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OTRA EXCLUSIVA DE LOS MUNDOS DE GATTACA en LOS MUNDOS DE GATTACA.

OTRA EXCLUSIVA DE LOS MUNDOS DE GATTACA

ANNE NOS ESTREMECE CON SUS RELATOS Las aventuras de Ninfa Mana

Lejos de la ciudad, situada en una inmejorable urbanización se encontraba la lujosa Mansión Mana. Una magnífica construcción de estilo vanguardista con influencias neoclásicas, que combinaban las reminiscencias del pasado con las tendencias del futuro. El recinto estaba rodeado por un gran jardín cuidado con total dedicación por un nutrido grupo de profesionales. En el se podían encontrar exclusivas plantas exóticas y flores de exuberante fragancia que formaba un laberinto de aromas y de intrincadas calles donde se podía perder quien quisiese perderse, sólo o en compañía. La mansión se protegía de las miradas inquisidoras y curiosas mediante un alto muro de piedra rojiza. Los guardias se repartían por todo el perímetro armados con fusiles, pistolas y dobermanns y unos sofisticados sistemas de seguridad que alejaban a los curiosos no deseados o controlaban a los deseados. Era un día luminoso, cálido y agradable. El templado Sol mediterráneo despertaba de su largo sueño invernal bañándolo todo de luz y vida. Un día ideal para dejarse llevar por el fuego de las pasiones. En el interior de la mansión se respiraba la calma que ofrecía la inmensidad de lugar. En los largos pasillos, la luz entraba por las vidrieras y proyectaba tenues tonos de cálidos colores en las paredes. Era la mansión de uno de los últimos premios Nobel: el respetado, veterano y pionero genetista Dr. Julio Mana, que investigaba en los propios laboratorios de su villa la alteración de los genes humanos.
El Dr. Mana era un hombre de utópicos ideales, descendiente de los valores de la Ilustración del siglo XVIII y creyente de que, aunque los genes dijesen lo contrario, el ser humano era bueno por naturaleza y se le debía ayudar a que fuese más feliz, o evolucionado.
Sus investigaciones iban por ese camino. Quería conseguir la creación de un ser humano que hubiese dejado atrás el cansancio, las enfermedades, el hambre... etc.
La comunidad científica internacional estaba al día de sus descubrimientos y se seguían con auténtico devoción y algo de cautela. Algo que no sabía el resto de la comunidad científica es que hacía un tiempo que ya lo había logrado.
En un laboratorio de los numerosos que su mansión albergaba, descansaban sus seres perfectos. Pero por el momento no podía presentarlos al público o a sus colegas ya que la investigación no había sido todo lo moral que hubiese deseado, pero se debía más a la práctica que a la ética.
Había hecho raptar a prostitutas, ladrones y mendigos. Personas olvidadas por el mundo y se había dedicado a experimentar con ellas, con sus cuerpos. Cada muerto siempre le produjo un gran pesar, pero nunca se planteó abandonar. Los que no sobrevivieron al tratamiento genético dejaron paso a los que si lo superaron. La criba, en este caso fue mortal y brutal, pero al final los que sobrevivieron fueron los más fuertes entre los evolucionados. Mientras tanto en el interior de un sofisticado deportivo un pene en erección no aguantaba más excitación y eyaculaba desconsolado ante la mirada y la cara de Ninfea, la hija del Dr. Mana. Ninfa salió apresuradamente de la parte trasera del coche y cerró la puerta de un fuerte golpe. Estaba indignada, harta de que siempre pasase lo mismo. Llevaba tres meses con él y ni una sola vez había pasado de tocarle los pechos sin eyacular antes de tiempo, y ya no podía esperar más. Ninfa era una chica apasionada que tenía paciencia y sabía comprender, y tal vez porque él era muy rico le había dejado pasar esas debilidades durante tanto tiempo, pero ya no podía esperar más. Había perdido demasiado tiempo, demasiados momentos de pasión había poseído su cuerpo y él los había desaprovechado y aunque él fuese rico, ella lo era más. Así que se acabó. Ahora venía el aguantar sus lloriqueos y sus promesas de contención y de que le diese otra oportunidad, porque la quería mucho... y sabía que por mucho que él dijese no iba a cambiar de opinión, no por él. Después de pasar los controles y medidas de seguridad que incluso a ella le exigían y caminar por el jardín llegó a la puerta de la Mansión.
No podía evitar esbozar una sonrisa picarona al haberse dado cuenta de las miradas de deseo que había despertado su pasear desde la entrada hasta la puerta. Los chicos de seguridad no se andaban con remilgos y si tenían que mirarla de forma un tanto comprometida lo hacían. Pero había otra cosa que delataba a quien no le delataba su mirada y era el comprobar el abultado volumen que lucia su entrepierna en presencia suya, y eso que iba normalita, con unos tejanos ajustados y un niqui, se decía. Le gustaba sentirse deseada, es más, contaba con ello y aunque no iba provocando por ahí sabía los mecanismos que hacían saltar los resortes masculinos. Por eso a veces sólo por divertirse dirigía alguna mirada provocativa hacía su servicio. Estaba convencida de que Sebastián, el mayordomo,
Siempre tan altivo y distinguido, o tenía una gran voluntad o simplemente era homosexual, apostaba por lo segundo pues parecía que sus encantos le eran indiferentes.
En cambio le llamaba la atención las miradas de reprimido deseo que le dedicaba la chica del servicio, no eran muy descaradas pero sabía que cuando se le caía algo, furtivamente le miraba su bonito trasero o cuando regresaba sudorosa de la cancha de tenis acariciaba con la mirada sus pechos jóvenes y firmes. Y aveces, a modo de experimento, se le caía una moneda o algún objeto y así le dedicaba la más sensual y discreta recogida de veinte duros que se conoce. Y cual era su sorpresa al comprobar, que efectivamente, la atractiva chica morena al sentirse observada desviaba raídamente la mirada sin que se dejase de ver en ella una expresión de deseo, culpa o sorpresa. Ninfa no le dio mas importancia y aunque no comprendía cómo no le podían gustar los hombres le resultaba gracioso que hubiese mujeres que la mirasen con deseo, ya que su empleada no había sido la única en mostrar tal comportamiento. Picó la puerta del despacho de su padre, cómo cada jueves habían quedado para comer juntos, y un anciano venerable, de barba corta y cuidada; de cano cabello y de gran estatura abrió la puerta. Era el respetado Julio Mana, que tras la muerte de su esposa no había vuelto a ser el mismo. Su salud había empeorado mucho, ya no era el hombre maduro que había sido antes, y desde entonces la tristeza que sentía le había hecho olvidarse de todo, incluso de su única hija, que había crecido un tanto malcriada y consentida.
El doctor sólo vivía para consagrarse en cuerpo y alma en sus investigaciones. Para liberar a la humanidad de la enfermedad, de la muerte, que le había separado de su esposa, pagando, si era necesario el precio que fuese y haciendo lo que fuese para llegar a una meta que tal vez de otra manera el tiempo no le dajaría acabar. Y se sentía feliz, porque sus investigaciones no le habían consumido el tiempo que siendo el tan mayor, le quedaba de vida. - Hija mía, entra y cierra la puerta he de contarte algo. - Claro papa, ¿de qué se trata?, Pareces bastante preocupado. -No, no, no pasa nada tan sólo que... ¡He tenido éxito en mis investigaciones!. Lo he conseguido. Tan sólo falta pulir unos detalles pero sí, creo que he acabado con la enfermedad y el hambre, con la muerte no... pero la burlaré durante más tiempo. Mirando a su hija con dulzura le habló:
-Quería que después de mi equipo tú, lo único que me queda de tu madre y la persona que más quiero en este mundo lo supieras. -¡ Oh gracias papá! Estoy muy orgullosa de ti pero aún no entiendo que es exactamente lo que has descubierto, ¿un nuevo medicamento quizás?. -No, no es eso...ven, te lo enseñaré. Julio cogió de la mano a su hija y se dirigieron a la planta baja donde se encontraba la zona de laboratorios. Entraron en un ascensor. Ninfa apenas creía que aún estuviese en aquello que consideraba su hogar. Toda su vida la había pasado ahí y no pensaba que aquello fuese tan grande. Niveles y niveles pasaban ante ellos, parecía un hospital ya que todo era blanco y a que un fuerte olor a productos químicos dominaba el ambiente. - Ya estamos, es aquí - Comentó Julio a su hija. Los dos se pararon delante de la puerta del laboratorio 12 INGENIERIA GENËTICA. El Dr. Mana sacó de su americana sus gafas para ver de cerca, su cartera, y del bolsillo del pantalón un pesado juego de llaves. Primero se colocó las gafas, después abrió la cartera y buscó una tarjeta magnetizada blanca que llevaba en la esquina superior derecha el número doce. La pasó a duras penas por el lector magnético ya que las manos le temblaban, y para marcar los números en el pequeño teclado que había en la puerta reconoció que necesitaba la ayuda de su joven hija, la cual casi con caridad hacia su padre pulsó los números clave. En ése momento la puerta se abrió y al entrar Ninfa se dio cuenta que ahí había tres o cuatro grados menos que afuera. El padre entró después y apretó el interruptor de la luz. Los fluorescentes se encendían de uno en uno hasta que dejó al descubierto un impresionante laboratorio. La luz tenía una dominante azul que le daba un aspecto muy tecnológico a la vez que estéril. Las paredes cubiertas por paneles grises dejaban ver extraños indicadores luminosos, consolas de botones... que por momentos le daban a la chica la impresión de encontrase en un film de ciencia-ficción y ahora se arrepentía de no haberse interesado nunca por lo que hacía su padre, ya que siempre le pareció muy aburrido y triste. Levantó la vista después de estos pensamientos y con su mirada más analítica observó en la izquierda unas mesas y estanterías que contenían tubos de ensayo, neveras con muestras, ordenadores encendidos y demás equipo que no podía identificar. En la derecha, sin embargo, no vio ningún resto del equipo científico, o al menos convencional. La pared aguantaba una fila de diez aparatos que parecían pulmones de acero. El Dr. Mana apretó un botón y mediante un mecanismo hidráulico las cápsulas se colocaron verticalmente paralelas a ellos. Una vez realizada la operación con un tono grave le habló a su hija. Casi parecía un ensayo de su próxima conferencia: - Desde que la medicina occidental se impuso cómo la más racional y efectiva tanto en sus deducciones cómo en sus tratamientos. Si una enfermedad atravesaba las defensas de nuestros débiles organismos, tan sólo habían dos opciones: la primera que el organismo tuviese las suficientes defensas naturales cómo para hacer frente a la invasión vírica o si no darle las defensas desde el exterior, pues bien, eso se ha acabado.- ¿Cómo que se ha acabado?-. Preguntó la chica desconcertada. -He hallado el método para darle más autonomía al cuerpo humano. Si el hambre ataca, si el cansancio mengua nuestras fuerzas, si la enfermedad mina nuestra vitalidad, tal vez sea la hora de dar un salto en la evolución y tomar ventaja a la naturaleza. - Papá... -inquiría Ninfa. - Explícate más claramente porque no entiendo a que te refieres. - De acuerdo, seré más breve y más claro. El Dr. Mana se acercó a un panel que había en la pared y fue apretando uno tras uno los diez botones que activaban cada cápsula. En ése momento un nuevo mecanismo se ponía en acción y el cristal oscuro que protegía los cilindros se fue retirando a la vez el vapor a presión que surgía del interior anunciaba que el desprecintamiento de las cámaras se había realizado con éxito. En cuanto se disipó el vapor de las cámaras aparecieron postrados en el interior de sus respectivos alojamientos seis poderosas figuras desnudas, tres hombres y tres mujeres. En sus caras apenas se observaba un atisbo de humanidad. Sus ojos abiertos no miraban a nada en concreto y sus caras no reflejaban ningún pensamiento, ningún sentimiento. Sus cuerpos estaban altamente desarrollados, sus músculos tensos y definidos. - Ves hija, esto es a lo que me refiero, estos son los seres más resistentes y fuertes que hay en la tierra, al menos que yo sepa. Gracias a un tratamiento genético, cada hueso, cada órgano, cada músculo se ha visto reforzado, es el sueño de cualquier deportista, no necesitan ejercer los músculos de forma habitual ya que su cuerpo se encarga de producir la tensión. -Oh, vaya- dijo sorprendida Ninfa.
-Si, y apenas necesitan ingerir alimento ni beber, ni descansar...¡¡prácticamente no duermen!! Padre e hija iban haciendo revista para ver de cerca a los especimenes y cual fue la sorpresa de Ninfa al ver que ante su presencia los grandes penes de los sujetos se volvían más largos, anchos y saludaban al cielo. Ninfa no pudo reprimir una sonrisa pícara ni evitar humedecerse los labios al preguntarse que placer le proporcionaría tener dentro de su boca un pene de aquellos. -Uy, que curioso esto que ha pasado -Dijo nervioso el padre. - no sé porque habrá sido. -Yo si lo sé, lo que pasa es que esos tíos están mas salidos que... -¿Que dices hija? -No, nada, nada. -Bueno vámonos, que tengo muchas cosas que hacer, mas tarde ya veré porque han hecho eso. -Claro, claro, pero no me los estropees mucho. Antes de salir, Ninfa memorizó los botones que su padre había apretado y una vez cerró la puerta le abrazó cariñosamente: -Hay que ver que cosas que haces papá-. Mientras lo tenía en sus brazos deslizaba furtivamente la mano por la chaqueta y llegaba al bolsillo en el que su padre tenía la tarjeta que permitía el acceso al laboratorio. -Musculoso siempre duros, grandes aparatos e incansables... Estos tíos tengo que probarlos y ver quien dura más si ellos o yo. De madrugada Ninfa regresaba un tanto descorazonada de a donde había ido con sus amigas: - Un rollo de música, tíos feos y pulpos y un aburrimiento general, vaya coñazo. En su lujosa habitación ninfa se desnudaba frente al espejo, orgullosa de un cuerpo que sabía que enloquecía a quien lo viese, incluso mujeres y a los hombres-ameba del sótano. Su rubia melena, su cuerpo delgado y duro, trabajado en el gimnasio y en innumerables clases de aeróbic, le causaba satisfacción. Pero de lo que más satisfecha estaba eran de sus duras y formadas nalgas en las que al tocarse podía notar los volúmenes sinuosos de cada grupo de músculos. Durante unos instantes su reflejo en el cristal la excitó, se gustaba muchísimo. Se acostó en la cama, sin ropa y con una luz tenue que alumbraba confortablemente la estancia deslizó lentamente su mano hasta que sus dedos entraron suavemente en su sexo, proporcionándole un gran placer, aún así, hubiese dado cualquier cosa por tener a alguien cerca, a quien fuese. De golpe, un ruido fuera de la habitación la saco de su trance. Miró a la puerta entornada y vio que detrás había una silueta humana que la espiaba. Se levantó curiosa de la cama y se sorprendió al ver a su criada en el umbral de la puerta. -¿Te gusto?- Le preguntó con un desafiante orgullo. -Si mucho, ya lo sabes- Contestó nerviosa la muchacha. Ninfa la sujetó amablemente de la mano y la llevó al interior de la habitación. -Hoy me vas a enseñar lo que sabes hacer. -Como quieras...
Ninfa se dejó hacer, la joven sirvienta la acarició dulcemente por las zonas más sensibles de su cuerpo y por aquellas en las que creía que no podían causar tanto placer. La lengua de su pareja jugueteaba en su cálido y húmedo sexo. No podía creer que se pudiese sentir tanto placer con alguno de su mismo sexo. Aunque ella sabía que si se había dejado hacer era porque en el fondo aquella muchacha anónima, morena.. Que trabajaba en su casa le gustaba. Le gustaba mucho, la encontraba muy atractiva, a la vez era muy femenina pero encontraba algo de dureza que la fascinaba. Estuvieron un buen rato con los juegos y las exploraciones, al final las dos llegaron al cenit con un orgasmo conjunto que las relajó y dejó sus cuerpos desnudos entrelazados en la cama. Al cabo de un rato Ninfa despertó de su dulce sueño, con ganas de más calor. Inconscientemente no había podido dejar de pensar en los cuerpos perfectos que la esperaban abajo, no podía pensar en otra cosa por más que lo intentase. Estar con una chica había estado muy bien, pero a ella le gustaban los hombres, no podía dejar de pensar en aquellos pectorales, marcados y definidos; en unos brazos anchos y venosos, en sus abdominales esculpidas y formadas ni en sus esbeltos penes que la saludaban a su paso. Decidida cogió la tarjeta de acceso que había tomado prestada de su padre, se puso una camisa sin abotonar y se dirigió al laboratorio. Ante la puerta de acero su corazón iba a mil, estaba muy excitada y se sentía cómo una tonta. Deslizó la tarjeta por la cerradura magnética, apretó los interruptores y la sala se iluminó cómo una promesa de año nuevo. Apretó los botones de la descriogenización y ante ella aparecieron los seis cuerpazos. Una vez la niebla de los gases desapareció, se quitó la camisa y ante su cuerpo desnudo los superhombres reaccionaron igual que horas antes, pero esta vez salieron de las cápsulas a su encuentro con los miembros erectos, pero se asustó al ver igualmente las tres súper mujeres también iban hacia ella con ojos de deseo. -¿Hola, hola? Ninfa escuchó una voz familiar que venía de afuera, y se sorprendió al ver que su criada acaba de entrar en el laboratorio. También se sintió aliviada... -Hola.- Dijo con ojos cómplices y risa ladeada. Señalándole a las súper mujeres le preguntó:
-¿Te puedes encargar de ellas? -Claro, yo puedo con esas tipas. Ninfa le devolvió una sonrisa de complicidad. Al instante dos grupos de cuatro personas comenzaban el baile del desenfreno. Ninfa se encontraba en medio de su grupo, rodeada por tres gigantes que le apuntaban con sus miembros alzados y ojos vidriosos. Al momento notó cómo dos grandes manos la sujetaban por la cintura, firmemente, otras dos manos mas le separaban las nalgas y un gran pene entraba al final de la espalda. Ninfa descubrió nuevas sensaciones que no apagaron su ardiente deseo. Al ver dos falos sin ocupar dio instrucciones a uno de los tipos para que llegase a su sexo, a por el otro fue con la boca y con sus manos acariciaba sus esbeltas anatomías.
Sentía dos penes dentro de ella, dos serpientes que mordisqueaban su profundidad más íntima y la embriagaban de un deseo físico y de un deseo imaginado, aunque no por ello menos real.
Sentía el movimiento en su interior, la dureza cálida de las envestidas y el control descontrolado que sentía. La danza seguía, los movimientos, espasmódicos, violentos. Caras emotivas, expresando un torrente de sensaciones y emociones que necesitaban de los gemidos para expresarse. Ninfa subía y bajaba las manos, subía y baja la lengua, movía su cintura rítmicamente, hacia atrás y hacia delante, sin que uno sólo de sus acompañantes se sintiese desatendido. Uno por uno fue probando, saboreando, a todos sus compañeros. Ninfa flotaba entre los fuertes brazos de sus amantes, rodeada entre quilos de músculo, de venas, se sentía débil, invadida. Su voluntad podía ser tomada en cuenta... y eso la excitaba mucho. Daba gracias a su fuerte y trabajado cuerpo porque si no pudiese haber aguantado mucho mas ése ritmo tan riguroso. Ella se movía rítmicamente, como presa de un frenético y siseante baile. El ritmo era pausado, pero sin tregua. La coreografía orgásmica se convirtió en una enrevesada red de manos, tactos y placer. La vorágine llegó a su punto culminante y no pudieron contenerse más. Apenas veía ya personas, el placer que sentía hacía que sus ojos percibiesen su entorno con una cálida aureola dorada.
Uno a uno de sus compañeros fue eyaculando y cayendo al suelo, desplomados. Ninfa, miró a su alrededor. En el suelo había un gran charco de esperma. Había estado bien, eran los amantes perfectos, calladitos, eficientes, y sin dar problemas, pero debía reconocer que todavía no estaba completamente satisfecha, como siempre. Cerca de ella se encontraba su sirvienta, desnuda y agotada rodeada entre los cuerpos inconscientes de sus musculosas compañeras. -Esto si que ha sido el polvo del siglo, aunque tú has estado mejor. - Lo sé.- Dijo Ninfa.- Pero esperaba estos tíos aguantasen más. -Bueno, suele pasar, las apariencias engañan.- Comentó la muchacha y las dos rieron a pleno pulmón, sentadas desnudas en el suelo, entre los cuerpos inconscientes de sus compañeros, compañeras y charcos de esperma y fluidos vaginales. En ése momento entró el padre de Ninfa Mana, alertado por la falta de su tarjeta de acceso y por los gemidos que venían del laboratorio. Al entrar, la escena le sorprendió: -¡Pero esto que es!.., ¿Y que haces ahí, hija?. ¿Y que hace esa empleada?, ¿Y mis especimenes? ...
El Dr. Julio Mana vio el cuadro y se dio cuenta de lo que había pasado ahí, con un tono un tanto morboso le preguntó a su hija:
-¿Y sirven para las más duras actividades? -Eso de que sirven para lo mas duro lo dudo mucho. No están mal pero podrían estar mejor, por mi parte, en este partido lo he ganado yo. Así habló Ninfa Mana, delante de su padre, desnuda, con una sonrisa de oreja a oreja, con la lengua hacia afuera y con la señal de victoria en los dedos.
Fin.

Creado por gattaca | 0 comentarios | 25/01/05 14:03

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