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Domingo de Resurrección, ciclo c. en TRIGO DE DIOS

Domingo de Resurrección, ciclo c.

A pesar de las diferencias existentes en los relatos de la Resurrección de Jesús, los cuatro Evangelistas concuerdan en que nuestro Señor ha vencido a la muerte. Padre nuestro.

Domingo, 8-04-2007, Domingo I de Pascua del ciclo c.

Edición número 96.

En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-celebremos la Eucaristía. Lecturas eucarísticas, oraciones, homilía dominical y lectura después de la Comunión.

Celebremos la Eucaristía.

Domingo I de Pascua.

Canto de entrada.

HACIA TI

Hacia Ti, Morada Santa,
hacia Ti tierra del Salvador.
Peregrinos, caminantes,
vamos hacia Ti.

1- Venimos a tu mesa,
sellaremos tu pacto,
comeremos tu carne,
tu sangre nos limpiará.
Reinaremos contigo
en tu morada santa,
beberemos tu sangre,
tu fe nos salvará.

2- Somos tu pueblo santo
que hoy camina unido;
Tú vas entre nosotros
tu amor nos guiará.
Tú eres el camino,
Tú eres la esperanza,
hermano de los pobres.
(Desconozco el autor de esta canción).

Antífona de entrada.

He resucitado y viviré siempre contigo; has puesto tu mano sobre mí, tu sabiduría ha sido maravillosa. Aleluya (Sal. 138, 18. 5-6).

O bien:

En verdad resucitó el Señor. Aleluya. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! (CF. LC. 24, 34; AP. 1, 6).

Monición de entrada.

Al iniciar la celebración del tiempo de Pascua, finalizamos la práctica severa de sacrificios, para concienciarnos de que nuestro Señor ha roto verdaderamente las cadenas de la muerte. La historia de Jesús no tuvo un fin trágico según vimos el Viernes Santo, así pues, él ya no está muerto, lo cuál nos indica, queridos hermanos, que, ahora, más que nunca, hemos de esforzarnos por estar en su presencia, para celebrar la Pascua, la Ascensión de nuestro Señor, y nuestra recepción del Espíritu Santo, en la celebración de Pentecostés.

Acto penitencial.

En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

V. Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.
V. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

V. Tú que resucitaste lleno de gloria: señor, ten piedad.
R. señor, ten piedad.
V. Tú que nos haces pasar de la muerte a la vida: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú que nos llamas a vivir como resucitados: señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que él escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.

Oración colecta.

Dios nuestro, que por medio de tu Hijo venciste a la muerte y nos has abierto las puertas de la vida eterna, concede a quienes celebramos hoy la Pascua de Resurrección, resucitar también a una nueva vida, renovados por la gracia del Espíritu Santo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra.

Moniciones precedentes a las lecturas eucarísticas y lecturas de hoy.

Monición de la primera lectura.

Al escuchar el testimonio de la vida, obra, Pasión, muerte y Resurrección de Jesús que San Pedro pronunció ante el centurión Cornelio y sus familiares, amigos y esclavos, reflexionemos sobre si nuestro Señor influye en nuestra vida, así pues, ¿nos ha servido la vivencia de la celebración de los principales misterios de nuestra fe para que intentemos ser mejores personas cristianas? ¿Desaprovecharemos lo que hemos aprendido en estos días para sumirnos en nuestra pesada rutina?

Primera lectura.

Hemos comido y bebido con El después de su resurrección.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: -«Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos
por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo
hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime:
que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Monición del salmo responsorial.

No moriremos en nuestros pecados, así pues, comprometámonos en esforzarnos en convertirnos a nuestro señor, y, tal como vimos el II domingo de Cuaresma al meditar la Transfiguración de Jesús, pidámosle al hijo de María que nos transfigure y configure a su imagen y semejanza espiritual.

Salmo responsorial.

R. Este es el día del triunfo del señor, aleluya.

O bien:

Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

SAL. 117, 1-2. 16ab-17. 22-23.

Dad gracias al Señor porque es bueno
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R.

Monición de la segunda lectura.

Vivamos con los pies firmes en la tierra y mirando al cielo, nuestro futuro hogar. Actuemos como si de ello dependiera nuestra futura salvación.

Segunda lectura.

Buscad los bienes de allí arriba, donde está Cristo.

Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos:
Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra,, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Secuencia.

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Victima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua. »

Primicia de los muertos,
Sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Aleluya, Aleluya: Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua en el señor (1 COR. 5, 7b-8a).

Monición del Evangelio.

Quizá estamos demasiado acostumbrados a tener a Jesús Resucitado entre nosotros, que somos incapaces de valorar la forma en que él nos redimió. La Trinidad Beatísima no es un producto de nuestra fantasía, así pues, Dios existe, y, nuestro Padre común, ha resucitado a nuestro Hermano Jesús, el cual, al final de los tiempos, cuando hayamos sido debidamente purificados, nos hará copartícipes de su Reino. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado (CF. JN. 1, 29) y el dolor del mundo, así pues, inspirémonos en su vida, su obra, su mensaje y su vivencia de su Pasión y Resurrección, para empezar a sentir que Dios nos ama, y por ello nos salva a través de nuestras experiencias buenas y adversas.

Evangelio.

El debía resucitar de entre los muertos.

Lectura del santo evangelio según San Juan, 20, 1-9).
R. Gloria a ti, Señor.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
- «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de dios.
R. Te alabamos, Señor.

Homilía:

Domingo de Resurrección, Domingo de gloria para Dios y esperanza para los hombres.

Estimados hermanos y amigos:
Al celebrar la Resurrección de nuestro señor, concluimos la Semana Santa, y empezamos a vivir con gran alegría el tiempo de Pascua. Es imprescindible que creamos que nuestro señor ha resucitado de entre los muertos, pues, durante las próximas semanas, no sólo meditaremos sobre este hecho trascendental de la Biblia, sino que también aumentaremos nuestra fe con respecto a la Parusía -o la segunda venida- de Cristo a nuestro encuentro, para concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo. Es importante que estemos tan pendientes de las celebraciones pascuales como lo hemos estado de las celebraciones de la semana de oración que concluimos en este primer día en que celebramos la Resurrección del Mesías.
¿Creemos que Jesús ha vencido a la muerte? Si nos cuesta creer lo que no podemos ver, no podemos sentirnos pecadores por ello, así pues, ya que en la meditación de ayer no quise incluir un estudio de algunos relatos relacionados con el acontecimiento que celebramos en este día para no hacer el archivo muy pesado, creo que ahora tenemos la ocasión de meditar los citados textos superficialmente, pues, si comprendemos que los seguidores de nuestro Señor eran como nosotros, quizá no será un poco más fácil aceptar que Cristo murió una sola vez y que venció a la muerte desde lo más profundo de la misma, para vivir eternamente.
"cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle" (MC. 16, 1). Si las tres santas mujeres hubieran creído que nuestro señor iba a resucitar al tercer día de su muerte, no hubieran comprado los productos que les eran necesarios para embalsamar su cadáver. Aunque en cierta forma podemos reprocharles a dichas mujeres su carencia de fe, dado que ellas vieron la forma en que murió nuestro señor, es comprensible que se sintieran descorazonadas, así pues, en vez de pensar en su carencia de fe, reflexionaremos sobre el amor que las condujo a embalsamar al Hijo de María, a pesar de que El murió siendo considerado como un malhechor.
"Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron" (MC. 16, 2-5). La blancura de la ropa del ángel que vieron las santas mujeres en el sepulcro de nuestro Señor simboliza la pureza de Dios y de sus ángeles, la cuál también ha de caracterizarnos a sus hijos.
"Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" (MC. 16, 6-7). No ha de extrañarnos que san Marcos resalte a Pedro entre los demás Apóstoles, porque él fue intérprete del primer Papa de la Iglesia cuando San Pedro predicó en Roma, y porque el Mesías le dijo al citado pescador de Betsaida de Galilea: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto (una vez recuperada tu fe perdida), confirma a tus hermanos" (LC. 22, 31-32). Jesús quería que Pedro impulsara a sus compañeros a encontrarse con El en Galilea, pues el Hijo de María comenzó a predicar el evangelio en la región en que sus Apóstoles habían de recibir el siguiente mandato mesiánico: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del espíritu santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén" (MT. 28, 19-20). San Mateo verifica la frase angélica de San Marcos con respecto a que el Mesías se encontraría con sus Apóstoles en Galilea, así pues, en su relato del anuncio de la negación de San Pedro, escribió las siguientes palabras del Hijo del carpintero: "Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea" (MT. 26, 32. CF. MC. 14, 28).
Continuemos meditando el evangelio de san Marcos.
"Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo" (MC. 16, 8). En este versículo con el que San Marcos concluyó su obra -a pesar de que posteriormente se le añadieron 6 versículos más-, podemos constatar nuevamente que las citadas mujeres no creyeron que Cristo había resucitado.
Entre los relatos paralelos de San Marcos y de San Lucas encontramos una disparidad con respecto al número de ángeles que se les aparecieron a las citadas mujeres en el sepulcro de nuestro Señor. El citado médico escribió en su segunda obra: "Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes" (LC. 24, 4). Mientras que San Marcos destacó la blancura del ángel del que nos habla en el capítulo 16 de su obra para resaltar la pureza divina, San Lucas nos habla del resplandor de los ángeles que se les aparecieron a las citadas mujeres, para hacernos reflexionar sobre la luz de Dios.
"Y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.
Entonces ellas se acordaron de sus palabras, y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once (Apóstoles), y a todos los demás" (LC. 24, 5-9). Aquí encontramos otra disparidad con respecto al texto de San Marcos que meditamos anteriormente, dado que, mientras que el citado Evangelista nos dice que las santas mujeres no dijeron lo que habían visto y oído en el sepulcro de nuestro señor por temor a que las creyeran locas, el compañero de viaje de San Pablo nos dice que ellas, al creer que Cristo había resucitado al recordarles los ángeles los anuncios que Jesús hizo de su Pasión, muerte y Resurrección, corrieron a comunicarles la citada buena noticia a los Apóstoles.
A continuación nos encontramos con otra disparidad que diferencia los textos que estamos comparando. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a las santas mujeres: "Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles" (LC. 24, 10). Entre ambos autores no sólo se nos habla de un número de mujeres diferente que acudió a embalsamar a Jesús al sepulcro en que el Mesías había sido enterrado, sino que también existen diferencias entre el nombre de las mismas.
"Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían" (LC. 24, 11).
A continuación aparece otra disparidad con respecto al Evangelio de San Juan correspondiente a la Eucaristía de hoy, dado que en ambos textos se resalta la constatación por parte de san Pedro de la Resurrección del Mesías de una forma diferente, como tendremos la oportunidad de comprobar en esta reflexión. "Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro (miró antes de entrar, esto es importante), vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido" (LC. 24, 12).
En el evangelio de San Mateo encontramos otra disparidad con respecto al número de mujeres que fueron al sepulcro del señor en la mañana del domingo de Pascua. "Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra (que cerraba el paso al sepulcro), y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve" (MT. 28, 1-3). Quizá nos da la impresión de que San Mateo quiso igualar los textos de San Marcos y de San Lucas, recogiendo en su obra las descripciones diferentes de los ángeles citadas por ambos y copiándolas en su Evangelio dedicado a los judíos conversos a la buena nueva de la salvación. San Mateo escribió el relato de la Resurrección de nuestro señor en el magnífico estilo característico del Judaísmo que nos hace entender que se produjo un terremoto un instante antes de que Cristo venciera a la muerte, haciéndonos entender que hemos de inclinarnos ante el hijo de María, de la misma forma que la tierra saludó a su Creador cuando El resucitó, de la misma manera que también pareció resquebrajarse y se cubrió de tinieblas cuando Jesús expiró, indicando un estado de frustración característico de los fieles del Mesías.
"Y de miedo de él los guardas (del sepulcro) temblaron y se quedaron como muertos" (MT. 28, 4). De esta forma, san Mateo explica en su obra que dichos soldados romanos no fueron testigos oculares de la Resurrección de nuestro Señor.
San Mateo le da la razón a San Lucas en su relato con respecto a la comunicación de las mujeres santas a los Apóstoles de lo que habían visto y escuchado, y corona su relato con un hecho que los citados autores psinópticos no nos transmitieron en sus relatos de la Resurrección del Hijo de María. "Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y con gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán" (MT. 28, 8-10). Parece que Jesús, aunque se alegraba de ver a sus amigas, tenía mucha prisa con respecto a que sus creyentes conocieran la buena noticia de su Resurrección.
A continuación, os copio el comentario del evangelio de san Juan que os envié el domingo de Resurrección del año 2005, ya que el mismo completará nuestra meditación.
" 1. María Magdalena, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra (CF. LC. 10, 39), cuando nuestro Señor descansaba en la casa de Betania de la que eran propietarios Lázaro, Marta y María. Cuando nuestro Señor les anunciaba su Pasión y muerte a sus discípulos, les decía: "-El Hijo del hombre va a ser puesto en manos de hombres que le matarán, pero al tercer día resucitará" (MT. 17, 22-23). San Juan nos dice en el Evangelio de hoy: "El domingo por la mañana muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro. Cuando vio que estaba quitada la piedra que tapaba la entrada, se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto" (JN. 20, 1-2). Antes de resucitar a Lázaro, Jesús, al ver llorar a su gran amiga y al preguntar en qué lugar estaba situado el sepulcro de Lázaro, "se echó a llorar" (CF. JN. 11, 35). A pesar de la
instrucción que María recibió del Señor, cuando supo que Jesús no estaba en el sepulcro, pensó que algún profanador de sepulcros había robado su cadáver, con el fin de obtener una recompensa a cambio de dar a conocer el lugar en que lo había puesto. Hermanos, no podemos culpar a María por su incredulidad, así pues, ella vio a Jesús crucificado, y, por causa de lo que sufrieron Jesús y quienes le vieron morir, perdió la fe. Quizá nosotros perdemos la fe cuando perdemos a nuestros seres queridos, así pues, lo mismo que pensaba Marta cuando vio morir a su hermano, sabemos que Jesús resucitará a nuestros familiares y amigos queridos al final de los tiempos, pero, si Jesús hiciera ese milagro en este instante en que estamos leyendo este texto, si nuestro Señor se nos apareciera dispuesto a curarnos de nuestras enfermedades, ¿creeríamos en él antes de que nuestro Salvador operara sus milagros en nuestra vida?
2. Sigamos meditando el Evangelio de hoy: "Pedro y el otro discípulo salieron inmediatamente hacia el sepulcro. Iban corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó a Pedro y llegó primero. Se asomó al interior y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo; pero no entró" (JN. 20, 3-5). ¿Por qué esperó Juan a que Pedro entrara en el sepulcro antes que él? Teniendo en cuenta que el hermano de Santiago era un adolescente, es lógico pensar que al ver el sepulcro vacío, se dejara embargar por el miedo y la confusión que arrastraba desde que supo que Jesús iba a ser asesinado. No es desechable la posibilidad de que, al saber el hijo de Salomé que Jesús le había concedido a Pedro la primacía en el gobierno de la Iglesia que se fundaría a partir de Pentecostés, no quisiera usurparle al primer Papa su derecho de ser el primero que investigara lo que sucedía, ya que su Maestro le dotó con más poder que a sus compañeros.
3. Con lo impulsivo que Pedro era, el primer Papa debió sentir una ira enorme cuando entró en el sepulcro y pensó que era verdad que Jesús había sido robado. Cuando Juan entró en la cueva, "vio y creyó"" (JN. 20, 8).
Concluyamos esta meditación pascual pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros, para que, al ver a Jesús en nuestra vida, en nuestros prójimos, y al recibir a nuestro señor en la eucaristía, y al escuchar su palabra por boca de nuestros predicadores y al leerla en la Biblia y en los escritos de los Padres de la Iglesia y de sus más apreciados santos, podamos creer en El.
Hermanos, amigos, os deseo una feliz Pascua de Resurrección.

Oración de los fieles.

V. Llenos de gozo por la santa resurrección del Señor, purificados nuestros sentimientos y renovado nuestro espíritu, supliquemos con insistencia al Señor, diciendo:

Rey vencedor, escúchanos.

V. A Cristo que, con su gloriosa resurrección ha vencido la muerte y ha destruido el pecado: pidámosle que todos los cristianos sean siempre fieles a las promesas del bautismo que renovaron en la noche santa de Pascua, roguemos al Señor.

V. A Cristo que, con su santa resurrección ha hecho renacer a los nuevos hijos de la Iglesia, engendrándolos por el agua y el Espíritu Santo: pidámosle que afirme en ellos los dones que les ha concedido en esta pascua, roguemos al Señor.

V. A Cristo que, con su gloriosa resurrección ha abierto las puertas de su reino a los que gemían en el abismo y ha otorgado la vida al humano mortal: pidámosle por todos los que sufren, roguemos al Señor.

V. A Cristo que, con su gloriosa resurrección anunció la alegría a las mujeres, y por medio de las mujeres a los apóstoles, y por medio de los apóstoles al mundo entero: pidámosle por los que nos hemos reunido para celebrar su triunfo, roguemos al Señor.

V. Añadir nuevas intenciones.

V. Señor Jesucristo, que en el cielo eres glorificado por los ángeles y los santos, y en la tierra eres enaltecido y adorado por tu Iglesia; dígnate compadecerte de este pueblo que tiene puesta toda su esperanza en tu resurrección. Tú, que vives y reinas, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia eucarística.

Canto del Ofertorio.

NUESTROS DONES

1-Nuestros dones no son palmas,
ni es escudo blasonado,
son espigas y racimos
de la santa Comunión.
Es la Sangre redentora
en el Cáliz consagrado
y es el Cuerpo donde late
tu Divino Corazón.

Llene el aire nuestro acento
aclamando al Redentor
en el santo Sacramento
de la gracia y del amor.

2- Tú nos diste tierra inmensa,
cielo azul, suelo fecundo;
en el santo Sacramento
todo ahora Te nos das.
A mirarnos ha venido
y asombrando clama el mundo:
¡Esta es tierra de las hostias.
Y del pan y de la paz!

3- ¡Digno cuadro el que ofrecemos
bajo el cielo, ante la historia!
Si la Pampa se te entrega
de sus trigos en la flor,
en los santos ofertorios
de este día que es de gloria,
nuestras madres dan sus hijos
para darte lo mejor...!
(Desconozco el autor de esta canción).

Oración sobre las ofrendas.

Regocijados con la alegría de la Pascua te ofrecemos, Señor, esta Eucaristía, mediante la cual tu Iglesia se renueva y alimenta de un modo admirable. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Prefacio pascual I

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este día en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado: celebremos, pues, la Pascua en una vida de rectitud y santidad. Aleluya (1 COR. 5, 7-8).

Canto de la Comunión.

GLORIA AL SEÑOR HA LLEGADO LA PASCUA

1- Gloria al Señor ha llegado la Pascua,
paso de Dios la fiesta universal,
Cristo Jesús es nuestra Pascua eterna
que se inmoló por nuestra libertad.

Gracias Señor por esta noche santa
que hiciste Tu para mostrar tu amor.

2- Gloria al Señor ha llegado la Pascua
Pascua feliz, la fiesta de la luz;
despierta, tu, que duermes en la sombra,
te alumbrará la gloria de Jesús.

3- Gloria al Señor, ha llegado la Pascua
paso de Dios, la noche bautismal;
por su poder, del seno de las aguas
nacemos hoy al Reino Celestial.

4- Gloria al Señor, ha llegado la Pascua
Pascua feliz, eterna novedad.
Dejando ya la antigua injusticia
vistámonos de amor y de verdad.

5- Gloria al Señor, ha llegado la Pascua
paso de Dios, banquete celestial:
Cristo Jesús, la Víctima Inmolada
se ofrece aquí por nuestra libertad.

6- Gloria al Señor, ha llegado la Pascua
Pascua feliz, la fiesta fraternal:
la humanidad está hoy invitada
a compartir la mesa del altar.
(Desconozco el autor de esta canción).

Lectura después de la Comunión.

Leer el capítulo 15 de la primera Carta de san Pablo a los Corintios.

Oración después de la Comunión.

Señor, protege siempre a tu Iglesia con amor paterno, para que, renovada ya por los sacramentos de Pascua, pueda llegar a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias comprometiéndonos a contagiar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo nuestra alegría pascual.

Canto final.

ACUÉRDATE DE JESUCRISTO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
El es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

1- Si con el morimos
viviremos con El
si con El sufrimos
reinaremos con El.

2- En El nuestras penas,
en El nuestro gozo
en El la esperanza,
en El nuestro amor.

3- En El toda gracia
en El nuestra paz.
En El nuestra gloria,
en El la salvación.
(Desconozco el autor de esta canción).

Creado por trigodedios | 0 comentarios | 04/04/07 21:33

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