación, os envío una dinámica que publiqué el pasado año 2003, que ha de ser leída por tres lectores, en representación de Jesús, Satanás y Dios.
Valga esta dinámica como continuación del texto explicativo de las tentaciones del Señor que os envié el Domingo anterior.
Comienza el principio del fin
Jesús. -Padre, ha pasado mucho tiempo desde que me retiré al desierto para orar durante cuarenta días con sus respectivas cuarenta noches. Cuando comencé
aquel Ministerio que tú me encomendaste, sentí latir en mi pecho el corazón ardiente y lleno de esperanza. Padre mío, Padre Santo, cuando la gente no comprendía
aquellas palabras que el Espíritu me inspiraba, cuando algún hombre me insultaba, yo me sentía glorificado, me llenaba de orgullo el hecho de jugarme la
vida para cumplir tu voluntad, pero, ahora, Padre mío, cuando comienza el principio del final, en el justo momento en que empiezo a creer que estos años
de predicación no han servido para nada, me obsesiona la posibilidad de morir inútilmente. Padre mío, tú sabes que no me retiene el miedo al dolor de las
espinas y los clavos, tú sabes que no me tientan los azotes ni las burlas, sólo me obsesiona el hecho de que no veo en ninguna persona algún rasgo que
me confirme que mi constante peregrinar y mi predicación, no
han sido en vano.
Jesús. -Cuando comencé a predicar tenía la sensación de que estaba capacitado para trocar los defectos del mundo en virtudes, ahora, Padre mío, Padre
Santo, tengo la terrible tentación de convencerme plenamente, de que el mundo es más fuerte que yo.
Jesús. -Es de noche, los míos duermen, y, tú y yo, Padre mío, estamos solos... ¡Tengo miedo a no poder soportar el dolor...¡.
Satanás. -Jesús de Nazaret, varón justo por excelencia de Galilea, varón clarividente de los designios de tu Padre y Dios, ¿qué ha sido del recuerdo
de las citas de las Escrituras, que tanto te reconfortaba en tus primeras tribulaciones? ¿Te acuerdas de aquellas ocasiones en que los judíos querían apedrearte,
y escapaste milagrosamente de ellos, porque aún no había llegado la hora de tu muerte? (Jn. 8, 59).
Satanás. Jesús de Nazaret, vástago de Jesé profetizado por Isaías el vidente, ¿no se dice en el libro de los Salmos que la diestra de Dios es poderosa?
Satanás. Yo no veo a tu Padre protegiéndote, más bien, Jesús, tu Dios no es tan paternal como tú crees, de hecho, el Dios de los ejércitos, te está utilizando
para divertir a quienes aman los espectáculos, como el que vivirán el día de tu muerte.
Jesús. Satanás, mi Dios nunca me ha desamparado en mis tribulaciones. Mi Padre nunca me ha olvidado. Reconozco que la mayoría de mis oyentes no han aceptado
la realidad del Evangelio, pero, este hecho, no significa que Dios me ha desamparado. Mi Padre y yo, cuando creamos el mundo, pensamos que era conveniente
que yo viniera a Israel, con la pretensión de morir, para que, mis hermanos los hombres, no perdieran la fe y la voluntad, ante lo que ellos, erróneamente,
califican como adversidad. Si Dios me socorre e impide mi muerte, los hombres, no tendrán una prueba que justifique su necesidad de enfrentarse a las dificultades,
pues es necesario que crezcan espiritualmente.
Satanás. -Todo eso que argumentas suena muy bien, estás dispuesto a morir crucificado, para que los hombres sean conscientes, de que les merece la pena
vivir luchando contra la adversidad. Jesús de Nazaret, iluso de Galilea, hay en ti dos personalidades muy opuestas entre sí, de hecho, tú tienes la facultad
de ver las cosas desde dos ángulos o puntos de vista diferentes, porque tienes una doble naturaleza, por consiguiente, esto te hace olvidar que los hombres
no pueden compararse a Dios, porque son incapaces de ver más allá de su egocentrismo.
Jesús. -Yo soy Dios y hombre, y las Escrituras llaman dioses a quienes escuchan la Palabra del Padre (Jn. 10, 35). Los hombres no son buenos ni malos,
ellos realizan las acciones que ven que sus prójimos llevan a cabo, pues aún pervive en ellos la encarnación de Adán. Mis hermanos, los que escuchan el
Evangelio que yo predico, adquieren la capacidad de ver las circunstancias que atañen a su vida como deben observarlas desde la óptica divina, con el fin
de que no desfallezcan buscando su felicidad en este mundo materialista. Cuando amanezca iniciaré mi wltima peregrinación a Jerusalén, y tú no podrás impedir
que se cumpla en mí el designio salvífico que mi Padre y yo hemos dispuesto, para que mis hermanos no sucumban ante las diversas pruebas que han de vivir.
Satanás. -Vuelvo a retirarme, Jesús de Nazaret, pero, insisto en que voy a ser tu más fiel compañero en tu estúpido martirio, así pues, haré todo lo
que esté a mi alcance para hacerte reaccionar, con el fin de que busques tu propia felicidad, y dejes que los demás se santifiquen por sus propios medios.
Yo estaré en tu cruz, Jesús, no olvides que soy esos sentimientos de tu ego de los que no puedes prescindir. No creas que soy la encarnación de tu egoísmo,
pues, en realidad, soy lo que nadie, ni siquiera tu Padre y Dios, es capaz de dar para proteger tu vida, Profeta de los más desfavorecidos (Lc. 18, 31-34).
Satanás. -Jesús de Nazaret, Profeta del Dios Altísimo, no seas tan ingenuo como para creer que los anuncios que harás de tu Pasión y muerte no podrán
ser interpretados debidamente por tus Apóstoles porque Dios les tiene velado temporalmente el significado espiritual de los mismos, porque, simplemente,
sé sensato, y piensa que, ellos no pueden comprender la razón por la cuál, el más poderoso de todos los hombres, se humilla sin estar loco.
Jesús. Satanás, aléjate de mí, porque, los míos, comprenderán las razones concernientes a mi martirio y Resurrección, a su debido tiempo. Yo, Jesús de
Nazaret, el humilde Mesías y Profeta de Dios, resucitaré, y volveré a ser hombre-Dios muy a pesar del sufrimiento que me resta padecer para realizar el
designio salvífico de Dios, y, te digo que mis heridas seguirán impresas en mi cuerpo, hasta que, el último de mis hermanos de todos los tiempos, deje
de sufrir y cometer errores.
Dios. -Jesús, Hijo mío, no pienses que tu esfuerzo y sacrificio no servirán para nada. Los hombres triunfarán porque tú vas a triunfar sobre el pecado,
el error, la enfermedad, y, la muerte. Los hombres tendrán una existencia fácil, si triunfan sobre tu triunfo. Es fácil ser hombres, para quienes sufren
y se retractan de sus errores, comiendo el pan de la hermandad, y veviendo el nuevo vino de la alegría. Tú puedes hacer lo que los dos nos hemos propuesto.
¿Crees que será fácil para mí ver cómo tus verdugos te azotan despiadadamente? ¿Crees que será fácil para mí resistir la comunión de Judas? ¿Crees que
será fácil para mí permanecer impasible ante las espinas y clavos que te quitarán la vida? ¿Crees que podré resistirme sin recoger tu sangre derramada
para hacer de ella miles de millones de criaturas nuevas? Jesús de Nazaret, Hijo amado de tu Padre y Dios, supongamos que un sólo hombre acepta la realidad
de nuestro Evangelio y tu sacrificio, en tal caso, nuestro esfuerzo, dedicación y sufrimiento, serían recompensados por el amor de nuestro Hijo, pero tú,
Hijo amado, me traerás a todos los hombres de todos los tiempos, para que, ellos mismos, con nuestra ayuda y su dedicación, superen sus dificultades, y
encuentren la felicidad que tanto ansían. Ten ánimo, Hijo amado, pues ya falta menos para que todos nos encontremos en este cielo terrenal.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 26/03/07 03:12
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