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Domingo de Resurrección, ciclo a. en TRIGO DE DIOS

Domingo de Resurrección, ciclo a.

Al concluir la Semana Santa, vivamos como verdaderos discípulos de Cristo. Padre nuestro

Domingo, 27-03-2005, Domingo de Resurrección. Domingo I de Pascua

Edición número 29

En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Sagrarios vivos. Cita de las lecturas eucarísticas, oraciones y homilía dominical.

Sagrarios vivos

Domingo de Pascua

Antífona de entrada

He resucitado y viviré siempre contigo; has puesto tu mano sobre mí, tu sabiduría ha sido maravillosa. Aleluya (Sal. 138, 18. 5-6).

En este Domingo de Pascua, entonemos o recitemos el Gloria, porque sabemos que nuestro Padre común nos perdonará nuestras transgresiones en el cumplimiento de su Ley, y que él escuchará las peticiones que, individual y colectivamente, elevaremos al cielo.

Saludo inicial del sacerdote

El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con la alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Monición de entrada

Al iniciar la celebración del tiempo de Pascua, finalizamos la práctica severa de sacrificios, para concienciarnos de que nuestro Señor ha roto verdaderamente las cadenas de la muerte. La historia de Jesús no tuvo un fin trágico según vimos el Viernes Santo, así pues, él ya no está muerto, lo cuál nos indica, queridos hermanos, que, ahora, más que nunca, hemos de esforzarnos por estar en su presencia, para celebrar la Pascua, la Ascensión de nuestro Señor, y nuestra recepción del Espíritu Santo, en la celebración de Pentecostés.

Oración colecta

Dios nuestro, que por medio de tu Hijo venciste a la muerte y nos has abierto las puertas de la vida eterna, concede a quienes celebramos hoy la Pascua de Resurrección, resucitar también a una nueva vida, renovados por la gracia del Espíritu Santo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de la Palabra

Lecturas:

1. Hemos comido y bebido con Cristo resucitado (Hch. 10, 34. 37-43). Al escuchar el testimonio de la vida, obra, Pasión, muerte y Resurrección de Jesús que San Pedro pronunció ante el centurión Cornelio y sus familiares, amigos y esclavos, reflexionemos sobre si nuestro Señor influye en nuestra vida, así pues, ¿nos ha servido la vivencia de la celebración de los principales misterios de nuestra fe para que intentemos ser mejores personas cristianas? ¿Desaprovecharemos lo que hemos aprendido en estos días para sumirnos en nuestra pesada rutina?

2. Este es el día del triunfo del Señor, Aleluya (Sal. 117, 1-2. 16 a b-17. 22-23. R.: 24). No moriremos en nuestros pecados, así pues, comprometámonos a esforzarnos en convertirnos a nuestro Señor, y, tal como vimos el Domingo II de Cuaresma al meditar la Transfiguración de Jesús, pidámosle al Hijo de María que nos transfigure y configure a su imagen y semejanza espiritual.

3. Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo (Col. 3, 1-4). Vivamos con los pies firmes en la tierra y mirando al cielo, nuestro futuro hogar. Actuemos como si de ello dependiera nuestra futura salvación.

Secuencia pascual

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza, a gloria de la víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado, que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la vida, triunfante se levanta.

"¿Qué has visto de camino, María, en la mañana¿" "A mi Señor glorioso, la tumba abandonada.

Los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

Vengan a Galilea, allí el Señor aguarda; allí verán los suyos la gloria de la Pascua.

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Aleluya, Aleluya: Cristo, nuestro cordero pascual ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua (1 Cor. 5, 7 b-8 a). Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado (Cf. Jn. 1, 29) y el dolor del mundo, así pues, inspirémonos en su vida, su obra, su mensaje y su vivencia de su Pasión y Resurrección, para empezar a sentir que Dios nos ama, y por ello nos salva a través de nuestras experiencias buenas y adversas.

5. él debía resucitar de entre los muertos (Jn. 20, 1-9). Quizá estamos demasiado acostumbrados a tener a Jesús Resucitado entre nosotros, que somos incapaces de valorar la forma en que él nos redimió. La Trinidad Beatísima no es un producto de nuestra fantasía, así pues, Dios existe, y, nuestro Padre común, ha resucitado a nuestro Hermano Jesús, el cual, al final de los tiempos, cuando hayamos sido debidamente purificados, nos hará copartícipes de su Reino.

Homilía:

1. María Magdalena, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra (CF. LC. 10, 39), cuando nuestro Señor descansaba en la casa de Betania de la que eran propietarios Lázaro, Marta y María. Cuando nuestro Señor les anunciaba su Pasión y muerte a sus discípulos, les decía: "-El Hijo del hombre va a ser puesto en manos de hombres que le matarán, pero al tercer día resucitará" (Mt. 17, 22-23). San Juan nos dice en el Evangelio de hoy: "El domingo por la mañana muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro. Cuando vio que estaba quitada la piedra que tapaba la entrada, se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto" (JN. 20, 1-2). Antes de resucitar a Lázaro, Jesús, al ver llorar a su gran amiga y al preguntar en qué lugar estaba situado el sepulcro de Lázaro, "se echó a llorar" (CF. JN. 11, 35). A pesar de la
instrucción que María recibió del Señor, cuando supo que Jesús no estaba en el sepulcro, pensó que algún profanador de sepulcros había robado su cadáver, con el fin de obtener una recompensa a cambio de dar a conocer el lugar en que lo había puesto. Hermanos, no podemos culpar a María por su incredulidad, así pues, ella vio a Jesús crucificado, y, por causa de lo que sufrieron Jesús y quienes le vieron morir, perdió la fe. Quizá nosotros perdemos la fe cuando perdemos a nuestros seres queridos, así pues, lo mismo que pensaba Marta cuando vio morir a su hermano, sabemos que Jesús resucitará a nuestros familiares y amigos queridos al final de los tiempos, pero, si Jesús hiciera ese milagro en este instante en que estamos leyendo este texto, si nuestro Señor se nos apareciera dispuesto a curarnos de nuestras enfermedades, ¿creeríamos en él antes de que nuestro Salvador operara sus milagros en nuestra vida?
2. Sigamos meditando el Evangelio de hoy: "Pedro y el otro discípulo salieron inmediatamente hacia el sepulcro. Iban corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó a Pedro y llegó primero. Se asomó al interior y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo; pero no entró" (JN. 20, 3-5). ¿Por qué esperó Juan a que Pedro entrara en el sepulcro antes que él? Teniendo en cuenta que el hermano de Santiago era un adolescente, es lójico pensar que al ver el sepulcro vacío, se dejara embargar por el miedo y la confusión que arrastraba desde que supo que Jesús iba a ser asesinado. No es desechable la posibilidad de que, al saber el hijo de Salomé que Jesús le había concedido a Pedro la primacía en el gobierno de la Iglesia que se fundaría a partir de Pentecostés, no quisiera usurparle al primer Papa su derecho de ser el primero que investigara lo que sucedía, ya que su Maestro le dotó con más poder que a sus compañeros.
3. Con lo impulsivo que Pedro era, el primer Papa debió sentir una ira enorme cuando entró en el sepulcro y pensó que era verdad que Jesús había sido robado. Cuando Juan entró en la cueva, "vio y creyó" (JN. 20, 8). por su parte, "pedro se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido" (LC. 24, 12).
4. Según San Lucas, los ángeles les dijeron a las santas mujeres que fueron al sepulcro a terminar de ungir al Mesías: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (LC. 24, 5). Tengamos presente, hermanos y amigos, que esta Semana Santa que hoy finalizaremos al mismo tiempo que iniciaremos la octava de Pascua, es Santa por la conmemoración de los misterios centrales de nuestra fe, pero también ha de ser santificada por nuestra vivencia cristiana. Hemos vivido el Triduo pascual meditando los misterios más trascendentales de nuestra fe, pero, ya que mañana iniciarán sus actividades ordinarias quienes están disfrutando de sus vacaciones y volveremos a trabajar quienes estamos disfrutando el descanso por causa de estos días festivos, ¿qué haremos a partir de mañana con nosotros, nuestra familia, nuestros amigos y nuestro trabajo? ¿Estamos dispuestos a llevar al Señor a nuestro ambiente, o simplemente nos hemos tomado el Triduo como unos días de relax y de silencio
necesarios para estresarnos a partir de mañana cuando empecemos a trabajar? ¿Por qué la gran mayoría de los cristianos españoles se conmueven al ver las imágenes de Jesús sufriente y muerto e ignoran al Resucitado? ¿Por qué nos impresionan más las noticias desastrosas que las noticias buenas? Al celebrar la Resurrección de Jesús, el signo más eminente de la instauración del Reino de Dios entre nosotros, vamos a proponernos extender ese Reino en nuestro hogar, en nuestro trabajo, y en nuestro círculo de amigos. Al finalizar la Semana Santa, es hora de que testimoniemos nuestra fe y nuestra esperanza, así pues, San Pablo les escribió a los Romanos: "Restablecidos, pues, en la amistad divina por medio de la fe, Jesucristo nuestro Señor nos mantiene en paz con Dios. Cristo mismo ha sido quien nos ha instalado, mediante la fe, en esta situación de gracia en que vivimos y nos hace poner nuestra honra en la esperanza de participar en la gloria de Dios. Es más, hasta las dificultades
nos llenan de alegría, porque sabemos que en la dificultad se forja la entereza del hombre, y un hombre así merece la aprobación de Dios, y la aprobación de Dios es fuente de esperanza. Una esperanza que no decepciona, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios nos ha inundado de su amor el corazón" (ROM. 5, 1-5). Nuestro Apóstol les escribió a los lectores de la comunidad que fundó en éfeso: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa" (EF. 4, 23-24). En esa misma Carta, Pablo escribió: "Sois hijos amados de Dios. Procurad pareceros a él y haced del amor norma de vuestra vida, pues también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado" (EF. 5, 1-2).
Hace varios años me contaron que un señor, al finalizar unos ejercicios espirituales, corrió a su casa y le dijo a su mujer: Cariño, me arrepiento de todos los pecados que he cometido. Cielo, te prometo que no te volveré a ser infiel más nunca. Después de que la pobre mujer supo que su marido le había sido infiel con muchas mujeres, tomó la firme resolución de separarse de él, y aquel hombre, que no era un cristiano probado en muchas dificultades, sino que era semejante a un bebé que acababa de nacer a la vida de la fe, dejó de creer en Dios. Si en nuestro ambiente siempre se nos ve muy alegres y no sabemos defendernos al ser interrogados por nuestros familiares y amigos, no es conveniente que ellos nos vean plenamente transformados de la noche a la mañana, para que no se extrañen de nuestra fe, nos sometan a interrogatorios de los que no vamos a salir bien parados, y acabemos mal, porque, dudar de Dios, es más insufrible que carecer de fe, porque, si no tenemos fe, sabemos
que todo acabará en el fin de nuestra vida, pero, si tenemos fe, seguro que notamos la diferencia existente con los no creyentes al conocer el significado teológico de nuestro dolor, pero, si no sabemos si debemos tener fe o no porque dudamos sobre la existencia de Dios, lo podemos pasar muy mal. Nuestra fe se fundamenta sobre tres pilares llamados formación, acción y oración, pero, si no tenemos una buena formación, si no estamos muy acostumbrados a practicar las virtudes divinas, y si aún no sabemos hablar con Dios, será mejor que no nos expongamos a las broncas que podemos sufrir entre quienes nos aman, y quieren ayudarnos a salir de la Iglesia, porque creen que los curas nos han metido en una secta. Recordemos que Jesús nos dirá en cada ocasión que nuestra fe sea atacada: "¡Dichosos los que crean (en mí sin haber visto¡" (JN. 20, 29). Dichosos quienes creemos en el Señor sin haber tenido la dicha de verle resucitado como les sucedió a los Apóstoles. Por mi experiencia en discusiones puedo decirles a ustedes que no contradigan a quienes les acribillen a preguntas, porque hay gente que, por su terquedad, quiere tener razón aunque su pensamiento no esté relacionado con el nuestro, e incluso aunque su punto de vista desde todas las ópticas exceptuando la suya sea descabellado. Recordad también que, en todas las disputas que nos surgen con respecto a temas religiosos, Dios acaba siendo el mayor perjudicado.
Rocío Figuerero, moderadora de Siembra Amor, ha publicado en su lista de correo una daptación de Las mil caras del amor de William W. Hewit, que puede servirnos para que enfoquemos nuestra vida después de haber vivido intensamente las celebraciones del Triduo pascual:

"1. Mostraré mi amor siendo paciente, aún cuando preferiría estar impaciente y desesperarme.
2. Mostraré mi amor perseverando aún cuando podría ser más fácil renunciar.
3. Mostraré mi amor sonriendo, aún cuando preferiría quejarme.
4. Mostraré mi amor diciendo gracias por todas las cortesías y amabilidades que demuestren, sin importar lo pequeñas o triviales que me parezcan.
5. Mostraré mi amor ofreciendo una actitud caritativa, aunque en realidad no quiera, desde situaciones simples.
6. Mostraré mi amor buscando oportunidades de ofrecer una palabra o una acción agradable a alguien más a tener un día mejor o más bonito.
7. Mostraré mi amor adquiriendo el hábito de decir frecuentemente te amo a quienes están cerca de mí, tales como los miembros de mi familia y amigos queridos.
8. Mostraré mi amor trabajando con alegría inclusive cuando amanezca con mucha flojera.
9. Mostraré mi amor siendo sincero, aún cuando una pequeña mentira se adaptaría mejor a mis propósitos.
10. Mostraré mi amor llevando a cabo todas mis actividades con integridad.
11. Mostraré mi amor manteniendo mi boca cerrada aún cuando preferiría chismorrear o criticar a alguien que esté cerca o me resulte antipático.
12. Mostraré mi amor manteniendo en reserva un secreto, aún cuando preferiría contarlo.
13. Mostraré mi amor diciendo una palabra amable, aún cuando me parecería mejor mostrar una actitud de autoridad con una palabra dura.
14. Mostraré mi amor siendo cortés en lugar de ser brusco o grosero.
15. Mostraré mi amor perdonándome a mí mismo y a los demás en vez de culparme y condenarlos.
16. Mostraré mi amor pensando en los demás en lugar de ser desconsiderado y desatento.
17. Mostraré mi amor ofreciendo amistad a los desamparados y solitarios.
18. Mostraré mi amor comprometiéndome en lugar de dar la espalda, desentenderme o justificarme.
19. Mostraré mi amor diciendo y practicando el puedo en lugar del no se puede.
20. Mostraré mi amor exigiendo justicia y rectitud para mí mismo y los demás.
21. Mostraré mi amor aceptando nuevas ideas, aún cuando me sienta más seguro teniendo prejuicios.
22. Mostraré mi amor practicando todos los días una buena acción, aún cuando no esté obligado ni comprometido, simplemente porque quiero hacerlo.
23. Mostraré mi amor controlando mi temperamento, aún cuando preferiría manifestarlo.
24. Mostraré mi amor evitando riesgos que pongan en peligro a los demás o a mí mismo. (Incluye el hábito del tabaquismo, alcoholismo, gula, pereza, etcétera).
25. Mostraré mi amor practicando la prudencia y el buen juicio en todas mis acciones.
26. Mostraré mi amor evitando que abusen, maltraten o pongan en ridículo a alguien.
27. Mostraré mi amor practicando estas sugerencias de amor, hoy y todos los días de mi vida".

5. Al renovar nuestros compromisos bautismales, al celebrar la Eucaristía y al iniciar nuestras actividades ordinarias después del retiro tridual que hemos vivido, no dejemos de asistir a la Iglesia, así pues, tenemos que celebrar la Ascensión de Jesús al cielo, nuestro Señor nos enviará al Espíritu Santo en Pentecostés, celebraremos el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, celebraremos a la Santísima Trinidad, celebraremos los Santísimos corazones de Jesús y María, etcétera. Durante el mes de abril, preparemos un mes de mayo dedicado a María, y consagrémonos, desde hoy mismo, a vivir cumpliendo la voluntad de nuestro Criador.

Liturgia bautismal

Renovación de las promesas que hicimos al ser bautizados

Hermanos, por medio del bautismo, hemos sido hechos partícipes del misterio pascual de Cristo; es decir, por medio del bautismo, hemos sido sepultados con él en su muerte para resucitar con él a una vida nueva. Por eso, al terminar el tiempo de preparación de la Cuaresma, es muy conveniente que renovemos las promesas de nuestro bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a sus obras y nos comprometimos a servir a Dios, en la santa Iglesia católica.

Primera fórmula de renuncia del mal

V. ¿Renuncian ustedes a Satanás?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus obras?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus seducciones?
R. Sí, renuncio.

Segunda fórmula de renuncia del mal

V. ¿Renuncian ustedes al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas las seducciones del mal para que el pecado no los esclavice?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a Satanás, padre y autor de todo pecado?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en Jesucristo, su Hijo único y Señor nuestro, que nació de la Virgen María, padeció y murió por nosotros, resucitó y está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
R. Sí, creo.
V. Que Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó del pecado y nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, nos conserve con su gracia unidos a Jesucristo nuestro Señor, hasta la vida eterna.
R. Amén.

Mientras que el sacerdote rocía con agua al pueblo, se entona un cántico apropiado.

Oración de los fieles

V. Llenos de gozo por la santa resurrección del Señor, purificados nuestros sentimientos y renovado nuestro espíritu, supliquemos con insistencia al Señor, diciendo: Rey vencedor, escúchanos.

1. A Cristo que, con su gloriosa resurrección ha vencido la muerte y ha destruido el pecado: pidámosle que todos los cristianos sean siempre fieles a las promesas del bautismo que renovaron en la noche santa de Pascua, roguemos al Señor.
2. A Cristo que, con su santa resurrección ha hecho renacer a los nuevos hijos de la Iglesia, engendrándolos por el agua y el Espíritu Santo: pidámosle que afirme en ellos los dones que les ha concedido en esta pascua, roguemos al Señor.
3. A Cristo que, con su gloriosa resurrección ha abierto las puertas de su reino a los que gemían en el abismo y ha otorgado la vida al humano mortal: pidámosle por todos los que sufren, roguemos al Señor.
4. A Cristo que, con su gloriosa resurrección anunció la alegría a las mujeres, y por medio de las mujeres a los apóstoles, y por medio de los apóstoles al mundo entero: pidámosle por los que nos hemos reunido para celebrar su triunfo, roguemos al Señor.
5. Añadir nuevas intenciones.

V. Señor Jesucristo, que en el cielo eres glorificado por los ángeles y los santos, y en la tierra eres enaltecido y adorado por tu Iglesia; dígnate compadecerte de este pueblo que tiene puesta toda su esperanza en tu resurrección. Tú, que vives y reinas, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Regocijados con la alegría de la Pascua te ofrecemos, Señor, esta Eucaristía, mediante la cual tu Iglesia se renueva y alimenta de un modo admirable. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

Antífona de la Comunión

Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado: celebremos, pues, la Pascua en una vida de rectitud y santidad. Aleluya (1 Cor. 5, 7-8).

Oración después de la Comunión

Señor, proteje siempre a tu Iglesia con amor paterno, para que, renovada ya por los sacramentos de Pascua, pueda llegar a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne de Pascua

V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y, compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.

Exhortación de despedida

Volvamos a realizar nuestras actividades ordinarias comprometiéndonos a contagiar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo nuestra alegría pascual.
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 04/04/07 22:00

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