TRIGO DE DIOS
Conmemoración de todos los fieles difuntos, ciclo c en TRIGO DE DIOS
Conmemoración de todos los fieles difuntos, ciclo c
Recordemos a quienes no están entre nosotros y aumentemos nuestra fe.
Padre nuestro.
Viernes, 2-11-2007, Conmemoración de los fieles difuntos, ciclo c.
Edición número 120.
En esta edición de Padre nuestro, encontraréis los siguientes contenidos:
-Celebremos la Eucaristía. Oraciones correspondientes a las tres celebraciones eucarísticas correspondientes a la conmemoración de los fieles difuntos, homilía correspondiente a la citada Conmemoración, lectura después de la Comunión, cantos eucarísticos, y oraciones para vivir esta conmemoración.
Celebremos la Eucaristía.
Conmemoración de los fieles difuntos, ciclo c.
Nota: En esta ocasión tan especial, se pueden celebrar una de las Misas siguientes:
Misa I.
Antífona de entrada:
Así como Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará con Jesús a los que murieron con él. Y así como todos mueren en Adán, todos revivirán en Cristo (CF. 1 TES. 4, 14; 1 COR. 15, 22).
Monición de entrada:
Sed bienvenidos a la casa de nuestro Padre y Dios.
El júbilo de la Solemnidad de todos los Santos que celebramos ayer, se contrasta hoy con la conmemoración agridulce de los fieles difuntos del Señor, que murieron esperando que llegue el día en que nuestro Señor les restablezca la vida. A pesar de nuestra creencia en la resurrección de los muertos, no podemos negar que esta conmemoración es agridulce para quienes recordamos a los que no están con nosotros de forma corporal, pues, aunque creemos que su amor vive en nosotros, les echamos de menos, pues ellos compartieron muchas de sus vivencias con nosotros, y hoy, aunque nos hemos acostumbrado a su pérdida, nos sentimos melancólicos, pero, este sentimiento de tristeza ha de ser iluminado por la esperanza cristiana, pues sabemos que Dios cumplirá la promesa de hacer que nos reencontremos con nuestros familiares y amigos que ya no están con nosotros, y nos llevará a vivir en su presencia.
Vamos a comenzar esta celebración pidiéndole a Dios que nos inculque su sabiduría increada, para que nuestra tristeza no nos haga perder la fe.
Oración colecta:
Tú eres, Dios nuestro, el autor de toda vida; escucha con bondad nuestros ruegos, para que al crecer nuestra fe en tu Hijo resucitado de entre los muertos, se afiance también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos difuntos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Oración sobre las ofrendas:
Padre misericordioso, acepta los dones que te presentamos para que nuestros hermanos difuntos sean recibidos en la gloria con tu Hijo, a quien nos unimos por este sacramento de su amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio de difuntos I.
La esperanza de la resurrección en Cristo.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. En él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así a quienes nos entristece la certeza de morir, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque para los que creemos en ti, la vida no termina sino que se transforma, y al deshacerse esta morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Por eso, unidos a los coros de los ángeles, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…
Antífona de la Comunión:
Dice el señor: yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás (su alma) (CF. JN. 11, 25-26).
Oración después de la Comunión:
Padre de clemencia, te pedimos que recibas en la morada de la luz y de la paz a nuestros hermanos difuntos por quienes hemos celebrado el misterio pascual. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Bendición solemne de la Conmemoración de los fieles difuntos:
V. Que Dios, nuestro Padre, que con amor inefable creó al hombre y en la resurrección de Cristo otorgó a los creyentes la esperanza de resucitar, os conceda su bendición y su consuelo.
R. Amén.
V. Que a quienes vivimos todavía, nos otorgue el perdón de nuestros pecados, y a todos los difuntos les conceda el lugar de la luz y de la paz.
R. Amén.
V. Y que a todos nos conceda vivir eternamente felices con Cristo resucitado.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.
Exhortación de despedida
Después de recibir a Jesús en la Eucaristía en esta conmemoración de los fieles difuntos y después de habernos alentado al recordar las promesas divinas cuyo cumplimiento habrá de hacernos plenamente felices junto a quienes no están con nosotros, iniciemos nuevamente la realización de nuestras actividades ordinarias, con los ojos puestos en el cielo, y con los pies firmes en este suelo. Que las miserias que hayamos de vivir y el cumplimiento de nuestros deberes hagan de nosotros dignos hijos de nuestro Padre común. Amén.
Misa II.
Antífona de entrada:
Señor, dales el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin (CF. 4 ESD. 2, 34. 35).
Oración colecta:
Padre bueno, gloria de los fieles y vida de los justos, que nos redimiste por la muerte y resurrección de tu Hijo, ten piedad de nuestros hermanos difuntos, y conduce a la alegría de la felicidad eterna a quienes creyeron en el misterio de nuestra resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Oración sobre las ofrendas:
Dios de poder y misericordia, te pedimos que en virtud de este sacrificio absuelvas con la sangre de Cristo los pecados de nuestros hermanos difuntos, y ya que los lavaste en las aguas del bautismo, no ceses de purificarlos con la misericordia de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prefacio de difuntos II.
Cristo ha muerto para nuestra vida.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque él quiso morir, uno por todos, para librarnos de la muerte eterna; más aún, él entregó su vida, uno por todos, para que todos viviéramos eternamente para ti. Por eso, unidos a los coros de los ángeles, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…
Antífona de la Comunión:
Brille, Señor, sobre ellos la luz eterna, en compañía de tus santos, porque tú eres piadoso. Concédeles el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin, en compañía de tus santos, porque tú eres piadoso (CF. 4 ESD. 2, 25. 34).
Oración después de la Comunión:
Hemos recibido, Padre, el sacramento de tu Hijo único, que se inmoló por nosotros y resucitó glorioso; te pedimos humildemente que nuestros hermanos difuntos, purificados por estos misterios pascuales, se alegren con la gracia de la futura resurrección. Por Jesucristo, nuestro señor.
R. Amén.
Misa III.
Antífona de entrada:
Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a nuestros cuerpos mortales, por medio del Espíritu que habita en nosotros (CF. ROM. 8, 11).
Oración colecta:
Padre clementísimo, que quisiste que tu Hijo único, vencedor de la muerte, glorioso en el cielo; concede a nuestros hermanos difuntos que, vencida también la muerte, puedan para siempre contemplarte a ti, su Creador y Redentor. Por el mismo Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Oración sobre las ofrendas:
Recibe en tu bondad, Padre, las ofrendas que te presentamos por todos tus fieles que ya descansan en Cristo, para que libres de los lazos de la muerte, por este admirable sacrificio, alcancen la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro señor.
R. Amén.
Prefacio de difuntos III.
Cristo, salvación y vida.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, dios todopoderoso y eterno, por Cristo, señor nuestro. El es la salvación del mundo, la vida de los hombres y la resurrección de los muertos. Por eso, unidos a los coros de los ángeles, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…
Antífona de la Comunión:
Esperamos ardientemente que venga como salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso (CF. FLP. 3, 20-21).
Oración después de la Comunión:
Por este sacrificio que hemos ofrecido, derrama, Señor, tu misericordia sobre nuestros hermanos difuntos, y a quienes diste la gracia del bautismo concede la plenitud del gozo eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Liturgia de la Palabra.
Lecturas eucarísticas precedidas de sus moniciones correspondientes.
Monición de la primera lectura:
Dios les promete a sus hijos los justos que vivirán en su Reino contemplando a nuestro Padre común. Oremos para que la fe en nuestra futura santificación nos ayude a cumplir cabalmente la Ley de nuestro Padre común.
Primera lectura:
Destruirá a la muerte para siempre.
Lectura del libro del Profeta Isaías, 25, 6-9.
Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados. Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación.
Palabra de Dios.
R. TE alabamos, Señor.
Monición de la segunda lectura:
Cristo es nuestro Redentor, y, gracias a su sacrificio y a su Resurrección, esperamos alcanzar la vida eterna.
Segunda lectura:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5, 5-11.
“La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Monición del Evangelio:
Cristo Eucaristizado es la vida de sus fieles difuntos y la inmortalidad futura de quienes hemos de vencer nuestras miserias actuales y hemos de resucitar de entre los muertos.
Evangelio:
El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.
Lectura del Santo Evangelio según San Juan, 6, 37-40.
R. Gloria a ti, Señor.
Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía:
Estimados hermanos y amigos:
Los católicos decimos que el mes de Noviembre es el mes del ciclo litúrgico que llamamos del Reino de Dios, así pues, durante las últimas semanas de los tres ciclos litúrgicos, nos dedicamos a preparar la recepción de Jesús en su segunda venida o Parusía. Nosotros queremos estar dispuestos a recibir a Cristo en su segunda venida porque somos conscientes de que sin nuestro Señor no podremos alcanzar la felicidad. Queremos recibir a Cristo en su segunda venida porque somos perfectamente conscientes de que nuestra vida no es eterna y, como creemos que no moriremos para siempre, deseamos que el Hijo de María transforme nuestra existencia. Nosotros vivimos inmersos en nuestras actividades ordinarias y, como hemos adquirido la costumbre de no pensar en la muerte porque decimos que ello nos convierte en grandes pesimistas, en cierta forma, vivimos como si nuestra existencia se prolongara eternamente. Hemos dejado de pensar en la muerte porque nuestra fe es débil, así pues, en cierta forma, el hecho de afrontar la transformación de nuestra vida que Dios llevará a cabo al final de los tiempos, debería alegrarnos, porque ello significa que nuestras miserias actuales no se prolongarán para siempre en nuestra vida, y que Dios destruirá a la muerte. Hemos dejado de pensar en la muerte porque nos entristece el hecho de perder la vida, así pues, aun en el caso de que no seamos plenamente felices, pensamos que queremos vivir tal como estamos, aunque no alcancemos grandes logros, porque nos gusta vivir, y, además, ¿por qué vamos a pensar en la muerte si ignoramos la misma de la misma forma que intentamos no tener en cuenta las demás circunstancias que nos entristecen? Cuando digo que como católicos que somos debemos alegrarnos al pensar en la muerte, no pretendo haceros creer que tenemos que desear perder la vida, pues la misma es un don y un compromiso que hemos adquirido por mediación de Dios y por ello tenemos que vivirla lo mejor que podamos, sino que tenemos que valorar la posibilidad de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
Hoy visitaremos a nuestros familiares y amigos difuntos. Sabemos que nuestros seres queridos que no están con nosotros han perdido la vida y que por ello obviamente no podrán vernos cuando visitemos sus tumbas, pero nosotros no iremos a recordar a quienes tanto amamos a los lugares en que sus cuerpos descansan y esperan la conclusión de la instauración del Reino de Dios en el mundo por el simple hecho de verter unas lágrimas, pues, al recordar a quienes tanto amamos, nos encontraremos espiritualmente con las almas que, desde el cielo, se unirán a nosotros a la ora de orar, nosotros por la salvación de ellos, y ellos por nuestro encuentro definitivo con nuestro Padre común.
Aunque deseamos vivir en la presencia de nuestro Padre común, nos está permitido llorar a la hora de recordar a quienes no están con nosotros. Recuerdo a un niño que, hace algunos años, me escribió un e-mail recriminándose por su total falta de fe en su corazón, porque lloró el día en que sepultaron a su abuelo paterno, a pesar de que sabía que se encontraría con él al final de los tiempos. Nosotros tenemos que ceder bajo el gran peso de nuestra fragilidad para llorar cuando necesitemos desahogarnos, simplemente porque somos humanos. Si no somos perfectos en todos los sentidos, ello significa que, de la misma manera que fallamos muchas veces cuando tenemos que actuar perfectamente, es normal que tengamos la necesidad de llorar cuando perdamos a nuestros familiares y amigos queridos, pues ello no significa que no tenemos fe, sino que la separación de quienes amamos, aunque sea temporal, no deja de ser difícil. Al igual que os sucede a quienes recordáis a quienes no están con vosotros, yo también he perdido a algunos de mis familiares a lo largo de mi vida. La pérdida más dolorosa la sufrí cuando tenía once años, y viví la muerte de mi hermana Lucía de siete años, pues ella murió siendo ciega y padeciendo de parálisis cerebral y de epilepsia. Aquella pérdida fue muy dolorosa, mi alma de niño quería morir para estar con mi hermana donde quiera que ella estuviera, pero no tardé mucho tiempo en comprender que no debía ser egoísta pensando en mí, y que debía alegrarme porque mi hermana no estaba sufriendo sus terribles dolores.
No recuerdo si os habré contado en alguna de mis publicaciones anteriores que hace algunos años me escribió un e-mail una señora que se sentía muy triste porque decía que había deseado la muerte de uno de sus hijos que había fallecido hacía algunos días. Aquella señora no había deseado la muerte de su hijo porque lo odiaba según se recriminaba, lo que le sucedió es que él era drogadicto y, como sufría mucho por causa de su adicción, ella deseaba que perdiera la vida para que no siguiera sufriendo.
Mi experiencia vital me ha enseñado que no sabemos aprovechar las dádivas que Dios nos concede hasta que estamos a punto de perderlas. He aprendido que la vida es una naranja que tenemos en las manos a la que tenemos que extraerle todo su jugo. Es preciso que vivamos cada instante de nuestra vida como si estuviéramos a punto de morir, porque ese hecho puede hacernos buscar la felicidad sin complicarnos la existencia con naderías. No tenemos más remedio que aceptar las circunstancias de nuestra vida que no podemos cambiar. Quienes tenemos problemas familiares sufrimos por ello, pero, si nuestros familiares no quieren mejorar sus relaciones con nosotros y por ello lo único que podemos hacer es vivir alejados de ellos para no agravar nuestros problemas, no tendremos más remedio que orar por la mejor solución de los mismos, y pensar que tenemos pocos compromisos. Si tenemos problemas laborales, tendremos que contemplar la posibilidad de buscar un trabajo diferente al que realizamos, así pues, esto lo intento hacer yo actualmente. La vida es riesgo, sonrisas, sudor, lágrimas, suspiros...
Si Cristo va a venir al mundo cuando Dios lo crea oportuno para concluir la instauración del Reino de nuestro Padre común en nosotros, es conveniente que nos preparemos a vivir en la presencia de nuestro Padre común. Tenemos cuatro semanas por delante para mejorar nuestro conocimiento de Dios, con el fin de que podamos amar más a nuestro Padre común, pues de esa forma desearemos vivir en el Reino de nuestro Padre común. Pidámosle a Dios que el recuerdo de quienes amamos nos ayude a fortalecer nuestra fe para que deseemos aumentar nuestra formación espiritual y nuestro tiempo de oración. Es tan maravilloso el hecho de hablar con Dios que, cuanto más oramos, más imperiosa es la necesidad que tenemos de expresarle nuestros sentimientos y nuestras alabanzas a nuestro Criador. Si creéis que quienes tanto amáis volverán a la vida y que podréis vivir junto a ellos en la presencia de Dios, seguro que habéis adquirido el hábito de orar constantemente, diciéndole a Dios lo que sentís, consagrándole vuestras obras, y pidiéndole que santifique vuestros pensamientos.
Finalizaré esta meditación contándoos algo que me sucedió una fría mañana de un catorce de febrero. Yo trabajaba en un pueblo costero de Málaga llamado Torre del Mar. Mientras que la gente corría para comprar regalos para sus medias naranjas, se me acercó una señora mayor a mi punto de venta de lotería, y me pidió que le vendiera un boleto de un número que he olvidado con el paso de los años. Yo estaba aburrido y quise saber por qué aquella señora buscaba aquel número, y ella me dijo que era viuda, y que, el día de los enamorados, compraba los décimos de lotería y los dulces que le gustaban a su marido cuando él aún vivía. Aquel hecho me impresionó mucho, y aún me sorprendí más cuando la buena mujer me dijo que iba a comprar dulces y que iba a encerrarse en su casa para llorar sin que nadie la molestara y para revivir todos los recuerdos que habían conseguido que su vida hubiera merecido la pena ser vivida por ella. Después de mantener la citada conversación, la señora me puso la mano en el hombro derecho en señal de agradecimiento por comprender su dolor, se despidió de mí, y siguió siendo mi clienta durante los meses que recordó cómo la consolé al comprender que vencía su soledad amparándose en sus recuerdos.
Que Dios os bendiga.
Lectura después de la Comunión:
Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net
Todos los Fieles Difuntos
Primera: Is 25, 6-9; Segunda: Rom 5, 5-11; Evangelio: Jn 6, 37-40
Todos los Fieles Difuntos
Todos los Fieles Difuntos
Sagrada Escritura:
Primera: Is 25, 6-9;
segunda: Rom 5, 5-11
Evangelio: Jn 6, 37-40
Nexo entre las lecturas
La liturgia en la conmemoración de los fieles difuntos canta la victoria de Cristo y del cristiano sobre la muerte. En efecto, en la segunda lectura san Pablo dice a los romanos que Cristo murió por nosotros y de esa manera, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira, es decir, venceremos con Cristo el pecado y la muerte. A esta victoria alude Isaías (primera lectura) cuando enseña que el mismo Dios: "Vencerá la muerte definitivamente, y enjugará las lágrimas y el llanto". El cristiano recibe de su Señor y Maestro el alimento que ya en esta tierra es alimento de vida eterna: la eucaristía pan de vida, anticipación de la vida con Dios después de la muerte (evangelio).
Mensaje doctrinal
1. La muerte ha sido vencida. La realidad más dramática de la existencia humana es tener que morir, teniendo en el alma sed de inmortalidad. Esa muerte no es sólo dramática, es también en no pocas ocasiones absurda, cuando viene segada una vida joven y prometedora, cuando a pagar el salario a la muerte es una vida inocente, cuando la muerte llega inesperada, cuando troncha un porvenir magnífico, cuando crea un agudo problema en la familia, cuando... El dramatismo y la absurdez aumentan cuando se carece de fe o ésta es mortecina, casi completamente apagada. En este caso, todo se derrumba, porque se vive como quien no tiene esperanza. En ese caso, la muerte lleva en su mano la palma de la victoria y la vida termina bajo la losa de un sepulcro, dejando a los vivos en la desesperación y en la angustia sin sentido. La fe cristiana, en cambio, nos dice que la muerte es un túnel negro que termina en un nuevo mundo de luz y de vida esplendorosas. Nos dice que la muerte es ciertamente una pérdida, por parte de quien se va (pierde su relación con el mundo) y por parte de quien se queda (pierde un ser querido), pero una pérdida que Dios es capaz de transformar, de forma a nosotros desconocida, en ganancia, porque la muerte del hombre como en el caso de la crisálida desemboca en vida. En Cristo resucitado, vencedor de la muerte, todos hemos ya comenzado, en cierta manera, a vencer la muerte mediante la participación en su resurrección.
2. Eucaristía y vida. El cristiano, como cualquier otro ser humano, siente día a día el paso del tiempo sobre su cuerpo, el acercarse del encuentro definitivo con la realidad de la muerte, la llamada constante de la tierra. El cristiano no está exento de todo lo que eso significa existencialmente para todo hombre, en su unidad psicosomática. Mientras se va acercando al atardecer de la vida, el cristiano experimenta, sin embargo, a un nivel profundo la llamada de la vida divina, la voz del Padre que le dice: ¡Ven! Esta experiencia se hace, sin lugar a duda, en la oración personal en que cada uno habla de corazón a corazón con el Padre que llama, con el Hijo que salva, con el Espíritu que vivifica. Esta experiencia se profundiza en la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía. Porque el cristiano, cuando come del pan y bebe del cáliz, recibe a Cristo vivo, en su humanidad y en su divinidad, prenda y anticipación de la gloria del cielo. Y porque, cada vez que se celebra la Eucaristía se realiza la obra de nuestra redención y "partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto no para morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre"(S. Ignacio de Antioquía, Eph 20, 2), como nos recuerda el Catecismo (CIC 1405). El ansia de inmortalidad y de vida eterna que anida en cada uno de los hombres y mujeres del planeta viene satisfecha, lenta pero de modo continuo y eficaz, por la extraordinaria experiencia de vida nueva que va apoderándose del hombre al contacto frecuente con la Eucaristía. Con la Eucaristía bien recibida va creciendo en el hombre la vida, la vida nueva de Cristo resucitado y glorioso en el cielo.
Sugerencias pastorales
1. La virtud de la esperanza. Esperar es desear aquello que todavía no se posee. Y está pidiendo entregarse con toda el alma a conseguirlo lo antes posible.
Existe la esperanza humana con un horizonte puramente temporal. El estudiante espera obtener buenas calificaciones en los exámenes; el joven espera casarse y formar una hermosa familia; el enfermo espera recuperarse prontamente, mientras el sano espera no enfermar; el marinero espera llegar a casa y abrazar a su esposa y a sus hijos; el misionero espera poder construir una iglesia para sus fieles desprovistos de ella; el sacerdote espera que se llene su parroquia en todas las misas del domingo, etcétera. Estas esperanzas humanas, buenas y perfectamente legítimas, Dios las completa en los cristianos concediéndonos la virtud teologal de la esperanza. Esta esperanza cristiana tiene su meta principal y definitiva en el cielo, a donde todos esperamos llegar con la ayuda de Dios, al terminar nuestra vida terrena. Pero la esperanza cristiana tiene también sus metas parciales, más pequeñas, y que están ordenadas a la última meta. Por ejemplo, la esperanza del niño de hacer la primera comunión o la de la joven novicia por hacer la profesión religiosa; el esfuerzo y la esperanza de un párroco para que sus parroquianos vayan a misa los domingos, o la esperanza de una catequista de que sus alumnos asimilen bien la fe y la vida cristiana, etcétera. Tengamos por seguro que la esperanza, cuando es auténtica, cuando Dios nos la infunde, no engaña jamás ni decepciona a quien en ella pone su confianza.
2. La muerte no es lo peor. Quien no tiene fe puede fácilmente pensar que la muerte es el mayor mal, porque con ella se vuelve a la nada, al mundo del no ser. El buen cristiano mira a la muerte con otros ojos, porque la muerte no es el aniquilamiento del ser sino la puerta para un nuevo modo de ser y de vivir para siempre. Los cementerios cristianos no son sólo lugares del recuerdo, son sobre todo lugares de esperanza, lugares desde los que sube hasta
Dios el anhelo de eternidad de los hombres. Por eso la muerte no es el peor de los males, ni mucho menos el mal absoluto. El mayor mal del hombre es el pecado, es el mal uso de la libertad, es la voluntad de rechazar a Dios ahora en el tiempo y luego para siempre en el más allá. Los mártires son esos hombres que con su vida y su muerte nos están diciendo que vale la pena morir para no pecar, para no ofender a Dios y a nuestra vocación cristiana. Por eso, los mártires tienen que tener un lugar mayor en la educación cristiana de los niños y de los jóvenes. Ellos con su muerte por la fe nos están gritando que la muerte no es lo peor ni tiene la última palabra. Cristo, el Viviente, nos espera con los brazos abiertos del otro lado de la frontera.
Cantos eucarísticos recomendados para esta conmemoración:
Canto de entrada:
LA ESPERANZA NOS SOSTIENE
La esperanza nos sostiene,
y la dicha será al partir,
nos espera nueva vida
y una eternidad feliz.
1- Si el trabajo que hemos hecho
para el Reino fue de Dios,
El nos sentará a su mesa
en su plenitud de amor.
2- Peregrinos en la tierra
vamos hacia la ciudad,
la Jerusalén celeste,
la mansión de gozo y paz.
3- Nuestras lágrimas se enjugan
al llegar a esta ciudad;
no habrá penas ni dolores
en la boda celestial.
(Desconozco el autor de esta canción).
Canto del Ofertorio:
COMIENZA EL SACRIFICIO
1- Comienza el sacrificio
sublime del altar.
Cantemos al que pronto
su Sangre nos va a dar.
1- La hostia está dispuesta
y el cáliz redentor
ya se alza sobre el ara.
¡Cantemos al Señor!
2- Por este sacrificio
que es obra de tu amor,
la fe de nuestros padres
consérvanos, Señor.
(Desconozco el autor de esta canción).
Canto de la Comunión:
LA MUERTE NO ES EL FINAL
1- Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino
que aunque morimos no somos
carne de un ciego destino.
Tú nos hiciste, somos tuyos.
Nuestro destino es vivir
siendo felices contigo
sin padecer ni morir.
2- Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza,
en tu palabra confiamos,
con la certeza que Tú
ya le has devuelto la vida,
ya lo has llevado a la luz.
3- Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo,
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.
Si caminamos a tu lado
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos,
vida más clara y mejor.
(Desconozco el autor de esta canción).
Canto final:
UN DÍA LA VERÉ
1- ¡Un día la veré!
con célica armonía,
la gloria de María
dichoso cantaré.
¡Un día al cielo iré
y la contemplaré!
¡Un día al cielo iré
y la contemplaré!
2- Al cielo Dios llevó
su cuerpo inmaculado
en cuyo seno santo
el Verbo se encarnó.
3- Gloriosa en su Asunción,
los cielos la coronan
por Reina y por Señora
de toda la Creación.
4- Por Madre del Señor
y Reina de los cielos
su ruego poderoso
es gracia y bendición.
(desconozco el autor de esta canción).
Oraciones para vivir la Conmemoración de los fieles difuntos:
RÉQUIEM
PARA UN SER QUERIDO
Silencio y paz.
Fue llevado al país de la vida. ¿Para que hacer preguntas? Su morada, desde ahora, es el Descanso, y su vestido, la Luz. Para siempre.
Silencio y paz. ¿Qué sabemos nosotros?
Dios mío, Señor de la Historia y dueño del ayer y del mañana, en tus manos están las llaves de la vida y la muerte. Sin preguntarnos, lo llevaste contigo a la Morada Santa, y nosotros cerramos nuestros ojos, bajamos la frente y simplemente te decimos: esta bien. Sea.
Silencio y paz.
La música fue sumergida en las aguas profundas, y todas las nostalgias gravitan sobre las llanuras infinitas.
Se acabó el combate. Ya no habrá para él lágrimas, ni llanto, ni sobresaltos. El sol brillará por siempre sobre su frente, y una paz intangible asegurará definitivamente sus fronteras.
Señor de la vida y dueño de nuestros destinos, en tus manos depositamos silenciosamente este ser entrañable que se nos fue.
Mientras aquí abajo entregamos a la tierra sus despojos transitorios, duerma su alma inmortal para siempre en la paz eterna, en tu seno insondable y amoroso, oh Padre de misericordia.
Silencio y paz.
*****
NUESTROS QUERIDOS SERES
Parecemos devolvértelos a Ti, oh Dios, de Quién los recibimos. Pero así como Tú no los perdiste al darlos a nosotros, tampoco los perdemos cuando regresan a Ti.
Oh Amante de Almas, Tú no das como el mundo da. Lo que das no quitas, pues lo que es Tuyo, también es nuestro puesto que somos Tuyos, y Tú eres nuestro.
La vida es eterna, el amor es inmortal; la muerte no es más que horizonte, y el horizonte no mas que límite de nuestra visión.
¡Levántanos, oh Poderoso Hijo de Dios, para poder ver más allá; enjuga nuestros ojos para mirar con luz más clara; acércanos a Ti para sentirnos junto a Ti y hallarnos cerca de nuestros queridos seres que están contigo!
Y mientras preparas un lugar para nosotros, prepáranos a nosotros también para esa tierra feliz, por que donde estés, estemos nosotros también, por siempre.
Amén.
Padre Bede Jarret
(Oraciones extraídas de:
http://www.devocionario.com
).
Creado por trigodedios | 0 comentarios | 30/10/07 05:10
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