TRIGO DE DIOS
Domingo I de Adviento, ciclo c. en TRIGO DE DIOS
Domingo I de Adviento, ciclo c.
Extenso estudio sobre el Adviento.
Padre nuestro
Domingo, 3-12-2006, Domingo I de Adviento del ciclo c
Edición número 70
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos
-Cambios en Padre nuestro.
-Celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.
-Padre nuestro, escucha nuestra oración. Con María, conociendo a Juana Lojo, Co-fundadora del Cenáculo de María. Por Susana Ratero.
Cambios en Padre nuestro
Cada año que vivimos podemos constatar con una gran satisfacción los logros que conseguimos, así pues, al comenzar este nuevo año litúrgico, deseo deciros que Padre nuestro experimentará una serie de cambios que espero os sean útiles. Los citados cambios son los siguientes:
-El rito penitencial. A partir de esta edición de Padre nuestro, incluiré breves fórmulas para que podáis utilizarlas al rezar los Kyries (Señor, ten piedad). Podréis constatar que he hecho algunos cambios al principio del espacio dedicado a la celebración de la Eucaristía, los cuales espero que sean de vuestro agrado.
-Las lecturas eucarísticas que en las 69 ediciones anteriores de Padre nuestro se citaban en el apartado Celebremos la Eucaristía, aparecerán en las siguientes ediciones copiadas íntegramente. Ello será posible gracias a la gran cantidad de información que los hermanos de la Red de Catequistas basada en la espiritualidad de San Ignacio de Loyola me han enviado, con el fin de que pueda mejorar los servicios que intento prestaros semanalmente.
-Las peticiones eucarísticas. En la edición de las preces voy a efectuar una pequeña modificación, que consiste en separar la respuesta de los feligreses a las mismas de las palabras introductorias con que se invita a orar a los participantes de la celebración.
-Los cantos de la Misa. Navegando por internet, me he descargado varios cantorales en formato zip, que están a la disposición de quienes me los pidan, gracias a los cuales intentaré enviaros semanalmente los cantos de entrada, Aleluya, Ofertorio, Santo, Padre nuestro (ocasionalmente), cantos del Agnus Dei o de la paz, la Comunión, y el fin de la celebración.
Espero que los citados cambios hagan de Padre nuestro un boletín más atractivo, y que os sirvan para vuestra meditación personal, o para compartirlos con los componentes de los grupos de liturgia y oración a los que pertenezcáis.
Antes de finalizar esta breve introducción a la edición número 70 de Padre nuestro, quiero daros las gracias a quienes tenéis la paciencia de leer mis meditaciones semanalmente, a quienes me leéis de vez en cuando, a quienes habéis decidido utilizar Padre nuestro para cubrir vuestros ratos de meditación o para compartirlo con vuestros compañeros de los grupos de Liturgia y oración a los que pertenezcáis, y, muy especialmente, quiero daros las gracias a los moderadores de las listas de correo que me permitís llegar a vuestros lectores, pues, sin vuestra ayuda, yo seguiría siendo el ignorante de la red que, el 23 de diciembre del año 2001, vio publicado su primer libro en internet, y no tenía la más remota idea de cómo hacer que su obra no fuese ignorada en el inmenso cyberespacio. Gracias, amigos moderadores, por haberme permitido ser conocido y amado por mucha gente, pues, entre todos, me motiváis para visitaros semanalmente en vuestros hogares con mi humilde boletín
dominical.
Celebremos la Eucaristía
Domingo I de Adviento del ciclo c
Canto de entrada
Vamos a preparar
el camino del Señor.
Vamos a construir
la ciudad de nuestro Dios.
Vendrá el Señor
con la aurora,
él brillará en la mañana,
pregonará la verdad.
Vendrá el Señor con su fuerza,
él romperá las cadenas,
él nos dará la libertad.
él estará a nuestro lado.
él guiará nuestros pasos.
él nos dará la salvación.
Nos limpiará del pecado,
ya no seremos esclavos.
él nos dará la libertad.
Visitará nuestras casas,
nos llenará de esperanza.
él nos dará la salvación.
Compartirá nuestros cantos,
todos seremos hermanos.
él nos dará la libertad.
Caminará con nosotros,
nunca estaremos ya solos.
él nos dará la salvación.
él cumplirá la promesa
y llevará nuestras penas.
él nos dará la libertad.
(Desconozco el autor de esta canción).
Antífona de entrada
V. A ti, Señor, elevo mi alma, Dios mío, yo pongo en ti mi confianza; ¡Que no tenga que avergonzarme ni se rían de mí mis enemigos! Ninguno de los que esperan en ti tendrá que avergonzarse (CF. SAL. 24, 1-3).
Saludo del sacerdote
V. El Señor, que viene a salvarnos, esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Monición de entrada
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico, así pues, un año más, vamos a disponer nuestro corazón a recibir a Jesús en sus dos venidas, así pues, dispongámonos a recibir al Niño Dios que vendrá a nuestro encuentro en el tiempo de Navidad, y preparémonos a recibir a Cristo, el Rey del universo, pues nuestro Señor, al final de los tiempos, vendrá a nuestro encuentro, para concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo, y para librarnos de las miserias que caracterizan nuestra existencia mortal.
Iniciemos esta celebración eucarística disponiendo nuestro corazón a pasar un nuevo año junto a nuestro Padre común, comprometámonos a leer al menos un pasaje evangélico todos los días de este ciclo litúrgico que hoy comenzamos, y pidámosle a nuestro Padre común que aumente nuestra fe en él.
Acto penitencial
V. Hermanos:
Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.
O bien:
V. El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios.
Todos. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.
V. Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.
Durante el tiempo de Adviento no rezamos el Gloria, así pues, nuestro corazón penitente eleva sus peticiones al cielo, pidiéndole a nuestro Criador, que envíe al mundo su luz indeficiente.
Oración colecta
Dios todopoderoso, te rogamos que la práctica de las buenas obras nos permita salir al encuentro de tu Hijo que viene a nosotros, para que merezcamos estar a su lado en el Reino de los cielos. Por el mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra
Lecturas eucarísticas y moniciones que anteceden a las mismas
Monición de la primera lectura
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, escucharemos un anuncio trascendental para los judíos y los cristianos, , un mensaje que puede ser interpretado bajo la óptica de las dos venidas de Jesús al mundo, así pues, creemos firmemente que el Mesías nacerá en Navidad y , al final de los tiempos, nuestro Señor concluirá la instauración de su Reino de amor entre nosotros.
Suscitaré a David un vástago legítimo
Lectura del profeta Jeremías 33, 14-16
Mirad que días vienen-oráculo de Yahveh- en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá.
En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará
a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: "Yahveh, justicia nuestra."
Palabra de Dios.
R. te alabamos, Señor.
Monición del Salmo responsorial
El fragmento del Salmo 24 que entonaremos o será recitado a continuación nos insta a poner nuestra confianza en nuestro Padre común, pues él llevará a cabo nuestras más ansiadas aspiraciones cuando vivamos en su presencia.
Salmo responsorial
Sal 24, 4bc-5ab. 8-9. 10 y 14.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad;
enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador.
El Señor es bueno y recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
Las sendas del Señor son misericordia y lealtad,
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía con sus fieles
y les da a conocer su alianza.
Monición de la segunda lectura
A continuación, San Pablo nos instará a que esperemos pacientemente la llegada del día en que podremos vivir en la presencia del Dios Uno y Trino, sin que la fe medie entre la Divinidad del Altísimo y nosotros, pues lo veremos cara a cara.
Segunda lectura
Que el Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva
Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 3, 12- 4,2
En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para
con vosotros. Sabéis, en efecto las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.
Palabra de Dios.
R. te alabamos, Señor.
Cita bíblica antes del Evangelio
¿No ves que estoy llamando a la puerta? -dice el Señor-. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré en su compañía (AP. 3, 20).
Monición del Evangelio
San Lucas, mediante una serie de símbolos, nos habla en el Evangelio de la segunda venida del Señor al mundo. Quienes creemos en el Dios Uno y Trino, deseamos estar preparados a recibir a nuestro Señor, pues, si nuestra fe fuera una utopía, nuestra vida carecería de sentido, ya que vivimos anhelando el encuentro con nuestro Padre común.
Evangelio
Se acerca vuestra liberación
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 21, 25-28. 34-36.
"Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustias de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose
los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir
al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra
liberación."
"Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improvisto
sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis
fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre."
Palabra del Señor.
R. gloria a ti, señor Jesús.
Homilía:
Estimados hermanos y amigos:
Antes de compartir con vosotros mi primera meditación correspondiente al ciclo litúrgico que hoy iniciamos, quiero desearos que, este año litúrgico que hoy estamos comenzando, sea muy provechoso para vosotros. Os doy las más sinceras gracias a quienes leéis mis meditaciones todas las semanas o de vez en cuando, y a los moderadores de las listas de correo y de los portales que habéis conseguido que mi trabajo en la red no haya sido inútil.
En esta ocasión os envío un trabajo un poco extenso que escribí en el año 2004, que espero que os sirva para vivir intensamente el tiempo de Adviento.
¿Qué es el Adviento?
La palabra Adviento es la traducción castellana del vocablo latino Adventus. Llamamos Adviento a las cuatro semanas durante las que la Iglesia, a través
de su Liturgia nos prepara a conmemorar las dos venidas de Cristo primeramente en la carne y la debilidad, en el Espíritu Santo y en el amor, y posteriormente
en la gloria y el poder. La Iglesia nos insta a esperar la Parusía o segunda venida de Jesús, un acontecimiento trascendental de la historia de la salvación,
que revivimos utilizando a tal efecto los textos bíblicos mesiánicos escatológicos del Antiguo Testamento, adecuándolos, al mismo tiempo, a la primera
venida de Jesús, así pues, aunque muchas de las profecías bíblicas se han cumplido puntualmente, aún no se han cumplido todas las promesas que Dios quiso
que sus Santos Hagiógrafos incluyeran en los dos Testamentos en que se dividen las Sagradas Escrituras. Sabemos que Dios ha cumplido todas las promesas
que les hizo a los miembros de su pueblo con respecto a la primera venida de Jesús. Esta es, pues, la causa por la cuál el Magisterio nos adoctrina para que no perdamos la esperanza con respecto al cumplimiento de todas las promesas divinas, porque ello supondrá para nosotros el fin de los estados que erróneamente calificamos como adversos.
Los cristianos vivimos el Adviento con el corazón henchido de esperanza. La Iglesia, con la intención de conseguir que la fe que profesa se arraigue
en nuestros corazones, nos anima a orar de la misma forma que se dirigían a nuestro Señor los cristianos de la Iglesia primitiva, recitando las siguientes
palabras bíblicas: "Marana-tha" ,(Ven Señor)", o "Maran-atha" (el Señor viene) (1 Cor. 16, 22; Ap. 22, 20). Las sencillas palabras citadas en este párrafo
constituyen una ferviente oración que los fieles del Señor Jesús repiten con el corazón lleno de esperanza en cada ocasión que se formulan las peticiones
o preces en las celebraciones eucarísticas.
Los textos del Antiguo Testamento que meditaremos a lo largo del Adviento nos instarán a imitar la vida de los justos que vivieron antes de que naciera
Jesús. La certeza de la primera venida de nuestro Señor nos anima a esperar que Cristo Rey concluya el establecimiento de su Reino entre nosotros, pues
es necesario que tengamos presente que las promesas que Dios le hizo a su pueblo a lo largo de muchos siglos las cuáles también nos atañen a nosotros porque
somos el pueblo resultante de la última Alianza o pacto de Dios con los hombres, sólo se han cumplido parcialmente. La primera Profecía o anuncio del nacimiento
del Mesías le fue revelado por Dios a Eva en el Paraíso, inmediatamente después de que Adán y ella comieran del fruto prohibido, y después de que la madre
del género humano hubo comprobado que su marido se convirtió en su enemigo en su intento desesperado y cobarde de aplacar la ira de Dios. El texto del
esperanzador anuncio con que Dios inflamó de esperanza el corazón de Eva marcado por la incertidumbre es el contenido de la maldición con la que Dios se dirigió a la serpiente, símbolo del demonio: "Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo.; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu
vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (G‚n.
3, 14-15). El texto del Génesis que hemos meditado es conocido con el nombre de Protoevangelio, porque constituye el primer anuncio del Nacimiento de Jesús,
el predicador del Evangelio.
El primer Prefacio del Adviento expresa con gran belleza nuestra esperanza en el tiempo que estamos conmemorando. El citado texto eucarístico contiene
la siguiente oración:
"En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo nuestro Señor. El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió
el camino de la salvación, para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes
prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar..."
La Eucaristía correspondiente al Domingo I de Adviento comienza con la siguiente Antífona: "A ti, Señor levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede
yo defraudado. Que no se burlen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti, no quedan defraudados" (Sal. 24, 1-3)
La oración colecta correspondiente a la citada Eucaristía expresa el siguiente deseo de los fieles: "Señor, despierta en nosotros el deseo de prepararnos
a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.
Por nuestro Señor Jesucristo"
En los días que preceden a la Navidad, los católicos nos sumergimos en la lectura de los oráculos o revelaciones mesiánicos. Recordamos a nuestros padres
en la fe, recordamos a los Santos y Profetas que más se han esforzado a lo largo de la historia para que no olvidemos nuestra esperanza cristocéntrica,
escuchamos con especial énfasis a Isaías, uno de los grandes predicadores de nuestra fe en este periodo litúrgico junto a San Juan Bautista, nos llenamos
de alegría recordando a los pocos pero fieles miembros del grupo de los que esperaron con una ilusión indescriptible la Natividad del Niño Dios: Zacarías,
el incrédulo padre de San Juan Bautista que no tuvo reparo en predecir la gloria referente al futuro de su hijo después que Dios permitió que recuperara
su voz perdida, Isabel, su fervorosa mujer, el Bautista, el exagerado e incansable predicador mesiánico, José, y, María, los padres de Jesús.
En el tiempo de Adviento tenemos muy presente la ciencia moral llamada Cristología, que consiste en aplicarle a nuestro Señor todos los anuncios proféticos
que les fueron revelados a los judíos antes de que el Hijo de María fuese concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, de forma que todas las profecías
contenidas en el Antiguo Testamento, y todos los hechos y personajes citados en el mismo, están relacionados con el Mesías de forma que profetizan la
existencia y la ejecución del plan salvífico divino por parte de Jesús, al mismo tiempo que nos otorgan las suficientes razones para creer que nosotros,
a nivel individual y comunitario, estamos inmersos en la historia de la salvación que se nos narra en la Biblia, que comienza por la Creación del mundo
por parte de Dios, y finaliza anunciando lo que aún no se ha cumplido, esto es: la instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Al aplicar la historia de la salvación refiriéndola a Jesús y a nosotros, la Iglesia nos hace meditar con gran insistencia en la Persona y en el mensaje
de Jesús (el Evangelio), utilizando a tal efecto los títulos con los que denominamos al Hijo de Dios: "Mesías" (vocablo griego que se traduce como Ungido),
"Libertador", "Salvador", "Esperado de las naciones", "Anunciado por los Profetas". Estos títulos nos son repetidos con mucha frecuencia en las lecturas
bíblicas del Adviento y en las Antífonas que recitamos al celebrar la Eucaristía durante las semanas que anteceden al tiempo de Navidad, de forma que descubrimos
que Cristo es el personaje central de la historia de la humanidad, y de nuestra vivencia personal y comunitaria.
La confianza y la esperanza de María
María es la mujer por excelencia del Adviento, así pues, en el primer tiempo litúrgico anual en que intentamos aumentar nuestra fe de manera que nos
sea imposible desconfiar de Dios, la Iglesia nos muestra a María como un alto modelo de santidad que nos ayuda a aumentar nuestra esperanza en el cumplimiento
de las promesas divinas. El texto que los católicos utilizamos para dar a conocer a María Santísima es el pasaje de la Anunciación, que San Lucas nos narra
entre los versículos 26 y 38 del capítulo 1 de su Evangelio. Este texto lo leemos el día 8 de diciembre al celebrar la Inmaculada Concepción de María,
y el último Domingo antes de Navidad (Domingo mariano prenatalicio), el día en el que la Liturgia nos anima a ser devotos confiados del Señor a imitación
de la Madre de Dios.
Cuando concluyeron seis meses desde que la mujer de Zacarías concibiera a su hijo, Gabriel, un ángel de Dios, fue enviado por el Todopoderoso a una ciudad
de la región palestina de Galilea llamada Nazareth, a una virgen desposada o prometida en matrimonio con un varón llamado José, del linaje del rey David.
El nombre de la bienaventurada doncella era María. María era hija de los Santos Joaquín y Ana. Son muchos los investigadores que afirman que, como los
padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril, Joaquín se separó de su mujer y se dirigió al desierto para hacer penitencia con la intención
de hacer que Dios escuchara sus súplicas. La oración de Joaquín y las lágrimas de Ana, la mujer que en su entorno era considerada maldita por causa de
su esterilidad, fueron tenidas en cuenta en la presencia de Dios. Nuestro Padre común quiso que como compendio del amor de los citados cónyuges naciera
María, la niña divina y la Diosa humana que, como mujer, fue desposada con José para realizar el sueño de sus píos padres de verla con el futuro asegurado en cuanto a su status social, y también cumplió su tarea de Diosa, al convertirse en la Madre del Dios hecho Hombre, Jesucristo.
Cuando Gabriel entró en la habitación en la que estaba María, exclamó devotamente: "Dios te salve, María! El Señor tu Dios está contigo. Bendita tú eres
entre todas las mujeres" La reacción que tuvo la joven nazaretana ante aquel saludo nos deja constancia de que María no estaba acostumbrada a tener apariciones
frecuentes, así pues, cuando la hija de Joaquín y Ana oyó aquella extraña y misteriosa salutación, se turbó. ¿Cómo pudo entrar aquel hombre en el lugar
en que ella estaba, ora orando, ora llevando a cabo el cumplimiento de sus labores?
Gabriel tranquilizó a la futura Madre del Mesías diciéndole: "María, no temas, porque has hallado ante Dios la gracia con respecto al hecho de que El
ha decidido que ha llegado el tiempo de concederte lo que le has pedido en tus oraciones. Ahora, quedarás embarazada, y darás a luz un Hijo, al que llamarás
con el nombre de Jesús, es decir: Salvador, Libertador. Tu Hijo será grande, y será conocido como Hijo del Dios Altísimo, y el Señor Dios le dará el reinado
de David su padre por causa de su grandeza"
La forma de actuar de Dios va más allá de toda lógica humana. En ciertas ocasiones no podemos entender el designio salvífico de Dios al intentar comparar
los anuncios divinos de las Escrituras con nuestra forma de comprender los acontecimientos que atañen a nuestra vida. Como no estamos capacitados para
ver los acontecimientos que vivimos bajo el punto de vista de Dios por causa de nuestra impaciencia y de nuestro sometimiento al reducido número de años
que vivimos, no hemos de tacharnos de pecadores por ello. A María le sucedió este caso, así pues, ella creía el anuncio del ángel y se sentía feliz
al pensar que Dios cumpliría en ella la promesa de enviar a su Hijo al mundo para redimir a su pueblo del pecado y su dolor, pero, de pronto, la asaltó
una duda que la hizo sufrir mucho. María interrogó a Gabriel con el miedo que le producía la posibilidad de ser lapidada y la decisión de quien opta por
defender un ideal aunque en ello le vaya la vida: ¿Cómo será posible el hecho de que yo conciba a un Niño? Yo no me he relacionado nunca con ningún varón"
Gabriel le dijo a María: "El Espíritu Santo se posará sobre ti con la delicadeza de una paloma, y el poder del Dios Altísimo te cubrirá con su sombra.
Esta es, pues, la causa por la que el Santo Ser que nacerá de tus entrañas, será llamado Hijo de Dios. Tu parienta Isabel ha concebido hijo en su vejez.
Este es el sexto mes de gestación de aquella mujer a la que llamaban estéril, porque nada hay imposible para el Dios Omnipotente"
María exclamó: "En tu presencia está la esclava del Señor. Deseo que Dios haga conmigo lo que tú me has anunciado en el momento y lugar que El lo considere
oportuno"
Gabriel desapareció de la presencia de María, y ella quedó sola, orando, sufriendo porque, al aceptar el reto de convertirse en la Corredentora del pueblo
de Dios, estaba arriesgando la vida de su Hijo y su existencia, pues, su prometido, amparado por la Ley religiosa de Palestina, tenía potestad para lapidarla
por haber cometido supuestamente adulterio contra su persona. En este estado de tensión, y en el doloroso estado en que José decidió aceptar a su futura
mujer para desmentir los rumores de quienes se burlaban de él porque decían que su prometida le había sido infiel, María es para nosotros modelo de fe,
esperanza y obediencia, especialmente en las ocasiones en las que no sabemos si debemos creer en Dios por causa de nuestra turbación.
Tengan presente, los defensores del aborto, que, en cada ocasión que una chica desamparada decida abortar porque se sienta abandonada y todos sus seres
queridos se nieguen a prestarle apoyo, optarán por asesinar a Jesús de Nazareth.
Desde el primer día del Adviento hasta el 16 de diciembre, María se identifica con los protagonistas y las promesas del Antiguo Testamento, de forma
que nos ayuda a interrelacionar a los citados personajes y a los hechos que constituyen la vida de los mismos con Jesús, su vida, su mensaje, y sus actos.
La celebración del dogma de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre) constituye el principio de la preparación radical del tiempo de Navidad, así pues,
en la citada fiesta, la Iglesia nos insta a imitar a María en su pureza virginal. Entiendo que todos debemos observar la castidad desde nuestro estado
de vida actual, porque, decir que la citada virtud está relacionada únicamente con la posibilidad de mantener relaciones sexuales, es empobrecerla, ya
que se refiere principalmente a obtenernos de Dios la purificación de nuestros defectos, por cuya causa en ciertas ocasiones incurrimos en el incumplimiento
de la Ley de Dios, por lo cuál decimos que pecamos, quizá sin tener en cuenta la imperfección que nos conduce a ello.
El Adviento se divide en dos partes. La primera parte del citado periodo litúrgico de oración y penitencia comienza el primer día de Adviento y culmina
el 16 de diciembre. Durante el citado periodo nos disponemos a recibir al Mesías en su Parusía o segunda venida. Entre los días 17 y 24 de diciembre conmemoramos la segunda parte de este tiempo, poniendo especial énfasis en recordar la humildad y la sencillez que caracterizaron a María.
El segundo Prefacio de Adviento contiene el siguiente texto: "En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en
todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. A quien todos los profetas anunciaron y la Virgen esperó con inefable
amor de madre; Juan lo proclamó ya próximo y lo señaló después entre los hombres. El es quien nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de
su nacimiento, para encontrarnos así cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza..."
El tercer Prefacio de Adviento nos insta a meditar en los siguientes términos: "En verdad es justo darte gracias, es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza, Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado. Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo,
Señor y juez de la historia, aparecerá, revestido de poder y de gloria sobre las nubes del cielo. En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de
este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva. El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en
cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino..."
La unidad de comparativas con respecto a las dos venidas de Jesús y la ejemplaridad de nuestra Señora también se hacen constar en algunas oraciones litúrgicas, como es el caso de la Antífona del Domingo II de Adviento: "Destilad, cielo, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al salvador" (Is. 45, 8)
Esta es la oración colecta del 20 de diciembre: "A ejemplo de la Virgen Inmaculada que, al aceptar tu voluntad, anunciada por el ángel, recibió en su
seno a tu Hijo, fue llena de la gracia del Espíritu Santo y se convirtió en templo de la divinidad, concédenos, Padre todopoderoso, la gracia de aceptar
tus designios con humildad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo"
La oración sobre las ofrendas del Domingo IV de Adviento nos recuerda el ente trinitario existente entre Dios, María, y nosotros, los miembros de la
Iglesia: "Que el mismo Espíritu que cubrió con su sombra y fecundó con su poder el seno de la Virgen María, santifique, Señor, estas ofrendas que hemos
depositado sobre tu altar. Por Jesucristo, nuestro Señor"
Es muy significativa la celebración eucarística del 18 de diciembre, ya que en ese día, una semana antes de conmemorar la Natividad del Niño de Belén,
nos disponemos a recordar el inicio del viaje que hizo la Sagrada Familia desde Nazareth hasta Belén para empadronarse, según consta en el Evangelio de
San Lucas, el gran amigo de San Pablo que quizá tuvo la dicha de conocer a María personalmente y que es llamado el pintor de María, porque describió con
gran belleza los pasajes referentes a la Madre de Dios: "Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo
el mundo.... Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad (el Hagiógrafo se refiere a la ciudad originaria del linaje de cada familia que fue empadronada).
Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David (el linaje davídico se fundó en Belén), que se llama Belén, por
ser él de la casa y familia de David" (Lc. 2, 1. 3-4).
María es la Virgen del Adviento. María es "la llena de gracia", porque, con las citadas palabras, el ángel Gabriel intentó tranquilizarla cuando le anunció
su Maternidad divina. María es "la llena de gracia" según consta en la oración del Ave María, porque al manifestar que estaba dispuesta a que se hiciera
en ella la voluntad de Dios, demostró su disponibilidad a acatar el mandato divino de aceptar la voluntad del Dios Altísimo. María es "la llena de gracia",
porque, nuestra Señora, a pesar de que podía ser asesinada por causa de un pecado que no cometió jamás, decidió confiar en Dios sin escatimar el sufrimiento
a que fue sometida, las humillaciones que sufrió, y la posibilidad de que segaran la vida de su hijo y de que José iniciara su martirio después de haberla
enterrado hasta el cuello tirándole una piedra al corazón, para extirpar el adulterio de las mujeres de Israel, y para hacer más breve el agudo dolor de
su prometida, según constaba en la Ley de Israel.
Por aceptar el cumplimiento de la voluntad de Dios en su vida, María merece ser considerada "bendita entre las mujeres", porque no podemos considerar
que, a pesar de que sólo su disponibilidad para servir a Dios la diferenció con respecto a otras mujeres, que nuestra Santa Madre disponía de virtudes
excepcionales que la capacitaban para obedecer a Dios ciegamente, pues, de haber sucedido esto, María no tendría el mérito que le atribuimos desde nuestra
perspectiva católica.
Fue tan considerable la fidelidad con que María se entregó a aceptar su Maternidad, tan notable su castidad, tan digna su pureza, y tan ciega su obediencia,
que no podemos evitar el hecho de afirmar con la mayor rotundidad posible que, la Madre de Dios, es la "Virgen" por antonomasia.
María es la "Esposa del Espíritu Santo", porque concibió al Hijo de Dios por obra y gracia de la tercera Persona de la Santísima Trinidad, así pues,
si el Hijo es el reflejo del Padre, es justo creer que el amor de Dios se encarnó en ella por obra del Espíritu Santo, pues todos sabemos que la Trinidad
Beatísima es poderosa, y por ende puede llevar a cabo lo que se propone.
María también es la "Esposa del Padre!, por cuanto se entregó a Dios dócilmente para que El dispusiera de su vida sin evitar el peligro y las humillaciones
que tuvo que afrontar en varias ocasiones.
María también es la "Esposa de Jesús" ¿Puede una mujer ser madre y esposa de su hijo? María es Madre de Jesús porque se consagró a formar y a cuidar
convenientemente al Niño que recibió de su Protectora tantos besos en sus manos que jamás se ha oído a nadie que haya vivido negativas de Jesús, a menos
que ello no haya estado justificado por causas que no podemos comprender fácilmente. María es la "Esposa de Jesús", porque, además de haber cumplido puntualmente su deber maternal, nuestra Señora vivió para cumplir la voluntad de su Hijo, pues ella no ignoraba que Jesús hubo de realizarse como Hombre y como Dios, con todas las consecuencias que ello suponía para ambos.
María también es la "esclava del Señor", porque no fue capaz de considerar su vida si ello le suponía evitar el cumplimiento del amoroso designio de
Dios desde su seno virginal y la castidad que caracterizó a su espíritu de niña que se hizo mujer en muy pocos meses para abarcar la realidad del Señor
desde la sencillez propia de su adolescencia.
La Madre de Dios es la "mujer nueva", la "nueva Eva" que se hace cómplice de Dios para restaurar el orden divino que nosotros, simbolizados por Adán
y su mujer, alteramos al no evitar actuar en contradicción con los preceptos que constituyen la Ley de Dios. Según consta en el capítulo 3 del Génesis,
Eva actuó obedeciendo la voz de su interior que le pedía que se convirtiera en diosa, por lo cuál, más que a una pecadora, veo en ella a un símbolo de
María, la concepción de un sueño que se realizó en la Madre de Jesús, pues todos aspiramos a ser dioses, lo cuál, más que un pecado, constituye el motivo
por el que, mientras vivamos y nuestra salud física y psíquica nos lo permita, jamás dejaremos de esforzarnos para superarnos y seguir alcanzando metas
por lo que seremos más felices al constatar que Dios actuará en nuestra vida en cada ocasión que logremos alguno de los objetivos que nos propongamos.
María es la "Hija de Sión", porque en su vida se encierran las vivencias del Israel del Antiguo Testamento, y la experiencia de la Iglesia que no ha
sucumbido ante las persecuciones que ha sufrido durante los últimos 2000 años.
María es la "Virgen del fiat" (hágase), porque nos insta a hacer la voluntad de Dios. María es la "Virgen fecunda", de hecho, la fecundidad de su vida
consistió en producir frutos cumpliendo puntualmente la labor que Dios le encomendó cuando aconteció el episodio de la Anunciación. Ella es la "Virgen
de la escucha", por cuanto escuchó lo que Dios le dijo por medio de Gabriel en la Anunciación y de Elisabeth en la Visitación, y es la "Virgen de la acogida",
por cuanto acogió el designio de Dios y al Hijo del Altísimo en sus entrañas purísimas.
María transforma la espera de nuestra vida en presencia de Dios en nuestros corazones, y las promesas divinas en los dones que todos hemos recibido y
seguiremos recibiendo de Dios. Esta realidad es palpable en las celebraciones eucarísticas del Adviento, así como también lo es la ejemplaridad de nuestra
Madre de la que se vale la Iglesia, para ayudarnos a aceptar el mensaje divino que nos transmite durante el Adviento y la Navidad.
¿Qué gestos han de caracterizarnos a los católicos durante el Adviento?
La Iglesia nos insta a conservar en nuestros corazones las realidades que nos inculca en el Adviento, así pues, como aún no se han cumplido todas las
promesas divinas que constituyen el objeto de nuestra fe, es conveniente que ejercitemos las virtudes que Dios nos concede durante este tiempo porque las
tales nos serán muy útiles durante todos los días de nuestra vida. El Adviento constituye el principio del ciclo o año litúrgico de la Iglesia, así pues,
esta es la razón por la que se nos insta a albergar en nuestro corazón la intención de alcanzar nuevas metas entre las que destaca nuestra permanencia
eterna en el Reino de Dios desde nuestro estado de vida actual. Jesús decía: "El Reino de Dios está entre vosotros" (Lc. 17, 21) Esta realidad nos anima
a cumplir las promesas que hacemos todos los años al conmemorar la Natividad de Jesús el 24 de diciembre que nunca llevamos a cabo, ora por pereza, ora
por la incapacidad que se apodera de nosotros cuando nos olvidamos de que no podemos cambiar el mundo hasta que no nos dejemos transformar por el Espíritu Santo a imagen física de Jesús y semejanza espiritual de Dios Padre, así pues, estas son las palabras que Dios pronunció antes de crear el género humano: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gén. 1, 26). Como somos
incapaces de lograr nuestros objetivos porque somos imperfectos, a lo largo del año litúrgico, la Iglesia nos insta a superar nuestra acritud en varias
ocasiones, según podemos constatar en los ritos de la Cuaresma, la Pascua de Resurrección, en varias ocasiones celebrativas del tiempo ordinario, y en
las celebraciones de Pentecostés, la Ascensión, la Asunción de María, y de muchos otros Santos, entre los que destacan por su incapacidad de producir frutos
y su empeño de seguir luchando contra su imperfección San José de Cupertino, el pobrecillo que, para no sumirse en un mortal estado de amargura, decía
de sí mismo que su nombre era "Frai Asno.
El Adviento es para nosotros un tiempo de oración y penitencia, en el que le pedimos a Dios que le restablezca al hombre la confianza en Sí mismo por
mediación de su Palabra y sus obras, pues deseamos que llegue el día en que podamos decir que asistiremos al encuentro con Dios, para poder constatar la
realidad de la salvación universal con respecto al dolor, la muerte y el pecado o transgresión de la Ley de Dios por nuestra parte. El Adviento es tiempo
de penitencia porque le decimos a Dios a través de la recepción del Sacramento de la Penitencia que somos débiles, y que le confiamos nuestra incapacidad
para hacer lo que debemos hacer bien para que nos ayude a combatir nuestra imperfección.
La Iglesia nos forma para que nos pongamos en el lugar de los creyentes que creyeron en la venida del Mesías contra toda esperanza antes de que el Señor
viniera al mundo, para que así podamos comprender y agradecerle a nuestro Dios la virtud teologal de la fe que recibimos por causa de su benevolencia.
Nosotros nos diferenciamos de los antepasados del Señor en que somos testigos de alguna forma del cumplimiento de las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento que de cierto modo ha sido llevado a cabo por el Todopoderoso. El Adviento no es para nosotros un tiempo para mirar los pormenores que vivieron los personajes más relevantes del Antiguo Testamento, así pues, debemos prepararnos para constatar el cumplimiento de todas las promesas divinas cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, pues, aún no se han cumplido todas las revelaciones proféticas.
Preparemos a quienes no conocen al Señor Jesús durante este tiempo de Adviento para que acepten en su corazón la realidad de las dos venidas del Mesías, teniendo presente que este periodo litúrgico constituye una gran oportunidad para que ellos se conviertan al Señor, y para que nosotros, lejos de creer que se ha llevado a cabo en nuestra vida la conversión total, le pidamos a nuestro Padre común que aumente nuestra fe.
Además de esforzarnos para que quienes no conocen al Señor se unan a nosotros para celebrar las dos venidas de Jesús durante el tiempo de Navidad, no
hemos de olvidarnos de quienes circunstancialmente han perdido la fe, pues debemos prestarles una especial atención para que se unan a la Iglesia después
de que constaten que sus dudas con respecto a nuestras creencias son resueltas a través de la oración, la meditación, y la unilateralidad de nuestra vida
con el misterio de Dios.
Todos los católicos tenemos el deber de alabar a Dios durante el Adviento al recordar todas sus promesas divinas, las que se han cumplido y las que tendrán
su acabado cumplimiento cuando acontezca la Parusía de nuestro Jesús, pues es de bien nacidos el ser agradecidos según reza el conocido dicho español.
¿Cómo podremos reconocer las venidas de Cristo?
Jesucristo vino al mundo hace 2000 años como Hombre-Dios. Jesús nació enmarcado en nuestra debilidad. Nuestro Señor nace constantemente en nuestro corazón por la acción del Espíritu Santo, el amor de Dios que es derramado en nuestra vida constantemente. Cuando se produzca la Parusía del Señor, Jesús vendrá henchido de gloria y poder a reinar sobre nosotros, así pues, según el Autor de los Salmos, "El Señor reinará eternamente" (Sal. 10, 16). Jesús se encarnó en María para que, al hacerse semejante a nosotros, nos fuera fácil comprender el sufrimiento que supuso para El el hecho de redimirnos por mediación de su muerte y Resurrección. En el segundo Isaías encontramos las siguientes palabras que fueron escritas por el vidente que previó el padecimiento de Jesús: "Sus cardenales nos han curado" (Is. 53, 5). Cuando permitimos que Cristo habite en nuestros corazones le pedimos al Espíritu Santo que nos santifique a través del contacto que tenemos con Dios por mediación de la oración y nuestras vivencias ordinarias. Cuando se produzca la segunda venida de Cristo, nuestro Señor instituirá la paz, el amor y la justicia a nivel mundial, y nos hará a todos copartícipes de la verdad que tanto deseamos conocer.
Penitencia y alegría
He aquí, pues, el mensaje del Adviento: Dios viene a nuestro encuentro. Hacer penitencia en este tiempo significa que deseamos prepararnos a recibir
al Señor con la certeza de que El nos ha perdonado todas las transgresiones que hemos llevado a cabo con respecto a los Mandamientos de su Ley. El sentido
de la penitencia durante este tiempo litúrgico ha de basarse en que Dios no vendrá solamente a redimir a la humanidad, sino que nuestro Santo Padre vendrá
al mundo a encontrarse con nosotros de forma individual, así pues, aunque tú, amigo lector, fueras la única persona que hubiera existido a lo largo de
la Historia, Dios hubiera enviado a su Hijo para que, muriendo y resucitando, te hubiera enseñado a creer en El, y te hubiera demostrado por su padecimiento
y glorificación que tú serás elevado a la categoría de Dios.
Finalizo esta meditación diciéndoos que San Alberto Magno nos habla en uno de sus escritos de tres plenitudes, tres formas de existencia muy diferentes que pueden caracterizar nuestra vida. San Alberto Magno nos dice que los hombres vaso, son aquellos que se llenan de sabiduría, bienes materiales y espirituales, quizá se hacen grandes místicos, pero nadie puede quitarles su gran pobreza, que consiste en que no comparten sus posesiones con sus prójimos. Los hombres canal, son aquellos que dan indiscriminadamente todo cuanto poseen, pero tienen el gran defecto de no amarse a sí mismos, de tal forma que, los demás, los utilizan como si fuesen marionetas, pues saben que siempre pueden obtener de ellos lo que desean. San Alberto Magno llama hombres fuente, aaquellos que tienen capacidad para crear, retener y distribuir al mismo tiempo. Estos son los santos que la humanidad necesita para prepararse a recibir al Rey que vendrá a nuestro encuentro la próxima Navidad y al final de los tiempos.
Oración de los fieles
Al recordar nuevamente que nuestro Padre común nos ama en esta celebración de la Eucaristía, dispongámonos a orar, así pues, si en verdad deseamos que Dios concluya la instauración de su Reino de amor y de paz entre nosotros, hemos de ayudarle a realizar su propósito, llevando a cabo la realización de nuestras aspiraciones y esforzándonos para que nuestros prójimos puedan alcanzar la consecución de los logros que anhelan. Démosle las más sinceras gracias a nuestro Padre común por haberle dado a nuestra vida el sentido que, a modo de impulso, nos ayuda a sentir que somos felices, a pesar de que hemos de sobrevivir a nuestras carencias.
Respondemos a cada petición: Padre nuestro, escucha nuestra oración.
V. Para el Papa Benedicto XVI te pedimos, Santo Padre, que lo fortalezcas para que pueda llevar a cabo el trabajo que le has encomendado. Oremos.
V. Te pedimos por los religiosos y laicos que trabajan marcados por la ilusión de vivir eternamente en tu presencia, para que puedan hacer que el mundo te acepte mediante su ejemplo de vida cristiana. Oremos.
V. Por todos los miembros de la Iglesia peregrina, para que, al vivir intensamente el ciclo litúrgico que hoy comenzamos, podamos constatar que tú aumentarás nuestra fe, al revelártenos. Oremos.
V. Te pedimos que los gobernantes del mundo lleven a cabo su trabajo inspirados por tu amor y tu justicia. Oremos.
V. Te pedimos, Santo Padre, por quienes recibirán durante este ciclo los Sacramentos del Bautismo, la Comunión, la Confirmación, el Matrimonio, el Orden sacerdotal y la Penitencia, para que su fe les haga esperar llenos de alegría el día en que puedan vivir en tu presencia. Oremos.
V. Fortalece a los enfermos para que puedan vivir su difícil situación. Consuela a los pobres solidarizándonos con ellos. Ayúdanos a comprender que, si colaboramos en tu proyecto, apresuraremos la instauración de tu Reino entre nosotros. Oremos.
V. En el día en que nuestro corazón se llena de alegría porque nos das la oportunidad de vivir un nuevo año anhelando el hecho de celebrar las dos venidas de tu Hijo y nuestro Hermano y Señor a nuestro encuentro, te pedimos que escuches las oraciones de tus hijos, pues sabemos que sin ti no podemos alcanzar la felicidad junto a nuestros prójimos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia eucarística
Canto del Ofertorio
Saber que vendrás
En este mundo que Cristo nos da
hacemos la ofrenda del pan,
el pan de nuestro trabajo sin fin
y el vino de nuestro cantar.
Traigo ante ti nuestra justa inquietud,
amar la justicia y la paz.
Saber que vendrás, saber que estarás
partiendo a los pobres tu pan.
La sed de todos los hombres sin fin,
las penas y el triste llorar,
el odio de los que mueren sin fe
cansados de tanto luchar.
En la patena de nuestra oblación
acepta la vida Señor.
Saber que vendrás, saber que estarás
partiendo a los pobres tu pan.
(Desconozco el autor de esta canción).
Oración sobre las ofrendas
De todo lo que hemos recibido de tu generosidad, acepta, Padre, los dones que te presentamos, y que esta ofrenda realizada en el tiempo presente, sea para nosotros, anticipo de la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio de Adviento I
Las dos venidas de Cristo
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación, para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
El mismo Señor nos dará sus bienes y nuestra tierra producirá sus frutos (SAL. 84, 13).
Canto de Comunión
VEN SEÑOR NO TARDES
- ESTRIBILLO: Ven, ven Señor no tardes, ven, ven que te esperamos. Ven, ven Señor no tardes, ven pronto Señor.
El mundo muere de frío, el alma perdió el calor, los hombres no son hermanos, el mundo no tiene amor.
ESTRIBILLO:
Lectura después de la Comunión
Dios te llama a una vida plenamente feliz
¿Te has preguntado alguna vez porqué tu vida frecuentemente es superficial, vacía, insignificante? ¿Has pensado que de algún modo andas como esclavizado
y experimentas adentro de ti un ansia viva de amar y ser amado tal como eres? ¿Te has percatado ya de que tú no eres el quicio del universo y de que eres
frágil, débil? ¿Sabes que todos tenemos que morirnos y que ninguno escoge el día o la hora? ¿Sabes ya que no estás en el mundo por casualidad ? Si quieres
experimentar un Amor que salva, sin juzgarte ni condenarte, un Amor que ama porque nos conoce sin tapujos ni máscaras porque sabe como somos realmente, escucha y acepta que:
1º.- Dios te ama y tiene un plan para tu vida. Su amor incluye a todo ser humano. "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que
todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo
se salve por Él" (Juan 3,16 s.)
2º.- Acepta que El pecado te separa de Dios. El pecado es la rebelión del hombre contra Dios, que resulta de la desobediencia a la voluntad de Dios. Todos
hemos pecado "Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Romanos 3,23). De ordinario el hombre trata de encontrar significado a los distintos
sucesos y acontecimientos de su vida y busca la felicidad en las cosas, en el dinero, en el trabajo, en la filosofía, etc. Hasta que se percata de que
sus propios esfuerzos no pueden salvar. Ignora que Dios se manifiesta en la historia porque Dios hace que la historia se convierta en salvación por su
gracia: "Y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rom. 3, 24). "Porque habéis sido salvados por
la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros,sino que es don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2,8-9)
3º.- Acepta que Cristo Jesús murió por nuestros pecados. Él murió en nuestro lugar. "En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; - en verdad, apenas habrá quién muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Romanos 5,6-8)
4º.- Acepta que eres un pecador y pídele perdón a Dios. El arrepentimiento incluye:
1.reconocimiento de nuestros pecados,
2.dolor por nuestros pecados,
3.confesión de nuestros pecados,
4.estar dispuestos a abandonar nuestros pecados.
Dios a prometido perdonarnos: "si confesamos nuestros pecados, Él fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1ª de Juan 1,9)
(Desconozco el autor de este texto).
Oración después de la Comunión
Te pedimos, Padre, que la celebración de estos santos misterios produzca su fruto en nosotros, y nos enseñe a amar los bienes eternos mientras peregrinamos en medio de las cosas transitorias. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Bendición solemne de Adviento
V. Que Dios omnipotente y misericordioso os santifique con la celebración de este Adviento y os llene de sus bendiciones, ya que creéis que Cristo vino al mundo y esperáis su retorno glorioso.
R. Amén.
V. Que durante toda la vida os conceda permanecer firmes en la fe, alegres en la esperanza y eficaces en la caridad.
R. Amén.
V. Que os enriquezca con los premios eternos cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria aquel de cuya encarnación, llenos de fe, os alegráis ahora.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en esta celebración eucarística, volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias, y hagamos el propósito de conocer la Palabra de Dios, para así poder acercar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo a nuestro Padre común.
Canto final
MARÍA, SIEMPRE MADRE
Un gran corazón, una sonrisa,
unos labios abiertos... a la verdad.
Unos ojos limpios, un gran caminar,
una vida abierta a Dios.
Así eres Tú.
María siempre Madre,
mujer incomparable, capaz de amar,
junto a ella siempre venceremos.
Pero mi promesa ha de ser algo mejor,
hacer feliz a Dios
enseñando a la juventud
a ser eco del amor.
Y por eso Madre, venimos hoy a Tí,
queremos ir de tu mano
para abrir caminos cerrados
y sembrar allí una flor.(2)
Quiero tener tu mirada reflejada
en el mundo de un Si total.
La grandeza de Tu Sí, la pureza en Tu vivir
nos dió un Redentor,
nos dió un Salvador.
Padre nuestro, escucha nuestra oración
Con Maria, conociendo a Juana Lojo, Co-fundadora del Cenáculo de María.
María, Madre mía, hoy has cruzado en mi camino a una mujer que ha elegido como hogar, tu Corazón.
Escucha misa junto al altar de la pequeña Capilla del Cenáculo de María en Los Hornos, La Plata, Argentina.
Es... toda ofrenda... toda entrega. Sus manos juntas y su cabeza inclinada hacia la izquierda descansan en un trono que el mundo no comprende: Una silla
de ruedas.
Y las preguntas llegan al alma sin permiso: ¿Por qué, Madre? ¿Porqué este destino para Juana? ¿Porqué esta prueba?
Al costado del altar, y desde un pequeño cuadro, tus ojos parecen mostrar una respuesta:
- Verás, hija mía, no puedes comprender el final si no conoces la historia.
- ¿Podrías contármela, Madre? Digo, si quieres.
- Lo haré, para que tu corazón aprenda a ver más allá de lo exterior, más allá de lo que ve el mundo. Hace cuarenta y cinco años, Juana caminaba
con un grupo de mujeres que seguían a Jesús. Yo estaba en medio de ellas y la vi. Su figura serena y humilde, la mirada limpia e inocente de sus ojos castaños,
me alegraron el alma... y quise tenerla más cerca de mi corazón. De manera que envié por ella.
- Y ¿A quién enviaste, Madre?
- A un alma muy especial, Monseñor Roberto Lodigiani. Corría el año 1961 y este amado hijo de mi Corazón estaba fundando el Instituto Secular Diocesano
“Cenáculo de María”, y necesitaba un alma dócil y entregada a Mi corazón que le secundara. Entonces le pedí que susurrara en el corazón de Juana unas palabras:
“ Madre, en tu Corazón, nuestros corazones, todo lo que estamos haciendo y nos pasa”
A Juana se le estremeció el alma y se preguntó que podían significar esas palabras para su vida.
Entonces, su mirada y la Mía se cruzaron y San Luis María Grignion de Montfort extendió sus manos, tomó las nuestras y las juntó para siempre.
Así, de mi mano, Juana empezó a seguir al Maestro por los caminos polvorientos de la vida. Sirvió a los pobres el pan multiplicado y asistió a la resurrección,
en la esperanza, de tantos Lázaros cotidianos y olvidados.
Poco a poco ella iba entrando, no sin esfuerzo, en mi corazón Inmaculado, para estar más cerca de Jesús.
Cuando mi Hijo se donaba a sí mismo en infinitas cunas de harina blanca, Juana estaba allí, haciendo de su corazón una cuna en el Mío.
Renunció a sí misma, tomó su cruz y siguió a Jesús. Me acompañó hasta el pié de la Cruz. Yo inclinaba mi cabeza para ver el rostro de mi Hijo, y Juana
también lo hacía...
Has notado que su cabeza aún sigue inclinada. Aún sigue mirando a Jesús que sufre en cada hermano, en cada alma solitaria y sin esperanza.
Mi Juana, hija querida, te está enseñando que aún desde el dolor y por el dolor, ella puede seguir ayudándome, con su entrega, sus oraciones y su ofrenda
de vida, a salvar almas.
Amigo que lees estas líneas. Cada vez que visites a Juana, honra su cabeza inclinada, inclínate ante su trono que es su cruz... No sabes, quizás...
quizás tu alma alcance gracias que no imaginas, gracias que María Santísima te alcanza por besar la frente de una cabeza inclinada.
María Susana Ratero
susanaratero@yahoo.com.ar
NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que
he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar
los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."
Bajo el manto de María
la su de María
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 17/04/07 21:09
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